1.20.2022

Modo avión




Todas las canciones que he compuesto 
 se han escrito bajo la influencia de una cosa u otra. 
- Noel Gallagher - 

Qué linda noche para fumarse un porrito. 
- Andrés Calamaro - 


Fumón era una mala palabra y se usaba para el mal, para hacerle y desearle el mal a otras personas. Fumón quería decir drogadicto, pero no significaba enfermo o dependiente o distinto sino delincuente. 
Un fumón era un vago, un desempleado, un irresponsable. Un fumón no se preocupaba ni por su familia ni por sus amigos ni por su pareja. Un fumón faltaba a clases, se escapaba de las fiestas de cumpleaños y decía que iba a la discoteca con su chica pero usaba el dinero de la entrada para comprar drogas y dedicarse a fumar toda la noche. ¿Quién podría culparlo? 
“No te juntes con él, es un fumón”, decían. 
“En ese barrio hay puro fumón”, decían. 
“Cuidado te me haces fumón”, decían. 
Curioso. Nuestros padres no hablaban de una droga en particular. Hablaban de “la droga”. Así, en plural. Como si la marihuana y la heroína fueran lo mismo y como si un pipazo cerca de la punta de la nariz, que te quema la punta de la nariz, tuviera el mismo efecto que un pinchazo en el brazo. Muchos años después, sentado a una mesa donde se come, se bebe, se descogolla y se prende, el padre de un adolescente le dedica unas palabras frente a nosotros, sus amigos, los grandes a los que el muchacho trata de “Tío” o simplemente “Loco”. Dice el padre, “Escúchame bien, el primer chafo te lo pegas conmigo, ¿entendido?” Y nos reímos y la iniciativa nos parece bacán y hasta genuinamente progre y ojalá mi viejo hubiera sido así. 
Luego habla alguien que, de hecho, fumó marihuana por primera vez en compañía de su padre. Está traumada, dice cosas como “Yo quería un padre, no un pana, ¡yo ya tenía panas!” y “Mi papá era muy amigo de mis amigos, dizque para cuidarme, para saber con quién andaba, para que entre nosotros no hayan secretos. ¿Sabes qué?, los secretos son necesarios. Uno necesita secretos, cosas que no se puedan compartir, es lo justo.” Le pregunto si, como los superhéroes, necesitamos una identidad secreta. “No, ya no. O sea, crecimos. Si me dices que el humo te molesta o te hace daño, todo bien, fumo al lado de la ventana. Pero si me dices que la marihuana hace daño capaz y me voy de tu casa.” Nos reímos, prendemos, fumamos. 
A mí me decían que los fumones se volvían locos, que vivían en su propio mundo, que andaban volados. Y yo pensaba: quiero, quiero, quiero. 



Yo despreciaba a los marihuaneros, pero aquello no tenía que ver con la marihuana. 
La droga y el consumidor son dos criaturas distintas y la una no debe pagar por los pecados ni las imprudencias de los otros. 
Sería como culpar a una mujer por su belleza. 
Sería como echarle la culpa al amor. 
Sería una idiotez. 
Si alguien te dice que no puedes quejarte del narcotráfico ni preocuparte por la violencia que genera mientras seas un consumidor, el problema no son las sustancias ni las formas que nos damos para conseguirlas (se puede ir a la farmacia y ya), el problema es el punto de vista o lo cortos de vista y de corazón que podemos llegar a ser cuando no se trata de nuestra forma de vida. 
El mundo de los tuertos, se entiende, es más complejo que el mundo de los ciegos. 
¿Querías abrir los ojos? Pues bien, ahora tienes que mirar.  
Si te metiste a soldado tienes que aprender a marchar, como dicen. 
Ahora bien, los que hablan con sus plantas tampoco están del todo cuerdos. Si alguien te regala marihuana y te dice que es tan buena porque él, su propietario, le dice “buenos días” y “buenas noches” y de vez en cuando se desahoga vaciando jarras de agua y sentimientos sobre las macetas, lo que corresponde es asentir con la cabeza, escucharlo con educación, con respeto, agradecer la generosidad y quizás en otro momento decirle con toda firmeza, con la seriedad de una broma limpia: no hablo con gente que habla con plantas. 
Suena entonces, mientras seguimos en la mesa, un disco. De todas las cosas buenas que le pueden suceder a un marihuanero, que son muchas, escuchar música es una de las mejores. Uno se queja del silencio de Dios hasta que escucha música. 
La música, con o sin hierba, está casi a la altura del sexo. Es más, ¿por qué perder el tiempo haciendo cualquier otra cosa cuando podríamos estar escuchando música y tirando? 
Y, otra pregunta de rigor: si vamos a hacer todo lo que vamos a hacer, ¿por qué no fumamos antes? 
Y algo que al parecer no queda del todo claro entre los usuarios: si fumas, estás bajo la influencia, así de simple. 




Decía que yo despreciaba a los marihuaneros. 
Pero ya no. Ahora capto que despreciaba a los que se colgaban, a los que dejaban de hablar, a los que, como nuestros padres, reaccionaban a la marihuana como si se tratase de heroína. 
Pienso en la gente que, por navidad, me mandó luz. Me convendría más, en todo caso, que pagaran la cuenta del servicio eléctrico, que es otra cosa y no tiene que ver con lo espiritual sino con lo terrenal, con lo que puede y debe resolverse inmediatamente. 
He visto a las mentes más brillantes de mi generación arruinadas por una pose y luego decir gracias por tanto. Qué pereza. Igual les deseo lo mejor. Pero, ¡chau! 
Hoy por hoy le propongo la marihuana a todo el mundo al menos que prefiera abstenerse. Hablando claro se gana más que hablando mucho. 
Yo mismo me considero un novelero, pero no me quejo ni me va tan mal. 
Ciertos personas cuyas opiniones me interesan fuman un poco y se callan, se guardan. Espero de todo corazón que la estén pasando bomba estén donde estén y que algún día me inviten hasta para ver cómo es eso por allá, en qué piensan cuando carburan y liberan sus ideas. 
Otros amigos, que pasaron por aquí mucho antes que yo, me dicen que la marihuana es una etapa, que está bien, pero pasa. Yo pienso en otras etapas: García Márquez y Bob Marley, por ejemplo. (No escucho a Bob Marley a menos que esté sonando en una cevichería, pero leo El amor en los tiempos del cólera una vez al año y ahora, mientras comienzo la Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, pienso leer otra vez Cien años de soledad).  
¿Por qué despreciaba entonces yo a los marihuaneros? Por la misma razón por la que un periodista desprecia una fuente: no compartían su conocimiento. 
El egoísmo, está comprobado, corresponde a la cocaína, a las grandes aspiraciones. No le pases la funda a todo el mundo, eso es aquí nomás, pila y mosca.  
Un artista de casi cincuenta años, joven aún, me dice que está probando cómo es el mundo sin marihuana después de toda una vida fumando, después de haber fumado prácticamente todos los días y a todas las horas y en todas las circunstancias posibles desde que cumplió dieciséis. Le deseo suerte y lo acolito porque él no se calla, porque me cuenta cómo es eso por lo que está pasando, porque realmente quiere saber un par de cosas para luego tomar alguna decisión. 
Yo quiero estar high on life, intoxicado de vida.


@pescadoandrade | @mundodiners 



12.31.2021

El corto



Título: El Prólogo 
Género: Ficciones 
País: Ecuador 
Duración: 16 min 46 seg 
Sinopsis: Boris y Sofía estaban juntos cuando comenzó la pandemia, ¿estarán juntos después? 
Elenco: Lorena Robalino, Matías Belmar, Jorge Fegan 
Una producción de: Divino Tesoro 
Escrito y dirigido por su seguro servidor. 

---
----
-----

para verlo haz clik AQUÍ


12.28.2021

El teaser

Este chisme es bueno y se contará entero, enterito, antes de que acabe el año. 
Por lo pronto, va el teaser. 


 

12.02.2021

Hablando como argentinos (otra vez)




Cuando todo era 
 nada era 
nada el principio 
 - Vox Dei - 
 
¿Qué hacés, Chiqui? 
 ¿Qué haces, Richie? 
 - Un pana y yo - 


Quizás ustedes también lo hayan notado porque esto viene pasando desde hace ya muchos años, desde comienzos de siglo. Argentina, el país más europeo de Latinoamérica, la sucursal del primer y viejo mundo, ya no queda tan lejos o, mejor dicho, ya no nos parece tan cara ni tan exclusiva. Al contrario, el peso argentino se desplomó y el país soñado tuvo que volverse inclusivo. 

A partir del año 2000 Buenos Aires, Argentina, se convirtió en un destino casi local y doméstico para una generación de ecuatorianos, me parece, de clase media-alta en su mayoría. Ya en mi generación, me refiero a los que nacimos alrededor de 1980, hubo no varios sino muchísimos estudiantes que, ante el dolarizado costo de las universidades ecuatorianas, optaron por mudarse a Buenos Aires, Argentina, donde resultaba más barato estudiar y vivir y además se podían usar palabras que antes nos estaban prohibidas o eran vistas y escuchadas como ridiculeces. Palabras como “Mina” o “Minita” para mencionar a ciertas mujeres, no a todas; dicho sea de paso, los ecuatorianos casados con argentinas que conozco están hoy por hoy divorciados. Palabras como “asado”, por ejemplo. Ya nadie te invita a una parrillada, la gente dice “ven a mi casa este sábado y hacemos un asado”. Y yo pregunto, “¿qué vamos a escuchar, Sumo o Los Redonditos?” 
Andá a cagar, ché. 

Aquí, algo sobre los parásitos. Los parásitos son el motor de la economía. Mucha gente se esfuerza en producir más o mucho más de lo que debería porque está llena de parásitos. Ahora bien, los parásitos suelen llevar vidas desordenadas y esto es una fuente caudalosa de preocupaciones para quienes los mantienen. Los parásitos, entonces, son también el motor de la existencia. Por eso los parásitos deben estar bien atendidos; cuando menos, atendidos de la mejor forma posible. De otro modo, podrían causar un problema. 

Ya graduado de la universidad y trabajando en un bar de la Mariscal (no pagaba ni renta ni comida a menos que comiera fuera de casa) podía ahorrar lo suficiente para permitirme tres o cuatro meses al año en Capital Federal más o menos dedicado a leer, escribir, ir al cine, a conciertos, a museos, a tomar Quilmes de litro y a comer carne y vísceras. Me acuerdo de cambiar dólares por pesos argentinos: uno se sentía, más que poderoso, seguro. Pero todo hay que decirlo y por esos días un argentino promedio sacaba comida de los basureros con las manos y en los hoteles de lujo se ofrecían “tours de la miseria”, es decir, recorridos guiados por las villas en las que crecieron D10S y tantos otros mesías. (Algo similar, aunque mejor organizado, pasa ahora con las favelas de Río de Janeiro, por mencionar una referencia). 

Era una especie de fiebre y yo también la tuve, también me contagié. Estaban los que hablaban de ir a Miami como de ir a la playa y, capaz un poco más alternativos o más noveleros, los que hablaban de Buenos Aires, de estar allá y sobre todo de “vernos allá”, como si se tratase de un club cuya membresía se conseguía con dólares y no con legado, como herencia. Yo, aunque más o menos enamorado de una ecuatoriana, escogí no ver a mis paisanos y traté de aventurarme con los argentinos. 

Hice amigos, sobre todo en conciertos de Charly García, y una vez los escuché hablar de “Méndez” porque, me explicaron, la sola idea de pronunciar el apellido “Menem” les daba asco, era de mal agüero y les traía los peores recuerdos: padres desempleados, empresas locales cerradas, gente sacando comida de los basureros con las manos. Eran todos veinteañeros, algunos incluso menores de edad, y hablaban de “Méndez” queriendo decir Menem y queriendo decir también el fin de una época o simplemente el fin. “Nos dimos cuenta de que no éramos primer mundo, ¿viste?” 

Para ubicarnos, todo esto debe haber pasado cerca del concierto de los Rolling Stones del 2006 en el estadio de River, y ya que estamos aprovecho la ocasión para celebrar que Charlie Watts es parte de la religión. 
Recuerdo sentirme sobrepasado e intimidado por la oferta cultural y rockera de Buenos Aires, pero también recuerdo que la gente me decía, “Y, no es nada, antes veías a los Rolling el viernes y, qué se yo, a James Brown el sábado”, y que esos conciertos también eran parte de la década ganada por el peronista-neo-liberal Menem, de cuyo apellido nadie quería acordarse. 

No recuerdo, o he olvidado, que alguien me hablara de Okupas con el fanatismo y la pasión con la que yo trato de impulsarla hoy por hoy entre mis seres queridos. Quizás porque es una mini-serie o una “serie limitada”, como se llama en nuestro presente a las cosas que nacieron con conciencia de su propio fin: parece haber sido concebida como una película larga o una novela rápida. Fueron once capítulos transmitidos entre octubre y diciembre del año 2000 y esto habla bien de los argentinos porque, como gente de mundo, fueron los primeros en mirar hacia adentro y filmar lo que estaba pasando. Vale verse el ombligo, sobre todo cuando está sucio, sobre todo cuando apesta. 

Con Okupas, se dice, se acabó la televisión grabada en sets, bien iluminada y optimista. Esto no es cierto, esa televisión sigue y seguirá existiendo mientras la sigamos viendo: los que dicen “no veo televisión nacional” tampoco ayudan mucho. Pero Okupas, producida por Marcelo Tinelli para saldar una deuda personal con un canal del Estado, se para sobre los hombros de sus contemporáneos y destaca y brilla y tiembla como una cámara, precisamente, sobre los hombros y al lado de la cabeza. 

La serie parte con Ricardo, un tipo de clase media (esto es clase media argentina, prohibido olvidar) que pasó de la adolescencia a la primera adultez con “Méndez”, entre 1989 y 1999. Ricky estudiaba, pero ya no; quería trabajar, pero ya no; tenía una banda, pero ya no; tenía futuro o sentía ansias por el futuro, ya no. Ricky es un parásito, uno de los mejores. Lo encontramos viviendo donde su abuela, durmiendo en calzoncillos y hasta el medio día, y ya en el primer capítulo lo vemos mudarse a una casa “abandonada” en un barrio donde aquello de la propiedad privada es más bien subjetivo, donde el más loco le gana al más fuerte. 

Ricky, suelto en el recién inaugurado siglo XXI, debe responder con acciones y decisiones un tema del que suele ocuparse la filosofía: ¿Cómo ser bueno en un mundo malo? Y, claro, debe responder también su variante: ¿Cómo ser malo en un mundo perverso? 
(Maradona, por ejemplo, metió la mano)
Las circunstancias no dan para pensarlo demasiado: él ya no puede ser bueno. 
O eso cree. 
Y le convendría, la verdad. 

PD: Okupas, vendida como una serie pura, cruda y dura, no se encarga sólo de la calle, habla también y con verdad sobre los códigos, sobre lo que puede hacerse y lo que no, sobre lo que es cariño y lo que es traición, y diferencia la confianza del abuso. Así, con la misma clara y grosera sencillez, habla sobre la amistad entre hombres, que es la amistad entre niños, con sentido del humor y sentido del horror, con responsabilidad y conocimiento de causa. Los personajes, entrañables todos, dan la idea de un mundo entero y autónomo. Y sí, hay un favorito, siempre lo hay. Le dicen “Chiqui” y es la bondad en persona y tiene un corazón que no le entra en su cuerpo agigantado de grandote. Un personaje como “Chiqui” es muy difícil de escribir y casi imposible de filmar, pero los argentinos lo lograron, otra vez. Hoy se me hace necesaria una pregunta antes de cada encrucijada, “¿Qué haría Chiqui?”



@pescadoandrade / @mundodiners 



11.23.2021

La película del año



La película del año se llama The Closer
La que más afecta, la que más pelea, la que más claro habla. 
También la más atacada o una de las más atacadas y, por ende, la que mejor se defiende. 
No la atacaron por fracasar en la taquilla o por decepcionar a los fans. 
Le dieron porque triunfa, porque sobresale, porque se distingue entre las demás mientras los tiempos mandan lo contrario, que te camufles en la manada, que firmes no con una X pero sí con un #, que estemos todos de acuerdo en todo, aunque sea obligados. 
Quizás sea también la película que más importa, esa que tienes que ver para ser parte de la conversación. Porque sí, obvio, hace rato: hay que tener esta conversación. 
Hay que hablar, el resto es fanatismo. 
El problema del fanatismo es que elimina el cuestionamiento. 
El problema de los extremos es que sólo pueden ser defendidos por fanáticos. 
(Por algo les dicen izquierda y derecha, “dime por quién votaste y te diré quién eres”, esa onda). 
La película del año va un poco de eso: de extremos, de fanatismo, de lo que llamamos “mi gente”. 
Y debería entrar en rotación ya, en 3, 2, 1… 
Verla desde ahora aunque ya estés tarde. 
No importa, la película perdona. 
Verla una vez y luego otra, así, dos veces seguidas. 
Como cuando escuchas el disco nuevo de una banda que ya te mostró todo lo que tenía y ahora te muestra esto, ¡esto! 
No puede haber nada mejor que escuchar esas palabras otra vez. 
Nada de lo que pueda pasar fuera de la pantalla será tan bueno como lo que está pasando adentro. 
Ya no las hacen así y ojalá hicieran más de éstas. 
O puede ser que la película se limite a traer refuerzos, a llenarte de valor, a seguir empujando y a seguir esquivando golpes precisamente poniendo el pecho, la cara, el hígado. 
Y sí, como el protagonista, tratar de llegar al final de esa escultura que es el milagro de una sola buena idea; esculpir esa idea, escribir esa idea, filmar esa idea y luego decirla de forma tan clara y simple que no haya forma de mal interpretarla. 
La idea es ésta: hablemos de cómo nos va tratando de ser personas, seres humanos. 
No es fácil. Nada Fácil. ¿Quién diría? 
La idea es ésta: tú y yo, que somos tan distintos, deberíamos empezar por reconocernos como iguales o al menos semejantes. 
La idea es ésta: nosotros, que nos queríamos tanto, deberíamos entender claramente que somos miles de millones de seres humanos pasando por una experiencia de vida, que estamos juntos en esto aunque cada cual ande por su lado, que lo que te pasa a ti también me pasa a mí y le pasa al resto. 
Que no somos especiales pero sí somos únicos. 
¿Se entiende? 
¿No? 
Pues bien, la idea es ésta: buscar y encontrar y ver The Closer a toda costa. 
Se trata, básicamente, del último (por nuevo y último) especial/monólogo de Dave Chapelle, el comediante que muchos consideran El Mejor de Todos los Tiempos.
O The GOAT, por sus siglas en inglés.
Ser audiencia, estar de este lado y no allá arriba, es tan importante como ser protagonista.


@pescadoandrade / @mundodiners 


11.15.2021

La fiebre del oro



Hace poco más de un mes ningún ecuatoriano conocía el significado de la palabra halterofilia. Supongo que quienes la enseñan, la practican y la califican saben de lo que hablan, pero se trata de una minoría sin voz ni voto. Hasta que llegó la fiebre del oro. 

Hace poco más de un mes las redes sociales se llenaron con la misma broma repetida mil veces: “No se hagan, ustedes también creían que halterofilia era una perversión sexual”. Y la verdad es que sí, a eso suena, a la prima de la “harpaxofilia” (deseo de ser asaltado con violencia) o incluso de la pedofilia.

Halterofilia, para que lo sepan, es como se llama formalmente al “levantamiento de pesas” competitivo. Y en las pasadas Olimpiadas de Tokyo una atleta ecuatoriana consiguió por primera vez una medalla de oro en esta disciplina. Pero además de ser mujer, lo que ya es trendsetter, se trata de una mujer negra: si quieren ser políticamente correctos, pueden decir “afro-ecuatoriana” o “afro-descendiente.” 

La pesista llegó a Quito en un vuelo de KLM y, mientras el avión rodaba por la pista, salió por una de las ventanas de la cabina con nuestra bandera en las manos. El país entero se volvió loco, se emocionó, se excitó. Fuimos uno, dicen, pero yo no siento el triunfo como propio. Yo no competí, ni siquiera vi la competencia, no hice barra ni antes ni después del triunfo, y jamás he militado para que mejoren las condiciones en las que entrenan nuestros deportistas. 

La pesista, aunque ya no sea tendencia, sí que figuró, y con razón. Le dieron una vivienda “digna” para ella y su familia; le regalaron un auto del año; recibió una beca completa de la universidad privada más prestigiosa del país; y el mismo presidente de la República le entregó un cheque por cien mil dólares. Su vida cambió, y sólo tuvo que ser la mejor del mundo. 

El oro, sólido y redondo y brillante, la separó del ecuatoriano promedio, que vive con cinco dólares diarios o menos. 

Ahora, la pesista es el molde del patriota, del que lucha, del que se sacrifica, del que puede vencer toda adversidad. Ese parece ser el mensaje: si eres mujer y vienes de una minoría racial, históricamente excluida, y pretendes lujos propios de la aristocracia como la educación, una vivienda “digna”, un auto propio o algo de dinero en el banco, tienes que ser la mejor. 
No la mejor de tu barrio ni la mejor de tu país sino la mejor del mundo. 

Si no regresas con el oro entre las manos, o entre los dientes, mejor no regreses.


@pescadoandrade



10.20.2021

Roseando



Lo que realmente le interesaba a Rossellini, lo que él pretendía -con esfuerzo y sacrificio- extraer de esto que llamamos experiencia de vida, era la capacidad de entender. 
Así: ser capaz de entender. 

Poder entender, para ser más claros. 
Tener el poder, para ser más precisos. 

Esto lo dijo poco antes de cumplir los 71 años, misma edad a la que murió; y se lo dijo, claro, al YouTuber más cool de la época (asumo que harto conocido por quienes coinciden en este festival), el español Joaquín Soler Serrano, en el ya escrito en piedra programa de entrevistas A fondo. “La mía era una preocupación de orden moral. Entender las cosas, esa era mi preocupación. La posición de un hombre debe ser de juicio. Y, sobre todo, un gran esfuerzo por entender. Ese es el gran esfuerzo. En cambio, normalmente, se hace de todo por no entender. Porque resulta mucho más fácil manipular a los hombres con las emociones en vez de con la razón. Eso es algo que pude constatar en mi vida. Y es algo que es atávico y proviene de la historia. Es casi ancestral. Y creo que hay que liberarse de eso”. 

Otra cosa que dijo esa noche, en lo que ahora vendría a ser “poco antes de morir”, entre cigarrillos y con absoluta seriedad, fue que lo único de lo que le hubiese gustado asegurarse es de haber sido una persona útil. 

Pausa. 
Hagamos los números o, mejor, contemos. 
1 = Entender. 
2 = Ser útil. 
Si, como se dice con sospechosa certeza, 1 más 2 son 3, yo no dudaría en seguir la lógica propuesta por esta ecuación. Es decir: 


1(Entender) + 2 (Ser útil) = 3 (Hacer cine) 


Lo más emocionante de una retrospectiva o una muestra, como prefieran, es el ambiente que genera: el de la ciudad tomada por un artista, por un cineasta, por un tipo que se ponía terno para salir de su casa y hacer películas. Un autor que también tuvo que filmar para comer (“películas alimentarias”, les decía), y filmó como mejor pudo entender la historia de varias ciudades tomadas; ciudades tomadas por la guerra, tomadas por el amor, tomadas por los personajes y las líneas y los encuadres de Rossellini, como Quito debería sentirse hoy. 

Es verdad que la muestra (o retrospectiva) debería ser más larga, que uno debería tener más películas de Rossellini al alcance del bolsillo para pasar más tiempo dentro de ellas y, obvio, más tiempo con él. Y deberíamos tener, también, algo más de morbo: mal que mal, hablamos de un cineasta italiano, no es gente que se guarde muchas cosas. Por ejemplo: un documental muy gráfico de los años que pasó casado con Ingrid Bergman, la mamá de Isabella Rossellini. Con gente así de interesante y así de bella involucrada en este asunto, ¿por qué no incluir un documental (medio-cine/arte-medio-farándula-nacional) que no sea una película del director sino sobre el director? Nada como un buen chisme sobre un neorrealista italiano, dijo nadie nunca. 

Así las cosas, recibimos tres películas que de todas las maneras son suficientes para poner a prueba el teorema de Rossellini. ¿Entendió algo? ¿Sirvió para algo? 

Venimos de una época dura, estamos aún entre el shock y el trauma y lo que sea que venga después. 

Muchos dicen que la pandemia fue el equivalente a la Segunda Guerra Mundial para quienes no la vivimos, el evento bisagra, el verdadero quiebre del siglo; y algo sabe Rossellini sobre la guerra y planes que se derrumban y seguir viviendo cuando pensábamos que ya no habría más vida para vivir. 

Y las preguntas son las mismas: ¿Lo entendió? ¿Fue útil? 
Y ambas preguntas se responden de la misma forma: el cine. 

Imagínense estas tres películas sobre la mesa, las latas cayendo de la mesa al piso y sonando (porque puedo) como los Stone Roses en I Am the Resurrection, los rollos desenrollándose de sí mismos pero enrollándose entre ellos. 

Pues bien, hay que agarrar estas películas y medirlas con la vida, poner una cosa al lado de las otras o capaz espalda con espalda; tomar medidas, hacer cálculos, y decidir si en lo que filmó Rossellini hay o no hay verdad. Porque si la hay, si al final o al medio o al principio de su carrera hay verdad, si este hombre pudo entender algo y luego contarlo de tal forma que nosotros lo entendamos también, para buscarlo o evitarlo, da lo mismo, y lo hizo con películas, creando donde antes no había nada o donde hubo algo que ya nadie recuerda, no cabe la menor duda de que estamos hablando de una persona que fue, sobre todas las cosas, útil a la humanidad. 

Pienso ahora en un amigo que tiene mi edad y una hija de seis años. Algo que me ha dicho varias veces es esto: mi hija tiene que saber leer y tiene que saber nadar. Aquí hay verdad. Por si no la habían visto o no la conocían, así es y así se ve la verdad: leer y nadar. Rossellini me ha hecho pensar en esto.


@pescadoandrade