10.19.2012

Chica Ramones


Inspirado en la película Sinotoño, sin primavera de Iván Mora Manzano  

Lado A

         Tiene un piercing al comienzo de la ceja y más abajo, a centímetros del ojo, una cicatriz, una delgada línea de carne en alto relieve sobre el pómulo derecho, una marca.

Está girando.
Da vueltas en una silla.
Está en órbita.

Es un asteroide de camisa a rayas rojas y negras como las de Freddy Krueger, cinturón punk y jeans apretados. Al otro lado del escritorio hay un psiquiatra. ¿Consideras que eres una persona feliz?, pregunta el doctor. Lo piensa un poco, luego levanta la mirada y dice que no. Nada más, sólo eso: no. Considera que está perdiendo el tiempo. Hablar con un extraño de cosas personales, dice, ¿no cree que estamos un poco en la verga?

Se llama Paula, tiene el pelo negro –como cuervos arrastrándose a sus hombros– y nunca, nunca, usa maquillaje. Ni en la calle. Ni en el consultorio. Ni cuando mueve las pastillas que consigue con las recetas que le roba al psiquiatra. Paula trafica con la cara lavada y los labios pálidos, pero no está muerta todavía; camina, eso sí, entre los cadáveres doblados de las fiestas y se detiene para mirar a Guayaquil desde las sobras de una noche que se blanquea. Se la ve down pero vende lo que necesitas para estar up. O para no estar. Y es la primera en decirte: nunca invites a una pusher a tu casa.

No nació con la cicatriz, pero casi. Ocurrió cuando era pequeña. Venía en el asiento trasero del San Remo de sus padres y tenía un globo rojo en la mano. Habían pasado la tarde haciendo cosas, juntos, contentos, por lo menos ella estaba contenta. Le tomaron una foto y la transformaron en un rompecabezas precioso, la cara de Paula, el pelo de Paula, la sonrisa de Paula en piezas de cartón que se van uniendo unas con otras hasta formar un retrato. Lo tenía sobre las piernas cuando escuchó el frenazo y el ruido de la carrocería arrugándose como el bramido de un acordeón metálico.

Corte a: Paula acostada en la camilla de un quirófano. Iluminación LED del tipo cirugía de emergencia. Sin anestesia. Es así como Paula conoce el dolor. Las piezas de Paula desencajadas. La cicatriz de Paula debajo de una gasa que al despegarse le robará rasgos invisibles y le presentará su nuevo rostro. Lámpara.

Lado B

Se ven en el pasaje del edificio San Francisco 300, en la Avenida 9 de Octubre. Lucas pidió una orden de pastillas a domicilio y ahora no sabe cuál es el protocolo a seguir. Es menor que Paula o parece menor que Paula. Cuando le pregunta qué te pasó en la cara es un man que nada que ver. Eso, nada, un accidente, por las pastillas que me pediste me pueden meter a la cárcel, ¿vamos a hacer esto sí o no? Lucas aún no lo sabe, pero ya se enganchó, se enganchó mal. Paula lo abraza de mentira y le mete el frasco de tapa blanca en el bolsillo del pantalón. El primero siempre es gratis. Chao.

La próxima vez que se ven están en el cuarto de Paula, pero no es lo que parece. Lucas se hizo pasar por un chico decente que no toma pastillas y la mamá de Paula lo dejó entrar. La pusher tiene mamá, tiene una sala con muebles y tapetes y adornos clase media, es humana después de todo. En el cuarto, Lucas mira una pared cubierta de postales. Las ha visto antes en el bazar Mayorca. Las fotos son amarillentas y muestran distintos lugares de Guayaquil. Por lo general, las postales funcionan al revés, con fotos de otras ciudades, con recuerdos adjuntos, con frases que no se dirían en voz alta. Estas no. Las envía el papá de Paula al que no ha visto desde ese legendario y aburrido divorcio. Lucas lo entiende a la primera: tiene que encontrar al padre para quedarse con la hija, tiene que convertirse en un héroe.

Corte a: Semanas después, Lucas encuentra al papá de Paula.  

El día en que han quedado para emboscarlo ella está pero él no llega. Se le fue la mano con las pastillas: Lucas tirado en un colchón y en el piso los discos de Pixies y Fiona Apple y El Retorno de Exxon Valdez, también, el frasco de tapa blanca casi vacío. No fue su culpa, las pastillas parecen caramelos. Lucas está cerrado por mal viaje. Lucas es el cadáver de una fiesta sin invitados.

Paula siente que la dejaron sola. La han dejado sola muchas veces. La soledad te maltripea durísimo. Está recostada contra una columna de azulejos verdes. Paula toma una decisión. Se queda. Qué chucha. Se da la vuelta para ver al primer hombre que la abandonó y lo peor es que parece un tipo sin onda, un  man whatever con una vida whatever, un tipo de camisa blanca y pantalón gris cualquiera, anillo de matrimonio en la mano, que va por la vereda con su esposa y un niño pequeño que no para de llorar. Paula quisiera no sentir envidia, no querer lo que todos quieren, no tener que armar su vida sabiendo que le faltan piezas.

Lo vuelve a llamar. El celular está prendido, timbra, es Lucas el que se quedó sin batería, apagado. Paula va a rescatarlo.

Está preocupada.
Está nerviosa.
Está embalada.

Está sintiendo cosas que hace rato no sentía por nadie, ni siquiera por ella misma. Paula está poniendo sobre la mesa la primera pieza de un nuevo rompecabezas.

Llega corriendo al pasaje San Francisco 300, los pulmones trabajando a su máxima potencia. Ya no más soledad, por favor. Sube las escaleras. No valgas verga, no seas ese man. El pasillo es amarillento, como las postales. No seas otro man que vale verga. Toca la puerta. Toca la puerta hasta que le sangra la mano. Lucas, Lucas. Ábreme, ¡Lucas! Toca la puerta. Toca la puerta hasta que deja una mancha de ADN con astillas. Y cuando Lucas abre Paula se da cuenta de que el mancito nada que ver ha visto algo en ella. Lucas volvió de su peligroso sueño. Paula lo abraza, esta vez, de verdad.   

La pusher saca algo de su mochila. No es un frasco de pastillas, es el antídoto. Una grabadora Sony, de casete, noventera, auto shut off, cue & review function. ¿Qué es la felicidad para ti? La pregunta que registra la cinta es un proyecto personal con el que Paula pretende que los extraños le hablen de cosas personales. Lucas la mira y en esa mirada está su respuesta. La cicatriz. El piercing. Una camiseta de los Ramones. Paula. 

(SoHo / octubre, 2012 / ilustración de Marco Chamorro) 

10.18.2012

Ciudad Crónica


Lo dije y lo sostengo: ir al Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias fue como ir a la Copa América. Con una diferencia clave, este fue un choque en el que todos ganamos, jalamos más parejo y para el mismo lado. Lo curioso es que cada uno jala desde sus principios y está dispuesto a desollarse las manos con la soga de sus preocupaciones. Y es sobre esa cuerda tensa por donde caminamos.

En la fiesta de clausura un colega se me acercó y me dijo, en algún lugar entre el vodka y la salsa, que el periodismo puede hacer cambios, que uno debe ocuparse de los temas que le afectan a la mayoría, mejorar o intentar mejorar el mundo que nos tocó. Yo le dije sí, perfecto, pero tú tienes tu mundo y yo el mío y en el universo hay espacio para ambos. Mi apreciación hippie no le causó gracia, a tal punto que me dijo, de la manera más amable, que estaba dispuesto a que nos fajemos en la calle si con ello lográbamos estar en desacuerdo. No peleamos. Al contrario, brindamos, como suele ocurrir en ese tipo de eventos. Pero fue evidente que cada uno tenía su esquina.

Cuando me preguntan por qué no persigo temas serios, por qué no hablo del poder o de los poderosos, siento lo mismo que cuando mi mamá me reclama porque no me hice médico. Si yo fuera doctor habría más muertos al día, así de simple. De la misma manera, creo, uno debe enfocar el poco o mucho talento que tiene en aquellos temas que lo hacen tropezar en la calle, olvidar las llaves dentro del departamento o ponerse las mismas medias toda la semana. Esto puede ser un negociado petrolero entre Latinoamérica y Asia o, digamos, la biografía definitiva de Charly García. El tema no te hace más o menos periodista. El tema, al final, no es el tema. Se trata del escritor o periodista o como quieran llamarle, se trata de las horas que pasa investigando, redactando, leyendo en voz alta un párrafo maldito hasta que suene como una canción.

Se dijo que no vale la pena escribir sobre los freaks y yo me puse a pensar en El hombre elefante, la película de David Lynch, y en que esa es una crónica oscuramente tierna e inhumanamente humana. Se habló de las intrigas al interior de las multinacionales que envenenan a la población con sus negociados, y yo no pude estar más de acuerdo con esa batalla pero también pensé en cuánta gente, día a día, minuto a minuto, es afectada o quizás hasta contaminada por sustancias como el reggaetón y nadie, o parece que nadie, se va de gira con Daddy Yankee para contar su historia y saber cómo los versos “Ella explota como en Irak / Guilla como pipa de crack / Mami vente al Web Cam” pueden seducir a miles de latinoamericanos. ¿Cómo pueden esas líneas moldear la moral de un continente?

Durante tres días intensos, que sospecho tuvieron más horas que los demás días, se habló de crónica en el Castillo de Chapultepec y en el Museo de Antropología de la Ciudad de México. Y si algo quedó –me quedó– claro es que el género no necesita consenso sino debate. Y quizás haga falta partirnos la cara para luego abrazarnos hinchados y sangrantes antes de sentarnos a conversar. Ya si nos vamos a romper las narices mejor que sea por una buena causa. 

(Revista Ñ del Clarín, 17/10/12) 

10.15.2012

New Girls on the Block


Dicen que Girls es la nueva Sex and the City. No me consta, nunca me importaron las aventuras de Sarah Jessica Parker y compañía, a lo mucho, creo, vi la mitad de un episodio doblado al español y no me provocó ver más: entre otras cosas porque según yo esas señoras sobredimensionaban sus problemas para tener de qué hablar con sus amigas, pero es sólo mi opinión. Por otro lado, Lena Dunham, creadora y protagonista de Girls, me atrapó de una y fue como encontrar el amor en una cita a ciegas.

Hannah, el personaje con el que Dunham se cuenta su propio cuento en la nueva serie de HBO, no es sólo el palíndromo que se le olvidó a Todd Solondz, es una chica veinteañera con libras de más y centímetros de menos que habla con la verdad. No será la verdad absoluta, eso no existe, pero sí su verdad y en ella hay mucho más vida real que en cualquier reality de horario estelar. Con una sola frase, Hannah puede hacerte llorar. Me refiero a cosas como “no tengo un poco de sobrepeso, tengo trece libras de sobrepeso y ha sido horrible para mí toda la vida”.

De esas, frases con onda y sin poses, hay varias por capítulo y es esa carga de honestidad y buen humor lo que hace que podamos mirar Girls a los ojos, de igual a igual, y hasta hacerle un par de confesiones. Pero mi sentencia favorita hasta la fecha –ya se confirmó una segunda temporada para el 2013– no la dijo Hannah sino Jessa, la preciosa y aventurera cuota británica, “hazlo por la historia”, dijo, y fue cuando Hannah creía que su jefe la acosaba sexualmente y de pronto contempló la posibilidad de acostarse con él sólo para saber qué pasaba después.

“Hazlo por la historia” debería ser lo primero que te enseñan en la escuela, vive primero y cuenta después, juégatela pero en serio, quémate las manos para comprobar que existe el fuego. Eso es lo que parecen estar haciendo las chicas de Girls, cumpliendo con su lema de vivir el sueño cometiendo un error a la vez, dejando un rastro de condones usados, rímel y pastel de bodas. Además, Hannah tiene tatuajes y esos tatuajes son ilustraciones de libros infantiles que le gustaban mucho cuando era niña, el que no se enamore con eso que lance la primera piedra.     

(El Comercio, 14/10/12) 

Disponible en Cuevana 

10.08.2012

El Caballero de la Noche Regresa (esta vez en serio)


En julio pasado el mundo se partió en dos bandos, los que amaron El Caballero de la Noche Asciende y los que la odiaron. Muy a mi pesar debo incluirme en la segunda categoría. Y no es que haya sido íntegramente una tragedia, nada que ver, pero sin duda no estuvo a la altura de sus predecesoras. Para ser benévolos digamos lo mismo que han dicho muchos críticos: fue un final digno para la saga. Eso, un final digno pero no mucho más. Supongo que habían demasiados cabos que no podían quedar sueltos y eso comprometió el final de la trilogía. Sea como sea, ahora que ha pasado el temblor aparece una nueva esperanza.

De todo lo que se ha escrito y dibujado acerca de Batman, que es mucho y mucho de eso bastante bueno, uno de los mejores episodios se llama El Caballero de la Noche Regresa, del escritor Frank Miller. En esa novela gráfica, que recomiendo como otros recomiendan comulgar, encontramos a Bruno Díaz un poco entrado en años y retirado del oficio de vigilante por una década. Como cabe suponer, Ciudad Gótica está en manos de criminales y políticos corruptos (¿qué ciudad no lo está?), pero más allá de eso el señor Díaz está en manos de su propia psicosis y enfrenta la gran tragedia de su especie: al dejar de ser Batman, se ha quedado sin razón de ser, sin vida, y su clóset se ha llenado de fantasmas y esqueletos. Pero al ver la podredumbre que azota su pueblo natal, y contra las recomendaciones de Alfred, decide volver a sabiendas de que ya no está en edad para eso. Entonces, viejo y cansado pero todavía salvaje, recupera la máscara y la capa y enfrenta a una pandilla futurista conocida como Los Mutantes. Pero lo mejor no es eso sino que una vez derrotado el jefe de Los Mutantes –una criatura enorme como un gorila– los delincuentes juveniles se autobautizan como Los Hijos de Batman y ahí sí empieza lo bueno. Ciudad Gótica se confunde entre la anarquía y una revolución extraviada que no sabe bien qué es lo que quiere ni para quien trabaja.

Todo esto sólo es para decirles que El Caballero de la Noche Regresa ha sido adaptada al cine (en rigor, al video) en una película animada que consta de dos partes y cuya primera mitad ya se puede ver. Para mí esta es la auténtica venganza de los hijos de Batman, es decir de los fans que nos quedamos vestidos y alborotados –y tibios– con el final de la trilogía dirigida por Christopher Nolan. Ahora sí podemos ir en masa por las calles persiguiendo el origen de la batiseñal.  

(El Diario, 07/10/12)
  
Disponible en monsterdivx

10.02.2012

Grítalo fuerte



Mi hermana, mi hermano y yo teníamos en el cuarto de nuestros padres un baúl de tesoros. Estaba escondido en el mueble que sostenía al televisor y, justo abajo, guardaba al VHS.

No había cable, eran tiempos más sencillos y nuestro tesoro se medía en los casetes que usábamos para grabar las películas dobladas al español que pasaban en la televisión abierta. Las Guerras de las Galaxias, Indiana Jones,  Karate Kid, Rambo, Rocky, Desaparecidos en acción, La venganza de los nerds y joyas por el estilo. Tenerlas y saber que las podíamos ver una y mil veces era suficiente para que ese cuarto fuera nuestra habitación del pánico, el lugar donde podíamos estar seguros.

De esa generación de películas, una de las que más vi, de las que repetí hasta aprenderme de memoria los movimientos como si de una coreografía se tratase, fue KISS Meets the Phantom of the Park. Estoy seguro de que en Ecuador la pasaron con otro nombre, tal vez se llamaba KISS y los talismanes mágicos (recuerdo claramente que había talismanes de donde los cuatro héroes obtenían sus poderes) o KISS contra los robots (recuerdo claramente que peleaban, entre otros, contra robots) o quizás, conociendo a la mitad del mundo, se llamaba simplemente KISS, la película.


El caso es que KISS tocaba en un parque de diversiones y, días o puede que haya sido tan solo horas antes del concierto, el malo, un científico loco llamado Abner Devereaux (el nombre lo conocí hace cinco minutos y no me aguanté las ganas de mencionarlo) lograba clonarlos con robots y subir al escenario a esos impostores. El plan de Abner Devereaux era convertir a todos los fanáticos de KISS en zombis o clonarlos y hacerse con un ejército de robots o algo así, la verdad no lo recuerdo, pero el asunto era perverso. Y entonces, justo a tiempo para salvar al mundo, los KISS originales lograban escapar de donde fuera que estuvieran cautivos y, con la ayuda de una chica muy guapa, enfrentaban a sus clones y como no podía ser de otra manera les partían su mandarina en gajos. Luego tocaban Shout It Out Loud y Rock and Roll All Nite. Para ese punto yo ya estaba saltando sobre la cama o golpeando tarros de galletas o ambas cosas al mismo tiempo.

En esa película se cumplía una fantasía imposible y por eso mismo olímpica: el héroe de acción y la estrella de rock se juntaban en un solo personaje, como una incontenible fuerza de la naturaleza. Era demasiado. Era todo.

No sé cuándo fue la última vez que la vi, cuándo la empecé a sentir ridícula, cuándo la abandoné. Pero hace unos días volví a ver a KISS… mejor dicho los vi tocar en vivo por primera vez en mi vida. Y durante unas horas volvieron a ser mis héroes.  


El concierto fue el sábado 29 de septiembre en el Foro Sol de la Ciudad de México. Antes del milagro, sonaron por los parlantes Rock N’ Roll de Zeppelin y Won’t Get Fooled Again de The Who, y supe que los monstruos estaban calentando la garganta con rayos de fuego. KISS apareció cerca de la media noche, como cumpliendo con una leyenda. Un telón inmenso con su logo impreso en tamaño gigante se vino abajo después del clásico you wanted the best, you got the best, the hottest band in the world… Abrieron con Detroit Rock City, pero eso no fue lo mejor sino que llegaron bajando en una pequeña tarima, como si una nave los hubiese depositado directamente en el escenario desde el espacio exterior y esa fuera su escotilla. Fue como viajar al futuro. Fue como viajar al pasado. Fue como estar en un lugar congelado dentro del tiempo donde siempre existirá KISS y siempre será igual: cuatro extraterrestres empujando un asteroide, sin edad ni identidades secretas, criaturas mitológicas de la noche, criaturas con poderes.  

Y los poderes de KISS no son sólo musicales y hasta quizás hasta sea apropiado decir que en su caso la música es sólo un tele transportador de materia.

Pongámoslo de esta manera: si el planeta Tierra enviara a una galaxia lejana un conteiner impulsado por un cohete, cumpliendo así su parte de un intercambio cultural, en esa bodega ambulante con lo que consideramos más representativo de nuestra civilización, aquello que nos representa y en el mejor de los casos nos justifica como especie, no se incluiría ningún álbum de KISS –que dicho sea de paso sería una gran injusticia con ALIVE II– pero sí una foto y ojalá también un video en concierto. KISS tiene un valor estético milenario y de aquí a varios siglos pude que hasta los estudien en museos post-apocalípticos buscando en sus ojos los rastros de nuestra civilización, como lo hacen ahora con Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad.


El show de KISS tiene mucho de rock pero mucho más de pirotecnia y circo. Es como ir a Disney, como subirse a la montaña del espacio –si es que todavía existe– y terminar el día con la mirada encendida por los fuegos artificiales que parten el cielo, sobre la torre más alta del castillo, donde seguramente una princesa melancólica escucha Beth y suspira por un Hombre Gato. Por eso siguen dando vueltas por ahí, por eso nadie los puede igualar: porque ellos en su juego son los mejores, después de todo inventaron un juego propio con sus propias reglas, su propio tablero inflamable y su propio andar rockero al pasar por GO con una guitarra eléctrica colgando de la espalda.

Hay mucha gente que toca mejor o de manera más vanguardista, mucha gente que compone letras más profundas o más subversivas (¿algo más subversivo que querer rock toda la noche y fiesta todo el día?), gente que hace música como otros pintan murales y en una canción acomodan la vida entera, pero, a diferencia de KISS, ninguno  de ellos puede volar. Cuando Paul Stanley se desliza a centímetros de distancia del público –los brazos de los fans levantados en armas, los dedos rozando las botas del Niño Estrella–  hasta la mitad del campo, vuela y estando allá jala el gatillo de su Love Gun, la diva se cocina al dente en la hoguera de las vanidades. Cuando Tommy Thayer y Eric Singer (un KISS experimentado) se quedan solos en el planeta-escenario, un poco como Page y Bonham en el estómago de Moby Dick, el corazón del público se salta un latido, arde con la guitarra lanza llamas y canta alabanzas en las escalinatas de esa catedral que es una batería. (Nada de eso, claro, hubiese sido posible sin Ace Frehley y Peter Criss, sin la ilusión de pensar que mal que mal también los estamos viendo a ellos). Y Cuando Gene Simmons hace ruidos diabólicos con el bajo invocando al señor de las lenguas vivas, bota sangre por la boca, vuela hasta la rama más alta del árbol de metal del que brotan luces y allá arriba mágicamente concibe un micrófono, el demonio toca y canta God of Thunder y estamos ante lo que se conoce como una presencia del más allá: por mucho menos se fundan iglesias todos los días.


Como en aquella noche lejana en la que detuvieron a los maleantes de Abner Devereaux, KISS vino  y salvó a la buena gente de  México de los malos.

De madrugada, cuando llegué a casa, tenía un mail de mi hermana preguntándome cómo iban las cosas en el DF. Respondí con copia a mi hermano. Les conté que venía de ver a KISS, que es el mejor show que he visto en mi vida, y les pregunté si se acordaban de la película que teníamos grabada en VHS porque ver a KISS es como estar dentro de esa película. Y con eso quise decir que todo está bien. 

9.10.2012

La doppia ora


Al final todo tendrá sentido y habrá valido la pena, no se desesperen. Cuando lleguen los últimos minutos y los cabos se aten como por arte de magia, cuando las alucinaciones y los engaños y las pesadillas ocupen su lugar en el rompecabezas, verán que se trata de una historia de amor. Un amor enfermo, sí, dañado incluso, pero apasionado y demente como pocos. La clase de amor que salpica a quienes lo rodean y dispara balas perdidas que tarde o temprano terminan en la cabeza de alguien.

La doble realidad comienza en la habitación desarreglada de un hotel en Turín, Italia. Hay una chica viendo la televisión pero distraída en otra cosa, y una camarera, Sonia (la actriz rusa Ksenia Rappoport), que limpia el baño con una esponja. La chica se suicida sin explicación alguna y esa es la primera señal de que la vida de Sonia, que parece tener la cabeza siempre en otro lado, no es para nada normal. La volvemos a ver sentada a una estrecha mesa durante una sesión de speed dating, un ritual posmoderno de citas exprés que se propone juntar almas gemelas en cinco minutos o menos. Allí, Sonia conoce a un ex policía, Guido, que carga en la mirada la ausencia de su esposa, muerta hace tres años. Esto es clave. Guido tiene adentro un dolor, un hueco, que no lo deja maniobrar con soltura y lo empuja hacia los polos de la soledad: puede tener sexo del que lo satisface por unos minutos o meterse de cabeza en una relación que, desde el principio, se siente extraña. Y lo es. Luego de un asalto en el que Sonia resulta herida, la película toma un camino distinto, raro, decide contarse a través de una serie de espejismos que revelan el inconsciente de su personaje principal, acostada en la cama de un hospital, en coma. Así se revela, de manera mezquina, sin darnos muchas luces, el gran plan: un robo millonario en el que Guido está siendo manipulado por Sonia y su verdadero novio. Esto lo sé ahora, después de casi una hora frente a la pantalla preguntándome, ¿qué es lo que está pasando aquí?   

En el año 2009, La doble realidad ganó tres premios en el festival de Venecia: mejor actor para Filipo Timi (Guido), mejor actriz para Rappoport y mejor película, dentro de la sección de nuevo cine italiano, para el director Giuseppe Capotondi. Los tres premios, creo, son al riesgo. La historia se descuadra y a ratos hasta se paraliza a propósito, nos pide paciencia, que le sigamos el juego, que pongamos de nuestra parte, y corre el riesgo de perdernos. Solo al final del camino, mirando hacia atrás, nos damos cuenta de que siempre fuimos hacia delante.

(El Diario, 09/09/12)      
 

 Disponible en Cuevana.

9.03.2012

El Nobel para Bob


Dentro de un mes, cuando la Academia Sueca decida a quien otorgar el Premio Nobel de literatura, Bob Dylan estará en su casa preparando maletas para viajar a Winnipeg, al sur de Canadá, donde tocará la noche del 5 de octubre en el MTS Centre, hogar de un equipo de hockey llamado los Jets.

Su persona de confianza, que podría ser Cat Power o Charlotte Gainsbourg o quizás sean las dos, le dirá que un tipo de acento raro pide desesperado hablar por teléfono con él, que ésta es la tercera vez que llama, que parece importante. El viejo Bob, que ya pasó los setenta y sabe distinguir las prioridades en la vida, dirá que no tiene tiempo para atender a extraños, que está ocupado, y seguirá mirando sus sombreros dispuestos en filas sobre la cama, sin saber cuál llevarse de tour. ¿El azul? ¿el negro? ¿el gris?

Mientras tanto, en Estocolmo, el encargado de comunicar la noticia a los ganadores no sabrá cómo decirle a sus superiores que el señor Zimmerman, como le dicen a Bob los académicos, no parece tener la menor intención de atender el teléfono. El pobre sueco llamará a su mujer y le preguntará qué hacer. Ella, que dejó de usar suecos a los quince años después de un accidente ocurrido durante una coreografía colegial, y que algo tuvo que ver con la decisión de premiar al músico de Minnesota, le dirá que, primero, se calme, segundo, vuelva a insistir y, tercero, no olvide comprar la albahaca para el pesto.  

Bob se parará frente al espejo con un nuevísimo sombrero de piel de leopardo sobre la cabeza, y pondrá esa sonrisa que apenas y le acomoda el comienzo de la mejilla. El teléfono volverá a sonar y esta vez un Dylan tranquilo y en paz consigo mismo tomará la llamada en la cocina. El sueco, que a siete horas de distancia en el futuro se estará peinando el pelo que despeinó en la espera, le dirá con tono solemne que ganó el Premio Nobel de literatura. Bob cerrará sus ojos azules por nada más que un segundo antes de decir: solía importarme, pero las cosas han cambiado. Colgará el teléfono, dará un salto y juntará los pies en el aire como Chaplin. Será feliz, pero nunca se lo dirá a nadie.

(El Comercio, 02/09/12)  



Y de yapa, el nuevo video de Bob, Duquesne Whistle, de su álbum Tempest, modelo 2012.