La gente reacciona. Varias mujeres dicen
que La Princesa Leia fue su primer ídolo, el primer personaje que las inspiró y
las llenó de fuerza para atreverse a ser diferentes y abrirse camino en un
planeta acaparado por hombres. Y varios hombres dicen que esa misma princesa
fue su primer amor, algo así como el descubrimiento de que al final sólo hay
algo por lo que en verdad vale la pena luchar y arriesgar la vida: una mujer.
Se siente un vacío, como si se hubiese ido
alguien realmente cercano. Supongo que así fue. Quizás no conocimos mucho o muy
de cerca a la actriz Carrie Fisher, pero ahora que vemos el espacio que ha
dejado sentimos el peso neto de su presencia: esa mirada que siempre estuvo
ahí, cuidándonos, y de pronto deja de vernos. Lo trágico de la muerte, dicen,
es quedarse atrás, tratar de seguir con la vida cuando ya no hay ganas de
continuar: su madre, la legendaria Debbie Reynolds, que siempre la había protegido
o querido proteger, murió tan solo un día después.
No fue una gran actriz. O tal vez sí. Nunca
lo sabremos porque nunca tuvo oportunidad de mostrarse mucho más allá del
personaje que la convirtió en lo que fue pero no le permitió ser nada más. Donde
sí se dejó ver, donde habló fuerte y claro y con voz propia fue en sus libros. Postcards from the Edge (Postales desde
el filo), su primera novela, es o debería ser uno de los mejores debuts
literarios en la historia y está entre lo más íntimo, arriesgado y esencial que
se haya escrito sobre las familias de Hollywood. Y Wishful Drinking (Mi vida en esta galaxia), una especie de monólogo-cómico-autobiográfico,
exhibe su lado más vulnerable y encantador: una princesa que entra y sale de
una torre donde pasa media vida bebiendo alcohol, tragando sorbos de Coca Cola
helada y tomando pastillas.
Queda claro que no pudo desprenderse de
las cosas que la ayudaron a vivir y limpiarse del todo. Pasa: uno se mete cosas
que luego no se puede sacar. Pero, además, ¿puede haber algo más bello que una princesa
borracha y drogada?, ¿puede haber algo más triste que una princesa borracha y
drogada?, no creo. Me consuela saber que hizo las cosas a su manera y que si
acaso no pudo escapar de su destino pues tampoco huyó de él. Protagonizó una
vida real que parece una película y nos dejó creer el resto.
Ha muerto La Princesa.
El espacio es infinito y eterno, ella
también lo será.
Larga vida a La Princesa.
En el espacio nadie puede oír tus gritos,
pero tu voz está colgada en nuestro pecho como una medalla que nos alumbra el
rostro con su resplandor.
Eran los dueños del mundo. En agosto de
1996, Oasis, acaso la banda de rock más popular de su generación, ofreció dos
conciertos a noche seguida en Knebworth, una aldea al sur de Inglaterra, donde
los grandes músicos británicos vienen tocando para largas y anchas y sudadas
audiencias desde comienzos de los 70’s. Fue histórico: las entradas se
vendieron a través de un sorteo para el que se habían inscrito más de dos
millones y medio de personas, y el grupo terminó convocando a un total de
250.000 fans, más público del que habían podido reunir Queen, Pink Floyd o Paul
McCartney en años anteriores en el mismo lugar.
Todo lo que pasó esa noche comenzó en
realidad y exactamente dos años antes, en agosto de 1994, con el lanzamiento de
Definitely Maybe, el primer disco de
la banda y dicho sea de paso el álbum debut que más rápido se ha vendido en la
historia del Reino Unido. A sólo meses de la muerte de Kurt Cobain, la figura
más visible y más sobreexpuesta y más vulnerable del grunge norteamericano (además de su mejor compositor), Inglaterra tomaba
por asalto el espacio que el líder de Nirvana había dejado vacío para reclutar a
cientos de miles de huérfanos de la tragedia en las filas del recién nacido britpop. Un año después, en 1995, la
conquista cobró dimensiones planetarias cuando apareció (What’s the Story) Morning Glory?, el segundo disco, una especie de
secuela más sofisticada pero también más amplia, elástica y generosa con el
público, que transformó a Oasis en la banda más grande del mundo en cuestión de
días: durante su primera semana en las tiendas se vendieron más de 300.000
copias.
Estas cosas parecen cifras, números,
récords impuestos por otros, rotos en su momento por Oasis y luego rotos de
nuevo por gente distinta (en el 2003, ya como solista, el cantante Robbie
Williams aumentó una noche al récord y llevó 375.000 personas a Knebworth),
pero son los capítulos de una historia que, como van las cosas, quizás jamás
vuelva a repetirse con ninguna otra banda de rock y que apenas empieza a
contarse en Supersonic, un documental
dirigido por Mat Whitecross (The Road to
Guantánamo y la entrañable Sex &
Drugs & Rock & Roll, ¡aguante Ian Dury!) y producido en complot por
James Gay-Rees y Asif Kapadia, responsables de Senna y Amy, sin duda dos
de los perfiles biográficos mejor logrados del cine de los últimos años.
Como para aumentar la intriga alrededor
de un suceso harto esperado por propios y extraños, la película se estrenó en
unas pocas salas europeas el pasado mes de octubre y se proyectó for one night only en los cines de
Estados Unidos. Y aunque se esté regando por todas partes en diferentes
formatos y plataformas, quizá lo más importante, la prueba irrefutable de su
impacto en una sociedad privada que ha devenido en secta a veces perseguida, es que nos hayamos
puesto a escuchar los discos de Oasis antes de verla y durante días y días
después de haberla visto.
Lo que nos pasó hace veinte años fue un
trastorno bipolar. Todavía éramos niños cuando empezamos a escuchar Nirvana,
amábamos Nirvana y nos guardábamos en sus canciones y gritábamos esas canciones
como si supiéramos lo que decían cuando en verdad no lo sabríamos sino hasta mucho
después, cuando por fin entendimos por qué esas canciones nos pegaron tan duro.
Oasis llegó cuando aún estábamos mareados y confundidos, cuando habíamos
entrado a la adolescencia a la fuerza, empujados por un suicidio, y supongo que
queríamos ganar y sentirnos bien después de habernos sentido como nos sentíamos.
Nirvana nos hacía preguntarnos si valía
la pena vivir.
Oasis nos prometía la vida eterna.
Ok. Volvamos.
Be Here Now
(el último gran disco de Oasis, ¿no?)
La película merece ciertas advertencias
puntuales. 1) Funciona como eso que en el cine de súper héroes se llama “una
historia de origen”, es decir que va desde los años en que no eran nadie hasta
el momento en que lo fueron todo y allí se detiene, en una suerte de caída dramática
y triste en la que los mismos protagonistas reconocen que no podrían haber
llegado mucho más lejos de lo lejos que llegaron; el documental no muestra los
tramos posteriores y medio decadentes en que los discos ya no fueron tan buenos
(aunque los sencillos de esos discos sí que lo fueron), más de una década en la
que los fans fuimos comprendiendo al comienzo contra nuestra voluntad pero
después con una cómoda y orgullosa resignación que Oasis no sería, como lo
prometieron varias profecías, la mejor banda inglesa después de los Beatles; ni
se incluyen en la cinta mayores detalles sobre la separación del grupo,
anunciada tantas veces y en tantos medios que se había convertido en una broma
costumbrista pero que finalmente sucedió en agosto del 2009, a trece años de levantar
la copa en Knebworth. 2) Los testimonios que conducen la historia, todos
sonando fuera de cámara y varios de ellos tan inesperados como conmovedores y
graciosos, lo que le da a la cinta un aire de leyenda imposible o difícil de
afrontar, se encargan de contar el chisme –gracias por eso– pero dicen poco
sobre el proceso creativo de la banda, parecería que las canciones eran trucos
de magia que sucedían por combustión espontánea y no, como se entiende si uno
se fija con atención, el resultado de seguir escribiendo y componiendo y
ensayando y tocando cuando todo indica que seguir haciéndolo es una locura. 3)
Noel y Liam Gallagher, los líderes de la banda, las dos cabezas de la misma
criatura indomable, los hermanos que eran igual de famosos por la música que
hacían que por las peleas que protagonizaban arriba y abajo del escenario o por
la ropa y los peinados que usaban, firman como productores ejecutivos de la
película y eso levanta sospechas, es evidente que se cuidaron las espaldas,
pero no el frente, y ya con eso hay bastante que ver.
La historia de Noel, guitarrista y
compositor, y Liam, cantante, se compara muy pronto con la de Caín y Abel. El
documental lo hace con algo de ironía pero no sin razón: casi al comienzo, se
escucha a Liam diciendo que por eso, porque él y su hermano se odian, Oasis
será la banda más grande del mundo, y casi al final se lo escucha diciendo que
aunque ya no tenga relación alguna con su hermano ahí está todo eso que les
pasó, que de alguna forma nos pasó a todos y que no hubiera pasado sin el motor
de una exitosa y lucrativa rivalidad. Pero claro, en esta versión del pasaje bíblico no hay, gracias a Dios y
a todos los santos, nada semejante a un hermano bueno: los dos son malos,
los dos hablan y beben y se drogan de más, los dos hacen y dicen cosas que
nosotros queríamos hacer y decir pero que nunca nos atrevimos a intentar porque
no éramos estrellas de rock y ellos sí. La violenta y capaz ya olvidada
arrogancia de los Gallagher era uno de los activos más valiosos de la banda: se
anunciaban como la mejor banda sobre la faz de la Tierra, muy por encima de contemporáneos
más humildes y musicalmente más arriesgados, comprometidos y maduros como Blur
o Pulp (para mayor información ver otro documental, Live Forever, The Rise and
Fall of Brit Pop, del 2003), bandas que tras haber pasado la prueba del
tiempo resultan más relevantes que Oasis pero nunca han conseguido el estatus
de mito.
Y claro, está la dinámica perfecta de los
hermanos proyectándose en todos sus fanáticos: queríamos tener el talento, la sensibilidad
de Noel, pero el pelo, la ropa, la forma de caminar tan canchera de Liam. Porque
en la banda ambos eran uno solo y en los videos y en los escenarios y en esa
mirada debajo de las cejas pobladas se notaba que habían compartido el pasado. Ambos
coinciden en que su infancia definió su destino: se criaron en el hogar de una
familia pobre, en un complejo de viviendas subvencionado por el gobierno
británico en el límite urbano-marginal de Manchester, una de las ciudades más
pobladas de Inglaterra, huyendo de un padre que arreglaba y dañaba las cosas a
golpes, al que ellos amenazaron con asesinar y al que nunca volverían a ver.
Tenían todo en contra y en esas condiciones el único camino era vivir como si
no hubiera mañana ni pasado mañana, como si fuesen los dueños del mundo.
Oasis fue su venganza.
Y yo diría que ganaron.
Sólo querían escapar. Y escaparon.
Llevándose con ellos a miles de otros
prisioneros.
Luego nos tocó crecer.
Hay canciones de Oasis que vivirán para
siempre.
La eternidad no es un lugar tan grande
como parece y sin embargo esas canciones viven ahí.
En 2010, en la ceremonia de entrega de
los Brit Awards, los premios más prestigiosos de la industria a ese lado del
charco, (What’s the Story) Morning Glory?
fue elegido como el álbum más importante de las pasadas tres décadas: se han
vendido más de 22 millones de copias hasta la fecha. Liam, que era el único
miembro de la banda allí presente, subió a recibir el premio y luego de un
breve discurso en el que agradeció a sus compañeros de ese entonces, a todos
menos a su hermano, y a sus fans, best
fans in the fucking world, live Forever!, lanzó el micrófono al público, se
acercó al filo del escenario, se inclinó y le entregó la estatuilla a la
primera mano abierta que encontró. Otro clásico de Oasis, parte del plan
maestro.
Meses después, en una fiesta, me
encuentro con el amigo que me cruzó todos los capítulos de la serie. No nos
hemos visto desde esa noche en la que tomamos whisky y él me dijo esto es
increíble, lo mejor que he visto en mucho tiempo, en serio, no tienes idea.
¿Ya
la viste?, me pregunta.
No le respondo. Me quedo en silencio.
Me acerco y le doy un abrazo porque sólo
así puedo decir lo que no puedo decir.
Ese
man es un genio, me
dice. Y empezamos a conversar y no sabemos cuál es el mejor episodio o el mejor
personaje o la mejor escena. Otros amigos que también han visto la serie, unos
pocos, se acercan y se agregan a la conversación. Ellos tampoco pueden decidir
cuál es el mejor momento. Son demasiados. Escoger una sensación, una línea o uno
de los muchos sentimientos que se producen al verla sería traicionar al resto y
ninguno de nosotros quiere hacer eso: queremos quedarnos con todo. Están traumados con esa huevada, nos
dice alguien que todavía no la ha visto y que probablemente no tenga ganas de
verla después de habernos escuchado. Es una broma, pero nadie se ríe. Estamos
traumados.
El 4 de febrero de este año, el
comediante norteamericano Louis C.K. publicó una carta en su página web. Decía,
entre otras cosas, esto: Como algunos de
ustedes saben, el sábado pasado lancé
una serie en este sitio… la idea detrás de lanzarla en Internet era crear un
show de una manera nueva y que les llegara directa e inmediatamente, sin
promoción, anuncios, carteles o adelantos de cómo se ve o se siente antes de
que ustedes puedan verla por sí mismos. Como escritor, uno siempre tiene una
sensación extraña cuando revela la historia, los personajes y el tono, sabes
que la audiencia nunca tendrá el beneficio de ver la serie como la escribiste
porque saben demasiado antes de verla… postear este show de repente me da la
oportunidad de darles la experiencia del descubrimiento… esta es una producción
de televisión, cuatro cámaras, dos hermosos sets, una cabina de control con lo
mejor del presente estado del arte, un equipo muy talentoso y un elenco que
pertenece al salón de la fama. Cada segundo que las cámaras están rodando el
dinero me sale del culo y es como la peor diarrea de tu mamá… Básicamente, es
la versión hecha a mano y pagada por una sola persona de algo que usualmente
haría una corporación gigante. Estamos grabando el segundo episodio ahora
mismo.
La serie se llama Horace And Pete y los diez episodios de su primera y única
temporada, todos escritos y dirigidos por Louis C.K., se estrenaron entre
finales de enero y comienzos de abril en la web de su creador: en teoría, la
única forma de verlos es comprándolos online.
El primero cuesta $5, el segundo $2, y los restantes $3 cada uno, aunque el
portal también te da la opción de adquirir toda la temporada por $31 (no hay
descuento, el total es la suma de los valores individuales) y esto último es lo
que cualquier persona interesada en ver cómo se doblan y se rompen las esquinas
del alma está en la obligación de hacer.
La reacción de la crítica fue unánime: este es el show de televisión más importante
de la década. La revista The New
Yorker, incluso, publicó un artículo en el que se preguntaba, ¿es televisión?, y The New York Times, además de referirse a la serie como unvigorizante
adelanto del futuro de la TV, comparó la trama con los motivos de los que
se hacían cargo Arthur Miller y Eugene O’Neill, autores concentrados en la
realidad de su propio tiempo, en sus obras de teatro a mediados del siglo
pasado. Pero poca gente la ha visto y su creador terminó con saldo en contra.
Después de acabada la serie, Louis C.K.
fue invitado al programa de radio de Howard Stern y confesó, sin la menor seña
de arrepentimiento, que H&P lo
había dejado endeudado con varios millones. También bromeó con orgullo sobre su
“bancarrota” en el talk show de Jay
Leno. Yo no ahorro el dinero, lo gasto.
¿Para qué sirve el dinero si no es para hacer lo que te da la gana? Ahorrar
dinero me parece arrogante porque puedo morirme mañana. Si me muero esta noche
mis hijas estarán en la calle mañana por la mañana… Durante esa misma
entrevista, refiriéndose al improbable destino inmediato de sus hijas, el
comediante soltó una sentencia moral que debe estar entre lo más lúcido que se
haya dicho jamás sobre la crianza de los hijos: Criar a tus niños como gente rica es lo peor que puedes hacer, por
ellos y por los que estarán en sus vidas. No hay forma de que alguien que haya
crecido como millonario no termine siendo un pedazo de mierda como persona.
Me contaste que habías visto el primer
capítulo como para ver qué onda, que no sabías de qué iba, de qué se trataba, y
que ya no pudiste parar. Te mandaste toda la temporada de una, más de diez
horas de ¿televisión? en un solo día. Me
quedé toda la noche mirando la pared, pensando qué hacer con mi vida,me dijiste, y te reíste, como nervioso
de saber que lo que estabas diciendo era la verdad o no era tan mentira ni tan
chistoso. Todo bien. Tienes 19 años, a tu edad hay que sentir cosas. Nosotros,
en cambio, nos quedamos pensando que tal vez la vida no cambia, que ya no se
pone mejor, que esto es lo que tenemos, todo
lo que tenemos, y que es imposible no herir a la gente que más nos quiere.
Según la revista GQ, experta en moda
masculina y en identificar las tendencias que definen la cultura popular de nuestros
días, Louis C.K. es, indiscutiblemente, “el rey de la comedia en América”. El
actor, escritor, productor y director está por cumplir 50 años y parece que
atraviesa y domina la cresta de su mejor momento: de hecho, se refiere a H&P como el punto más alto de su
creatividad, al menos por ahora.
Empezó a los 18 haciendo shows de Stand-up comedy en clubes newyorkinos. A
esa edad, con suerte, trabajaba quizás una o dos veces a la semana, pero pasaba
todas las noches metido en clubes viendo a otros comediantes, absorbiendo,
robando y aprendiendo de los demás. Veía
a cualquiera, bueno o malo, devoraba comedia, todavía escucho a los comediantes
como quien escucha las olas del océano y trata de entenderlo. Consiguió su
primer puesto como escritor de planta a comienzos de los 90’s en el Late Night Show de Conan O’Brien. Su
trabajo era inventar bromas para el anfitrión, que por esos días se estrenaba
en su propio programa tras varias temporadas escribiendo segmentos cómicos en
el mítico Saturday Night Live, y que
no tardaría en ser una estrella con luz propia. De allí, Louis C.K. pasó al programa del ya consagrado David
Letterman, en 1995. Estaba dando los pasos correctos, tenía los amigos
adecuados, parecía que su carrera iba en ascenso y que el éxito era inevitable.
Pero no.
Los años siguientes en la vida
profesional de Louis C.K. fueron irregulares y mantuvieron a su personaje en
perfil bajo. Mientras continuaba escribiendo bromas para otros comediantes que
tenían sus propios shows de variedades en televisión, peleaba por un lugar para
presentar su rutina en escenarios pequeños de Estados Unidos, escribía y
dirigía películas para la pantalla chica que han desaparecido de los archivos
de la televisión por cable y gastaba su dinero –y el de sus amigos, a los que
les pedía préstamos no reembolsables– haciendo cine. En 1998 estrenó Tomorrow Night, su primera película como
director, productor y guionista, una comedia negra y algo histérica (digamos
que podría ser un capítulo de La
dimensión desconocida, pero sin salida), filmada en 16 milímetros y blanco
y negro, que tiene toda la estética del cine independiente de la época pero que
nadie vio y ahora está disponible en su página web. Pocos años después, por
encargo del comediante Chris Rock, que ya era una celebridad, escribió y
dirigió otro largometraje, Pootie Tang,
estrenada en el 2001. Louis C.K. esperó desesperado el lanzamiento de la cinta
para conocer la opinión de alguien en particular, el crítico Roger Ebert, uno
de sus ídolos y, según él, la persona que le enseñó a apreciar el cine desde su
programa de televisión, donde comentaba los estrenos de cada semana. Supongo
que la bendición del crítico sería una especie de aprobación paternal, la confirmación
externa que Louis C.K. necesitaba para saber que andaba a tientas por el camino
indicado. Pues bien, la reseña de Ebert se publicó el 29 de junio de ese año y
no fue nada halagadora. Pootie Tang no es
tan mala como inexplicable. ¿Cómo ocurrió este desastre?¿Quién pensó que sería
chistosa?¿Quién pensó que estaba terminada?, se preguntaba el crítico, y
seguía desarrollando esa línea de pensamiento, El boletín de prensa decía que esta cinta había sido hecha “en el
laboratorio de HBO, donde hicieron el Show de Chirs Rock, ganador del Emmy” Debe seruno de esos laboratorios que huelen a gases
de pantano, donde todos los ratones están muertos.
La vi dos veces. ¡¿Dos veces?! ¡¿Entera?! De ley, me emocionó, quiero escribir algo.
¿No te dieron ganas de suicidarte? Un
chance, pero también me dieron ganas de escribir, de hacer cosas, el man ha
hecho full cosas, ha fracasado un montón, eso es bien bacán del man. El guión eslo máximo, al final te das cuenta de que lo tenía todo craneado desde el
principio. Y los actores, broder, qué pobre hijueputa, qué grande Alan Alda.
Alan Alda, Steve Buscemi, Edie Falco,
todos están increíbles, pero esa historia, qué horrible, loco, qué familia más
horrible. Todas las familias son horribles, ¿no? No, huevón, todas las familias son disfuncionales, pero no todas son
así de feas. Igual se quieren. O se aguantan. O tratan de quererse, eso es
bastante. No sé, huevón, como que Louie se
quería vengar de alguien. No creo, estuve investigando y no parece
autobiográfica. Todo lo que uno escribe
es autobiográfico, bro. Sí, de ley, y todo es material, como dice Philip
Roth, pero el man dice que sólo quería hacer una serie sobre las familias
porque uno no puede escapar de su familia, literal.
John Landgraf, presidente de la cadena
FX, ha declarado públicamente que su estrategia de trabajo es la siguiente:
invertir poco dinero en mucha creatividad. Para hacer el piloto de Louie, la serie que hizo visible a Louis
C.K., Landgraf le ofreció al comediante un presupuesto de 200.000 mil dólares,
una cifra más que austera para los estándares de la industria gringa, donde el
protagonista de un show en televisión puede llegar a cobrar un millón de
dólares por episodio, o más. Louis C.K. aceptó el trato con una condición: ni
John Landgraf ni ningún otro ejecutivo de FX estaría involucrado en la
producción, no podrían opinar sobre el guión, la elección del elenco o el
material grabado, recibirían el producto terminado y con el material en las
manos decidirían si continuar o no con el proyecto. Esta vez, el experimento
dio resultado: Louie apareció en el
2010 y se mantuvo al aire durante cinco años en los que congregó miles de
espectadores y fanáticos. El acuerdo al que llegaron la cadena y el artista se
conoce ahora como “El arreglo Louis C.K.”, pero el comediante niega que tal
cosa exista. Todo el mundo quiere El
arreglo Louis C.K. pero no hay ningún arreglo
Louis C.K. No hay nada en papel que diga
que ellos [FX] no pueden molestarme. En
papel ellos pueden obligarme a hacer lo que ellos quieran,yo sirvo a su antojo y son ellos los que
aprueban todo. Pero mientras las cosas vayan bien, nadie se mete. Es un derecho
que me he ganado con cada episodio. Si dejo de ser chistoso van a empezar a
molestarme.
En el 2010 Louis C.K.tenía 43 años y por fin estaba recibiendo la atención que
necesitaba para continuar con su trabajo, siempre en progreso. Es como si
hubiese tenido que llegar a ese momento de su vida para poder mirar hacia
atrás, tomar distancia, perspectiva, amasar todo lo que le había pasado hasta
ese preciso instante y organizar sus primeras impresiones sobre la vida en la
tierra.
Louie es una comedia que parte de la
auto-ficción, la historia de un comediante que vive en Nueva York y se mantiene
como puede mientras trata de criar a sus dos hijas pequeñas después de haberse
divorciado: fuera de cámara, Louis C.K tiene dos hijas pequeñas y un divorcio a
cuestas. Y Hilarious, el show de Stand-up que lanzó también en el 2010 y que ese año formó parte de la
selección oficial del Festival de Cine de Sundance (el único en su especie en
lograr algo semejante), es como una tribuna desde donde el comediante, parado
sobre los hombros de los 40’s, tambaleando a veces, se burla de y se pelea con todo aquello que no soporta de su país ni de sí mismo. Su
rutina es al mismo tiempo una traición a la patria y un manejo maniático de la
obsesión amorosa: quisiera poder dejar de quererte, pero no puedo / quisiera
ser mejor persona, pero sólo puedo ser esto que soy.
Este año Louis C.K. se ha presentado en
vivo más de cincuenta veces. Ha estado en Nueva York, donde llena el Madison
Square Garden, en Chicago y San Francisco, pero también en Budapest, Helsinki,
Copenhague, Jerusalén y en la Arena de Wembley, en Londres. Por lo general, los
comediantes de su talla llegan a un acuerdo previo con los teatros en los que
suelen montar sus espectáculos: los organizadores se comprometen a cancelar una
cifra específica –una garantía, digamos– independientemente de la cantidad de
público que reciban, y si los ingresos de la taquilla superan la tarifa
acordada reparten el monto final en porcentajes entre todos los involucrados.
Esta es una práctica común en el showbiz alrededor
del mundo, pero Louis C.K. la desobedece, vende las entradas para su shows
exclusivamente a través de su página web y, de esta manera, evita el
sobreprecio que suele aparecer con los intermediarios. Además, exige que los
gastos de promoción de cada show se reduzcan al mínimo para que esa inversión
no infle el costo de los boletos.
Es obvio que después de tantos kilómetros
caminando cuesta arriba, Louis C.K. no piensa aflojar ni acomodarse, pero
tampoco limitarse a vivir al margen del espectáculo. Hace unos meses volvió a
sacar dinero de su propio bolsillo para armar paquetes promocionales en los que
venía toda la serie repartida en 3 DVD’s, y se preocupó por hacérselos llegar a
los 19.000 –sí, 19.000– miembros de la academia de la TV en Estados Unidos. Los
paquetes venían con una leyenda que decía para
su consideración, a propósito de la entrega de los premios Emmy, el pasado
mes de septiembre, y pretendían postular la serie para al menos cinco
categorías, entre ellas mejor serie de drama y mejor actor principal. La
academia consideró que de esas sólo valía tomar en cuenta una, mejor actriz
invitada (grande, inmensa, todopoderosa Laurie Metcalf llenando la pantalla),
pero no le otorgó el premio. Esta ausencia de reconocimiento y farándula legitima
la existencia de H&P como lo que
es, la maniobra más arriesgada de su creador, la que puso a prueba la
flexibilidad de sus articulaciones, no precisamente una obra adelantada a su
tiempo sino un reflejo tan fiel de ese tiempo que resulta difícil de aceptar.
Cuando Charlie Ross, el conductor de un
programa de entrevistas que lleva transmitiéndose más de 20 años y se
especializa en artistas que escapan a cualquier arquetipo, le preguntó a Louis
C.K. qué se necesita para ser comediante, él respondió con una mirada al
pasado, una leyenda que debería ser inscrita en una placa de mármol y luego
colocada en algún parque donde los jóvenes lleguen en peregrinación,
desahuciados, buscando un milagro: Vivir
la vida para entenderla, pasar mucho tiempo sobre el escenario y no renunciar.
Me ha tomado 20 años ser bueno en lo que hago porque el único camino para ser
un comediante es el fracaso. Tu peor show no puede ser muy distinto que el
mejor, y eso se logra con experiencia.
Y algo más que quizás pertenezca al campo
y a la materia sentimental pero que aplica en el escenario desolador que sigue
a cualquier tragedia: tienes que saber que
puedes estar bien después de haber estado mal.
Louis C.K. dice haber aprendido la
lección más importante de su vida de otro comediante, George Carlin
(1937-2008), uno de los mejores de todos los tiempos. La lección es tan simple
como suicida, y consiste en abrir cada noche con tu mejor material, con la
mejor broma que tengas, la más chistosa, la más ofensiva, la más provocadora,
desarmarte desde un principio y construir desde ahí un camino hacia el cierre.
Esa es la sensación que tuve luego de ver el primer capítulo de Horace And Pete. ¿Qué puede pasar
después de esto? Después de verla por segunda vez, en cambio, la sensación era
distinta y la pregunta era otra, ¿y ahora?
El man me cae bien. Es gordito, calvo,
pajero y tiene los brazos llenos de pecas, medio freak. Casi siempre se viste
igual, jean y camiseta negra, zapatos deportivos. Einstein hacía lo mismo, se
ponía la misma ropa todos los días para no gastar tiempo ni desperdiciar
energía pensando qué ponerse. Y no. Este man no es un genio, eso es lo más
bacán, que no es un genio. Es un man que se ha sacado la puta camellando y ha descubierto
un par de huevadas sobre la vida, huevadas tucas.