
Para mí, los Oscars son un evento deportivo. Cada año me reúno con amigos a ver la ceremonia y hacemos una especie de Oscar Party en la que apoyamos a los nuestros y acabamos al enemigo. El problema, o quizás esta sea la ventaja, es que, al contrario de los deportes que son disciplinas objetivas (el que mete más goles, gana; el que llega a la meta más rápido, gana, y así), el Oscar, y cualquier otra ceremonia de premiación, es la subjetividad pura. Por eso, estoy muy de acuerdo con la Academia cuando ganan los que quiero que ganen. Y este fue un buen año. El gran enemigo, sin duda, era Avatar, que sí, le ha cambiado el look a la ciencia ficción, pero no presenta ningún conflicto, es una de esas películas a las que nadie le puede decir que no, a estas alturas del partido, ¿quién se va a poner en contra la naturaleza?, James Cameron hizo un buen negocio, una buena película es otra cosa. Por otro lado, la noche fue de Hurt Locker y Precious, más de la primera que de la segunda, pero fue increíble que dos cintas que nadie quería hacer y ahora todos quieren ver se hayan llevado tantos honores. Además, Oscar para El secreto de tus ojos. Bien. Esa es. Y aunque no ganó Nick Hornby, ganó el Dude, un tipo que debió haber ganado hace años porque siempre se la ha jugado, nunca le ha apostado a lo seguro y se ha mantenido tan lejos de la vitrina de la industria como le ha sido posible, ganó el gran Jeff Bridges y todos estamos felices, se hizo justicia, por fin.
Vi Crazy Heart en el Seven Gables de Seattle, un cine, más bien un teatro antiguo, pequeño y encantador donde sólo pasan una película al día y la sala se llena de jubilados. La película no me mató, tiene momentos, pero no los suficientes, además, se resuelve en un dos por tres, se va por el camino fácil y casi todo el tercer acto es un video musical como armado al apuro. Sin embargo, lo que Jeff Bridges hizo como Bad Blake, el personaje principal, es como para que le den una estrella en el paseo de la fama del country (¿existe?) o algo así. De hecho, su actuación tiene mucho más que ver con la música que con el cine, Jeff Bridges, está claro, ama la música, siente que se puede vivir a través de ella y eso es lo que pone en escena cuando toca guitarra y canta (si me preguntan, lo hace mejor que Ryan Bigham, el compositor de los temas originales, el Dude canta con errores y excesos, canta con las imperfecciones con las que vive). Bad Blake fue famoso, fue grande, pero ya no lo es, ni de lejos. Lo encontramos tocando en salas de bolos y en esos bares que serían insoportables si alguien encendiera las luces, el tipo de lugar que huele a cerveza regada en las mesas y colillas de cigarrillo apagadas en el piso. Se hospeda en moteles, se acuesta con mujeres que se acostarían con cualquiera y vive a base de una estricta dieta compuesta por alcohol, cigarrillos y carne roja. Bad Blake podría encontrar otro trabajo, por lo menos podría intentarlo, pero no, ¿para qué?, eso no sería digno, mejor tocar para cuatro personas, pero tocar, que poner gasolina en una estación o limpiar los baños de algún colegio. Solo hay un problema, Bad Blakes es la víctima de Bad Blake, de su estilo de vida, de sus prioridades, de sus elecciones, y está a punto de morir. El enemigo siempre es uno mismo. No les voy a contar qué pasa luego porque, aunque sostengo lo que dije sobre la película, creo que nadie debe perderse a un Jeff Bridges que, por la sensación térmica con la que uno se queda luego de verlo en Crazy Heart, había esperado toda la vida por este papel. Crazy Heart también tiene Oscar por The Weary Kind, pero a mí me gustan más otros temas, acá van, en la voz de Jeff Bridges, canciones que muestran solo lo necesario, esa parte del corazón que a veces late y a veces no.











