11.11.2013

Oh, la culpa


Cuando me diagnosticaron hepatitis pensé que me estaban dando buenas noticias. Más allá de los mareos, las náuseas, las alucinaciones gaseosas y el saludable bronceado amarillo que vienen incluidos en la enfermedad, se recomienda atenerse a la ley del mínimo esfuerzo y guardar absoluto reposo. Hacer nada, gran plan.  

Viéndolo con optimismo, serían las vacaciones perfectas. No gastaría ni un centavo en traslados, tendría todo el tiempo libre del mundo a mi disposición para leer los libros y revistas que tengo pendientes y ver las películas que compré hace un año y que aún no he visto; además, mis amigos tomarían turnos para cuidarme, me acompañarían en la convalecencia, me traerían delicias light para enfermos gourmet y me tendrían en contacto con el mundo exterior al que, por otro lado, estaría en todo mi derecho de ignorar.

El verdadero milagro es que bajaría de peso. Eso fue lo primero que me dijo la amiga que me acompañó a la consulta médica: vas a quedar flaquito. Lo dijo haciendo un alegre gesto de aliento, no libre de envidia. Con la hepatitis quedarían atrás décadas enteras de obesidad moderada, de dietas, de periodos de abstinencia alcohólica, de intentos fallidos por mantener una rutina de ejercicios: adiós a esas libritas de más y a esos rollitos indeseables, amiga televidente. Y como si todo eso no fuese suficiente, no tendría que trabajar. Tenía la excusa perfecta para detener un tren laboral que me tenía bastante acelerado y comiendo como camionero de la pura ansiedad.

Un mes después estoy en mi pueblo, aislado, unplugged, y no recibo visitas porque nadie tiene tiempo. Traje conmigo todas las temporadas de Los Sopranos, nunca la había visto y pensé que la despacharía en cuestión de días, pero  no logro pasar de la tercera temporada. No me mal entiendan, la serie me gusta (en rigor, me gustan más los personajes que la trama) y creo que cumple con la tradición de las buenas cintas de gangsters: aunque sabes que todo lo que esa gente hace está mal, quieres ser como ellos, quieres comer braciole y reventarle la cara a un tipo con una lata de duraznos en almíbar y tener una amante rusa de 23 años. Lo que me amarga un poco es que mi único plan del día sea ver Los Soprano. Algo similar me pasa con los libros, traje más de una docena entre novelas, cuentos, crónicas y cómics, además de varios números del New Yorker que he conseguido en aeropuertos, pero la lectura avanza muy lento (por cierto, La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides, está increíble) y ni siquiera he ojeado las revistas. Durante mucho tiempo soñé con un período como este en el que pudiera leer sin parar durante horas, el problema es que me deprime un poco que mi único plan de del día sea leer.  

Lo peor es que no he podido dejar de trabajar. Me levanto pensando que hoy sí le haré caso al médico y me quedaré quieto y horizontal viendo Los Soprano. Doy vueltas en la cama y trato de obligarme a seguir durmiendo, pero al rato me invade una culpa enorme al pensar en todos los asuntos pendientes que se apilan como la basura no recogida de un barrio de cerdos y, sobre todo, en la gente que pierde tiempo y dinero por esos retrasos.  Todos los días respondo mails, reviso textos y escribo un par de páginas para librarme de la culpa, que es peor, es mucho peor, que la hepatitis.

Y sí, estoy bajando de peso, pero al tener prohibidos todos los esfuerzos, a diario veo con impotencia cómo esas libritas de más se convierten en una aguada y temblorosa bolsa de carne. Como dice el viejo y conocido refrán: ten cuidado con lo que deseas, porque amanece más temprano.

(SoHo) 

11.05.2013

El Maestro Lara


En Resonancia, la nueva película de Mateo Herrera, un hombre hace una guitarra. Y eso es todo lo que pasa.

Es en serio: un hombre hace una guitarra, punto. Corte a negro, créditos finales, chao. Lo demás, como corresponde, sucede fuera de la pantalla. Sales del cine con la absoluta certeza de haber presenciado un acontecimiento que no creías posible, el viaje de un héroe que nunca, jamás, ha dudado de su destino ni ha cuestionado su misión en la tierra.

Raúl Lara, protagonista y razón de ser de la cinta, es flaco, tiene el pelo largo y una barba medio adolescente que no lo convence del todo. Usa camisetas viejas y pantalones rotos que revelan sus calzoncillos cuando camina.  Más que un lutier, parece un maestro de artes marciales, de esos que viven aislados en lo alto de una montaña y que, un día cualquiera, interrumpen su meditación para entrenar a un pequeño saltamontes en la práctica del honor. La paz interior se le nota a leguas y a la mitad de la película, cuando lo has visto suficiente tiempo, hasta se te puede pegar.  

Ver al Maestro Lara trabajando te hace pensar que capaz sí existe un plan. Cuando mira la madera, cuando la corta y la dobla y la lija, está diciendo que cada guitarra que hace es de alguna manera la primera y la última: el proceso artesanal, de autor, es aprueba de réplicas. Pero está diciendo, además, que la vida puede tener un propósito después de todo. No hay señal alguna de agotamiento o rutina ni en el más inconsciente de sus movimientos. Al revés. La pasión con que hace lo que hace, una fuerza tranquila y constante, le sirve lo mismo para extraer de una tabla la raíz del sonido que para comer galletas de dulce.  

Que un cineasta más bien punk y de guerrilla como Herrera haya filmado las aventuras de Lara con la quietud de un mantra acústico quiere que decir que sí, la presencia del Maestro altera a quienes lo rodean. Y hay un momento, quizás el mejor, en el que todos somos unos: el hombre que hizo la guitarra la mira y la escucha, sus ojos se vuelven pequeños y sus labios producen una sonrisa contenida, como si le diera vergüenza conmoverse ante su creación.   

(El Comercio)

10.30.2013

Rush, la película


Quisiera decir que después de ver Rush: Beyond The Lighted Stage, me he convertido en fan de la banda. De verdad quisiera hacerlo. En serio quisiera que me guste. Pero no puedo. No me gusta Rush, nunca me gustó y después de esto es claro que nunca me gustará del todo, pero el documental me ha hecho respetarlos mucho. Puedo decir, entonces, que soy fan de la integridad artística de Rush. Y eso es decir bastante.

En 1975, tras dos discos exitosos que sonaban a una mezcla entre Led Zeppelin y KISS, esto quiere decir poderosos y contagiosos y hasta bailables, Rush lanzó Caress of Steel, su tercer álbum de estudio y primer trabajo conceptual. Fracasaron miserablemente. Entre otras cosas, pasaron de tocar en arenas a tocar en pequeños bares de borrachos belicosos: imaginen a tres veinteañeros tocando rock progresivo e intelectual frente a camioneros que le vendieron el alma a la Budweiser. La disquera, que mal que mal los había sacado de su natal Canadá para volverlos populares en USA, les recomendó que hicieran un disco “como los otros”, rockero en el sentido más limitado y castrante de la palabra. Rush se negó. Dijeron que estaban dispuestos a volver a casa y trabajar en lo que fuera antes de perder la oportunidad de hacer mejor música de la que ya habían hecho antes. En 1976, convencidos de que sería su último disco pero convencidos también de que sería el mejor y dejarían este mundo en una llamarada de gloria, lanzaron el famoso y clásico y al parecer inevitable 2112, un álbum narrativo (como las ambiciones literarias del baterista Neil Peart, que, dicho sea de paso, es un gran escritor autobiográfico) que se convirtió en religión nerd enseguida y los salvó del silencio. Gracias a ese acto suicida, la carrera de Rush, con altos y bajos, con hardcore fans que suelen frecuentar la ciencia ficción y capaz se identifican con The Big Bang Theory, con muchos hombres solos de su lado pero sin demasiadas chicas, pudo ser lo que ahora es. Como dice el mismísimo Geddy Lee, “somos la banda de culto más famosa del mundo”.  

Hay harto que aprender de Rush (pienso en las asambleístas que cambiaron de moral y de principios en cuanto al aborto y me dan ganas de mostrarles este documental y decirles: la gente de verdad no se vende. Los rockeros, como es bien sabido, son muchísimo más gente que los políticos), de su integridad, de su capacidad de riesgo, de su alta fidelidad para con la banda. Si tuviésemos dos o tres bandas así por década, estaríamos salvados. Si hubiesen dos o tres personas así por la calle, también.

(El Diario) 

10.21.2013

Salsa Nerds


La casa tiene dos pisos y en el primero hay ocho mesas rodeadas de sillas, una pantalla para proyecciones colgando contra una esquina, varios tocadiscos antiguos y unos cuatro mil álbumes de salsa. La casa es un Centro de Información de la Salsa, está en la calle 7 No. 27-38  de Cali, Colombia, y se llama Casa Latina. La casa es, en rigor, una salsoteca. Pero aquí no se viene a bailar sino a aprender y a compartir conocimiento. Casa Latina es un templo con piso de madera que huele a cerveza y empanadas.

El dueño de casa es el DJ Gary Domínguez, hijo del futbolistaEdgar Mallarino, estrella del América de Cali en la que se recuerda como “La época del dorado”. Cuenta DJ Gary que su padre y los amigos festejaban los triunfos –a veces también los fracasos–del equipo bailando salsa en su casa y que esas fiestasdecidieron su destino: un niño ve a los mayores celebrando, asocia el ritmo con la felicidady dedica el resto de su vida a descubrir la historia de esa alegría. DJ Gary lleva más de cincuenta años en eso, sin parar.

De jueves a sábado, Casa Latina programa especiales temáticos en los que se repasa la vida y obra de un salsero emblemático. Detrás de la barra, entre el congelador donde se guardan las cervezas y sus miles de discos, DJ Gary toma un micrófono y mientras narra capítulos biográficos y anécdotas off the record de gente como Tite Curet, Poncho Sánchez o Ray Barretto, haciendo lo que él llama “un dramático homenaje”, va seleccionando y tocandolas canciones clave. También pone videos y de cuando en cuando esas imágenes de archivo, muchas de ellas piratas, se mezclan con videos caseros de pulso adolescente en los que aparece DJ Gary, digamos, visitando la tumba de Daniel Santos, reporteando como un corresponsal de guerra.

Casa Latina recibe a sabios generosos. Quien desee ser DJ –y VJ– por una noche puede hacerlo si es que su repertorio concuerda con los lineamientos ideológicos y conceptuales del local. Así, por ejemplo, el DJ invitado puede armar un especial de Latin Jazz, traer sus discos, losDVD que tiene en casa (el sello de la nostalgia es el del desaparecido People+Arts), que nunca se cansará de ver,y presentarle al público un show que mezcla la erudición de Wikipedia con la alta definición de YouTube en un tono formal, casi solemne, que incluye agradecimientos, introducciones y bagaje académico, como si se tratara de una muestra de arte en un museo.

Se dicen cosas como quiero agradecer con todo respeto esta oportunidad a Casa Latinao a ver si esto es del agrado de ustedes.Ustedes pueden ser cuatro tipos en una mesa tomando Club Colombia o Aguila Light, alguno más en la barra que vino con la novia (la chica cabecea del sueño, seguramente aceptóvenir a cambio de que el novio la saque a bailar al día siguiente) y una pareja en el fondo dedicada a lo suyo. Pero esos cuatro tipos firmes frente a sus jarros de cerveza, esos que han perdido novias y quizás también amigos y trabajos por frecuentarlugares como Casa Latina, son los que hacen que todo esto cobre sentido: hombres solitarios que prefieren escuchar que bailar.

Cuidamos nuestros discos como si fueran nuestros padres porque son nuestros héroes, dice DJ Gary mirando su colección, meditando sobre su pièce de résistance en una época oscura en que las discotecas se llenan con gente que quiere bailarcross over: reggaetón, lambada y una serie de ritmos mezclados sin ningún propósito histórico. Casa Latina es un refugio para huir del presente, los jóvenes vienen poco porque saben que aquí no van a levantar a nadie. Aquí se viene a escuchar música.

(SoHo)

10.15.2013

Soledad


Sí, es verdad, el mexicano Alfonso Cuarón y su película Gravedad han llegado donde ningún otro cineasta que se propusiera filmar el espacio exterior había llegado antes. Sí, Cuarón ha filmado como los dioses algo que sólo ellos, los dioses, podrían haber presenciado en tiempo real. Y también es verdad que las fronteras visuales, los límites entre lo posible y lo imposible, han vuelto a romperse, como pasa cada cierto tiempo en la historia del cine porque esa es precisamente la única manera de conservar el arte con vida: haciendo lo que todos creíamos que no se podía hacer.

Gravedad quizás sea el evento cinematográfico del año, pero eso no sólo tiene que ver con el cine: éste es el momento para que te guste, en el que defenderla y dejarse colonizar por su influencia puede hacerte sonar inteligente y hasta hacerte parecer  una persona que entiende cosas que el resto no. La película tiene su propia leyenda, Cuarón y su hijo Jonás, que colaboró con él en el guión y, dicen, fue el verdadero origen del proyecto, pasaron siete años tratando de levantar una película que parecía, de nuevo, imposible, y que en algún momento se perdió en un hoyo negro y mudo pues su presupuesto aumentó tanto que la Warner Bros. pensó en cancelarla. Estas son, por lo pronto, especulaciones que alimentan el mito, pero funcionan de maravilla. Hay gente que ve Gravedad y llora de la emoción. Gente que se deja llevar por el asombro y se desdobla  en órbita, como cuando eran niños y la realidad sucedía sólo dentro de la pantalla. Gente que encuentra en ese viaje –que sí, es impresionante– una metáfora sobre nuestra adicción a la tecnología y el regreso a los instintos primitivos que tarde o temprano nos veremos obligados a practicar. Y también, aunque somos pocos o muy pocos o casi nadie, estamos los que no pudimos superar la falta de dimensión en los personajes. Desde el principio, desde que George Clooney dispara bromas tontas a quemarropa y hasta el final, hasta que Sandra Bullock se juega la vida usando mantras de autoayuda, queda claro que la cinta sacrifica a sus personajes por lo que considera un bien mayor: ir más lejos y más rápido.
 
Gravedad, evidentemente, no es una película que se hizo para ser contada con palabras. Si alguna vez la imagen fue tan importante como cuando el cine era mudo y todavía no se llamaba cine, es ahora. Ver la tierra como se ve aquí, no gracias a la ciencia sino gracias al cine, conmueve y trastorna. Pero aunque la arrogancia del hombre sea el canal más directo a su perdición, el mundo no sería nada sin su gente: un planeta muerto como tantos otros.

(El Diario)  

10.07.2013

La cruda de Julián Herbert


Tengo ganas de tomarme un trago con Julián Herbert, un mexicano al que le gusta verse como un wey que hace poemas –no los escribe, los hace– pero al que yo veo como un wey que ha escrito una de las mejores novelas autobiográficas que he leído últimamente y con últimamente quiero decir desde que empecé a leer, desde que la vida de los otros alcanzó a conmoverme y empezó a convertirse en un trozo de mi propia vida, algo que sólo me pasa cuando alguien habla con la verdad, cosa que casi nadie hace.

Puede que mucho de lo que hay en Canción de tumba sea un invento de Herbert o, mejor dicho, una versión de lo que realmente sucedió cuando su madre enfermó de leucemia y él se puso a recordar el pasado, los años en que la señora y sus hijos todos de padres diferentes recorrían los chongos del imperio azteca para que ella pudiera ser fichera o puta y tener con qué mandarlos a la escuela y comprar muebles para las casas que siempre terminaban abandonando porque tramps like us, baby we were born to run. 

Si Herbert le contaba esta historia a Bruce Springsteen y no a nosotros, El Jefe tendría material para un disco doble o quizás hasta una ópera rock para camioneros, si su memoria no fuera suya sería un culebrón insoportablemente latinoamericano del que seguramente acabarían culpando al imperialismo yanqui, pero no, nada que ver, Herbert mira la tragedia con cinismo y con sentimiento, con humor y con culpa, con una pose de hombre rudo que cede palabra a palabra hasta convertirse en hombre de verdad, de los que pueden fumar crack en el baño del hospital mientras la mamá agoniza y arrepentirse y llorar y fumar un poco más después.

Pinche Herbert, me has dejado noqueado, wey, ya había leído tus crónicas en la Gatopardo y ahora con la historia de tu jefa me dan ganas de llamar a mi vieja a decirle cuánto la quiero pero me las aguanto y mejor llamo a mi abula que prende una vela cada vez que me subo a un avión, porque los hombres solemos callar para trabajar nuestro egoísmo, hacer poemas cuando lo que habría que hacer es ruido, pero tú has hablado, y porque la verdad nunca falla y porque la sangre nunca miente.

(El Comercio) 

9.30.2013

Not Fade Away: puro corazón


Hay películas que no tienen que ser buenas para ser buenas. Mejor dicho, hay películas que siendo más o menos o hasta malas pueden caerte y hacerte bien, reafirmar tus principios y ganarse un espacio en tu vida. A veces, un buen momento, un gran momento, uno de esos momentos en los que un diálogo y un rostro y un director te hablan con la verdad, pesa más que la lógica o la supuesta redondez que debe perseguir una historia. Fuck that. Uno quiere emocionarse y sentir cosas.

Cuando David Chase creó Los Soprano, allá en 1999, creó también un manual en el que mostraba al hombre de comienzos del siglo XXI –un hombre trabajador y honrado dentro de lo que cabe en los negocios ilícitos– cómo ser un adulto resumiendo su existencia en una sola ocupación: resolver problemas. Los adultos, los grandes, se dedican a resolver problemas y su vida depende de las formas que se den para resolverlos. Pues bien, el año pasado, el mismo Chase, ahora con una reputación a cuestas y un pasado reciente que a sus 68 años resulta poco menos que glorioso, estrenó una cinta sobre cómo ser joven. Not Fade Away, la historia de un adolescente de clase media en Nueva Jersey que encuentra una posibilidad para su destino en el rock and roll de los 60’s, es una lección de valor y sinsentido. Hay un chico que no sabe quién es ni quién quiere ser, un chico sin chica y sin razones hasta que una noche, en la pantalla de su televisor blanco y negro, ve a los Rolling Stones tocando un blues embalado y como si se tratase de una aparición divina, como si en el set del show de Dean Martin estuviera cantando el mismo Dios que le habló a Moisés y a Job y a Abraham, ve la luz y decide seguirla. En ese momento, cuando una canción empuja un destino hacia la gloria o hacia un daño irreparable, cuando le pide a un joven perdido que deje ser nadie y se convierta en alguien o muera en el intento, David Chase mete todo lo que es la juventud en una escena y a uno le dan ganas de empacar la guitarra y hacer dedo en la carretera, como hace el protagonista hacia el final. Pienso en el poeta Mario Santiago Papasquiaro: si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio.  

Si ser adulto es resolver problemas, ser joven es conseguirlos: cometer errores, ser malcriado con tus viejos, sangrar un poco y aprender a hacer el amor con una chica linda. Not Fade Away no se sostiene como un todo, divaga, habla por hablar y se deja confundir por su propio encanto, pero su moral rockera de filosofía imposible y viaje sin retorno nunca estará equivocada. 

(El Diario) 

Pueden ver la peli aquí.