12.09.2008

Milk


El 27 de noviembre de 1978, Dan White, miembro del Board of Supervisors (en el Ecuador hablaríamos de concejales) de San Francisco, entró a la alcaldía de la ciudad y asesinó con un arma de fuego al alcalde George Moscone. Luego caminó por los pasillos rumbo a otra oficina que no era la suya. Iba más bien calmo, sereno, hasta saludó a un par de personas que le hicieron con la mano y devolvió cordiales sonrisas. Al llegar al despacho de Harvey Milk, su colega y el primer homosexual declarado en ser electo para un cargo público en los Estados Unidos, hizo lo mismo, apretó el gatillo. Harvey Milk recibió el primer impacto en la palma de su mano derecha. Fueron varios los disparos.

Treinta años más tarde, se estrena Milk, la película en que el director Gus Van Sant cuenta la historia de un truly american hero. Si bien ese poema visual titulado Last Days estuvo dedicado a Kurt Cobain, llamarlo biopic (como se les dice a las películas-biografías) sería exagerar. Milk, en cambio, es una biopic a carta cabal y una muy buena: acertada, ilustrada, combativa y cariñosa. Empieza el día en que Harvey Milk cumple cuarenta años y se hace la pregunta de rigor, ¿qué he hecho con mi vida? Entonces Milk y su pareja (un eficiente James Franco) se mudan a San Francisco y montan un almacén de implementos fotográficos llamado Castro Camera. Pronto, el Castro Camera se convierte en una poderosa célula del movimiento gay. Gente de todas partes llega hasta ahí para vivir abiertamente su sexualidad y, obvio, más de un vecino se molesta con ese pecado.



Para contrarrestar a una sociedad opresora (y eso que la comunidad gay de San Francisco fue siempre sólida), Harvey Milk decide legalizar su lucha y postularse para el Board of Supervisors. En ese momento la historia, tanto como la película, ganan un empuje emocional impresionante. Cuando creemos que nada le puede salir mal al encantador Harvey, nos encontramos que tuvieron que pasar no una ni dos sino tres elecciones para que Milk llegara a tener voz en el corral de los poderosos. Allí dentro, en la selva, hombro a hombro con las bestias de traje y corbata, Harvey peleó para que, por ejemplo, nadie pueda ser echado de su trabajo por irse a la cama con quien le de la gana. Milk incitó a toda una generación a salir del closet porque “si ustedes salen del closet, ellos conocerán a uno de nosotros”, con esto, se refería a familias homofóbicas que muchas veces son parte de la comunidad gay sin saberlo. Otra obra de Milk fue obligar a los dueños de animales a recoger los desechos que sus mascotas dejan en la vía pública.

Harvey Milk es Sean Penn, sin duda, uno de los mejores Sean Penns que he tenido la fortuna de ver en pantalla grande, comparable al Sean Penn de Dead Man Walking, al de The Thin Red Line y al de Sweet And Lowdown. También, comparable al Phillip Seymour Hoffman de Capote.



Acaso esta es la película más “adulta” de Gus Van Sant, la que lo gradúa con honores en la academia de los grandes directores de la historia del cine. Mi única queja, es que hablando en porcentajes, pasamos muy poco tiempo con Dan White (un enérgico Josh Brolin), personaje que fácilmente podría valer otra película. Los abogados de White, alegaron que sufría de una pasajera demencia provocada por el exceso de comida chatarra en su organismo (esto es 100% real, si no me creen, go to google), y su condena fue de escasos dos años. Dan White se suicidó pocos años después de salir de prisión, no pudo consigo mismo, con eso en lo que se había transformado. Dan White era alcohólico y, según una corazonada de Harvey Milk, también era gay. Dan White es un personaje que sigue dando vueltas en mi cabeza, en una mano la botella casi vacía y en la otra un arma caliente.



12.05.2008

Héroes


Se puede nacer en el sitio equivocado y a la hora equivocada. Se puede nacer en un mal lugar y en un peor momento. Se puede nacer dentro de una familia que nada que ver y a la merced de un entorno que nada que ver. Después de todo, se nace sin querer.

Se puede crecer mal, triste, depre, down, pensando que se vive en un agujero negro que no hace sino crecer, como lo hacen los agujeros negros, hacia abajo, crecer en profundidad. Se puede ser tan salado como para rodearse de los amigos equivocados sin caer en cuenta y pensar que esos son los mejores amigos del mundo. Todo esto puede pasar y sin duda pasa mucho más de lo que debería.

Existe una salvación. Si uno escoge los héroes adecuados, los ídolos indicados y los amores platónicos correctos, tiene bastantes probabilidades de sobrevivir.

Lo que sigue es de la novela Héroes, con la que el español Ray Loriga ganó el primer Premio de Novela El Sitio en 1993. El libro está dedicado a Ziggy y un libro que esté dedicado al alter ego marciano de David Bowie no puede estar tan mal.



Conducía un camión lleno de dinamita por la Plaza Roja cuando se dio cuenta de que ya no había nada que hacer allí. Se acordó de la foto de Iggy Pop y David Bowie en Moscú. Trató de encontrarlos pero no dio con ellos. Así que comenzó a angustiarse y se angustió tanto que se despertó.

Estábamos todos bebiendo pero de alguna manera, como casi siempre, yo había perdido el ritmo. Era ingenioso cuando los demás eran entusiastas y entusiasta cuando ya todo el mundo empezaba a ser reflexivo y reflexivo cuando todos querían divertirse y estúpidamente divertido cuando ya todos andaban cansados.

Si alguien se hubiera tomado la molestia de preguntar sabría que siempre he querido ser una estrella de rock and roll.

Él me dijo: todas las carreteras llevan a un sitio mejor, y yo me lo creí.

Una desgracia no disminuye tu porcentaje total de desgracias, eso es algo que inventaron las compañías aéreas para animar a los viajeros después de un accidente.

Todo el mundo tiene una oportunidad y hay que ser muy malo para no acertar nunca en una moneda que solo tiene dos caras.

Puedo tatuarme un dragón en la espalda, pero el día del cumpleaños de quién sea seguiré pensando que de todo lo que nunca he tenido ella es lo que más echo de menos.

No quiero más años de los que pueda manejar con una sola mano.

Quieres saber dónde coño está la banda de Ziggy. Busca una chaqueta roja y los demás darán contigo.
Sé que hablo con mucha soltura de las miserias ajenas y que a veces no parezco nada mejor que un miserable que se excluye, pero, qué coño, todos somos valientes en nuestros cuentos.

También conviene decir que no todas las mujeres joden tan maravillosamente como todas las mujeres se creen que joden, y que su gran palacio-tesoro-agujero del coño puede ser tan aburrido como un campeonato de petanca amañado y que de hecho muchas veces lo es.

Sentirte como Jim Morrison no te convierte en Jim Morrison, pero no sentirte como Jim Morrison te convierte en casi nada. Yo nunca saldría a la calle sin sentirme como Jim Morrison o Dennis Hopper por lo menos.

Odio cuando el grupo deja de tocar y tienes que pensar en lo que harás el resto de tu vida.



Héroes es una novela-diario-testimonio-manifesto escrita en una potente primera persona. Muchos de sus cortos capítulos empiezan con una pregunta, la pregunta de un segundo o un tercero, que sirve para gatillar la lengua imparable del libro. Nunca sabemos cómo se llama el personaje principal ni conoceremos, jamás, los nombres de los amigos a los que se refiere o de esa chica rubia que tanto le gusta (aunque estamos en la obligación de pensar en Ray Loriga y Christina Rosenvinge, la misma de Christina y Los Subterráneos). El narrador habla de su banda, una exitosa banda de rock and roll que ha tocado harto y por todas partes pero, como siempre, puede que se trate de un sueño.

Los héroes son clave. Los héroes no fallan y cuando fallan se hacen mejores porque se convierten en humanos defectuosos como nosotros pero conservan la grandeza de haber sido héroes alguna vez. Los héroes no caducan, es uno el que cambia de causas, de luchas y, por lo tanto, también de héroes. Los héroes mueren siendo héroes aunque los releguemos al olvido y soltemos lágrimas lamparosas viendo la noticia de su muerte en el cable.

Cuando le pregunto a alguien qué música escucha y responde un casual y despreocupado “de todo”, me pongo a temblar. Alguien que escuche de todo, creo, es capaz de todo, de tender trampas mortales y empaquetar mentiras para que la gente las lleve a sus casas y las caliente en el microondas.

No todos somos ni seremos ni podremos ser héroes, pero todos podemos intentarlo. Ya lo dijo Bowie: We can be heroes, just for one day. Y si todos tenemos nuestro día como heroes, sumándonos, habremos vencido.

12.02.2008

No te metas con Stiller.


Desde que se estrenó en Quito, hace pocas semanas, he visto Tropic Thunder tres veces, dos de ellas, sentado en la oscuridad del cine, como corresponde. Ayer le dije esto a alguien, emocionado, y me miró con cara de “¿cómo puedes decir eso en voz alta?” Sí, lo digo, Tropic Thunder es una gran película y está siendo subestimada por quienes, inmersos en su movida densa y profunda y bla-bla-blá, temen verla porque de pronto les gusta y eso, supongo, afectaría su postura anti-Hollywood. Whatever, dude. Ellos se lo pierden.

Haciendo cuentas, números, capto que Hollywood, incluyendo sus alrededores indie, sus aledaños freaks y sus directores de intercambio (sobre todo europeos, asiáticos y latinos) me ha dado muchos más momentos felices que, digamos, Cannes, Venecia o Berlín. Y, en parte, es de ahí de donde viene mi conexión con Tropic Thunder. Cuando era niño, todos los martes (creo) pasaban en Ecuavisa una cosa llamada “Festival de los hombres duros”. Como su nombre lo indica, el espacio estaba dedicado a películas de acción, del tipo Chuck Norris, Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger, con eventuales participaciones de héroes de carretera como Jean-Claude Van Dame y Steven Seagal. Esas películas, sin duda, son parte de mi educación sentimental, parte de mí, yo jugué a ser esos hombres duros. Después de ver Tropic Thunder, siento que Ben Stiller, alguna vez, también se emocionó con el cine de acción, tanto con el comercial como con el intelectual. Queda claro que además de las primeras entregas de Rambo y Terminator (que están en lo más alto del género), Stiller vio, y varias veces, la Chaqueta Metálica de Kubrick, el Apocalipsis Ahora de Coppola y el Pelotón de Oliver Stone. Tropic Thunder es un cariñoso y divertido y bien logrado tributo, una película acaso demasiado masculina y justo por eso, por abusadora y personal, válida en toda su extensión.


Tropic Thunder tiene, además de una visión que critica severamente el star system de donde provienen sus estrellas, un cast de lujo que se luce en cada plano. Ben Stiller es un héroe de acción que trata de romper el estereotipo y vencer su mediocridad. Robert Downey Jr. (pigmentado, tocando el cielo con las manos), uno de esos genios gana Oscars que de tanto actuar han perdido parte de su identidad. Jack Black, el menos afortunado en el guión, es un desordenado actor de comedia, que tiene problemas con las drogas y con la ley. Pero la cosa no para ahí. Sumen a un Steve Coogan gracioso y tan británico como se puede ser. A un Nick Nolte encarnando al viejo sabio, una especie de señor Miyagi malgenio. A un Matthew McConaughey que acaso nos brinda el mejor papel de su carrera post Edtv. Y, por supuesto, cómo no, al mejor Tom Cruise, quizás, desde Magnolia (aunque estuvo muy bien como republicano en Lions for Lambs).


Párrafo aparte para el joven Jay Baruchel (1982), a quien conocimos como el torpe pero perseverante fan de Led Zeppelin en Almost Famous, y luego como el entrañable Danger en Millon Dollar Baby. Baruchel, literalmente, brilla, tiene en su piel al personaje mejor construido, al más creíble y, sobre todo, al más querible, ese con el que uno se queda una vez que salió del cine. Ojalá siga así, para adelante, que sus próximos papeles le traigan nominaciones a ese Oscar lo mismo ridiculizado que canonizado por Tropic Thunder.


Lo que más me gusta de Tropic Thunder es que, muy temprano, pasa de un ingenioso enfrentamiento de egos en el movie business, a un sentido film sobre tipos solitarios que se hacen amigos y, de alguna manera, se encuentran. Tropic Thunder tiene la buena voluntad de recompensar a sus personajes, los pone a prueba y al final los deja llegar a la meta con el último suspiro, y los brazos en alto.

11.27.2008

Lucidez


Durante estos días de discusión, debate, diálogo y amistad, la buena salud de la crónica latinoamericana me ha dejado más que satisfecho, sobre todo porque veo, y siento, un futuro promisorio. Así también, descubro que si uno se dedica a esto, puede tranquilamente ir despidiéndose del cielo.

Lo siguiente es del libro El periodista y el asesino, de la norteamericana Janet Malcolm (1934). La cita viene incluida en el extenso y lúcido “El que enciende la luz”, un ensayo de Chang acerca de la crónica que ojalá se publique pronto en Ecuador.

«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno. Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprender que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección cuando aparece el artículo o el libro. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que ‘el público tiene derecho a saber’; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida».

Espero estar entre los terceros.

11.24.2008

El oficio escogido.


El sábado pasado, estuve con el cronista-escritor-amigo Esteban Michelena. Me invitó a su programa “Los Pastores del Asfalto”, al aire por radio La Luna una vez por semana, cuando el presidente ha concluido su acostumbrada cadena nacional itinerante. El motivo, como no podía ser de otra manera, fue “La fiesta del libro” y el encuentro de cronistas latinoamericanos que viene a justa y necesaria colación. Hablamos de la crónica como género literario-periodístico y, sobre todo, como estilo de vida. Durante los primeros minutos de show (también de nervios y bromas para aligerar el ambiente) recibimos la llamada de otro cronista-amigo-aliado, Francisco Santana, que escribe en El Telégrafo y está encargado de “Demo”, sección dedicada al rock nacional. Pancho me preguntó porqué estando la crónica en su mejor momento internacional, en el Ecuador se la trata tan mal.

Aunque creo que cada vez se la trata mejor (o menos mal), estoy de acuerdo con Santana, el género sufre maltrato a diario, especialmente en los periódicos. Los que publicamos en revistas (puedo hablar de mi experiencia personal, SoHo y Mundo Diners), mal que mal, tenemos tiempo. Tiempo para escoger el tema, para ir al lugar de los hechos, investigar y, lo más importante, convivir con los personajes, escucharlos, ser amigos pasajeros, correr esa milla extra junto a ellos y tratar de llegar vivos a la meta. Ahora bien, hablo de días, semanas en el mejor de los casos, cuando deberían ser meses y, por qué no, años. Quienes laburan en periódicos, me dicen que hay que correr y así, obvio, no puedes pretender mucho. Sería idiota pensar que de una entrevista de cinco minutos van a salir crónicas que peleen el Pulitzer. Creo firmemente, y espero no estar pecando de ingenuo optimismo juvenil, que en nuestro país cada vez hay mejores escritores y cronistas, creo que éste es el momento y que nuestro trabajo es construir el Ecuador-literario-periodístico en el que queremos vivir, levantar muros de letras y pararnos sobre ellos a ver el horizonte. Para esto, hace falta que los editores de periódicos y revistas se sumen al esfuerzo. Ojo, este asunto es clave, sin editores jugando del mismo lado que los cronistas no iremos a ninguna parte. Editar no es fácil y es mucho más emocionante viajar persiguiendo historias. Editar es, tal vez, el trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo, jugársela y apostar porque de pronto, aunque nos quieran decir que tal cosa es imposible, aunque pretendan meternos el dedo, en este país hay gente que disfruta de la lectura, de perderse en la vida privada y pública de otros. El mercado existe, está allá afuera, en los que compran revistas cuando van a Supermaxi. Tal vez no seamos Perú ni Colombia, mucho menos México o Argentina, pero igual somos.



Mañana, a las 15h00 en la sala Jorge Carrera Andrade (2do piso del flamante centro Eugenio Espejo), conversaré con Julio Villanueva Chang sobre este oficio que hemos escogido. Chang quiere hablar sobre la cocina de las historias, tanto en investigación como en reportería, imagino que a eso le sumaremos redacción y, como dice Chang, será algo “entre anecdótico y reflexivo pop”.

Nos vemos allá y ojalá en todos los actos de esta fiesta, haciendo El Aguante.

11.19.2008

El CV de JVC


El CV de Julio Villanueva Chang parece una obra de ficción, imposible que alguien haya y siga haciendo tanto en tan corto tiempo. Lo he leído varias veces y me lo voy echando de a poco, masticando antes de tragar. Da como para sospechar. Por eso, tras restregarme los ojos y confirmar que no se trata de un espejismo o de una artimaña propia del marketing, fui directo a Elogios criminales, su flamante libro de crónicas (Mondadori, México, 2008). Lo tengo en PDF, con todas las molestias que eso conlleva al momento de leer, incluso una vez impreso domésticamente. El libro lo hacen seis perfiles de grandes personajes mundiales y no tan mundiales: Gabriel García Márquez, Juan Diego Flórez (tenor peruano), Ryszard Kapuscinsky (escritor, cronista de las grandes ligas), Apolinar Salcedo (el alcalde ciego de Cali), Werner Herzog (intenso director de cine) y Ferran Adriá (polémico chef español).



Acá la verdad, Chang en acción. Cosas que subrayé de García Márquez va al dentista ¿Qué busca un Premio Nobel de Literatura en un odontólogo de provincia?, primero de los seis elogios.

El Dr. Jaime Gazabón abrió la puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a Gabriel García Márquez tan solo como un astronauta en su sala de espera.

En la mesa de centro, había literatura de consultorio de dentista, unas cuantas revistas para bostezar la espera, y los efectos sedantes de una música de fondo.


Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar a manuscrito la ficha de su historia clínica: “Nombre de del paciente: Gabriel García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para que compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al Dr.? Su fama universal.”

Un cuento es lo que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras aguardas tu cita con él”, dijo John Cheever.

El molar de un genio se ve tan espantoso como el de cualquiera y crea la ilusión de que todos somos iguales bajo las tenazas de un dentista. Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa.

El hombre envejece cuando sus dientes no se reponen. García Márquez lo sabía bien. Perder un diente es también una metáfora de la caída del poder.

Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros.
(Dr. Gazabón)

El último día que lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, recuerda que el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela del juicio. Pero aquella primera tarde de 1991, en su consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una carie y el doctor había decidido operar: le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida, y tiempo después colocó un implante en su lugar. Según él, García Márquez nunca se quejó. Sin embargo, desde esa primera cita hubo una pérdida. En la historia de la literatura, sucede siempre: Homero fue ciego, a Cervantes le fallaba un brazo, García Márquez tenía caries.
- El hilo dental es más importante que el cepillo- me advirtió el Dr. Gazabón.




Mientras sigo avanzando en el libro, el mencionado CV de Julio Villanueva Chang.

Es el editor fundador de la revista Etiqueta Negra. En 1995 obtuvo el Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en la categoría de crónicas. Su perfil «Through The Eyes of a Blind Major» fue parte de un especial sobre Sudamérica publicado por The Virginia Quarterly Review con la asistencia de Etiqueta Negra y que ganó el National Magazine Award de Estados Unidos dedicado a «Mejor revista dedicada a un solo tema». En 1999, publicó Mariposas y murciélagos (Lima, UPC; presentación de Fernando Savater y epílogo de Jon Lee Anderson), una selección de sus crónicas y perfiles aparecidos en el diario El Comercio de Lima, donde fue reportero principal. En 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó en España Un día con Julio Villanueva Chang, resumen de un taller sobre su experiencia de editor y lector. Textos suyos han sido publicados en La Nación y Página 12 (Argentina); Gatopardo, El Malpensante y Soho (Colombia); El País, La Vanguardia y Letra Internacional (España); Reforma y Letras Libres (México); Vogue en español, World Literature Today y The Virginia Quarterly Review (Estados Unidos). Sus crónicas aparecen en las antologías Se habla español (Alfaguara), Un mundo muy raro y otras crónicas de Gatopardo, y Enviados especiales (Aguilar). Desde su fundación en 2007, es columnista dominical del diario Público de España.

Villanueva Chang ha sido expositor en la Harvard’s Nieman Conference on Narrative Journalism y en Yale University. Fue panelista en el Congreso de Periodismo Digital de España y en el Seminario de Editores de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es profesor visitante en el Master de Periodismo de la Universidad de Barcelona-Columbia University, en la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile y en el Master de Edición de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha dado charlas en el Master de Periodismo del diario El Clarín de Buenos Aires y en New York University. Ha dictado talleres en Yale University; en las revistas Gatopardo, Proceso y Expansión de México; en los diarios El Comercio de Lima, El Mercurio de Santiago, El Nacional de Caracas, Público de Guadalajara, La Prensa Gráfica de San Salvador y El Tiempo de Bogotá; en TV Canal 22 de México y Cable Mágico Deportes de Lima. Ha sido editor invitado de la revista Letras Libres, en su edición de Madrid; de la revista Culturas del diario La Vanguardia de Barcelona, y de la revista Soho de Bogotá. En 2007, junto a Joaquín Estefanía y Héctor Feliciano, fue jurado del Premio de Crónicas Planeta-Seix Barral.

Villanueva Chang se graduó en la Universidad Mayor de San Marcos. Su formación periodística la hizo de autodidacta y becario de la Fundación Nuevo Periodismo en talleres con Gabriel García Márquez, Alma Guillermoprieto, Jon Lee Anderson, Tomás Eloy Martínez y Ryszard Kapuscinski, y en el Harvard’s Nieman Seminar for Narrative Editors. Random House Mondadori acaba de publicar Elogios criminales, un libro de sus crónicas y perfiles.

11.18.2008

Tres columnas del cronista Chang.


El próximo martes 25 de noviembre, a las 15h00 en el auditorio Augusto San Miguel de la CCE, estaré en un conversatorio con el peruano Julio Villanueva Chang, fundador de la revista Etiqueta Negra, sin duda, uno de los nuevos íconos del periodismo latinoamericano. Las credenciales de Chang son tantas, y tan diversas, que hará falta otro post para publicar su CV. Por ahora basta decir que es editor y cronista, y uno de los mejores de su generación.

Como adelanto, acá van tres columnas de Chang, todas relacionadas a escritores y, de una forma muy creativa, al oficio de crear, aparecidas en el Diario Público de España.




UN HOMBRE ENCANTADO DE QUE LO INTERRUMPAN

A Italo Calvino no le gustaba escribir siempre en el mismo lugar, pero cuando escribía le encantaba que le interrumpieran. Dos extrañas costumbres para un intelectual introvertido, en una tradición de escritores que se jactan de la disciplina y la soledad del encierro. Sin proponérselo se oponía a una de las máximas que Pascal lanzó en el siglo XVII: «Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos en una habitación». Con esta sentencia, el filósofo y matemático que había descubierto los secretos del triángulo y pensado en fórmulas sobre la creencia de Dios parecería ahora un propagandista del budismo zen y la pereza en tiempos de extrema movilidad digital. Quien inventó la primera máquina calculadora podría incluso parecer precursor de un acto de resistencia que hoy la IBM promueve en sus oficinas: que sus empleados se desconecten por un día del resto del mundo. Cada viernes, ellos tienen licencia para no hacer reuniones ni contestar e-mails y llamadas telefónicas. Algunas empresas lo llaman «espacio en blanco»: se trata de abolir esas prótesis electrónicas que han revolucionado nuestro modo de pensar y trabajar. Es una batalla simbólica contra la adicción a ese lado oscuro de la tecnología que debilita la capacidad de concentración. Una habitación liberada de interrupciones es como un tributo postindustrial a Pascal.

Cuando a Newton lo interrumpió la caída de una manzana y descubrió la ley de la gravedad, se debió más a su paciente atención que a cualquier otro talento. En tiempos de aturdimiento digital, la tecnología está sobre todo al servicio de la distracción. En su libro Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, Maggie Jackson estudia cómo perdemos cada día más posibilidades de pensar en profundidad y de aprender: cada tres minutos un hombre deja de hacer algo para revisar su e-mail, responder su teléfono o subir algún dato a Facebook. Pero no siempre es negativo distraerse. Al explicar el lenguaje de los poetas, Octavio Paz advertía: «Distracción quiere decir atracción por el reverso de este mundo. La voluntad no desaparece; simplemente, cambia de dirección (…) La pasividad de una zona provoca la actividad de la otra y hace posible la victoria de la imaginación frente a las tendencias analíticas». Distraerse puede ser entonces otro modo de estar alerta, la lucidez en el ensimismamiento. A veces, cuando Chejov conversaba con sus amigos, se reía de súbito frente a ellos a pesar de que no habían dicho nada divertido. Al oír alguna anécdota, Chejov empezaba a convertirla en una historia humorística en su mente. Tenía una atención distraída, un oxímoron parecido a un silencio revelador. Como si se reconciliara con esa demanda de quietud y soledad de Pascal, Italo Calvino creía que para escribir no había nada mejor que un cuarto de hotel, anónimo, vacío y abstracto, sin recuerdos que le distraigan. «No me encierro nunca y no me molesta que me hablen», dijo quien nunca quiso usar una máquina de escribir.



EL HOMBRE CORAZÓN DE PLÁSTICO

Luego de haber sido atropellado por el camión de una lavandería, quizás haya sido plástico la última cosa que tocó la piel de Roland Barthes antes de morir. A mediados del siglo XX, en su libro Mitologías, profetizaba la omnipresencia del plástico y bromeaba diciendo que Fenoplasto y Polietileno parecían nombres más propios de un pastor griego. «Al final se inventarán objetos sólo por el placer de usarlo. La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida; una sola las reemplaza a todas: el mundo entero puede ser plastificado». Lanzada una década después de la Segunda Guerra Mundial, aquella sentencia no tenía tono apocalíptico de Nostradamus, sino uno optimista: con su propagación lo artificial –lo postizo– se identificaba con el uso doméstico en lugar del lujo. La moda del plástico, según Barthes, era una evolución del mito de la imitación. Hoy, cincuenta años después de su profecía, los ecologistas militan por la abolición de las bolsas de plástico y esperan que la gente los imite: en su libro El mundo sin nosotros, Alan Weisman dice que «el plástico es la encarnación de nuestro sentimiento de culpa colectivo por arruinar el medio ambiente». Una sustancia que puede competir en inmortalidad con las cucarachas.

Un Nostradamus verde vuelve a azotar nuestra imaginación. Cada bolsa de nylon volando por las calles no es una travesura del viento: terminará depositándose en el océano y los desperdicios de polímero acabarán con sus criaturas, desde ballenas hasta pulgas de mar. Cada minuto, se fabrican cien millones de bolsas de plástico en el mundo, las necesarias para obstruir el alcantarillado de Bangladesh, o para formar parte de un mar de basura del tamaño de un continente. Hace medio siglo que Barthes tiene razón. El plástico es la materia en estado camaleónico y con infinitas posibilidades de envolver al mundo entero hasta asfixiarlo. Basta inspeccionar a tu alrededor: los anteojos que te acomodas para leer esta frase son de plástico, pero también el teléfono que está timbrando, la tarjeta de crédito con deudas, el reloj que prueba que llegas tarde a una cita, la dentadura postiza de tu vecino, el juguete del sobrino que está de cumpleaños, la muñeca inflada que miras por Internet, el interruptor de luz, los calcetines que llevas puestos. Incluso las naves espaciales y las telarañas de la esquina tienen plástico. Sin el vinilo y sin la celulosa no hubiésemos podido disfrutar de discos ni películas que son parte de nuestra educación sentimental. Deberíamos agradecerle sus servicios prestados a la humanidad. Barthes, luego de anunciar que el mundo entero puede ser plastificado, profetiza: «Y también la vida, ya que, según parece, se comienzan a fabricar aortas de plástico». El plástico ha sido siempre un caso del corazón.



UN HOMBRE ATRAPADO EN EL ASCENSOR

Hace unos días, cuando alguien le preguntó cómo podía ser tan productivo, Umberto Eco dijo: «¿Ha oído hablar de los tiempos muertos? En esos dos minutos que tarda en llegar el ascensor, yo trabajo». Otis, la más antigua compañía de elevadores de la Tierra, se jacta de que cada cinco días sus máquinas transportan el equivalente a la población mundial. En las ciudades, las casas desaparecen, los arquitectos piensan en vertical y se prohíbe usar escaleras. ¿Cuánto tiempo de nuestras vidas pasamos a la espera y dentro de un ascensor? Una noche de octubre de 1999, el productor ejecutivo de la revista Business Week Nicholas White salió de su oficina en un rascacielos de Nueva York a fumarse un cigarrillo. Cuando volvía a ella, se quedó atrapado en un ascensor. Era un viernes y nadie lo notó hasta el domingo. Fueron 41 horas allí. Nick Paumgarten cuenta esta historia en The New Yorker y en su página electrónica se ve el encierro de White grabado por una cámara de seguridad del edificio. Alguien ha acelerado el video y le ha puesto música de fondo.

El hombre estuvo casi dos días en el ascensor, pero hoy uno lo ve en una película muda de tres minutos y medio. La música y la aceleración amortiguan el horror del silencio y de la espera. White no llevaba teléfono móvil ni reloj. Tenía tres cigarrillos y su billetera. Después de su rescate, no volvió a trabajar en Business Week. Demandó al fabricante de ascensores y a los responsables del mantenimiento del edificio por veinticinco millones de dólares. Años después llegó a un acuerdo, pero muy lejano a lo que demandaron sus abogados. Se gastó todo su dinero y aún está desempleado. Nicholas White nunca supo por qué se detuvo el ascensor.

Lo que no se ha detenido es la fantasía de qué se puede hacer encerrado allí. «¿Alguna vez lo has hecho en un ascensor?», se repite con un morbo adolescente. No es la única fantasía. En Internet, se anuncia que en octubre de 2031 se inaugurará un ascensor al espacio. Michael Laine, un ex marine que hoy es presidente de LiftPort, una compañía dedicada a buscar dinero para construirlo, trabajó en complicidad con Bradley Edwards, un físico famoso a quien hace unos años la Nasa le pagó más de medio millón de dólares para demostrar que eso era posible. En un principio, el ascensor no llevaría gente. Sólo transportaría carga como satélites. En un planeta donde el clima se ha vuelto loco, el precio de los combustibles se eleva a la estratósfera y el agua desaparece, la conquista del espacio es un negocio más urgente y rentable.

Arthur C. Clarke escribió una novela en la que un ingeniero construye un ascensor anclado en una montaña sagrada. Su viaje vertical acaba en un asteroide en órbita. Nicholas White, aquel hombre que nunca volvió a trabajar tras haber quedado atrapado en un ascensor terrícola, es más digno de una novela de Stephen King. Anclados en la incomodidad y en el miedo de no saber qué hacer frente a un extraño dentro de uno, a casi nadie se le ocurriría publicitar los ascensores como un lugar para pensar. Mientras tanto, Umberto Eco espera que la tardanza del siguiente ascensor lo lleve sin certidumbres hasta su próximo libro.