5.13.2019

La música es mi idioma



Marco Bermúdez y su hermano Eduardo estaban cenando en un pequeño restaurante mexicano. Llevaban ya varios meses en Chicago, la ciudad de los vientos, pero nunca habían visto lo que estaban a punto de ver. Al mirar por la ventana, entre bocado y bocado, se dieron cuenta que del cielo caían pequeños y cristalinos copos de nieve. Dejaron los cubiertos sobre la mesa, tragaron lo que estaban masticando, se levantaron de las sillas y salieron a la calle. Allí, afuera, abrieron los brazos y las palmas de las manos para sentir la nieve, que les caía también sobre la cara y se les derretía en las mejillas. Marco sólo la había visto en los libros con los que estudiaba inglés en el colegio, cuando su profesor, señalando las manchas blancas en la página, decía This is winter time.

Lo que les estaba pasando no estaba en sus planes, pero se había convertido en su vida. Llegaron a Norteamérica a comienzos de 1984 como parte del grupo musical Los Profetas de Manabí, contratados por un empresario cuencano, para tocar en eventos organizados por la Asociación de Ecuatorianos Residentes en Estados Unidos. Harían, en principio, seis presentaciones en tres ciudades, Miami, Chicago y Nueva York, pero los contratos se cancelaron a mitad de camino y fue entonces, en Chicago, que Marco le dijo a su hermano, Quedémonos, quedémonos y de aquí vamos a Nueva York, allá es que queremos llegar, allá está el sueño. El empresario cuencano les pidió la mitad de lo que había gastado en los pasajes, les devolvió sus pasaportes y se despidió dejándolos a su suerte. Tenían visa por seis meses, así que cuando los sorprendió la nieve ya eran ilegales. Entre semana trabajaban como obreros en una empresa que fabricaba parlantes para la marca Bose, y los fines de semana, viernes, sábados y domingos, trabajaban como músicos en el Night Club que recogía toda la escena latina de Chicago, The Latin Village.  

Marco todavía no cumplía los 23 años de edad, pero ya estaba casado, tenía una hija, otro hijo en camino y cursaba la carrera de arquitectura en la Universidad Estatal de Guayaquil. Es decir que tenía una vida que decidió cambiar por otra que, mirando para atrás, ya parecía un destino inevitable. Nació en Portoviejo en 1961 y lo primero que escuchó fue música. Su madre y sus tías cantaban a dúo, su padre, que se marcharía del hogar cuando Marco tenía diez años, tocaba el acordeón y la guitarra; y dos de sus tíos eran ya artistas reconocidos:  Eduardo Brito Mieles, compositor de la música del Pasillo a Manabí, y Filemón Macías, autor de la música del Romance a una Tejedora Manabita. De hecho, la primera vez que Marco entró a una cabina para que registraran su voz, a los catorce años, cuando ya conocía el temblor de los escenarios pero todavía no el rigor del estudio, fue también la primera vez que se musicalizó La Tejedora, en los estudios Ifesa, en Guayaquil, en 1975.  

En Chicago, los hermanos Bermúdez llevaban lo que Marco llama la vida americana. Eran independientes, alquilaban un apartamento, cocinaban su propia comida, planchaban su propia ropa y rodaban por la ciudad en un Fiat Zastava, color amarillo, modelo ’74, que hoy parecería un juguete. Tenían la vida del migrante que trabaja, extraña y ahorra, y se preocupaban por relacionarse con los músicos que llegaban a tocar desde Nueva York para ir tendiendo poco a poco un puente hacia la isla de Manhattan. En Chicago crecían los espacios y las audiencias para la música Tex-Mex y las baladas, pero lo que ellos querían era tocar salsa, salsa dura, lo que se conoce como Hardcore Salsa y Marco define de la siguiente manera: Es el sonido agresivo de la ciudad de Nueva York que impuso La Fania en los 70’s. Ahora lo que tú ves es una orquesta convencional en la que sólo destaca un cantante bonitillo, pero en la salsa dura destaca toda la orquesta, hay descargas de piano, de congas, de trompeta, de timbales, es como un jazz agresivo pero con ritmo latino, sobre el que dos o tres cantantes van armonizando.  

Tomaron la decisión de irse de Chicago en noviembre, durante el primer día de acción de gracias que les tocó pasar, cuando Marco ya había tenido ese momento, clásico y doloroso, en el que con lágrimas en los ojos le había confesado a sus amigos que se quería regresar al Ecuador. Pero no fue más que eso, el momento en que pensamos que lo más seguro, lo sensato, es volver por donde vinimos pisando nuestras propias huellas. Pero Marco no se dejó tentar por sí mismo, y ahora dice, me armé de valor y dije para adelante es que vamos, todo tiene un precio en la vida.

Lo que Marco buscaba en Nueva York era lo que había escuchado en los discos de La Fania que llegaban a Portoviejo, en los conciertos que había visto en casetes VHS, eso que uno sabe que existe aunque esté en otra parte y nunca lo haya tocado con las manos; eso que uno quiere que por lo menos lo salpique. Y Marco tenía kilometraje, empezó a subirse a las tarimas a los nueve años, a cantar y a tocar la batería. En la secundaria, tocaba en Misas A Go Go (digamos que una fiesta consentida por la iglesia) en las que los compañeros del colegio jesuita en el que estudiaba, el Cristo Rey, se encontraban con las alumnas del Mariana de Jesús. Y eso, que lo vieran, que lo escucharan, estar parado en el centro del universo, le parecía la mejor forma de vivir (¿hay otra?). Luego formó parte de un grupo llamado Los Galeones y dice que con ellos ya se sentía exitoso, que sentía el privilegio de los pocos elegidos que se dedican a ejercer lo que asumen como vocación, eso que los reclama y les va mostrando el camino que deben abrir como sea. Tocaban en todas partes y por cualquier motivo, desde fiestas privadas a elecciones de reina; desde aniversarios de bancos hasta fiestas patronales; desde bautizos hasta quinceañeras. Marco, que aún estudiaba arquitectura, ya intuía un giro definitivo, pero todavía tenía que girar.

*

Cuando llegaron a Nueva York se instalaron en Queens, un barrio donde la comunidad latina es tan grande que, en los supermercados, los pasillos no señalan los productos que ofrecen sino los países de donde provienen esos productos (para que así, según su nacionalidad, los clientes puedan abastecerse de un poquito de patria). A los dos días, junto a otros cinco músicos, formaron el Combo New York, y empezaron a trabajar en el circuito de Night Clubs de la vena más caliente de Queens, la Avenida Roosevelt. Tocaban en tres lugares icónicos de la época, el ChibCha, el Aguacatala y el Añoranzas, administrados todos por una empresa colombiana llamada Joral Producciones (recuerden este detalle). Tocaban sets bailables de 45 minutos y, acompañando a los artistas que venían de otros países, conciertos que pasaban de la hora y media. Y tocaban de lunes a lunes, de diez de la noche a tres de la madrugada. Para mí, dice Marco, eso fue como un cuartel musical, la Casa de la Cultura que nunca pude tener en Ecuador, el conservatorio al que nunca pude asistir en mi país: la verdadera escuela de la calle. Tocaba tanto las congas, dice, que cada semana tenía que limarse los callos que le salían en las manos.

Por esos días, dedicado exclusivamente a la música, Marco ganaba más que cualquier empleado en una factoría: su sueldo podía llegar a los $650 semanales cuando la renta mensual de un apartamento eran $500 y las letras para comprar un auto $120 cada una; el sueldo en una factoría, en cambio, eran alrededor de $200 semanales. Con esos ingresos pudo tomar clases de solfeo, aprender a leer partituras (yo tenía el oído musical, la pasión, el deseo, pero no sabía leer, y para ser competitivo tienes que estar al mismo nivel que todo el mundo, dice) y llevar a su familia a vivir con él en Queens: cuando no estaba trabajando, era el niñero de sus hijos, con los que practicaba un inglés que para ellos era orgánico y para él indescifrable. No era fácil, dice, pero yo era joven y lo aguantaba todo. Quería ser el mejor conguero del mundo, el mejor baterista del mundo. Y esa, supongo, es la diferencia entre él y los otros, entre una clase de seres humanos y otros: los que lo quieren todo, lo dan todo. 

Aquí, lo que un periodista –morboso por naturaleza– quisiera escuchar y escribir es que Marco Bermúdez se hizo rico, famoso, que abusó de las mujeres y de las drogas, que lo tuvo todo, que lo perdió todo, que terminó en la calle y comiendo de los botes de la basura; pero nada de eso va a pasar porque nada de eso pasó. Cuando le pregunto si en su vida hubo una estación de excesos, me responde como aclarando algo de lo que tendría que haberme dado cuenta desde el principio. Hermano, me dice, tengo 57 años, empecé a los 9, hay artistas que yo conozco que por no llevar una vida disciplinada no alcanzan a llegar a los 35 y están acabados. No han faltado, te lo digo de corazón, las tentaciones: en esos clubs, en Queens, estaba en la mata, donde se manejaba el traqueteo de la droga, pero esto [la música] es lo único que sé hacer en la vida, es mi pasión, y siempre he tratado de cuidarme. Nunca tuve intención de consumir ni de meterme en el micro-tráfico [como ciertos colegas a los que conoció]. Quizás por cómo me criaron, vengo de una familia muy humilde pero muy recta, nunca he mirado hacia otro lado que no sea el progreso.

La carrera del Combo New York, a la que Marco se refiere también como la lucha, el camino o el entrenamiento, se sostuvo en pie durante ocho años, y le permitió conocer y acompañar a artistas como Celia Cruz, Lola Flores, Marco Antonio Muñiz, Sandro, Leonardo Favio y Armando Manzanero. Cuando los veía, me dice, cómo viajaban por todo el mundo, yo pensaba: yo también quiero eso para mí. Y entre ellos Marco hace una pausa especial para recordar las palabras que le dijo alguna vez La Reina de la Salsa, con quien viajó en varias ocasiones como conguero y cantante, Usted tiene mucho talento, pero rodéese de músicos buenos y usted va a ver el fruto.

La escena de Queens entró en decadencia, de manera no tan extraña, a principios de los 90’s, mientras el imperio de Pablo Escobar en Colombia se desmoronaba (¿recordaron el detalle?). Marco ya pasaba de los treinta y era, gracias a una amnistía migratoria, residente legal en Estados Unidos; tenía cuatro hijos, había conseguido ser el director de su propia orquesta y se preguntaba, ¿qué más quiero? Volver al Ecuador era una opción, pero la desechó enseguida: no vivía en Nueva York sólo por su carrera, quería que sus hijos vivieran allá, que fueran bilingües, que se convirtieran en profesionales, que fueran parte de esa sociedad. El Combo New York se disolvió y su hermano Eduardo se retiró del negocio, pero él siguió poniendo un pie delante del otro sobre el mismo camino.

*

Un día, mientras se encontraba desempleado, apareció en la pantallita de su beeper un número desconocido, Marco lo vio y marcó los dígitos en un teléfono. Del otro lado de la línea estaba Isidro Infante, uno de los salseros más famosos de su generación. Tengo referencias tuyas, le dijo, quiero que vengas a hacer una audición. (Hace otra pausa para decirme que allá, en Estados Unidos, tienes que audicionar, seas quien seas) Al día siguiente, Marco se puso una levita chévere, fue al estudio donde estaba trabajando Infante y se presentó. ¿Usted es el ecua?, ¿el cantante? Marco asintió con la cabeza. Pase, pase, licenciado, dijo Infante, y después lo condujo a una sala donde había solamente un piano de cola: el maestro se sentó frente a las teclas y le pidió que cantara La Negra Tomasa (en clave de salsa) y el bolero Inolvidable. Me gusta el tono de tu voz, le dijo Infante, es la voz que ando buscando para mi grupo. ¿Tienes papeles?, le preguntó, porque esta orquesta es para las grandes ligas, para grabar y viajar, ¿estás dispuesto a olvidarte de todo lo demás? Marco no le dio tiempo ni a la duda ni al misterio y dijo, sí. Entonces Isidro Infante le dio a Marco Bermúdez el disco que acababa de grabar, un casete VHS con un concierto de la que había sido su banda anterior, y le dijo, El trabajo es suyo, apréndase estas canciones, que son las que va a cantar, y de las demás apréndase los coros. Marco escuchó el material, copió las letras en hojas de papel y pasó cuatro días aislado en la terraza del edificio en el que vivía, entrenando como un boxeador al que le acaban de decir que tiene que pelear mañana, lanzando golpes más allá del desmayo. Pensé que era mi única oportunidad, me dice (y esto hay que saberlo: todas las oportunidades son la única oportunidad), y después de esos cuatro días lo llamé y le dije, ¿cuándo ensayamos, maestro? Al final de ese ensayo, el primero de lo que se llamaría Isidro Infante & La Élite, el maestro le dijo a Marco que empacara esa misma noche porque salían para Zúrich, en Suiza.        

En su cuarto, Marco tiene un mapa en el que ha marcado todos los países a los que ha ido de gira, y está casi lleno de marcas: han pasado más de veinte años desde la época de La Élite, a la que siguieron una temporada en el Conjunto Clásico (donde empezó Tito Nieves) y los dieciséis años que lleva en la Spanish Harlem Orchestra. También tiene, distribuida en distintas gavetas, una colección que él llama “tonta” (así, entre comillas), conformada por los pases de abordaje de cada vuelo que ha tomado, las tarjetas magnéticas de los hoteles en los que se ha quedado y las acreditaciones de los festivales en los que se ha presentado: deben haber más de mil, me dice. Si te digo que sólo puedo ir a una ciudad en todo el mundo, ¿a cuál me mandarías?, le pregunto. Lo piensa un poco y me dice, Me encantó Viena, cantamos en un escenario en el que poca gente se presenta, la Casa de la Ópera. Me lo dice así, como si un escenario fuera toda una ciudad, y luego se refiere con la misma emoción al Teatro del Palacio en Inglaterra, a la Casa de la Ópera en Sídney, a las calles de San Petersburgo, a las luces de Tokyo y a la Gran Muralla China. Esa es la herencia que le voy a dejar a mis nietos, me dice, y se ríe, pero yo pienso que si un niño ve todas esas “tonterías” juntas puede hacerse una idea del tamaño del mundo y salir a buscarlo.

Marco ha tocado dos veces en el Palacio de Rabat, la capital de Marruecos, en África, y dice que si algo lo ha impresionado es eso. Rabat, en sus palabras, es una ciudad pobre, polvorienta, atrasada, como fuera del tiempo, pero todo eso se acaba cuando entras a una especie de ciudad interior en la que una gran avenida, que podría estar en Miami o Mónaco, con mansiones de lado y lado, desemboca en el Palacio. Te revisan hasta la última aguja, me dice, no permiten ninguna cámara, ningún celular, porque no quieren que nada quede documentado. Y continúa con este monólogo: ¿Por qué crees que nos llevan a nosotros? El príncipe es un muchacho que estudió en Nueva York y frecuentaba el Copacabana con sus amigos, habla español, así que cada vez que hace una fiesta tiene que llevar una orquesta de salsa. Hacemos un set de una hora y de ahí en adelante, por órdenes suyas, pasamos a ser invitados de honor. Eso es como otra dimensión, sin pobreza. Si la fiesta es para 300 personas, entonces hay comida para 3000, trailers de comida francesa, italiana, japonesa, y filas de meseros sirviéndote. ¿Tu sabes lo que ha sido para mí estar en esa fiesta dos veces, donde te puedes quitar los zapatos y bailar con esas chicas que son princesas, hijas de los grandes petroleros de Arabia Saudita, gente famosa? Y hay una costumbre: nadie puede irse hasta que el príncipe no se asome en su balcón y se despida primero. Entonces llega una orquesta de tambores africanos y le dan una serenata, eso significa que ya se va a dormir, pero te pueden dar las cinco o seis de la mañana en eso. Una vez, a lo que la gente se iba yendo poquito a poco, me quedé hablando con uno de los empleados, algunos de ellos hablan español porque están al lado de España, y le pregunto, ¿qué van a hacer con tanta comida?, y él me hace así con el dedo [se lo lleva a la boca de labios cerrados], y me dice “es la misma pregunta que todos los músicos me han hecho a través de los años: eso se va a la basura porque nadie puede saber que aquí hubo una fiesta.” Después, a lo que nos regresaban al hotel, en una luz [un semáforo], una viejita se nos acercó a golpear los vidrios de la van y pedirnos dinero. Eso, concluye Marco, lo tengo en mi mente y en mis pupilas, porque de ahí nadie se puede llevar nada.

*

Marco me habla desde su casa, en Teaneck, Nueva Jersey, a diez minutos de Manhattan si se cruza el puente George Washington. Su acento es una mezcla entre manabita y caribeño: hispano, migrante, un castellano que sólo se habla en Estados Unidos. Está rodeado de teclados, pantallas, instrumentos, todo muy ordenado (incluyendo las fotos enmarcadas y colgadas en la pared, en las que se adivinan celebridades), como en una galería o un almacén, y todo necesario para grabar las pistas en las que está trabajando, las de su primer álbum como solista.

Hemos conversado por más de dos horas y recién a estas alturas, como por descuido, me dice, Ahí están los Grammys, ¿si los ves? Y sí, los veo, dos pequeños y brillantes gramófonos: falta uno, el que le entregaron en febrero pasado. Los tres los ha ganado como parte –uno de los vocalistas– de la Spanish Harlem Orchestra, creada y dirigida por Óscar Hernández, uno de los compositores y arreglistas más importantes de la música latina contemporánea: entre otras credenciales, Hernández ha trabajado con Rubén Blades y los Seis del Solar, con Paul Simon, y con la familia/marca/sello Estefan en Broadway.

Marco me pide una pausa y va a buscar un poco de agua, después de todo, tiene que cuidar su voz porque, como él mismo dice, es la que me da el guiso. Me quedo quieto frente a mi computadora, pensando que estoy en problemas, que esta historia no tiene conflicto, es una  línea ascendente, y resuelvo que lo verdaderamente sorprendente es cuánto me asombra la historia de un hombre que simplemente ha hecho las cosas bien, como si eso fuera simple. Este es el cuento de un tipo jugado y resuelto que ha trabajado duro y ha recibido las recompensas que merece. Falta, acaso, la coronación, el tercer acto, que vendría a ser su triunfo como solista: seguiremos atentos.

Le pregunté cuál había sido su peor noche como músico y me dijo que una en la que le cancelaron un show y no le pegaron pero igual se pegó una buena farra en el hotel. Le pregunté si en la Spanish Harlem Orchestra tienen horarios de ensayo marciales, inhumanos, y me dijo que no, que el director comparte las partituras por Internet, que cada uno se aprende lo que debe, que ensayan sólo una vez antes de cada concierto, que son adultos y profesionales. Le pregunté cuáles eran sus momentos de fragilidad y me dijo que a veces, después de una gira exitosísima y con el dinero suficiente para vivir los siguientes seis meses, cae en un vacío, se pone down dos o tres días, pero que no se deja y enseguida empieza a trabajar en alguna cosa, que sólo existe el presente. Le pregunté qué es la música y me dijo la música es mi idioma. Le pregunté cuál era, realmente, el mayor reconocimiento que había recibido, y me dijo que una fiesta que le organizó su mamá la última vez que estuvo en Portoviejo (donde, de paso, vio a la Orquesta Sinfónica Juvenil de la ciudad y recordó que él ni siquiera podía soñar con clases de música), más precisamente, ver el orgullo asentado en el rostro de su madre. Y al final me dijo que, con la mente limpia y el corazón sano, todo se puede, todo, que la pasión tiene que aplicarse con disciplina, que él llegó a los Estados Unidos con nada más que una mochila al hombro y ahora está donde está, que Dios va poniendo las cosas en su lugar.   

Mente limpia, corazón sano, pasión, disciplina, la mano de Dios… todas estas cosas me parecen improbables, inciertas, mucho menos si las pensamos reunidas en un conjunto y puestas sobre la tierra, pero aún así hoy he decidido creer que existen y que las estoy viendo con mis propios ojos. Y bueno, me dice, háblame de ti, por ahí vi unas fotos en las que estás como en un espectáculo, ¿también tocas?, cuando necesites un coro, hermano, me avisas y yo te lo grabo de una. 

(Mundo Diners)  

4.22.2019

A2



Si uno tiene mundo, un mundo propio, interno, y voz, y mirada, tiene algo que mostrar, algo que ofrecer, algo que decir y que nadie más puede decir de la misma forma. Al final eso es lo que importa, hacer que lo personal se vuelva universal, que sea relevante, que gire como un planeta autónomo y soberano, que eso que parte como un pedazo de intimidad u obsesión se proyecte y se expanda como un manto sobre los demás. No siempre pasa, pero cuando pasa no hay nada que podamos hacer para contenerlo.

La segunda temporada de Atlanta es la extensión de un mundo que se mueve a su propio antojo, con momentos de calma y aparente normalidad y también trastornos de personalidad límite. Mantiene la trama central, sí, pero también se arriesga con episodios que funcionan como piezas emancipadas. Y es gracias a eso, a la voluntad de riesgo, al despliegue salvaje de la personalidad creativa, que la serie consigue salirse de cualquier categoría e inventar un género para sí misma, algo así como un lugar sin límites donde la emoción, que es un arma caliente, se toma todas las licencias.

En el episodio seis de esta temporada, uno de los mejores no sólo de toda la serie sino de lo que hayamos visto en televisión últimamente, uno de los personajes, el entrañable y sabio y extraterrestre Darius, llega a una mansión para llevarse un piano de teclas de colores del que alguien quiere deshacerse. El dueño del piano es un músico que alguna vez fue una estrella pero ha pasado demasiado tiempo recluido en esa mansión, un freak inspirado en los últimos años de Michael Jackson (la misma máscara haciendo las veces de rostro, la misma piel lavada y artificial, la misma voz dulce y terrorífica), llamado Teddy Perkins. Darius y Teddy pasan el episodio entero recorriendo la mansión, en medio de una atmósfera de tensión e incertidumbre propia de una película de David Lynch. Llegado un momento, se detienen en un cuarto que para Teddy es el más especial de la casa, y donde le muestra a Darius un maniquí que viste un traje de su padre, el arquetipo del patriarca violento que forja el talento de sus hijos a golpes. La habitación, dice Teddy, será un tributo a los grandes padres de la historia, como el del mismo Michael Jackson o el de Serena Williams. El gran talento viene de un gran dolor, dice Teddy, y de ahí en adelante el episodio toma giros aún más oscuros que terminan con Darius esposado a una silla y un par de cadáveres en bolsas negras. La metáfora del mundo del espectáculo como residencia de la locura es total.

Así, haciéndonos parte del misterio y la maravilla, Atlanta asume con iguales dosis de comedia y drama el impulso inútil de querer vivir cuando nada parece tener sentido o la obligación irracional de tener que hacerlo porque no queda otro remedio. En el cuarto episodio, Earn y Van, pareja disfuncional donde las haya, de esas que cargan con la maldición de no poder terminar nunca una relación en la que ninguno de los dos se entrega por completo, como esperando que sea el otro el que de el paso al vacío y lo lleve de la mano, pasan un día más que extraño en un Oktoberfest lleno de gente blanca. Ahí las cosas se ponen difíciles cuando, arrinconados por la incomodidad, el apremio de lo inevitable, y acomodados en los extremos de una mesa de ping-pong, empiezan a hablar sobre ellos, sobre eso que son y no son, sobre cómo desearían poder ser la persona con la que el otro sueña, la persona en la que el otro pueda apoyarse para seguir adelante, la persona con la que el otro quisiera quedarse toda la vida, pero preferían no tener que cambiar porque saben, lo saben de memoria, que nadie puede cambiar. Con desvíos como este, Atlanta se permite insistir con fuerza en los temas que más le preocupan y que a veces dependen de dos personajes abandonados a su suerte y enfrentados a su verdad. Cuando no queda nada que decir, nada que ocultar, nada que pueda salvarnos de nosotros mismos; cuando la carne aparece cruda y desprendiéndose de los huesos, entonces, sólo entonces, sabemos de qué estamos hechos. Y esa materia prima no es siempre suficiente para conseguir un alimento que pueda nutrir a quienes lo necesitan.

En otro episodio, el quinto, una obra maestra del humor de lo absurdo, el rapero Paper Boi pasa un día entero con su peluquero, acompañándolo en las aventuras más domésticas e insólitas, y digamos que esos rincones improbables en los que suele convertirse la vida diaria se van sucediendo como si lo único que nos pudiera pasar es que las cosas salgan exactamente de forma contraria a como esperábamos. Este tipo de variaciones son una constante en Atlanta, todos los episodios comienzan con un norte más o menos claro, y en el camino derivan en situaciones exclusivas de una realidad paralela que termina imponiéndose y prevaleciendo. Paper Boi sólo quiere su corte regular, el de costumbre, tiene una sesión de fotos y quiere verse como eso que él cree que representa: un tipo al que de la música sólo le interesa eso, la música, sin poses, sin falsas apariencias, sin tener que crear el personaje que quienes lo escuchan quieren consumir (aunque, según las señales que se asientan al final de la temporada, pronto le tocará convertirse en un producto en demanda). Pero tal cosa es imposible. Los elementos en la vida de este rapero, que no le hace demasiado caso a Instagram ni a los protocolos socio-digitales a los que una figura pública de la actualidad está esclavizada, conspiran para transformarlo en una anormalidad, una anomalía acaso anacrónica que pelea por una identidad que no corresponde a estos tiempos.    

Leyendo sobre Atlanta me encontré con varios artículos que la colocan, sin dudas ni reservas ni vacilaciones, como la mejor serie que se esté trasmitiendo en este momento (las temporadas salen primero en la cadena FX y luego en Netflix, donde están ahora disponibles ambas). Y sí, la afirmación es desubicada, no por falta de méritos, que la serie los tiene de sobra, sino porque las calificaciones, vengan de donde vengan, del público, la crítica, la industria o la academia, son manifestaciones personales: en los días que corren todos tenemos una o varias series que satisfacen nuestras expectativas y, en muchos casos, las superan. Pero hay algo que debería quedar claro: Atlanta es el arte como ejercicio de la libertad. Y no me refiero a la libertad como causa social, como búsqueda de la igualdad o conquista de la felicidad, quiero decir que en Atlanta están reunidas las posibilidades que tiene el arte de crecer e independizarse como una criatura que respira el mismo aire que nosotros.

(El Comercio)

4.08.2019

Mopri (In Memoriam)



El cuarto de mi primo David era bacanísimo, como otro mundo, el mundo en el que yo quería vivir. Tenía un televisor Sony pantalla gigante, un equipo de sonido Toshiba con dos parlantotes más grandes que yo y un ecualizador lleno de luces, un Nintendo y unos juegos que nadie más tenía y que yo ni sabía que existían, un futbolín con jugadores azules y amarillos a los que les habíamos puesto números en la espalda y a los que hacíamos jugar un montón de partidos en cada campeonato que nos pegábamos, un aire acondicionado que congelaba, pero así, congelaba, y un aro de básquet de los Chicago Bulls en la puerta.

David era hijo único y lo tenía todo y su cuarto estaba forrado con posters en todas las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row, de Bon Jovi, de Tesla y hasta de bandas como Slaughter o Scorpions que hablando la plena no nos gustaban tanto pero igual se veían bacanes. O sea, los manes se veían como nosotros queríamos vernos algún día, más claro. El papá de David, mi tío Mario, era piloto de Ecuatoriana, viajaba hartísimo a Miami y cada vez que regresaba le traía revistas Circus y Rolling Stone y Hot Parade. Y también discos. Discos en gajo.  

David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas, a veces con tijeras y a veces con el estilete que usaba en las clases de dibujo técnico. El man parecía un doctor cuando cogía esas revistas, hacía todo despacito, y de ahí pegábamos los posters en las paredes con cinta scotch. Una vez arranqué a la fuerza uno de Tommy Lee y se rompió y mi primo casi me caga, nunca lo había visto cabreado, nunca tanto como esa vez, pero igual me lo regaló. David siempre me regalaba par posters para mi cuarto porque sabía que a mis viejos no les gustaba que me gastara la plata en esas huevadas. David era horrendo dato.

Mi tío Mario y mi tía Vivi, la mamá de David, se divorciaron cuando yo todavía estaba en la escuela y me parecía rarísimo, yo no conocía a nadie que se hubiera divorciado o que fuera hijo de padres divorciados. David era el único, pero yo nunca le preguntaba nada porque a mí no me hubiera gustado que me pregunten. Mi tío Mario vivía en Guayaquil, en Urdesa, y a veces David se iba para allá a pasar los fines de semana y me invitaba y pasábamos increíble. Íbamos a vagar al Policentro, nos metíamos al cine a ver cualquier película que estuvieran dando, y después mi tío nos llevaba a comer Burger King.

Pero lo más bacán de estar en la casa de mi tío Mario era encerrarnos en el cuarto de David. No era igual al de Portoviejo, no tenía las mismas cosas, era más pequeño, como estrecho, pero tenía televisión por cable y pasábamos toda la noche, hasta que amanecía, viendo MTV y grabando videos en VHS. A Portoviejo todavía no había llegado el cable así que teníamos que aprovechar y aunque mi tío Mario nos jodía por pasar ahí encerrados medio como la gaver nunca nos castigaba ni nada. Yo llevaba casetes en blanco y los llenaba con videos y algunos de esos los vendía en Portoviejo porque nadie más tenía esa música.



David tenía tres años más que yo, pero como que nunca me di cuenta. O sea, no parecía un man mayor. Lo único raro era que no le gustaba salir de caleta. Yo me podía pasar toda la tarde en la cancha o andando en bicicleta por la ciudadela o tumbando jobos y mangos de los árboles del patio de mi casa, pero él nunca quería, su huevada era escuchar música. Hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis, cantaba mirando a la pared pero como si estuviera en un estadio lleno de gente, me tenía armada una batería con tarros de galletas y siempre me decía buena tocada, gordito, buena tocada.

Había bandas que mi primo tenía en disco y en casete, y yo lo jodía por eso, le decía angurriento, crúzate ese material, regálame los repetidos, pero el man me explicaba que los casetes los podía escuchar en su walkman y en el carro de mi tía Vivi, pero los discos no, y él sólo escuchaba originales. Entonces me grababa la música que yo quería en mis casetes y yo se la pasaba a los panas. Nos pasábamos días armando casetes, David era como un DJ profesional, pensaba mil veces qué canción poner antes que otra, y yo escribía la lista en el cartoncito ese con el que venían, primero el nombre de la canción y después el de la banda. Todo en orden y hasta con los minutos que duraba cada canción. Éramos unos duros. 



Un día pasó una huevada más tuca que cualquier otra que nos hubiera pasado antes. Yo había estado toda la tarde fuera de caleta, andando en bicicleta con los panas de la ciudadela. Me acuerdo que nos fuimos hasta la Avenida del Ejército, lejísimo, y dimos vueltas por el Parque del Niño hasta que los manes de ahí nos miraron mal. Cuando llegué a mi casa, como a las seis de la tarde o capaz a las siete porque ya estaba medio oscuro, me lo encontré a David acostado en la vereda, frente a la puerta, como muerto. Tenía un discman en el pecho, los audífonos en las orejas, y la música sonaba a todo volumen. 

Mi primo estaba como perdido en el espacio, como loco estaba el man. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David tenía los ojos abiertos pero no me miraba. Era una cosa rara, miraba a través de mí, como si yo fuera un fantasma o un espíritu transparente o una de esas huevadas que uno ve flotando en las películas de terror. Le pregunté qué te pasa, pero no me respondió. Le volví a preguntar, oe, ¿qué te pasa?, y nada. Así que me le senté al lado y me quedé ahí porque me parecía que había que cuidarlo, que le podían robar el discman. Después de un ratote me pasó los audífonos y escuché lo que él había estado escuchando.

Ese día mi tío Mario le había traído a David el discman y un disco nuevo, el Nevermind. Me acuerdo que me quedé colgado viendo la portada, ese niño nadando en la piscina detrás de un billete de un dólar. No sabía qué hacer, me parecía maldita, pero también me hacía cagar de la risa. En Portoviejo todavía no había cable, pero ya cazábamos que a la media noche, después del himno nacional, Ecuavisa ponía la señal de MTV Latino y desde que escuchamos Nirvana nos quedábamos despiertos hasta que pusieran sus videos. Tomábamos Coca Cola y hablábamos por teléfono, cada uno en su casa, para estar pilas. No importaba si al otro día había clases. El que se dormía, perdía.


Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. Al principio, como el gran cojudo que soy, no entendí muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras porque era mi primo y pensaba robarme cualquier cosa que el man fuera a botar. Sacamos los posters y los guardamos en cajas de zapatos y los más grandes los enrollamos y los metimos en un clóset, fue como un entierro. David tenía otros posters, unos nuevos, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos y recién ahí entendí por dónde iba la jugada. Mi primo me ofreció algunos posters viejos, pero yo ya no los quería, qué iba a querer a esos muertos.

Era inverno y hacía un calor recontra que hijupeuta, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle, y andábamos era con pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas, esa nota. Pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana y a veces teníamos que apagar el aire porque mi tía decía que se gastaba mucha luz y que mi tío, que era el que pagaba, se ponía bravo. David se trepaba en el escritorio donde hacía los deberes y se lanzaba desde allí a la cama y se revolcaba como Kurt Cobain. Todo el día. Todos los días.



Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se traumó. Los panas del man salían a dar vueltas en la Avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música, grabando casetes, escuchando las mismas putas canciones. Escuchaba música hasta en la mesa, cuando mi tía nos servía la comida, era un pobre hijueputa. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las putas canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir, ni cuando pasaron un concierto de los manes en MTV, por un año nuevo, creo.   

David se volvió un enfermito y yo me cagaba de risa y le decía habla, Nirvana. Le pidió a mi tío Mario todos los discos que iban saliendo y cuando le llegaban me llamaba y nos sentábamos a escucharlos y él me explicaba porqué cada uno era mejor que el otro. Son más salvajes, me decía, se nota que al man le cabrea lo comercial, va a destrozar la industria, vas a ver. Y yo me seguía cagando de la risa pero él nada, ponía cara seria, como los grandes. Yo quería hablarle de una pelada que me gustaba, pero él quería escuchar otra vez el Incesticide. Yo quería contarle que ya me había amarrado con la man, que la había besado en la boca, con lengua, pero él ya estaba perdido en el In Utero, que para qué, era la huevada más bacán que habíamos escuchado en la vida. 



El 8 de abril de 1994, me acuerdo clarito porque faltaban diez días para que  yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa, peor que cualquiera que nos hubiera pasado antes. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos. En mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto entonces tenía que ir a la sala, y ahí me la pasaba, acostado en el sofá, rockeando. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su mansión, se había volado la cabeza con una escopeta. Así dijeron: se voló la cabeza con una escopeta. Turrísimo, no lo podía creer. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo llamé un millón de veces más, pero nada, y cuando fui a su casa mi tía Vivi me dijo que estaba encerrado en el cuarto y que no quería hablar con nadie. Igual le toqué la puerta del cuarto durísimo, a veces siguiendo el ritmo de las canciones que estaba escuchando, pero nunca me abrió. Me cansé y me fui donde mi pelada, que era un año mayor que yo. Me vio bajoneado y le conté de Kurt, de David, y ella me dijo que tenía una amiga que le podíamos presentar a mi primo y que capaz podíamos salir los cuatro a dar vueltas por la Avenida y a comer en el Big Burger. Me alegré, lo juro. Quizás después de la muerte de Kurt, pensé, David pueda tener una vida normal.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de Pinoklin y no sé qué otra huevada. Lo llevaron al hospital, mi tía Vivi me dijo que le habían lavado el estómago, y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar porque estaba sonriendo. Sonreía, lo juro, y yo pensaba este man es el auténtico bacán, se va a despertar y nos va a mandar a todos a la mierda. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión-ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, ya había cumplido los dieciséis.  

Lo enterraron en el Cementerio General, al lado del colegio Rey de Reyes. Eso siempre me ha parecido como la gaver porque a David lo botaron de ese colegio en tercer curso y el man siempre decía que los curas estaban enfermos. Yo lo vengo a visitar todos los años, de noche, cuando sé que mis tíos ya se han barajado de aquí. Mi tío Mario ya no volvió a comprar discos pero mi tía Vivi me dio todos los de David, y el walkman, y el discman. Traigo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba. Escucho todos los discos y termino con el Unplugged, que fue el que mi primo nunca llegó a escuchar. Quién sabe, de pronto si veía a Kurt tan feliz como estuvo esa noche el man se salvaba. Quién sabe. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aunque el man no me diga nada. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?


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