5.17.2022

Papaya de Celaya (en 8 bocados)


 

Se nota que has cometido errores.

- Edson Prieto - 


1. Uno ve, en las noticias, que la policía logró decomisar decenas o cientos de kilos de drogas. Por lo general se refieren a marihuana y cocaína (todavía no se meten con las drogas de diseñador, aun relacionadas a gente educada en reuniones privadas) Uno ve esto y piensa: cuánta grifa, cuánto perico, ¿qué harán con todo eso? Uno se pregunta: si esa es la cantidad que cayó presa, ¿cuál es la cantidad que sigue libre?, ¿de a cuánto nos toca? Uno se pregunta y se responde: ¿qué haría yo con todo eso?, la hierba para colgar al legislativo y los pases del niño para estimular al ejecutivo. Uno ve, también en las noticias pero con mucha menos frecuencia, que la policía incinera las sustancias en hogueras que no llegan a ser infames pues se quedan en fogatas de picnic. Y uno se pregunta, ¿qué hicieron con el resto? 

2. El sketch más visto del programa Backdoor, parte del repertorio latino de Comedy Central, se encuentra en YouTube como Teniente Harina. Fue liberado en agosto del 2019 y alcanzó en cuestión de meses los nada despreciables 56 millones de views (esto, por decir algo, supera al tercio de los habitantes de México, el país con la mayor población de hispanohablantes en el mundo). De esos millones de personas, miles se pronunciaron a favor de una serie basada en el personaje principal del sketch, Edson Prieto, un policía adicto a todo y potencialmente adictivo para todos. Casi tres años después, la segunda semana de marzo del 2022, se estrenó en Amazon Prime (entera) y en Comedy Central (capítulos semanales) la serie Harina, que le da cuerpo y pulso y largo aliento a la historia del teniente Prieto. 

3. La trama del sketch original es fácil de suponer. Un teniente de la policía mexicana llega a una especie de bodega donde sus compañeros han hallado varios kilos de cocaína, luego, contradiciendo las recomendaciones de su compañera, que sugiere enviar una muestra a los laboratorios, el teniente prueba directamente la coca y reacciona con la emoción profunda, sincera y desatada con la que reaccionaría una persona que consume coca: se prenden las luces led del cerebro, las dudas salen corriendo como ratas, llegan mil ideas al mismo tiempo y lo realmente grave y peligroso es que todas parecen ser buenas ideas. La reacción del teniente Prieto, interpretado por Guillermo Villegas, viene de la tradición de Cantinflas y Groucho Marx: se sueltan los gestos del rostro y se cuestionan los alcances del cuerpo, pero, sobre todo, se empuja un monólogo que conduce a la claridad por la vía del delirio. En otras palabras: es muy chistoso. 

4. Backdoor, de donde se extrajo al Teniente Harina, es la versión mexicana de Porta Dos Fundos, un canal de YouTube creado por cineastas brasileños que no encontraron, en la televisión de su país (ojo con esto, hablamos del tan sexy y tan cristiano Brasil), espacio para sus “poco empáticos” segmentos de humor. Porta Dos Fundos, al aire desde el 2013, fue comprado por la multinacional Viacom, ahora simplificada en el sello Paramount, y se extendió al español o mejor dicho al mexicano, que viene a ser la lengua madrastra de la televisión en Latinoamérica (la siguen el español argentino y desde los 90s el español colombiano). Así las cosas, el Teniente Harina viene del vocablo portugués Teniente Farinha, pero hay entre ellos 50 millones de views de diferencia. La escandalosa cifra indica que buscamos nuestro molde en Buenos Aires y Río Janeiro pero lo encontramos en Tenochtitlan. Se ha dicho: lo Cortés no quita lo Cuathemoc. 

5. Harina, la serie, da muestras de una televisión civilizada y al día. La primera decisión acertada es tratar a Edson Prieto como lo que es: un fenómeno viral y no un héroe de acción. Lo encontramos sobrexpuesto al límite y cargando la cruz de su pesada fama: su permanencia en la policía chilanga corre peligro, su exesposa preferiría que mi teniente no vuelva a ver a la hija de ambos (se refiere a él como “el hombre que me embarazó de ti”). Todo esto, claro, mientras en la calle lo reconocen y le piden selfies y olvidan las recomendaciones de los propios mexicanos: si tienes problemas, no acudas a la policía. El segundo acierto es aprovechar la súbita popularidad del personaje para desarrollar la trama. Desde el primero de los ocho capítulos, se establece como antagonista a un asesino serial bautizado como “El Cancelador”, un psicópata de nuestro tiempo que caza influencers y cuya firma sobre las víctimas resulta precisa y contemporánea, les abre la garganta de un tajo horizontal y les corta los pulgares (atrofiados de tanto postear). 

6. ¿Sería viable una serie en la que un asesino serial acecha a los asambleístas? Capaz sí. El malito, como les dicen los niños a los villanos de las películas, podría llamarse “El Contribuyente” y perseguir a quienes han concedido amnistías y habeas corpus a delincuentes convictos y confesos. En otra época podría haberse llamado “El Hombre del Maletín” y su método habría sido resuelto desde su nombre: descuartiza a los asambleístas y deja sus trozos en maletines que aparecen misteriosamente en el curul de la próxima víctima (como es natural, el asesino empezaría por quienes sellan los pactos que conceden, imperdonablemente, mil perdones). En los tiempos que corren habría que darle al “Contribuyente” cualidades propias del mundo digital. Por ejemplo: secuestra las cuentas bancarias de los asambleístas (dentro y fuera de la geografía nacional), las vacía y luego les manda por WhatsApp una captura de pantalla que confirma su nuevo balance: 0. El mensaje podría decir, “Trabaja y no envidies. Tampoco robes, bb”. 

7. El Teniente Harina es un héroe por sí mismo y por quienes lo rodean. Quiero decir que ninguno de los varios personajes que lo acompañan puede soslayarse. Ramírez, su compañera de patrulla, está a la altura de la mejor Sandra Bullock en comedias policiales como Miss Simpatía o Armadas y peligrosas (aplausos y laureles para la actriz Verónica Bravo). Jorge “George” Bermúdez, un escritor al que Prieto conoce en una reunión de narcóticos anónimos, representa con honradez a las amistades que no convienen pero ayudan y hasta salvan. Mención muy especial al experimentado Gerardo Taracena (uno de los malitos en Apocalypto, de Mel Gibson) en el papel de Ramos, mentor de Edson Prieto y policía corrupto donde los haya. Y medalla a la excelencia por la labor cumplida a los nueve guionistas que figuran en los créditos: se sacaron de encima la cruz del éxito viral, la destrozaron con argumentos y siguieron adelante con lo que consideraron valioso. 

8. El pasado viernes 25 de marzo, los noticieros incluyeron entre sus temas principales la gran acogida que tuvo este año el llamado de las Fuerzas Armadas al acuartelamiento. Jóvenes ecuatorianos, menores de edad en su mayoría, disputan una plaza en el ejército para sobrellevar la actualidad. Uno dijo, “Lo hago para ayudar a mi mamá y a mi abuelita” Otro dijo, “Lo hago para salir de mi barrio”. Sin fuentes de trabajo a la vista y sin tiempo ni cabeza para estudiar, optan por una carrera militar que al menos y aunque sea por poco tiempo los provea de refugio y alimento. ¿Cuántos de ellos terminarán en la policía?, ¿cuántos de ellos aceptarán nuestros sobornos en carreteras y en cárceles?, ¿cuántos de ellos serán alejados de sus funciones por atreverse a respetar la ley?, ¿cuántos de ellos enfrentarán a los manifestantes? Hay que preguntarse cuál será su suerte y cuál será su serie.


@pescadoandrade | @mundodiners 



2.23.2022

Fue/Es la mano de Dios




La mano de Dios es tan buena que da miedo volver a verla. 
¿Cuántas cosas serían hoy tanto, pero tanto mejor de habernos pasado una sola vez? 

“Solamente una vez / amé en la vida”, cantan todavía los tríos en las casas de las abuelas. Tríos de hombres enternados, armados con guitarras y requintos y voces sepia. La abuela viuda suspira por su marido muerto hace veintiséis años, ya mismo llora. La abuela solterona canta, nadie sabe muy bien por qué, o por quién, quizás canta por y para nadie. En la habitación hay tres mujeres más, la menor tiene 29 años y la mayor 67. 
No hay hombres, sólo mujeres. 
Se acompañan. Muchas veces se ríen. 

Esto para decir que la cinta de Paolo Sorrentino, conquista una ilusión primera del arte: habla con verdad. Me consta. No hay que vivir en Italia ni ver todo Fellini para aceptar como real, y cierto, lo que un director cuenta con estricto rigor sentimental, editando su memoria para estar en paz con ella o capaz sólo para poder sostenerle la mirada después del largo silencio que, lo sabemos, corresponde a cada larga conversación. (Uno vuelve a pensar que la única manera de aceptar el pasado es adaptándolo desde el presente). Sorrentino, apegado a su época y a su cuerpo, contradice la tendencia de “dejar ir”, más bien escoge con qué quedarse y dónde ponerlo para que se vea desde todas partes. 

Lo que conté arriba, lo de las abuelas, también me consta. Quisiera que Sorrentino lo filme. Quisiera, digamos, encargarle ese recuerdo, porque en La mano de Dios un director que nació maduro corona el oficio de la manera más sabia: la estética como esclava y vehículo del sentimiento. 

Y sí, muy tangencialmente, esta es una Maradona Story (¿cuántas se podrían hacer?, ¿quién más se apunta?), pero renunciar a ella por lo que sugiere su título, como han hecho varios, sería cobarde: el miedo se alimenta de miedo y se engorda con miedo y crece para ser y seguir siendo miedo. 
El título es en sí mismo un salto de fe y entiende claramente sus responsabilidades: contiene a la película toda y se sostiene, más o menos fijo, hasta el final. 

“A Maradona sólo se lo puede entender desde lo divino”, dice el director en un corto documental adjunto. Lo dice mientras sostiene la figura de un santo entre sus manos: Diego con la camiseta del Nápoles. Ese gesto, tan cosmopolita y provinciano, da cuenta de otra verdad, el arte sirve más para mostrarse que para esconderse y no es obligación llevarle la contraria. 
Queda dicho: uno puede contar su verdad desde lo divino y puede filmarla y proyectarla como si no hubiera nadie más en la sala. Se vale hacerlo en honor a esas películas que nos salvaron. 
Por eso quiero que lo de las abuelas lo filme Sorrentino, para verlo como es: divino. 

Qué miedo ver La mano de Dios otra vez y que no sea tan buena. También, unas ganas irracionales de no verla nunca más porque prefiero recordarla. Que la vean los demás. Que la vea todo el mundo. 

Algo más, el final, casi: si todas las familias son felices, cómo será el resto. 
Y el final-final: La abuela viuda no dice “Así es la vida”. Ella editó la frase, capaz la adaptó. “Es la vida”, dice ella, sin compararla con nada.


@pescadoandrade 


1.20.2022

Modo avión




Todas las canciones que he compuesto 
 se han escrito bajo la influencia de una cosa u otra. 
- Noel Gallagher - 

Qué linda noche para fumarse un porrito. 
- Andrés Calamaro - 


Fumón era una mala palabra y se usaba para el mal, para hacerle y desearle el mal a otras personas. Fumón quería decir drogadicto, pero no significaba enfermo o dependiente o distinto sino delincuente. 
Un fumón era un vago, un desempleado, un irresponsable. Un fumón no se preocupaba ni por su familia ni por sus amigos ni por su pareja. Un fumón faltaba a clases, se escapaba de las fiestas de cumpleaños y decía que iba a la discoteca con su chica pero usaba el dinero de la entrada para comprar drogas y dedicarse a fumar toda la noche. ¿Quién podría culparlo? 
“No te juntes con él, es un fumón”, decían. 
“En ese barrio hay puro fumón”, decían. 
“Cuidado te me haces fumón”, decían. 
Curioso. Nuestros padres no hablaban de una droga en particular. Hablaban de “la droga”. Así, en plural. Como si la marihuana y la heroína fueran lo mismo y como si un pipazo cerca de la punta de la nariz, que te quema la punta de la nariz, tuviera el mismo efecto que un pinchazo en el brazo. Muchos años después, sentado a una mesa donde se come, se bebe, se descogolla y se prende, el padre de un adolescente le dedica unas palabras frente a nosotros, sus amigos, los grandes a los que el muchacho trata de “Tío” o simplemente “Loco”. Dice el padre, “Escúchame bien, el primer chafo te lo pegas conmigo, ¿entendido?” Y nos reímos y la iniciativa nos parece bacán y hasta genuinamente progre y ojalá mi viejo hubiera sido así. 
Luego habla alguien que, de hecho, fumó marihuana por primera vez en compañía de su padre. Está traumada, dice cosas como “Yo quería un padre, no un pana, ¡yo ya tenía panas!” y “Mi papá era muy amigo de mis amigos, dizque para cuidarme, para saber con quién andaba, para que entre nosotros no hayan secretos. ¿Sabes qué?, los secretos son necesarios. Uno necesita secretos, cosas que no se puedan compartir, es lo justo.” Le pregunto si, como los superhéroes, necesitamos una identidad secreta. “No, ya no. O sea, crecimos. Si me dices que el humo te molesta o te hace daño, todo bien, fumo al lado de la ventana. Pero si me dices que la marihuana hace daño capaz y me voy de tu casa.” Nos reímos, prendemos, fumamos. 
A mí me decían que los fumones se volvían locos, que vivían en su propio mundo, que andaban volados. Y yo pensaba: quiero, quiero, quiero. 



Yo despreciaba a los marihuaneros, pero aquello no tenía que ver con la marihuana. 
La droga y el consumidor son dos criaturas distintas y la una no debe pagar por los pecados ni las imprudencias de los otros. 
Sería como culpar a una mujer por su belleza. 
Sería como echarle la culpa al amor. 
Sería una idiotez. 
Si alguien te dice que no puedes quejarte del narcotráfico ni preocuparte por la violencia que genera mientras seas un consumidor, el problema no son las sustancias ni las formas que nos damos para conseguirlas (se puede ir a la farmacia y ya), el problema es el punto de vista o lo cortos de vista y de corazón que podemos llegar a ser cuando no se trata de nuestra forma de vida. 
El mundo de los tuertos, se entiende, es más complejo que el mundo de los ciegos. 
¿Querías abrir los ojos? Pues bien, ahora tienes que mirar.  
Si te metiste a soldado tienes que aprender a marchar, como dicen. 
Ahora bien, los que hablan con sus plantas tampoco están del todo cuerdos. Si alguien te regala marihuana y te dice que es tan buena porque él, su propietario, le dice “buenos días” y “buenas noches” y de vez en cuando se desahoga vaciando jarras de agua y sentimientos sobre las macetas, lo que corresponde es asentir con la cabeza, escucharlo con educación, con respeto, agradecer la generosidad y quizás en otro momento decirle con toda firmeza, con la seriedad de una broma limpia: no hablo con gente que habla con plantas. 
Suena entonces, mientras seguimos en la mesa, un disco. De todas las cosas buenas que le pueden suceder a un marihuanero, que son muchas, escuchar música es una de las mejores. Uno se queja del silencio de Dios hasta que escucha música. 
La música, con o sin hierba, está casi a la altura del sexo. Es más, ¿por qué perder el tiempo haciendo cualquier otra cosa cuando podríamos estar escuchando música y tirando? 
Y, otra pregunta de rigor: si vamos a hacer todo lo que vamos a hacer, ¿por qué no fumamos antes? 
Y algo que al parecer no queda del todo claro entre los usuarios: si fumas, estás bajo la influencia, así de simple. 




Decía que yo despreciaba a los marihuaneros. 
Pero ya no. Ahora capto que despreciaba a los que se colgaban, a los que dejaban de hablar, a los que, como nuestros padres, reaccionaban a la marihuana como si se tratase de heroína. 
Pienso en la gente que, por navidad, me mandó luz. Me convendría más, en todo caso, que pagaran la cuenta del servicio eléctrico, que es otra cosa y no tiene que ver con lo espiritual sino con lo terrenal, con lo que puede y debe resolverse inmediatamente. 
He visto a las mentes más brillantes de mi generación arruinadas por una pose y luego decir gracias por tanto. Qué pereza. Igual les deseo lo mejor. Pero, ¡chau! 
Hoy por hoy le propongo la marihuana a todo el mundo al menos que prefiera abstenerse. Hablando claro se gana más que hablando mucho. 
Yo mismo me considero un novelero, pero no me quejo ni me va tan mal. 
Ciertos personas cuyas opiniones me interesan fuman un poco y se callan, se guardan. Espero de todo corazón que la estén pasando bomba estén donde estén y que algún día me inviten hasta para ver cómo es eso por allá, en qué piensan cuando carburan y liberan sus ideas. 
Otros amigos, que pasaron por aquí mucho antes que yo, me dicen que la marihuana es una etapa, que está bien, pero pasa. Yo pienso en otras etapas: García Márquez y Bob Marley, por ejemplo. (No escucho a Bob Marley a menos que esté sonando en una cevichería, pero leo El amor en los tiempos del cólera una vez al año y ahora, mientras comienzo la Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, pienso leer otra vez Cien años de soledad).  
¿Por qué despreciaba entonces yo a los marihuaneros? Por la misma razón por la que un periodista desprecia una fuente: no compartían su conocimiento. 
El egoísmo, está comprobado, corresponde a la cocaína, a las grandes aspiraciones. No le pases la funda a todo el mundo, eso es aquí nomás, pila y mosca.  
Un artista de casi cincuenta años, joven aún, me dice que está probando cómo es el mundo sin marihuana después de toda una vida fumando, después de haber fumado prácticamente todos los días y a todas las horas y en todas las circunstancias posibles desde que cumplió dieciséis. Le deseo suerte y lo acolito porque él no se calla, porque me cuenta cómo es eso por lo que está pasando, porque realmente quiere saber un par de cosas para luego tomar alguna decisión. 
Yo quiero estar high on life, intoxicado de vida.


@pescadoandrade | @mundodiners 



12.31.2021

El corto



Título: El Prólogo 
Género: Ficciones 
País: Ecuador 
Duración: 16 min 46 seg 
Sinopsis: Boris y Sofía estaban juntos cuando comenzó la pandemia, ¿estarán juntos después? 
Elenco: Lorena Robalino, Matías Belmar, Jorge Fegan 
Una producción de: Divino Tesoro 
Escrito y dirigido por su seguro servidor. 

---
----
-----

para verlo haz clik AQUÍ


12.28.2021

El teaser

Este chisme es bueno y se contará entero, enterito, antes de que acabe el año. 
Por lo pronto, va el teaser. 


 

12.02.2021

Hablando como argentinos (otra vez)




Cuando todo era 
 nada era 
nada el principio 
 - Vox Dei - 
 
¿Qué hacés, Chiqui? 
 ¿Qué haces, Richie? 
 - Un pana y yo - 


Quizás ustedes también lo hayan notado porque esto viene pasando desde hace ya muchos años, desde comienzos de siglo. Argentina, el país más europeo de Latinoamérica, la sucursal del primer y viejo mundo, ya no queda tan lejos o, mejor dicho, ya no nos parece tan cara ni tan exclusiva. Al contrario, el peso argentino se desplomó y el país soñado tuvo que volverse inclusivo. 

A partir del año 2000 Buenos Aires, Argentina, se convirtió en un destino casi local y doméstico para una generación de ecuatorianos, me parece, de clase media-alta en su mayoría. Ya en mi generación, me refiero a los que nacimos alrededor de 1980, hubo no varios sino muchísimos estudiantes que, ante el dolarizado costo de las universidades ecuatorianas, optaron por mudarse a Buenos Aires, Argentina, donde resultaba más barato estudiar y vivir y además se podían usar palabras que antes nos estaban prohibidas o eran vistas y escuchadas como ridiculeces. Palabras como “Mina” o “Minita” para mencionar a ciertas mujeres, no a todas; dicho sea de paso, los ecuatorianos casados con argentinas que conozco están hoy por hoy divorciados. Palabras como “asado”, por ejemplo. Ya nadie te invita a una parrillada, la gente dice “ven a mi casa este sábado y hacemos un asado”. Y yo pregunto, “¿qué vamos a escuchar, Sumo o Los Redonditos?” 
Andá a cagar, ché. 

Aquí, algo sobre los parásitos. Los parásitos son el motor de la economía. Mucha gente se esfuerza en producir más o mucho más de lo que debería porque está llena de parásitos. Ahora bien, los parásitos suelen llevar vidas desordenadas y esto es una fuente caudalosa de preocupaciones para quienes los mantienen. Los parásitos, entonces, son también el motor de la existencia. Por eso los parásitos deben estar bien atendidos; cuando menos, atendidos de la mejor forma posible. De otro modo, podrían causar un problema. 

Ya graduado de la universidad y trabajando en un bar de la Mariscal (no pagaba ni renta ni comida a menos que comiera fuera de casa) podía ahorrar lo suficiente para permitirme tres o cuatro meses al año en Capital Federal más o menos dedicado a leer, escribir, ir al cine, a conciertos, a museos, a tomar Quilmes de litro y a comer carne y vísceras. Me acuerdo de cambiar dólares por pesos argentinos: uno se sentía, más que poderoso, seguro. Pero todo hay que decirlo y por esos días un argentino promedio sacaba comida de los basureros con las manos y en los hoteles de lujo se ofrecían “tours de la miseria”, es decir, recorridos guiados por las villas en las que crecieron D10S y tantos otros mesías. (Algo similar, aunque mejor organizado, pasa ahora con las favelas de Río de Janeiro, por mencionar una referencia). 

Era una especie de fiebre y yo también la tuve, también me contagié. Estaban los que hablaban de ir a Miami como de ir a la playa y, capaz un poco más alternativos o más noveleros, los que hablaban de Buenos Aires, de estar allá y sobre todo de “vernos allá”, como si se tratase de un club cuya membresía se conseguía con dólares y no con legado, como herencia. Yo, aunque más o menos enamorado de una ecuatoriana, escogí no ver a mis paisanos y traté de aventurarme con los argentinos. 

Hice amigos, sobre todo en conciertos de Charly García, y una vez los escuché hablar de “Méndez” porque, me explicaron, la sola idea de pronunciar el apellido “Menem” les daba asco, era de mal agüero y les traía los peores recuerdos: padres desempleados, empresas locales cerradas, gente sacando comida de los basureros con las manos. Eran todos veinteañeros, algunos incluso menores de edad, y hablaban de “Méndez” queriendo decir Menem y queriendo decir también el fin de una época o simplemente el fin. “Nos dimos cuenta de que no éramos primer mundo, ¿viste?” 

Para ubicarnos, todo esto debe haber pasado cerca del concierto de los Rolling Stones del 2006 en el estadio de River, y ya que estamos aprovecho la ocasión para celebrar que Charlie Watts es parte de la religión. 
Recuerdo sentirme sobrepasado e intimidado por la oferta cultural y rockera de Buenos Aires, pero también recuerdo que la gente me decía, “Y, no es nada, antes veías a los Rolling el viernes y, qué se yo, a James Brown el sábado”, y que esos conciertos también eran parte de la década ganada por el peronista-neo-liberal Menem, de cuyo apellido nadie quería acordarse. 

No recuerdo, o he olvidado, que alguien me hablara de Okupas con el fanatismo y la pasión con la que yo trato de impulsarla hoy por hoy entre mis seres queridos. Quizás porque es una mini-serie o una “serie limitada”, como se llama en nuestro presente a las cosas que nacieron con conciencia de su propio fin: parece haber sido concebida como una película larga o una novela rápida. Fueron once capítulos transmitidos entre octubre y diciembre del año 2000 y esto habla bien de los argentinos porque, como gente de mundo, fueron los primeros en mirar hacia adentro y filmar lo que estaba pasando. Vale verse el ombligo, sobre todo cuando está sucio, sobre todo cuando apesta. 

Con Okupas, se dice, se acabó la televisión grabada en sets, bien iluminada y optimista. Esto no es cierto, esa televisión sigue y seguirá existiendo mientras la sigamos viendo: los que dicen “no veo televisión nacional” tampoco ayudan mucho. Pero Okupas, producida por Marcelo Tinelli para saldar una deuda personal con un canal del Estado, se para sobre los hombros de sus contemporáneos y destaca y brilla y tiembla como una cámara, precisamente, sobre los hombros y al lado de la cabeza. 

La serie parte con Ricardo, un tipo de clase media (esto es clase media argentina, prohibido olvidar) que pasó de la adolescencia a la primera adultez con “Méndez”, entre 1989 y 1999. Ricky estudiaba, pero ya no; quería trabajar, pero ya no; tenía una banda, pero ya no; tenía futuro o sentía ansias por el futuro, ya no. Ricky es un parásito, uno de los mejores. Lo encontramos viviendo donde su abuela, durmiendo en calzoncillos y hasta el medio día, y ya en el primer capítulo lo vemos mudarse a una casa “abandonada” en un barrio donde aquello de la propiedad privada es más bien subjetivo, donde el más loco le gana al más fuerte. 

Ricky, suelto en el recién inaugurado siglo XXI, debe responder con acciones y decisiones un tema del que suele ocuparse la filosofía: ¿Cómo ser bueno en un mundo malo? Y, claro, debe responder también su variante: ¿Cómo ser malo en un mundo perverso? 
(Maradona, por ejemplo, metió la mano)
Las circunstancias no dan para pensarlo demasiado: él ya no puede ser bueno. 
O eso cree. 
Y le convendría, la verdad. 

PD: Okupas, vendida como una serie pura, cruda y dura, no se encarga sólo de la calle, habla también y con verdad sobre los códigos, sobre lo que puede hacerse y lo que no, sobre lo que es cariño y lo que es traición, y diferencia la confianza del abuso. Así, con la misma clara y grosera sencillez, habla sobre la amistad entre hombres, que es la amistad entre niños, con sentido del humor y sentido del horror, con responsabilidad y conocimiento de causa. Los personajes, entrañables todos, dan la idea de un mundo entero y autónomo. Y sí, hay un favorito, siempre lo hay. Le dicen “Chiqui” y es la bondad en persona y tiene un corazón que no le entra en su cuerpo agigantado de grandote. Un personaje como “Chiqui” es muy difícil de escribir y casi imposible de filmar, pero los argentinos lo lograron, otra vez. Hoy se me hace necesaria una pregunta antes de cada encrucijada, “¿Qué haría Chiqui?”



@pescadoandrade / @mundodiners 



11.23.2021

La película del año



La película del año se llama The Closer
La que más afecta, la que más pelea, la que más claro habla. 
También la más atacada o una de las más atacadas y, por ende, la que mejor se defiende. 
No la atacaron por fracasar en la taquilla o por decepcionar a los fans. 
Le dieron porque triunfa, porque sobresale, porque se distingue entre las demás mientras los tiempos mandan lo contrario, que te camufles en la manada, que firmes no con una X pero sí con un #, que estemos todos de acuerdo en todo, aunque sea obligados. 
Quizás sea también la película que más importa, esa que tienes que ver para ser parte de la conversación. Porque sí, obvio, hace rato: hay que tener esta conversación. 
Hay que hablar, el resto es fanatismo. 
El problema del fanatismo es que elimina el cuestionamiento. 
El problema de los extremos es que sólo pueden ser defendidos por fanáticos. 
(Por algo les dicen izquierda y derecha, “dime por quién votaste y te diré quién eres”, esa onda). 
La película del año va un poco de eso: de extremos, de fanatismo, de lo que llamamos “mi gente”. 
Y debería entrar en rotación ya, en 3, 2, 1… 
Verla desde ahora aunque ya estés tarde. 
No importa, la película perdona. 
Verla una vez y luego otra, así, dos veces seguidas. 
Como cuando escuchas el disco nuevo de una banda que ya te mostró todo lo que tenía y ahora te muestra esto, ¡esto! 
No puede haber nada mejor que escuchar esas palabras otra vez. 
Nada de lo que pueda pasar fuera de la pantalla será tan bueno como lo que está pasando adentro. 
Ya no las hacen así y ojalá hicieran más de éstas. 
O puede ser que la película se limite a traer refuerzos, a llenarte de valor, a seguir empujando y a seguir esquivando golpes precisamente poniendo el pecho, la cara, el hígado. 
Y sí, como el protagonista, tratar de llegar al final de esa escultura que es el milagro de una sola buena idea; esculpir esa idea, escribir esa idea, filmar esa idea y luego decirla de forma tan clara y simple que no haya forma de mal interpretarla. 
La idea es ésta: hablemos de cómo nos va tratando de ser personas, seres humanos. 
No es fácil. Nada Fácil. ¿Quién diría? 
La idea es ésta: tú y yo, que somos tan distintos, deberíamos empezar por reconocernos como iguales o al menos semejantes. 
La idea es ésta: nosotros, que nos queríamos tanto, deberíamos entender claramente que somos miles de millones de seres humanos pasando por una experiencia de vida, que estamos juntos en esto aunque cada cual ande por su lado, que lo que te pasa a ti también me pasa a mí y le pasa al resto. 
Que no somos especiales pero sí somos únicos. 
¿Se entiende? 
¿No? 
Pues bien, la idea es ésta: buscar y encontrar y ver The Closer a toda costa. 
Se trata, básicamente, del último (por nuevo y último) especial/monólogo de Dave Chapelle, el comediante que muchos consideran El Mejor de Todos los Tiempos.
O The GOAT, por sus siglas en inglés.
Ser audiencia, estar de este lado y no allá arriba, es tan importante como ser protagonista.


@pescadoandrade / @mundodiners 


11.15.2021

La fiebre del oro



Hace poco más de un mes ningún ecuatoriano conocía el significado de la palabra halterofilia. Supongo que quienes la enseñan, la practican y la califican saben de lo que hablan, pero se trata de una minoría sin voz ni voto. Hasta que llegó la fiebre del oro. 

Hace poco más de un mes las redes sociales se llenaron con la misma broma repetida mil veces: “No se hagan, ustedes también creían que halterofilia era una perversión sexual”. Y la verdad es que sí, a eso suena, a la prima de la “harpaxofilia” (deseo de ser asaltado con violencia) o incluso de la pedofilia.

Halterofilia, para que lo sepan, es como se llama formalmente al “levantamiento de pesas” competitivo. Y en las pasadas Olimpiadas de Tokyo una atleta ecuatoriana consiguió por primera vez una medalla de oro en esta disciplina. Pero además de ser mujer, lo que ya es trendsetter, se trata de una mujer negra: si quieren ser políticamente correctos, pueden decir “afro-ecuatoriana” o “afro-descendiente.” 

La pesista llegó a Quito en un vuelo de KLM y, mientras el avión rodaba por la pista, salió por una de las ventanas de la cabina con nuestra bandera en las manos. El país entero se volvió loco, se emocionó, se excitó. Fuimos uno, dicen, pero yo no siento el triunfo como propio. Yo no competí, ni siquiera vi la competencia, no hice barra ni antes ni después del triunfo, y jamás he militado para que mejoren las condiciones en las que entrenan nuestros deportistas. 

La pesista, aunque ya no sea tendencia, sí que figuró, y con razón. Le dieron una vivienda “digna” para ella y su familia; le regalaron un auto del año; recibió una beca completa de la universidad privada más prestigiosa del país; y el mismo presidente de la República le entregó un cheque por cien mil dólares. Su vida cambió, y sólo tuvo que ser la mejor del mundo. 

El oro, sólido y redondo y brillante, la separó del ecuatoriano promedio, que vive con cinco dólares diarios o menos. 

Ahora, la pesista es el molde del patriota, del que lucha, del que se sacrifica, del que puede vencer toda adversidad. Ese parece ser el mensaje: si eres mujer y vienes de una minoría racial, históricamente excluida, y pretendes lujos propios de la aristocracia como la educación, una vivienda “digna”, un auto propio o algo de dinero en el banco, tienes que ser la mejor. 
No la mejor de tu barrio ni la mejor de tu país sino la mejor del mundo. 

Si no regresas con el oro entre las manos, o entre los dientes, mejor no regreses.


@pescadoandrade



10.20.2021

Roseando



Lo que realmente le interesaba a Rossellini, lo que él pretendía -con esfuerzo y sacrificio- extraer de esto que llamamos experiencia de vida, era la capacidad de entender. 
Así: ser capaz de entender. 

Poder entender, para ser más claros. 
Tener el poder, para ser más precisos. 

Esto lo dijo poco antes de cumplir los 71 años, misma edad a la que murió; y se lo dijo, claro, al YouTuber más cool de la época (asumo que harto conocido por quienes coinciden en este festival), el español Joaquín Soler Serrano, en el ya escrito en piedra programa de entrevistas A fondo. “La mía era una preocupación de orden moral. Entender las cosas, esa era mi preocupación. La posición de un hombre debe ser de juicio. Y, sobre todo, un gran esfuerzo por entender. Ese es el gran esfuerzo. En cambio, normalmente, se hace de todo por no entender. Porque resulta mucho más fácil manipular a los hombres con las emociones en vez de con la razón. Eso es algo que pude constatar en mi vida. Y es algo que es atávico y proviene de la historia. Es casi ancestral. Y creo que hay que liberarse de eso”. 

Otra cosa que dijo esa noche, en lo que ahora vendría a ser “poco antes de morir”, entre cigarrillos y con absoluta seriedad, fue que lo único de lo que le hubiese gustado asegurarse es de haber sido una persona útil. 

Pausa. 
Hagamos los números o, mejor, contemos. 
1 = Entender. 
2 = Ser útil. 
Si, como se dice con sospechosa certeza, 1 más 2 son 3, yo no dudaría en seguir la lógica propuesta por esta ecuación. Es decir: 


1(Entender) + 2 (Ser útil) = 3 (Hacer cine) 


Lo más emocionante de una retrospectiva o una muestra, como prefieran, es el ambiente que genera: el de la ciudad tomada por un artista, por un cineasta, por un tipo que se ponía terno para salir de su casa y hacer películas. Un autor que también tuvo que filmar para comer (“películas alimentarias”, les decía), y filmó como mejor pudo entender la historia de varias ciudades tomadas; ciudades tomadas por la guerra, tomadas por el amor, tomadas por los personajes y las líneas y los encuadres de Rossellini, como Quito debería sentirse hoy. 

Es verdad que la muestra (o retrospectiva) debería ser más larga, que uno debería tener más películas de Rossellini al alcance del bolsillo para pasar más tiempo dentro de ellas y, obvio, más tiempo con él. Y deberíamos tener, también, algo más de morbo: mal que mal, hablamos de un cineasta italiano, no es gente que se guarde muchas cosas. Por ejemplo: un documental muy gráfico de los años que pasó casado con Ingrid Bergman, la mamá de Isabella Rossellini. Con gente así de interesante y así de bella involucrada en este asunto, ¿por qué no incluir un documental (medio-cine/arte-medio-farándula-nacional) que no sea una película del director sino sobre el director? Nada como un buen chisme sobre un neorrealista italiano, dijo nadie nunca. 

Así las cosas, recibimos tres películas que de todas las maneras son suficientes para poner a prueba el teorema de Rossellini. ¿Entendió algo? ¿Sirvió para algo? 

Venimos de una época dura, estamos aún entre el shock y el trauma y lo que sea que venga después. 

Muchos dicen que la pandemia fue el equivalente a la Segunda Guerra Mundial para quienes no la vivimos, el evento bisagra, el verdadero quiebre del siglo; y algo sabe Rossellini sobre la guerra y planes que se derrumban y seguir viviendo cuando pensábamos que ya no habría más vida para vivir. 

Y las preguntas son las mismas: ¿Lo entendió? ¿Fue útil? 
Y ambas preguntas se responden de la misma forma: el cine. 

Imagínense estas tres películas sobre la mesa, las latas cayendo de la mesa al piso y sonando (porque puedo) como los Stone Roses en I Am the Resurrection, los rollos desenrollándose de sí mismos pero enrollándose entre ellos. 

Pues bien, hay que agarrar estas películas y medirlas con la vida, poner una cosa al lado de las otras o capaz espalda con espalda; tomar medidas, hacer cálculos, y decidir si en lo que filmó Rossellini hay o no hay verdad. Porque si la hay, si al final o al medio o al principio de su carrera hay verdad, si este hombre pudo entender algo y luego contarlo de tal forma que nosotros lo entendamos también, para buscarlo o evitarlo, da lo mismo, y lo hizo con películas, creando donde antes no había nada o donde hubo algo que ya nadie recuerda, no cabe la menor duda de que estamos hablando de una persona que fue, sobre todas las cosas, útil a la humanidad. 

Pienso ahora en un amigo que tiene mi edad y una hija de seis años. Algo que me ha dicho varias veces es esto: mi hija tiene que saber leer y tiene que saber nadar. Aquí hay verdad. Por si no la habían visto o no la conocían, así es y así se ve la verdad: leer y nadar. Rossellini me ha hecho pensar en esto.


@pescadoandrade 



10.07.2021

Hablar demasiado, callar demasiado

La portada es de Juan Miguel Marín



HD: Behind the Book 
(prólogo a la nueva edición) 


I’ll try 
 but you see 
 it’s hard to explain 
- The Strokes - 


La primera edición de Hablas Demasiado se publicó en noviembre del 2009 y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Quito, en el Centro de Convenciones Eugenio Espejo. Recuerdo los días previos pero no mucho de la noche en cuestión. Nunca he celebrado tanto algo en mi vida como la aparición de mi primera novela: fueron jornadas enteras de non-stop drinking con varios amigos o con quien estuviera dispuesto o con quien se encontrara presente. El escritor chileno Alberto Fuguet, que de alguna manera apadrinó el libro, me escribió por mail, “No tomes tanto, para que te acuerdes”; el día de la presentación, Francisco “El Pájaro” Febres Cordero, que ahora aparece en mis textos y en mi vida como El Patrón o como Obi-Wan, me dijo “No tomes tanto, o no vas a llegar a la presentación”. Fueron dos buenos consejos que, como tantos pero tantos otros, ignoré. El cineasta Sebastián Cordero, que presentó el libro frente a un auditorio totalmente lleno de gente y escritores (no es lo mismo) nacionales e internacionales, tuvo que soportar mi borrachera exhibicionista, el peso del ridículo, y sacó adelante la noche con mucho esfuerzo y no poca vergüenza: a veces, medio en broma pero no tanto, me pregunta, “¿Te acuerdas de lo que pasó en el lanzamiento de tu libro?” Pensando en esto, me siento como los padres de familia que no recuerdan el nacimiento de sus hijos porque empezaron a festejar muy temprano, capaz antes de la concepción, y llegaron al alumbramiento borrachos. Pero no me arrepiento de nada.

¿Arrepentirme? 
¿Para qué? 
¿Cambiaría eso las cosas? 
¿Cambiaría yo? 
No creo.


Dos o tres días después, Hernán Altamirano, gerente de Dinediciones (la empresa que publica la revista Mundo Diners, para la que aún trabajo) y Fernando Revilla, por ese entonces gerente del grupo editorial Santillana en Ecuador, me invitaron un ceviche con cervezas en el Zavalita de Quito, muy cerca de la iglesia de Nuestra Señora de Fátima. Sabía de lo que querían hablar, el elefante rosado en la habitación era imposible de camuflar, seguía mareado, y aunque el almuerzo tuvo algo de intervención mandaron la buena onda y la complicidad. Lo hicieron por mi bien, digamos, aunque yo escuché todo con los brazos cruzados sobre el pecho, como un rockero al que el resto de la banda le dice algo tipo, “Cagaste un show importante porque estabas borracho”. Pero ni tanto. Lo que Hernán me dijo, por ejemplo, fue esto: “Ese no eres tú” (y no lo era, terminaría siendo bastante peor, aunque ya no en público). De haber conocido a Don Draper como lo conozco ahora (somos íntimos), habría recordado una de sus tantas frases para el bronce: “Cuando te dicen que deberías tomar menos, ya tienes un problema con el trago”.

En todo caso hay algo que he aprendido con los años, de tumbo en tumbo, como dicen, y que me parece real: cuando uno se daña no sufre tanto por sí mismo sino por los que sufren por culpa suya, es decir, mía. O nuestra. Quisiéramos andar por la vida sin hacer sufrir a nadie, pero no siempre es posible ni depende sólo de nosotros.

*

Ahora que lo pienso, estaba feliz pero también algo o capaz muy nervioso. Había expectativa, creo. Llevaba par años publicando crónicas mensualmente en las revistas SoHo y Mundo Diners, y no me iba mal. Me leían, me mandaban de viaje por todo el país y a veces también fuera del continente; ganaba premios y conocía a los grandes cronistas latinos de la época (una época en la que nadie quería ser periodista sino cronista; en serio, estaba muy de moda). Una de mis crónicas, de hecho, terminó convertida en la película Pescador, dirigida por Cordero y con el actor guayaquileño Andrés Crespo en su primer papel protagónico. La película ya cumplió diez años, pasó el tiempo y seguimos siendo amigos y capto que lo mejor no es trabajar juntos sino pasar tiempo juntos, conversar, tomar algo, chismear, nerdear, hacernos reír, decir cosas como "Sería una gran peli". No se puede pedir mucho más que eso.

A veces me reconocían en la calle y me pedían autógrafos (aún no existían las selfies, así de viejo soy); periodistas más jóvenes que yo o estudiantes de periodismo me buscaban para entrevistarme y conocerme; periodistas mayores que yo me invitaban a cenar y me trataban como a una quinceañera debutante que se presentaba en sociedad; diarios y revistas y páginas web me invitaban a colaborar con ellos y me pagaban lo mejor que podían. Diario El Comercio me ofreció abrir un blog que aún conservo activo y que ellos financiaron por un par de años.

Desde que tenía quince o dieciséis años y empecé a escribir cuentos (fantásticos, horribles, tipo Universidad Católica), mis amigos y mi propia familia me decían que jamás podría ganarme la vida escribiendo porque nadie se ganaba la vida escribiendo, pero yo sólo he tenido dos trabajos: fui de todo en un bar, desde mesero hasta administrador pasando por mi puesto favorito, Barman/DJ (te robas tragos de la barra, bebes con los clientes, pones música), y renuncié cuando me propusieron ser reportero de planta en las revistas.

Tengo amigos que me dicen “eras famoso”, pero nunca tanto, además, en este país la palabra famoso se ha convertido en un insulto que señala la profundidad del vacío. Más bien creo que estaba hablando, hablando demasiado, más de la cuenta, y algunos estaban escuchando y hasta prestando atención.

*

Recuerden que era el 2009, las librerías independientes de Quito aún no cobraban el protagonismo que tienen ahora, nadie vendía libros en redes sociales, yo era todavía veinteañero pero no tenía ninguna red social, y había que abrirse espacio entre Libri Mundi, Mr. Books y la Librería Española para más o menos existir o constar en la nómina. Ahí estaban mis libros y se vendían y las críticas, en su mayoría, eran buenas o muy buenas, tanto las de los lectores como las de los periodistas.

Hubo una crítica, todo hay que decirlo, que destrozó la novela sin piedad. La escribió Daniela Alcívar Bellolio, una autora de tomo y lomo a la que no sólo admiro sino que también aprecio. Me llegó un día entre los comentarios del blog: aquí donde me ven, tengo o tenía trolls que vivían pendientes de mí, gente de bien. La crítica de Daniela es genial por donde se la vea, bien redactada, bien argumentada, sólida, punzante, divertida. Ahora que volví a leerla (se llama Hablas demasiado, no dices nada y se encuentra en el blog que mantuvo Daniela algún tiempo, El Desprecio) me encuentro con perlas como esta, “Andrade y algunos de sus colegas de generación estarán, quizás, encantados con ser identificados como autores-mercaderes, ya que escriben con los ojos puestos en el afuera más burdo: el del posible público lector, y eso les enorgullece. No se trata aquí, por supuesto, de despreciar a nadie: ni a los lectores (yo soy una) ni a las estadísticas de las editoriales; se trata de poner de manifiesto una cierta tendencia, un movimiento de la nueva generación de narradores ecuatorianos que entran con paso firme en editoriales, en revistas, en antologías y que, creo, deben su existencia a una realidad continental que, aunque toca a la literatura, no tiene nada de literaria.” O esta, “Pocas veces me he encontrado frente a un libro tan apegado a las leyes del mercado, tan vaciado de toda forma literaria, tan ajeno a cualquier reflexión. La historia es la de un joven que se considera a sí mismo un perdedor nato, un pobre niño rico que vive en la calle República del Salvador y que mira, entre borracho y melancólico, cómo su vida es un auténtico infierno: está por graduarse de finanzas en la Universidad San Francisco, vive solo en un departamento (con ascensor propio, por cierto) en una zona cara de Quito, tiene un carro y dinero suficiente para comprar todo el alcohol que necesite para soportar tan horrenda existencia. Digamos que es un tipo que de verdad sufre: toda la novela está construida a través de las quejas del narrador que se quiere construir a sí mismo como un ser amargado y misántropo pero que no es más que eso, un pobre niño rico.”

Daniela dio justo en el clavo: pobre niño rico. De eso se trataba el libro, esa fue la idea, darle una historia y una voz a un personaje que por su naturaleza no debería tener mayores inconvenientes en la vida. 

Hubo un tiempo, más o menos memorable, en el que los festivales de cine se peleaban las películas de “niños ricos de países pobres”, y supongo que HD pudo haber estado en uno de ellos y capaz hasta ganaba un premio: algo como “mejor guión adaptado” me hubiese alegrado, pero no pasó. Varias personas me ofrecieron llevarla al cine, llegué a leer un par de guiones, tuve reuniones, hablé de dinero y de ventas de derechos, pero nadie me convenció y, para los que todavía me preguntan si algún día la filmaré yo, pues no, no lo haré. The End.

Mientras todo esto pasaba, el rock and roll pero también las críticas, las denuncias por aniñado y superficial y agringado, you know?, el libro se seguía vendiendo y cada tanto pasaba por las oficinas de Santillana (Eloy Alfaro y 6 de Diciembre, me acuerdo) y retiraba cheques que nunca me permitieron renunciar a mi trabajo para dedicarme exclusivamente a la literatura, pero ayudaron mucho en el momento preciso.

Cuando terminé la novela, en agosto del 2009, había pasado un año (no libre de frustraciones y ataques de pánico) trabajando con la consigna de no aburrir a nadie. Mal que mal, estudié cine y escribía ficción pero venía y vengo del periodismo, donde, como en una buena joda, toda línea cuenta. Ahora bien, cuando digo que no quería aburrir a nadie me refiero esencialmente a mí. Como lector, más que como escritor, quería/necesitaba una novela donde hablaran mi idioma, una novela en la que pudieran estar mis amigos y sus ideas, una novela en la que sonaran los discos que escuchábamos juntos, una novela que fuera capaz de atrapar a los que no leen. 

Y lo logré.

*

En una movida editorial y comercial que agradezco hasta el día de hoy, la gente de Santillana/Alfaguara (gracias Verónica Mosquera, gracias Annamari de Piérola y, sobre todo, gracias María Fernanda Heredia, que fue quien me invitó formalmente a escribir una novela para el sello) logró infiltrar HD en colegios de todo el país y fue ahí cuando empezó lo bueno. Para esto, sacaron una edición de bolsillo que costaba la mitad, venía con Bonus Tracks y portada nueva. Yo diría que en ese momento la novela cobró realmente vida y alcance. Aunque se trataba de un libro “problemático” por la cantidad de groserías y malas palabras y bla-blá que decían el narrador y sus amigos, le habló directamente a una generación de nativos digitales que ya veían al papel como algo medio vintage.

Y esa fue mi gente. 
La pipol, que le llaman. 

Empecé a recibir invitaciones de colegios en los que, me dijeron, los alumnos habían mostrado interés en conocerme: colegios de Guayaquil, Cuenca, Quito, Loja, El Coca, colegios privados y públicos; es más, en los colegios públicos encontré más apoyo que en cualquier otra plataforma. Y fue increíble. Los chicos eran fans, se sabían los nombres de los personajes, se identificaban con ellos, repetían los diálogos de memoria, me preguntaban si esto o aquello era verdad y dónde podían conseguir esto y aquello porque querían probarlo y saber cómo era. Y también me reclamaban porque no todos sentían que el final había sido justo con Juliana, un personaje que yo creía secundario pero que resultó ser el más cercano para muchos o más bien para muchas adolescentes de principios de siglo.

Quisiera mencionar a varios colegios y a varios alumnos y a varios profesores que, como dicen en Argentina, me hicieron El Aguante, pero hay un recuerdo que lo atomiza y explica todo con nitidez, en alta definición y 4K.  

Me invitaron al Colegio Militar Abdón Calderón (COMIL 10), en Chilibulo, al sur de Quito, una zona que Miguel Morales, el pobre-niño-rico narrador de la novela, capaz no conoce hasta ahora; o quién sabe, hace mucho que no lo veo, de pronto se casó con una metalera del deep south y ahora tienen un bar juntos y escuchan Slayer los martes por la tarde, ¿por qué no? El caso es que llegué al colegio esperando más o menos lo que ya me había pasado en otros colegios: un salón de clases, varios alumnos en mi esquina, un profesor que podría o no estar “de acuerdo” con el libro (en Loja, una profesora me preguntó, muy seria, si lo que yo hacía era sub-literatura), alguien que dijera que sus padres le habían prohibido leer mi novela, alguien que la había leído a escondidas de sus padres (en el recreo, en el bus, mientras se suponía que debía estar haciendo deberes o cuidando a sus hermanos menores) ese era, digamos, el estándar; pero esta vez la magnitud del evento sobredimensionó lo que pudo haber sido una visita médica de rutina.

Después de recibirme, me llevaron no a un salón de clases sino al aula magna del colegio, donde entraban todos los alumnos/cadetes que habían leído HD: eran tres cursos, así que hablamos al menos de entre 300 y 600 alumnos más sus profesores, las uniformadas autoridades del plantel y, sentados en primera fila, furiosos, trompudos, también sus padres. Había en un extremo una especie de escenario y sobre éste una mesa larga y solitaria como la de Bruno Díaz en su mansión. Pensé que al menos un profesor se sentaría a mi lado, pero no, éramos mi libro y yo contra el mundo y por toda compañía tenía una bandera del Ecuador a mis espaldas.

Me presenté, agradecí la invitación y más que nada agradecí el tiempo que le habían dedicado tanto estudiantes como profesores a mi novela pop y superficial y nada literaria. Luego, cuando esperaba preguntas o algo por el estilo, un padre de familia que ahora podría ser abuelo se levantó de su asiento y dio un discurso que me pareció ensayado y del que recuerdo dos cosas puntuales. 1) Cuando yo era estudiante, dijo, nos mandaban a leer Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, no esta basura. 2) Yo mando a mi hijo a este colegio para que lo eduquen, no para que lo deseduquen (usó esa palabra: deseduquen). El ataque era justo, se trataba de un padre preocupado por el contenido que estaba recibiendo su hijo en un colegio militar, nada más, pero sus argumentos eran ciertamente cavernarios. Me tocó responderle y dije lo que sigo diciendo hasta ahora: si su hijo leyó el libro fue por algo, porque conectó con algo, porque sintió algo que no había sentido con los libros que usualmente lee, y si le gustó éste de pronto se forma en él el hábito de la lectura y llega por decisión propia no sólo a Dumas, también a Dickens y a Dostoyevski, lo importante es que leyó un libro y no sintió que perdió el tiempo. Dicho esto, empezaron otros rugidos de padres de familia que, confundidos entre sí, distorsionados, sólo pude entender como insultos inentendibles pero gruesos. Un profesor, capaz el inspector o algo por el estilo, hizo un llamado a la calma y pidió a las personas que deseaban hablar que por favor levantaran la mano. La primera en hacerlo fue una chica que estaba sentada junto a su madre (la señora no se levantó), y dijo “Gracias a este libro pude hablar con mi mamá sobre sexo”; otro chico dijo “Las malas palabras no existen” y otro dijo, gritó, “Los rebeldes son los que cambian el mundo” y a ese grito de independencia y victoria le siguió una avalancha de aplausos, no para mí sino para él, yo mismo me puse de pie para aplaudirlo y los chiflidos de los hijos mantuvieron quietos y sentados a los padres y, me di cuenta, los profesores también se pusieron de mi lado. Ganamos, pensé. Y al final el rector, que seguramente era un coronel o en todo caso poseía un rango militar y un sombrero militar, me regaló una estatuilla de Abdón Calderón: de pie y muy firme, antes de ser mutilado al mejor estilo de la ciencia ficción, con su uniforme de batalla, los brazos pegados al cuerpo y la mirada puesta en el corto horizonte que lo esperaba. No suelo guardar nada relacionado a mi trabajo, ni copias de mis libros ni afiches de producciones con las que haya colaborado o siquiera promocionales de los conciertos que di con mi banda, pero guardo esa estatuilla y cada vez que alguien viene a visitarme espero que me pregunte, sin saber en qué se mete, "¿Qué es eso?"

*


De la edición de bolsillo se hicieron entre cuatro y seis “reimpresiones”, como se dice ahora. Luego la novela salió del catálogo de Santillana y desapareció. Desde entonces, cada tanto, me escribe alguien para preguntarme cómo puede conseguirla e incluso para ofrecerme dinero en caso de que pueda venderle una de las copias que creen que conservo: al parecer, el libro ha sido muy robado o muy regalado a novias que nunca lo devolvieron. Pero, ya se dijo, no conservo nada, así que he pirateado mi propia novela enviando el PDF a distintas partes del país y del mundo.

Durante un tiempo, ya muy pasado el 2009 y también muy pasado yo, me pareció correcto que HD se desvaneciera del todo, como su autor, y hasta dejé de ir a lanzamientos de libros o a cualquier tipo de evento cultural porque la preguntita esa de “¿Para cuándo la segunda novela?” francamente me cabrea. 

Han pasado ya doce años (¡doce!) desde la publicación del libro dizque rockero y grunge que se transformó en una especie de, “Señora, ¿sabe usted dónde está su hijo?, ¿sabe qué está haciendo?, ¿quién?, ¿lo conoce?”. Y vaya que ha pasado agua bajo el puente y sobre el puente, una cantidad de inundaciones a las que sobreviví no sé cómo. 

Una vez le escuché decir al autor colombiano Santiago Gamboa que para ser escritor hay que hacer dos cosas, leer muchos libros e irse de la casa. Yo nunca me fui. Sigo aquí, en Quito, Ecuador, en el barrio de Miguel que es ahora más mío que nunca. Pero, en honor a la verdad, puedo decir que me fui de este mundo y que ese viaje me hizo el escritor que necesitaba ser para publicar otra novela. Los que saben más o menos de qué va me dicen que HD es la precuela de lo que se viene, no creo, pero sin duda es un antecedente.  

Por cierto, ya tenemos título (de disco doble):


ADICTO 
/// 
COMEDIA ROMÁNTICA 


Lo último que quiero decir sobre HD es que una vez salí con una mujer que me sigue pareciendo preciosa y que cuando venía a mi apartamento le decía al guardia del edificio que se llamaba Clara, como el aniñado objeto del deseo en la novela. Hace unos días, robándome palabras de Pedro Lemebel, le mandé un recado: Yo te voy a amar como un perro, y tú sólo tienes que dejarte querer. Eso te puede pasar si te haces escritor. Para todo lo demás existe Diners.


@pescadoandrade