11.12.2012

Una noche con Ruby Sparks


La conocí en una película. Tendría que decir que fue dentro de una película aunque yo estaba afuera, al otro lado del mundo. Suma veintiséis años, es pelirroja, tiene los ojos más azules que haya visto en mucho tiempo y usa ese tipo de ropa interior adolescente que evidentemente no lo es aunque esos sean sus propósitos. Le gustan las piscinas y el cine de terror. También le gusta cocinar –su meatloaf es increíble– y cada vez que llora la nariz se le pone roja como la de Rodolfo el reno. Se llama Ruby Sparks y es perfecta. Ese quizás sea su único defecto.

Ruby es un invento del joven escritor Calvin Weir-Fields, el protagonista de la película. Y Calvin, algo así como un niño-genio-sentimentalmente-autista, se la inventó para tener de quién enamorarse. Así como lo oyen. Creó un personaje a la medida para su nueva novela y de un  día para el otro, sin más pistas que un sostén en el sofá y una rasuradora rosada en el baño, Ruby Sparks se materializó y se convirtió en su novia y comenzaron a ser felices de una manera insospechada. Entonces Calvin dejó de escribir porque dijo ya para qué… hasta que Ruby se le fue de las manos.

¿Es real?, se pregunta Calvin. ¿Está enamorada de mí? Las respuestas son no y por supuesto que no. Pero se besan y salen a bailar y hacen el amor y eso, aunque sea mentira, es mejor que la verdad. Por eso mismo Calvin vuelve a escribir, para retenerla a su lado, y en la voluntad de sus letras está el destino de un pequeño y colorido universo llamado Ruby Sparks, y está el agujero negro que se los traga a los dos. El amor metafísico, como todos los otros amores, tiene su punto muerto y se convierte en el tiburón que se hunde sin vida ni rastro de sangre.  

Ruby Sparks es una mujer –¿una chica?, ¿casi una niña?– irresistible y una película encantadora y valiente. Una comedia romántica mezclada con traumas literarios, filmada con una estética medio hipster y no por eso de moda o sólo de moda. Ojalá fuese un documental y en cada pueblo hubiese una Ruby para cada Calvin. Aunque a juzgar por la escena final parecería que sí, que es verdad, que Ruby existe.

(El Comercio, 11/11/12) 
  Disponible en Cuevana.

11.08.2012

El Camello III

Blues


A finales de los noventa salimos del colegio y con ello acabó una larga temporada en  bandas de covers en lo absoluto exitosas o populares. Nelson y yo nos fuimos cada cual por su lado y no volvimos a tocar juntos sino hasta uno o dos años después, cuando nos encontramos en Quito, ya en la universidad. Sin que pueda explicar cómo o por qué, ambos habíamos llenado parte de ese tiempo descubriendo y escuchando discos de blues.

La primera banda que tuvimos en la capital, junto a otros dos músicos portovejenses, se llamaba Vereda Blues y en principio se dedicaría exclusivamente a blusear. Eso nunca pasó. Enseguida nos convertimos en una banda de rock clásico que tocaba un blues muy de vez en cuando (Red House, de Hendrix, era mi preferido), pero desde ahí, intuyo, desde ese aterrizaje y esas tocadas en las que conocimos gente que tenía muchos más discos de los que teníamos nosotros –muchos de ellos discos de blues– nos quedamos con la pica.

11.05.2012

La sangre de Romeo

“You ever wonder what hell is like?
Maybe it ain’t the place you think.
Fire and brimstone?
Devils with horns poking you in the butt with a pitchfork?
What’s hell?
The time you should’ve walked…but you didn’t.
That’s hell.
You’re looking at it.”

11.02.2012

El camello II



La melodía de esta canción es tan… cómo decirlo, ¿amigable?, que teníamos que dañarla de alguna manera. Cuando ocurren cosas como esa pensamos en el principio con el que Kurt Cobain componía muchas de las canciones de Nirvana, algo así como juntar las melodías de Los Beatles con la maldad de Black Sabbath. Y ya que teníamos una canción que casi y podría tocarse en el lobby de un hotel mientras familias cristianas disfrutan de un buffet mediterráneo, decididnos ponerle una letra suicida.

La primera estrofa es, evidentemente, una confesión de primera mano: llevamos años tocando y estamos sordos y maltrechos pero lo seguimos haciendo. Ahora bien, lo hacemos porque de alguna manera tocar nos mantiene con pulso, pero también nos genera frustraciones, nos hace daño. Hemos visto bandas desaparecer porque la música independiente en el Ecuador es insostenible, o gente que lleva más de diez años “en el negocio” y aún tiene que vender un carro o hipotecar su casa cada vez que quiere grabar un disco. Este tipo de traumas te comen el cerebro, te causan insomnio y una persona que no puede dormir no puede hacer mucho más tampoco.

10.29.2012

Para Roma con amor


Nadie necesita razones para querer ir a Roma, después de todo, Roma es Roma y eso ya es bastante, pero digamos que la nueva película de Woody Allen acelera ese deseo y a uno le dan ganas de cerrar los ojos, teletransportarse y aparecer en la capital italiana justo después de terminada una escena, digo, para no interrumpir el rodaje. Eso pasa porque Woody filma desde la república del cariño, porque es un director agradecido y generoso que neurosis mediante se ha dado formas para encontrar belleza en todo lo que encuadra.   

En la película se cruzan varias historias que no necesariamente pasan al mismo tiempo, y aunque unas son mejores que otras –lo reconozco– todas tienen su encanto porque, como ya sabemos, en cada cinta de Woody Allen está uno de sus mejores momentos o cuando menos una de sus mejores bromas. En este caso ese primer gran momento sucede justo cuando Woody aparece en pantalla, sentado en un asiento de primera clase dentro de un vuelo que atraviesa áreas de turbulencia. Nuestro héroe se pone nervioso y, cargado de la temblorosa ironía que lo acompaña, le dice a su esposa (la gran Judy Davis), “Genial, una turbulencia, lo que más me gusta en la vida. No me puedo relajar cuando hay turbulencia porque soy ateo”, y segundos después, cuando hablan sobre el futuro esposo de su hija al que van a conocer en Roma, Woody vuelve a ser el tipo más gracioso e inteligente del mundo cuando dice, “El chico es comunista, a su edad yo era de izquierda pero nunca fui comunista, ¡ni siquiera podía compartir el baño! Yo quiero que mi hija se case con alguien a quien le importen las posesiones materiales, que tenga un yate, un Ferrari, una villa en el campo, ¿acaso no te gustaría que nuestra hija se case con basura europea?” Y yo diría que ya con eso valió la pena ir al cine y pagar la entrada para pasar un momento en la compañía del más grande.

A esos inolvidables momentos Allen le sumaría la historia romántica y metafísica protagonizada por Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page, una especie de visita de la navidad pasada enfocada en una mujer irresistiblemente psicótica. Y también le sumaría los episodios de Roberto Benigni, un tipo común y corriente que de la noche a la mañana, sin razón aparente, es acosado por los paparazis y arrinconado por las preguntas más tontas y ya clásicas en la vida de los “famosos”, “¿Qué comió usted durante el desayuno?, ¿prefiere el pan tostado o al natural?” Con esto, Woody hace algo del cine político que siempre le han reclamado, y lo hace de la mejor manera: llevando la estupidez de la farándula al humor de lo absurdo.   

(El Diario, 28/10/12)     

10.25.2012

El Camello


El personal de Plan Arteria nos pidió que contáramos cómo se hicieron las canciones de nuestro tercer álbum, Por la boca muere el Pez, para inaugurar una nueva sección dedicada a la carpintería detrás de la música.  Lo haremos en entregas semanales, track por track, que empiezan de la siguiente manera... 

1. Normal

La primera canción del disco fue la última en componerse. Si no me equivoco salió de uno de esos temas que nunca acaban de cuajar, mucho más largo y ambicioso, que tenía la misma estrofa –un poco más lenta–, un final interminable onda Velvet Underground y el mismo coro. De hecho, lo primero que escribimos fueron estas tres líneas: ¿Les parece normal / Estar en mi lugar? / Llegar sin avisar. Nos pareció que sonaba bien, como el camino hacia algo que no sabíamos qué era. Pasarían meses enteros hasta encontrar la última línea del coro y, a través de ella, el resto de la letra.

Estábamos en el apartamento que Nelson alquilaba en Los Ceibos, al norte de Guayaquil, yo había llegado de Quito casi corriendo, el disco tenía que pasar a mezcla en unos días y necesitábamos terminar las letras para ayer. La versión final había quedado más corta, reduciéndose a su mínima expresión y a su máxima potencia, un tema rocker y guitarrero de esos que Nelson y yo calificamos como “para escuchar cuando vas en la moto” aunque ninguno de los dos tenga una. Recuerdo que aterricé con una frase en la cabeza, la de una amiga que me había dicho: lo peor del amor es que tarde o temprano todo el mundo vale v***a.