1.21.2019

El método Eastwood


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Hoy por hoy es difícil convencer a alguien de que te acompañe a ver una película de Clint Eastwood. La gente, el público, los cinéfilos, ya no confían en él. Y los entiendo: de un tiempo a esta parte las cintas del viejo y gran –pase lo que pase, nunca dejará de ser grande– Clint ya no son atractivas por justas razones, ya no enganchan, ya no traen consigo la misma carga sentimental, y a veces parecería que sólo las hace para evitar no tener nada que hacer, para esperar a la muerte con las botas puestas y el ojo en el lente. 

Pero en The Mule, su estreno más reciente, Clint Eastwood sigue vivo o vuelve a vivir o demuestra que todavía le puede sacar provecho a su vida. No como director, la cinta no es buena, es más, quizá lo honesto sería decir que es mala o simplemente que es cualquier cosa; sino como actor y como persona. A sus 88 años, Clint consigue uno de sus papeles mejor logrados y conmovedores, mejor dicho, confirma que ese personaje suyo que de alguna manera repite una y otra vez tiene aún cosas que decir y sentir.

La historia, basada en un caso real y más puntualmente en un artículo de la revista del New York Times, gira en torno a un floricultor caído en desgracia que, alrededor de sus 90 años, se convirtió en la mula más eficiente del Cartel de Sinaloa dentro de los Estados Unidos. Si les interesa la historia, vayan directo al artículo, que en cuestiones de narrativa supera de largo a la película; pero si quieren ver cómo un personaje se humaniza y se aterriza hasta que podemos verlo a los ojos y ponernos de su lado y quererlo, recurran al señor Eastwood.

Lo que hace Clint en The Mule es algo no menor: transforma a un personaje que pudo ser a todas luces un cliché unidimensional y desabrido en una persona de verdad, a la que se puede tocar y con la que se puede no estar de acuerdo, pero que jamás se puede abandonar. Se trata de un hombre que, como muchos, como tantos, puso su trabajo por delante y por encima de su familia y ahora, en sus últimos años, trata de enmendar el pasado aunque eso sea imposible, consiguiendo a través del crimen humanidad y dignidad y carácter.

La figura actual de Clint Eastwood, prácticamente un anciano, flaco, encogido y con el pellejo apenas colgando de sus huesos, logra darle trascendencia física y emocional a todos los movimientos de su personaje. En cada paso, en cada mirada (Clint todavía tiene esa mirada que intimida, juzga y desarma), en cada arruga, en cada vena que brota en su frente o en sus manos. O cada vez que sobre su rostro sucede esa mueca que logra levantarle sólo la mitad de los labios (como diciendo estás en problemas o estoy en problemas o este mundo ya no vale la pena). Verlo así, todo él entregado al oficio, poseído, como un joven actor que recién comienza y no tiene más vida que el presente, justifica la existencia de una cinta que de haberse entregado a cualquier otro espíritu no merecería el derecho al oxígeno.         

Salí de la sala emocionado, temblando, al borde de las lágrimas; en parte, sí, porque de alguna manera acababa de ver la muerte en vida de Clint Eastwood o el comienzo de la muerte en vida de Clint Eastwood, una suerte de despedida o testamento (aunque sólo Dios sabe cuántas más películas hará); pero sobre todo porque acababa de ver a un actor, a un profesional, a una persona, entregarse como pocas a eso que lo apasiona y lo estructura y le da sentido. Me queda claro, otra vez gracias a él, que no basta con descubrir y ocupar nuestro lugar en el mundo, hay que cuidarlo, defenderlo, hacerlo crecer y dejar que otros tengan acceso a nosotros. A estas alturas del partido, cuando ya no lo necesita, cuando en su carrera hay más que suficientes motivos para la eternidad, Clint Eastwood vuelve a darme la impresión de que sólo él sabe cómo es la vida.   


1.07.2019

Radio Radio (sólo quiero que la gente diga WOW)


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Tengo que dejar de escuchar música. No para siempre, sólo un rato, mientras hago esto. Ok. Sólo una más. Lo juro. Sólo una canción más antes de empezar a terminar de escribir esto en lo que llevo demasiado tiempo. The Selfishness Of Love, de Salad, un tema nuevo de una banda veterana que suena a lo mejor de comienzos de los 90’s, aquellos fabulosos 90’s. Ya. Sólo una más, otra, Youth In Overload, de Crewel Intentions, porque wow, está increíble y tengo que repetirla. Esto, me queda claro, es culpa de Edwin Poveda y su Vagón Alternativo. Tengo que quitarme los audífonos. 

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A veces lo mejor es comenzar por el final, quizás porque ahí, después de todo, está lo que uno salió a buscar, la razón de ser de eso que uno quiere contar. Y al final, luego de varias horas conversando en su ático (que dicho sea de paso debería ser declarado patrimonio nacional), rodeados de lo que él me asegura son más de 60.000 CD’s, Edwin Poveda responde como un grande a la peor de mis preguntas, ¿haz pensado en renunciar? Ahora que lo pienso, espero no haberlo ofendido. No hard feelings, man.

Edwin lleva más de veinte años conduciendo El Vagón Alternativo en la Metro Estación (88.5 en Quito), un programa dedicado enteramente al rock alternativo de los 80’s hasta nuestros días, y una suerte de biblia en la que ciertos feligreses consultamos no sólo la historia de nuestros antepasados sino también, como en un oráculo, lo que nos deparan el presente y el futuro. ¿Renunciar?, me pregunta Edwin de vuelta, Nunca ¿Para qué? Lo amo demasiado. Amo tener el control durante cuatro horas a la semana. Amo poder decir esto es lo mejor que la gente puede escuchar. Hace mucho tiempo, quizá en mi tercer año como DJ, una novia me dijo, “¿Vas a seguir haciendo esto por mucho tiempo? No puedes, te vas a cansar, te vas a repetir” Y yo le dije “mmm… no creo” Me veo haciendo esto hasta que me rompa y me muera. Es mi sueño.

¿Cuánta gente puede decir que vive su sueño o que reside dentro de un sueño al menos un par de horas a la semana? No mucha. Casi nadie, si nos ponemos a contar. El sueño de Edwin, además, es un sueño compartido, es el sueño de los que lo escuchamos cada sábado, de seis de la tarde a diez de la noche, de los que nos aislamos de los demás para encontrarnos en ese punto invisible, unidos por una gran e inagotable pregunta que siempre viene al caso, ¿qué pondrá hoy? Mientras dura el programa, parece que el mundo es suyo y que nosotros sólo vivimos en él, lo que ya es bastante.

Hay gente que está cómoda con sus vidas y con lo que suena en la radio, me dice Edwin, pero lo que yo llevo haciendo en mi show durante más de veinte años es educar el oído del que no está conforme. ¿Quién está conforme?, ¿quién puede?, ¿no sería sospechoso? En el mejor de los casos nos inventamos un planeta para salvarnos del resto del universo, lo habitamos con nuestros principios, lo decoramos con nuestra estética, lo poblamos con nuestros personajes, lo llenamos con nuestra música y, con suerte, ese planeta llega a girar a una velocidad suficiente como para no morir en el intento: como un disco que gira bajo la aguja o un cuerpo que gira y despega y se eleva hasta alcanzar la altura de esa música que desprendió sus pies del piso.  

*

Otro final, el de la película Almost Famous, de Cameron Crowe, esa oda llena de cariño y corazón al rock de los 70’s que nadie ha podido superar (un poco ingenua, sí, tal vez podría o debería ser más dañada, pero no por eso menos emocionante): el todavía-adolescente-reportero le pregunta al rockstar ¿Qué es lo que más te gusta de la música? Y el rockstar responde, Para empezar, todo. Volver al presente: se lo pregunto a Edwin, yo, un reportero en decadencia que se acerca peligrosamente a los cuarenta, él, un DJ de radio que pone lo que nadie más pone y pocos escuchamos, que ya pasa de los cincuenta pero habla –por lo menos de música– con las hormonas desatadas, agitadas, estremecidas. Y Edwin responde entre pulsaciones, entre notas de aire, La música… para mí… sólo me hace sentir bien, man… las voces, el ritmo, todo es grandioso.          
La verdadera respuesta, creo, la encuentro de vuelta en su programa, el primer sábado de diciembre del 2018, días antes de cerrar esta nota, como si ese preciso momento de iluminación me hubiera estado esperando.

Suena una versión rocker de Can’t Take My Eyes Off You, el himno romántico de Frankie Valli, acaso todo lo que un hombre enamorado puede decirle a ese oscuro objeto del deseo. Edwin no pone ese tipo de canciones. Me preocupo, pero no hay nada de qué preocuparse, al contrario, se trata de una celebración. El DJ, al aire, pide permiso para hacer un paréntesis de cuatro canciones dedicadas a Claudia, su esposa. No son boleros, ni baladas melosas o clásicos lacrimógenos, son canciones que caben perfectamente en la estructura genética de este programa alternativo: All Around The World, de The Jam; Let Me Kiss You, de Morrissey; Starman, de David Bowie; y I Still Want You, de Richard Hawley (esta es la única, por así decirlo, lentona, como para bailar abrazados sin que nadie nos vea o sin que importe quién nos esté viendo) Y Edwin, al aire, repite una y otra vez, te amo, te amo muchísimo, hasta dice siento que estamos conectados por la voz de David Bowie y me parece que es lo más romántico que he escuchado en la vida. Y entiendo. Y veo cómo un hombre se apropia de lo que siente suyo y lo usa como un arma para hacer el amor. Y aparece frente a mí el significado mismo de la música: todo. 

El programa sigue, pero yo tengo que retroceder. Edwin y Claudia se conocieron en una cita a ciegas a la que ella no quería ir. Claudia dijo vivo por la mitad del mundo y ya es tarde, no voy a llegar, lo siento. Edwin dijo no te preocupes, yo te voy a ver. ¿En serio? Sí. Y una noche, a eso de las siete, se sentaron a tomar un café y a conversar y no se levantaron hasta pasada la una de la mañana. Pasa en las canciones, pasa en la vida. He tenido mis relaciones, pero con mi esposa fue diferente, con ella di todo. En mis relaciones anteriores no daba todo. Siempre tenía mi pared. No sé qué era. Mis novias no entendían mi estilo de vida de radio, “¿tienes que ir todos los sábados?”, “¿no puedes tomarte un sábado para estar conmigo?” y yo decía, “es mi trabajo, me están pagando, ¡y me gusta!”, pero ellas pensaban que estaba con otra mujer. Otra vez: todo. Darlo todo. Y todo es todo.  

A Claudia no le gustaba el rock, pero está aprendiendo (esa es la palabra que usa Edwin, aprendiendo) porque él le está enseñando y me pregunto si al final no es eso lo que uno busca en la vida: alguien con quien escuchar música. Por lo menos es parte del sueño, eso me consta, de las cosas con las que uno sueña desde que empieza a moverse, allá, lejos, al principio de nuestra historia privada. 
       
*

Comienzos de los 70’s. El chico vive en Gardena, California, a unos veinte minutos de Los Ángeles, cerca del mar. Sus padres son ecuatorianos, pero él nació en Estados Unidos y aunque entiende español sólo habla en inglés. Gardena es un sitio de migrantes, hay muchos japoneses-americanos, algunos descendientes de la guerra, y también una comunidad de mexicanos-americanos. Su padre trabaja reparando computadores que al chico le parecen tan grandes como los refrigeradores, su madre es profesora de español.

El chico va a un colegio privado porque sus padres quieren alejarlo de las calles en las que ya se percibe la violencia. El colegio no es barato y la familia se ajusta a un modesto estilo de vida para que él y su hermana menor puedan estudiar cómodamente. No salen mucho a comer ni de paseo, se distraen en casa, reunidos con otros latinoamericanos, escuchando cumbias, boleros y pasillos que el chico no entiende: Los Panchos, Los Tres Ases, Los Diamantes. Lo que el chico entiende es que la música une a la gente, a su gente.

Mediados de los 70’s. Año 75 o 76, por ahí. Navidad. El chico recibe un regalo que le cambiará la vida para siempre aunque él no lo sepa todavía: un radio de transistores, una cosita gris a la que se le saca una larga antena plateada. El chico camina por la casa buscando una estación, una señal, y lo primero que encuentra es música disco, Donna Summer, The Village People, música comercial, del momento, música distinta a la de sus padres pero que no lo llena del todo. El chico sabe que allá afuera debe haber algo más.

Aunque digan que nada pasa por casualidad, esto es un accidente, o un milagro. Mientras pasa de estación en estación, el chico descubre el programa de Rodney Bingenheimer en la KROQ, y escucha lo que viene desde la costa este, desde Nueva York: Ramones, The Talking Heads, Blondie, y digamos que así descubre también una banda sonora para la película de su vida. ¿Seré raro?, se pregunta, y mantiene sus nuevos gustos en secreto. Sus amigos siguen metidos en lo disco o ya en bandas de rock como KISS. Al chico las caras pintadas de KISS le dan un poco de miedo.  

El chico escucha radio, lee historias de Batman y La Liga de la Justicia y dibuja sus propios cómics. Entra al colegio, el tiempo le falta, tiene que escoger y escoge quedarse con la música. Se encuentra con más locutores, como el británico Richard Blade, y con más bandas como Duran Duran, The Romantics, The Knack. A los dieciséis va a su primer concierto de rock y ve a U2 en un club pequeño, antes de que sean mundialmente famosos, y también a REM, en las mismas circunstancias. El virus corre por su sangre, está enganchado.

El chico vive a varias cuadras del colegio en el que estudia. Sus padres le dan dinero para que tome el bus y para que almuerce, pero él se lo guarda. Madruga, espera a que sus padres salgan de la casa y se va caminando al colegio: en la mochila lleva alguna fruta para comer. Al final de la semana tiene lo suficiente para comprar discos en una tienda de camino a casa, y así comienza su colección. Ahora escucha punk, Sex Pistols, The Clash, The Jam, y algo de New Wave, The Smiths, Joy Division. Ya sabe que la música es una de las cosas más importantes que le van a pasar.

Mediados de los 80’s. El chico sale del colegio, no sabe qué hacer y estudia ingeniería en sistemas porque, según su padre, que no se equivoca del todo, ahí está el futuro. Pero ese no es el futuro que el chico quiere. Lo que él desea es enseñar: después de la música, lo apasiona la historia. Comienza a trabajar en el colegio en el que da clases su madre, como asistente de profesor o profesor sustituto, decide volver a la universidad para estudiar pedagogía y piensa que el rumbo de su destino está trazado, que seguirá en California o por lo menos en Estados Unidos.

Comienzos de los 90’s. Disturbios en California. Los cuatro policías que golpearon casi hasta la muerte a un afroamericano llamado Rodney King son encontrados inocentes luego de tan solo horas de deliberación. La ciudad estalla. Saqueos, incendios, muertes. El chico siente la alta temperatura en el ambiente. Un día es atacado mientras conduce su auto, el carro queda gravemente herido y el chico siente que es hora de darse un respiro, quizás por unos meses, aprovechando que sus padres han decidido volver al Ecuador ya jubilados.      

El chico regresa a un país que sólo ha conocido de vacaciones, que es el suyo pero al mismo tiempo no lo es. Se siente cómodo, tranquilo, pero un poco desconectado, hasta que empieza a encargar revistas de música a través de un código postal en Miami. Recibe entre diez y quince revistas cada dos semanas, onda New Musical Express (NME) o Rolling Stone, y hace listas para luego encargar discos en Audio & Video, una tienda que funciona en la planta baja de El Caracol, sobre la Avenida Amazonas. No es lo mismo, pero el chico puede vivir así.

El chico consigue un trabajo en el colegio Santa María Goretti, cerca de Pomasqui, a las afueras de Quito. Se encuentra con un ambiente violento en el que los profesores castigan físicamente a los estudiantes y eso le parece anormal, salvaje (un poco muy The Wall), así que después de un tiempo renuncia y encuentra un puesto en la Academia Cotopaxi, donde puede tener una vida bilingüe, en dos idiomas, justo lo que necesita: el estilo de enseñanza americano dentro del Ecuador, donde ya siente que puede inventarse un futuro.

Mediados de los 90’s. El chico se siente a gusto, pero un poco solo, no tiene con quién escuchar música. Un día captura por ahí el programa Toque de Queda en Radio Visión, y dice wow, aquí sí hay gente que escucha esta música. Llama al programa, pide una canción sólo para testear a los locutores, le dicen que no la tienen pero lo invitan a ponerla la próxima semana. El chico va, habla de las bandas que va a poner, casi todas británicas y desconocidas en el Ecuador, y lo invitan un par de veces más. Es la primera vez que está en una cabina de radio pero se siente en casa. Quizás ha llegado a su verdadero hogar.

El chico tiene un amigo, su mejor amigo, con el que se cruza casetes: Edison Soto, que a la vez tiene un programa de radio, El Museo del Rock. Soto le propone abrir un bar para poner la música que les gusta, algo así como el Iguana Bar que existió brevemente en La Mariscal, pero el sueño del chico es otro, él quiere su propio programa en la radio. Soto lo conecta con La Metro y el chico, que todavía no sabe de consolas, tiene su primer espacio  al aire. Durante el tercer programa, el locutor que lo acompaña y le da una mano con los aparatos dice Estamos en este vagón… especial. El chico lo corrige, Estamos en el Vagón Alternativo, dice al aire. Es el 2 de mayo de 1998.

*

Edwin me dice que la gente no sabe cómo usar YouTube, que necesita una guía porque hay demasiada música allá afuera que merece ser escuchada (y que ahora se puede escuchar). Pienso que él es un profesor dentro y fuera de la Academia Cotopaxi, que lo que hace realmente es mostrar lo desconocido: sólo quiero que la gente diga Wow, me dice. En su página de Facebook, coronada por una foto de él y Claudia en la que ella señala un anillo, postea el repertorio de cada semana. Eso me ha hecho muy mal o me ha vuelto muy poco productivo durante estos días, pero me ha recordado por qué quería escribir esto: hay demasiada música allá afuera que merece ser escuchada. Voy revisando y poniendo las canciones. Ahora mismo, Soft As Snow (But Warm Inside), de My Bloody Valentine, y Single, No Return, de Ten Fé. Y son tan buenas que no puedo seguir escribiendo. Una buena canción te gusta, una gran canción te paraliza.

*

Alguna vez escuché que un músico es tan grande como su discoteca y que la discoteca más grande es la de Bob Dylan. No me consta, pero no me extrañaría, sería lo más coherente con la historia del rock. En todo caso, la discoteca más grande que yo he visto, y me refiero a una colección privada, es la que tiene Edwin Poveda en el ático de su casa. La vi y pensé: ahora todo tiene sentido, este es el palacio de alguien que no acumula música sino que la procesa, la digiere y la comparte cuando está lista para el consumo humano.

El combo de Edwin es tan preciso como sencillo: te dice, mezclando su inglés intachable y su español distorsionado, el nombre de la canción, el nombre de la banda, el nombre del disco, la fecha del lanzamiento original, y siempre incluye una pequeña biografía que es el valor agregado de su programa, un dato wiki que sólo él posee. Con Edwin no se escucha, se aprende. En tiempos en los que nadie se detiene, en los que nadie escucha a nadie y en los que todos contra todos, él para y nos hace parar por un momento para contemplar lo que antes no podíamos ver, eso que ni siquiera sabíamos que existía y que ensancha y alarga y profundiza el horizonte con el que le damos límites al mundo.          

El chico es ahora un hombre afortunado, parece el hombre que quiere ser. Tiene una familia, un trabajo que le gusta, un programa de radio que lo apasiona y, de hecho, me dice que cortemos la entrevista porque debe salir para allá, para la cabina, y hacer lo mismo que hace todas las semanas desde hace más de veinte años: poner música. Me acompaña hasta la calle, nos damos un abrazo que para mí es una forma de decir gracias, gracias totales, infinitas. Me gusta saber que él está allá afuera, cuidando de nosotros, que es el DJ que merecemos y necesitamos.

Yo volveré  a mi casa y encenderé la radió y estaré con los hermanos que conozco pero que nunca he visto.
 
¿Qué es lo que más me gusta de la música?
Todo.

(Mundo Diners)

12.17.2018

Gente como uno


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Hacia el final de su vida, ya retirado de Hollywood y gozando de un pasado que cualquier artista envidiaría y robaría si pudiera, Billy Wilder, descomunal entre los más grandes, sin duda uno de los mejores escritores de todos los tiempos, dijo que la diferencia entre su carrera y la de otros cineastas era que mientras los demás hacían “cine”, él sólo pretendía hacer “películas” (y vaya que las hizo, la peor de Wilder supera cualquier día a la mejor de muchos). Se refería a que lo que realmente importa, o le importaba a él, era entretener, conmover, traficar emociones y ser el punto de fuga por el que la audiencia se escapa de su propia realidad. Algo similar le dijo Matthew Weiner a la prensa tras el estreno de los primeros capítulos de su nueva serie, Los Romanov, mientras contaba que una de las reglas impuestas en el cuarto de escritores del show era la siguiente: las ideas (especialmente las intelectuales) no tienen lugar en el entretenimiento. Y hasta puso un ejemplo: la política no es una historia, pero un hombre que se convierte en político sí lo es. El tema, entonces, es la gente.

Matthew Weiner partió como escritor casi fantasma en shows de televisión que, como Becker, nadie o casi nadie recuerda, se afianzó como guionista en varios episodios de Los Soprano, y se consolidó como un autor de tomo y lomo al crear Mad Men, la serie que lo puso en el ojo del huracán, que hizo que la gente volteara a mirar en su dirección o mejor dicho que la gente mirara lo que él quisiera. Mad Men tuvo siete temporadas entre el 2007 y el 2015, recogió una legión de fanáticos y premios, trajo de vuelta la estética de los 60’s y hasta influyó peligrosamente en la moral de gente que se identificó demasiado con los personajes: de pronto todos querían beber en la oficina y tener amantes. Nada mal para un tipo más bien desconocido que apenas pasaba de los cuarenta cuando se lanzó la serie. Pero luego, claro, apareció la pregunta clave, ¿cómo superarse a uno mismo? Matthew Weiner se tomó su tiempo para pensarlo, mientras tanto escribió una novela llamada Heather, The Totality, y ya con la mente y los dedos otra vez afilados volvió a la televisión.    
Los Romanov aparece tres años después del final de Mad Men y propone algo totalmente distinto. Una sola temporada, ocho episodios de más o menos hora y media de duración e independientes salvo por un detalle: en cada uno aparece algún personaje que dice ser descendiente de los Romanov, la familia real rusa, asesinada por los bolcheviques hace exactamente un siglo. A Weiner, lo sabemos desde Mad Men, le gusta meterse con la clase acomodada, quizás porque así puede librarse de los problemas más elementales de la sociedad y concentrarse en traumas personales, privados, cercanos incluso viniendo de esos escenarios de privilegio. Lo que sostiene a su nueva serie, que bien podría tomarse como un festival de ocho largometrajes dirigidos todos por el mismo Weiner, es justo eso: no importa cuán lejos estemos de la aparente cotidianidad de los personajes, porque todos, mal que mal, hemos pasado por algo como lo que ellos están pasando: la fragmentación de la familia, la psicótica separación de una pareja, el amor sin límites hacia los hijos, la relación de dos amantes que no saben cómo abandonarse, esa sensación de que todos los demás están locos o que de que el único loco aquí soy yo.   

Ahora bien, volviendo al tema de entrada, el entretenimiento, hay que decir que en Los Romanov no hay contemplaciones ni respiros ni descansos, es como si en cada historia hubiese un cierto apuro, un afán por mantener el conflicto siempre a flote, por hacer que los personajes se enfrenten entre sí y finalmente contra ellos mismos, que es más o menos a lo que nos dedicamos nosotros también día tras día. En el séptimo capítulo (es el único que voy a citar porque no tiene sentido referirme a ocho tramas distintas), para mí el mejor de todos (el peor es uno en el que la Ciudad de México aparece como un suvenir para gringos) una pareja norteamericana viaja a Rusia con la intención de adoptar un bebé; cuando tienen al niño en brazos, se dan cuenta de que algo anda mal, el pequeño no responde a ningún estímulo, y sospechan que sufre de algún tipo de retraso mental; luego, en la habitación de un hotel, discuten sobre si deben quedarse o no con la criatura; ella dice que no se hará cargo de un niño con discapacidad, él dice que si ella no quiere ese bebé ya no tiene sentido que estén juntos.  

En esa escena, que nos conduce hacia la resolución del séptimo capítulo, se logra todo aquello a lo que un narrador podría aspirar en una situación semejante: la tensión crece detrás de cada línea de diálogo, los silencios que se interponen entre una palabra y otra son una espesa tortura porque uno adivina o cree adivinar lo que esa gente está pensando y sintiendo, los personajes aparecen desnudos, potenciados a su máxima capacidad pero también reducidos a sus instintos más primitivos, los dos tienen razón y los dos están equivocados, así que no se puede tomar parte (esto es lo más angustiante y lo que hace del conflicto una cuestión de principios), ambos se mueven dentro de una pequeña habitación como dos ejércitos tratando de avanzar a la vanguardia en un campo minado, aparece, latente, la posibilidad de que esa persona a la que juraste amar hasta la muerte sea de hecho una persona horrible, la peor de las personas, y aparece también la sospecha de que a la hora de la hora no somos ni tan humanos y ni tan generosos ni tan valientes como creíamos.      

Haciendo a un lado, lo juro, las pulsaciones que me causó ese séptimo capítulo (si sólo van a ver uno, insisto, vean ese), esa escena que me hizo sentir como en un teatro o más bien atrapado sobre el escenario de un teatro, incómodo y aterrado pero al mismo tiempo atado irremediablemente a la respiración caliente de los actores, Los Romanov alcanza en varios momentos un grado de ebullición en el que el entretenimiento, quizá muy a pesar de Matthew Weiner, se eleva y cobra un grado de arte inclusivo que de alguna manera nos contiene y nos vuelve parte de su intimidad.

Y, por último, un rasgo particular: hay algo que se transmite entre capítulo y capítulo, el deseo a ratos perverso de que la familia continúe y el linaje se propague por el resto de la eternidad. Como si el mundo necesitara de ellos para ser mundo. Eso: existir para siempre. ¿No es lo que todos queremos aún sabiendo que no es posible o precisamente por eso? Los Romanov de esta generación, descendientes de una estirpe asesinada a sangre fría, se niegan a desaparecer. Pasa en las mejores familias.   

(El Comercio)