11.08.2016

La lucha


La alegría está en la lucha
– Ghandi –

Meses después, en una fiesta, me encuentro con el amigo que me cruzó todos los capítulos de la serie. No nos hemos visto desde esa noche en la que tomamos whisky y él me dijo esto es increíble, lo mejor que he visto en mucho tiempo, en serio, no tienes idea.

¿Ya la viste?, me pregunta.
No le respondo. Me quedo en silencio.
Me acerco y le doy un abrazo porque sólo así puedo decir lo que no puedo decir.

Ese man es un genio, me dice. Y empezamos a conversar y no sabemos cuál es el mejor episodio o el mejor personaje o la mejor escena. Otros amigos que también han visto la serie, unos pocos, se acercan y se agregan a la conversación. Ellos tampoco pueden decidir cuál es el mejor momento. Son demasiados. Escoger una sensación, una línea o uno de los muchos sentimientos que se producen al verla sería traicionar al resto y ninguno de nosotros quiere hacer eso: queremos quedarnos con todo. Están traumados con esa huevada, nos dice alguien que todavía no la ha visto y que probablemente no tenga ganas de verla después de habernos escuchado. Es una broma, pero nadie se ríe. Estamos traumados.

El 4 de febrero de este año, el comediante norteamericano Louis C.K. publicó una carta en su página web. Decía, entre otras cosas, esto: Como algunos de ustedes saben, el sábado pasado lancé una serie en este sitio… la idea detrás de lanzarla en Internet era crear un show de una manera nueva y que les llegara directa e inmediatamente, sin promoción, anuncios, carteles o adelantos de cómo se ve o se siente antes de que ustedes puedan verla por sí mismos. Como escritor, uno siempre tiene una sensación extraña cuando revela la historia, los personajes y el tono, sabes que la audiencia nunca tendrá el beneficio de ver la serie como la escribiste porque saben demasiado antes de verla… postear este show de repente me da la oportunidad de darles la experiencia del descubrimiento… esta es una producción de televisión, cuatro cámaras, dos hermosos sets, una cabina de control con lo mejor del presente estado del arte, un equipo muy talentoso y un elenco que pertenece al salón de la fama. Cada segundo que las cámaras están rodando el dinero me sale del culo y es como la peor diarrea de tu mamá… Básicamente, es la versión hecha a mano y pagada por una sola persona de algo que usualmente haría una corporación gigante. Estamos grabando el segundo episodio ahora mismo.

La serie se llama Horace And Pete y los diez episodios de su primera y única temporada, todos escritos y dirigidos por Louis C.K., se estrenaron entre finales de enero y comienzos de abril en la web de su creador: en teoría, la única forma de verlos es comprándolos online. El primero cuesta $5, el segundo $2, y los restantes $3 cada uno, aunque el portal también te da la opción de adquirir toda la temporada por $31 (no hay descuento, el total es la suma de los valores individuales) y esto último es lo que cualquier persona interesada en ver cómo se doblan y se rompen las esquinas del alma está en la obligación de hacer.

La reacción de la crítica fue unánime: este es el show de televisión más importante de la década. La revista The New Yorker, incluso, publicó un artículo en el que se preguntaba, ¿es televisión?, y The New York Times, además de referirse a la serie como un vigorizante adelanto del futuro de la TV, comparó la trama con los motivos de los que se hacían cargo Arthur Miller y Eugene O’Neill, autores concentrados en la realidad de su propio tiempo, en sus obras de teatro a mediados del siglo pasado. Pero poca gente la ha visto y su creador terminó con saldo en contra.

Después de acabada la serie, Louis C.K. fue invitado al programa de radio de Howard Stern y confesó, sin la menor seña de arrepentimiento, que H&P lo había dejado endeudado con varios millones. También bromeó con orgullo sobre su “bancarrota” en el talk show de Jay Leno. Yo no ahorro el dinero, lo gasto. ¿Para qué sirve el dinero si no es para hacer lo que te da la gana? Ahorrar dinero me parece arrogante porque puedo morirme mañana. Si me muero esta noche mis hijas estarán en la calle mañana por la mañana… Durante esa misma entrevista, refiriéndose al improbable destino inmediato de sus hijas, el comediante soltó una sentencia moral que debe estar entre lo más lúcido que se haya dicho jamás sobre la crianza de los hijos: Criar a tus niños como gente rica es lo peor que puedes hacer, por ellos y por los que estarán en sus vidas. No hay forma de que alguien que haya crecido como millonario no termine siendo un pedazo de mierda como persona.

Me contaste que habías visto el primer capítulo como para ver qué onda, que no sabías de qué iba, de qué se trataba, y que ya no pudiste parar. Te mandaste toda la temporada de una, más de diez horas de ¿televisión? en un solo día. Me quedé toda la noche mirando la pared, pensando qué hacer con mi vida, me dijiste, y te reíste, como nervioso de saber que lo que estabas diciendo era la verdad o no era tan mentira ni tan chistoso. Todo bien. Tienes 19 años, a tu edad hay que sentir cosas. Nosotros, en cambio, nos quedamos pensando que tal vez la vida no cambia, que ya no se pone mejor, que esto es lo que tenemos, todo lo que tenemos, y que es imposible no herir a la gente que más nos quiere.   

Según la revista GQ, experta en moda masculina y en identificar las tendencias que definen la cultura popular de nuestros días, Louis C.K. es, indiscutiblemente, “el rey de la comedia en América”. El actor, escritor, productor y director está por cumplir 50 años y parece que atraviesa y domina la cresta de su mejor momento: de hecho, se refiere a H&P como el punto más alto de su creatividad, al menos por ahora.

Empezó a los 18 haciendo shows de Stand-up comedy en clubes newyorkinos. A esa edad, con suerte, trabajaba quizás una o dos veces a la semana, pero pasaba todas las noches metido en clubes viendo a otros comediantes, absorbiendo, robando y aprendiendo de los demás. Veía a cualquiera, bueno o malo, devoraba comedia, todavía escucho a los comediantes como quien escucha las olas del océano y trata de entenderlo. Consiguió su primer puesto como escritor de planta a comienzos de los 90’s en el Late Night Show de Conan O’Brien. Su trabajo era inventar bromas para el anfitrión, que por esos días se estrenaba en su propio programa tras varias temporadas escribiendo segmentos cómicos en el mítico Saturday Night Live, y que no tardaría en ser una estrella con luz propia. De allí, Louis C.K. pasó al programa del ya consagrado David Letterman, en 1995. Estaba dando los pasos correctos, tenía los amigos adecuados, parecía que su carrera iba en ascenso y que el éxito era inevitable. Pero no.

Los años siguientes en la vida profesional de Louis C.K. fueron irregulares y mantuvieron a su personaje en perfil bajo. Mientras continuaba escribiendo bromas para otros comediantes que tenían sus propios shows de variedades en televisión, peleaba por un lugar para presentar su rutina en escenarios pequeños de Estados Unidos, escribía y dirigía películas para la pantalla chica que han desaparecido de los archivos de la televisión por cable y gastaba su dinero –y el de sus amigos, a los que les pedía préstamos no reembolsables– haciendo cine. En 1998 estrenó Tomorrow Night, su primera película como director, productor y guionista, una comedia negra y algo histérica (digamos que podría ser un capítulo de La dimensión desconocida, pero sin salida), filmada en 16 milímetros y blanco y negro, que tiene toda la estética del cine independiente de la época pero que nadie vio y ahora está disponible en su página web. Pocos años después, por encargo del comediante Chris Rock, que ya era una celebridad, escribió y dirigió otro largometraje, Pootie Tang, estrenada en el 2001. Louis C.K. esperó desesperado el lanzamiento de la cinta para conocer la opinión de alguien en particular, el crítico Roger Ebert, uno de sus ídolos y, según él, la persona que le enseñó a apreciar el cine desde su programa de televisión, donde comentaba los estrenos de cada semana. Supongo que la bendición del crítico sería una especie de aprobación paternal, la confirmación externa que Louis C.K. necesitaba para saber que andaba a tientas por el camino indicado. Pues bien, la reseña de Ebert se publicó el 29 de junio de ese año y no fue nada halagadora. Pootie Tang no es tan mala como inexplicable. ¿Cómo ocurrió este desastre?¿Quién pensó que sería chistosa?¿Quién pensó que estaba terminada?, se preguntaba el crítico, y seguía desarrollando esa línea de pensamiento, El boletín de prensa decía que esta cinta había sido hecha “en el laboratorio de HBO, donde hicieron el Show de Chirs Rock, ganador del Emmy” Debe ser uno de esos laboratorios que huelen a gases de pantano, donde todos los ratones están muertos.

La vi dos veces. ¡¿Dos veces?! ¡¿Entera?! De ley, me emocionó, quiero escribir algo. ¿No te dieron ganas de suicidarte? Un chance, pero también me dieron ganas de escribir, de hacer cosas, el man ha hecho full cosas, ha fracasado un montón, eso es bien bacán del man. El guión es  lo máximo, al final te das cuenta de que lo tenía todo craneado desde el principio. Y los actores, broder, qué pobre hijueputa, qué grande Alan Alda. Alan Alda, Steve Buscemi, Edie Falco, todos están increíbles, pero esa historia, qué horrible, loco, qué familia más horrible. Todas las familias son horribles, ¿no? No, huevón, todas las familias son disfuncionales, pero no todas son así de feas. Igual se quieren. O se aguantan. O tratan de quererse, eso es bastante. No sé, huevón, como que Louie se quería vengar de alguien. No creo, estuve investigando y no parece autobiográfica. Todo lo que uno escribe es autobiográfico, bro. Sí, de ley, y todo es material, como dice Philip Roth, pero el man dice que sólo quería hacer una serie sobre las familias porque uno no puede escapar de su familia, literal.  

John Landgraf, presidente de la cadena FX, ha declarado públicamente que su estrategia de trabajo es la siguiente: invertir poco dinero en mucha creatividad. Para hacer el piloto de Louie, la serie que hizo visible a Louis C.K., Landgraf le ofreció al comediante un presupuesto de 200.000 mil dólares, una cifra más que austera para los estándares de la industria gringa, donde el protagonista de un show en televisión puede llegar a cobrar un millón de dólares por episodio, o más. Louis C.K. aceptó el trato con una condición: ni John Landgraf ni ningún otro ejecutivo de FX estaría involucrado en la producción, no podrían opinar sobre el guión, la elección del elenco o el material grabado, recibirían el producto terminado y con el material en las manos decidirían si continuar o no con el proyecto. Esta vez, el experimento dio resultado: Louie apareció en el 2010 y se mantuvo al aire durante cinco años en los que congregó miles de espectadores y fanáticos. El acuerdo al que llegaron la cadena y el artista se conoce ahora como “El arreglo Louis C.K.”, pero el comediante niega que tal cosa exista. Todo el mundo quiere El arreglo Louis C.K. pero no hay ningún arreglo Louis C.K. No hay nada en papel que diga que ellos [FX] no pueden molestarme. En papel ellos pueden obligarme a hacer lo que ellos quieran, yo sirvo a su antojo y son ellos los que aprueban todo. Pero mientras las cosas vayan bien, nadie se mete. Es un derecho que me he ganado con cada episodio. Si dejo de ser chistoso van a empezar a molestarme.

En el 2010 Louis C.K. tenía 43 años y por fin estaba recibiendo la atención que necesitaba para continuar con su trabajo, siempre en progreso. Es como si hubiese tenido que llegar a ese momento de su vida para poder mirar hacia atrás, tomar distancia, perspectiva, amasar todo lo que le había pasado hasta ese preciso instante y organizar sus primeras impresiones sobre la vida en la tierra.

Louie es una comedia que parte de la auto-ficción, la historia de un comediante que vive en Nueva York y se mantiene como puede mientras trata de criar a sus dos hijas pequeñas después de haberse divorciado: fuera de cámara, Louis C.K tiene dos hijas pequeñas y un divorcio a cuestas. Y Hilarious, el show de Stand-up que lanzó también en el 2010 y que ese año formó parte de la selección oficial del Festival de Cine de Sundance (el único en su especie en lograr algo semejante), es como una tribuna desde donde el comediante, parado sobre los hombros de los 40’s, tambaleando a veces, se burla de y se pelea con todo aquello que no soporta de su país ni de sí mismo. Su rutina es al mismo tiempo una traición a la patria y un manejo maniático de la obsesión amorosa: quisiera poder dejar de quererte, pero no puedo / quisiera ser mejor persona, pero sólo puedo ser esto que soy.   

Este año Louis C.K. se ha presentado en vivo más de cincuenta veces. Ha estado en Nueva York, donde llena el Madison Square Garden, en Chicago y San Francisco, pero también en Budapest, Helsinki, Copenhague, Jerusalén y en la Arena de Wembley, en Londres. Por lo general, los comediantes de su talla llegan a un acuerdo previo con los teatros en los que suelen montar sus espectáculos: los organizadores se comprometen a cancelar una cifra específica –una garantía, digamos– independientemente de la cantidad de público que reciban, y si los ingresos de la taquilla superan la tarifa acordada reparten el monto final en porcentajes entre todos los involucrados. Esta es una práctica común en el showbiz alrededor del mundo, pero Louis C.K. la desobedece, vende las entradas para su shows exclusivamente a través de su página web y, de esta manera, evita el sobreprecio que suele aparecer con los intermediarios. Además, exige que los gastos de promoción de cada show se reduzcan al mínimo para que esa inversión no infle el costo de los boletos.       

Es obvio que después de tantos kilómetros caminando cuesta arriba, Louis C.K. no piensa aflojar ni acomodarse, pero tampoco limitarse a vivir al margen del espectáculo. Hace unos meses volvió a sacar dinero de su propio bolsillo para armar paquetes promocionales en los que venía toda la serie repartida en 3 DVD’s, y se preocupó por hacérselos llegar a los 19.000 –sí, 19.000– miembros de la academia de la TV en Estados Unidos. Los paquetes venían con una leyenda que decía para su consideración, a propósito de la entrega de los premios Emmy, el pasado mes de septiembre, y pretendían postular la serie para al menos cinco categorías, entre ellas mejor serie de drama y mejor actor principal. La academia consideró que de esas sólo valía tomar en cuenta una, mejor actriz invitada (grande, inmensa, todopoderosa Laurie Metcalf llenando la pantalla), pero no le otorgó el premio. Esta ausencia de reconocimiento y farándula legitima la existencia de H&P como lo que es, la maniobra más arriesgada de su creador, la que puso a prueba la flexibilidad de sus articulaciones, no precisamente una obra adelantada a su tiempo sino un reflejo tan fiel de ese tiempo que resulta difícil de aceptar.

Cuando Charlie Ross, el conductor de un programa de entrevistas que lleva transmitiéndose más de 20 años y se especializa en artistas que escapan a cualquier arquetipo, le preguntó a Louis C.K. qué se necesita para ser comediante, él respondió con una mirada al pasado, una leyenda que debería ser inscrita en una placa de mármol y luego colocada en algún parque donde los jóvenes lleguen en peregrinación, desahuciados, buscando un milagro: Vivir la vida para entenderla, pasar mucho tiempo sobre el escenario y no renunciar. Me ha tomado 20 años ser bueno en lo que hago porque el único camino para ser un comediante es el fracaso. Tu peor show no puede ser muy distinto que el mejor, y eso se logra con experiencia.

Y algo más que quizás pertenezca al campo y a la materia sentimental pero que aplica en el escenario desolador que sigue a cualquier tragedia: tienes que saber que puedes estar bien después de haber estado mal.   

Louis C.K. dice haber aprendido la lección más importante de su vida de otro comediante, George Carlin (1937-2008), uno de los mejores de todos los tiempos. La lección es tan simple como suicida, y consiste en abrir cada noche con tu mejor material, con la mejor broma que tengas, la más chistosa, la más ofensiva, la más provocadora, desarmarte desde un principio y construir desde ahí un camino hacia el cierre. Esa es la sensación que tuve luego de ver el primer capítulo de Horace And Pete. ¿Qué puede pasar después de esto? Después de verla por segunda vez, en cambio, la sensación era distinta y la pregunta era otra, ¿y ahora?

El man me cae bien. Es gordito, calvo, pajero y tiene los brazos llenos de pecas, medio freak. Casi siempre se viste igual, jean y camiseta negra, zapatos deportivos. Einstein hacía lo mismo, se ponía la misma ropa todos los días para no gastar tiempo ni desperdiciar energía pensando qué ponerse. Y no. Este man no es un genio, eso es lo más bacán, que no es un genio. Es un man que se ha sacado la puta camellando y ha descubierto un par de huevadas sobre la vida, huevadas tucas. 

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10.17.2016

Fiesta en América


Nunca nos había pasado. No a nosotros. Por lo menos no así. Nunca jamás la gloria de otro nos había salpicado tanto y de tal manera, hasta cubrirnos por completo en una ducha dorada. Nunca antes la gloria había sido tan nuestra.

Empezó como una broma. ¿Ganó? ¿En serio? ¿Bob? ¿El Nobel? A ver, ¿qué? ¿Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura? ¡No jodas! Luego vinieron los mensajes, ¿ya supiste? Las mil y una ventanas abiertas en el chat repitiendo una y mil veces la misma frase: Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura, Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura, Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura.

Llamé a un amigo y le dije tenemos que celebrar. Primero me dijo que no podía, que se había fracturado un dedo jugando fútbol hace unos días y le habían prohibido beber. Pero después, apenas un segundo o apenas milésimas de segundo después, me dijo: everybody must get stoned, voy para tu casa, se lo merece, ¿chelas?, que para aquello que hoy nos convoca vendría a ser como Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Mientras tanto la gente seguía llamando por teléfono y sólo decía una cosa como si esa cosa fuera la única que supieran decir: ¡Ganamos! Así, entre signos de admiración y amor y una sensación tan extraña y única que no se puede ni se debe escribir. Lo mismo en el mail: correos sin asunto porque sólo había un asunto posible, ¡Ganamos! Gente desde otras ciudades y desde otros países y seguro también desde otros planetas y otros tiempos abrazándose al mismo tiempo, levantando sus voces y sus lenguas y sus gargantas y sus amígdalas y cantando esas canciones que son las extensiones de nuestro cuerpo y serán el rastro de nuestra vida.

Es verdad, esto es como tocar a las puertas del cielo, con la única diferencia de que esta vez el cielo se abrió, de que esta vez hay alguien que responde al otro lado de la puerta y te habla y te dice que los tiempos están cambiando y que nos preparemos porque va a llover muy duro.

Un mail del escritor quiteño Salvador Izquierdo dice: DYYLAAAANNN!!!! Un mail del escritor nicaragüense José Adiak Montoya, a quien conocí en México y con quien nos tratamos de a Wey, dice: WEEEEEEEEYYYYYYY. Un mensaje del director de cine Sebastián Cordero desde Estados Unidos dice: Estoy escuchando su música todo el día y me estoy sirviendo un whiskey as we speak. El escritor argentino Rodrigo Fresán, el Dylan Max, desde Barcelona, dice: él viene ganando desde hace tanto… El dylanólogo profesional Miguel Pazmiño, desde Canadá, dice: tengo un recuerdo lindo de Bob con cada una de las personas importantes en mi vida. No se pude ser más elocuente.

Tienen que entender que desde hace años, años enteros, los dylanitas venimos jugando a este juego en clave de protesta ante la academia que consiste en repetir un millón de veces el siguiente mantra: ya, por favor, el Nobel para Bob, ¡el nobel para Bob! Y eso que pensábamos que ya nunca iba a pasar porque de hecho era imposible, eso a lo que ya nos habíamos resignado a morir sin ver, eso que era a veces lo único que nos mantenía afinado el ritmo de la respiración durante esos latidos que el corazón se salta, eso, pues eso ha pasado.

¿Cómo se siente? Se siente bien. Muy bien. Puta madre, qué bien se siente. Como si todo eso que no puede ser pudiera ser.

Bob Dylan ha tenido por lo menos mil caras y por lo menos una de esas caras nos ha tocado a nosotros, por lo menos una de esas caras nos ha caído a las manos desde el cielo y nos la hemos puesto por encima de nuestro verdadero rostro y después hemos dicho: este soy yo.

El día que Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura pasó algo que podría haber pasado en una canción de Bruce Springsteen, agarré el teléfono y le mandé un mensaje, este mensaje, a mi hermano: Hay que tomar por Bob. Habían pasado meses desde que no le escribía por nada más allá de lo absolutamente necesario: las cuentas pendientes, la visita de las sobrinas, ¿sabes cómo están los papás? Y la verdad es que estábamos bien así, a una distancia cómoda y prudente, yo más lejos que él, hay que decirlo. Pero mi hermano fue el primero en mostrarme muchas cosas, mucha música, esa montaña en cuya cima está Bob Dylan y ese océano en cuyo fondo también está Bob Dylan. Un día, cuando ya vivíamos solos en Quito y tratábamos imposiblemente de ser más amigos que hermanos, me llevó a dar una vuelta en el carro (él manejaba) y me puso If You See Her Say Hello ¿Si entiendes?, me repetía mientras retrocedía la cinta del casete, ¿si entiendes lo que el man está diciendo? Y me dio una lección y supe que ser hermanos en Dylan era acaso más importante que ser hermanos en cualquier otra circunstancia.

Escuchar esa canción, en ese momento, fue como una maldición, como escuchar la prueba de que se podía escribir así y asumir al mismo tiempo la certeza de que uno nunca va a poder escribir así. A veces hago que me rompan el corazón sólo para tener una excusa para poder escuchar esa canción otro millón de veces más. A veces recojo los pedazos de mi corazón y trato de hacer con ellos una palabra.  

Odio a la gente a la que le gusta mucho Sabina y no hay cosa que odie más que la gente que cita a Sabina y cree que está citando a Platón. Pero quiero y voy a citar a Sabina: Dylan canta como el culo, toca como el culo, y es el mejor.      

Este es uno de esos días que uno quisiera que no acabaran nunca, como esas canciones de Leonardo Favio donde al final de un paseo bajo el sol él la convence a ella de que le regale un beso. El día que Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura una chica linda me regaló un beso. Esta es una de esas cosas que no quisiera dejar de escribir.

(El Comercio)

10.04.2016

Un momento en la vida de Chet Baker


Born to Be Blue, dirigida por el canadiense y casi debutante (sus trabajos anteriores son cortos, casi todos para la televisión) Robert Budreu, protagonizada por Ethan Hawke y la hermosísima y más bien poco activa Carmen Ejogo, no es exactamente lo que esperábamos: no es una biopic basada en la vida del trompetista-jazz-man Chet Baker. Para eso, para un acercamiento más tradicional a su historia, hay que ver el nada tradicional documental Let’s Get Lost (el director es Bruce Weber, el emblemático fotógrafo de modas), de 1988, el mismo año de la muerte del músico, antes de cumplir los 60, y también un concierto llamado Live at Ronnie Scott’s, grabado en Londres, en 1986, en el que Baker es acompañado por Van Morrison y Elvis Costello, a quien además le responde un par de preguntas clave sobre su infancia y el desenvolvimiento de su existencia en una entrevista breve pero contundente (la mejor parte es esta: Costello le pregunta si alguna vez pensó en escribir sus memorias, Chet Baker le responde que sí, que de hecho empezó a escribirlas y se detuvo a la mitad porque nadie le iba a creer). Y para conocer o saber algo de o adivinar a Baker hay que, claro, escuchar sus discos: un poco (no demasiado) del cool jazz que hizo al principio de su carrera, los álbumes Chet y My Funny Valentine, buenos lugares donde perderse un rato, y las absolutamente devastadoras sesiones que grabó con el pianista Bill Evans, en 1959. Por ahí puede uno entrar a Chet Baker, acomodarse y quizás llorar un poco mientras escucha esas canciones sopladas siempre con el último suspiro. Digo todo esto, creo que hay que decirlo, porque me parece poco probable que alguien que vea Born to Be Blue sin conocer los antecedentes de su personaje principal se sienta atraído hacia su música, que al final es lo que más importa, la música que uno la pueda sacar a las películas, la vida que uno pueda robarse de ellas. Esta cinta es sobre el músico en uno de los peores momentos de su carrera, capaz el peor de todos los momentos, el más duro, cuando está tocando mal y está perdido y sabe que para encontrarse debe volver al fondo del que quería salir.

Al final, después de que le rompieran los dientes y tuviera que aprender a tocar y a sangrar a través de una dentadura falsa; después de haber tocado en una pizzería por unas monedas; después de andar por la calle sin temor a que lo reconocieran porque ya nadie lo reconocía, ya nadie le decía que era como Frank Sinatra y James Dean en uno; después de haber pasado una etapa detox tratando de acostumbrarse a la metadona; después de haber visitado a sus padres en una granja de California y de escuchar de la boca de su padre estas palabras: yo nunca puse el nombre de la familia por el piso; después de haberse puesto traje y sombrero de mariachi para poder trabajar porque si no trabajaba lo metían preso; después de recorrer carreteras y carreteras con su novia sin saber dónde ir o dónde detenerse o siquiera dónde parar a tomar un respiro y seguir; después de haber intentado vivir en paz y desconectado y de ser una persona más normal; después de haberle prometido a la mujer que ama que nunca más se inyectaría heroína; al final, casi en la última escena de la película, Chet Baker está en el camerino de Birdland, el club newyorkino bautizado en honor a Charlie Parker, sentado frente al espejo, mirándose, mirando todo lo que le ha pasado, lo que le pudo pasar, lo que le pasará, cuando aparece el promotor del concierto, un amigo al que Baker le ha rogado que lo devuelva a las grandes ligas, ¿estás listo?, le pregunta, pero Baker no responde, se queda en silencio y baja la mirada hacia una mesa donde están una jeringuilla, una cuchara, una vela encendida y un papelito desdoblado con heroína en el centro, entonces el promotor le ofrece metadona, pero él no acepta, entonces el promotor le dice que puede hacerlo sin eso, y él le dice que no, que no puede, que eso lo hace sentir más seguro y de ahí aparece ya en el escenario, bajo una luz azul, cantando precisamente Born to Be Blue: I guess I’m luckier tan some folks / I’ve known the thrill of loving you / but that alone is more / than I was created for / ‘cause I was born to be blue. Mientras está tocando, Chet Baker eleva la mirada y descubre, por encima de la campana de su trompeta, a la mujer a la que le prometió que no haría lo que está haciendo y seguirá haciendo hasta su muerte, varios años después. Se miran. A ella se le humedecen los ojos. Se miran. Ella se va. Él sigue tocando.    

9.26.2016

Bienes raíces


El taxi entra a la urbanización, rueda sobre esas calles amplias, perfectas, rozándose con los 4X4 que están estacionados uno al lado del otro, como en una exhibición, hasta que se detiene frente al jardín de una casa grande, elegante, moderna.

Qué caleta tan bacán, piensa. Qué caletota. La estructura es muy de este siglo: rectángulos y cubos de vidrio gigantes que parecen las ramas de una planta de cristal sembrada en el césped. Minimal, retro-futurista, bien. Podría vivir aquí, piensa. ¿Pude haber vivido aquí? Es de noche y hace frío pero el interior de la casa despide una luz cálida, amarilla.

La ve parada frente a la puerta, hablando con una señora que debe ser la mamá. Enfoca. Está como gordita, piensa. Son las pastillas, piensa, te hacen bajar y subir de peso como loco, a mí me pasa lo mismo. A ella, además, le salen granos en la cara. Ella se acerca, lo abraza, le da un beso largo y mojado en la mejilla y le entrega un billete de veinte dólares para que pague el taxi. Qué vergüenza, tuve que pedirle a mi mami verás.

Lleva un suéter que, se nota, no abriga nada, un vestido flojo que le llega a la mitad de las rodillas y mallas negras. Mientras cruzan el jardín ella trata de tomarle la mano, él la esquiva, apenas y se tocan como por accidente. ¿Para qué vino?, ¿para qué viniste? Sabía que ella estaba borracha desde que escuchó su voz de niña tropezándose por teléfono. Sabía que no iba a pasar nada porque él no quiere que pase nada. Nunca más, fue un error, piensa. ¿Entonces? Es mi amiga, la quiero, no sé, estuvo ahí cuando la necesité, me aguantó cuando yo era insoportable, le mintió al novio. ¿Culpa? Quizás, algo, pero también cariño, de ley, aunque no parezca. Tengo cervezas y un ron que no me preguntes cómo se llama pero dizque es buenazo verás, dice ella. Dale suave, es temprano. ¿Estás embalada?, le pregunta. Ella entrecierra los ojos, sonríe. Los ojos chinos detrás de los lentes chuecos, envueltos en el pelo despeinado. Un poquito, dice.

Sus piernas se enredan y los dedos de sus pies golpean los escalones de piedra lavada que trepan por el jardín hasta la puerta. Se queja. Ay, ay, ay, chucha. Se queja como una niña chiquita que aprendió malas palabras ayer, saltando en un solo pie y apretándose las manos, como si quisiera orinar. Escalón de verga, huevón, dice. Él no la abraza ni le pregunta si le dolió mucho ni se ofrece a ayudarla ni se atreve siquiera a sugerir llevarla cargada hasta adentro. Cualquier movimiento puede ser mal interpretado en mi contra, piensa. Y no. Ya no. Me cansé. Ya no soy ese man. Entran a la casa: ella cojea y acomoda la puerta a sus espaldas, él tiene la sensación de estar entrando a una casa modelo, perfecta, amoblada y decorada con sobriedad y buen gusto. Una casa sofisticada, incluso, pero nunca tanto como para intimidar. Un hogar.

En medio de la cocina, que es enorme, hay un mesón, un monolito de madera sólida que es el centro gravitacional del espacio que lo rodea. Se fija en la refrigeradora de puertas transparentes (de hecho, hay dos refrigeradoras de puertas transparentes), en el mosaico de cerámica sobre las hornillas metálicas, en el grifo del lavaplatos que es tan largo y brillante y flexible que parece un animal dormido, en las sartenes y pailas que cuelgan de una araña resplandeciente pegada al techo y que brillan como si jamás hubiesen sido usadas. Es como el set de un reality de cocina, piensa ¿Estarán grabando ahora mismo?, quizás soy el malo, el que la gente quiere que se vaya de la casa pero que antes vea bien de todo lo que se pierde por no quedarse con ella, por ser tan superficial. Al otro lado de la pantalla alguen dice bien hecho y alguien más dice a-já.     

Pasan directo de la cocina al patio trasero, una especie de invernadero cubierto con paneles transparentes que recogen y guardan el calor del día, lleno de plantas frondosas y saludables, y se sientan frente a una piscina arropada bajo una manta térmica. El clima del valle, piensa, es mejor que el de Quito. De día hace un calorcito rico, dice ella mientras le pasa un ron con Coca-Cola Light y además le regala una cerveza. Dos manos, dos tragos, bacán. A mi vieja le encanta el valle, piensa, justo por el clima, le encantaría esta casa, esta chica, esta gente. A un costado de la piscina hay una parrilla que también funciona como chimenea y al otro, sobre una breve elevación del terreno, un pequeño gimnasio con paredes de vidrio y máquinas modernas para hacer ejercicios: una cinta para correr con más botones que la cabina de un avión, una máquina de remo con estructura de madera y una especie de tanque de agua en un extremo, bellísima, un aparador de metal lleno de pesas de todos los tamaños, un televisor de pantalla plana que debe ser inteligente. Se imagina a sí mismo sudando, mirando los números acaso rojos de un cronómetro, sumándole millas a la distancia recorrida.

Yo pensé que esta noche podíamos darnos unos besitos, le dice ella. No, dice él. Se miran en silencio. Qué aburrido, huevón, mal plan, te juro, mal plan, dice ella, y con un vaso en la mano se da la vuelta, camina hacia un sofá donde está su computadora, conectada a un parlante, y pone una canción de Mecano. Se lleva el vaso a la boca, mueve la cabeza, el pelo se le enreda todavía más. ¿Dónde está el baño?, le pregunta él, que quiere desaparecer un momento. Tienes que usar el de mi cuarto, adentro, por allá.

Su cuarto es inmenso, hay una cama cubierta de almohadas, un escritorio cubierto de papeles, miles de libros y peluches mezclados en el piso. Se demora en encontrar el baño porque en serio el cuarto es así de grande. Encuentra un closet, vestidos, sombreros, zapatos, lo cruza y llega al baño y se fija en que todas las toallas son del mismo color, en que hay por lo menos tres jabones distintos entre líquidos y sólidos y cremosos, y en que eso que está al lado de la ducha no es una tina sino un jacuzzi.

Cuando sale, ella lo está esperando parada en la mitad del cuarto, de pie en el medio de la oscuridad. Yo pensé que esta noche podíamos darnos unos besitos, le dice. Él la abraza porque sinceramente no sabe qué más hacer y ni cómo más decirle que de verdad, de verdad, aprecia todo lo que ella hizo por él cuando él estaba tan mal y tan solo y tan y tan perdido y tan high y tan down, todo lo que le dijo y todo lo que tuvo que escuchar tantas veces, todos los doctores que le recomendó, las pastillas que le regaló. Mal plan, te juro, mal plan. Ella sale del cuarto. Él se demora unos segundos en salir. Va por el pasillo y se detiene frente al comedor, que es como un cuarto privado, todo de madera, separado del resto de la casa por unas puertas corredizas que tienen manubrios largos y plateados. La mesa tiene ocho puestos. Se la imagina llena, el sonido de los cubiertos y los platos y las risas rebotando contra las paredes, creciendo, un domingo, quizás.

Ella está hablando por teléfono, caminando por los bordes de la piscina, mirándose los pies. Él busca Such A Night, versión The Last Waltz, The Band con Dr. John. Con esto podemos hacer las paces, quedar en paz, despedirnos bien, piensa. Le llamé a un pana, dice que ya mismo cae. Bacán, si quieres te acolito hasta que venga, dice él, y busca el ron y la Coca Cola Light para prepararse otro trago. Mejor no, dice ella, y le muestra un billete de veinte dólares.

(SoHo)

9.20.2016

Mi cineasta europeo favorito


Al final de Hollywood Ending, Woody Allen modelo 2002, un director de cine que acaba de rodar una película completamente ciego, sin ver un solo cuadro, se encuentra con la crítica en los periódicos: en los Estados Unidos la cinta es un fracaso y lo acusan de haber perdido no sólo el talento sino también la razón (esto último es, en parte, cierto: la ceguera es psicosomática), pero en Francia es recibida como una obra de arte vanguardista, una especie de profecía que adelanta el futuro del cine mundial. “Aquí soy un vago, pero allá soy un genio”, dice el director. Y luego se muda a París.

El doble sentido de la broma es doblemente efectivo: por un lado nos reímos de los franceses, de lo tan en serio que se toman el cine, de sus críticos y de sus espectadores, porque sólo una moral snob y ególatra como la franchute, adicta a lo incomprensible, podría enorgullecerse de adorar la película de un director ciego; y por otro encontramos una reflexión que tiene harto de documental autobiográfico. Se sabe que desde hace mucho, acaso desde el principio de su carrera, Woody Allen ha sido mejor recibido por el público europeo que por el norteamericano. Debe ser el doblaje, ha dicho el gran Woody más de una vez.

Pero no, no es el doblaje, es algo muy anterior, una marca de nacimiento, casi. Woody Allen, que empezó a escribir chistes de manera profesional a los 16 años, se hizo adulto –y hombre, y cineasta– viendo películas europeas en los cines de su barrio, en Brooklyn, desde finales de los 50’s, y su obra, su voz y su mirada, son una mezcla de esas experiencias (de)formativas y, claro, del arte mayor de los hermanos Marx y Bob Hope. Entre sus películas favoritas de todos los tiempos están Los 400 golpes, de Truffaut; de Fellini; El ladrón de bicicletas, de de Sica, La gran ilusión, de Renoir; y El séptimo sello, de Bergman, este último es su cineasta de cabecera y aunque no parezca el que más y mejor ha plagiado a la hora de escoger los temas que martirizan sus guiones.

En el libro de conversaciones con Eric Lax, uno de sus biógrafos más apasionados y testarudos, Woody Allen repite, una y otra vez, que las películas que más quiere y admira, las que vuelve a ver cada tanto, son dramas europeos, y que si escogió dedicarse a la comedia fue porque no tenía el talento suficiente como para hacer películas “serias”. Esto no es tan cierto. Cintas como Interiors, Stardust Memories, September, Another Woman, Crimes and Misdemeanors, Husbands and Wives, Deconstructing Harry y Match Point, que parecen los consejos de un discípulo de Bergman a un fanático de Fellini, muestran a un cineasta obsesionado con mostrar el lado más frágil de sus personajes, esas esquinas que se doblan y se rompen, donde quedan expuestos a sol y agua el pellejo del alma y los mecanismos del corazón.            

Esas ganas de mirar donde nadie quiere mirar y de decir cosas que preferimos guardar en la oscuridad de nuestro interior hasta que desaparezcan, transgrediendo siempre las costumbres de la narrativa cinematográfica e insistiendo en los mismos discursos película tras película, son una clara herencia del cine europeo: Woody Allen le robó a sus ídolos la capacidad de incomodar a la gente y de hacernos pensar contra nuestra propia voluntad. Su tema es siempre el mismo y viene del amor por las novelas rusas del siglo XIX: ¿qué sentido tiene vivir si la vida misma no tiene ningún sentido? Aquí la respuesta del mismo Woody en Manhattan: Groucho Marx, Willie Mays, el segundo movimiento de la Sinfonía de Júpiter, la grabación de Potato Head Blues de Louie Armstrong, las películas suecas, La educación sentimental, de Flaubert, naturalmente, Marlon Brando, Frank Sinatra, las increíbles manzanas y peras de Cézanne, los cangrejos de Sam Wo’s, la cara de Tracy. Woody Allen ha pasado casi 50 años respondiéndose esta pregunta, no lo ha conseguido, pero vaya que nos ha dado razones para seguir viviendo.

Nada de esto hubiese sucedido sin esas primeras películas que vio de joven y que lo marcaron y enrumbaron su camino. Porque uno no es ni tiene que ser el resultado de aquello que lo rodea ni mucho menos eso de donde vino: uno es, termina siendo, eso adonde va, eso a lo que llegó, eso en lo que se convirtió tratando de convertirse en sí mismo.

(Eurocine 2016 / Ochoymedio)

9.12.2016

Yo también estoy pensando en ti, Courtney Barnnett


Hace dos años, en septiembre del 2014, la cantante australiana Courtney Barnett grabó una sesión para The A.V. Club, la web escrita por obsesos de la cultura pop para obsesionados con la cultura pop. Tenía que tocar un cover y escogió Cannonball, el clásico noventero de Breeders. A comienzos de febrero del 2015, la revista inglesa NME, que lleva casi 70 años hablando de música y sobre todo de rock, la invitó a la tienda Wunjo Guitars, en Londres. Tenía que responder una sola pregunta, ¿cómo aprendiste a tocar? Dijo que tocaba desde los 10 años pero que tardó mucho tiempo en convencer a sus padres de que le compraran una guitarra, “tuve que gastar como cuatro cumpleaños y cuatro navidades en un solo regalo”. Las primeras canciones que aprendió fueron Smoke on the Water, de Deep Purple, y Come As You Are y Something In The way, de Nirvana. Meses después, en la mítica tienda de discos Amoeba Music de Hollywood, California, Courtney Barnett buscó entre miles de vinilos y quiso hablar, entre otros, de tres álbumes que bien podrían hablar por ella y definir en algo su personalidad: Up on the Sun (1985), de los Meat Puppets; Blue (1971), de Joni Mitchell; y I Love Rock ‘n Roll (1981), de Joan Jett & The Blackhearts. Esto lo se ahora que paso horas escuchando sus canciones, viendo sus videos, buscando sus conciertos y hurgando en su vida privada como un psicópata. Y creo que estoy enamorado.  

Courtney Barnett tiene siempre el mismo look. Cero maquillaje, el pelo cayéndole en la frente, abultado como si acabara de levantarse, y derramándose por los lados de su cara hasta quedar colgando debajo de los hombros. Jeans y camiseta. Botas gruncheras, con cordones, nada de taco aguja o broches falsos o cierres hasta la rodilla. A veces un sombrero tipo Holden Caulfield y a veces también un ancho suéter a rayas tipo Freddy Krueger / Kurt Cobain. Aunque no tocara como toca ni cantara como canta ni escribiera como escribe, verla sería suficiente para sentir la presencia de una plegaria atendida. Su carrera arrancó en el 2011 de forma muy siglo XXI, lanzando unas pocas canciones en formato EP que luego, en el 2014, reunió en un disco perfectamente titulado The Double EP: A Sea of Split Peas. Su primer álbum de larga duración, Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit, apareció en marzo del 2015, trepó en todas las listas de los mejores discos del año y fue apadrinado por los críticos de la revista digital Pitchfork, gente exquisita y snob y muchas veces insoportable a la que sin embargo hay que acudir a menudo para buscar nueva música. Todo esto bajo su propio sello discográfico, Milk! Records, que Courtney Barnett maneja desde su casa en complicidad con su novia, la también cantante Jen Cloher, 11 años mayor a ella. En Numbers, una canción que escribieron juntas, cantan esto: Quizás me lleves unos años, pero eso no significa nada para mí / Quizás tengas miedo de que te rechace, pero al final del día el hecho es que no nos estamos volviendo más jóvenes / Me gustaste desde el día en que te conocí / Me vi reflejada en ti, una freak narcisista y egocéntrica como yo. 

En el video de Avant Gardener, la canción con la que uno se inicia en este rito de adoración, Courtney Barnett aparece jugando tenis y esto no es gratuito: practicó hasta los 16 años, cuando decidió jugarse entera por la música. (Ojo, en ese mismo video, con el chico que lleva el marcador del partido, una representación del Dylan sesentero, con terno, corbata, gafas cuadradas y el pelo incomprensible) Esta práctica autobiográfica también está en algunas de sus letras o por lo menos eso es lo que quiero creer porque así es como suenan: recuerdos procesados para escapar de la memoria.

Si los videos enganchan, las letras enamoran: son como fragmentos de alt-lit que celebran el horror de lo cotidiano. Avant Gardener empieza así: Me despierto tarde / Otro día / Qué maravilla / Qué desperdicio / Es lunes / Es tan mundano / ¿Qué cosas increíbles me pasaran hoy? Courtney Barnnett afina esta pregunta con un desgano encantador y su voz casi muerta es como una carcajada al revés. Pedestrian At Best, un tema que canta desesperada porque la letra es tanta que no le cabe en la boca y le impide respirar, da vueltas alrededor de este coro: Ponme en un pedestal y te decepcionaré / Me dices que soy excepcional y yo prometo explotarte / Dame todo tu dinero y haré un poco de origami / Creo que eres un chiste pero no te encuentro muy chistoso. Y en Depreston, que también podría llamarse “Escenas de un matrimonio” o algo peor, Courtney Barnett hace un cuento minimal pero durísimo: una pareja escapa de un barrio hipster inundado de cafeterías y busca una nueva casa, pero lo que están buscando en realidad es la oportunidad de darse otra oportunidad. Imposible, este es el final y uno quisiera poder mirar para otro lado pero no se puede. Si te sobrara medio millón podrías tumbar esto y empezar a reconstruir, repite al final, y la imagen es perfecta, ni siquiera medio millón de dólares, americanos o australianos o canadienses o marcianos, podrían revivir el cadáver del amor.

Cuando toca en vivo, Courtney Barnett sale al escenario acompañada de un baterista y un bajista, nadie más, y el formato power trío le conviene. El sonido frontal y desnudo que suda la banda viaja de manera horizontal, se abre en el espacio y se amontona en nosotros. Ella es la única guitarrista y algunos de sus solos llegan al noise más excitante (Small Poppies y Kim’s Caravan son ejemplos perfectos), mezcla de Sonic Youth y Pavement: todo belleza. Courtney Barnett tiene 29 años y una voz que se para sobre los hombros de las máquinas que han secuestrado la música popular de los últimos años, es más, podría liderar a un grupo de rebeldes y acabar de una vez por todas con la inteligencia artificial ¡Abajo los sintetizadores y las secuencias, arriba las guitarras!

Y tiene esos ojos, celestes, cristalinos, casi transparentes, como dos luceros alumbrando un basurero.

(El Comercio)