12.03.2019

Nuevas dinámicas sociales (un mix)


Las cosas han cambiado. O mejor: ciertas cosas han cambiado. Antes uno llegaba a una fiesta, al tipo de fiesta en la que no se conoce prácticamente a nadie, una fiesta a la que se va justo con el propósito de expandir la lista de contactos, digamos, y trataba de mezclarse con los demás prendiéndose de alguna conversación que por lo general giraba en torno a la actualidad. Y ese intento, sobra decirlo, acababa muchas veces en fracaso y uno, ya agotado de tratar sin éxito de conectar con los demás, regresaba a su casa solo y bajoneado pero a conversar con sus verdaderos amigos: sus discos, sus libros, sus películas. Pero ya no. Ahora existe un código, una suerte de contraseña universal, las palabras mágicas: ¿Qué estás viendo? Porque todo el mundo, al parecer, está viendo algo (está increíble); está empezando a ver algo (el primer episodio promete); está viendo algo y ya va por más de la mitad (capaz me la termino esta misma noche, qué chucha); está acabando de ver algo (no me cuentes cómo termina); o está esperando que alguien le recomiende algo que ver (no muy denso, plis). 

Pasa. Me pasa. Me está pasando. En una fiesta, un tipo al que no conocía, un amigo de amigos, me contó que hace poco se lesionó una rodilla jugando en un campeonato de fútbol con sus ex compañeros de colegio, que la lesión (más grave de lo que pensó en un principio) lo obligó a pasar más de una semana en cama, y que aprovechó su temporada horizontal para ver Breaking Bad de principio a fin: dijo, también, que era la primera serie que había visto en su vida. Entonces fue posible hablar con él, no necesariamente conectar, pero sí bajar una puerta levadiza y encontrarnos sobre las aguas que rodean el castillo de nuestras soledades. Tengo mis sentimientos hacia Breaking Bad claramente procesados y asumidos hace rato: entre la primera y la cuarta temporada, cuando Walter White vivía y padecía una doble vida que lo obligaba a multiplicarse y que finalmente lo obligó a dividirse, la serie jugaba en lo más alto y varios de sus capítulos alcanzaron la gloria; pero entre la quinta y sexta temporada, cuando White se convirtió en un criminal más bien genérico, efectista y conveniente, el imperio narrativo que había levantado se derrumbó en una explosión de cristales azules.

Mi nuevo amigo, que dicho sea de paso se dedica a la venta y distribución de suministros médicos, no estuvo de acuerdo. Él pensaba que era justo al final de la serie, cuando Walter White es ya un hombre duro, un arrecho que se faja con cualquier narco, cuando las cosas encajaban mejor y se embalaban y zumbaba la bala que daba gusto. Pero el punto, al menos para mí, no era quién tuviera la razón (hablando de arte, a Dios gracias, nadie, nunca, tiene La Razón), sino que en cuestión de minutos habíamos pasado de ser perfectos desconocidos a revelarnos intimidades: cuando uno habla de las cosas que le gustan, esas que defiende porque lo representan o porque lo han ayudado en momentos difíciles, está hablando en realidad de su propio engranaje moral. Mi nuevo amigo me dijo que iba a empezar a ver series, que en su casa las que le sacaban el jugo a Netflix eran su esposa y sus hijas, que él prefería ver programas de fútbol en DIRECTV, y me pidió que le recomendara algunas: pero así, como Breaking Bad, me dijo, bacanísimas. 

Recomendar series se ha convertido en la responsabilidad más grande de nuestro siglo, no sólo por el (cada vez mayor) tiempo que los otros invierten en verlas o el desgaste emocional que pueden causarles, sino y sobre todo porque de acuerdo a esas recomendaciones seremos juzgados el día del juicio final. ¿Por dónde empezar, entonces? Por el principio, supongo. Le dije comienza con los clásicos, y me sentí como un profesor de literatura. Le recomendé Los Soprano (estoy seguro de que esa mezcla de mafia-sensible y vida-doméstica-casi-de-provincia le va a encantar); Mad Men (sé que lo puedo perder en el primer capítulo, que la sofisticación retro de Draper y compañía puede ser demasiado para cualquiera, que hay muchos más diálogos que acciones; pero también sé que, si resiste, si se deja caer en la trampa y se queda quieto por un momento, podrá ver claramente por qué hacemos lo que hacemos sin saber por qué); y, finalmente, le recomendé The Wire, esa catedral a la que conducen todas las peregrinaciones y que con el tiempo se va volviendo más alta y maciza. (Volviendo a leer esto, semanas después de haberlo escrito, capto que Los Sopranos es la única con oportunidades reales de conquistarlo, y me siento tonto. Pero, ¿cómo no hablarle a alguien que quiere empezar a ver series de Mad Men The Wire? La tentación fue mucha, y me venció).   

No hablamos mucho más. Mi nuevo amigo tuvo que irse temprano, al día siguiente debía madrugar para llevar a su hija, la mayor, a las olimpiadas de la escuela. Cuando nos despedimos me dijo que, como sea, entre la familia y el camello, encontraría el tiempo para ver las series, y que si alguna le gustaba me iba a invitar un whisky para comentarla. Tú, por suerte, no tienes quién te joda, me dijo, puedes ver series todo el día. Pensé que ciertas series (no todas), al menos ciertos momentos o secuencias, se disfrutan más cuando estás empiernado con otra persona. Nos dimos la mano, nos dijimos qué bacán conocerte, mucha suerte, compa. La escena me pareció buena para terminar un capítulo.        

*
                                                                         
Esto no es una fiesta, es una reunión. Gente reunida en un apartamento, unos sentados a la mesa, otros alrededor del mesón de la cocina, otros en los sillones de la sala, otros en una esquina de la terraza, fumando pipazos y levantando la frente para echar el humo por encima de sus cabezas. El lugar es nuevo, moderno, digamos que podría estar en Brooklyn y no aquí: paredes de ladrillo visto, ventanales enmarcados en madera, un gran ambiente minimalista. Yo sólo conozco a los dueños, una pareja cool que diseñó el apartamento a su medida, y que me invitó a esta reunión para, ya saben, ver gente de verdad de vez en cuando.  
       
Suena una canción de Los Beatles, me fijo, pero no reconozco de quién es la versión y cuando le pregunto a mi anfitriona ella tampoco lo sabe. Es una lista de Spotify, me dice, y me muestra la portada en su teléfono. No me digas que sigues preocupándote por qué música poner cuando caen los panas, me dice, cómprate un iPhone, déjate ayudar. No me preocupo, le digo, pero tengo un método: escucho música, mi música, la música que tengo guardada en mi computadora, durante la mitad de mi jornada laboral, es decir, tres o cuatro horas al día, y la programo en orden aleatorio, así que cada vez que descubro una canción nueva (para mí) y que me gusta la agrego a una lista que es la que pongo en rotación cuando caen los panas. Por Dios, dice mi anfitriona, y se ríe. Luego me pregunta si uso aplicaciones para conocer gente, para salir con gente. Le digo que no. Ella ya no se ríe. Pobre hombre, me dice.  

Hubo un tiempo en el que intentaba estar al día en todo, música, libros, películas, todo. El internet facilitaba las cosas, pero nos terminó rebosando o por lo menos a mí me terminó rebosando, ahogando, agotando: hay demasiadas cosas allá afuera y ya acepté que la vida no me alcanzará para verlas/escucharlas/leerlas todas; además, prefiero vivir, al menos intentarlo. Ahora me muevo por recomendaciones. Sigo a una serie de columnistas que opinan sobre cultura pop, gente en la que se puede confiar o en la que por lo menos yo confío, y tengo amigos muy cercanos con los que compartimos una especie de ADN-melodramático que nos califica para decir cosas como esto te va a gustar. Y así, depurando, filtrando, asumiendo que no a todo el mundo se le puede dar el beneficio de la duda, sobrevivo.  

Estoy conversando con una chica, en rigor, con una mujer, o sea, ya pasa de los cuarenta, pero ahora todos estiramos la juventud y seguimos vistiéndonos como chicos, ¿no?, mejor así. No puede creer que me paguen por ver series o películas para luego escribir si me gustaron o no. No es tan así, le digo, hay que explicar por qué, tratar de que la gente que te lee entienda lo que sentiste, lo que se te movió por dentro, lo que te hizo inclinar la balanza: un amigo, abogado de profesión, me dijo una vez que el trabajo de un crítico debe ser demostrar con pruebas quién miente y quién dice la verdad. Igual, me dice, me parece un trabajo tan bacán que no me parece un trabajo, sorry que te lo diga. Paga poco, si te sirve de consuelo. Nos reímos. Yo, me dice, podría escribirte un libro entero sobre Trollhunters, mi hijo y yo la hemos visto toda, enterita, las tres temporadas, y es increíble. (Información básica: Trollhunters, estrenada en el 2016,es una serie/fenómeno-social creada por el mexicano Guillermo del Toro para Netflix; es la serie animada más exitosa en la historia de dicha plataforma; y es la serie de “contenido infantil” con más nominaciones y premios en su género). Te juro, me dice, que el guión de Trollhunters es perfecto, no le quitaría nada, cuando la vemos siento que mi hijo aprende más ahí que en la escuela, o sea, que la vida se parece más a Trollhuntersque a cualquier otra cosa. Dice esto y se ríe, se caga de risa. 

Pienso que seguirá hablando sobre su hijo (es una tendencia, la gente que arranca no para), pero no, sigue hablando sobre televisión, sobre lo que está viendo. Me pregunta si he visto One Strange Rock. Ni siquiera sé qué es, le respondo, y me explica que es una serie-documental sobre nuestro planeta, más precisamente, sobre la cantidad inmensa de cosas que suceden a cada segundo en nuestra superficie para que la vida pueda existir. El universo es infinito, me dice, como si fuera la primera vez que piensa en esto o que lo asume como cierto, y hasta donde sabemos, el único lugar donde se puede vivir es aquí. (Más tarde, esa misma noche, vi el primero de los diez capítulos, dedicado al oxígeno. Me venció, me aburrió. La serie es una producción NatGeo, tiene esa arrogante autoridad moral que se hace pasar por intención didáctica; y lo peor es que trata de disfrazar su verdadera naturaleza con una estética insegura, empeñada en mostrar una imagen “sorprendente” en cada plano, así como en alivianar el relato con la conducción de un sonriente Will Smith y los testimonios de varios astronautas) ¿Crees que se va a acabar?, me pregunta. ¿Qué cosa? El mundo, ¿crees que es verdad eso de que un día ya no se va a poder vivir ni en este planeta? No me deja responder, sigue hablando. Yo ni siquiera puedo creer que un día me voy a morir, me dice, el universo es infinito y eterno y todo lo que tú quieras, pero nosotros, mi hijo y yo, somos cualquier huevada. Dice esto y sonríe, trata de sonreír. Necesito una comedia, me dice, ¿qué me recomiendas?

(Mundo Diners) 

10.22.2019

El tamaño de mi esperanza



No sé cuántas veces he visto School of Rock, pero han sido muchas: tenía el DVD original y hubo una época en la que la veía cada vez que quería subirme el ánimo o simplemente  reírme y gozar antes de quedarme dormido. La primera vez que la vi, me acuerdo, unos amigos y yo hicimos guardia durante horas en un videoclub hasta que alguien llegó a devolverla y cuando por fin la vimos quedamos extasiados: era todo lo que esperábamos, todo lo que queríamos, y más, Linklater (guión de Mike White mediante) había logrado componer una sólida declaración de principios, un indiscutible argumento moral, y lo había hecho con una película cuyo reparto estaba liderado por Jack Black y una clase de niños de diez años.

No era la cinta perfecta, todavía no lo es, la verdad es que en varias escenas es mejor mirar hacia otro lado, hacerse el loco, perdonarle cosas (¿cómo logra una banda de rock ensayar en un aula de clases sin que el resto de la escuela se de cuenta?, ¿cómo llegan a tocar así de bien con sólo tres semanas de existencia?), pero hasta el día de hoy se las perdono porque hay un fin mayor: contar ese momento en el que escuchas rock por primera vez y tu vida cambia para siempre porque después de eso ya no puedes ser el mismo; contar, con niños como protagonistas, la convivencia de una banda, cómo unas personas se acercan a otras, como aprenden a confiar en sí mismas y en las demás, y cómo se puede enfrentar al mundo haciendo música. Stick it to the man!

La última vez que la vi, sin embargo, hace sólo unos días, ha sido quizás la más especial de todas. Estaba con mis sobrinas, que tienen seis y cuatro años, que ya la habían visto una vez y querían repetírsela (qué bella es esa época en la que uno puede ver la misma película todos los días sin cansarse). No me queda claro cuánto de la trama adulta o terrenal llegan a entender realmente, o cómo ven al personaje de Jack Black más allá de, dicen ellas, un señor muy loco, pero vaya que la cinta las hipnotiza y las emociona: para ellas, por lo menos en este momento, en la escuela Horace Green ocurre un tipo de magia más poderosa que la que se enseña y se practica en Hogwarts. Les gusta la parte en que Jack Black espía a los niños en su clase de música y descubre que pueden tocar varios instrumentos; les gusta cuando comienzan a ensayar y a cantar; les gusta cuando se fugan de la escuela para su audición en la batalla de las bandas. Pero lo que más les gusta es el concierto del final: entienden perfectamente que la banda no gana el concurso pero de todas maneras es la que triunfa, como Rocky Balboa al final de su primera pelea por el campeonato mundial. Cuando la banda está a punto de subir al escenario ellas empiezan a aplaudir y a gritar, primero, ¡van a tocar, van a tocar, van a tocar!, y segundo, ¡escuela de rock, escuela de rock, escuela de rock! Yo, que me puse a gritar y a aplaudir con ellas, estaba también al borde del llanto, por la emoción, porque verlas conmocionadas como estaban me convenció de que estábamos unidos, hermanados por una misma causa, y ese es el tamaño de mi esperanza.  

Después de ver la película y comer fideos con salsa de tomate, la mayor de mis sobrinas me preguntó cuál era la historia del rock and roll (lo dijo así: rock and roll) y le mostré videos de Chuck Berry y Elvis Presley. El interés no le duró mucho (culpa mía) y tras un par de canciones que, me dijo, le gustaron, me pidió que le pusiera episodios de la más que odiosa Miraculous, algo que simplemente no puedo compartir con ella, pero en lo que la complací de todos modos. Lo que importa es que la raíz ya está sembrada, que los valores empiezan a revolver el torrente sanguíneo, que las niñas ya saben quiénes son los buenos en esta lucha y cuáles son sus armas, que el poder de una historia poderosa les muestra el camino.

10.14.2019

Bromas



It's a joke
It's all a joke
- The Comedian - 

Cuando Joker ganó el León de Oro en Venecia, hace sólo unos meses, leí en redes que alguien decía ha ganado el enemigo. Y me alegré. Que una cinta pop o sobre un ícono pop se impusiera en un festival de cine-arte me pareció una señal de progreso democrático. Pero enseguida empecé a sospechar: si ganó, pensé, si tranzaron, alguien tuvo que ceder; o Todd Phillips hizo una cinta arrogante, insoportable, aburrida, o el jurado de Venecia se dio cuenta de que el viejo truco de premiar lo que nadie entiende ya no está dando los mismos resultados. Cabía, es cierto, una tercera opción, que Joker hubiera alcanzado la misma estatura que The Dark Knight, es decir, que hubiera convertido un producto pop en una obra de arte sin traicionar su esencia, sin venderse, pero no, Joker es una película vendida.

Un amigo me dice: me parece más real que la gente sucumba ante el caos (Ecuador lo acaba de demostrar) a que sea todo tan bueno y utópico como pasa en Dark Knight, donde la gente no se hace mala ni porque están bajo presión en los barcos. Yo respondo: el Ecuador acaba de demostrar que la mayoría no sucumbe.

Al principio, Arthur Fleck me compró con esta frase: lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras. Cuánta razón, cuánta verdad. Ve y dile a alguien que está sufriendo un ataque de ansiedad que se calme a ver si funciona; ve y dile a alguien que padece de insomnio crónico que basta con madrugar y hacer ejercicio físico para poder dormir por las noches a ver si no te quema vivo. Pensé que la cinta iría por ahí, que el conflicto central sería cómo lidiar con la enfermedad mental en carne propia, y tuve esperanzas, pero Fleck ni siquiera lo intenta, es sólo-y-todo-el-tiempo una víctima (de los poderosos, de los fuertes, del sistema, vaya novedad) y es imposible empatizar con él porque su falta de voluntad no levanta nada de admiración o afecto.

Los freaks también tienen que ser encantadores de alguna manera, tienen que ganarnos y ponernos de su lado. Pensemos, para quedarnos en este mismo universo, en la confianza arrebatadora que tenía el guasón de Jack Nicholson en sí mismo (no entendía que Kim Basinger no quisiera estar con él); o en el misterio de Heat Ledger, cuyo gran súper poder era no tener más motor que ver al mundo en llamas. Este guasón justifica al que se vuelve malo porque no tiene otro recurso, porque la sociedad lo empuja, porque lo golpean y lo golpean hasta que explota: quiere ser El ladrón de bicicletas, pero para eso necesitaría tener valores que perder y, claro, un alma.  

Quizás si la cinta hubiese arrancado antes, cuando era chico (las referencias a una infancia supuestamente llena de abusos no bastan), hubiésemos podido acompañarlo, conocerlo mejor, tomarle cariño y comprenderlo y hasta apoyarlo en su decisión de abrir fuego. Pero no, cuando lo conocemos ya es lo que será y está tan divorciado de la realidad que es imposible tocarlo o sentirlo. Lo único que alcanzamos a ver, y esto sí muy de cerca, es un desmesurado y desesperado intento de Joaquin Phoenix por ganar el Óscar: ¿era necesario bailar tanto?, no; ¿era necesario convertirse en un contorsionista?, no; ¿era necesario dejar salir la risa incontenible tantas veces?, no. Lo peor de este Phoenix es que su trabajo se nota, se evidencia, lo intenta demasiado y eso, lejos de conmover, cansa.  

Lo dijo A. O. Scott en su reseña para el NYT: Esto no es chistoso, y no puede tomarse en serio, ¿es esa la broma? Lo dijo Fuguet en su columna de LaTercera: Que quede claro: esto es una cinta de superhéroes disfrazada de cine-arte rumano y no al revés. Yo agregaría que es una película políticamente correcta y conservadora, donde el malo, presentado como un oprimido, es romantizado y por fin, después de tantos años de injusticia, gana.  

Otro amigo, en el que confío mucho, me dice: hay una cosa que me ha sorprendido, la gente está encantada, no pueden más. Yo respondo: es que Phillips, que no por nada ha hecho películas taquilleras antes, ha unido a dos grandes públicos: los que ven pop piensan que están viendo arte y se sienten mejor consigo mismos; y los que ven arte piensan que la industria por fin les está dando la razón, que ahora Warner entiende lo que es el cine de verdad. Horas después, mientras trato de escribir esto y capto que al final es una carta de desamor, que me duele que no me haya gustado y que todo este asunto se siente como una traición, me fijo en los comentarios que varios lectores dejan en distintos medios que a su vez han publicado artículos (sobre todo de opinión) sobre la película: para una mayoría el personaje representa al hombre de a pie, al que se mueve en transporte público, al que trabaja en algo que odia, al que esperaba otra cosa para su vida. Quizás, pienso, la gente está encantada porque al fin alguien se cabreó de verdad y mandó todo a la mierda.

***

Le pregunto a mi amigo, al segundo, al que me dijo eso de la gente está encantada, cuál es, para él, la broma de la que se ríe Arthur Fleck segundos antes de que se termine la película. Me dice que en este momento, en alguna parte del planeta, Todd Phillips y Joaquin Phoenix están tomando whisky caro, contando billetes y cagándose de risa porque han hecho que todo el mundo crea que vio una película seria. Para solventar su argumento, me cruza una entrevista que dio el director a Vanity Fair, en la que dice que ya no hace comedias porque ahora el público se ofende con cualquier cosa. Ahora se burla de nosotros, me dice mi informante. El Guasón siempre ríe al último.     

9.30.2019

Terry Gilliam, autor del Quijote


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Comencé a verla a las diez de la noche, poco más, poco menos. No era tan tarde, es cierto, pero había sido un día duro y largo y estaba cansado y con más ganas de dormir que de conocer al Quijote de Terry Gilliam. Pero lo hice. Por un lado, tenía que hacerlo en ese momento o no tendría tiempo de escribir esto, y por otro, el más atractivo y urgente, quería saber el chisme: Gilliam logró filmar su versión del Quijote después de treinta años intentándolo, ¿cómo le había quedado? Al final, más de dos horas después, ya entrada la medianoche, estaba tan feliz que lo único que quería era llamar a Gilliam para hablar con él, para que me contara cómo lo hizo, cómo lo logró, o sólo para mandarle un abrazo a la distancia. Hacía mucho que una película no me llenaba de felicidad y ternura y placer y orgullo. Y lo más importante, que no sentía eso que te dejan las películas que se convierten en material de autoayuda: la sensación de que hay que salir allá afuera y enfrentar a los demonios, a los cucos que uno tiene dentro, a los putos gigantes. No pude dormir sino hasta el amanecer.

El hombre que mató a Don Quijote se estrenó en Cannes y, hasta donde tengo entendido, no fue del todo bien recibida, la acusaron de desordenada o enredada o mareada o algo así. Pues nada, Fuck Cannes! Lo glorioso de la última película de Gilliam está en los excesos, en los delirios, en la cursilería grosera, precisamente en el camino que se retuerce y se endereza a destiempo cuando uno persigue sus obsesiones. Quizá no sea la cinta mejor articulada de todos los tiempos, ni la más sensata ni la más redonda, pero, ¿importa?, ¿a quién le importa?, ¿no existen ya demasiadas cintas bien articuladas y sensatas y redondas, cintas que no se arriesgan a perder? La lección aquí no es cinematográfica sino moral: persigue el sueño hasta alcanzarlo y cuando lo alcances, cuando te aferres a él y te conviertas en eso a lo que te aferras, hazlo completamente tuyo. Lo más valioso que un artista puede ofrecerle al mundo es su versión de los hechos, pero para eso tiene que tener un mundo propio, y Gilliam ha recuperado su norte y su escenario.

Han pasado más de veinte años desde que apareció en cartelera Miedo y asco en Las Vegas, acaso el último hit de Gilliam, y me refiero a que tuvo audiencia, a que hizo ruido, a que pervirtió a unos cuantos, aterrorizó a otros pero cautivó a muchos más. Y sí, quizás los episodios alucinógenos de Hunter S. Thompson no envejecen tan bien (de hecho, me daría entre miedo y pereza volver a verla), pero en esa época, y desde antes, estaba claro que Gilliam era un autor en el más estricto sentido de la palabra, que lo que le importa no es filmar la realidad sino lo que él considera real y cercano e importante, como corresponde. Entonces, ¿qué pasó?, ¿perdió el camino durante veinte años? Lo que quiero pensar, de lo que he llegado a convencerme en estos momentos en los que su Quijote está todavía cabalgando mi retina, es de que no se perdió pero sí dio varias vueltas en círculo porque sabía que lo correcto era esperar, esperar al proyecto que tanto había esperado de todas maneras para volver a brillar.      

En este Quijote, con Adam Driver al frente (que, dicho sea de paso, fue clave a la hora de levantar el financiamiento y, digámoslo tranquilamente, parece no poder equivocarse) y el gran Jonathan Pryce en el papel del ingenioso hidalgo, un director de cine devenido en director de comerciales trabaja en la campaña de un vodka caro que tiene a los personajes de La Mancha como figuras principales. El director, se nota, lleva demasiado tiempo en la publicidad y se ha quedado sin alma (no deja de asombrarme lo recurrente de este tema entre cineastas), y no es hasta que encuentra una copia pirata de su primera película, precisamente sobre el Quijote, que algo muy dentro se le despierta y empieza a revolverle las tripas. Luego vuelve al pueblo donde la filmó, busca a las personas que usó como actores, descubre que los cambió para mal, para peor, y cuando encuentra a su actor principal descubre que el viejo se ha vuelto loco, que ahora cree que es el Quijote en carne y hueso, y digamos que lo que pasa de ahí en adelante sólo podría llamarse La gran aventura quijotesca.      

Terry Gilliam aprovecha a su Quijote para hacer eso que el arte sabe hacer mejor: corregir los defectos de la vida. Se venga, a su manera, de lo que el mundo le ha hecho, pero más que descabezar a sus enemigos se dedica a establecer la posibilidad de vivir no como la persona que uno es sino como la que soñó ser: no como el héroe que merecemos sino como el héroe que necesitamos. El viejo que se cree Quijote logra convencer al joven director de que es, en efecto, un héroe, y lo logra haciendo cosas heroicas, hasta que el joven, que por mucho tramo cumple el papel de Sancho Panza, entiende que no hay otra forma de andar por ahí que salvando a doncellas en peligro y defendiendo a los más débiles. Y nada, ¿saben quién es el malo-malísimo?, ¿el que tiene secuestrada a Dulcinea (qué bella es Joana Ribeiro, qué ojos, qué labios) y la humilla y la golpea?, el dueño del vodka para el cual se están haciendo los comerciales, es decir, el cliente multimillonario al que deben complacer los productores que a su vez contrataron al joven cineasta. ¿Puede haber una mejor representación de un duelo entre el artista y la industria?

La adaptación cinematográfica, por otro lado, no debe ser un proceso científicamente exacto, un calco, Gilliam y el guionista Tony Grisoni (su compañero de fórmula en varias ocasiones anteriores) lo entienden perfectamente, y proceden como se debe en estos casos: el tamaño de su ambición no radica en trasladar una figura de culto del papel a la pantalla sino en apropiarse de ella y filtrarla por sus emociones mojadas de fanatismo. El rasgo más significativo del Quijote, la condición que lo ha mantenido con vida durante todos estos siglos, es su locura, el hecho de que sea al fondo de esa locura donde se encuentra la valentía que lo distingue del resto de los hombres y lo eleva del plano terrenal: Gilliam y Grisoni se prenden de este principio y basan su guión en la tesis de que todos debemos volvernos un poco o bastante locos para hacer lo que se tiene que hacer cuando se tiene que hacer. En la secuencia final, tan ingenua e infantil que dan ganas de llorar y tan efectiva que termina por activar el artefacto, coronada además por un último plano que es el paso de la cinta hacia la eternidad, uno no sabe quién está más loco, si los personajes o el director, y lo que queda es arrodillarse y esperar que algún día, si los astros se alinean aunque sea un segundo a nuestro favor, podamos nosotros también perder la razón y conocer la libertad.

Comencé a verla sin saber qué esperar y terminé agradecido por las bendiciones recibidas. Gilliam ama el cine y filma eso, los efectos de la pasión, lo que pasa cuando uno encuentra un propósito del que ya jamás podrá escapar, el primer plano del rostro del destino. No soy su fan, Monty Python no formó parte de mi educación sentimental, no seguiría al barón Munchausen a ninguna parte, no he visto Brazil más que una vez (aunque volvería a ver El rey pescador cualquier día) pero vaya que lo respeto y ahora podría decir que hasta le tengo cariño y le guardo gratitud porque su Quijote le infunde a uno el coraje que la vocación le exige. Los problemas, dicen, se van haciendo más pequeños a medida que nos acercamos a ellos, y este Quijote se acerca tanto que acaba por desintegrarlos y desintegrarse. Nunca antes había sentido un impulso tan fuerte por leer de cabo a rabo la obra de Cervantes, y creo que eso es lo mejor que puedo decir sobre la película de Gilliam.     

Como después de verla no podía dormir, como estaba muy alterado, me puse a leer una entrevista que Gilliam le dio a El País Semanal, bajo el título Ofender a la gente es muy importante. Y sí, lo es, pero quizás, muy a su pesar, darle a esa misma gente algo de esperanza sea aún más importante. Conseguí dormir mucho más tarde y cuando desperté Gilliam todavía estaba ahí. Y él también era un gigante. El gigante todavía estaba allí.

(Eurocine)