2.18.2019

Ojalá que llueva Café



Se murió Gaitán, le dije, se fue un grande. ¿Quién es?, no he leído nada de él. Lo has leído, seguro que lo has leído, dije, y hasta lo has visto y lo has escuchado, Gaitán es más importante de lo que crees y forma parte de tu vida. No, te juro, no lo cacho, ¿qué escribió? Café con aroma de mujer, le dije, y abrió los ojos y me miró con asombro y recién entonces en su cara apareció un dolor que no sabía que tenía. Sí, un grande, me dijo. Y fue como si entre los dos naciera un agujero al que sólo podíamos caer abrazados.

El día en que murió Fernando Gaitán varios amigos me llamaron o me escribieron para darme el pésame. No lo hacían para burlarse, era en serio, con sus deseos más sinceros. Llevo años torturándolos con mis teorías sobre Café, imponiendo, muy a su pesar, mi tesis de que en esa telenovela, estrenada hace veinticinco años, está no sólo uno de los retratos más exactos y fieles que de Latinoamérica se hayan hecho, sino también todas las tuercas  que necesita el melodrama para salirse del papel y de la pantalla y caminar entre nosotros.

Cuando la telenovela se transmitió en Ecuador, me parece que meses después de haber despegado y tomado altura en Colombia, yo estaba en el colegio y no le hacía caso, pero mis papás eran adictos; la veían todos los días y, cuando no podían verla porque tenían un compromiso, una reunión o una fiesta, la dejaban grabando en el VHS para verla luego, pero nunca se la perdían. Yo me integré al rito más tarde, como muchos, porque Café unió a familias y a países enteros, temblando todos en un mismo nervio.

Gaitán, que partió como reportero y fue también libretista de comedias para la televisión antes de comprometerse con las telenovelas, entre los veinte y los treinta años, sabía que la materia prima con la que trabajan los escritores sólo puede extraerse de la realidad, que lo que nos importa, más que inventar mundos, es comprender el propio, soportarlo, superarlo, darnos formas para ganarle la carrera a la vida, y esa realidad, que está aparentemente en la superficie de las cosas, sólo muestra su verdadera dimensión cuando el autor le mete mano.

Dicen que el único amor romántico es el amor imposible, y la historia entre los protagonistas de Café, La Gaviota (Margarita Rosa de Francisco) y Sebastián Vallejo (Guy Ecker), es justamente eso, un imposible que se hace posible hacia el final, con todo en contra (incluida la voluntad de ambos de olvidarse la una del otro), una victoria de lo absurdo y sentimental por encima de lo racional, porque si algo puede interrumpir el orden lógico de las cosas es el deseo que sentimos por eso que no tenemos pero que ya es nuestro.

Café cambió el juego, no con el qué, sino con el cómo. A mí La Gaviota no me parecía la más guapa de la telenovela, prefería a Lucrecia de Vallejo (Silvia de Dios) o a Marcela Vallejo (Danna García), de la que estaba enamorado sin remedio, era la más joven, la más cool, medio hippie, y daban ganas de llevarla a un concierto o algo así. Pero La Gaviota era la mujer más fuerte que hubiera visto: de recolectora de café había pasado a la trata de blancas en Europa, donde había ido para encontrarse con Sebastián y de donde había escapado antes de tener que prostituirse; luego se había mudado a la capital, una ciudad que no conocía, junto a su madre (la gran e inolvidable Carmenza, cuya sabiduría era un prodigio de sencillez, cariño y aguardientico), y ahí se había abierto espacio a codazos, luchando a mordidas en un universo de hombres, primero como secretaria y luego como ejecutiva, cargando siempre con la cruz del amor tóxico y distorsionado de Sebastián, que en un día tranquilo la llamaba mil veces y en uno agitado iba y se plantaba bajo su ventana, desesperado, borracho, derrotado por eso que sentía y no podía contener dentro del cuerpo. Sebastián era débil, vulnerable, torpe, casi nunca podía pensar con claridad y sabía que sólo al lado de La Gaviota podría tener una oportunidad genuina de supervivencia.    

(Hablando con mis amigas sobre Sebastián, escucho que varias me repiten lo mismo, que ese, el escandaloso, el impúdico, el ridículo, era el que les gustaba, que por culpa de ese tipo de héroes entraron en relaciones que eran como callejones sin salida y que a algunas incluso les costó un matrimonio y un divorcio darse cuenta de que la cosa no iba por ahí. No sé, igual era un tipo apasionado que lograba transmitir amor a la vida. Pero con La Gaviota, en cambio, pasaba lo contrario, o por lo menos me pasaba a mí, me daba la sensación de estar frente a una mujer que podía fajarse con todo, hacerle frente a eso que siempre se nos viene sin que estemos preparados, y la onda expansiva de su fortaleza me llegaba y me tumbaba y me hacía caer rendido a sus pies)     

Gaitán se adelantó al feminismo o mejor dicho le dio el rostro que la época necesitaba y merecía. La Gaviota empieza su carrera cuesta arriba, siendo mirada a menos o incluso objetivizada, y termina conquistando el espacio de igualdad que su personalidad, iluminada por el instinto y el coraje, agarra para ya no soltar. Y Gaitán también habló, antes que nadie en su medio, de nuevas masculinidades. A la mitad de la historia aparece el Doctor Mauro Salinas (Juan Ángel), el polo opuesto a Sebastián, un caballero de tomo y lomo, entregado por completo a su trabajo y dispuesto a perder la cabeza por La Gaviota. Sólo ahí, en el enfrentamiento entre Sebastián y Salinas, está una de las grandes lecciones de dramaturgia que Gaitán nos dejó: haz que tu público se enamore del antagonista (o, como él le decía, el opositor), cambiando al malo-malísimo por un arma más poderosa, otro bueno, incluso mejor que el protagonista, porque así el dilema está también en nosotros, no sólo en los personajes. Las amigas de mi mamá, me acuerdo, se dividieron entre ambos arquetipos, el frenético y excitado Vallejo y el delicado y elegante Salinas, algo nunca antes visto en el género de las telenovelas. Gaitán nos puso en jaque y dejó escoger a La Gaviota. ¿Se habrá equivocado?, nunca lo sabremos porque las telenovelas terminan cuando los protagonistas se juntan y no nos dejan ver su vida en pareja. Mejor así.

Hasta donde sé, Gaitán se planteó escribir Café como una historia que, según él, sólo podría ser entendida y procesada en Colombia, una condición que le permitió crear con absoluta libertad. Fue universal, pero nunca fue neutro, escribió siempre en colombiano y demostró que cuando las ideas y los sentimientos son claros, el lenguaje es lo de menos, que entre nosotros nos parecemos más de lo que creemos y que la única forma de atraparnos era exponiéndonos a nuestro propio reflejo. Su carrera continuó y creció, ahí están todas las adaptaciones y apropiaciones que se hicieron de Betty, la fea, aunque lo realmente importante no fue su éxito sino lo cerca que estuvo del fracaso, negándose categórica y sistemáticamente a repetir una fórmula, apostando, como los grandes, a sorprenderse a sí mismo antes que a los demás. Cambiar, se sabe, es más importante que triunfar.

Mi mamá, quizás para consolarse, me decía que yo me parecía al Doctor Salinas. Ser como él tiene sus ventajas, uno sufre menos, supongo, racionaliza las cosas y las va dejando atrás, ordenadas en los estrechos pasillos de un archivo, quietas. Pero hoy me siento como Sebastián Vallejo, despechado, y ando gritando por las calles el nombre de Gaitán, debajo de las ventanas, para que me escuchen a la fuerza.

(El Comercio)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

veterano !

CST52 dijo...

Un enfoque muy interesante