6.30.2008

The End


Se acabó el Eurocine en Quito. Fue un mes intenso. Lleno de sorpresas y esfuerzos. Me queda un buen sabor de boca. No vi todo lo que quise ver ni quise ver todo lo que vi. No pude dedicarme exclusivamente al festival, que hubiese sido lo ideal (las death lines de este negocio son implacables: si no entregas, no se imprime). Pero ese era el dato. Ver todo lo que se pudiera y mantener una vida profesional y personal on the side. Entrar a las salas casi a ciegas, con el catálogo de reseñas institucionales en mano y a veces ni eso, cerrar la boca y abrir los ojos. Bien.

Me queda claro que el Eurocine es otro canal, otra ciudad, que las cosas que son importantes ahí dentro poco importan afuera, y viceversa, que estando ahí adentro te pones la piel de otro y puedes llegar a pasarla mejor con tu esqueleto disfrazado. El festival es un lujo que deberíamos darnos todos los cinéfilos por lo menos una vez en la vida. Es como una clase, un taller, un seminario, donde lo más importante es aprender a tomarle el pulso a las películas. Ese mismo pulso tiene la gente que hace esas películas y mucha de la gente que vive en los países donde se ruedan estos rollos. Hoy siento que he vuelto de un viaje más o menos largo y me toca desempacar. Revisar los post de este ajetreado mes de junio es ver las postales del recorrido, que pudo ser más extenso, sí, pero no ha sido corto. Pasé un mes de intercambio, escuchando otros idiomas, otras músicas, otras formas de comer, dormir, pelear, fumar, beber y hacer el amor. Tengo amigos nuevos y he vuelto a tomar contacto con amigos clásicos que no veía desde mis años estudiando cine. Estoy contento. Algo ha cambiado, para bien, para mejor, para abrirme la cabeza. De pronto debieron haber sido menos películas en igual cantidad de días, para poder verlas todas y, si existe el ánimo, repetir alguna. De pronto la selección cae un poco cuando son las embajadas las encargadas de designar a sus representantes. En este sentido, la embajada significa un riesgo, un (posible) querer quedar bien con todo el mundo. No lo sé, no tengo la certeza, sólo la sospecha. Sé que el próximo año estaré pendiente a la programación del festival, y eso ya es mucho, harto.

Los europeos viven de otra forma y, en consecuencia, filman de otra forma todo lo que filman. Más diálogo, menos acrobacia. Más reflexión, menos acción. Más pensar todo lo que se dice y menos decir todo lo que se piensa. Tratándose de ciertas cintas, estoy seguro, todo lo que se dice y se piensa es exclusivamente cuestión de autor, sin ningún tipo de edición o censura. La libertad, como sabemos, es un arma de doble filo. Tratándose de cine, a ratos, uno piensa “esta nota sólo le gusta al man que la hizo”, y si bien no siempre es verdad, seguramente sucede más de lo que uno se imagina. Aquí el doble filo. Por un lado, es inspirador ver películas que de tanta personalidad se tornan incomprensibles. Uno dice “qué bacán, hizo la película que le dio la gana, esa es”. Pero aquella admiración por el libertinaje creativo, por los huevos que directores, actores, escritores, productores y personal en general ponen sobre la mesa, no siempre se traduce en placer de butaca. Se puede admirar la valentía del proceso y no necesariamente admirar el producto final. Se puede ser fan de Woody Allen, como yo, y apreciar sí, su obra, pero sobre todo su obstinación, su capricho de hacer una película por año llueve, truene o relampaguee. El cine europeo está lleno de esos caprichos. Como que su meta es verle la quinta pata al gato. Y me alegro de que un continente entero esté en eso.

Estoy muy agradecido con la gente que me invitó, sobre todo con Mariana Andrade, Christian León y Analía Beler. Y también estoy muy agradecido con la gente que fue a ver las películas, que le hizo al Eurocine lo que en argentino se denomina El Aguante. Vuelvo a mi vida. Una vida diferente, por suerte.

Esta semana descanso, creo que lo merezco y si no lo merezco igual, descanso. Nos vemos el lunes 7 de julio.

Nos veremos... en un momenTO.


6.27.2008

27-06-08


Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud)
Francia / 1969 / 100 min.
Escrita y dirigida por: Eric Rhomer.


El mismo Eric Rhomer de La rodilla de Claire, que casi me vence pero me acabó gustando. En general, también la misma fórmula: muchos pero muchos diálogos inteligentes (líneas a las que por muy poco, no se les va la mano) y pocos pero pocos movimientos de cámara. A Rhomer, definitivamente, le gusta que la gente hable en sus películas mientras, claro, no digan tonterías. Y no las dicen. A veces mandan máximas que suenan demasiado a guión como para tener vida propia, pero siempre, al final, salvan.

Mi noche con Maud es algo así como una comedia. No es completamente una comedia, no te ríes de principio a fin ni nada por el estilo, sin embargo, queda clara la ironía, el gusto por poner en jaque posiciones que se debaten entre lo moral y lo ridículamente moral. Tenemos a un treintañero católico, correcto en la medida de lo posible, un tanto rayado en su dato puritano, que al salir de una misa encuentra, por casualidad, a quien cree será la mujer de su vida. No sabe quién es, cómo se llama, dónde vive. Sabe, sí, que la volverá a encontrar porque simplemente no puede ser de otra manera. Nosotros también lo sabemos porque, de otra manera, no habría película. El treintañero Jean-Louis calcula las probabilidades de ese encuentro con su amigo Vidal, entregado al marxismo y a la libertad del deseo. Esa noche, Vidal invita a Jean-Louis a pasar una noche en casa de Maud, con quien Vidal mantiene una relación ambigua, de esas que se sostienen en esporádicos encuentros socio sexuales. Maud es el diablo. Al lado de Jean-Louis, Maud es el diablo. Está divorciada, cuando estaba casada tenía un amante y su esposo una querida, tiene una hija pequeña, su cama en la sala, junto al comedor, y es una mujer hermosa por donde se la mire. Vidal se embriaga y se va. Jean-Louis se queda y Maud lo invita a dormir con ella. Jesús frente a la tentación, frente a una María Magdalena sesentera y francesa. Sin duda, lo mejor de la película sucede en esa cama-comedor. Una gran conversación, ágil, ingeniosa, graciosa, que desviste a las personajes y, por lo tanto, intenta quitarle la ropa al espectador (conmigo llegó a segunda base).

Luego, la peli vuelve al ritmo Rhomer, un ritmo que para entonces hemos agarrado o simplemente desechado. Lo agarré o creo que lo agarré. A Jean-Louis se le concede un milagro que acaso y sea producto de su fe. Su objeto de deseo, que se parece a él pero tiene lo que los cristianos de extrema dura llamarían manchas. El caso es que encuentra al amor de su vida y se queda con ella, se casan, tienen un hijo y años más tarde, en la playa, encuentran a Maud. Las cosas se resuelven muy a lo Rhomer. Los personajes terminan haciendo lo correcto, tal vez sin pensarlo, tal vez sin quererlo, muy probablemente, creyendo que no lo han hecho.

* * * *

6.26.2008

26-06-08


Los amantes asiduos (Les amants reguliers)
Francia / 2005 / 178 min.
Escrita por: Philippe Garrel, Marc Cholodenko, Arlette Langmann
Dirigida por: Philippe Garrel.


Tres horas. Blanco y negro. Jóvenes. Mayo del 68. Revolución frustrada. Una película que se hizo hace apenas tres años y tiene el look de un documental rodado el mismo 68. Empezando con lo técnico y con el lado fotográfico, esta cinta está llena de méritos. Si el personaje principal no estuviese en las carnes de Louis Garrel (uno de los soñadores en The Dreamers, la versión de mayo del 68 de Bernardo Bertolucci), habría jurado que la película venía al Eurocine directamente desde hace cuarenta años y que, para ser tan vieja, la copia proyectada estaba en excelentes condiciones.

Tres horas. Detalle importante en la era de los comprimidos y especialmente en un día de semana. Tres horas en una misma butaca, en la obligación de ejecutar limitados movimientos de estiramiento corporal. No sé cuándo fue la última vez que vi una peli tan larga (creo que fue Zodiac, de David Fincher, dicho sea de paso, una de las primeras joyas del cine en el siglo XXI), pero estoy seguro de que recordaré Los amantes asiduos sin mayor esfuerzo, con gusto. Tres horas. Blanco y negro. Magia. Cine puro y duro. Tenemos a un chico de veinte años dispuesto a cambiar el mundo. Revueltas. Autos incendiados. Policías mercenarios. Bombas molotov. Muy temprano, la revolución se va al carajo y uno de los personajes secundarios pregunta, en un despliegue de lucidez, si les toca hacer la revolución para el proletariado o a pesar de él. Nuestro personaje principal queda en un limbo cómodo y mortal. Cómodo porque lo comparte con una chica de la cual está enamorado y con un grupo de amigos que bailan, pintan, combaten un sistema al que se integrarán tarde o temprano y fuman opio. Mortal porque nuestro personaje principal, que es poeta pero no quiere publicar porque piensa que publicar sería traicionar algo que no sabe exactamente qué es, tras quedarse sin revolución, no sabe qué hacer.

No sé si habrá algo peor que dedicarle o querer dedicarle la vida a algo y descubrir que ese algo no es lo que se espera. Pienso en Kurt Cobain dándose cuenta de que el rock, que él pensaba lo salvaría, no alcanzaba. El caso es que nuestro personaje principal dilata su vida escribiendo, amando, fumando, absolutamente chiro. Su vida entre paréntesis, cabe recalcar. Y la película va de su mano, está a sus pies, y francamente hay que ser una obra maestra para sustentar tres horas de conversaciones intelectualoides entre silencios prolongados. Tres horas. No puedo dejar el tema tiempo. Los amantes asiduos hace lo imposible: seguir durante 178 minutos la vida de un tipo que rebota entre los callejones de su desubicación. El show debe continuar. De hecho, tras mayo del 68, el mundo continuó. Así, quienes rodean a nuestro personaje principal continúan, unos más temprano que otros, pero todos, finalmente, arman sus revoluciones individuales pro mundo mejor (esto, confieso, lo intuyo, es la sensación que tengo). Todos menos uno, el nuestro, el principal, que para estos efectos vendríamos a ser nosotros. A este poeta de veinte años el norte se le viene abajo, el sur se le pierde, el este y el oeste se le esconden. Un guión imposible de escribir. Una cinta imposible de montar. Unas acciones imposibles de dirigir. Una película imposible. Cine con cámara invisible, como corresponde.

* * * * *

6.24.2008

24-06-08

Todo de venta (Wszystko na Sprzedaz)
Polonia / 1969 / 94 min.
Escrita y dirigida por: Andrzej Wajda.


La vi ayer y no entendí mucho o creo que entendí poco o entendí lo que puede entender o me quedé con lo que quise entender. En todo caso, algo me pasó, algo pasó por mí y me superó. No me impactó, más bien, me mareó, me confundió, me obligó a prestarle atención, a entregarme a ella. Y no fue fácil.

Leyendo sobre Andrzej Wajda (1926), el director, alcanzo a intuir ciertos detalles. El padre de Wajda murió a principios de la Segunda Guerra Mundial, y el mismo Wajda peleó contra los nazis, siendo aun adolescente, en esa misma guerra. O sea que de saber combatir, sabe. A su regreso del campo de batalla, estudió pintura. En 1955 hizo la película A Generation usando como alter ego al actor
Zbigniew Cybulski. Wajda y Cybulski trabajaron juntos varias veces, en el dato Scorsese-De Niro o, para actualizarnos, Scorsese-DiCaprio. Cybulski murió en 1967 y Wajda, para poder seguir con su vida, hizo una película al respecto, hizo esta película (lo que me recuerda a la trama de Identificación de una mujer, el film de Antonioni que reseñé hace poco).

Todo empieza, y termina, en un set de filmación, jugando con la idea de que la vida es una película y el mundo un set. Un director hace una película sobre sus amigos, sobre su gente, y se entromete hasta ser insoportable. Por eso, esta película, también como la vida, tiene partes que no apoyan a la estructura narrativa en lo absoluto (o sí, porque el norte es difuso, casi subjetivo), partes que podrían estar en cualquier otra película, en cualquier otra vida. Todo se justifica cuando el actor principal, que ha estado desaparecido durante días, muere trágicamente, de la misma forma en que se suponía moriría en la película, una muerte de guión. Aquí lo mejor, una escena en que, como en un entierro, los deudos del actor, es decir el equipo de producción, van de negro funeral siguiendo unas latas de película que descansan sobre un dolly (el carrito que se pone sobre rieles para ejecutar ciertos movimientos de cámara). En esas latas, hay material del difunto, y esa proyección es la velación y casi me vuelo loco cuando caché lo que pasaba.

No encontrarán calificación al final de este texto, sería imposible e irrespetuoso e inmoral. Ayer, pro primera vez desde que estoy metido en el Eurocine, vi a alguien levantarse de su butaca y salir de la sala antes de que terminara la película. No me extrañó, en lo absoluto. Esta cinta es para los que la quieran ver. Hoy, con más datos a la mano, quisiera verla de nuevo o hablar con alguien al sobre el asunto o escuchar cómo la entendieron los demás. Yo me quedo con esto: un director de verdad hace una película sobre un director de mentira que hace una película con un actor de mentira que muere de mentira y de verdad pero está basado en la muerte de un actor de verdad que murió de verdad en la vida del director de verdad. La hace porque su vida sólo puede darse a través de las películas, porque tiene el control sobre sus cintas, mas no sobre su vida.


6.21.2008

Un pequeño break salsero.

Estoy fuera de Quito, lejos del Eurocine. No podré seguir con mi cobertura del festival hasta el lunes o el martes.

Aprovecho este break cinéfilo para hacer algo que tenía ganas de hacer hace rato. Acá el link a una crónica que escribí a principios de año, llamada “Yo también soy El Cantante”. Es la historia de Freddy Barberán, un guayaquileño conocido como el imitador oficial de Héctor Lavoe en el Ecuador. Desde que lo entrevisté, supe que esto era importante. Barberán es uno de esos personajes que me han hecho enamorarme de a poco del periodismo. Francamente, no sé cuánto más me dure esto de ser “cronista” (aunque, en rigor, un buen escritor de ficción tiene que ser buen cronista, la vida es una crónica, ¿no?), tal vez acabe a fin de año, tal vez, no acabe nunca. Entré en este negocio de la “prensa” porque necesitaba ganar dinero escribiendo. Pensaba que era temporal y que iba a pasar totalmente desapercibido. Ni he ganado mucho dinero ni he pasado tan desapercibido. Pero bien, todo bien. Ahora sé que el periodismo es el mejor alimento para la ficción y que la cancha de periódicos y revistas es harto más grande e intensa de lo que pensaba.

La crónica se publicó en la revista SoHo-Ecuador y ahora sale en la web de SoHo-Colombia. Y nada. Muy contento de que los colombianos la hayan puesto en su web y gente de otras ciudades, de otros países, la esté leyendo y comentando.

Señoras y señores, con ustedes Freddy Barberán.



6.19.2008

19-06-08


El Niño (L’Enfant)
Bélgica / 2005 / 100 min.
Escrita y dirigida por: Jean-Pierre & Luc Dardene.


Esta es, simplemente, una película perfecta. Reseñarla, comentarla, tratar de venderla por esta vía, todo aquello sería una pérdida de tiempo. Esta es una de esas que HAY que ver, punto. Además, no creo tener palabras que estén a la altura del sujeto en cuestión. La vi hace unos meses, de una manera que en estos días de Eurocine podríamos llamar independiente. En mi laptop, metido en la cama, el edredón cubriéndome las piernas y la máquina calentando su lado del colchón. Ahí, donde uno descubre o se rinde al sueño, vi una de las mejores películas que he visto en mi vida.

La trama parte de hechos bastante simples: una pareja de adolescentes, marginados, marginales, que acaso no serán jamás parte de la sociedad propiamente dicha. Acaban de tener un hijo. El es mayor que ella. Ella es más madura que él. El es un delincuente de poca monta, un ratero callejero que no pasa de asaltos menores. Ella es una madre debutante encantada con su crío. Como viven del día, de lo que él mal pueda conseguir, tienen sus altos y bajos. Se quieren. Se quieren mucho. Eso no hay quién lo dude. Tienen buena química y cuando ambos están jugando, como niños enamorados sin saber qué es el amor, a uno le dan ganas de tener una relación justo como esa, en la que las cosas pequeñas provoquen grandes alegrías. A veces les toca dormir en refugios y comer pan duro. Una de esas noches, él, que se llama Bruno (un actor con mucho futuro que responde al nombre de Jérémie Reiner) escucha en un bar que en el mercado negro se consigue buen dinero traficando con niños recién nacidos, que luego serán dados en adopción a un precio mucho más alto. Es decir, el precio de la criatura que se paga a los fabricantes, que en este caso vendrían a ser Bruno y ella, que se llama Sonia (la misma Déborah François que nos estremeció en La cambiadora de páginas), es menor al que paga el cliente final, que vendría a ser el futuro padre del bebé. Y claro, Bruno ve un chance, y lo toma. Vende a su primer hijo, pensando que no ha hecho nada grave, pensando que podrán tener otro cuando se les antoje, que el dinero no les viene nada mal, pensando hasta donde su adolescencia prolongada le permite pensar. Sonia se vuelve loca o casi loca, pierde la cabeza, pierde la cordura, lo pierde todo, y termina en la cama de un hospital. Recién entonces, Bruno se da cuenta de lo que ha hecho, y en su intento por enmendar la situación, cae en un pozo que tal vez no tenga fondo.

Sin duda, uno de los platos fuertes del festival. Una cinta que, técnicamente, puede enseñar de todo: dirección, guión, montaje, fotografía, actuación. Un film que sentimentalmente las gana todas, cargado de sentimientos sin caer si quiera cerca del sentimentalismo y la cursilería. Desde que la vi, L’Enfant me acompaña, va conmigo donde sea que vaya. Cuando la gente me pregunta qué vi últimamente que me movió el piso, tengo la respuesta clarísima. Ahora, quiero ver todo lo que hayan hecho estos hermanos Dardene. Si algo te regala una película, más aún, un festival de cine, son las ganas de seguir mirando hacia delante, siempre hacia delante.

* * * * *

6.18.2008

17-06-08



Happy Family (En Beetje verliefd)
Países Bajos / 2006 / 82 min.
Escrita por: Maartenn Lebens.
Dirigida por: Martin Koolhoven


Comedia ligera, light, hasta cursi, pero genuinamente graciosa y refrescante dentro de la programación del Eurocine. Una película como para ver un domingo sin deberes. Una cinta de esas que se encuentran en el cable, por obra y gracia del zapping, cuando uno no está buscando nada en particular y se queda con lo primero que le llama ligeramente la atención. En pocas, un film para matar el tiempo cuando no hay nada mejor que hacer con el. Y solo Dios sabe cuánto necesitamos de estas películas tipo entretenimiento a bordo.

Thijs Oldenburg tiene sesenta años, un pequeño huerto donde cultiva y cosecha jugosos tomates, dos hijas, un yerno, un nieto que fuma marihuana todo el día y una flamante novia que lleva a cuestas cuatro divorcios y medio. Thijs está feliz con su nueva compañera, sus hijas, no tanto. La madre de las hermanas rubias muy rubias murió hace apenas seis meses y ellas creen que lo correcto, por parte de su padre, sería guardar respetuoso luto por un largo tiempo. Pero Thijs y Jackie (que sueña con ir a Estados Unidos y ama a Jackie Kennedy), la otra parte de este romance, saben que a estas alturas del partido el tiempo es oro y no piensan desaprovechar ni un segundo, así esto signifique poner en riesgo el ritmo cardiaco y comprar pastillas azules para estar a la altura de la lujuria.

El mismo Thijs le confiesa a sus hijas que el matrimonio con su difunta esposa fue, ante todo, un convenio, un acuerdo entre padres de familia, uno de esos compromisos que uno adquiere pensando que en esta vida hay que hacer lo correcto y no lo que uno quiere hacer. Las hijas, se escandalizan, casi se desmayan. Thijs sigue adelante, como corresponde, es todo un héroe que se da el tiempo para aprender a bailar con su pareja y enseñarle tácticas de lucha a su nieto. El nieto, otro romántico, tendrá que pelear en formato lucha turca (el cuerpo bañado en aceite de oliva) por el amor de su novia.

Y así, una serie de eventos que cuando no son totalmente cómicos, cumplen con parecer reales y contribuyen al desarrollo de una historia que no será la más profunda del mundo, pero se siente cercana por varios flancos. En estos tiempos llenos de divorcios, donde lo más probable es que nos toque seguir buscando media naranja hasta el final de nuestros días, cintas como esta resultan alentadoras. Hay una esperanza, un amor apasionado y moderno y de tercera edad que no es necesariamente El amor en los tiempos del cólera. Bien por esta peli que se juega sin mayores pretensiones y consigue todo lo que busca y hasta más.


***