El amor que a mí me sirve, el que me
afecta de verdad, es el que me sorprende desarmado y me atrapa y hace conmigo
lo que se le da la gana. Pasa de una, como un rayo que cae del cielo y te
revienta en la cabeza y te parte en dos o en un millón de pedazos: bastan una
sola mirada, un único suspiro abandonado en el aire, o un solo capítulo. Así, a
primera vista, con el primer acercamiento, al primer roce platónico, me enamoré
de la señora Miriam “Midge” Maisel.
La señora Maisel vive en Nueva York y en
los 1950’s, se está separando de su marido después de haber descubierto que él
la engañaba con su secretaria, por el día trabaja en un almacén de cosméticos y
por las noches hace rutinas de comedia en bares, cafés, clubs, donde sea que
pueda subirse a un escenario, aferrarse a un micrófono con las dos manos y
hablar así como habla ella, rápido, rapidísimo, como si las palabras que le
salen del corazón o del estómago no tuvieran tiempo para detenerse en su cabeza
y ser procesadas antes de salir por la boca.
El amor invade y ocupa, de pronto eres un
esclavo que presta su espalda a los latigazos y los recibe contento, con una
sonrisa babosa para cada nuevo azote. Y piensas, ¿cómo pude vivir sin ella todo
este tiempo?, ¿cómo es que todo lo que dice es lo que había querido escuchar?, ¿cómo
le digo que se quede conmigo para siempre? Y resuelves, apenas empezando a
intoxicarte, que la seguirás hasta el fin del mundo aunque en ese camino hayan
espinas y charcos de lava y cuyo destino final quizás sea el infierno que se
merecen los enamorados.
Cuando está en el escenario, la señora
Maisel habla de ella, de su vida, de su familia, de sus amigos, de su trabajo, habla
en público y muchas veces a gritos de lo que otros ocultamos porque sentimos
que nadie puede caer tan bajo como nosotros aunque sepamos, muy adentro
nuestro, que no estamos solos, que es allí, abajo, donde nos abrazamos con los
demás y podemos comprendernos todos juntos. Lo suyo no es hacer bromas ni
comentar la actualidad, es mirar la vida y aumentar con esa mirada las
posibilidades de vivirla. Lo suyo es hacer que nos demos cuenta de que también
nosotros vivimos en una no tan divina comedia y que a veces sólo hace falta
decir las cosas en voz alta para entenderlas y saber que, mal que mal, casi
siempre podemos reírnos.
Al principio, el amor llena todos los
espacios, es lo único en lo que podemos pensar, lo único que podemos sentir, lo
único que consideramos importante, y yo a la señora Maisel le abrí un espacio
en mi vida que ella abarcó enseguida y en su totalidad. Pensaba en ella todo el
día, (en rigor, pensaba en nosotros, aunque para ella yo no exista pero
nosotros sí existamos) en que llegara el momento de la noche en que ya
desconectado del mundo pudiera verla de nuevo y hasta entrada la madrugada
porque un capítulo nunca es suficiente, porque cuando haz conocido el éxtasis
no tiene sentido vivir sin él. O sin ella.
Los problemas de la señora Maisel parecen
poca cosa, los caprichos de una niña engreída, si nos ponemos a mirar. Su
familia, judía, como su familia política, tiene dinero y vive cómodamente,
rodeada de sirvientes; bien podría ella seguir dedicada a esos vestidos y a
esos sombreros y a esos guantes que la hacen ver como una esquina del paraíso, mientras
espera a que aparezca un pretendiente a su altura y, de paso, que cumpla con
las expectativas de la familia. Su vida podría ser normal y tranquila, pero esa
no es la vida que ella quiere tener porque eso, la chica linda que está sentada
esperando a que la vida le pase, no es lo que ella quiere ser: ahora que hace
comedia lo sabe, sabe que lo que verdaderamente está esperando no es eso que le
llega sino eso que sale a buscar poniendo los pechos, siempre en alto, a lo que
venga.
El amor, aún el que dura unas pocas horas
o, para ser más precisos, dos temporadas vistas en noches de pasión, va
cambiando segundo a segundo. Uno dice eso,
precisamente eso, es lo que necesito, una mujer que le inyecte vida a la vida, que
no pierda tiempo ni en la tristeza ni en el despecho, que no se moleste en
mirar atrás sino siempre hacia delante. Y después uno concluye que no podría
vivir así, por lo menos no yo, que necesito también dosis de amargura a la vena
para seguir percibiendo la felicidad. A la señora Maisel, entonces, le faltan a
veces baldazos de agua fría, pero hey, esto todavía no ha terminado, al
contrario, recién comienza. Así que hay esperanza.
La señora Maisel tiene otra casa, el
Gaslight Café, en el Greenwich Village, el primer lugar donde soltó sus
monólogos como perros rabiosos que se ríen y dejan ver la espuma entre los
dientes. Ahí conoció a Susie, una mujer a la que todo el mundo confunde con un
hombre y que ahora es su manager, la primera que vio con claridad lo que la
señora Maisel tiene adentro pero traía confundido,
y sin duda el personaje más entrañable y extraño de todos los que la rodean, su
cable a tierra (Susie vive lejos del lujo y entre las dos confluyen dos mundos
opuestos) la única capaz de hacerla seguir golpeando con la frente las puertas
que se le cierran en las narices. Juntas, la señora Maisel y Susie se abren
trecho en un oficio de hombres, en una época de hombres, en una historia en la
que los hombres toman un papel más bien secundario porque, se nota, ninguno
sabe muy bien lo que está haciendo.
¿Qué hago ahora, que he terminado las dos
temporadas y ya no tengo excusas para verla todas las noches? ¿Mirar sus fotos
en Internet y suspirar? ¿Escuchar las canciones de la serie en Spotify y
suspirar? ¿Esperar, como un tonto, que alguien como ella aparezca caminando por
mi calle y luego, decepcionado, suspirar? El vacío que te dejan ciertas personas,
ciertos personajes, no es fácil de llenar, y casi puedo sentir cómo ese vacío
va creciendo entre mis costillas a medida que trato de encontrarla a ella en
otras series, como ese borracho que busca lo que nunca encontrará cambiando de
vaso. No es lo mismo. Nunca lo será. Aquí voy a aguantar. Firme. Hasta la
próxima temporada.
La señora Miriam “Midge” Maisel, también
conocida como la actriz Rachel Brosnahan, se ha llevado, a año seguido, 2018 y
2019, el Globo de Oro como mejor actriz de comedia, aunque ese no es el premio
que deberían darle. Para ella deberían inventarse algo distinto, un galardón
que reconozca no el valor en la interpretación de un personaje, sino la
aventura impredecible de inventar una persona, una persona real, capaz de conmover, enamorar, cautivar y, claro,
quizás lo más importante: hacer que te cagues de la risa. Si yo fuera un meme,
si me tomara una selfie viendo uno de
los episodios, escribiría en la leyenda: quédate con la que te haga reír como
la señora Maisel me hace reír a mí.
Jonah Hill, mejor conocido por sus
papeles cómicos (desde la clásica Superbad)
y por haberse convertido, en pocos años, en uno de los mejores secundarios de Hollywood, se arriesga
como director y guionista con Mid90s.
La cinta le sigue los pasos a su
personaje principal, Stevie, un adolescente que como cualquier otro anda
buscando su lugar en el mundo, que tiene muchas, acaso demasiadas, ganas de pertenecer
a algo, de encontrar su manada y seguirla guiado por el instinto de supervivencia.
Pero poco después de partir con la historia comprendemos que, como ocurre en
los mejores casos, más que un destino, lo que a Mid90s le interesa contar es el camino hacia él: digamos que no es
una novela sino un cuento o un episodio. Y en este caso lo que a nosotros nos
corresponde es acompañar al personaje y estar con él en las buenas y en las
malas, compartir los momentos de felicidad absoluta que a veces le intoxican el
cuerpo, los descubrimientos que a su edad parecen y son definitivos, y bajar la
cabeza y ponerle el pecho al dolor para resistirlo.
Stevie es pequeño en todo sentido, bajo
de estatura y flaco, lo único que tiene, lo que le da onda y personalidad y
acaso define su moral frente a la vida, es el pelo largo y un par de ojos que
parecen estar viendo cosas que nadie más puede ver. Vive con su madre, que
todavía lo considera un niño indefenso y sobre todo inofensivo; y con su
hermano mayor, una mezcla de héroe y villano al que Stevie ve como referente
(se fija en sus discos, en sus revistas, en sus zapatos Air Jordan) y como
enemigo: su relación se establece en las peleas que el hermano mayor siempre gana, en las que Stevie
se defiende como un animal salvaje siempre contra el piso, en esas batallas
casi a muerte en las que se golpean como sólo dos hermanos pueden golpearse. Entonces
sí, Stevie es pequeño, pero no es eso lo que quiere ser, y como nos pasa a
todos, en vez de mirar hacia atrás, de agarrase con las uñas a los últimos
momentos dorados de su niñez (cuando sonríe se nota claramente que aún es un pelado), corre desesperado hacia la
adolescencia, como si se le fuera a escapar.
La vida que Stevie quiere está en la
calle, en las pistas de skateboard,
en esa gente que parece libre y se defiende y protege endogámicamente, como una
tribu. Se junta con chicos mayores que él, comienza a fumar cigarrillos
mentolados (comienza a toser) y a tomar cerveza para luego, antes de llegar a
casa, lavarse la boca con jabón, literalmente. Uno de sus grandes momentos,
cuando los otros empiezan a verlo realmente como uno de ellos, sucede en una
escena que podríamos llamar de iniciación. Están todos en un techo, saltando
con sus patinetas sobre un vacío; Stevie apenas patina, se balancea sobre la
tabla y se impulsa con el pie, no mucho más, pero igual lo intenta; sus amigos
lo previenen, le dicen que no lo haga, pero él lo hace; Stevie toma impulso, se
acerca al vacío, alguien grita tienes que
ir más rápido, pero ese grito llega demasiado tarde; Stevie salta de un
extremo del techo, cae antes de llegar al otro y su cuerpo queda derramado
sobre una mesa. Ese salto es la gran prueba de carácter, de que Stevie se las
trae y de que con él las cosas van en serio. Intentarlo es mucho más importante
que lograrlo, porque ahí, en el intento, en el salto, en la tentación del
fracaso, está la realización del valor y el coraje.
Como director, Jonah Hill ha logrado burlar
la reputación de cómico escandaloso que lo precede, aunque últimamente sus
papeles están más cercanos al drama que al humor (véanlo en la serie Maniac, estrenada en Netflix el año
pasado). Mid90s está filmada con
cautela, con calma, quizás con los nervios propios del principiante, y hasta
podría pasar por una película contemplativa de no ser por las emociones que
chocan y rebotan entre las paredes de la pantalla. Hill, que tiene a sus
personajes muy cerca por una cuestión generacional y, también, se nota, de
hermandad cósmica, ha decidido verlos de lejos, con planos fijos, y así se ha permitido
crear el espacio suficiente para que ellos se muevan con soltura y tomen sus
propias decisiones (muchas de las escenas se resolvieron con improvisaciones
sobre la marcha), un espacio que también nos pertenece a nosotros, que a ratos
lo vemos todo desde adentro o desde el centro, como si estuviéramos atrapados
en un remolino de patinetas y empezáramos de repente a girar como ruedas contra
el asfalto.
Pero el verdadero logro de Jonah Hill es la
manipulación de la nostalgia, la veracidad del recuerdo. Todos los elementos de
la película, físicos y emocionales, corresponden a una época que todavía nos
resuena en la cabeza. Los peinados, el vestuario, las locaciones, la obligación
de huir de todo lo que fuera popular y llenarse con lo alternativo, y ese tipo
de lenguaje en clave sólo para iniciados, son lo que podríamos llamar hechos de la vida real. Y es ahí, cuando
uno dice yo hacia lo mismo, a mí también me pegaron, mis amigos eran más
importantes que mi familia, cuando la película triunfa porque nos vuelve
parte de ella, nos demuestra que el cine de verdad se siente propio y
autobiográfico. Hay una escena en la que Stevie se ve aún más pequeño que en las
demás, está en una fiesta, hablando con una chica mayor que él,
sorprendentemente seguro de sí mismo y hasta coqueto; ella le pregunta si ha
estado con una chica antes, él responde que sí pero se le nota la mentira; de todos
modos ella se lo lleva a un cuarto. Cuando Stevie sale, cuando le cuenta a sus
amigos lo que acaba de pasar (porque si no lo cuentas no existe), su rostro es
el mismo de alguien que ha visto por primera vez el sol.
Quizá esa sea la clave para procesar Mid90s hasta apropiarnos de ella por
completo: verla como una película sobre las primeras veces. No se trata de
cometer errores y aprender de ellos, al contrario, se trata de cometer errores
hasta que no hayan más errores que cometer, y de encontrar en esos errores la
luz de la verdad. Los golpes que damos y que nos damos, tanto como los que recibimos,
nos van acomodando el esqueleto dentro de una armadura tan sólida y fuerte como
el peso de nuestros recuerdos, de las cosas que decidimos hacer sabiendo que era
mejor no hacerlas.
Al final de Mid90s uno se queda tranquilo: Stevie va a estar bien. A veces se
llenara de miedo y ese mismo miedo le dará el coraje para vencerlo; a veces se
llenará de rabia pero esa misma rabia le bastará para salir de cualquier jaula;
a veces se llenará de lágrimas, y esas mismas lágrimas le lavarán la cara.
Marco Bermúdez y su hermano Eduardo
estaban cenando en un pequeño restaurante mexicano. Llevaban ya varios meses en
Chicago, la ciudad de los vientos, pero nunca habían visto lo que estaban a
punto de ver. Al mirar por la ventana, entre bocado y bocado, se dieron cuenta
que del cielo caían pequeños y cristalinos copos de nieve. Dejaron los
cubiertos sobre la mesa, tragaron lo que estaban masticando, se levantaron de
las sillas y salieron a la calle. Allí, afuera, abrieron los brazos y las
palmas de las manos para sentir la nieve, que les caía también sobre la cara y
se les derretía en las mejillas. Marco sólo la había visto en los libros con
los que estudiaba inglés en el colegio, cuando su profesor, señalando las
manchas blancas en la página, decía This
is winter time.
Lo que les estaba pasando no estaba en
sus planes, pero se había convertido en su vida. Llegaron a Norteamérica a
comienzos de 1984 como parte del grupo musical Los Profetas de Manabí, contratados por un empresario cuencano,
para tocar en eventos organizados por la Asociación de Ecuatorianos Residentes en
Estados Unidos. Harían, en principio, seis presentaciones en tres ciudades,
Miami, Chicago y Nueva York, pero los contratos se cancelaron a mitad de camino
y fue entonces, en Chicago, que Marco le dijo a su hermano, Quedémonos, quedémonos y de aquí vamos a
Nueva York, allá es que queremos llegar, allá está el sueño. El empresario
cuencano les pidió la mitad de lo que había gastado en los pasajes, les
devolvió sus pasaportes y se despidió dejándolos a su suerte. Tenían visa por
seis meses, así que cuando los sorprendió la nieve ya eran ilegales. Entre
semana trabajaban como obreros en una empresa que fabricaba parlantes para la
marca Bose, y los fines de semana,
viernes, sábados y domingos, trabajaban como músicos en el Night Club que recogía toda la escena latina de Chicago, The Latin Village.
Marco todavía no cumplía los 23 años de
edad, pero ya estaba casado, tenía una hija, otro hijo en camino y cursaba la
carrera de arquitectura en la Universidad Estatal de Guayaquil. Es decir que
tenía una vida que decidió cambiar por otra que, mirando para atrás, ya parecía
un destino inevitable. Nació en Portoviejo en 1961 y lo primero que escuchó fue
música. Su madre y sus tías cantaban a dúo, su padre, que se marcharía del
hogar cuando Marco tenía diez años, tocaba el acordeón y la guitarra; y dos de
sus tíos eran ya artistas reconocidos:Eduardo Brito Mieles, compositor de la música del Pasillo a Manabí, y Filemón Macías, autor de la música del Romance a una Tejedora Manabita. De
hecho, la primera vez que Marco entró a una cabina para que registraran su voz,
a los catorce años, cuando ya conocía el temblor de los escenarios pero todavía
no el rigor del estudio, fue también la primera vez que se musicalizó La Tejedora, en los estudios Ifesa, en
Guayaquil, en 1975.
En Chicago, los hermanos Bermúdez
llevaban lo que Marco llama la vida
americana. Eran independientes, alquilaban un apartamento, cocinaban su
propia comida, planchaban su propia ropa y rodaban por la ciudad en un Fiat
Zastava, color amarillo, modelo ’74, que hoy parecería un juguete. Tenían la
vida del migrante que trabaja, extraña y ahorra, y se preocupaban por
relacionarse con los músicos que llegaban a tocar desde Nueva York para ir
tendiendo poco a poco un puente hacia la isla de Manhattan. En Chicago crecían
los espacios y las audiencias para la música Tex-Mex y las baladas, pero lo que
ellos querían era tocar salsa, salsa dura, lo que se conoce como Hardcore Salsa y Marco define de la
siguiente manera: Es el sonido agresivo
de la ciudad de Nueva York que impuso La Fania en los 70’s. Ahora lo que tú ves es una orquesta convencional en la
que sólo destaca un cantante bonitillo, pero en la salsa dura destaca toda la orquesta, hay descargas de
piano, de congas, de trompeta, de timbales, es como un jazz agresivo pero con
ritmo latino, sobre el que dos o tres cantantes van armonizando.
Tomaron la decisión de irse de Chicago en
noviembre, durante el primer día de
acción de gracias que les tocó pasar, cuando Marco ya había tenido ese
momento, clásico y doloroso, en el que con lágrimas en los ojos le había
confesado a sus amigos que se quería regresar al Ecuador. Pero no fue más que
eso, el momento en que pensamos que lo más seguro, lo sensato, es volver por
donde vinimos pisando nuestras propias huellas. Pero Marco no se dejó tentar
por sí mismo, y ahora dice, me armé de
valor y dije para adelante es que vamos, todo tiene un precio en la vida.
Lo que Marco buscaba en Nueva York era lo
que había escuchado en los discos de La
Fania que llegaban a Portoviejo, en los conciertos que había visto en
casetes VHS, eso que uno sabe que existe aunque esté en otra parte y nunca lo
haya tocado con las manos; eso que uno quiere que por lo menos lo salpique. Y Marco
tenía kilometraje, empezó a subirse a las tarimas a los nueve años, a cantar y
a tocar la batería. En la secundaria, tocaba en Misas A Go Go (digamos que una fiesta consentida por la iglesia)en las que los compañeros del colegio
jesuita en el que estudiaba, el Cristo Rey, se encontraban con las alumnas del
Mariana de Jesús. Y eso, que lo vieran, que lo escucharan, estar parado en el
centro del universo, le parecía la mejor forma de vivir (¿hay otra?). Luego
formó parte de un grupo llamado Los
Galeones y dice que con ellos ya se sentía exitoso, que sentía el
privilegio de los pocos elegidos que se dedican a ejercer lo que asumen como
vocación, eso que los reclama y les va mostrando el camino que deben abrir como
sea. Tocaban en todas partes y por cualquier motivo, desde fiestas privadas a
elecciones de reina; desde aniversarios de bancos hasta fiestas patronales;
desde bautizos hasta quinceañeras. Marco, que aún estudiaba arquitectura, ya
intuía un giro definitivo, pero todavía tenía que girar.
*
Cuando llegaron a Nueva York se
instalaron en Queens, un barrio donde la comunidad latina es tan grande que, en
los supermercados, los pasillos no señalan los productos que ofrecen sino los
países de donde provienen esos productos (para que así, según su nacionalidad,
los clientes puedan abastecerse de un poquito de patria). A los dos días, junto
a otros cinco músicos, formaron el Combo
New York, y empezaron a trabajar en el circuito de Night Clubs de la vena más caliente de Queens, la Avenida
Roosevelt. Tocaban en tres lugares icónicos de la época, el ChibCha, el Aguacatala y el Añoranzas, administrados
todos por una empresa colombiana llamada Joral Producciones (recuerden este
detalle). Tocaban sets bailables de
45 minutos y, acompañando a los artistas que venían de otros países, conciertos
que pasaban de la hora y media. Y tocaban de lunes a lunes, de diez de la noche
a tres de la madrugada. Para mí, dice
Marco, eso fue como un cuartel musical,
la Casa de la Cultura que nunca pude tener en Ecuador, el conservatorio al que
nunca pude asistir en mi país: la verdadera escuela de la calle. Tocaba
tanto las congas, dice, que cada semana tenía que limarse los callos que le
salían en las manos.
Por esos días, dedicado exclusivamente a
la música, Marco ganaba más que cualquier empleado en una factoría: su sueldo podía llegar a los $650 semanales cuando la
renta mensual de un apartamento eran $500 y las letras para comprar un auto
$120 cada una; el sueldo en una factoría,
en cambio, eran alrededor de $200 semanales. Con esos ingresos pudo tomar clases
de solfeo, aprender a leer partituras (yo
tenía el oído musical, la pasión, el deseo, pero no sabía leer, y para ser
competitivo tienes que estar al mismo nivel que todo el mundo, dice) yllevar a su familia a vivir con él en
Queens: cuando no estaba trabajando, era el niñero de sus hijos, con los que
practicaba un inglés que para ellos era orgánico y para él indescifrable. No era fácil, dice, pero yo era joven y lo aguantaba todo. Quería ser el mejor conguero del
mundo, el mejor baterista del mundo. Y esa, supongo, es la diferencia entre
él y los otros, entre una clase de seres humanos y otros: los que lo quieren
todo, lo dan todo.
Aquí, lo que un periodista –morboso por
naturaleza– quisiera escuchar y escribir es que Marco Bermúdez se hizo rico, famoso,
que abusó de las mujeres y de las drogas, que lo tuvo todo, que lo perdió todo,
que terminó en la calle y comiendo de los botes de la basura; pero nada de eso
va a pasar porque nada de eso pasó. Cuando le pregunto si en su vida hubo una
estación de excesos, me responde como aclarando algo de lo que tendría que
haberme dado cuenta desde el principio. Hermano,
me dice, tengo 57 años, empecé a los 9,
hay artistas que yo conozco que por no llevar una vida disciplinada no alcanzan
a llegar a los 35 y están acabados. No han faltado, te lo digo de corazón, las
tentaciones: en esos clubs, en Queens, estaba en la mata, donde se manejaba el
traqueteo de la droga, pero esto [la música] es lo único que sé hacer en la vida, es mi pasión, y siempre he tratado
de cuidarme. Nunca tuve intención de consumir ni de meterme en el micro-tráfico
[como ciertos colegas a los que conoció]. Quizás por cómo me criaron, vengo de una familia muy humilde pero muy
recta, nunca he mirado hacia otro lado que no sea el progreso.
La carrera del Combo New York, a la que Marco se refiere también como la lucha, el camino o el entrenamiento, se sostuvo en pie
duranteocho años, y le permitió
conocer y acompañar a artistas como Celia Cruz, Lola Flores, Marco Antonio
Muñiz, Sandro, Leonardo Favio y Armando Manzanero. Cuando los veía, me dice, cómo
viajaban por todo el mundo, yo pensaba: yo también quiero eso para mí. Y
entre ellos Marco hace una pausa especial para recordar las palabras que le
dijo alguna vez La Reina de la Salsa, con quien viajó en varias ocasiones como
conguero y cantante, Usted tiene mucho
talento, pero rodéese de músicos buenos y usted va a ver el fruto.
La escena de Queens entró en decadencia,
de manera no tan extraña, a principios de los 90’s, mientras el imperio de
Pablo Escobar en Colombia se desmoronaba (¿recordaron el detalle?). Marco ya
pasaba de los treinta y era, gracias a una amnistía migratoria, residente legal
en Estados Unidos; tenía cuatro hijos, había conseguido ser el director de su
propia orquesta y se preguntaba, ¿qué más quiero? Volver al Ecuador era una
opción, pero la desechó enseguida: no vivía en Nueva York sólo por su carrera,
quería que sus hijos vivieran allá, que fueran bilingües, que se convirtieran
en profesionales, que fueran parte de esa sociedad. El Combo New York se disolvió y su hermano Eduardo se retiró del
negocio, pero él siguió poniendo un pie delante del otro sobre el mismo camino.
*
Un día, mientras se encontraba
desempleado, apareció en la pantallita de su beeper un número desconocido, Marco lo vio y marcó los dígitos en
un teléfono. Del otro lado de la línea estaba Isidro Infante, uno de los
salseros más famosos de su generación. Tengo
referencias tuyas, le dijo, quiero
que vengas a hacer una audición. (Hace otra pausa para decirme que allá, en
Estados Unidos, tienes que
audicionar, seas quien seas) Al día siguiente, Marco se puso una levita chévere, fue al estudio donde
estaba trabajando Infante y se presentó. ¿Usted
es el ecua?, ¿el cantante? Marco
asintió con la cabeza. Pase, pase,
licenciado, dijo Infante, y después lo condujo a una sala donde había
solamente un piano de cola: el maestro se sentó frente a las teclas y le pidió
que cantara La Negra Tomasa (en clave
de salsa) y el bolero Inolvidable. Me gusta el tono de tu voz, le dijo
Infante, es la voz que ando buscando para
mi grupo. ¿Tienes papeles?, le preguntó,
porque esta orquesta es para las grandes ligas, para grabar y viajar, ¿estás
dispuesto a olvidarte de todo lo demás? Marco no le dio tiempo ni a la duda
ni al misterio y dijo, sí. Entonces
Isidro Infante le dio a Marco Bermúdez el disco que acababa de grabar, un
casete VHS con un concierto de la que había sido su banda anterior, y le dijo, El trabajo es suyo, apréndase estas
canciones, que son las que va a cantar, y de las demás apréndase los coros.
Marco escuchó el material, copió las letras en hojas de papel y pasó cuatro
días aislado en la terraza del edificio en el que vivía, entrenando como un
boxeador al que le acaban de decir que tiene que pelear mañana, lanzando golpes
más allá del desmayo. Pensé que era mi
única oportunidad, me dice (y esto hay que saberlo: todas las oportunidades
son la única oportunidad), y después de
esos cuatro días lo llamé y le dije, ¿cuándo ensayamos, maestro? Al final
de ese ensayo, el primero de lo que se llamaría Isidro Infante & La Élite, el maestro le dijo a Marco que
empacara esa misma noche porque salían para Zúrich, en Suiza.
En su cuarto, Marco tiene un mapa en el
que ha marcado todos los países a los que ha ido de gira, y está casi lleno de
marcas: han pasado más de veinte años desde la época de La Élite, a la que siguieron una temporada en el Conjunto Clásico (donde empezó Tito
Nieves) y los dieciséis años que lleva en la Spanish Harlem Orchestra. También tiene, distribuida en distintas
gavetas, una colección que él llama “tonta” (así, entre comillas), conformada
por los pases de abordaje de cada vuelo que ha tomado, las tarjetas magnéticas
de los hoteles en los que se ha quedado y las acreditaciones de los festivales
en los que se ha presentado: deben haber
más de mil, me dice. Si te digo que sólo puedo ir a una ciudad en todo el
mundo, ¿a cuál me mandarías?, le pregunto. Lo piensa un poco y me dice, Me encantó Viena, cantamos en un escenario
en el que poca gente se presenta, la Casa de la Ópera. Me lo dice así, como
si un escenario fuera toda una ciudad, y luego se refiere con la misma emoción
al Teatro del Palacio en Inglaterra, a la Casa de la Ópera en Sídney, a las
calles de San Petersburgo, a las luces de Tokyo y a la Gran Muralla China. Esa es la herencia que le voy a dejar a mis
nietos, me dice, y se ríe, pero yo pienso que si un niño ve todas esas
“tonterías” juntas puede hacerse una idea del tamaño del mundo y salir a
buscarlo.
Marco ha tocado dos veces en el Palacio
de Rabat, la capital de Marruecos, en África, y dice que si algo lo ha
impresionado es eso. Rabat, en sus palabras, es una ciudad pobre, polvorienta,
atrasada, como fuera del tiempo, pero todo eso se acaba cuando entras a una
especie de ciudad interior en la que una gran avenida, que podría estar en
Miami o Mónaco, con mansiones de lado y lado, desemboca en el Palacio. Te revisan hasta la última aguja, me
dice, no permiten ninguna cámara, ningún
celular, porque no quieren que nada quede documentado. Y continúa con este
monólogo: ¿Por qué crees que nos llevan a
nosotros? El príncipe es un muchacho que estudió en Nueva York y frecuentaba el
Copacabana con sus amigos, habla español, así que cada vez que hace una fiesta
tiene que llevar una orquesta de salsa. Hacemos un set de una hora y de ahí en
adelante, por órdenes suyas, pasamos a ser invitados de honor. Eso es como otra
dimensión, sin pobreza. Si la fiesta es para 300 personas, entonces hay comida
para 3000, trailers de comida
francesa, italiana, japonesa, y filas de meseros sirviéndote. ¿Tu sabes lo que
ha sido para mí estar en esa fiesta dos veces, donde te puedes quitar los
zapatos y bailar con esas chicas que son princesas, hijas de los grandes
petroleros de Arabia Saudita, gente famosa? Y hay una costumbre: nadie puede
irse hasta que el príncipe no se asome en su balcón y se despida primero.
Entonces llega una orquesta de tambores africanos y le dan una serenata, eso
significa que ya se va a dormir, pero te pueden dar las cinco o seis de la
mañana en eso. Una vez, a lo que la gente se iba yendo poquito a poco, me quedé
hablando con uno de los empleados, algunos de ellos hablan español porque están
al lado de España, y le pregunto, ¿qué van a hacer con tanta comida?, y él me
hace así con el dedo [se lo lleva a la boca de labios cerrados], y me dice “es la misma pregunta que todos
los músicos me han hecho a través de los años: eso se va a la basura porque
nadie puede saber que aquí hubo una fiesta.” Después, a lo que nos regresaban
al hotel, en una luz [un semáforo], una
viejita se nos acercó a golpear los vidrios de la van y pedirnos dinero. Eso,
concluye Marco, lo tengo en mi mente y en
mis pupilas, porque de ahí nadie se puede llevar nada.
*
Marco me habla desde su casa, en Teaneck,
Nueva Jersey, a diez minutos de Manhattan si se cruza el puente George
Washington. Su acento es una mezcla entre manabita y caribeño: hispano,
migrante, un castellano que sólo se habla en Estados Unidos. Está rodeado de
teclados, pantallas, instrumentos, todo muy ordenado (incluyendo las fotos
enmarcadas y colgadas en la pared, en las que se adivinan celebridades), como
en una galería o un almacén, y todo necesario para grabar las pistas en las que
está trabajando, las de su primer álbum como solista.
Hemos conversado por más de dos horas y
recién a estas alturas, como por descuido, me dice, Ahí están los Grammys, ¿si los ves? Y sí, los veo, dos pequeños y
brillantes gramófonos: falta uno, el que le entregaron en febrero pasado. Los
tres los ha ganado como parte –uno de los vocalistas– de la Spanish Harlem Orchestra, creada y
dirigida por Óscar Hernández, uno de los compositores y arreglistas más
importantes de la música latina contemporánea: entre otras credenciales,
Hernández ha trabajado con Rubén Blades y los Seis del Solar, con Paul Simon, y
con la familia/marca/sello Estefan en Broadway.
Marco me pide una pausa y va a buscar un
poco de agua, después de todo, tiene que cuidar su voz porque, como él mismo
dice, es la que me da el guiso. Me
quedo quieto frente a mi computadora, pensando que estoy en problemas, que esta
historia no tiene conflicto, es una línea
ascendente, y resuelvo que lo verdaderamente sorprendente es cuánto me asombra la
historia de un hombre que simplemente ha hecho las cosas bien, como si eso
fuera simple. Este es el cuento de un tipo jugado y resuelto que ha trabajado
duro y ha recibido las recompensas que merece. Falta, acaso, la coronación, el
tercer acto, que vendría a ser su triunfo como solista: seguiremos atentos.
Le pregunté cuál había sido su peor noche
como músico y me dijo que una en la que le cancelaron un show y no le pegaron
pero igual se pegó una buena farra en el hotel. Le pregunté si en la Spanish Harlem Orchestra tienen horarios
de ensayo marciales, inhumanos, y me dijo que no, que el director comparte las
partituras por Internet, que cada uno se aprende lo que debe, que ensayan sólo
una vez antes de cada concierto, que son adultos y profesionales. Le pregunté
cuáles eran sus momentos de fragilidad y me dijo que a veces, después de una
gira exitosísima y con el dinero
suficiente para vivir los siguientes seis meses, cae en un vacío, se pone down dos o tres días, pero que no se
deja y enseguida empieza a trabajar en alguna cosa, que sólo existe el
presente. Le pregunté qué es la música y me dijo la música es mi idioma. Le pregunté cuál era, realmente, el mayor
reconocimiento que había recibido, y me dijo que una fiesta que le organizó su
mamá la última vez que estuvo en Portoviejo (donde, de paso, vio a la Orquesta
Sinfónica Juvenil de la ciudad y recordó que él ni siquiera podía soñar con
clases de música), más precisamente, ver el orgullo asentado en el rostro de su
madre. Y al final me dijo que, con la mente limpia y el corazón sano, todo se
puede, todo, que la pasión tiene que
aplicarse con disciplina, que él llegó a los Estados Unidos con nada más que
una mochila al hombro y ahora está donde está, que Dios va poniendo las cosas
en su lugar.
Mente limpia, corazón sano, pasión,
disciplina, la mano de Dios… todas estas cosas me parecen improbables,
inciertas, mucho menos si las pensamos reunidas en un conjunto y puestas sobre
la tierra, pero aún así hoy he decidido creer que existen y que las estoy
viendo con mis propios ojos. Y bueno,
me dice, háblame de ti, por ahí vi unas
fotos en las que estás como en un espectáculo, ¿también tocas?, cuando
necesites un coro, hermano, me avisas y yo te lo grabo de una.