3.23.2020

Día 7 (mi misantropía)


Definición de la palabra misantropía según la RAE: Aversión al trato con otras personas.

*

Mi mamá (Dra. de aquí en adelante) me llama todos los días. Durante los primeros días de la cuarentena me llamaba por la tarde, a las cuatro, a las cinco, a las seis; pero ahora lo hace por la noche, a las ocho, a las nueve ¿Por qué?, porque, dice: Me estaba aguantando a ver si eras capaz de llamarme tú, muchacho, pero qué va, ¿por qué nunca me llamas? Y el diálogo, palabras-más-palabras-menos, continúa de la siguiente manera: 

- Tú papá y yo estamos muy bien, digo, por si te interesa saberlo. – dice la Dra. 
- Me alegro. Les mandé un documental por mail. ¿Lo  vieron? 
- ¡Qué documental! ¿No te interesa saber de nosotros? Tu papá es un hombre viejo. Y yo estoy  entrando a una edad… peligrosa.
- Ya me dijiste que están bien.
- ¡Pero eres tú el que tiene que preguntar! ¿Por qué nunca me llamas? 
- Porque siempre me llamas tú, o sea, de todas maneras terminamos hablando. Da igual. 
- Lo que está pasando es gravísimo, yo estoy aterrada, y para colmo tu papá tiene que ir al trabajo. Pero ya le puse una bandeja con alcohol en la entrada para que deje los zapatos. ¿Estás viendo noticias? 
- Lo normal. Televistazo, a las siete.
- ¡¿Nada más?! Hay reportes a cada rato, en todos los canales. Cada vez hay más contagiados. ¿No lo sabías? 
- Por eso no veo más noticias, para no contagiarme. 
- No hables tonteras, muchacho. 
- …
- …
- …
- ¿Has hablado con tu abuela? – pregunta la Dra. 
- Obvio.
- ¿Todos los días? El doctor Albuja dice que las personas ancianas se deprimen mucho en situaciones como ésta. Tienes que llamarla todos los días. 
- La llamo pasando un día. 
- Tienes que llamarla todos los días. 
- No la voy a llamar todos los días. 
- ¿Ah, no? ¿Y se puede saber por qué? ¿Te cae mal? 
- Porque mi abuela será vieja, pero no es tonta. Si la llamo  todos los días va a pensar que algo está mal conmigo o, peor, con ella. No voy a meterme en ese juego. Sorry. 
- Qué lindo, ¿no? Perdona, ¿eres geriatra o psicólogo? 
- Periodista. Pero tengo alma de viejo y he visto tantos psicólogos que ya me sé cómo es la vuelta. 
- …
- ¿Viste el documental? – pregunto yo – Es anti-Correa, te va a encantar. 
- No todavía. Tu papá sí lo vio, dice que es muy largo, pero que tiene bastante información. Si es contra ese hombre lo voy a ver esta noche, después de las noticias. 
- Pero, ojo, lo hizo un amigo que trabajó en la campaña de Lasso. O sea, no es lo más objetivo del mundo. 
- No me importa. 
- Oye, Doctora, si la segunda vuelta fuera Lasso-Nebot, ¿por cuál votas? 
- Por el que odie más a Correa. Ese es mi candidato, sea quien sea. 
- [Me río] Bacán. 
- …
- …
- ¿Tienes comida? – pregunta la Dra. 
- Un buffet.
- ¿Ropa limpia?
- Limpia y sucia. Estoy surtido. 
- ¿Vitamina C?, ¿alcohol?, ¿gel? Ahí te dejé dos mascarillas.  
- Tengo todo, no te preocupes. 
- ¡¿Cómo no me voy a preocupar?! Es que tú no ves noticias, pero ya hay como 800 casos. 
- ¿En Samborondón?
- En todo el país, tonto. Ya no sé qué más hacer para proteger a tu abuela, ¿qué más hago? 
- (Esto me rompe el alma: La Doctora, que es hija única, sufriendo por su madre como si fuera su hija) Lo mismo que estás haciendo todos los días. Tú tranqui. Vamos como dicen en Alcohólicos Anónimos: un día a la vez.
- Mira quién habla. 
- ¿Te acuerdas de esa peli? 
- …
- …
- Si esto se pone peor vas a tener que venir tú a cuidarnos. – dice la Dra.  
- No hay vuelos, ni buses, ¿acaso no ves noticias? 
- Te vienes en el carro. 
- No está matriculado. 
- Ahorita nadie te va a pedir papeles, estamos en emergencia. Te  vienes, ¿me oíste? 
- De pronto, como dice la abuela, Dios se acuerda de mí y me   lleva primero. 
- ¡Ay, muchacho! Eres como… como… no sé… como  desnaturalizado. 
- [That’s my cue] Bueno, me voy. Hablamos mañana, ¿ya? 
- ¿Vas a ver noticias?
- No. Betty, la fea. Está buenísima. Parece Shakespeare, onda  Macbeth. 
- Tú viendo novelas y yo que no puedo dormir de la   preocupación. 
- Tómate un Rivotril. 
- ¿Eso es lo que tomas tú? 
- Balance en cada miligramo. 
- Pero eso sólo se consigue con receta. 
- Entonces tómate una botella de vino en la merienda, con mi papá. 
- Estás loco. Al otro día me duele la cabeza. 
- Eso es fácil de solucionar. Te tomas otra en el desayuno, con mi papá. 
- ¡Contigo no se puede hablar! 
- Siempre a la orden. 
- ¿Me vas a llamar mañana?
- Obvio.

Como podrán notar, La Dra. piensa que mañana nos vamos a morir todos: tú, yo, Tom Hanks, Roger Federer, Nicole Kidman, Trump, Kim Jong-un, mi abuela, TODOS. Pero, sin restarle importancia a la crisis que atravesamos, la suya no es una opinión exactamente profesional. Yo le digo Doctora porque, desde que tengo quince años, me trata como si estuviera loco: entonces me parece civil devolverle el gesto. 

Mi papá, en cambio, sabe que contesto los mails enseguida y me escribe por ahí. En su última misiva me dijo, Me gustó tu último artículo (usó esa palabra: artículo) en el blog, a tu mamá no, pero me parece que no son necesarias las malas palabras, no ayudan ni sostienen el relato. Le pregunté si ya le había mostrado el documental a La Dra., el documental que él ya había visto, y me contestó, No todavía. Y pensé en mis amigos casados cuando me dicen, Loco, nunca te cases. Y en mis amigas casadas cuando me dicen Loco, nunca tengas hijos. O sea, nunca te cases, pero NUNCA tengas hijos. 

*

Guayaquil es una película con guión de Pasolini dirigida por John Carpenter (el fin del mundo será una cinta B, qué alivio). Y no entiendo por qué la gente se sorprende tanto de que justo en La Perla del Pacífico haya la mayor cantidad de contagiados en todo el país y se encuentren en los extremos de la ciudad y de la sociedad: de Samborondón al Guasmo, de la Isla Mocolí a la Isla Trinitaria. 

Me asomo a la ventana y mi barrio, que por lo general parece Little Manhattan, está diáfano: dos o tres personas en la calle, un par de motorizados de Glovo, un par de taxis, gente con mascarillas y guantes caminando bajo este sol primaveral. En Quito la gente se está quedando en casa. Lo que quiere decir que a lo mucho la narrativa serrana da para otra película de Noah Baumbach sobre una familia que se destruye confinada en su apartamento y que sabe, porque lo sabe, que todo podría mejorar si alguien sale y da una vuelta a la cuadra pero, serranos como somos (me incluyo, porque cada vez que vuelvo a Rock City me doy cuenta, con vergüenza, de lo mucho que me he aserranado y pienso, martirizado, si debería o no volver al caribe y gastarme lo que me queda de vida como un animal tropical), no lo haremos porque obedecemos a Otto, a quien, dicho sea de paso, también odiamos. Así las cosas, la película se financiaría con fondos europeos (y ya sabemos que cuando los europeos financian una película sudaka pues nada bueno puede salir de ahí), su afiche se llenaría con los laureles de los festivales de Berlín, Cannes y, obvio, La Habana (la fiesta de premiación sería en el Hotel Nacional y los cineastas latinoamericanos, mojito en mano, dirían, Qué gran país es este, qué gente tan linda, tan culta: claro, porque tú no vives ahí, no llevas 50 años comiendo frijoles, recibes los tragos -gratis- de un mesero y luego, de regreso en Quito, como estás cansado por el viaje y qué pereza cocinar, pides Domino's a domicilio), pero la taquilla sería pobre en todos los cines del Ecuador con la excepción del Ochoymedio, donde los hípsters de La Floresta la verían con una copa de vino tinto en la mano y la compararían, de nuevo, otra vez, con Escenas de un matrimonio, de Bergman (esa sí, la mejor película jamás filmada sobre la vida en pareja). 

La narrativa guayaca sería completamente distinta. Tan amplia y llena de posibilidades que, habiendo dicho lo dicho, la podrían escribir también Charlie Kaufman o Seth Rogen y la podrían dirigir también tanto Tarantino como JJ Abrams (una cinta AAA). Estamos hablando de la ciudad más poblada del país, la capital de la costa, en la que por más de veinte años (dos décadas) ha gobernado un partido que lleva por nombre SOCIAL CRISTIANO (y no diré más porque no hace falta); cuya alcaldesa prohibió el aterrizaje de un avión europeo con fines humanitarios bloqueando la pista del aeropuerto con camionetas blancas (GRAN escena) y acto seguido anunció que estaba contagiada de CV19 (hay gente que gasta cientos de miles de dólares en universidades Ivy League para aprender a escribir un twist de ese calibre); una ciudad en la que, durante el paro de octubre pasado, mientras en Quito las masas enfrentaban la represión policial y engrosaban la marcha indígena (no estuve del todo de acuerdo con eso, pero ya hablaremos del tema), cerraba los puentes para que los indios no llegaran al reino de Guayas y Quil (que, por si acaso, no eran europeos) y daba la espalda a los que, ni cojudos, aprovecharon para saquear tiendas porque a quién se le ocurre pensar en ideologías cuando puedes llevarte un LG de mil pulgadas a caleta, o sea, ¡habla serio, maricón!; una ciudad cuyo equipo de fútbol insigne (y todo bien, un solo ídolo) es demandado diariamente, y por sumas millonarias, por jugadores impagos; una ciudad que, en 1988, en una entrevista concedida a Francisco Febres Cordero, Alfredo Pareja Diezcanseco definió con estas palabras: Ahora es una gran ciudad, no diré de entontecidos por el dinero como dijo Blasco Peñaherrera, sino de enloquecidos por el dinero, como dijo Carlos Julio Arosemena Monroy; una ciudad donde se comen los mejores cangrejos del mundo (aguante Ochipinti); una ciudad donde yo, con estos ojos que se volverán cenizas (porque a mí no me van a enterrar, jódanse), he visto a las mujeres más hermosas del país y he sufrido por ellas; la ciudad que parió a Los Ultratumba, la mejor banda de punk del Ecuador; la ciudad donde, al parecer, brotan las mejores escritoras de nuestra generación; la ciudad que inventó la farándula nacional y el concepto de famoso (en Quito, me acuerdo, trataron de armar una corresponsalía del célebre Vamos con todo, pero, para decirlo de la forma más amable, no les dio la raza) una ciudad que parece inventada, que parece un set lleno de personajes porque cuando uno escucha hablar a un guayaco piensa que tiene a su disposición un guionista privado, un personal trainer de la labia que trabaja 25/8. Una ciudad preciosa. 

Esos manes no se van a quedar en caleta. O sea… Ayer, en una entrevista con Andrés Carrión (que la Dra. me dijo que viera, obvio), Otto contó ésta historia. Un chico se contagió en una fiesta de graduación, y cuando le preguntaron al padre, si ya estábamos en emergencia, ¿por qué lo mandó?, el señor respondió, porque ya había pagado la cuota. Otra GRAN escena que seguro se multiplicó en matrimonios, cumpleaños, bautizos, aniversarios, clubs del libro, clubs de jardinería (sugiero, humildemente, una secuencia de montaje que muestre todo esto en paralelo, guayacos aniñados, gente guapa -que lo son- bailando Bad Bunny en distintas fiestas) Es más, todo esto puede empezar con dos guayacos de vacaciones en Venecia que, ya conscientes de la pandemia insurgente, se contagian a propósito para luego contagiar a su personal doméstico (que anda en bus dos horas al día, que no puede darse el lujo de encerrase en una casa y tomar dos metros de distancia con el otro porque simplemente no entran) y deshacerse de un buen porcentaje de pobres (no de todos porque, se sabe, los ricos no pueden vivir sin los pobres). Y Otto declara la emergencia y se arma, primero, el feriado, un gran carnaval en calles abiertas y urbanizaciones cerradas donde se toma en iguales cantidades Pedrito Coco y Dom Pérignon; y, segundo, lo que en mi pueblo se conoce como el coge culo: la policía desarticulando las fiestas callejeras (borrachos asesinados a bala que mueren con la botella en la mano, verdaderos héroes); militares en la puerta de cada casa de cada urbanización para asegurarse de que nadie salga, recibiendo insultos del tipo A mí no me vas a decir qué hacer, cholo hijueputa. Cuando estamos en un restaurante, al final de la comida, mis amigos guayacos, sin regresar a mirar al mesero, dicen, Flaco, llévate esto; así, ni por favor ni gracias. Son gente linda, educada en las mejores universidades, en el seno de las familias más distinguidas ¿Les ha pasado? 

Esa película no empezaría con un logo de Hubert Bals o Ibermedia porque no necesitaría, como el resto de nosotros, mendigar fondos europeos rezando para que ese guiso caiga en nuestra carpeta de producción y no en la del careverga de Bolivia que tiene su proyecto sobre cocaleros explotados o en la de la mexicana justiciera que quiere filmar la historia de una familia salvadoreña (dos adultos, un niño, una bebé recién nacida) que caminó cinco semanas hasta Tijuana para llegar a la frontera con Trump; sino que empezaría con el logo de la 20th Century Fox o de la Universal Pictures, esa película la va a romper en el Mall del Sol y en Riocentro Los Ceibos y en el San Marino y capaz hasta se estrena paralelamente en Netflix. Pero, evidentemente, será la otra, la serrana, la elegida para representar al Ecuador en la carrera por el Óscar. El centralismo también se aplica a la cultura, you know? 

Vamos Guayaquil. Guayaquil de mis amores. Guayaquil, mi amor. Ustedes están en la pelea más dura porque están peleando contra ustedes mismos y en esa pelea sólo puede haber un ganador o un perdedor: your choice. Además, tienen al país, tan solidario como es costumbre, en su contra. Pero ustedes pueden. Si Guayaquil es tu destino, que no sea el último. 

*

Ok. Esto ya está demasiado largo y aún no hablo sobre lo que quería, mi misantropía. Pero antes, algo más, por ahora, de manera muy breve. Estudié Cine y Video en la Universidad San Francisco de Quito, y es, hasta el día de hoy, la única experiencia académica que he disfrutado en la vida. Pero estoy a punto de escribirle una carta a Santiago Gangotena, fundador y canciller de la USFQ, para pedirle un reembolso completo, con intereses retroactivos que se ajusten a los valores de la economía actual. Porque en esa universidad debieron haberme obligado a deconstruir y analizar a profundidad, hasta darme cuenta de cómo funcionan en verdad los engranajes de la narrativa audiovisual (es decir, cómo funciona la vida misma, porque ese es el trabajo de un escritor: descubrir cómo funciona la vida), la obra del colombiano Fernando Gaitán, cuyo rostro, dicho sea de paso, debería estar estampado en los billetes del hermano país del norte tal cual el de García Márquez. Y con esto quiero decir cuatro años de carrera concentrados en sus tres clásicos, Café con aroma de mujer (1994), Yo soy Betty, la fea (1999) y A corazón abierto (2010). Si mis profesores, al menos los de guión, lo hubieran hecho, yo ahora tendría más plata que los de EnchufeTV, y, ¿no es para eso que uno va a la universidad? (¡NO!, uno va a la universidad para aprender a pensar, porque esa es la única forma de ser más generosos y comprensivos con el otro, la única forma de ser buenos, pero eso se los explicará, en inglés y en español, David Foster Wallace al final de este post) En fin, si uno ve las telenovelas de Gaitán no sólo se puede convertir en mejor escritor sino que, si las mira en serio, con compromiso y militancia, perdonando o mejor dicho entendiendo cómo quebrar las inquebrantables reglas del género, capaz hasta termine siendo mejor persona: y ése es el propósito final del arte, ¿no? Pero no, en la USFQf me enseñaron a ver Buñuel y Hitchcock y Fellini y Kubrick y Polanski y el infumable Tarkovski y Kurosawa y ahora estoy aquí, escribiendo entradas en un blog que nadie lee… y gratis.

*

Una vez, post Nobel, le hicieron al ya mencionado García Márquez la siguiente pregunta: ¿Cuál es su sueño? Y él respondió: Escribir sin que nadie me joda. Esto es lo que respondo yo cuando mis amigas, sobre todo mis amigas (que, se me hace, toman turnos cual enfermeras para chequearme) me llaman y me preguntan, tratando de disimular la preocupación, ¿cómo estás? 

Esa preocupación no es gratuita. Alguien con mis antecedentes, depresión, aislamiento social, abuso de sustancias legales e ilegales (ambas altamente recomendadas por éste, su seguro servidor), que vive completamente solo y se ha aprovisionado con la cantidad suficiente de ansiolíticos para no tener que volver al psiquiatra durante por lo menos tres meses o, quién sabe, nunca más, entra en la demográfica vulnerable en un estado de excepción que tiene al país entero en cuarentena porque, chucha, ¡vive solo y ahora no hay ni cómo ir a visitarlo! 

Nadie parece recordar, y eso es culpa mía, que soy misántropo por naturaleza y el encierro no es nada nuevo para mí. Al contrario, es un estilo de vida, es mi estilo de vida. 

Ayer hablé durante poco más de una hora con una amiga tan o más misántropa que yo, que está sufriendo porque, dice, comienza a extrañar el mundo exterior. Luego de un diálogo del más alto nivel, llegamos a esta conclusión: un misántropo está en la obligación de salir de casa, al menos los fines de semana, no tanto por una cuestión de salud mental sino de reafirmación de principios. Me explico: el misántropo, cuestionador y overthinker como es, se pregunta diariamente si está haciendo lo correcto al vivir encerrado, si no sería mejor llamar a esas amigas que tanto se preocupan por él y salir a cenar; o invitar al depar a esa man que le mandó esas fotos por chat con el plan de peliculear; o visitar a ese matrimonio-joven-aún que siempre necesita de un tercero y fumar el pipazo de la paz escuchando Prince (más del artista en otro post, por ahora, sólo les recuerdo que Descartes dijo, Pienso, luego existo; y Prince, siglos después, respondió, I Rock, Therefore I Am) Pero al final de estas excursiones, por más bien que el misántropo la pase, por más que se ría y fume y peliculee, confirma que siempre ha estado en lo cierto y vuelve a su cueva. En mi caso, a los libros y a la compu y a la tele y a la bici y a mis Mac & Cheese con salchichas alemanas porque, sí, es verdad, el mundo exterior no es la gran cosa. Aunque en estos días de forzada quietud se ve tan ordenado, tan puro, tan apetecible que hasta dan ganas de. No soy verde. No ando por ahí promulgando el uso de bolsas de tela. Hago lo que puedo: reciclo, genero poca basura, me muevo en bici. Es más, odio a la gente que usa la palabra Pachamama y odio más a los músicos que le hacen canciones al agua, pero es evidente que el planeta no nos necesita.   

Amigas, hermanas, madres, porque ustedes lo han sido todo para mí y, como canta Manzanero, Olvidaba decir que te amo, con toda la fuerza que el alma me da, sepan que estoy bien. Extraño verlas y abrazarlas y echarnos en la cama a ver tele. Extraño el sushi y las galletas de avena del Cassolette y esos sitios que sólo ustedes conocen. Pero, hey, hay gente que extraña comer.  

Me cuesta escribir esto sabiendo que la mayoría de ecuatorianos, los que viven de su trabajo diario, de lo que pueden reunir vendiendo jugos en la calle, cigarrillos en una esquina o limpiando parabrisas (a los que yo he despreciado mil veces), los que no tienen capacidad de ahorro y no solucionan la semana pasando por un cajero automático antes de ir al Mega, están atravesando una pesadilla que ni Otto ni nadie puede realmente solucionar, y que son los más expuestos y vulnerables porque no se pueden quedar quietos, porque a ellos no se les puede aplicar con rigor el #quedatencasa porque hay que apostar a ver qué te toca: morir contagiado o morir de hambre. Con todo esto en la cabeza y en el pecho, me cuesta decir que yo vivo un sueño, el sueño de Gabo, que ni siquiera es mi escritor favorito ni mucho menos, aunque leo El amor en los tiempos del cólera una vez al año y por eso, como dicen ustedes, me va como me va. Pero, insisto, estoy bien. 

(Qué gran escena, en la película serrana, sería que JFA, amigo de la familia que se está deshaciendo encerrada en su apartamento, publique esto -estoy bien- y no vuelva a publicar más porque, días después, aparece tirado en la sala de su propio apartamento, tieso, con noventa ansiolíticos todavía disolviéndose en su estómago. Mientras por encima Kurt Cobain canta, And I swear that I don’t have a gun / No I don’t have a gun). 

So… Si evado las teleconferencias es por dos razones. 1) Mi rutina es sólida, estoy en un momento muy productivo, y quiero/necesito aprovecharlo: voy al gym, camello en la revista, escribo o trato de escribir, leo full, veo Betty y trato de drenar todo lo que pueda de Gaitán; me alimento sanamente dentro lo posible, tengo vitamina C y paracetamol a la mano.  2) Prefiero hablar con ustedes por separado; así, A me dice, Desde que B encontró al Señor está insoportable, loca, lo-ca, ahora reza y se quiere casar con un banquero; B me dice, pobrecita A, me da pena, casada con ese viejo ridículo y chiro que se cree rockero; y C me dice, Ay, íntima, no sé cuántas teleconferencias más me pueda aguantar con A y B, qué bestia, qué intensidad. Y yo sueño con ustedes tres preguntándose, ¿Quién le va a decir a JF que no tiene talento? Ahí está, como dicen en mi pueblo, el condumio, el juguito, no en esas teleconferencias tipo ONU que terminan siempre con eso de, Te amo, hermosa!!! Porque pocas cosas hay tan bellas y nutritivas para un escritor como escuchar a una mujer hermosa hablar cariñosamente mal de otra mujer hermosa. Gracias por eso. Keep Up The Good Work!  

Y ya. Se me fue la mano, literalmente. Sólo recuerden esa escena de Stardust Memories (la mejor película de Woody Allen; la que más quiero es Annie Hall, pero Stardust Memories es la mejor) en la que Woody se encuentra con los extraterrestres y les pregunta, ¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿qué debo hacer yo con la mía?, ¿tiene sentido buscarle sentido a la vida? Y los aliens-retro le responden, Estás haciendo las preguntas equivocadas. Eres comediante. Cuenta mejores chistes. Eso es lo que yo estoy tratando de hacer. Escribir mejor. Fracasar mejor, como diría Beckett. Ayudar. En este momento, ésta es mi mano abierta.   
  
              
     

3.17.2020

Día 1 (mi gordo)


Lunes 16 de marzo del 2020. 0700 horas. Bajo al garaje, agarro la bici y la meto al ascensor. Ayer, domingo, fui al Supermaxi de la 12 de Octubre y Madrid. Estaba lleno, pero no caótico ni incoherente. Y la única sección con perchas vacías era la de las carnes: supongo que mucha gente organizará asados (ya nadie dice parrilladas) en estos días de supuesto aislamiento. Fui por consejo de una amiga guayaca que, usando estas palabras, me dijo que había el run-run de que en cualquier momento anunciarían el toque de queda; y también me dijo, con estas palabras, mientras los estúpidos de Samborondón están haciendo fiestas, esos imbéciles piensan que esto es un feriado.  

Como no he visto noticias y ni siquiera me queda claro si podré o no ir a la oficina, aterrizo en PB y le pregunto al guardia si sabe algo, si puedo salir a dar vueltas en bicicleta. Me dice que sí, pero que según lo que él ha escuchado, desde mañana-martes, a partir de las 0600, todos encerrados. Ok, pienso, un último día en bici: es más de lo que se le otorga a muchos condenados. Concierto de Nirvana en el iPod (del que mis amistades millenials se burlan y al que tocan como si fuera una antigüedad exhibida en un museo; y eso que es touch, o sea, se conecta a Internet y tiene cámara y un montón de hueás que nunca sabré para qué sirven porque hay puertas que es mejor no abrir), el mítico show de fin de año en Seattle, 93/94, que los enfermitos escuchamos como un greatest hits en vivo y una especie de testamento y últimas palabras. 

Comienzo a rodar en el parque La Carolina, donde siempre, frente al cruce entre Shyris y Portugal, rumbo a la Eloy Alfaro. Mi psicoloca me ha recomendado que, de vez en cuando, para romper el hábito, intente rodar en el sentido contrario, pero no lo logro. Como canta Mick Jagger: old habits die hard. Y me pasa la misma puta mierda. Llevo zapatos gruesos, medias gruesas, una malla-lycra que me avergüenza (el man que me la vendió me dijo que era térmica, de las que usa la gente que acampa en la cima del Cotopaxi, o sea, los dementes), una bermuda también gruesa (en un principio pensé que la combinación malla + bermuda me haría ver como Jeff Ament en los ’90, pero, ya pues, yo no soy Jeff Ament en los ’90), dos camisetas, un suéter grueso con capucha, y una máscara de ninja andino que me cubre todo menos los ojos. Me veo ridículo, lo sé, y aún así tiemblo del frío y pasa la misma puta mierda: un man de bajito 70 años, semidesnudo, pasa corriendo a mi lado, pero así, soplado, bañado en sudor, brillando del sudor, y me rebasa por mucho y pronto se convierte en una partícula que flota en el horizonte. Y una man a la que sólo he visto de espaldas porque corre en mi misma dirección (siempre con la misma ropa, calentador gris, suéter morado) y tiene el mismo pelo y la misma contextura de Leila Guerriero también me rebasa. Y me rebasa un man que monta con traje de ciclista, es decir, disfrazado de superhéroe, súper tuco, con casco y esas gafas Oakley que devuelven un reflejo naranja (y me recuerdan a Rápidos y Furiosos o a la gente que ve Rápidos y Furiosos) y esa bici que debe costar más que el apartamento en el que vivo y seguro no pesa nada porque es de aluminio o titanio o algo así, el clásico man que desayuna quinua: puto. 

Y te busco, broder, ¿dónde estás? Para mí es muy difícil, realmente difícil, hacer esto sin ti. Tú eres una de las razones por las que yo, que odio madrugar (sí, para mí levantarse a las 0700 es madrugar y en una sociedad medianamente civilizada debería ser penado por la ley), madrugo para pedalear. Tú haces que todo esto tenga algo, algo, de sentido. Tú, que no me conoces ni me conocerás a menos que un día coincidamos en un lamentable accidente y tengamos que hablar, haces lo que hace la buena literatura: me haces sentir menos solo.

Segunda vuelta y no lo veo, ¿estará enfermo?, ¿paniqueado por el CV19?, ¿será el primer caso en mi barrio? Dios mío, creo más en Yoda o en El Señor Miyagi que en ti, pero, por favor, que no le haya pasado nada malo. Avanzo al borde de la Amazonas junto a un grupo de manes bajitos y flaquitos que marchan a lo Jefferson Pérez con esos shorts que parecen zungas brasileras o, como dirían en mi pueblo, cacheteros. Y llegando a la Japón, cerca del CCI, te veo y suelto dentro de mi máscara un suspiro de alivio y felicidad. Ahí está mi broder, el que camina/trota/camina en pijama (se nota que nunca ha pasado por Marathon) con una camiseta de Pantera por encima del suéter verde, una camiseta llena de agujeros; el que tiene unas ojeras tan profundas y verdes que sólo puede haber pasado la noche jugando videojuegos o haciéndose la paja viendo películas de Margot Robbie (el que esté libre de pecado que lance la primera piedra; gracias Scorsese); el que de ley, de ley, vive con los papás o por lo menos con la mamá, y capaz no tiene camello o camella desde caleta antes de que estuviera de moda porque es un genio de las computadoras o gana fortunas apostando al póker online; el que no tiene muchos amigos y no conoce a muchas chicas y se consuela en el 515 o, quién sabe, tiene la misma novia desde el colegio; el que avanza como una tortuga pero suda como un cerdo y se está quedando calvo; el que sabe que es más probable morirse de gripe que de CV19 y ha tratado de explicárselo a su madre con cifras del Centro Nacional de Epidemiología de España, pero nada, su vieja insiste en que se lave las manos incluso antes de lavarse las manos, en que no salga, en que se ponga gel anti-bacterial antes de desamarrarse los zapatos que, obvio, debe dejar fuera de la casa; el que se ha leído todo Tolkien (Yo nunca lo voy a leer, sorry. En palabras de Darth Vadder: It is too late for me, son); el que quiere tener una hija sólo para ver con ella El imperio contrataca y enseñarle la eterna lucha entre el bien y el mal y la importancia de nunca dejarse arrastrar por el lado oscuro de La Fuerza (acto seguido le dirá: El único lado oscuro en el que se puede vivir es el de la luna); el que ama Stephen King; el que desayuna dos huevos fritos con tocino y pan tostado todos los días y siempre deja intacto el plato de manzana picada que le sirve su viejita; el que tiene Plex y ve todo, Netflix, Amazon, Hulu, HBO, Apple TV, Disney, sin pagar; el que se llama Santiago o Sebastián pero odia que se refieran a él como El Santi o El Sebas pero no lo puede evitar porque la gente, se sabe, vale tres atados; el que camina/trota/corre con esos Nike ya arrasados por el tiempo y que dejan ver sus medias blancas; el que a veces tiene que parar para ganarle la carrera al ataque cardiaco; el que, en un día muy especial, embalado, escucha el Raining Blood enterito y le hace la yuca a la Cruz del Papa; el que ojalá, ojalá, sea mayor que yo o por lo menos de mi misma edad o no mucho menor; el que es más gordo que yo o tan gordo como estaba yo antes de volver a la bici. Ese es mi broder, mi gordo. Y estamos juntos en esto. 

Te veo y comienzo a pedalear con más fuerza, recargado, reloaded (¿Eres fanboy de Matrix? Yo no. Una vez intenté volver a verla y dormí delicioso) Y Kurt canta, I wish I was like you / easily amused. Es la definición más exacta y bella que he escuchado de la depresión, ¿sí o no? Y nada, bro, no sé cuándo vuelva a verte, pero cuídate, cuídate mucho. Si te dicen que no salgas de la casa, no salgas. Si tienes tos seca, no te paniquees. Si se te calienta la frente, ahí sí llama al 171 pero de una. Y tranqui, el índice de mortalidad en nuestra edad es casi nulo. Pilas con tu vieja; y con tu abuela, ¿tienes abuela?, la mía se llama Bella y es bella en todo sentido pero ya está en esa edad en la que le pide a Dios que se acuerde de ella y, la plena, la entiendo: ¿para qué vivir sin ganas?

Y sigamos moviéndonos. No sé tú, pero yo escogí pedalear por la mañana porque así arranco el día con una victoria y pienso: si pude madrugar y hacer una hora de ejercicio, tal vez, tal vez, pueda con el resto del día. En mi edificio hay un gym pero, puta, no sabes, ghetto total, creo que las máquinas las hizo un tornero o el aprendiz de un tornero, y junto a la máquina para correr hay un letrero rojo que dice, en letras negras, ESTA MÁQUINA NO ES PARA CORRER y cuando estás ahí lo que te dan es ganas de fumar bazuco y escuchar Mötley Crüe pero es lo que hay y me tocará bajar todas las mañanas a ese pequeño infierno forrado de baldosas partidas porque alguien dejó caer las pesas, las dos únicas pesas que hay. Pero muévete, bro. Pilas con esas endorfinas y con la serotonina, no es mentira que gente como nosotros, gente como uno, necesita mantener esos niveles a flote, mucho más ahora, aislados y solos, juntos y solos. Si no tienes gym en caleta, te toca reflexionar de pecho en el piso de tu cuarto y ahí mismo hacer par abdominales. Una amiga me contó que un man, frustrado, se acuesta en la sala de su casa y pedalea con la bicicleta patas arriba (pero eso ya es como mucho, ¿no?) Mi consejo es que veas Cobra Kai en YouTube y te inspires. Además, te juro que te va a gustar y no sabes el cariño y la empatía que uno llega a sentir por Johnny Lawrence, eso, por si acaso, se llama saber escribir, bro.          

Espero que estas palabras que nunca vas a leer te encuentren bien o que por lo menos te encuentren, lo cual ya sería bastante. Vamos ahí, loco. A la verga los ciclistas tucos y la quinua y los viejos supersónicos y los marchistas inmorales y las trotadoras esqueléticas, ellos no saben de qué se trata, no saben nada: they don’t know shit. Tú y yo lo sabemos. Porque a ti y a mí nos cuesta, nos cuesta harto levantarnos a las putas siete de la mañana para ir al parque y movernos porque dizque así vamos a estar mejor. Nosotros la peleamos. 

Hasta muy pronto… las piedras rodando se encuentran.   


3.09.2020

Chuck Lorre: detrás de la risa

IMAG = Immigrants Make America Great

El último episodio de The Big Bang Theory se transmitió el 16 de mayo del 2019, fue el último de 279 episodios, y también el final de doce temporadas en el aire, lo que convirtió al show en la comedia de mayor permanencia en la historia de la televisión. Chuck Lorre, su co-creador, dice que la idea de una comedia sobre jóvenes-científicos-disfuncionales les llegó a él y a su colega Bill Prady cuando, conversando en una cocina sobre un nuevo proyecto, Prady, quien trabajó alguna vez como programador de computadoras, le dijo a Lorre que la gente que trabajaba con él era la más inteligente del mundo, genios absolutos, pero incapaces de calcular la propina en un restaurante (porque habían demasiadas variables) o conversar con una mujer en un bar. “¡Ese es el show!”, dijo Lorre. Y partieron. Años después, cuando el programa ya tenía millones de seguidores en todo el mundo y generaciones enteras de niños se enlistaban en clases de matemáticas avanzadas inspirados por algún capítulo, lo explicó así: “No sé lo que es ser un astrofísico [por eso tenemos uno en el staff de escritores], pero sé lo que es estar en el mundo y no sentirse parte de él, conozco la soledad, y el intelecto no es suficiente para lidiar con la vida o las relaciones. Todos podemos relacionarnos con eso”. 

Ya antes de The Big Bang Theory, Chuck Lorre había sido coronado como “el rey de la comedia” por una parte de la crítica (la que lo aprecia; hay otra parte que lo desprecia, y mucho). En 2003 estrenó Two and a Half Men, que partió con una audiencia modesta pero creció hasta convertirse en uno de los shows más vistos de su tiempo: algo que hasta ahora enorgullece a Lorre es haber competido en horario (lunes por la noche) con El aprendiz, el reality que Donald Trump condujo por catorce temporadas, y siempre haberlo superado en rating; en su mejor momento, quince millones y medio de personas miraban el show de Lorre cada semana. En rigor, Two and a Half Mentambién se mantuvo doce años en el aire, hasta el 2015, pero digamos que en dos etapas, una protagonizada por Charlie Sheen (que arrastraba fanaticada pero cuyo abuso de la cocaína lo hacía olvidar líneas de diálogo y, según Chuck Lorre, lo convirtió en un elemento peligroso para sus compañeros y sobre todo para sí mismo); y otra en la que Sheen fue reemplazado por Ashton Kutcher, una especie de alter ego noble y transparente. Pero esta segunda era, que intentó hasta el ridículo superar a la primera, terminó en el fracaso y el sin sentido. 

Conozco a mucha gente que ha visto capítulos de Two and a Half Men o The Big Bang Theory, gente que incluso las siguió con devoción durante sus primeras temporadas, pero no conozco a nadie que haya visto una de estas series de principio a fin. Y es comprensible. Las situaciones se vuelven recurrentes, los personajes se estiran por encima de su propia lógica, los chistes comienzan a funcionar como variables recicladas y uno tiene la sensación de, llegado cierto punto, estar estancado en una especie de Dimensión Reconocida donde la pesadilla consiste en vivir una y otra vez la misma historia. 

Pienso ahora en una frase que Chuck Lorre le dedicó a los críticos que atacaron Two and a Half Men: “Ellos odian nuestro éxito y creen que si se hacen los mártires algún día despertarán con un trabajo de verdad en el mundo del espectáculo” Quizás me la dedicaría a mí también, aunque confieso que he visto sus comedias, y mucho, más de lo que debería, y reconozco que más de una vez he sentido eso que te hacen sentir los buenos cuentos: ese podría ser yo. De ahí que el método Lorre me impresione tanto. Su humor, a menudo, parece obvio y complaciente, pero es el resultado de una cantidad enorme de trabajo que él le atribuye al respeto que siente por el público, al que considera más inteligente que cualquier equipo de guionistas, y al cariño con el que trata o maltrata a sus personajes. Así las cosas, somete a su equipo a jornadas extremas de escritura que empiezan meses antes de que se produzcan los capítulos de alguno de sus shows, que muchas veces se ruedan en paralelo (porque, dice, sin importar la experiencia que tengas, en la producción algo siempre saldrá mal, y la escritura es la única manera de que el tren siga andando); nunca añade risas enlatadas, siempre graba sus series frente a una audiencia (porque, dice, ama el teatro, la energía que el público le hereda a los actores y, además, la risa en vivo es la única forma de saber si una broma funciona o no; cuando una broma falla, la corta o la reescribe sobre la marcha). Lorre resume todo esto con una analogía: “Cada show es como un restaurante y cada capítulo como una visita a ese restaurante: si alguna vez te sirven un plato que no te gusta, jamás volverás a ese lugar” Cuando uno escucha sus entrevistas oye frases como esta, “Trabajas, te encierras en un cuarto y trabajas mucho. Y rezas. Porque nunca hay suficiente tiempo para hacerlo.” O esta, “Trabajo desde una profunda sensación de inseguridad” O esta, “El miedo y la desesperación son una gran motivación.” Y, no sé, parece que el tipo hubiera empezado a escribir hace quince minutos y al mismo tiempo se entiende perfectamente porqué lleva en este negocio más de treinta años. 

Chuck Lorre dice que el gran tema de la televisión, o por lo menos de las comedias, es la familia (la que te toca o la que eliges: amigos, compañeros de trabajo, amantes), y él lleva todo este tiempo tratando de reconstruir la suya. Su padre trató durante varios años de mantener a flote un restaurante de su propiedad que nunca funcionó del todo y que finalmente tuvo que cerrar, algo que produjo un punto de quiebre en su personalidad: la rabia y la tristeza le partieron el corazón y lo arrastraron a una muerte temprana, apenas seis años después de la clausura del negocio, en 1970, cuando Lorre tenía sólo 18 años. Ya antes su madre se había visto obligada a trabajar en un almacén de departamentos para ayudar a la familia, así que Lorre pasaba mucho tiempo solo, encerrado en su cuarto, rasgando una guitarra. Poco después de la muerte de su padre se matriculó en la Universidad del Estado de Nueva York, donde, según sus propias palabras, se especializó en rock and roll, marihuana, y tomó varios cursos de LSD antes de retirarse en 1972. De ahí en adelante, con la meta de convertirse eventualmente en un compositor como su ídolo Randy Newman, se dedicó a trabajar como guitarrista donde lo contrataran. Tocó en bares, en clubs, en cruceros, en hoteles, en resorts congelados en Alaska, en matrimonios, en bautizos, y durante esa época tuvo una revelación: la gente que lo contrataba sólo quería que el público bailara y sudara para que comprara más tragos, a nadie le interesaban sus canciones. Además de encontrarse en una situación en realidad apremiante, se había casado, tenía dos hijos, y cada vez que uno de los pequeños tenía que ir al dentista la familia quedaba en la ruina. Necesitaba ganar más dinero.      

Sin pensarlo demasiado, Chuck Lorre se convirtió en un vendedor puerta-a-puerta. Tocaba música por la noche y por el día vendía radios portátiles del tamaño de tarjetas de crédito (en realidad, dice, vendía cualquier cosa que pudiera comprar por cinco dólares y vender por diez). Un día, mientras intentaba venderle uno de esos radios a las empleadas de un salón de belleza, se dio cuenta de que en el piso de arriba funcionaba un estudio de animación llamado DIC, dedicado a las caricaturas, en el que trabajaban apenas quince personas. Tocó a la puerta y les preguntó, “¿Escriben cosas graciosas? Hoy es su día de suerte. Pueden contratarme” (el humor, dice, lo heredó del rock, “Hasta Dylan es un humorista”) No lo tomaron en serio, pero él se puso a escribir guiones que nadie le había pedido, se los envió y así los convenció de hacerle encargos. Su primer trabajo como escritor profesional, es decir, pagado, fue ocuparse de varios capítulos para la serie del gato Heathcliff (de mediana pero suficiente popularidad a comienzos de los 80’s) “Me pagaban 500 dólares por guión, estaba en el cielo”, dice Lorre cuando lo recuerda.  

Luego de su experiencia en DIC, Lorre fue contratado por el estudio que producía una serie de dibujos animados que por entonces tenía mucha sintonía entre las niñas pequeñas, Mi pequeño pony, y allí, gracias a un colega, se enteró de que si escribía para gente real, es decir, de carne y hueso, podía formar parte del Gremio de Escritores de Hollywood, lo que entre otros beneficios le proveería un seguro de salud que necesitaba desesperadamente para proteger a su familia. Esta, dice, fue la verdadera razón por la que empezó a escribir capítulos (otra vez, no solicitados) para series que ya estaban en el aire: en las noches, solo, cuando todos ya se habían marchado de la oficina. Eventualmente, el estudio lo despidió porque no tenía “la voz” precisa para el show de los ponys, pero para entonces Lorre ya había vendido guiones a series exitosas como Los años dorados o Miami Vice (de hecho, rechazaron la primera versión del capítulo que escribió para este último porque contenía demasiados chistes, pero él mismo se encargó de eliminarlos). Mientras tanto, seguía componiendo canciones, pero el único de sus temas que se convirtió en un clásico fue un encargo, un tema para la secuencia de créditos iniciales de una serie animada que por esos días se dibujaba en un garaje: Las tortugas ninja.

Chuck Lorre fue así saltando de show a show hasta que aterrizó en Roseanne, una comedia conocida por un tipo de humor muy crudo, honesto, frontal, capaz de incomodar, pero también centrada en una familia que riñe principalmente con sus conflictos internos. La serie, co-creada por su protagonista, la comediante Roseanne Barr, tenía 40 millones de espectadores por semana cuando Lorre se integró al equipo de guionistas, y el nivel de exigencia, bajo la dictadura de una diva de cuello rojo que evidentemente sabía lo que estaba haciendo (empezando por castear a John Goodman como su esposo), era tan alto que Lorre fue despedido al cabo de dos años. “Roseanne ponía la vara muy alta, y eso me hizo un mejor escritor”, dice Lorre ahora, y debe ser verdad, porque su carrera se propulsó desde que salió de allí. 

En 1993, tras ser enviado por un estudio a entrevistarse con mujeres de escasos recursos que mantenían a sus familias por sí solas (sin ayuda de niñeras, ex-esposos o familiares), creó Grace Under Fire, el primer show de la televisión norteamericana en afrontar la trama de la madre soltera, de clase baja, que trabaja y se las arregla por su cuenta: lo hizo en clave de comedia y consiguió un éxito inmediato. Luego pasó a las antípodas, y creó un show para la glamorosa Cybill Shepherd, en el que la humanizó presentándola como una actriz más o menos olvidada que trata de retomar su carrera mientras, otra vez, lidia con su familia: fue la estrategia para establecer un lazo con el público. En 1997 co-creó Dharma & Greg, esa comedia romántica en la que una chica hermosa (cómo nos enamoramos de Jenna Elfman), de ascendencia hippie e instructora de yoga, encuentra el amor en un abogado de familia conservadora: otro éxito. Chuck Lorre, que también participaba como productor ejecutivo de sus shows, supervisaba las historias y escribía varios de los capítulos, parecía haber encontrado dónde hacerle cosquillas a millones de personas, pero también cómo conmoverlas, porque después siguieron Two and a Half Men y The Big Bang Theoryy digamos que la colonización fue completa. Me pregunto si es porque, como él dice, todo lo que escribe está relacionado con la vida (su ritmo de trabajo le costó un divorcio y una íntima y duradera relación con el alcohol, algo que se refleja en otra de sus comedias, Mom, protagonizada por la encantadora Anna Faris), no necesariamente al espectáculo, o porque todavía hoy, cuando en su cuenta bancaria deben haber suficientes ceros como para no tener que volver a trabajar un día en su vida, hay todavía en él ese miedo que sentía al principio, cuando no iba para ninguna parte: el miedo a quedarse parado sobre la nada.        
        
La nueva creación de Chuck Lorre, que ya ganó dos Globos de Oro, se llama The Kominsky Method y no está en ninguna cadena televisiva sino en Netflix, lo que le ha permitido no sólo jugar con la duración de cada capítulo, sino trabajar sin el peso que la censura ejerce sobre la televisión convencional: “Puedes mostrar gusanos brotando de un cadáver, ¡pero Dios nos libre de hablar sobre la sexualidad humana!”, dice sobre el tema (además, debe ser liberador poder escribir fuck you en un guion después de haber pasado treinta años cuidándote de las malas palabras en televisión: poder, al fin, putear como corresponde). Y, a diferencia de sus series anteriores, él es el único creador, el único guionista, y rueda en locaciones reales, como si se tratase de cine, y no encerrado en un estudio: usualmente sus comedias suceden en cocinas, comedores, cuartos, y se levantan sobre las conversaciones entre los personajes. Esta no. O no del todo. 

En una entrevista con el New York Times, Lorre dijo que llevó el show a Netflix porque se considera “un perro viejo con ganas de aprender un truco nuevo”, tiene 67 años y siente que es hora de hablar del tema vejez, quizás a manera de entrenamiento para el tercer acto de su vida. En la misma entrevista dijo, “Internamente no me siento así [viejo], pero vaya que lo soy. Así que estoy lidiando con eso. Es un sentimiento universal. Uno envejece y piensa ‘Hey, ¿qué me está pasando’” Y lo que está pasando es que Chcuk Lorre, que ha escrito bromas durante décadas, ahora está hablando en serio. 

The Kominsky Method, una comedia existencialista y geriátrica, gira alrededor de dos planetas, Sandy Kominsky (Michael Douglas, 76 años), un actor cuyos días de fama pasaron hace ya mucho y ahora se dedica a enseñar un método de actuación a jóvenes que sueñan con conseguir lo que él nunca terminó de conseguir; y Norman Newlander (un Alan Arkin, de 86 años, que se merece todo el honor y la gloria), su agente y mejor y único amigo desde tiempos inmemoriales: otra vez, la familia. La química entre ambos, sobra decirlo tomando en cuenta sus antecedentes, es incontenible, y a veces basta que se miren de cierta manera, que se dediquen un gesto en apariencia inútil, para remecernos la médula con su sabiduría. El mismo Chuck Lorre dice que la mayoría del tiempo es sólo un testigo del oficio de estos dos maestros que, con sus intervenciones, mejoran cualquiera de sus guiones. Pero lo que sorprende o golpea son las situaciones en las que estos personajes se desenvuelven: aquí la gente se enferma, se muere, crece pero no madura, sigue sin entender su razón de ser, llega al tramo final de la vida y se da cuenta de que no todo salió como esperaba y de que ya no hay tiempo para borrar los hechos y comenzar de nuevo. Esto es. Esto fue.

(La segunda temporada, todo hay que decirlo, es superior a la primera y en ella aparece un Paul Reiser nada menos que genial, la prueba viva de que sí, es posible envejecer con dignidad si uno puede burlarse de sí mismo y recordar Woodstock y fumar un grifo de vez en cuando) 

A comienzos del 2007, la revista Entertainment Weekly publicó un reportaje en el quellamó a Chuck Lorre “El hombre más enojado de la comedia” por sus constantes enfrentamientos con la crítica, y lo definió como “misántropo”, “prolífico” y “perfeccionista”. Él no contradijo ninguna de estas afirmaciones, se refirió a un cambio en su carácter a partir de la muerte de su padre, y hasta les dio una declaración en la que dijo, “Pónganme en el paraíso y me enfocaré en algo que me haga enojar… en un nivel profundo, estoy programado para buscar algo que me preocupe y me obsesione” Su obsesión esquizofrénica, está claro, es hacer reír, insistir en el gramaje de la familia, en lo mucho que, mal que mal, nos necesitamos: quizás porque él también necesita recordarlo. Y su nueva lección, de la mano de Kominsky, parece ser que hay que reír hasta el último suspiro. O, mejor, morir riendo.      


*

Si les da pereza leer el artículo, lo cual sería perfectamente comprensible, vean/escuchen ésta entrevista. Aquí está todo. 


3.02.2020

El viejo, el joven, El Faro y el mar


En uno de los mejores capítulos de Los Simpson, de esos que ahora llamamos orgullosamente clásicos y veremos siempre con ojos nuevos, Homero, promesa de no embriagarse mediante, asiste al concurso anual de chile con carne de Springfield y, como la leyenda gastronómica que es, traga sin miedo los chiles de Quetzalzaltenango, cultivados por pacientes psiquiátricos en la selva de Guatemala y distribuidos por el Jefe Górgory. Los chiles le auspician un viaje alucinógeno y existencial que ya se hubieran querido Syd Barrett o Jim Morrison. Mientras tripea, Homero conoce a un coyote (en la versión anglo la voz del animal es el trueno de Johnny Cash), una especie de guía espiritual, que lo convence de buscar a su alma gemela. Hacia el final del episodio, conflicto marital mediante y cargado de tristeza, Homero camina bajo la lluvia hacia un faro elevado sobre los peñascos de Springfield, se emociona y grita, ¡Ah, el cuidador del faro, el hombre más solo en el mundo, él me entenderá!, sólo para descubrir, demasiado pronto, que el faro es operado por E.A.R.L. (en español: Electro Automatizado Robot Luminoso), una computadora. Ese capítulo, que tanto me dejó (las ganas de probar los chiles guatemaltecos, obvio), me hizo pensar en el trabajo de los cuidadores de faros en todo el mundo, y en que sin duda es mejor que sean controlados por máquinas porque una ocupación así (como tantas otras) sería capaz de volver loco a cualquiera. Pero entonces era una suposición, una conclusión acelerada. Ahora estoy completamente seguro.

En El Faro, la segunda película de Robert Eggers (de la primera, The Witch, se habla bastante bien), que partió como diseñador de producción en varios cortos, nada raro al ver el espacio y el poder de la estética en su cinta, sucede justamente eso: dos hombres a cargo de un faro en una isla de Nueva Inglaterra, a finales del siglo XIX, conviven un par de semanas como los únicos habitantes de ese pedazo olvidado del mundo y terminan perdiendo la razón. Ahora bien, es cierto que, por una cuestión de salud y preservación de la especie, la razón debe perderse de vez en cuando, guardarse y olvidarse si queremos lograr ciertas cosas, sobre todo las que creemos que no podemos lograr; pero cuando se extravía por completo, cuando se traspapela entre los planos de las muchas realidades que nos toca sortear, lo que queda es un viaje sin retorno. 

Aunque, pensándolo bien, uno de los hombres, Thomas Wake, el viejo (Willem Dafoe, que cumple como siempre), de voz tan gruesa y tupida como su barba, propias del universo Moby Dick, ya está loco, pero lo sabe y domina su condición como alguien que se ha acostumbrado, no sé, a tomar todos los días su medicina para la presión; y le saca provecho: bebe con entusiasmo, recita poemas de alta mar, respeta supersticiones (nunca mates a una gaviota, es en serio) e impone su autoridad y sabiduría a veces con encanto y a veces con violencia. Es más bien el joven, Thomas Howard (un gran Robert Pattinson, hasta dan ganas de verlo en The Batman pero ya), el cuerpo y la mente del joven, el vehículo sobre el que atravesamos la locura y llegamos a entender sin rastro de dudas que la razón no es algo que se pueda dar por sentado.    

Mientras veía El Faro tuve un flashback, me sentí como en las clases de cine en la universidad, en las que uno descubría películas viejas que lo hacían pasar por eso que Charly García llama la maravillización (“es un nuevo concepto sonoro que se basa en negar que el sonido es izquierda-derecha; el sonido está por todos lados… tiene que ver con que el sonido es mover aire, pero al hacer eso dependés de la acústica del lugar, del rebote. En cambio acá la cosa consiste en lograr la menor adulteración del sonido posible, de la naturaleza a su mesa, señora”.) El Faroes cine en su estado puro, total, cine-cine, del viejo y bueno. Es más, a ratos tuve que hacer un gran esfuerzo para seguir los diálogos porque las imágenes son ganchos que opacan las voces, que dicho sea de paso llevan a cabo conversaciones tan memorables como irracionales como magnéticas. Aunque se la compara con el impresionismo alemán de los 1920’s, a mí me recordó al cine ruso y a Rembrandt (esos rostros afilados que uno puede tocar bajo el riesgo de abrirse la piel con sus ángulos). La fotografía de Jarin Blaschke, compinche de Eggers, cuadrada y de un blanco y negro que asusta y ahoga y compromete, aprieta todo lo que abarca: los planos generales te desesperan porque del horizonte inmenso del mar no se puede escapar; los planos cerrados, sobre todo los rostros en contrapicado, te acercan tanto a los personajes que por un momento llegas a pensar que te harán daño y que pasarás el resto de tus días encerrado en esa isla, con ellos, y que como eres el nuevo te asignarán el trabajo de vaciar las bacinillas; y los planos que comparten los dos Thomas enmarcan un mundo en acelerada decadencia neuronal. Estás en el cine, pero te sientes dentro de un museo, incluso dentro de una pintura, o al centro de una instalación en la que se mezclan el teatro y los mandamientos de Buñuel.   

Dafoe y Pattinson, hombro a hombro y a veces puño a puño o frente contra frente, sostienen el guión como gladiadores. Pasan de completos extraños (Pattinson, acaso consciente de que la locura es contagiosa, hace un esfuerzo notable por guardar distancia, pero es imposible) a pareja disfuncional-pero-unida siempre al borde del crimen pasional. Con el paso de las semanas, Pattinson se va convirtiendo en un Dafoe potenciado por su juventud (un loco joven y con energía es más peligroso que un viejo loco que se cura bebiendo y tirándose pedos cuando duerme), y teme, pero el misterio es demasiado preciado como para detenerse. Ganan confianza, se acercan, no les queda de otra, beben juntos y cantan y bailan como deben cantar y bailar los marineros que se saben flotando sobre la nada y hacia la nada, y se inventan una rutina que de tan masculina se dobla y se parte: las almas, gemelas a la fuerza, se desmiembran. (Las amigas con que fui a verla no dejaban de hablar de El Faro como El Falo, de las escenas de masturbación solitaria como la prueba máxima de desesperación y soledad, de los abrazos ebrios como la presencia inevitable de lo homoerótico entre los hombres).

Cuando terminó la película no podía respirar. Quería volver a verla, ahí, enseguida. O no volver a verla nunca más y quedarme con lo que tenía y tengo ahora entre las manos: el cuerpo de una cinta con las tripas al aire, el alimento de las gaviotas.  


2.26.2020

Las que se quedaron


Cuando ellos se fueron, el documental de la ecuatoriana Verónica Haro Abril, se toma muchos riesgos, más de los que uno podría pensar o arriesgarse a sospechar, y en ellos reside su valor. Visto muy por encima, en la superficie (a partir de la sinopsis, digamos), podría tomarse como la típica película-latina-hecha-para-europeos: un poco exótica-NatGeo, demasiado contemplativa, pasiva, y hasta folklórica si nos ponemos en esas. Pero la cercanía y el afecto con que la directora mira y admira a sus personajes libera a la cinta de cualquier estereotipo. El documental, se nota, está hecho desde la república del cariño y la búsqueda interior (¿de que sirve el arte si no es para encontrarse a uno mismo y, con mucha suerte, sentirse menos solo?) Y logra que la felicidad, cierto tipo de felicidad, triunfe: algo muy difícil de conseguir y, por lo visto, poco apetecido por los realizadores de estas latitudes.

El mayor riesgo que se toma la cinta es ponerse en esa categoría en la que no se le puede decir que no. Pensemos en la historia: en Plazuela, un pueblo andino que ni siquiera figura en los mapas del Ecuador, vive una generación de mujeres mayores, todas viudas, solas, que se acompañan entre ellas y entre ellas construyen una suerte de armonía que les mantiene el pulso a buen ritmo. Es decir, personajes vulnerables por los cuales es imposible no sentir empatía (todos tenemos abuelas) En un momento, la directora dice algo como esto: Quería que la protagonista de esta película fuera mi abuela, pero me demoré demasiado. Entonces uno asume que la abuela murió antes del rodaje y de alguna manera, como espectador, queda comprometido: esto es lo mismo una confesión conmovedora que una trampa manipuladora, porque nos obliga (y un espectador nunca debería sentirse obligado a nada) a ponernos del lado de la narradora y su historia.

Ahí, en esa falta de conflicto, estaba precisamente mi conflicto cuando empecé a verla, ¿cómo puedo disfrutar de una película con la que no puedo pelearme y discutir?, ¿una película en la que nadie me cae mal? (un amigo me dijo: los documentales de Netflix te han arruinado, no todo es conflicto, no siempre es necesario: a veces basta con sentarse a mirar, como si se tratase de un paisaje, y le concedo razón) Pero pasaron los minutos, los cuadros estáticos (algunas postales memorables, otras predecibles), los testimonios, los rostros arrugados llenos de encanto y vida, los diálogos que tienen su parte de realismo mágico y senil pero también de sabiduría terrenal intacta. Y fui cayendo en lo que, creo, convenció a la directora de encuadrar con su mirada a estas mujeres: uno piensa en la soledad y el aislamiento como la antesala de la muerte, pero no hay tal, por lo menos no para estos personajes (una de ellas dice No tengo tiempo para entristecerme), mujeres que no solo se aferran a la vida sino que se atreven a disfrutarla. 

Verónica Haro Abril entiende una regla de oro: los personajes son más importantes que la historia. Y estas abuelas, que uno termina sintiendo como propias, son unas duras. La escena en la que la abuela melómana, que mantiene un romance no-tan-platónico con el locutor de una radio de Ambato, que la complace con peticiones que ella le hace por teléfono y le dedica pasillos al aire, escucha esas canciones con sus vecinas, está desde ya entre los mejores momentos del cine nacional; la escena en la que una abuela muy menuda y algo desubicada no puede recordar cuántos nietos tiene y se burla de sí misma parece un sketch de la más refinada comedia británica; la escena en que dos abuelas apicultoras, trajes mediante (ver cómo se visten es como descubrir por primera vez el traje de un superhéroe) recogen miel de abeja y la una acusa a la otra de floja y distraídaes un clásico de la fórmula pareja-dispareja-que-se-ama. Y así, uno tras otro, van apareciendo momentos que forman un todo y nosotros quedamos al centro de ese todo, en el medio de Plazuela, contentos, incluso con ganas de envejecer o, más importante aún, con menos miedo a la vejez.  

2.17.2020

Una joya


La vida de Howard Ratner, judío y dueño de una tienda de joyas en el diamond district de Manhattan, podría acabar en cualquier momento, y no de una manera muy placentera ni pacífica, sin la oportunidad de entrar gentilmente en esa buena y eterna noche. De hecho, Howie, como le dicen sus amigos y algunos de los que fueron sus amigos y ahora lo buscan para matarlo o al menos causarle dolor y verlo sangrar, le hace justicia al poema de Dylan Thomas: se resiste a la oscuridad ardiendo en rabia y en delirio.

En Uncut Gems, dirigida por los hermanos Safdie (que se las traen, qué ganas de ver sus películas anteriores), la vida de Howie se resume a unos pocos pero muy intensos días, en los que queda claro que su misma supervivencia es un triunfo del azar con fecha de caducidad. Es adicto al juego, a las apuestas, y como a todo adicto que se precie, ganar no es precisamente lo que aumenta su temperatura, sino correr la incertidumbre, arriesgar el pellejo, saber que de un momento a otro puede quedarse en la calle o convertirse en millonario: el motor de su vida es un trance tóxico pero inevitable.   

Le debe dinero a medio mundo, incluso a uno de sus primos, el que más lo persigue y con quien debe compartir reuniones familiares; tiene una amante que lo mismo le sirve de consuelo y le tapa las arterias de los celos; su esposa lo odia (aunque no da señales de querer divorciarse) y para sus hijos es más un personaje que una persona; tapa una mentira con otra y con cada nueva mentira aparece un nuevo problema que a su vez requiere de una nueva mentira y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde para decir la verdad, cualquier verdad, y todo se va volviendo un poco peor, y peor, y peor ¿Se entiende? Sí, claro que se entiende, todos lo hemos hecho, pero ninguno, o pocos, como Howie, que en medio de todos sus movimientos subterráneos y moralmente cuestionables mantiene una ilusión ingenua e hiperactiva, que lo mantiene saltando de piedra en piedra para cruzar un río caudaloso en el que cada vez quedan menos piedras.

Howie es uno de esos personajes que, siendo técnicamente despreciable, resulta entrañable y hasta enternecedor. Es imposible no ponerse de su lado y querer que las cosas le salgan después de haberlo visto correr por toda la ciudad gritándole a su teléfono, defenderse a golpes de la gente que lo persigue para que pague sus deudas, ser humillado por su propia culpa, armar esquemas que sólo podrían funcionar en su cabeza (esto es clave, la gente está cansada de sus mentiras, no tiene credibilidad, ni crédito) y derrumbarse y llorar y reconocer que sólo está haciendo cagadas. Y sí, mucho de esto tiene que ver con la lúcida decisión de poner a Adam Sandler al centro de la cinta, porque debajo de todo ese griterío y el escándalo callejero y los episodios de manía que le provoca el juego, debajo de esa cabeza que a veces se pierde y se separa del cuerpo y se va demasiado lejos para su propio bien, se reconoce a un hombre que sólo quiere una vida mejor que la tiene aunque los únicos métodos que conoce para conseguirla no sean, necesariamente, los más decentes.  

Uncut Gems parte con una escena tipo Indiana Jones en la que unos mineros del norte de Etiopia, trabajando, claro, en condiciones infrahumanas, encuentran una piedra que contiene en su cuerpo varias joyas que revelan los colores del cosmos. Esa piedra es la última esperanza de Howie, la gran jugada que lo librará de todas las deudas y le permitirá arrancar desde cero y con un expediente más o menos limpio, pero él, obvio, no se conforma con el dinero que puede obtener de ella en una subasta sino que se la vende a una estrella de la NBA quien, a su vez, piensa que la piedra le da poderes que lo ponen por encima de sus rivales: y el jugador gana los partidos cuando la tiene en su poder, y Howie apuesta todo lo que tiene por él. Sí, hay una capa de mística, como en un libro de Tolkien o una canción de Led Zeppelin; y de simbolismo, porque esa piedra con joyas incrustadas se convierte en la visión del futuro, en la promesa de la libertad, en la certeza de no volver a tener una pistola entre las cejas. 

Uncut Gems, de aire setentero (uno de los productores es Scorsese), editada a la velocidad con la que los pensamientos se cruzan en nuestro cerebro y resuelta a no detenerse hasta que no queda más remedio, se levanta como la traducción del caos. No para, no afloja, no suelta, es una apuesta en la que están en juego todas las fichas. El todo por el todo. 

*

Pd: Una noche antes de que se entregaran los premios de la Academia, Adam Sandler ganó como mejor actor en los Independent Spirit Awards. Su discurso de aceptación es otra joya. Enjoy.   

2.12.2020

Las perlas de Bong Joon Ho


La actuación de Bong Joon Ho en los Oscars fue conmovedora: quién diría que un tipo que parece tan sencillo, tan tranqui y buena onda y genuino (cuando dijo que iba a beber hasta el día siguiente se ganó mi corazón), y con ese pelo más bien de científico obsesivo-compulsivo, pueda hacer las películas que hace; supongo que un artista no siempre tiene que parecerse a su obra o vivir dentro de ella sino más bien librarse de sus trabas a través de su ejecución o simplemente agrandar el mundo. Tal vez. El caso es que no parecía preparado para tanto y esa fue su mejor ofensiva. 

Parasite, la cinta que de alguna manera lo ha globalizado (la vi en un cine quiteño, en día de semana, tarde en la noche, y la sala estaba a reventar) tiene a cuestas un total de 198 premios recogidos alrededor del mundo, fucking 198, y aunque varios de ellos han sido otorgados por gremios tan distantes como la Central Ohio Film Critics Association y los Globes de Cristal de Francia, y aunque esté de moda premiarla (quizás para ganar prestigio como festival), no cabe duda de que hay una especie de acuerdo cósmico. Parasite impresionó a todo el mundo y todo el mundo quiere demostrarlo. 

Sin embargo, fue durante los premios de la Academia, incluso más que luego de haber ganado por unanimidad la Palma de Oro en Cannes, cuando Bong Joon Ho tropezó con su punto de quiebre. Dijo cosas tan nobles como hermosas que sólo pueden venir de un corazón limpio que salta dentro de un fanático de Hitchcock. Habló de lo importante que es que Hollywood ya no premie a la mejor película en idioma extranjero sino a la mejor película internacional, lo que de cierta forma nos acerca no sólo como cinéfilos sino como ciudadanos universales. Una periodista, después de la ceremonia, le dijo que había hecho historia, y él respondió: sí, hicimos historia, pero esa no era nuestra intención, sólo queríamos hacer una película (creo que esta respuesta mide la talla de su emisor) Y cuando recibió el Óscar a mejor director nos sacó lágrimas a varios porque dijo que en la universidad, en la carrera de cine, estudiaba las películas de Scorsese (para mí, por si acaso, El Irlandés sigue siendo la mejor película del 2019) y ahora lo tenía en frente y no entendía del todo lo que estaba pasando. Y se movía, nervioso. Y se llevaba las manos a la cara. Y daba vueltas en círculo con pasos cortos. Y tartamudeaba. Y era como verlo despertar de un sueño dentro de otro sueño. 

Recuerdo, hace años, haber visto de The Hosty pasarla realmente bien: sufrí un poco, hasta me asusté, creo, pero sobre todo me divertí, me pareció increíblemente entretenida, movida, de esas cintas que no pueden ni quieren quedarse quietas y a las que hay que subirse como a un juego mecánico en un parque temático, agarrado a la barra de seguridad y cerrando los ojos de vez en cuando y gritando para soportar los giros y las pérdidas de gravedad. Ahora, hurgando entre varias entrevistas de Bong Joon Ho, la cuestión me queda un poco más clara: mezcla los géneros de manera inconsciente, porque así es la vida (y lo es), y porque lo que busca, dice, es crear algo único que lo sorprenda sobre todo a él (aquí unas palabras de Paul Auster: uno no escribe los libros que quiere escribir sino los que quiere leer). Parasiteme recordó esa sensación, acaso inclasificable, de estar viendo algo que no le tiene miedo a la bipolaridad narrativa ni a cambiar de registro si ese cambio desemboca en un paisaje cercano y remoto y convulsivo pero nunca antes visto (la escribió en cuatro meses, a toda velocidad, pero la tuvo en la cabeza durante cuatro años). Después de todo, Bong Joon Ho dice tener una colección, entre DVD’s y Blu-ray, de aproximadamente 5.000 títulos, así que, digamos, tiene hartos ingredientes en su alacena y a la hora de rodar es tan meticuloso con sus storyboards como lo era Kurosawa.

Y algo más de ternura para cerrar. En una entrevista dijo que la película que más veces ha visto en su vida es Psycho, de Hitchcock, que la ha visto quizás cincuenta veces; pero luego lo pensó un poco mejor y se corrigió, la película que más veces ha visto en su vida es My Neighbor Totoro, de Miyazaki, porque es la favorita de su hijo, y la han visto juntos más de cien veces. Creo que podemos seguir confiando en él.