Se murió Gaitán, le dije, se fue un
grande. ¿Quién es?, no he leído nada de él. Lo has leído, seguro que lo has
leído, dije, y hasta lo has visto y lo has escuchado, Gaitán es más importante
de lo que crees y forma parte de tu vida. No, te juro, no lo cacho, ¿qué
escribió? Café conaroma de mujer, le dije, y abrió los
ojos y me miró con asombro y recién entonces en su cara apareció un dolor que
no sabía que tenía. Sí, un grande, me dijo. Y fue como si entre los dos naciera
un agujero al que sólo podíamos caer abrazados.
El día en que murió Fernando Gaitán varios
amigos me llamaron o me escribieron para darme el pésame. No lo hacían para
burlarse, era en serio, con sus deseos más sinceros. Llevo años torturándolos
con mis teorías sobre Café,
imponiendo, muy a su pesar, mi tesis de que en esa telenovela, estrenada hace
veinticinco años, está no sólo uno de los retratos más exactos y fieles que de Latinoamérica
se hayan hecho, sino también todas las tuercas que necesita el melodrama para salirse del
papel y de la pantalla y caminar entre nosotros.
Cuando la telenovela se transmitió en
Ecuador, me parece que meses después de haber despegado y tomado altura en Colombia,
yo estaba en el colegio y no le hacía caso, pero mis papás eran adictos; la
veían todos los días y, cuando no podían verla porque tenían un compromiso, una
reunión o una fiesta, la dejaban grabando en el VHS para verla luego, pero
nunca se la perdían. Yo me integré al rito más tarde, como muchos, porque Café unió a familias y a países enteros,
temblando todos en un mismo nervio.
Gaitán, que partió como reportero y fue
también libretista de comedias para la televisión antes de comprometerse con
las telenovelas, entre los veinte y los treinta años, sabía que la materia
prima con la que trabajan los escritores sólo puede extraerse de la realidad, que
lo que nos importa, más que inventar mundos, es comprender el propio,
soportarlo, superarlo, darnos formas para ganarle la carrera a la vida, y esa realidad,
que está aparentemente en la superficie de las cosas, sólo muestra su verdadera
dimensión cuando el autor le mete mano.
Dicen que el único amor romántico es el
amor imposible, y la historia entre los protagonistas de Café, La Gaviota (Margarita Rosa de Francisco) y Sebastián Vallejo
(Guy Ecker), es justamente eso, un imposible que se hace posible hacia el final,
con todo en contra (incluida la voluntad de ambos de olvidarse la una del otro),
una victoria de lo absurdo y sentimental por encima de lo racional, porque si
algo puede interrumpir el orden lógico de las cosas es el deseo que sentimos
por eso que no tenemos pero que ya es nuestro.
Café cambió el juego, no con el qué, sino con el cómo. A mí La Gaviota no me parecía la más guapa de la telenovela, prefería
a Lucrecia de Vallejo (Silvia de Dios) o a Marcela Vallejo (Danna García), de
la que estaba enamorado sin remedio, era la más joven, la más cool, medio hippie, y daban ganas de llevarla a un
concierto o algo así. Pero La Gaviota era la mujer más fuerte que hubiera
visto: de recolectora de café había pasado a la trata de blancas en Europa, donde
había ido para encontrarse con Sebastián y de donde había escapado antes de
tener que prostituirse; luego se había mudado a la capital, una ciudad que no
conocía, junto a su madre (la gran e inolvidable Carmenza, cuya sabiduría era
un prodigio de sencillez, cariño y aguardientico), y ahí se había abierto espacio
a codazos, luchando a mordidas en un universo de hombres, primero como
secretaria y luego como ejecutiva, cargando siempre con la cruz del amor tóxico
y distorsionado de Sebastián, que en un día tranquilo la llamaba mil veces y en
uno agitado iba y se plantaba bajo su ventana, desesperado, borracho, derrotado
por eso que sentía y no podía contener dentro del cuerpo. Sebastián era débil,
vulnerable, torpe, casi nunca podía pensar con claridad y sabía que sólo al
lado de La Gaviota podría tener una oportunidad genuina de supervivencia.
(Hablando con mis amigas sobre Sebastián,
escucho que varias me repiten lo mismo, que ese,
el escandaloso, el impúdico, el ridículo, era el que les gustaba, que por culpa
de ese tipo de héroes entraron en
relaciones que eran como callejones sin salida y que a algunas incluso les
costó un matrimonio y un divorcio darse cuenta de que la cosa no iba por ahí. No
sé, igual era un tipo apasionado que lograba transmitir amor a la vida. Pero
con La Gaviota, en cambio, pasaba lo contrario, o por lo menos me pasaba a mí,
me daba la sensación de estar frente a una mujer que podía fajarse con todo,
hacerle frente a eso que siempre se nos viene sin que estemos preparados, y la onda
expansiva de su fortaleza me llegaba y me tumbaba y me hacía caer rendido a sus
pies)
Gaitán se adelantó al feminismo o mejor
dicho le dio el rostro que la época necesitaba y merecía. La Gaviota empieza su
carrera cuesta arriba, siendo mirada a menos o incluso objetivizada, y termina conquistando el espacio de igualdad que su personalidad,
iluminada por el instinto y el coraje, agarra para ya no soltar. Y Gaitán también
habló, antes que nadie en su medio, de nuevas masculinidades. A la mitad de la
historia aparece el Doctor Mauro Salinas (Juan Ángel), el polo opuesto a
Sebastián, un caballero de tomo y lomo, entregado por completo a su trabajo y
dispuesto a perder la cabeza por La Gaviota. Sólo ahí, en el enfrentamiento
entre Sebastián y Salinas, está una de las grandes lecciones de dramaturgia que
Gaitán nos dejó: haz que tu público se enamore del antagonista (o, como él le
decía, el opositor), cambiando al
malo-malísimo por un arma más poderosa, otro bueno, incluso mejor que el protagonista,
porque así el dilema está también en nosotros, no sólo en los personajes. Las
amigas de mi mamá, me acuerdo, se dividieron entre ambos arquetipos, el
frenético y excitado Vallejo y el delicado y elegante Salinas, algo nunca antes
visto en el género de las telenovelas. Gaitán nos puso en jaque y dejó escoger
a La Gaviota. ¿Se habrá equivocado?, nunca lo sabremos porque las telenovelas terminan
cuando los protagonistas se juntan y no nos dejan ver su vida en pareja. Mejor
así.
Hasta donde sé, Gaitán se planteó
escribir Café como una historia que,
según él, sólo podría ser entendida y procesada en Colombia, una condición que le
permitió crear con absoluta libertad. Fue universal, pero nunca fue neutro, escribió
siempre en colombiano y demostró que cuando las ideas y los sentimientos son
claros, el lenguaje es lo de menos, que entre nosotros nos parecemos más de lo
que creemos y que la única forma de atraparnos era exponiéndonos a nuestro
propio reflejo. Su carrera continuó y creció, ahí están todas las adaptaciones
y apropiaciones que se hicieron de Betty,
la fea, aunque lo realmente importante no fue su éxito sino lo cerca que
estuvo del fracaso, negándose categórica y sistemáticamente a repetir una fórmula,
apostando, como los grandes, a sorprenderse a sí mismo antes que a los demás. Cambiar,
se sabe, es más importante que triunfar.
Mi mamá, quizás para consolarse, me decía
que yo me parecía al Doctor Salinas. Ser como él tiene sus ventajas, uno sufre
menos, supongo, racionaliza las cosas y las va dejando atrás, ordenadas en los
estrechos pasillos de un archivo, quietas. Pero hoy me siento como Sebastián
Vallejo, despechado, y ando gritando por las calles el nombre de Gaitán, debajo
de las ventanas, para que me escuchen a la fuerza.
Cuando su editor me invitó a hablar con ustedes esta mañana, mi primera reacción fue una franca negativa. No porque no quisiera venir y conocerlos, sino porque no se me ocurría una manera en la que pudiera aportar a este diálogo.
Nunca he trabajado en periódicos, quiero decir, nunca de planta, aunque he colaborado con varios y he atravesado a mi manera la presión de escribir en vivo, para despachar enseguida. Mi hábitat natural han sido las revistas, donde los temas se trabajan con algo más de tiempo y cuya publicación, a veces, se prolonga durante meses, o lo que sea que tome el proceso de edición.
Me tomé varios días en responder a esta invitación, a esta propuesta indecente, pero al final me decidí a venir por dos razones. 1) Su editor es alguien a quien aprecio y admiro, y lo que no pueda hacer como profesional quizá pueda compensarlo como amigo 2) Siento que, mal que mal, tenemos cosas en común, o, mejor dicho, tenemos una cosa en común que es la más importante de todas: nuestro trabajo es escribir.
Esto (algo como esto) se lo escuché a Martín Caparrós alguna vez: nuestro trabajo es escribir, no levantar datos, reunir testimonios, cotejar versiones, y luego pegotearlas en una columna en la que los elementos se acomoden por orden de llegada. Eso puede hacerlo cualquier burócrata, como yo. Pero si ustedes están aquí es porque necesitan algo más, porque la realidad tal cual no les basta, porque quieren arreglar la vida. Porque escribir es un acto de creación, y escribir periodismo es crear una versión irrefutable de los hechos.
Y escribir, dice Paul Auster, es darlo todo, todo el tiempo. Y escribir, dice Samuel Beckett, es fracasar para luego fracasar mejor. Y cuesta. Nunca he creído en esa gente que dice Nunca he trabajado, porque siempre he hecho lo que me gusta. Mentirosos. La vocación es un trabajo, la pasión es un trabajo, vivir es un trabajo. Y cuesta.
Cuando pienso en escribir un texto, periodístico o no, pienso en un chisme. ¿Por qué contamos chismes?, ¿por qué nos son tan urgentes?, ¿por qué no podemos quedarnos callados? Truman Capote dijo que toda literatura es chisme, y no se equivocó; aunque yo agregaría que el periodismo también lo es. Contar chismes es una forma, una de las más bellas, dicho sea de paso, de gozar y ejercer a todo pulmón el poder de las historias. Si cuentas un chisme es porque no te aguantas, y confías en que los demás terminarán igual de asombrados al escuchar su contenido.
Un chisme, una historia, funciona también como un chiste, y ahora que lo pienso no debe ser coincidencia que las palabras se parezcan tanto entre sí. Nadie cuenta un chiste que no le pareció gracioso: incluso los que repiten chistes malos lo hacen reconociendo en ellos alguna gracia. Cuando contamos chistes asumimos un riesgo, pero también esperamos una recompensa que llega cuando los otros se ríen igual o más que nosotros, y así confirmamos el efecto que esa historia tiene en el torrente de otros esqueletos. Confirmamos, entonces, que no estamos solos en el mundo, y que nos parecemos mucho más de lo que pensamos o pensábamos.
Trabajo como editor en una revista, y cuando alguien quiere proponerme un tema, lo primero que le digo es: confío en tu instinto. Y es verdad, confío, aunque se trate de escritores jóvenes o con poca experiencia en medios, quizá acostumbrados a recibir encargos. Como si se tratara de un chisme, creo firmemente en que eso, lo que fuera que hizo que un periodista se interese en un tema, un personaje o una historia, es suficiente para que deba contarlo. El principio es simple: si tú crees que algo es importante, lo es.
Luego viene una cuestión de estilo, ¿cómo contarlo? Hay algo de verdad en eso de que no hay nada nuevo bajo el sol, pero si tal verdad fuera absoluta no hubiese tenido sentido seguir escribiendo después de, no sé, Homero y Virgilio. Hay algo, algo, que sólo tú puedes contar, que está en tu experiencia, en tu voz y en tu mirada.
Y hay dos formas de adquirir experiencias: viviéndolas e investigando sobre ellas. Todos los temas que escogemos, aunque trabajemos en secciones fijas, reflejan una parte de nuestra autobiografía. A nadie le interesa hablar de astronautas a menos que haya sentido alguna vez la pulsación de romper el cielo de alguna manera; a nadie le interesa hablar de asesinos a menos que haya sentido alguna vez el deseo de explorar su propia oscuridad, acaso para contenerla, de frenar el horror que nos cae como una tormenta, o de probar que el ser humano no es la criatura evolucionada y civil de la que presumimos.
Hay algo, algo, que sólo tú puedes decir. Por lo general, cuando me encuentro trabajando en algún tema, consumo cosas relacionadas, novelas, reportajes, películas, canciones, cualquier cosa que pueda darme pistas sobre cómo afrontarlo. Digamos que, a mi manera, lo que me propongo hacer es un cover de algo que ya existe: copia como un hombre, roba como un artista, dice Fuguet; aprópiate de lo que sientas tuyo, dice Fuguet. Y en ese proceso, mientras escribo desesperado, pensando que nada tiene sentido, que cada frase es peor que la anterior, que ojalá esto termine pronto así sea para volver a empezar, me descubro hablando en mi propia lengua porque nadie más podría hacerlo así, como yo, para bien y para mal.
Y, volviendo a los chismes, la clave está en los detalles. Un chisme vale cuando es jugoso, cuando provee a quienes lo escuchan no sólo de información antes desconocida sino también, y desde ese momento, imprescindible. Supongamos que hay una pareja besándose en un bar, nada raro en ello, pero si ambos están casados, quizás con amigos en común, aparecen en la escena la intriga y el escándalo; y si ella se ha fugado del cumpleaños de su esposo y él tiene un hijo padeciendo en el hospital al que debería estar cuidando, se suman cuestiones morales y éticas, cuestiones que humanizan a los personajes y nos permiten verlos a los ojos, sentir como ellos, ser ellos, porque la historia de los demás es también la nuestra.
El punto es que, sin detalles, una situación, una anécdota, no puede trascender al plano de una historia, que es lo que buscamos. El chisme necesita de una investigación responsable, lo mismo que cualquier texto periodístico. Que un asambleísta salga de la asamblea después de haber conseguido, tras horas de debate, que se acepte un proyecto de ley, no es una historia, es, a lo más, una noticia; ¿con quiénes se reunió el asambleísta antes de la sesión?, ¿quién impulsó el proyecto de ley realmente?, ¿quiénes se verán beneficiados?, ¿por qué ahora y no antes o después?; estas cosas, que parecen obvias, no suelen aparecer en los noticieros ni en los diarios, es como si sólo nos preocupáramos de investigar el presente, sin tener en cuenta que es consecuencia del pasado y afectará el futuro.
Me preguntan sobre las herramientas literarias que los periodistas pueden usar en sus textos. La respuesta es: todas. Lo único que no está permitido es mentir, y aburrir, que es peor (y eso que yo lo estoy haciendo en este momento). ¿Dónde las encuentran?, en los libros. Hay que leer: leer, leer, leer. Es sorprendente que haya que decir e incluso repetir esto. Me ha pasado, muchas veces, el encontrarme con periodistas de mucha experiencia o jóvenes que vienen de hacer sus maestrías y doctorados en otros países, y que parecen no haber leído un libro en su vida: desconocen las formas más rústicas del lenguaje, las exigencias más básicas para que se produzca la comunicación, los momentos elementales de la estructura narrativa. Eso se aprende leyendo, no hay otra forma (quizás sí, escuchando a la gente, o sea, chismeando). Es como hacer dieta o ir a un gimnasio, puede costar, involucrar sacrificios tal vez desagradables al comienzo, dolores musculares, incertidumbre, pero los resultados aparecen casi enseguida: no se te forma un six-pack en el estómago de un día para el otro, pero de pronto te cuesta menos salir de la cama. Así, leyendo, leyendo y leyendo, puedes empezar a caminar con más seguridad.
Vargas Llosa, que de muchas formas sigue siendo el cadete del colegio militar Leoncio Prado, siempre tan disciplinado y subyugado por su vocación, dice que hay que leer por lo menos dos horas al día, ojo, por lo menos, y me parece una buena cifra (además, y de esto doy fe, no hay libro que no se acabe sosteniendo ese ritmo). Borges decía: que otros se enorgullezcan de las páginas que han escrito, yo me enorgullezco de las que he leído. Y otro tip, ya que estamos, del argentino Rodrigo Fresán, cuyo estilo es en sí mismo la escritura como práctica de libertad absoluta: no gasten tiempo, ni dinero, en talleres, seminarios o charlas, compren las seis temporadas originales de La dimensión desconocida, ahí está todo. Y algo de mi cosecha personal: cuando uno encuentra a un autor, se encuentra a sí mismo.
Me preguntan si hay rituales o mantras para escribir. Whatever works, como dicen los gringos: lo que sea que funcione. Si escribes mejor encerrado en el baño, dale; si escribes mejor sentado en la banca de un parque, rodeado de gente, dale; si necesitas inciensos y gatos, dale. Cuando empecé, aunque en esto uno empiece todos los días, sentía que no podía desaprovechar ninguna oportunidad, ningún espacio para escribir y publicar, y me acostumbré a escribir en mi casa, en la oficina, en trenes, aviones, barcos, hoteles, bares, restaurantes, y aunque al final se me cruzaron los cables y se me fundió el cerebro, debo reconocer que nunca más fui tan productivo y que quizás no serlo me haga desaparecer del todo entre los bosques frondosos del olvido.
Una vez intenté tener un ritual, o por lo menos una atmósfera. En parte, acepté el cargo de editor para poder organizar mejor mi agenda, para no depender de viajes y entrevistas, y así dedicarle más tiempo a la escritura. Parecía perfecto. Pasaba unas horas en la oficina y luego disponía de la tarde casi entera para escribir en casa, sin distracciones, sin interrupciones, sin molestias. En un principio funcionó, avancé, pero muy pronto caí en mi propia trampa, y en vez de escribir, pasaba horas y horas viendo Big Bang Theory, diciendo mañana recupero las horas perdidas. No hay tal: esas horas nunca se recuperan, y uno se oxida. Escribir no es como andar en bicicleta, uno se olvida, uno se cae. Así que desde hace algún tiempo lo hago en la oficina, ahí, entre mis compañeros, como ustedes en la redacción. Y sólo puedo suponer que funciona porque en ese lugar me he acostumbrado a ser productivo. Y por lo pronto sobrevivo a cada día.
¿Cuándo está listo un texto? Dicen que Víctor Hugo tardó veinticinco años en terminar Los Miserables, y ahí está, ahí sigue, en Hollywood, en Broadway. ¿Cuándo está listo un texto? Raymond Carver tenía una teoría: cuando borras todas las correcciones que acabas de hacer. Yo no soy tan optimista, aunque concuerdo, en algún punto ya no hay nada que podamos hacer por un texto. ¿Cuándo está listo un texto? Nunca. Otra vez Borges: publicamos para dejar de corregir. Aquí los periodistas tienen la suerte, sí, la suerte, de verse acorralados por la fecha de cierre o por la mirada de un editor que, en el mejor de los casos y con la distancia adecuada, sabrá cuándo soltar el texto para empezar a olvidarnos de él. Hay que aprender a olvidar y a soltar, como en el amor. Alberto Salcedo Ramos decía: lo mejor de escribir es terminar de escribir. No sé si sea lo mejor, me quedo con esos momentos en los que oprimes las teclas hasta el centro de la tierra, embalado, enceguecido por el éxtasis que luego te quema y se va, pero sin duda que terminar ayuda a seguir adelante.
Y ya. He gastado demasiado de su tiempo. Sólo me quedan dos cosas más por compartir. 1) Un principio del comediante Louis CK: haz lo que creas que no puedes hacer. 2) Una reflexión personal: cuando no sepas qué escribir, escribe la verdad.
(Apuntes leídos en la redacción de diario La Hora. Quito)
Hoy por hoy es difícil convencer a
alguien de que te acompañe a ver una película de Clint Eastwood. La gente, el
público, los cinéfilos, ya no confían en él. Y los entiendo: de un tiempo a
esta parte las cintas del viejo y gran –pase lo que pase, nunca dejará de ser
grande– Clint ya no son atractivas por justas razones, ya no enganchan, ya no
traen consigo la misma carga sentimental, y a veces parecería que sólo las hace
para evitar no tener nada que hacer, para esperar a la muerte con las botas
puestas y el ojo en el lente.
Pero en The Mule, su estreno más reciente, Clint Eastwood sigue vivo o
vuelve a vivir o demuestra que todavía le puede sacar provecho a su vida. No
como director, la cinta no es buena, es más, quizá lo honesto sería decir que
es mala o simplemente que es cualquier
cosa; sino como actor y como persona. A sus 88 años, Clint consigue uno de
sus papeles mejor logrados y conmovedores, mejor dicho, confirma que ese
personaje suyo que de alguna manera repite una y otra vez tiene aún cosas que
decir y sentir.
La historia, basada en un caso real y más
puntualmente en un artículo de la revista del New York Times, gira en torno a
un floricultor caído en desgracia que, alrededor de sus 90 años, se convirtió
en la mula más eficiente del Cartel
de Sinaloa dentro de los Estados Unidos. Si les interesa la historia, vayan directo
al artículo, que en cuestiones de narrativa supera de largo a la película; pero
si quieren ver cómo un personaje se humaniza y se aterriza hasta que podemos
verlo a los ojos y ponernos de su lado y quererlo, recurran al señor Eastwood.
Lo que hace Clint en The Mule es algo no menor: transforma a un personaje que pudo ser a
todas luces un cliché unidimensional y desabrido en una persona de verdad, a la
que se puede tocar y con la que se puede no estar de acuerdo, pero que jamás se
puede abandonar. Se trata de un hombre que, como muchos, como tantos, puso su
trabajo por delante y por encima de su familia y ahora, en sus últimos años,
trata de enmendar el pasado aunque eso sea imposible, consiguiendo a través del
crimen humanidad y dignidad y carácter.
La figura actual de Clint Eastwood, prácticamente
un anciano, flaco, encogido y con el pellejo apenas colgando de sus huesos, logra
darle trascendencia física y emocional a todos los movimientos de su personaje.
En cada paso, en cada mirada (Clint todavía tiene esa mirada que intimida,
juzga y desarma), en cada arruga, en cada vena que brota en su frente o en sus manos. O cada vez que sobre su rostro sucede esa mueca que logra
levantarle sólo la mitad de los labios (como diciendo estás en problemas o
estoy en problemas o este mundo ya no vale la pena). Verlo así, todo él entregado
al oficio, poseído, como un joven actor que recién comienza y no tiene más vida
que el presente, justifica la existencia de una cinta que de haberse entregado
a cualquier otro espíritu no merecería el derecho al oxígeno.
Salí de la sala emocionado, temblando, al
borde de las lágrimas; en parte, sí, porque de alguna manera acababa de ver la
muerte en vida de Clint Eastwood o el comienzo de la muerte en vida de Clint
Eastwood, una suerte de despedida o testamento (aunque sólo Dios sabe cuántas
más películas hará); pero sobre todo porque acababa de ver a un actor, a un
profesional, a una persona, entregarse como pocas a eso que lo apasiona y lo
estructura y le da sentido. Me queda claro, otra vez gracias a él, que no basta
con descubrir y ocupar nuestro lugar en el mundo, hay que cuidarlo, defenderlo,
hacerlo crecer y dejar que otros tengan acceso a nosotros. A estas alturas del
partido, cuando ya no lo necesita, cuando en su carrera hay más que suficientes
motivos para la eternidad, Clint Eastwood vuelve a darme la impresión de que
sólo él sabe cómo es la vida.
Tengo que dejar de escuchar música. No
para siempre, sólo un rato, mientras hago esto. Ok. Sólo una más. Lo juro. Sólo
una canción más antes de empezar a terminar de escribir esto en lo que llevo
demasiado tiempo. The Selfishness Of Love,
de Salad, un tema nuevo de una banda veterana que suena a lo mejor de comienzos
de los 90’s, aquellos fabulosos 90’s. Ya. Sólo una más, otra, Youth In Overload, de Crewel Intentions,
porque wow, está increíble y tengo que repetirla. Esto, me queda claro, es
culpa de Edwin Poveda y su Vagón Alternativo. Tengo que quitarme los
audífonos.
*
A veces lo mejor es comenzar por el
final, quizás porque ahí, después de todo, está lo que uno salió a buscar, la
razón de ser de eso que uno quiere contar. Y al final, luego de varias horas
conversando en su ático (que dicho sea de paso debería ser declarado patrimonio
nacional), rodeados de lo que él me asegura son más de 60.000 CD’s, Edwin
Poveda responde como un grande a la peor de mis preguntas, ¿haz pensado en
renunciar? Ahora que lo pienso, espero no haberlo ofendido. No hard feelings, man.
Edwin lleva más de veinte años
conduciendo El Vagón Alternativo en la Metro Estación (88.5 en Quito), un
programa dedicado enteramente al rock alternativo de los 80’s hasta nuestros
días, y una suerte de biblia en la que ciertos feligreses consultamos no sólo
la historia de nuestros antepasados sino también, como en un oráculo, lo que
nos deparan el presente y el futuro. ¿Renunciar?,
me pregunta Edwin de vuelta, Nunca ¿Para
qué? Lo amo demasiado. Amo tener el control durante cuatro horas a la semana.
Amo poder decir esto es lo
mejor que la gente puede escuchar. Hace mucho tiempo, quizá en mi tercer año
como DJ, una novia me dijo, “¿Vas a seguir haciendo esto por mucho tiempo? No
puedes, te vas a cansar, te vas a repetir” Y yo le dije“mmm… no creo” Me veo haciendo esto hasta
que me rompa y me muera. Es mi sueño.
¿Cuánta gente puede decir que vive su
sueño o que reside dentro de un sueño al menos un par de horas a la semana? No
mucha. Casi nadie, si nos ponemos a contar. El sueño de Edwin, además, es un
sueño compartido, es el sueño de los que lo escuchamos cada sábado, de seis de
la tarde a diez de la noche, de los que nos aislamos de los demás para
encontrarnos en ese punto invisible, unidos por una gran e inagotable pregunta
que siempre viene al caso, ¿qué pondrá hoy? Mientras dura el programa, parece
que el mundo es suyo y que nosotros sólo vivimos en él, lo que ya es bastante.
Hay
gente que está cómoda con sus vidas y con lo que suena en la radio, me dice Edwin, pero lo que yo llevo haciendo en mi show durante más de veinte años es
educar el oído del que no está conforme. ¿Quién está conforme?, ¿quién
puede?, ¿no sería sospechoso? En el mejor de los casos nos inventamos un
planeta para salvarnos del resto del universo, lo habitamos con nuestros
principios, lo decoramos con nuestra estética, lo poblamos con nuestros
personajes, lo llenamos con nuestra música y, con suerte, ese planeta llega a
girar a una velocidad suficiente como para no morir en el intento: como un
disco que gira bajo la aguja o un cuerpo que gira y despega y se eleva hasta
alcanzar la altura de esa música que desprendió sus pies del piso.
*
Otro final, el de la película Almost Famous, deCameron Crowe, esa oda llena de cariño y corazón al rock de los
70’s que nadie ha podido superar (un poco ingenua, sí, tal vez podría o debería
ser más dañada, pero no por eso menos emocionante): el
todavía-adolescente-reportero le pregunta al rockstar ¿Qué es lo que más te gusta de la música? Y el rockstar responde, Para empezar, todo. Volver al presente:
se lo pregunto a Edwin, yo, un reportero en decadencia que se acerca
peligrosamente a los cuarenta, él, un DJ de radio que pone lo que nadie más
pone y pocos escuchamos, que ya pasa de los cincuenta pero habla –por lo menos
de música– con las hormonas desatadas, agitadas, estremecidas. Y Edwin responde
entre pulsaciones, entre notas de aire, La
música… para mí… sólo me hace sentir bien, man… las voces, el ritmo, todo es
grandioso.
La verdadera respuesta, creo, la
encuentro de vuelta en su programa, el primer sábado de diciembre del 2018,
días antes de cerrar esta nota, como si ese preciso momento de iluminación me
hubiera estado esperando.
Suena una versión rocker de Can’t Take My Eyes Off You, el himno
romántico de Frankie Valli, acaso todo lo que un hombre enamorado puede decirle
a ese oscuro objeto del deseo. Edwin no pone ese tipo de canciones. Me
preocupo, pero no hay nada de qué preocuparse, al contrario, se trata de una
celebración. El DJ, al aire, pide permiso para hacer un paréntesis de cuatro
canciones dedicadas a Claudia, su esposa. No son boleros, ni baladas melosas o
clásicos lacrimógenos, son canciones que caben perfectamente en la estructura
genética de este programa alternativo: All
Around The World, de The Jam; Let Me
Kiss You, de Morrissey; Starman, de
David Bowie; y I Still Want You, de
Richard Hawley (esta es la única, por así decirlo, lentona, como para bailar abrazados sin que nadie nos vea o sin que
importe quién nos esté viendo) Y Edwin, al aire, repite una y otra vez, te amo, te amo muchísimo, hasta dice siento que estamos conectados por la voz de
David Bowie y me parece que es lo más romántico que he escuchado en la
vida. Y entiendo. Y veo cómo un hombre se apropia de lo que siente suyo y lo
usa como un arma para hacer el amor. Y aparece frente a mí el significado mismo
de la música: todo.
El programa sigue, pero yo tengo que
retroceder. Edwin y Claudia se conocieron en una cita a ciegas a la que ella no
quería ir. Claudia dijo vivo por la mitad
del mundo y ya es tarde, no voy a llegar, lo siento. Edwin dijo no te preocupes, yo te voy a ver. ¿En serio?
Sí. Y una noche, a eso de las siete, se sentaron a tomar un café y a
conversar y no se levantaron hasta pasada la una de la mañana. Pasa en las
canciones, pasa en la vida. He tenido mis
relaciones, pero con mi esposa fue
diferente, con ella di todo.En mis
relaciones anteriores no daba todo. Siempre tenía mi pared. No sé qué era. Mis
novias no entendían mi estilo de vida de radio, “¿tienes que ir todos los
sábados?”, “¿no puedes tomarte un sábado para estar conmigo?” y yo decía, “es
mi trabajo, me están pagando, ¡y me gusta!”, pero ellas pensaban que estaba con
otra mujer. Otra vez: todo. Darlo todo. Y todo es todo.
A Claudia no le gustaba el rock, pero
está aprendiendo (esa es la palabra que usa Edwin, aprendiendo) porque él le está enseñando y me pregunto si al final
no es eso lo que uno busca en la vida: alguien con quien escuchar música. Por
lo menos es parte del sueño, eso me consta, de las cosas con las que uno sueña
desde que empieza a moverse, allá, lejos, al principio de nuestra historia
privada.
*
Comienzos de los 70’s. El chico vive en
Gardena, California, a unos veinte minutos de Los Ángeles, cerca del mar. Sus
padres son ecuatorianos, pero él nació en Estados Unidos y aunque entiende
español sólo habla en inglés. Gardena es un sitio de migrantes, hay muchos
japoneses-americanos, algunos descendientes de la guerra, y también una
comunidad de mexicanos-americanos. Su padre trabaja reparando computadores que
al chico le parecen tan grandes como los refrigeradores, su madre es profesora
de español.
El chico va a un colegio privado porque
sus padres quieren alejarlo de las calles en las que ya se percibe la
violencia. El colegio no es barato y la familia se ajusta a un modesto estilo
de vida para que él y su hermana menor puedan estudiar cómodamente. No salen
mucho a comer ni de paseo, se distraen en casa, reunidos con otros
latinoamericanos, escuchando cumbias, boleros y pasillos que el chico no
entiende: Los Panchos, Los Tres Ases, Los Diamantes. Lo que el chico entiende
es que la música une a la gente, a su
gente.
Mediados de los 70’s. Año 75 o 76, por
ahí. Navidad. El chico recibe un regalo que le cambiará la vida para siempre
aunque él no lo sepa todavía: un radio de transistores, una cosita gris a la
que se le saca una larga antena plateada. El chico camina por la casa buscando
una estación, una señal, y lo primero que encuentra es música disco, Donna
Summer, The Village People, música comercial, del momento, música distinta a la
de sus padres pero que no lo llena del todo. El chico sabe que allá afuera debe
haber algo más.
Aunque digan que nada pasa por
casualidad, esto es un accidente, o un milagro. Mientras pasa de estación en
estación, el chico descubre el programa de Rodney Bingenheimer en la KROQ, y
escucha lo que viene desde la costa este, desde Nueva York: Ramones, The
Talking Heads, Blondie, y digamos que así descubre también una banda sonora
para la película de su vida. ¿Seré raro?, se pregunta, y mantiene sus nuevos
gustos en secreto. Sus amigos siguen metidos en lo disco o ya en bandas de rock
como KISS. Al chico las caras pintadas de KISS le dan un poco de miedo.
El chico escucha radio, lee historias de
Batman y La Liga de la Justicia y dibuja sus propios cómics. Entra al colegio,
el tiempo le falta, tiene que escoger y escoge quedarse con la música. Se
encuentra con más locutores, como el británico Richard Blade, y con más bandas
como Duran Duran, The Romantics, The Knack. A los dieciséis va a su primer
concierto de rock y ve a U2 en un club pequeño, antes de que sean mundialmente
famosos, y también a REM, en las mismas circunstancias. El virus corre por su
sangre, está enganchado.
El chico vive a varias cuadras del
colegio en el que estudia. Sus padres le dan dinero para que tome el bus y para
que almuerce, pero él se lo guarda. Madruga, espera a que sus padres salgan de
la casa y se va caminando al colegio: en la mochila lleva alguna fruta para
comer. Al final de la semana tiene lo suficiente para comprar discos en una
tienda de camino a casa, y así comienza su colección. Ahora escucha punk, Sex
Pistols, The Clash, The Jam, y algo de New Wave, The Smiths, Joy Division. Ya
sabe que la música es una de las cosas más importantes que le van a pasar.
Mediados de los 80’s. El chico sale del
colegio, no sabe qué hacer y estudia ingeniería en sistemas porque, según su
padre, que no se equivoca del todo, ahí está el futuro. Pero ese no es el
futuro que el chico quiere. Lo que él desea es enseñar: después de la música,
lo apasiona la historia. Comienza a trabajar en el colegio en el que da clases su
madre, como asistente de profesor o profesor sustituto, decide volver a la
universidad para estudiar pedagogía y piensa que el rumbo de su destino está
trazado, que seguirá en California o por lo menos en Estados Unidos.
Comienzos de los 90’s. Disturbios en
California. Los cuatro policías que golpearon casi hasta la muerte a un
afroamericano llamado Rodney King son encontrados inocentes luego de tan solo
horas de deliberación. La ciudad estalla. Saqueos, incendios, muertes. El chico
siente la alta temperatura en el ambiente. Un día es atacado mientras conduce
su auto, el carro queda gravemente herido y el chico siente que es hora de
darse un respiro, quizás por unos meses, aprovechando que sus padres han
decidido volver al Ecuador ya jubilados.
El chico regresa a un país que sólo ha
conocido de vacaciones, que es el suyo pero al mismo tiempo no lo es. Se siente
cómodo, tranquilo, pero un poco desconectado, hasta que empieza a encargar
revistas de música a través de un código postal en Miami. Recibe entre diez y
quince revistas cada dos semanas, onda New Musical Express (NME) o Rolling
Stone, y hace listas para luego encargar discos en Audio & Video, una
tienda que funciona en la planta baja de El Caracol, sobre la Avenida Amazonas.
No es lo mismo, pero el chico puede vivir así.
El chico consigue un trabajo en el
colegio Santa María Goretti, cerca de Pomasqui, a las afueras de Quito. Se
encuentra con un ambiente violento en el que los profesores castigan
físicamente a los estudiantes y eso le parece anormal, salvaje (un poco muy The
Wall), así que después de un tiempo renuncia y encuentra un puesto en la
Academia Cotopaxi, donde puede tener una vida bilingüe, en dos idiomas, justo
lo que necesita: el estilo de enseñanza americano dentro del Ecuador, donde ya
siente que puede inventarse un futuro.
Mediados de los 90’s. El chico se siente
a gusto, pero un poco solo, no tiene con quién escuchar música. Un día captura
por ahí el programa Toque de Queda en Radio Visión, y dice wow, aquí sí hay
gente que escucha esta música. Llama al programa, pide una canción sólo para
testear a los locutores, le dicen que no la tienen pero lo invitan a ponerla la
próxima semana. El chico va, habla de las bandas que va a poner, casi todas
británicas y desconocidas en el Ecuador, y lo invitan un par de veces más. Es
la primera vez que está en una cabina de radio pero se siente en casa. Quizás
ha llegado a su verdadero hogar.
El chico tiene un amigo, su mejor amigo,
con el que se cruza casetes: Edison Soto, que a la vez tiene un programa de
radio, El Museo del Rock. Soto le propone abrir un bar para poner la música que
les gusta, algo así como el Iguana Bar que existió brevemente en La Mariscal,
pero el sueño del chico es otro, él quiere su propio programa en la radio. Soto
lo conecta con La Metro y el chico, que todavía no sabe de consolas, tiene su
primer espacioal aire. Durante el tercer
programa, el locutor que lo acompaña y le da una mano con los aparatos dice Estamos en este vagón… especial. El
chico lo corrige, Estamos en el Vagón
Alternativo, dice al aire. Es el 2 de mayo de 1998.
*
Edwin me dice que la gente no sabe cómo
usar YouTube, que necesita una guía porque hay demasiada música allá afuera que
merece ser escuchada (y que ahora se puede escuchar). Pienso que él es un
profesor dentro y fuera de la Academia Cotopaxi, que lo que hace realmente es
mostrar lo desconocido: sólo quiero que
la gente diga Wow, me dice. En su página de Facebook, coronada por una foto
de él y Claudia en la que ella señala un anillo, postea el repertorio de cada
semana. Eso me ha hecho muy mal o me ha vuelto muy poco productivo durante
estos días, pero me ha recordado por qué quería escribir esto: hay demasiada
música allá afuera que merece ser escuchada. Voy revisando y poniendo las
canciones. Ahora mismo, Soft As Snow (But
Warm Inside), de My Bloody Valentine, y Single,
No Return, de Ten Fé. Y son tan buenas que no puedo seguir escribiendo. Una
buena canción te gusta, una gran canción te paraliza.
*
Alguna vez escuché que un músico es tan
grande como su discoteca y que la discoteca más grande es la de Bob Dylan. No
me consta, pero no me extrañaría, sería lo más coherente con la historia del
rock. En todo caso, la discoteca más grande que yo he visto, y me refiero a una
colección privada, es la que tiene Edwin Poveda en el ático de su casa. La vi y
pensé: ahora todo tiene sentido, este es el palacio de alguien que no acumula
música sino que la procesa, la digiere y la comparte cuando está lista para el
consumo humano.
El combo de Edwin es tan preciso como
sencillo: te dice, mezclando su inglés intachable y su español distorsionado,
el nombre de la canción, el nombre de la banda, el nombre del disco, la fecha
del lanzamiento original, y siempre incluye una pequeña biografía que es el
valor agregado de su programa, un dato wiki
que sólo él posee. Con Edwin no se escucha, se aprende. En tiempos en los que
nadie se detiene, en los que nadie escucha a nadie y en los que todos contra
todos, él para y nos hace parar por un momento para contemplar lo que antes no
podíamos ver, eso que ni siquiera sabíamos que existía y que ensancha y alarga
y profundiza el horizonte con el que le damos límites al mundo.
El chico es ahora un hombre afortunado, parece
el hombre que quiere ser. Tiene una familia, un trabajo que le gusta, un
programa de radio que lo apasiona y, de hecho, me dice que cortemos la
entrevista porque debe salir para allá, para la cabina, y hacer lo mismo que
hace todas las semanas desde hace más de veinte años: poner música. Me acompaña
hasta la calle, nos damos un abrazo que para mí es una forma de decir gracias, gracias totales, infinitas. Me
gusta saber que él está allá afuera, cuidando de nosotros, que es el DJ que
merecemos y necesitamos.
Yo volveréa mi casa y encenderé la radió y estaré con
los hermanos que conozco pero que nunca he visto.