9.03.2021

¿Qué tan bueno puede ser un abogado? (un tema de género)




You may be a fucking tough guy, but I’m a crazy guy. 
The difference is crazy guys don’t give up. 
Billy McBride - 


El escritor uruguayo Mario Levrero, cuya fanaticada creció exponencialmente a partir de su muerte en 2004 (cosa rara en la literatura), llenó su último año de vida escribiendo La novela luminosa, auspiciada por una beca de la fundación Guggenheim. No era sólo un libro, era El libro, La novela, y Luminosa, además. La intención del autor era reconstruir en formato ficción ciertas experiencias ocurridas a lo largo de su vida, experiencias luminosas, es decir, que lo habían iluminado de alguna manera, ayudándolo a entender la vida o mejor dicho a sobrellevarla con menor dificultad, concentrándose en atravesarla y no en comprenderla. 

Ya con el asunto económico resuelto, y después de comprar un par de muebles que él consideraba esenciales para su trabajo y para que en su apartamento hubiese muebles, Levrero quiso ponerse en forma escribiendo algo que llamó El diario de la beca, en el que registró todo tipo de eventos. En él describe, por ejemplo, la disposición que ha resuelto para sus muebles nuevos; los pájaros que aparecen en su ventana o en el techo del vecino y a veces aparecen muertos sin que medie explicación alguna; su progreso en el juego que tiene instalado en la misma computadora que debería usar para escribir; las visitas de las amigas que cada tanto se aseguran de que siga con vida y lo acompañan a caminar un rato para que haga ejercicio sin querer. 

Lo anota todo y escribe mucho sobre escribir muy poco. 

El diario de la beca alcanza las 450 páginas, a éstas le siguen poco más de 100 páginas de novela propiamente dicha y luego 7 páginas finales, El epílogo del diario, en las que Levrero se fija en los huesos de una paloma y se pregunta dónde estará la calavera. 

Mario Levrero murió a finales de agosto del 2004, a los 64 años, y ojalá haya alcanzado a gastar todo el dinero de la beca. La novela luminosa se publicó al año siguiente y fue mejor recibida (o más escandalosamente recibida) que todos sus trabajos anteriores: más de veinte libros entre novelas, volúmenes de cuentos, cómics y hasta un Manual de parapsicología editado en 1978. Era un autor prolífico y en esto se parece mucho a los autores de las novelas negras que consume, una tras otra (hasta tres por día), mientras debería estar escribiendo su próxima y gran y consagratoria novela. Levrero lee historias policiales que compra en su librería de confianza, pero sobre todo que consigue, muy usadas y muy baratas y casi regaladas si les falta la portada, en un kiosko de su barrio. 

En El diario de la beca hace unas cortas y no tan cortas reseñas de estas novelas negras, a ratos con entusiasmo pero también y con cierta frecuencia citando algo de culpa: podía haber estado escribiendo su propia novela, adivinó el final desde la primera página o se dio cuenta, a la mitad, de que ya la había leído. Dicho esto, no puede contenerse, no puede parar, y sigue comprando y leyendo novelas que ya no circulan pero lo ayudan a pasar el día -otro día- sin escribir. Lo maravilloso, lo verdaderamente luminoso, es que cuando escribe en su diario cosas como ésta (que ha malgastado otra jornada resolviendo misterios que no son suyos) uno capta que Levrero puede contar la vida con la claridad de un autor mayor, que tiene los súper poderes para transformar en literatura cualquier cosa que mira, toca, piensa o recuerda. 

Las novelas negras pueden hacer lo mismo: necesitan un narrador entrañable; personajes secundarios que, al mismo tiempo, aligeren y compliquen la trama; diálogos que reflejen algo de inteligencia o algo de sabiduría o algo de información; mujeres hermosas, fatales, y hombres ingenuos que acabarán muertos; descansos para el humor también negro; giros (in)esperados que desvíen el camino natural de la historia y despierten en nosotros la célebre pregunta: ¿Y ahora? 

Una novela negra debe cumplir con las demandas del género a las que está acostumbrado el gran público. Por eso, por querer caerle bien a todos, las hay tantas y tan malas. Y por eso, porque algunas logran satisfacer lo mismo al asesino que a la víctima, siguen y seguirán existiendo en la lista de los más vendidos o en las tiendas de aeropuertos, da lo mismo. 


Esto del género es más importante de lo que parece. 
Agatha Christie, que algo sabía de género y sociedad y margen de ganancia, ha vendido más de dos mil millones de copias de sus libros de misterio, cifra solamente superada por William Shakespeare y los varios autores de esa antología llamada Biblia. 

El género es clave. 
Cuando uno trata de vender un guión para televisión o cine, lo primero que preguntan no es ¿De qué se trata? sino ¿Qué es? Y la respuesta que buscan es un género: comedia, terror, misterio, drama. Si una película (o un libro, o un disco) encaja dentro de un género es, en teoría, más fácil de marketear, promocionar y vender. Mal que mal, el inconsciente colectivo tiene una idea de lo que significan las palabras drama o terror, las conoce, cree entenderlas a cabalidad, y puede hacerse una idea más o menos clara de lo que está a punto de meterse en la cabeza. 

La mayoría de la gente, creo, escoge la película que quiere ver segundos antes de comprar su entrada en el cine, y lo hace aplicando la teoría del género. O al menos así era en la vieja normalidad. 

Uno, que había pasado varios minutos o varios meses decidiendo qué cinta ver, dónde, a qué hora, en qué silla y con quien; que se había dado el trabajo de armar lo que se dice un plan, se encontraba de pronto haciendo fila a las espaldas de una pareja insoportablemente indecisa (él usualmente de terno, onda after office; ella acaso sobre-producida) que gastaba media hora en la taquilla preguntando este tipo de cosas: ¿De qué se trata Pesadilla en el infierno IV? O sea, ¿de qué se va a tratar?, dudo que sea un documental sobre Nelson Mandela (aunque con ese título quién sabe). Y ella pregunta, ¿Da mucho miedo? Y él, recio varón, comenta, Es una película, vida, no seas tontita. Y el pobre empleado del cine dice algo tan científico como esto: No da taaanto miedo, si le gustan las de terror, le va a gustar. Y así diez o quince o veinte minutos más hasta que compran dos entradas para Nunca te olvidé no sin antes preguntar, Pero no voy a llorar, ¿verdad?, júreme

El género es una especie de garantía. Si te gusta el terror, y te asustas, no pedirás tu dinero de vuelta; si te gusta el romance, y te conmueves, no pedirás tu dinero de vuelta; si te gusta la comedia, y te ríes un par de veces, no pedirás tu dinero de vuelta; si te gustan las mujeres y ves a un par de chicas jóvenes en una playa nudista y, ya que estamos, una escena de sexo entre ellas, no pedirás tu dinero de vuelta. 

A mí me basta con una chica linda que tenga sentido del humor, que escuche buena música, que sepa quién es Murakami o quiera saberlo, y que sea pretendida por un tipo (esto es importante) no-tan-guapo, ojalá rockero, más autista que cool, y que al final se quede con la chica o esté mejor sin ella. Si el cine me garantiza eso, una comedia romántica, no pediré mi dinero de vuelta. El dinero tiene que quedarse en el cine para poder hacer más cine o distribuir más cine y ganar más dinero; para eso hay que ver películas y la forma más sencilla de elegir en qué vas a gastar tu dinero esta noche no es preguntar ¿De qué se trata? sino ¿Qué es? 

Hay, también, otro género, el del reparto, ¿Con quién es?, ¿Quién sale? Por algo en ciertos afiches el nombre de los actores (o del director, en caso de que valga como garantía) ocupa más espacio que el título de la película. Pero ese es un tema interminable y me dicen que escribir largo pasó de moda, así que vamos al grano. 

Yo veo, digamos, casi cualquier cosa en la que se encuentre involucrado Billy Bob Thornton: a veces se compromete con proyectos que están por debajo de su categoría, pero él siempre está bien, él siempre llena la pantalla siendo un saco de huesos y tatuajes, él siempre se echa el equipo al hombro y terminamos ganando todos. Billy Bob es una gran persona y mirando para atrás resulta simplemente correcto que haya sido él, y no otro, quien se casó con Angelina Jolie cuando la actriz y ahora embajadora de la ONU (su especialidad son los refugiados) era la mujer más deseada del planeta. Ella solía lamerle las mejillas, me acuerdo.  

La semana pasada vi las hasta ahora tres temporadas de Goliath, la serie de Billy Bob Thornton en Amazon. Fue una maratón que duró 4 días y 24 capítulos (de una hora cada uno, en promedio). Primero me maldije con piedad (igual veo harto, capaz demasiado) por no haberla visto antes, por dudar de mi instinto; segundo pasé del asombro a la felicidad y de la felicidad a la euforia y de la euforia a ser capaz de prostituirme por otro capítulo (escucho ofertas, dicho sea de paso). Y me acordé de Mario Levrero y su adicción a las novelas negras. 

Billy McBride (Billy Bob Thornton) no es un detective, es un abogado, pero tiene todo lo que se le puede pedir a un detective de los 40 y en blanco y negro. Pienso en Philip Marlowe, que habitó la piel de Humphrey Bogart, del gran Elliott Gould y de Robert Mitchum entre varios otros; el personaje creado por Raymond Chandler trabajó en todos lados, en Hollywood, en la radio, en la televisión y hasta en una obra de teatro, montada en Londres, en la que el mismo Chandler le encarga a Marlowe la misión de recuperar un manuscrito que ha desaparecido misteriosamente. Pienso en Marlowe porque McBride pertenece a un tiempo que no es este. Pasa de los sesenta años y bebe más de lo necesario, incluso para los altísimos estándares de la novela negra; está emocionalmente discapacitado, sentimentalmente lisiado, no puede relacionarse ni conectar con nadie de forma orgánica, todos sus lazos afectivos se distorsionan y liberan la personalidad de un hombre que sabe que lo mejor, por el bien de todos, es estar o seguir estando solo. McBride es ese tipo de persona a la que el mundo debe adaptarse, no al revés. 

Goliath cumple con todos los requisitos del género policial, los potencia y los vincula con la función judicial mostrando la naturaleza salvaje de ambos. Está el malo-malísimo, un abogado que escucha ópera y está desfigurado, a lo James Bond. Está la colega, más encantadora que guapa, más irónica que cariñosa, más mamá que hermana, más trabajadora que nadie. Están los enemigos, que pueden ser lo mismo abogados de una transnacional que sicarios de un cartel mexicano o ricachones rurales que seguro votaron por Trump y buscan la verdad en el peyote. Está la exesposa, que siente por él un cariño bipolar y violento. Está la hija, que ya no es una niña y se preocupa por su padre, porque su padre ingiera proteínas al menos una vez al día, y se preocupa también porque está empezando a parecerse demasiado a él. Están las secuencias de diálogos memorables en la corte, frente a un juez, frente a un jurado, a la velocidad del WhatsApp pero mejor redactados y sin la opción de dejar a la gente en visto: juraste decir la verdad, ¿lo recuerdas? Están los clientes, los que sufren, los que dudan, los que nunca abandonan la esperanza, esos a los que nos referimos como la gente. Está la gente sentada a la barra de un bar, bebiendo en la oscuridad de un interior a medio día, escuchando música country y hablando como si los estuvieran entrevistando para un documental de HBO. Están, como en las mejores novelas negras, todos los personajes secundarios que brillan intensamente y luego se apagan para siempre. Están los muertos. Están las mujeres con las que Billy McBride no debería meterse pero claro, ya es muy tarde para eso: en una escena están tomando un trago y en la siguiente ella comienza a vestirse y pregunta si en esta casa hay café. Están los informantes y los traidores, están los que prefieren hacer justicia con sus propias manos y están las mansiones de California pero también está el mar de California. Está la amiga joven y prostituta que quiere estudiar derecho, que no siempre toma las decisiones correctas pero es leal y tiene una nariz inolvidable. 

Goliath usa las mismas técnicas de seducción que la novela negra, revuelve las mismas sábanas, pero resuelve los casos en posiciones nunca vistas. 
Resolver, como dicen en Cuba. 
Billy McBride quizás no pueda resolver su propia vida, quizás no pueda hacer por sí mismo lo que hace por los demás, pero, francamente, ¿quién puede? 
Y ese es el gran misterio. ¿Podrá? 
Sólo hay una forma de saberlo. 

- ¿Qué es? 
- Una novela negra. 
- Un, ¿cómo se dice?... ¿thriller? 
- Digamos que sí, pero con Billy Bob Thornton, eso lo cambia todo. 
- No lo conozco, dijo, hizo una pausa, ¿debería? 
- Más te conviene, dijo el otro, y prefirió no mirarlo de vuelta.



@pescadoandrade / @mundodiners 



7.06.2021

10 Tako Rolls (la pulpa y el ñoño)



 Those who can't do, teach,  
and those who can't teach, teach gym. 
... of course, those who couldn't do anything, 
were assigned to our school.
- Alvy Singer - 

Por favor, lloren. ¡Ja! 
- Charly García - 



1. En la octava temporada de Seinfeld, ahora de vuelta en la televisión gracias al canal Warner, hay un episodio llamado El paciente inglés. Como Seinfeld tiene tanto de Chéjov como de Kafka, el episodio en cuestión incluye una especie de pesadilla cómica que persigue y tortura a uno de los personajes. Elaine Benes, que se burla constantemente de sus amigos por machistas y homofóbicos (el feminismo no nació ayer, la homosexualidad tampoco), por cursis y superficiales siendo ella misma la reina de lo vacuo, va al cine a ver la ya mencionada película: y la odia. Esto trae consecuencias: su novio la deja por insensible, su jefe la obliga a verla de nuevo. Ya en la sala, Elaine pierde el control, le ruega a su jefe que se marchen, ambos discuten y cuando la gente les pide que guarden silencio ella comienza a gritar, ¡Esta película apesta! Yo sí te creo, hermana.

2. Ya decía yo, la película del pulpo le gusta demasiado al mundillo. Y lo decía porque con el paso de los años uno aprende a sospechar de lo que conquista a las masas intelectuales y sensibles; masas que, por otro lado, se creen élites y se victimizan por incomprendidas. Cuando uno es joven y tonto, persigue películas que ganan premios en festivales europeos o asiáticos, películas latinoamericanas financiadas por la intelligentsia del primer mundo, carteles sobrepoblados de laureles, y también películas bendecidas por la Academia. Por suerte, el tiempo pasa y uno se vuelve viejo y sigue tonto pero al menos es capaz de identificar lo que le gusta y lo que no le gusta, aquello que lo alimenta y aquello que lo desnutre. Y después de My Octopus Teacher lo que corresponde es recuperar la energía perdida con proteínas animales, ojalá a la parrilla.

3. Un detalle antes de entrar en materia. En 1969, mientras navegaba el Mediterráneo en el yate de Peter Sellers, Ringo Starr encontró un momento para charlar con el capitán de la embarcación (o quizás fue al revés, no lo sé, en esa ocasión no pude acompañarlos). El profesional del timón le habló entonces al rey de los tambores sobre la maravillosa y sorprendente vida que llevan los pulpos en las profundidades. De vuelta en tierra firme, Ringo compuso una pieza capitular: Octopus’s Garden (Jardín de pulpos, digamos), incluida en el álbum Abbey Road y sin duda uno de los trabajos mejor logrados no sólo de Ringo sino y sobre todo de George Harrison, que se apersonó de la canción y la decoró con arreglos de guitarra que se sostienen hasta hoy. El tema dura menos de tres minutos y me parece mucho más conmovedor y hasta más animal-lover (¿o será animal-print?) que el documental del que hablaremos a continuación.

4. A comienzos de año visité a una amiga cuyo hijo ha decidido, como yo en algún momento, estudiar cine. Verlo me llenó de ternura: flaco como un palo, el pelo largo cubriéndole parte del rostro, la ropa alternativa pero tan cool, las opiniones arrogantes propias de su edad y de su momento, una belleza. Esa tarde el chico estaba haciendo una tarea para su primer curso de fotografía, capturar escenas de la cotidianeidad, y en algún momento dispuso varios elementos sobre la mesa de la terraza con gloriosa vista a los valles: un plato, una taza con café, un vaso medio lleno de Güitig, una cucharita plateada y brillante. Quería, si mal no recuerdo, que la luz se filtrara por el agua mineral y se reflejara en la superficie del café, algo así. Cero cotidianeidad o cotidianeidad my ass, puras patrañas, pero para eso está joven y para eso está en la universidad. Los que parece que nunca estudiaron o aprendieron a capturar la cotidianeidad son los directores de My Octopus Teacher, la estética de la cinta es tan estancada como prístina, y uno no sabe si está viendo el comercial de un exclusivo resort que promete turismo de aventuras, o el comercial de una tarjeta de crédito que sugiere invertir plata y persona en el turismo de aventuras y se ha montado con tomas hechas por drones. Es como la versión ecológica de la aparatosa e inútil Avatar de James Cameron, o como la versión animada de una cuenta de Instagram. Empezamos mal, me dije, y no me equivoqué.

5. Los directores del documental, un hombre y una mujer como para que nadie se queje, gastaron una década (desde el 2010) persiguiendo esta quimera que ahora suma a su cartel el dibujito dorado de la estatuilla del Óscar; espero, al menos, que de aquí en adelante sepan aprovechar el prestigio y hagan algo de dinero y capaz una película que se llame En busca del tiempo perdido debajo del mar. La historia, porque eso dicen, “es que esta película tiene historia” (¿nunca habían visto una?), versa sobre otro cineasta, un sudafricano con complejo de Jacques Cousteau pero de nombre más bien tejano, Craig Foster, que en plena crisis de la mediana edad, deprimido y exhausto, sin saber qué rumbo tomar o qué hacer con su familia, evade la realidad metiéndose al mar y buscando a Nemo pero encontrando a una señora pulpa. Este Craig Foster parece el alemán que se casó con esa compañera del colegio con la que pensaste que nadie nunca se iba a casar, el que no bebe o tiene mala borrachera, el que reniega de verdaderos logros de la humanidad como el agua caliente o la Whopper de Burger King, el que anda diciendo que la Pilsener es mejor que la Heineken y que Dios se aparece no cuando suena Bach sino cuando ponen Sopa de caracol, en fin, una persona horrible. Pero íbamos a hablar de la historia: un plagio de ET o de la también ochentera e injustamente olvidada Enemigo mío, que tenía la garra del cine B que tanto le falta a estos ñoños y tenía también un alien que parecía molusco.

6. La cultura de la cancelación nos hace miedosos y estúpidos; miedosos porque de pronto importa más el qué dirán y el quién lo dirá que el qué pienso o quién soy; estúpidos porque perdemos el tiempo aclarando que nuestras opiniones son eso, opiniones, y que podemos estar de acuerdo en no estar de acuerdo. Pero yo también he cancelado. Cancelé a Bill Cosby, a quien alguna vez le creí más que a mi propio padre y ahora he optado por no ver o no volver a ver. Dicho esto, y separando al hombre de la obra, como un adulto (O), recuerdo una de las mejores bromas que he escuchado sobre la cocaína, obra del abstemio pero intoxicante Cosby: Un amigo me dijo, “tomo cocaína porque potencia mi personalidad”, yo le dije, “¿y qué pasa si eres un asno?” Eso mismo le diría yo a los que decidieron filmar el calvario submarino de Craig Foster: se trata de un sujeto al que más vale dejar quieto porque nos puede hacer quedar mal a todos. Foster ignora cosas básicas de la misma naturaleza a la que dice amar con toda su alma, como el hecho de que a las lagartijas también les vuelve a crecer la cola; así como ignora que en el documental, como en la ficción, se vale consultar a profesionales, que no se ve nada inteligente ni atrevido googleando como un niño en vez de entrevistar a un biólogo marino que lo saque de las aburridas dudas que mantiene durante hora y media de película (y no se sabe cuántas de vida). Este Foster, además, es de una candidez pálido-rojiza y sospechosa; tiene más de cincuenta años, lo que quiere decir que cuando empezó el proyecto pasaba de los cuarenta, pero recién ahora y gracias a la señora pulpa piensa en su propia mortalidad. Nunca leyó a Thomas Mann o a Camus, no conoce la Confesión de Tolstói ni las conversaciones que mantenían Sófocles y compañía; nunca fue al velorio de un familiar o del hijo de un amigo y llegó a la conclusión de que, como canta Héctor Lavoe, todo tiene su final y nada dura para siempre. Es más, hay un filósofo sudafricano, David Benatar, paisano suyo, que en 2006 publicó un libro llamado Mejor sería nunca haber nacido, pero a este Foster le da pereza googlear esas cosas, está muy ocupado encendiendo su cámara en vez de ocuparse en encender o cambiar los focos de las luces en su cabeza. ¡Ah!, esto es buenísimo: Foster es llorón y de hecho llora frente a la cámara y lejos de conmover o emocionar lo que logra es causar vergüenza ajena. Ahí estaba yo, cual quiteña que estudió en Buenos Aires cuando se devaluó el peso y nosotros nos dolarizamos, preguntándole a la pantalla con mi falsetto argentino, ¿Me estás jodiendo?

7. Un amigo me dice: esa película sólo te da culpa. Yo le digo: a mí me dio hambre. Pienso ahora mismo en el Mizutako: 150 gramos de pulpo, macerado en especias y a la parrilla. Perdón, tengo que hacer una llamada, ya vuelvo.

8. Ok, sigamos. ¿Se puede decir algo bueno de My Octopus Teacher? Parecería que no, pero sí. Yo diría dos cosas buenas. A) Dato Wiki: Este Foster fundó, en 2012, el Sea Change Project, una organización sin fines de lucro con dos metas específicas: proteger la vida marina y crear conciencia sobre la conservación del bosque de quelpos en Sudáfrica, donde se registró el documental. ¿Cuántos pueden decir Mi película está ayudando al mar? B) Cuando uno está triste, realmente triste, así como cuando se recorre cualquier emoción con intensidad, se verá reflejado en todas las cosas, en todas las historias, pues todas serán la suya, la única. Pero esto no quiere decir que uno escoja siempre la mejor historia para contar y contarse.

9. Me dicen que, por otro lado, la ahora conocida como “La que debió ganar”, Collective, vale muchísimo la pena y que el tiempo sabrá recocerla con su justo lugar en la Historia. La trama es suficiente para un poema demoledor. En Rumanía, en una disco de metalcore de Bucarest / hubo en el 2015 un incendio / acabó con la vida de 64 personas e hirió a otras 146 / varias de estas personas murieron de maneras no esclarecidas / semanas después de abandonar los hospitales en los que fueron atendidas / El caso fue cubierto por un diario / deportivo / y le siguió el rastro a una crisis sanitaria que llevó ciudadanos a las calles / y derrocó un gobierno.

10. Un amigo en cuyo criterio confío me habló muy bien de My Octopus Teacher hace ya varias semanas, hoy le contesté esto: Anoche vi la película del pulpo en Netflix, espero, de todo corazón, y por el bien de las generaciones venideras, que no se te ocurra volver a pisar un aula en calidad de profesor. Me canceló. ¿Cómo se llama la película? Hay que tener la piel ancha.


@pescadoandrade / @mundodiners 




6.07.2021

Rocky XLV




¿Qué de lo que tenemos no puede reemplazarse? 
 Tenemos una casa, tenemos un carro, ¡tenemos dinero! 
Tenemos todo menos la verdad. 
- Adrian - 


EL ANTECEDENTE

No recuerdo mucho más que esto: me llamaron de Ecuavisa para que escriba preguntas (cuestionarios, me dijeron) para el programa ¿Quién quiere ser millonario?, transmitido los domingos por la noche en horario estelar y conducido por Alfonso Espinosa de los Monteros. Mi primera pregunta fue cuánto pagan, y la cantidad que mencionaron me pareció injusta, sobre todo para un programa que pretendía volver millonaria a la gente. Igual acepté. Si uno se dedica a esto sabe que toda gota moja. 

Me lo tomé como un cachuelo, una chaucha, un chivo, y la pasé bien. No sé cuántas preguntas llegué a despachar o cuántas de esas preguntas llegaron a escucharse en el aire, pero recuerdo claramente cuál fue, siempre, mi pregunta favorita, mi verdadero cameo en el programa, la que de alguna forma coronó y decapitó mi cortísima carrera en televisión. 

¿Cuál de estos actores ha sido nominado a un premio Óscar? 
A) Arnold Schawarzenegger 
B) Jean-Claude Van Damme 
C) Sylvester Stallone 
D) Steven Seagal 

La respuesta correcta es C (la tercera es la vencida, dicen). Sylvester Stallone fue nominado no a uno sino a dos premios de la Academia en 1977: mejor actor en un papel principal y mejor guión escrito directamente para la pantalla, en ambas categorías por su primer papel protagónico y su ópera prima: Rocky. Dicho sea de paso, Stallone pasó a ser el tercer hombre en la historia del cine en ser nominado a mejor actor y a mejor guionista durante la misma ceremonia, siguiendo los pasos de Orson Welles y Charles Chaplin. 

No seguía el programa, lo veía cuando se me cruzaba por si aparecía una de mis preguntas, pero me agotaba enseguida y nunca supe si alguien respondió correctamente o si fue ésta la pregunta que lo separó de la contienda. 

Para esa persona, y para todos los que respondieron en sus casas, bien o mal, van dedicadas las siguientes palabras. 

LA PREVIA

Deberíamos empezar hablando de Paddy Chayefsky, ganador del Óscar a mejor guión escrito directamente para la pantalla en 1977, el año de Rocky. Chayefsky, de ascendencia ruso-judía, sirvió al ejército de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y, durante una misión en la ciudad de Aquisgrán, en Alemania, pisó una mina de tierra que lo desplazó a un hospital británico en la ciudad de Cirencester, 80 millas al oeste de Londres. 

La herida le valió un Corazón Púrpura (medalla otorgada a los heridos o caídos en batalla) y una serie de cicatrices que, se dice, acentuaron su timidez, sobre todo frente a las mujeres. En el hospital, sin mucho más que hacer, el soldado raso Paddy Chayefsky escribió un musical sobre la vida en la milicia que se montó por primera vez en 1945, fue representado por la Unidad de Servicios Especiales, dedicada al entretenimiento de las tropas, y viajó por bases militares europeas a lo largo y ancho y profundo de dos años. 

Para finales de los 40’s, Chayefsky había ido y venido de Hollywood, donde le pareció que maltrataban a los escritores obligándolos a modificar guiones en contra de su voluntad y para desgracia de las películas, y se encontraba en Nueva York escribiendo obras de teatro, cintas para televisión, novelas. En 1956 ganó un Óscar por el guión de la película Marty; en 1972 ganó un Óscar por el guión de la película El Hospital; y en 1977, compitiendo contra gente de la talla de Sylvester “Sly” Stallone, ganó su tercer Óscar por el guión de la película Network, nada menos que una catedral moderna. 

(Dicho sea de paso, Paddy Chayefsky es el único guionista en haber ganado tres premios de la Academia por su cuenta, sin colaborar con otro escritor. Por poner un ejemplo, Francis Ford Coppola compartió el mismo galardón con Mario Puzo, autor de El Padrino y coguionista de la adaptación.) 

Como si hubiese escrito una profecía y no la historia de un amor que se consuma no en la cama sino en el ring, Stallone perdió como pierde Rocky, es decir, perdió ganando. Perdió, por puntos, frente a un veterano de guerra, un guionista que llevaba más de veinte años escribiendo películas, que se había revelado abiertamente contra la industria y aún así recogía esa noche su tercera estatuilla. Sly perdió contra el mejor. 

Caben las palabras dichas por Rocky a su entonces prometida, Adrian, la noche del 30 de diciembre de 1975, horas antes de su primera pelea con Apollo Creed: No importa si gano o pierdo la pelea, lo que quiero es llegar hasta el final, nadie ha llegado hasta el final con Creed. Si sigo parado cuando suene la campana voy a saber por primera vez en mi vida que no soy otro vago de este barrio. 

Network es material de cátedra, de muestras de cine arte, de retrospectivas, y qué bueno que así sea porque esa película merece ser vista, procesada y comentada de aquí a la eternidad si es que seguimos empeñados en la civilización de los pueblos. Pero Rocky es familia. Conozco a varias personas que tienen el afiche de la película en su sala o en su cuarto o en su estudio. Yo tengo un imán en mi refrigerador y lo miro mientras se calienta el agua para el té, mientras pienso que debo seguir escribiendo aunque no sepa qué ni mucho menos para qué; lo miro mientras abro otra botella y desde la sala, por encima de la música, una voz que empieza a extrañarme me grita, ¿Por qué te demoras tanto?, ¡Ya ven! Veo a Rocky y le pido la bendición: sólo quiero estar de pie cuando suene la campana. 

EL MITO

El cuarto en el que vive es tan pequeño que puede cerrar la puerta y abrir la ventana sin levantarse de la cama. Es un actor, pero nada le sale y ha hecho porno por dinero. Es un escritor, dice que su cuarto es tan pequeño que no hay espacio para las distracciones y que eso resulta conveniente. Escribe historias que le parecen “triviales” pero que tienen un denominador común: los sueños frustrados, las oportunidades perdidas, la tentación del fracaso. Ese es el tema, su tema, lo que por esos días lo obsesiona: pasar por su propia vida como un extra, al fondo, confundido con la escenografía, desenfocado, sin voz ni voto ni rostro. Tenía un amigo, su mejor amigo, Butkus, un bull mastiff de color café, pero tuvo que venderlo para asegurarse de que al menos uno de los dos estuviese bien alimentado. 

Lo siguiente en ocurrir es lo que siempre ocurre, una/otra audición en la que lo rechazan. También escribo, dice. Vuelve cuando tengas algo que puedas mostrar, le dicen. El 24 de marzo de 1975, en un coliseo del condado Summit, en Ohio, Muhammad Ali pelea contra el blanco y más o menos relevante Chuck Wepner, un tipo de pelo rubio que se está quedando calvo. Es la primera pelea de Ali desde que noqueó a George Foreman en Kinshasa, Zaire (ahora República Democrática del Congo), en el octavo asalto y frente a 60.000 personas y un billón de televidentes. Muhammad Ali es, de nuevo, el campeón mundial de los pesos pesados y el evento en Ohio se llama Give the White Guy a Break (Denle una oportunidad al hombre blanco). Ve esa pelea por televisión, no tiene dinero para viajar hasta Ohio o hasta ningún otro lado, le quedan poco más de cien dólares en el banco. El evento, concebido como un acto de exhibición y misericordia, es ahora retransmitido por cadenas como ESPN en calidad de clásico: es uno de los cuatro combates en la carrera de Ali en los que se lo vio tumbado sobre la lona; y podrán decir lo que quieran sobre Wepner pero, en una campaña que tuvo más de actividad paranormal que de competencia deportiva, soportó quince asaltos con el campeón antes de caer. Qué hijueputa, dice, gracias a este momento, a este solo momento, la vida de este man tiene sentido, ya nadie puede decir que vale verga. Esa noche vuelve a su cuarto y escribe noventa páginas en setenta y dos horas (de estas, según sus propias palabras, quedaron diez; no es poco). 

El protagonista se llama Rocky en honor a Rocky Marciano, vive en Filadelfia, se gana la vida cobrando deudas, rompiendo piernas, y redondea la semana con los cuarenta dólares que le pagan cuando gana una pelea de box clandestinas. Hola, dice, con esa sonrisa chueca, tengo algo que mostrarles. Semanas más tarde, un estudio le ofrece comprar el guión de Rocky, y en la negociación se mencionan nombres como Burt Reynolds y Robert Redford para el papel principal. Le ofrecen 25.000 dólares, le ofrecen 100.000 dólares, le ofrecen 150.000 dólares, le ofrecen 175.000 dólares, le ofrecen 250.000 dólares, le ofrecen 330.000 dólares, le dicen que podrían llegar a ofrecerle hasta 360.000 dólares, y él duda, todavía no conoce el dinero, pero esto no es negociable. Si vendo el guión, piensa, y a la película le va muy bien y yo no estoy en ella (pausa para efecto), voy a saltar por la ventana o a pararme frente a un tren. Al final, la United Artist aceptó que protagonizara la película y él aceptó 35.000 dólares por el guión. 

Rocky se estrenó en 1976 y en 1977, entre otros, ganó el Óscar a mejor película del año. El actor y guionista, que perdió en las categorías en las que estaba nominado por sí solo, se levantó de su silla para aplaudir a los productores y ellos lo arrastraron al escenario para que recibieran juntos el último premio de la noche, presentado por Jack Nicholson y su mirada horizontal y decididamente marihuanera. Y sonó esa canción que ya nunca más ha dejado de sonar y todos aplaudieron y los productores levantaron los brazos del nuevo campeón del mundo. Llevaba un traje negro, chaleco, y una camisa morada, de solapas disco, que dejaba ver una cadena dorada y el comienzo de la BBD o, como se dice en mi pueblo, la camisetilla. Mucho antes de eso, pero después de haber recibido el cheque por su primer guión de largometraje, usó casi la mitad del dinero para recuperar a Butkus: 15.000 dólares por un amigo que, dice, vendió en 50. Pero la noche de la premiación, cuando pudo decir algo, dijo esto: A todos los Rockys del mundo: los amo. Él, que era Rocky, sabía que eran muchos los Rockys. Tú, yo, él, ella, nosotros, ellas, ellos. Todos con el sueño público de ser Rocky y el anhelo íntimo de saber pelear como Stallone. 


ROUND I

Me entero de que Rocky ha vuelto al cuadrilátero cuando, en casa de un amigo, mientras sus hijas juegan a ser TikTokeras (son aún muy pequeñas para manejar armas de verdad), él y yo decidimos ver las dos peleas de Rocky IV antes de salir a buscar la merienda: las niñas y su seguro servidor pedimos pizza, ganamos democráticamente. Ivan Drago derrumba, y de qué manera, al inolvidable Apollo Creed; luego, mediante una secuencia de entrenamiento en la nieve soviética que nació en la posteridad, Rocky domestica a Ivan Drago haciendo lo que siempre hace, eso por lo que al final de cuentas vinimos a verlo: aguanta, aguanta, aguanta, y cuando es el otro el que ya no aguanta Rocky Balboa o como también le dicen El Semental Italiano procede a cerrarlo a puñetes. 

Ahora bien, Rocky IV se sabe película de Guerra Fría y en las gradas está Gorbachev y Rocky pide el micrófono un momento. Dice, entre frases de menor peso, esto: Acaban de ver a dos hombres matándose el uno al otro, pero supongo que es mejor que sean dos hombres y no veinte millones. Muchos escritores mueren persiguiendo frases como esa. 

Vamos a buscar la pizza y en el camino me dice que se las ha visto todas, completas, desde Rocky hasta Rocky Balboa, en dos o tres días. Y eso trabajando, con esposa, con dos niñas en la casa, dice. Y, pregunto, ¿cómo han envejecido? Compa, mañana mismo comienzo a trotar, me dice. Y se ríe. Y nos reímos. Y recogemos dos pizzas familiares con pepperoni y algo que promete ser salchicha pero parece mortadela en cubos. 

Me dice que ni sus hijas ni su esposa conectaron con la franquicia Rocky, que no se emocionaron, que las vio casi que por su cuenta. Yo recuerdo que la vi en el cine, estoy seguro de haber visto al menos Rocky IV en el cine (qué bien parada sigue Brigitte Nielsen), seguramente doblada, y que ese cine es hoy la cantina 6 de Diciembre: buen lugar para beber, un sitio con carácter y sin baño. Él recuerda que la vio en televisión, capaz en el Festival de los hombres duros de Ecuavisa (segunda mención, ¿debería cobrar?), como muchos la volvimos a ver. Luego vinieron los VHS y Rocky vivió en nuestras casas en forma de cinta y en forma de disco y ahora vive hasta en teléfonos y tiene la forma de la nada. Se trata de una de esas sagas que ha superado todos los cambios de formato, de soporte, de plataforma, incluso de inventario; una película que sobrevivió no sólo a su propio tiempo sino también al tiempo de los demás. 

- ¿Cuál es la suya, Compa?, me pregunta. 
- La uno. De ley. En gajo… La uno. De cabeza. 


ROUND II 

Rocky no tiene miedo de amar ni siente vergüenza de ser amada. Él creció con un padre que le dijo, varias veces: No tienes mucho cerebro, deberías hacer algo con tu cuerpo. Ella creció con una madre que le dijo, varias veces: No tienes mucho cuerpo, deberías hacer algo con tu cerebro. Esas dos personas tienen que estar juntas porque, de muchas maneras, viven en el mismo mundo y uno no siempre se encuentra con su misma especie y menos en el mismo planeta. El romance de Adrian y Rocky, que tiene algo de Rohmer y antecede orgulloso la obra de independentistas tipo Jarmusch, escapa no del género pero sí de los que hacen quedar mal al género, huye de la mentira y construye una especie de cápsula en la que caben los dos abrazados. 

Por ella son los combates y de ella es la victoria. 

El resto no es difícil de entender. Rocky tuvo suerte, y mucha, de haberse filmado cuando se filmó y con el apretado presupuesto con el que se filmó. Aún en las pantallas enloquecidas por el realismo que tenemos hoy se nota la piel granulada de una película humilde, insegura, con más corazón que cerebro, pero llena de emociones verdaderas. Los 70’s, la tierra de Scorsese, De Palma y Spielberg, era una década concentrada en captar no la realidad pero sí lo verdadero, lo que se respiraba en un país en el que el poder de las flores había fracasado tanto como la lucha contra el comunismo (para más señas, ver Rambo, la uno) Si la hubiesen hecho los jóvenes delincuentes de la misma década, no sé, tendría más filo y capaz hasta mejor música, pero hubiese naufragado en las profundidades de la estética y carecería de su aliento a pueblo. 

Y, claro, esto: de lo único que te puedes arrepentir es de aquello que nunca hiciste. 

¿Lo harás hoy? 


ROUND III

Ya sabemos por quién doblan las campanas. Rocky sigue de pie y es una de las pocas cintas de la franquicia de Hombres Duros con Sentimientos (Duro de matar, la uno, es otra) que ha logrado superar las limitaciones de su propia genética. Esto último es más importante de lo que parece: hay películas no aptas para todo público pero sí necesarias para todos. 


Primeras declaraciones después de haber visto, de nuevo, otra vez, Rocky. 

No creo en eso de que se escribe mejor con el estómago vacío. Al contrario, se escribe mejor cuando no hay más preocupación que escribir. Creo, sí, en el hambre que la vida nos tiene y en el hambre que nosotros le tenemos a ella, en las ganas de comernos. Y cuando un escritor tiene hambre, se nota.


     👊


@pescadoandrade / @mundodiners 




5.24.2021

Bob on the Tracks




You never know how the past will turn out. 
 - Jude Quinn - 

Audacia salvaje sin esperanza. 
- Hōmei Iwano - 


Así como no es obligación hacer casi nada en esta vida, no es obligación tampoco escuchar a Bob Dylan: la única obligación es intentarlo. 


Según el horóscopo chino estamos en el año del buey de oro, un animal arriero y trabajador que representa el regreso de la prosperidad a cambio del esfuerzo y supongo que también de la necedad. 

Según La Junta del Condado de St. Louis, en Minnesota, hoy comienza El año de Dylan, un animal de mil cabezas y mil patas y mil lenguas al que se asocia con la esperanza, igualmente necia, de la creación. La creación, se entiende, de cosas que no existen. Canciones que no existen todavía y gente que no existe todavía: gente como uno. 

Dylan nació en Duluth, una ciudad que hoy por hoy no llega a los cien mil habitantes, sobre la costa norte del lago más grande de Norteamérica. (Este lago, que podría llamarse, no sé, Hércules o Sansón o María o Juana, se llama El lago superior). La casa en la que creció, ninguna cosa del otro mundo, es un destino de turismo religioso, místico, y para ubicarla no hace falta más que buscar un letrero que dice Bob Dylan Drive. Dicen en mi tierra: no hay pierde. 


Nunca he estado en Duluth, pero sí en Minnesota. Conozco Rochester, 400 kilómetros al sur de Duluth si se pasa por Minneapolis. 
Como uno de esos pueblos gringos cuya existencia gira en torno a las actividades de alguna universidad (pienso en la Universidad de Niágara, por ejemplo, en las casas de metal que rodean el campus), en Rochester todo gravita alrededor de la Clínica Mayo. 

Hay hoteles con piscina temperada en el techo y gimnasio en la planta baja. 
Hay moteles en los que puedes dormir pagando seis o siete dólares por noche; o negociar tarifas semanales y mensuales: todo depende de cuánto te pienses quedar en esa ciudad o en este mundo. 
Hay un restaurante holandés en el que chicas robustas y rubias venden Pannekoeken y gritan ¡Pannekoeken! cada vez que salen de la cocina y me da miedo adivinar cuántas de ellas terminarán volviéndose locas. 
Hay un sitio elegante, el Lord Essex Steakhouse, en la planta baja del hotel Kahler; la botella de Dom Pérignon cuesta 250 dólares y ningún corte de carne está por debajo de los 40 dólares y lo que recomiendo especialmente son los espárragos jumbo
Hay un sitio llamado Old Country: all you can eat por diez dólares. 
Y, claro, hay un mall, el Apache Mall, donde te encuentras con la misma gente que ves en la clínica y en los restaurantes y hasta en la piscina del hotel. Mucho del personal administrativo de la Mayo trabaja por la tarde-noche en el mall, así que de pronto estás en una tienda, cualquier tienda, y vas a pagar y terminas saludando a la misma persona que te agendó una cita médica horas antes. Hola, ¿cómo le fue?, oh, la doctora Bhargavi es la mejor, ¿no le pareció simplemente encantadora? No es nada grande ni presumido. Un mall de pueblo, digamos (no hay mall que por bien no venga, dicen), pero hay una Barnes & Noble donde se puede quemar tiempo. 

En Rochester se quema mucho el tiempo. 
Hasta cuando nos estamos quedando sin tiempo hay tiempo que sobra. 

La última vez que estuve ahí un médico internista me preguntó por mis abuelos. Le conté que habían muerto. ¿Los dos? Primero ella y tres meses después él. Me dijo que lo sentía mucho, le dije que gracias. Suficiente para sentirse dentro de una canción de Dylan. 
Suficiente para sentirse un invento de Dylan. 

Un día al que llamamos noche, me acuerdo, decidí no salir del hotel más que para acudir a las citas o conseguir alimentos. El resto del tiempo lo quemé viendo Runnin’ Down a Dream, un documental de Peter Bogdanovich que repasa la obra completa de Tom Petty y dura más de cuatro horas. 

Tom Petty, Dios lo tenga en su gloria, cuenta detalles de la gira que compartió con Dylan en 1986. No servía de nada ensayar con él, dice, porque cada noche cambiaba el tono y el ritmo de las canciones minutos antes de empezar el show o ya en el escenario y con la guitarra puesta. Dylan empezaba a tocar y nadie sabía lo que estaba haciendo y todos lo seguían tratando de ver para dónde iban sus dedos y por qué iban hacia allá. Podía pasar un minuto entero hasta que la banda se diera cuenta de lo que estaba tocando y podían pasar años enteros hasta que el público reconociera las canciones. 

Él mismo lo recuerda en Crónicas, sus nunca sabremos cuán verdaderas memorias: 

Estaba de tour con Tom Petty y me sentía perdido. No podía conectar con mis canciones, no podía encontrar mi voz. Cuando esto termine me voy a retirar, pensé. […] había llegado el punto en el que abría la boca y no salía nada. El terror era sobrecogedor, pero entonces, de la nada, emergió un sonido. No era un sonido muy lindo, pero pude reconocerlo. Mis canciones habían regresado. […] La música folk era un paraíso y, como Adán, tuve que marcharme. 

Tres años después, en1989, Dylan lanzó Oh Mercy, el álbum que en mi opinión lo liberó de su ya envejecida juventud y anunció lo que vendría: el sonido de las mil cabezas y las mil patas y las mil lenguas avanzando hacia la entera comprensión de su naturaleza. 


A mediados de 1974, mucho antes de todo lo que he contado hasta ahora, Dylan se dedicó a estudiar durante ocho semanas en el estudio de Norman Raeben, el pintor de origen ruso. “No te enseñaba a dibujar, te enseñaba a poner tu mente, tu cabeza y tu mirada en el mismo lugar”, dijo. Luego, en septiembre, empezaron las grabaciones de Blood on the Tracks, su glorioso disco sobre gente que alguna vez se amó. El álbum se lanzó en enero de 1975, fue recibido como una verdad absoluta y Dylan dijo, “No sé cómo les puede gustar algo tan doloroso.” Dos años después se separó de su primera esposa, Sara, y así se cumplió la profecía que él mismo había anunciado con rabia y resignación, como si aún habiendo presenciado la agonía o precisamente por eso esperase otro final: menos sangre en los rieles del tiempo. 

En el presente, si es que existe tal cosa como el presente, Bob Dylan, si es que existe tal cosa como Bob Dylan, habla con frialdad e indiferencia sobre Blood on the Tracks. “La gente piensa que es un disco autobiográfico, pero las canciones están basadas en cuentos de Chéjov”, dice, y quién soy yo para negarlo. Si algo puedo asegurar, porque lo he escuchado de su boca, es que Dylan supo que había estado viviendo en una prisión la noche en la que fue a ver un concierto de rock y Elvis Presley abrió la puerta de la celda y lo invitó a salir. 

Y algo más, lo último. Antes de sentarme a escribir esto busqué en YouTube un tutorial y aprendí los acordes de Tangled up in Blue, la primera canción de Blood on the Tracks. Tocarla, al menos en guitarra, es bastante menos complicado de lo que pensé, pero cantarla es imposible: en manos de Dylan, entre los dientes de Dylan, arrastradas por esa voz que no conoce otra forma de ser, las palabras que he escuchado desde hace más de veinte años me desconocen. Tengo que encontrar mi propia voz y mi propia manera de cantarla. Tengo que ser yo, quienquiera que sea.


@pescadoandrade / @mundodiners 



5.14.2021

Mi poder sobre la constitución




In a closed society where everybody's guilty,
the only crime is getting caught. 
In a world of thieves, the only final sin is stupidity.
     - Hunter S. Thompson -    



Se puede escribir en caliente, en vivo, pasando de una pantalla a otra sin detenerse en el qué dirán o en el qué diré. Es arriesgado, pero  tumba puertas. Activa ciertas ideas y ciertas imágenes y ciertas emociones que, de otra manera, serían secuestradas por el buen juicio. La urgencia, la necesidad, la militancia, la alegría, las ganas de decirle a alguien o decirle a todo el mundo The Boys es mi Game Of Thrones

Me imagino a un niño de, no sé, diez o doce años, esperando que sus padres vuelvan a inclinar la cabeza hacia el teletrabajo o se duerman, ya hartos de estar hartos, para conectarse y ver esta serie y poder hablar con sus amigos online y ser parte de una conversación que hay que tener. 

Digamos que alguien le contó que es como DC pero con sangre, y mucha, mucha más que en una película de zombis, brazos y piernas que se arrancan (se ven los huesos, los tendones) y cabezas que explotan como fuentes y una filosofía gore cuyo arresto radica justamente en el exceso ¿Cuánta sangre puedes ver antes de perder el deseo? Somos vampiros y este es un buffet abierto las 24 horas con cadáveres frescos y no tan frescos cayendo uno sobre otro, amontonándose en las bandejas plateadas y calientes. O capaz le dijeron que es como Marvel pero con malas palabras, las palabras que usarían Iron Man y Thor en un baño de hombres jalando un pase, palabras que él usará de aquí en adelante con total autoridad y conocimiento de causa, queriendo decir lo que dice, como las usan sus padres cuando se cae el internet. 

Y, loco, aguanta, no sabes: peladas, peladas en bolas, peladas ricas. 

Mientras todo esto sigue pasando, contando ya más de un año yendo de la cama al living, ver The Boys puede ser como debutar en un chongo: la puerta hacia ese lugar que te llena de miedo, que te paraliza, ese lugar al que siempre habías querido ir pero que igual te asusta porque, no lo olvides, eres un niño: pero no es eso lo que quieres ser. Y sí, obvio, en The Boys también mandan las mujeres y son al final la razón y la consecuencia. 

Lo siguiente es producto de mi propia ignorancia, lo reconozco, pero vale decirlo. Había, hasta ahora, un régimen bipartidista dominado por estas multinacionales. DC tocó el cielo con su versión de Batman en The Dark Knight y desde entonces esperamos que se supere a sí misma, cosa que, seamos sinceros, no ha pasado. Marvel, en cambio, logró imponerse como un universo emocionante, aparatoso, divertido y dramático a la vez, una dimensión que se extendió como una novela decimonónica con invaluables lecciones de vida; y sirvió para formalizar vínculos entre padres e hijos que crecieron juntos mientras veían esas películas: varios amigos me dijeron, súper en serio, No puedo verla sin mi hijo, no puedo traicionarlo, es algo que debemos hacer juntos. 

Pero un padre no debería ver The Boys con su hijo y, más importante aún, un hijo no debería ver The Boys con su padre. La vida te da oportunidades para soltar las primeras manos que apretaste cuando llegaste a este mundo, y hay que aprovecharlas. Soltar esas manos y salir corriendo o salir volando. 

¿Hablamos de escapar? No necesariamente. 
Más bien de salir a buscarse y ten cuidado con lo que buscas porque podrías encontrarlo. 

En The Boys, y esto es sine qua non en el género, los superhéroes existen y como todos nosotros tienen una doble vida. No me refiero a una identidad secreta sino a una doble vida: la pública (redes sociales incluidas) y la privada (frustración y cuestionamientos incluidos). Son, por así decirlo, superhéroes profesionales, empleados de una corporación, figuras públicas que combaten el crimen pero también promocionan bebidas energizantes, parques temáticos, cosméticos para desinflar esas odiosas bolsas debajo de los ojos y esos rollitos indeseables, querida amiga. Son el símbolo de todo lo que está bien en este mundo. Eso que tú también podrías ser si te levantaras un poco más temprano, si hicieras ejercicio, si creyeras en ti mismo y hablaras con la chica que te gusta; si apostaras por tus sueños y no trabajaras en los sueños de los demás, si tomaras las riendas de tu propia vida: siempre y cuando esas riendas sean las que esta gente te dice que tomes, y que no sueltes nunca más. 

Dicen que lo realmente difícil no es escribir sino escribir todos los días. Lo mismo pienso yo del amor: amar todos los días es una cosa muy brava, muy brava y muy feliz. Ahora bien, ¿quién puede ser bueno y honrado y ejemplar siempre? Nadie, ni siquiera un superhéroe, aunque tenga que parecerlo. Recuerdo esa frase legendaria que repetían las abuelas con aliento a Cartier: No sólo hay que serlo, sino parecerlo. 

Un niño puede entrar a la adolescencia viendo The Boys y sentirse emocionado por lo que vendrá, por eso que aún no conoce pero que lo ha estado esperando desde que nació, sabiendo, de antemano, que no será nada fácil, que habrá que irse en contra del orden establecido y que los buenos, los que salen en televisión diciendo que nos protegerán de todo mal, necesitan del mal (así: el mal) para que nosotros los necesitemos a ellos y compremos sus juguetes y veamos sus películas y nos vistamos como ellos en fiestas de disfraces. Y que repetirán esta frase hasta el cansancio: los verdaderos héroes son ustedes. 

Un adulto que vio de The Boys en el momento adecuado habrá crecido también con principios musicales sacados de su banda sonora, que no está nada mal para esa época en la que se adolece: desde Iggy Pop hasta las Spice Girls pasando por mucho Billy Joel y coronando con Los Rolling Stones. Déjenme decirlo: si un ser humano descubre y luego explora la obra de Los Stones gracias a The Boys no puede quejarse de la televisión que lo crio. 

Ese mismo adulto volverá a verla, estoy seguro (no con su hijo, espero), o al menos tropezará con un capítulo y se enganchará enseguida porque estará viendo otra historia, algo para los grandes que discuten lo que ven en las noticias todas las noches. El conflicto central en la serie es el siguiente: los superhéroes corporativos mantienen una maquiavélica campaña por formar parte del ejército americano para, entonces sí, tener el poder absoluto y poder ajusticiar a quien sea y como sea y donde sea. Todo en nuestro nombre.



@pescadoandrae / @mundodiners 



4.20.2021

Gente decente

 


Las cosas te parecían más o menos así: 
 a lo largo de tu vida has trabajado duramente, 
 sacrificándolo todo por tus hijos y sobre todo por mí. 
- Franz Kafka en Carta al padre -


Se dice: es tan bueno que no parece hecho aquí. 
También se dice: esa serie es tan buena que parece cine. 

¿La buena televisión parece cine? Sí. 
¿Se puede hacer buena televisión sin que parezca cine? Obvio que sí. 

La televisión sacrifica estética y argumento y dignidad para llegar a la mayor cantidad de gente posible porque, si no triunfa, fracasa: los programas se cancelan y, por otro lado, los modelos exitosos se reproducen irresponsablemente y llegan a desvirtuar los esfuerzos más creativos y arriesgados. 

¿Es lógico? Sí. 
¿Es justo? Ni tanto. 
¿Hay que ceder? 
Retroceder nunca, rendirse jamás.

Los 80 es buena televisión. Partió como la versión chilena de Cuéntame cómo pasóla serie más longeva en la historia de la televisión española (21 temporadas y contando), concentrada en una familia de clase media desde el crepúsculo del franquismo hasta nuestros días. Así que sí, esta también es una fórmula, una franquicia, pero no el tipo de sucursal que llena sus perchas con los productos de la matriz y contrata agentes de ventas; muy al contrario, Los 80 se apropia del concepto y lo reclama para su territorio. 

Se emitió durante siete años, entre el 2008 y el 2014, y cuando aún estaba al aire los programas de radio y televisión en Chile invitaban a los actores para que rindan cuentas por sus personajes; era tal el nivel de identificación que, en busca de una representación aún más cercana, la sociedad se creía con el derecho y la obligación de cuestionar a los personajes. Esto no es tan raro, cuando uno se siente parte de una historia espera que sus héroes y villanos se comporten a su imagen y semejanza: lo demás es traición. 

A los actores chilenos les preguntaban, por ejemplo, ¿se vienen Los 90?, y ellos decían no, la serie se llama Los 80, y vaya que sobraba materia prima.

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La familia ochentera, los Herrera López, atraviesa una década límite en Chile: el quiebre económico del ’82, el terremoto del ’85, el mundial del ’86, el pinochetismo instalado como sistema operativo, el Frente Patriótico, los vivos y los muertos y los que no aparecen por ningún lado. Un país dividido pero no por eso derrotado, una familia en la que los hijos crecen y empiezan a tomar sus propias decisiones y también a sufrir las consecuencias. 

Más o menos así: la mamá dice No te subas a ese árbol, uno pregunta ¿Por qué?, la mamá dice Porque te vas a caer, y uno se sube y se cae y lo golpean primero el suelo y segundo la mamá. 

El primer actor en sumarse al elenco fue Daniel Muñoz, que terminó haciendo las veces de Salvador Allende en una película del alguna vez clandestino Miguel Littín. Muñoz sorprende por lo amplio de su rango, llega a ser ese padre de familia que está tan perdido como los hijos justamente porque no sabe cómo protegerlos. Su contraparte, la que lo estimula y lo eleva y muchas veces lo supera, es la actriz Tamara Acosta, porque madre sólo hay una y ella sabe ser la única, la que te hace la herida por haberte subido al árbol pero también te cura y, más importante, te sana. El hogar que encabezan se las arregla para ocupar un rol estelar en una década sobregirada: la hija que estudia medicina y se enamora de la revolución, el hijo que sueña con ser piloto y al que acusan de milico, el pequeño que pregunta si es malo ser de oposición mucho antes de dar su primer beso o fumar su primer cigarrillo, la bebé para la que Pinochet será ese pasado que no conviene olvidar y se construye en coro. Eso, lo coral, también merece reconocimiento. En Los 80 cuentan los principales tanto como cuentan los vecinos, los jefes, los compañeros de colegio y los compañeros militantes, los de la tienda, los militares y los curas: digamos que a uno le queda claro que no está sólo en este mundo.

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Dicen que las familias son el motor de la economía y el progreso. Te casas, piensas por dos; te reproduces, piensas por tres o por cuatro o por cinco o por seis; multiplicas tus ingresos, tus egresos, y un día despiertas al frente de una tribu que tú mismo fundaste cuando eras todavía un cabro chico; de pronto ya no eres el centro de tu vida, desapareces, y todo es para ellos y aquello te tranquiliza porque independientemente de lo que quieras hacer hay cosas que tienes que hacer, punto, y la responsabilidad calma tus desvaríos de autonomía. Pero la familia, también, es una oportunidad de ver la vida en movimiento. Te reproduces, la pequeña empieza a hacer muecas, ruidos, gestos, a inventar palabras, un pasito después del otro, y te das cuenta de que la lógica no es enemiga de la cotidianidad y de que es por eso que, cuando miramos atrás, todo parece haber ocurrido más o menos en orden.

A la familia Herrera López se la puede acusar de un par de cosas, quererse más allá del bien y el mal, fraccionarse en momentos clave, abusar de la confianza en el fuero interno, desear lo mejor el uno para el otro, en fin, preferir ser familia que ser personas ¿Es eso un pecado? No cuando los gestos de afecto son auténticos, pero sí cuando ese afecto es el mensaje que preferimos transmitir y no un testimonio de nuestra intimidad (como dicen, ¿se separaron?, ¿en serio?, ¡pero en Instagram se los ve felices!). Se sabe: lo cursi no es lo romántico ni lo dulce ni lo sensible, es lo que no se puede creer. Y Los 80 no está libre de escenas difíciles de creer y justificadas por La fuerza del cariño, pero eso responde a su carácter bien intencionado. ¿Se perdona?, quizás no, pero al final sin duda se agradece.

Hay algo en lo popular, en lo pop, que no tiene que ver necesariamente con la popularidad. Hay series que encantan y agrandan la vida, así como las que embaucan y quitan tiempo, estas últimas muy populares y consentidas por el horario estelar. La diferencia es fácil de identificar. La televisión que distrae hace precisamente eso, distraer, mirar para otro lado o mejor dicho no mirar hacia ninguna otra parte; la televisión que cuestiona, e interpela, busca mostrar no el reloj sino las placas y los ejes y los piñones que le permiten avanzar y medir el tiempo. Los 80 es, a ratos, un mecanismo descubierto en el que se muestra sin vergüenza ni pudor el espacio entre un segundo y otro. 

Hay una escena, memorable, en la que el padre toca una puerta detrás de la cual está su hija, atada a una silla y con una mordaza en la boca, una de muchas en las que La fuerza del cariño no puede interrumpir el destino, y es eso lo que nos permite reconocernos: queremos a nuestra familia, los amamos, pero no podemos restringirlos de su propio papel protagónico y capaz lo mejor es enseñarle a cada cual cómo arreglárselas solo. 

Dicho esto, Los 80 se cubre las espaldas con el humor, la forma más linda de la inteligencia; con secuencias de un adolescente viendo el rostro de su primer deseo meciéndose sobre un columpio en cámara lenta, con los ojos del corazón, esa mirada que aún no alcanza para creer lo que se está viendo y amando desde ya o que se amaba desde antes. 

Hay en la serie una especie de promesa que siempre se cumple: puedes volver a tu familia cuando quieras, no a la misma casa, no al mismo cuarto, no a la misma familia, pero puedes volver cuando quieras.


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@pescadoandrade / @mundodiners