3.20.2017

Hay vidas que nunca empiezan


Nadie podrá olvidar las circunstancias en que Moonlight ganó el Oscar a mejor película el pasado mes de febrero. Warren Beatty recibió el sobre equivocado, leyó la tarjeta que venía ahí dentro, dijo que la ganadora era La La Land y todo el equipo detrás de aquella cinta subió al escenario a recibir el premio. Cuando los productores estaban agradeciéndole a sus familias y a la vida por haberles dado tanto, el mismo Beatty apareció con la tarjeta correcta y fue uno de los productores de La La Land quien lo dijo: no es una broma, aquí está, Moonlight, ustedes ganaron.      

El momento fue más que confuso. Algunos pensamos –yo todavía sospecho– que se trataba de una broma del anfitrión, Jimmy Kimmel, que había tenido una gran noche: el tweet a Trump para preguntarle si estaba despierto, el momento en que hizo entrar al teatro a un grupo de turistas que seguro todavía no se la creen, todas las maldades-muestras-de-cariño que preparó para su amigo Matt Damon. Además, hubo una muy sospechosa similitud con el episodio de Miss Universo (un negocio marca Trump) en el que también se anunciaron dos ganadoras, una tras otra: primero una lágrima de emoción y luego varias lágrimas de amargura. Y después de todo La La Land había sido acusada de falsa y mentirosa mientras Moonlight se establecía como una cinta llena de verdad. (En todo caso: la película grande, llena de canciones y de colores tan felices que la hacen parecer una trozo de ciencia ficción, queda en ridículo y pierde contra la pequeña, una pieza de arte moderno cuyo personaje principal lo tiene todo en contra. Muy Hollywood, digno de un Oscar)   

Meses atrás, en octubre del 2016, A. O. Scott, el legendario crítico de cine del New York Times, había titulado su reseña de Moonlight preguntándose si era la mejor película del año y resolviendo con esa pregunta cualquier duda que pudiese haber al respecto. En la columna, Scott se refería al film como una cinta hermosa desde la primera hasta la última toma, decía que los colores son ricos y luminosos, y que la música, tanto las canciones que suenan en la banda sonora (Almodóvar mediante) como las melodías compuestas para la pantalla, eran asombrosas y perfectas. Quizá todo eso es verdad o será verdad de cierta forma de aquí en adelante, pero cuando más acertado estuvo el crítico fue al definir el carácter del director, “Él no generaliza. Él enfatiza”, dijo Scott sobre Barry Jenkins, un cineasta de 38 años que apenas va por su segunda película.

Y sí, Moonlight es enfática de una manera tan sutil, tan firme, tan presente: Jenkins no explota el gueto, al contrario, lo acerca, lo aterriza, lo normaliza, y eso es lo que duele. Y, como las grandes de todos los tiempos, no depende de su trama sino que se la juega entera y apuesta todo por los personajes a quienes debe su existencia.

Al centro de la historia está Chiron, esta película es sobre él y sucede entera en tres momentos específicos de su vida.

Al principio es un niño pequeño, vive en un barrio caliente y húmedo y peligroso en el sur de Florida, y no parece conectar con nada de lo que lo rodea: niños violentos, una madre ausente, dealers que despachan en la calle. Al principio, Chiron casi no habla pero hace un amigo que acaba siendo su figura paterna, Juan (Oscar a Mahershala Ali como actor de reparto), el dealer que maneja el negocio en el barrio y tiene entre sus clientes a la madre del pequeño. Al principio entendemos que Chiron debería salir de ese mundo pero que nunca va a poder salir de ahí.

A la mitad Chiron es un adolescente flaco y alto que siempre anda en la suya, que vive para adentro. A la mitad, la mamá de Chiron es sólo los restos de lo que era y le pide dinero a su hijo para comprar un poco más, la última dosis antes de la última dosis antes de la última dosis. A la mitad, Chiron casi no habla pero tiene un amigo, Kevin, que una noche le da un beso y lo masturba en la playa y un día le parte la cara de un puñete en el colegio: porque así son las cosas, porque así es como funciona. A la mitad Chiron entiende que tiene que ser más fuerte que los demás o al menos parecer más fuerte. A la mitad nadie sabe a ciencia cierta qué pasara con Chiron.

Al final Chiron es un adulto, un gigante más ancho que alto, lleno de músculos, duro. Al final Chiron se ha convertido en dealer y recluta adolescentes que trabajan para él. Al final Chiron es lo que tenía que ser viniendo de donde vino: se nota que nunca se cuestionó, que nunca pensó que las cosas podían ser distintas, que sólo siguió el camino que le pareció más natural. Al final Chiron parece estar más solo que antes. Al final Chiron recibe una llamada de Kevin, no se han visto en varios años y quedan en verse. Al final Kevin tuvo una vida, estuvo preso y ahora trabaja como una bestia para mantener a sus hijos: eso es, mal que mal, una vida. Al final Chiron le dice a Kevin que nadie más lo ha tocado, nadie, nunca, en ninguna parte.          

Así: al principio, a la mitad, al final. Así: Pum-Pum-Pum. Así enfatiza Moonlight. Muestra sólo lo necesario y hasta menos para que cada uno pueda intuir lo realmente necesario. Hay vidas que pueden contarse de esa manera: en pocas palabras y algunos sentimientos y varias emociones. Hay personas que no son lo que dicen sino lo que hacen o dejan de hacer. A veces dan ganas de estirar la mano hacia la pantalla y ofrecérsela a Chiron, pero también da miedo que la pantalla nos jale hacia adentro y nos trague. Dan ganas de empezar a vivir porque hay vidas que nunca empiezan.                 

(Mundo Diners)

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3.06.2017

Apuntes sobre Logan


Hoy es viernes y son casi las seis de la tarde. Decidí venir a esta función porque pensé que estaría más o menos vacía, que a estas horas la gente seguiría en sus trabajos o habría empezado ya a consumirse en el fin de semana. Pero no. La sala está prácticamente llena y entre el público se distingue una clara mayoría de hombres jóvenes que llevan lentes, pelo largo y camisetas de Megadeth o Mario Bros: una raza noble de metaleros que además son gamers y leen cómics. Bien. También hay mujeres jóvenes, pero menos, y se nota que varias de ellas le están haciendo a sus amigos o novios un favor que luego podrán cobrar.

Ésta es la décima ocasión en la que el australiano Hugh Jackman hace el papel de Wolverine, también conocido como Logan. Y quizás sea la última: hasta los inmortales deben saber cuándo ha sido suficiente. Lo encontramos más deprimido, cínico e intoxicado que de costumbre. De hecho, esta pudo haber sido una gran película sobre un alcohólico tambaleando al filo de la muerte. Y de muchas maneras, cumpliendo además con las reglas del género de superhéroes, la cinta va de eso: un hombre que ya no sabe qué hacer consigo mismo y sólo quiere que alguien apague las luces pronto porque él, condenado a la eternidad, no ha podido hasta ahora apagarlas por su cuenta.

Logan sucede en el futuro cercano, el año 2029 (o sea, pasado mañana), cuando se supone los mutantes han sido completamente exterminados del mundo, pero claro, la verdad es otra: todavía existen y están más cerca de lo que creemos. En una época de franquicias infinitas, los estudios Marvel se han encargado de sembrar la semilla de toda una nueva posible generación de X-Men. Y esto bien puede ser lo mejor de la película. Desde que aparece Laura, una niña pequeña que ha heredado los poderes y el mal carácter de Logan, su padre, la cinta rejuvenece y cobra importancia. Se nos permite ver de cerca la esencia aún no domesticada de una criatura que todavía no sabe lo que es capaz de hacer.   

Las secuencias de acción, frecuentes, dramáticas y feroces, nos obligan a entender que Logan no podrá continuar con ese ritmo caníbal por mucho más tiempo, pero la pequeña Laura tendrá que hacerlo. Hay una secuencia en particular, a la altura de la mitad de la historia, que la revela como una fuerza de la naturaleza que sólo puede morir o matar. Y además hay en Laura una buena parte de los conflictos que envuelven a los mutantes: soy distinta, la gente no me quiere, no me acepta, la gente me tiene miedo y cuando la gente tiene miedo reacciona de maneras violentas así que voy a tener que protegerme. Laura, que pasa en silencio casi toda la película (su sola presencia llena la pantalla), que se defiende con garras de acero y no con palabras, da sus primeros pasos como una princesa criada en el campo de batalla.  

Al final, como de costumbre en una producción de Marvel, la gente se queda en sus asientos esperando el avance de la próxima cinta, pero suena Johnny Cash y corren los créditos y no hay nada más. Alguien dice: creo que voy a llorar. La pantalla en negro. La página en blanco.

(El Diario Manabita)    

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