7.22.2013

Titanes vacíos


Seamos francos, todos queríamos ver Titanes del Pacífico por una sola razón: Guillermo del Toro. El director mexicano, titán chilango del cine en español, ya había pasado por Hollywood con muchísimo éxito cuando se hizo cargo de Hellboy, el antihéroe borracho, mal genio y masculinamente inmaduro que vino del infierno, en dos partes que están entre lo mejor que hasta ahora se haya adaptado de un cómic. Por eso, cuando supimos que le habían dado 180 millones de dólares para hacer una película de robots gigantes contra monstruos de ultramar, pensamos, “bueno, si alguien puede hacer que algo así funcione, ese es del Toro”. Y eso es todo lo que nos queda: robots gigantes y monstruos de ultramar sacándose la madre. 

Para explicar este coloso que de tan pesado y estridente apenas logra moverse, existe una teoría basada en los cálculos del chisme. Del Toro aceptó dirigir esta película al apuro y a ciegas porque cargaba sobre sus hombros dos frustraciones enormes: no haber podido filmar la obra del escritor norteamericano de weird fiction H. P. Lovecraft ni la versión que quiso del Hobbit, que terminó en manos de, claro, Peter Jackson. Solo así (y a ratos ni así) se entiende que en la obra de un director que ha subrayado la humanidad de sus personajes entre Faunos y momias nazis calce una cinta como esta, preocupada por el espectáculo y que seguramente, como dice uno de los personajes al principio, termine convertida en juguetes para cajitas felices. 

Quisiera poder hablar de algún personaje pero ninguno se quedó en mi retina y a solo unas horas de haberlos conocido casi los he olvidado por completo. Me quedo, eso sí, con la batalla de Gipsy Danger y alguna criatura cuyo nombre no pesqué en las calles de Hong Kong, secuencia digna del Cirque du Soleil aunque resulte difícil creer que con semejante rigidez, un robot de esas proporciones y que necesita recibir diez órdenes distintas antes de mover un dedo pueda someter a un dinosaurio cabreado (a la final, eso son, ¿no?). De los “seres humanos”, nada. Ni sus diálogos en tono de discurso con doble moral (Top Gun / Robotech) que llegan al colmo de la vergüenza ajena cuando se pronuncia la frase “hoy vamos a cancelar el apocalipsis”; ni sus traumas infantiles y baratos y llorones; ni ese final amarillista y rosa. 

Tengo la esperanza de que del Toro se haya vengado, si eso es lo que buscaba, o por lo menos se haya dado gusto detonando todos sus antojos de embarazado en la gran explosión submarina. Ojalá le quede algo de esos 180 millones para hacer una película de verdad.

(El Diario)

7.15.2013

On The Road Again


Exterior. Cordillera. Atardecer. Un pequeño auto toma las curvas lo mejor que puede y avanza entre las montañas. La carrocería transpira gotas de frío. Viene tan cargado que las llantas ruedan aplastadas y pareciera que el chasis está a punto de raspar la carretera en cualquier momento; en el asiento trasero, entre bultos y mochilas, distinguimos la cabeza de una chica. El paisaje podría El señor de los anillos: sierra maciza, verde, mística, y entre los cerros un valle de nubes que antoja cruzar a pie. 

Interior. Auto. Atardecer. Los bultos son instrumentos musicales: una batería completa, una guitarra, un amplificador. El baterista va manejando y el guitarrista en el asiento de al lado. La chica, que tiene la cabeza recostada contra la ventana, duerme o se hace la dormida para que no la molesten. Están viajando de Cuenca a Guayaquil, donde pasarán la noche, para seguir al día siguiente hacia Manta. Llevan una semana en estas, viajando y tocando, viviendo en casas ajenas, fumando después de los conciertos para dormir mejor. Ambos tienen más de treinta años y ninguno parece estrella de rock. 

Hablan del Amor Brujo, un helado artesanal que venden ciertas tiendas de barrio en Cuenca, que tiene el color de la mantequilla de maní con rayos de mora, y un sabor confidencial que nadie pudo explicarles. El dueño de un local de tatuajes les contó que lo vende también por litro, dentro de una tarrina y sujeto a una paleta gigante. En este momento ambos se preguntan cómo será comerse un Amor brujo acompañado de un Diamante Azul, una pastilla con las propiedades del ácido que te llena el cuerpo de felicidad, como el helado.

 Al llegar a la costa, el camino se vuelve plano y el auto empieza a rebasar camiones y buses. Las gotas de frío se convierten en piel de polvo. La chica despierta y dice que tiene hambre. Aún faltan dos tocadas, dos noches, dos bares, dos escenarios. Muebles pegajosos en los que acostarse mientras alguien conecta los cables de la prueba de sonido. Otro viaje apretado por la madrugada. Brazos y piernas temblando de cansancio y de ruido. El zumbido en los oídos. Dos o tres segundos de gloria. 

(El Comercio)


7.08.2013

Taxi Driver


Entre mi casa y el nuevo aeropuerto de Quito hay cuando menos una hora de viaje. Es sábado, son más de las tres de la tarde y debo tomar un vuelo que sale antes de las cinco. El servicio de transporte que reservé hace más de veinticuatro horas lleva veinte minutos de retraso y cada vez que hablo con el encargado por teléfono me dice que la van está a la vuelta de la esquina, pero la van aparece recién después de la tercera o cuarta llamada, cuando son casi las cuatro de la tarde.

El chofer es un guayaquileño radicado desde hace varias décadas en la capital, que gracias al cielo conserva intacto su acento costeño. Cada dos minutos, cuando el velocímetro supera los 90 km/h, suena una alarma, un pitido que se repite un par de veces como diciendo “después no digan que no les avisé”. El chofer no le hace caso y aunque lo lógico sería pedirle que baje la velocidad me reconforta saber que él, consciente de que llegó tarde –por culpa del dueño de la compañía según dice– se está jugando la vida para que yo no pierda mi vuelo.

Acelera frena embraga mete cambio gira el volante y maniobra la van Huyndai como si se tratara de un Porsche, encajándola en el breve espacio que el resto de vehículos se permite mantener entre placa y placa. Para distraer mi mente de lo que parece una muerte segura, empiezo a interrogarlo. Repasar su vida, encontrar la secuencia y el significado de su existencia, creo, lo convencerá de preservar su futuro, y el mío.  

Justo cuando logra rebasar tres autos de corrido y esquivar un tráiler a tiempo para volver a su carril, me cuenta que aceptó este trabajo para bajarle un poco el ritmo a su vida. Hace unos años trabajaba administrando Night Clubs y pasaba toda la madrugada despierto, tragos y cigarrillos mediante, cuidando a las chicas y peleándose con borrachos indeseables. De vez en cuando, incluso, viajaba a Colombia para realizar castings y renovar el repertorio, pero eso estaba acabando con su hogar. Después de su temporada de chongos, el chofer se ocupó como guardaespaldas de artistas internacionales, y eso también era un problema: mientras los músicos disfrutaban de las chicas que él les conseguía, y la promotora del concierto se acostaba con el cantante de turno, el chofer permanecía atento y frustrado. Por eso decidió alejarse del mundo del espectáculo y convertirse en taxista. Al principio, me dice, estaba todo bien con su mujer pero no tan bien con su bolsillo, hasta que descubrió un secreto: además de pasajeros, nuestro héroe transportaba vicios y perversiones a domicilio. Sus mejores clientes eran una pareja de actores que además de recorridos le pedían esclavos sexuales y gramos de cocaína. A ella, me dice, le gustaban los negros grandes y aventajados; a él, en cambio, le gustaban los trans, hombres grandes disfrazados de mujeres grandes y doblemente dotados. Trato de imaginar la orgía, los actores jalados mirándose entre ahogos, besándose mientras los penetran con fuerza.

Ahora todo lo que quiero es pasar más tiempo con mi mujer, me dice el chofer a las cuatro y media de la tarde, cuando llegamos al aeropuerto. Me despido con un largo cuestionario enrollado bajo la lengua. Él debe regresar volando a Quito para recoger al siguiente pasajero, traerlo y luego alcanzar a su esposa en un bautizo del cual tuvo que salirse para ganarse estas carreras. Así avanza hacia su vida más tranquila, a toda velocidad.  

En el mostrador, una empleada de la aerolínea me dice que perdí el vuelo y otra, de mayor rango, me permite subir al avión segundos después: queda claro que hacen lo que les da la gana.

(SoHo) 

6.24.2013

Monsters House


Vemos un bus escolar que lleva pequeños monstruos a una excursión. Van a la planta de Monsters Inc., el lugar donde los asustadores profesionales realizan el heroico trabajo que mantiene con energía al mundo que hay detrás de ciertas puertas. Durante el paseo, uno de los pequeños, Mike Wazowski, cruza los límites trazados por su profesora y comete una travesura que le muestra, como un oráculo, la forma de su destino. Esa secuencia, poco menos que perfecta, habla por sí sola: la aventura es el atajo más divertido hacia el conocimiento.  

Quizás porque Monsters Inc. es una cinta de muchas maneras insuperable, sus creadores decidieron apostarle al pasado con una precuela universitaria, casi adolescente, que vale justo por la inmadurez de sus personajes y la simpleza de su argumento. Mike, convertido en universitario, llega a clases con la misión de ser el mejor asustador de todos los tiempos, pero su humanidad lo traiciona; su cuerpo verde, redondo, pequeño, y su mirada cíclope provocan más ternura que otra cosa. En esas conoce al joven Sullivan, descendiente de una estirpe de asustadores legendarios, y entre los dos, en formato pareja-dispareja, se gatilla una  historia en la que los débiles vencen a los fuertes y los cobardes se vuelven valientes. Y sí, Monsters University no será súper original, pero es una gran comedia de jóvenes que aún no saben qué onda, que tienen un sueño pero no mucho más y con eso tienen bastante.

Como se trata de una película sobre educación superior de tercer nivel, la bibliografía de referencias es otro de sus monstruosos encantos (todos los aplausos para la secuencia en que Mike y Sullivan asustan a los adultos de un campamento para niños, verdadera carta de amor y reclamo al cine de terror, comparable a La cabaña del terror). La vida en el campus, y las olimpiadas del susto que desarrollan buena parte de la cinta, son parientes de otra película sobre jóvenes inteligentes y en desventaja como Mike, La venganza de los nerds. La presencia de la decana Hardscrabble, su andar, su ropa, su tono y su moral hacen pensar que consiguió su puesto luego de haber trabajado en la secundaria Hogwarts de Harry Potter. La bibliotecaria, y quizás esto sea solo un espejismo fanático, me parece sacada de The Wall de Pink Floyd, ¿o no? Finalmente, en cuanto al tenebroso mundo de las fraternidades gringas se refiere, hay algo sacado de La red social: el deseo de rodearse de los mejores y así mantener las cosas en su sitio.       

“Tú no asustas, ni un poco, pero no le temes a nada”, le dice Sullivan a Mike casi al final, y con eso comienza el futuro que ya conocemos. La lección del día es clara: hay cosas que no se aprenden en la universidad. Vivo, asusto, me asusto. Luego existo.

(El Diario) 

6.20.2013

¿En qué piensa Mick Taylor?


Los Ángeles, California, 20 de mayo del 2013. Los Rolling Stones están tocando en el Staples Center, mejor conocido como la cancha de los Lakers. Sobre el escenario está Mick Taylor, el guitarrista que se separó de la banda hace más de cuarenta años y que ahora dobla las rodillas, apoya su Gibson Les Paul en el muslo, levanta el mango y toca el solo de Can’t You Hear Me Knockin como si no hubiese pasado ni un día.  

Mick Taylor tenía 20 años cuando subió a un escenario en el Hyde Park de Londres y debutó frente a más de doscientas mil personas como el nuevo guitarrista de los Rolling Stones, en julio de 1969. Grabó guitarras y compuso canciones para álbumes clave en años clave: Let It Bleed, Sticky Fingers, Exile On Main Street. Y renunció en el 74, días después del lanzamiento de It’s Only Rock n’ Roll, porque claro, tocar en los Stones no era sólo rock n’ roll.

Taylor ha dicho que Mick Jagger no le dio el crédito de compositor en varios temas y que Keith Richards, quizás por envidia, nunca lo aguantó del todo. Ha dicho que por esos años era adicto a la heroína y que el ambiente, el tour, la joda, habrían acabado con él y con su familia. Y también ha dicho que desde el principio sintió que no estaría en la banda por mucho tiempo. Ser un Stone no es sencillo, no se trata de tocar bien, a ratos ni siquiera se trata de tocar.

Lo veo desde las alturas, sección PR9, fila 7, silla 11. Mick Taylor tiene barriga, el pelo largo y canoso, y parece más saludable que el resto. No tiene aura de peligro ni perfil de mito ni parece haber vuelto de la muerte como los otros, pero toca como los dioses. How does it feel?, me pregunto. Lo pudo haber tenido todo: todos estos años, toda esta gente a sus pies, todo ese otro planeta. ¿En qué piensa Mick Taylor esta noche? ¿Se arrepiente? ¿Valió la pena? ¿Se salvó?

La respuesta debe estar en sus sueños. Capaz duerme tranquilo en su casa de campo, lejos de todo, abrazando una almohada que huele a lavanda. O no. Sueña con limosinas y adolescentes bañadas en champaña y construye en sueños la vida que dejó ir. Al despertar hay una mancha de sudor en las sábanas.

(El Comercio) 

6.17.2013

Hay esperanza


Al formarme entendí que había hecho esa fila durante años. El jueves pasado, a las diez de la noche, estaba en la cola de un cine en Cumbayá esperando el pre-estreno de El hombre de acero. No éramos tantos como habría imaginado ni había gente disfrazada: lo más vistoso era un tipo que se había amarrado una toalla de Superman al cuello y la usaba como capa, a quien todos mirábamos con respeto.

Sentados en el piso, alrededor del canguil y el té helado que no llegarían a la sala, surgió la discusión que hombres de distintas edades, razas y religiones han tenido desde que el mundo es mundo, ¿Batman o Superman? Desde El caballero de la noche –que sigue siendo la mejor película de superhéroes de todos los tiempos– y a pesar de El caballero de la noche asciende, el murciélago de Ciudad Gótica lleva amplia ventaja. Una vez más escuché ese viejo y manoseado argumento, “Superman puede volar, es invencible, ¿cuál es el chiste?” Lo dijo un amigo al que le respondí, en un reflejo de fidelidad animal, “si te cabrea que Superman pueda volar quizás esta no es la película para ti”. Los fanáticos de Superman vamos a eso, a verlo volar, a verlo levantar autos con las manos, a verlo lanzar rayos de los ojos, a verlo estrellarse contra los edificios, a verlo rechazar balas con el pecho. Vamos a verlo hacer cosas que ningún hombre podrá hacer jamás.   

La proyección empezó bastante pasada la media noche y esa espera, accidentada y agónica, aumentó el vértigo. Para cuidarme de cualquier sorpresa antes de tiempo, había leído poco sobre la cinta: todo el mundo estaba de acuerdo en que es una gran película de ciencia ficción y una gran película de acción. Ambas cosas son ciertas, nunca antes –en el cine– habíamos tenido tanto contacto con Krypton, un planeta que, como el nuestro, se acabó por abusar de sus recursos y al cual viajamos en una misión de exploración. Y nunca antes habíamos visto a Superman brindar un espectáculo semejante. El director Zack Snyder nos ha hecho un regalo que compensa en algo –no en todo– nuestros años de espera y testaruda fe. Todo eso por lo cual Superman es súper, la velocidad, la fuerza, la falta de respeto a la gravedad y a los límites de la razón, se desborda por la pantalla como si el único propósito de la cinta, su único propósito, insisto, fuera recordarnos que estamos ante el hombre más poderoso de la historia.  

Al final, como le dice Superman a Luisa Lane, el símbolo significa esperanza. El hombre de acero no te deja ciego del asombro ni con ganas de arrancarte los ojos de la furia. Te deja con esperanza de lo que puede venir ahora que la leyenda ha vuelto a nacer y el futuro parece, otra vez, algo nuevo.

Y un último detalle: en esta película, Superman fue capaz de matar a uno de sus enemigos torciéndole el cuello, lo que significa que sería capaz de cualquier cosa. Ojo.

(El Diario) 

6.10.2013

Para aquellos a punto de pedalear


Supongamos que es la primera vez que vienes a Quito, que tienes la tarde libre y que andas en bicicleta; que en este preciso momento estás montado en el mejor vehículo jamás inventado. Es más, te voy a decir exactamente dónde: estás en el Parque La Carolina, el corazón del Quito moderno. Tu pie presiona el pedal y tu cuerpo se eleva.

Pedaleas por los bordes de la laguna, al interior del parque, mientras otra gente pedalea con más fuerza moviendo la máquina silenciosa de un bote descolorido. Te detienes sobre el lomo de uno de los puentes que cruzan el agua y la panorámica se tiende frente a tus ojos. Ahí está la colegiala que se fugó para verse con su novio, un chico mayor al que echaron de diecinueve colegios. Ahí está ese señor, la camisa planchada, el pelo entrecano echado todo hacia la izquierda, que esta mañana le dijo a su mujer que saldría a buscar trabajo y ha pasado el día jugando solitario en su celular, esperando que las cosas se arreglen solas.

Al salir de La Carolina, tomas la ciclo vía en la intersección de las avenidas Eloy Alfaro y República, rumbo al centro. Llegas al Ministerio de Agricultura y no te aguantas las ganas de pasar por entre las piernas de ese inmenso toro de metal, parado en medio de la plaza. Allí hay una estación de bicicletas públicas, rojas y azules como la bandera de la ciudad: ahora entiendes por qué viste tanta gente pedaleando un mismo modelo. La señorita que despacha las bicicletas te dirá que para usar una debes inscribirte, llenar un formulario, sacar un carnet y todo eso, pero tú sólo estás aquí por unos días y no tienes tiempo para formalidades. Esta noche, en el hotel, buscarás más información y sabrás que según las aspiraciones del municipio, para junio de este año serán 10.000 los usuarios inscritos o, como dice la señorita, “carnetizados”.  

Las llantas ruedan sobre los adoquines pintados de color naranja. La ciclo vía te lleva por la Avenida Amazonas hacia eso que los quiteños llaman La Zona, el distrito de bares y restaurantes y discotecas de toda clase, de todo precio, de toda calaña. Podrías bajar en cualquier café, tomarte una cerveza y dedicarte a ver la ciudad pasar. Te gustaría sentarte y contar cuánta gente de distintas razas vez en media hora –no por nada el Ecuador es el centro del mundo–, preguntarles de dónde son, ¿viven en Quito o están de paso?

Admítelo, no quisiste parar. Pedalear es cuestión de instinto y el instinto te obliga a seguir. Así, un poco a tientas, llegas al final de la Amazonas que es el comienzo del parque El Ejido, donde te recibe esa reducción del Arco del Triunfo que encara la Avenida Patria y te da la sensación de estar dentro de una maqueta. Das la primera vuelta rodeando el parque, mirando esa galería de arte al aire libre en la que encuentras réplicas de las pinturas más famosas del Ecuador, algunos trazos de genuino talento y, sobre todo, cuadros de estilo consultorio médico. La segunda pasada la das siguiendo la ciclo vía. Circulas entonces por el interior del parque, por los juegos para niños, la comida criolla, los jugos naturales recién exprimidos y los teatreros callejeros que tarde a tarde reúnen a su público cautivo sobre las tablas del césped.

Las sombras de los árboles se alargan como líquido sobre la hierba. Aquí viene lo duro. Sigues la ciclo vía por la Avenida 6 de Diciembre, a un costado de El Ejido, y pedaleas de subida hasta encontrar la Asamblea Nacional. Paras. Respiras. El corazón late más rápido que de costumbre hasta caer en un lugar común: eso de los 2.800 metros de altura no es broma. Con el aliento aún colgando de los labios llegas al parque La Alameda, oficialmente estás en el Centro Histórico del que tanto te han hablado y que quizás, después de todo, sea el motivo de tu viaje. Cruzas el parque y, decidido, tomas la calle Guayaquil que comparten buses y ciclistas. Aunque nunca has estado en Bangkok, intuyes que esto, pedalear por las calles estrechas del centro de Quito entre cientos de transeúntes, tiene un encanto asiático. 

Llegas a la pequeña plaza San Agustín y ahí, haciendo una derecha descomplicada, enfilas hacia la Plaza de la Independencia, el corazón del Quito antiguo. Esa casona con la bandera del Ecuador flameando sobre el techo es el Palacio Presidencial y esa iglesia, a tu izquierda, en cuyas gradas habitan pastores con megáfonos que te auguran el infierno aún sin conocerte, es la Catedral Metropolitana. Tienes razón, así comienzan muchas ciudades: una iglesia donde manda dios y una casa donde manda el hombre. 

Tu recorrido, sugerido por la revista que leíste en el avión, termina en la Plaza San Francisco, a las puertas del convento más celebre de la ciudad, al que deberías entrar. Miras el reloj, tu viaje ha durado apenas cuarenta minutos y sientes que has visto más y mejor que en cualquier city tour. ¿Por qué no habías pedaleado antes? ¿Por qué no pedaleas en tu  ciudad, en tu barrio, en tu calle? La gente pasa a tu lado haciéndole reverencias a Cristo, guardado en una caja de columnas de madera y paredes de vidrio. Tú miras la bicicleta, el milagro ya está hecho.

(Avianca en revista)