6.06.2016

La cuarta pared



Hay en el pueblo un dolor silencioso y paciente, que se encierra en sí mismo y calla.
Pero hay también un dolor a flor de piel: rompe en lágrimas y desde ese instante se va en lamentos.

Dostoyevski–

Dicen que si hubiera sido un viernes a las tres de la tarde se moría medio Portoviejo.


La casa está en el camino a Picoazá, unos metros más adelante de la gruta de San Cristóbal y de la iglesia de cemento donde se le piden milagros al santo patrono de los choferes. El primer piso es una especie de departamento que parecería estar enterrado en la tierra. El segundo piso tiene diez metros de largo y tres metros de alto. Antes del terremoto, la fachada de la casa era una pared hecha de ladrillos interrumpidos por tres ventanas. Esa pared ya no está. Los ladrillos empezaron a caerse uno a uno la noche del sábado 16 de abril entre las 18h58 y las 18h59. Durante más de una semana, la casa no tuvo rostro. ¿Qué harías si un día, después de un terremoto, se te cae la cara? Quedaron las paredes de los lados, la pared de atrás y el techo, que es de caña. Desde la calle, la casa parecía el escenario de un teatro. Cuando todos estaban durmiendo parecía una pintura.


Dicen que la gente ya no sabe si está temblando de verdad o de mentira.


En la casa viven Jaqueline Navarrete, sus hijas Nadeline, de 12 años, y Oriana, de 6 años; su esposo, que maneja un triciclo a pedal y trabaja transportando alimentos entre los mercados de Portoviejo, y Sonia Rodríguez, su madre, que tiene la pelvis fracturada. Sonia estaba asomada a la ventana del centro cuando el mundo empezó a moverse más de lo normal. Quiso caminar hasta la puerta y quiso bajar por la escalera de tablones de madera que conecta la planta alta de la casa con la calle, pero no alcanzó, dio unos pasos hasta el pequeño balcón que está a un costado y se lanzó desde ahí. En la casa tienen la costumbre de comer temprano, almuerzan antes del medio día y meriendan antes de las seis de la tarde, por si nos pasa algo, comidas aguantamos más, dice Jaqueline, desde que yo me conozco con mi mami siempre ha sido así. Sonia cayó sobre la tierra dura y polvorienta que rodea la casa.


Dicen que parecía el fin del mundo. ¿Estás listo para el fin del mundo?


En la sala de la casa hay cuatro sillas de madera que tienen el respaldar y el asiento forrados de tela, la tela es de color rojo y a su vez está forrada de plástico transparente: la piel sudada se adhiere al plástico y, cuando se remueve, el pellejo se estira como si la silla se lo hubiera tragado. Hay, arrinconadas a cada extremo, dos mesas pequeñas en las que la familia se acomoda para comer. Hay una refrigeradora Indugama de color crema que ha sido bastante manoseada. Hay una máquina de cocer antigua de color negro marca Super Dumton, con su propia mesa y esos cajones estrechos y profundos en los que entra todo. Hay varios muñecos de juguete, bebés de plástico, varias figuras del Divino Niño y decoraciones de navidad, todo cubierto de polvo, ruinas de hace mucho antes del terremoto. Desde el terremoto las mujeres y los niños duermen en la sala, por si acaso.   


Dicen que comenzó suave y que de ahí paró un ratito y que de ahí empezó feisisísimo y que uno parecía títere.


Sonia, la madre de Jaqueline, es viuda, su esposo, Aladino Navarrete, murió electrocutado mientras trabajaba en una construcción. El accidente sucedió en 1999 y fue entonces cuando los patrones de Aladino construyeron las paredes de ladrillos de la casa porque antes todo era de caña. Las paredes que dividen la geografía interior, tres habitaciones y una cocina más bien estrecha, todavía son de caña y siguen paradas. Jaqueline, sus hijas, su hermana Targelia y los hijos de ella, Jonathan, de 5 años, y Yahir, de 10 meses, hacen siesta sobre un catre de paja por las tardes. El terremoto sorprendió a Targelia y a sus niños en la casa. Jonathan tiene una herida profunda en el talón del pie izquierdo: un ladrillo saltó de la pared y lo lastimó mientras trataba de correr hacia la calle, donde estaban sus padres. Le cogieron puntos pero él se los sacó con los dedos de las manos y a nadie parece importarle que se los haya sacado.


Dicen que no se podía caminar porque la tierra te jalaba.


Esa noche habían comido bistec de pescado con arroz y plátano asado. Para llenarnos bien, dice Jaqueline, por eso es que yo aquí tengo es pura gordita. Los niños de la casa, los hijos de Jaqueline y los hijos de Targelia, son criaturas delgadas. A Oriana –nombre que se robaron de una telenovela cuyo título no pueden recordar– le gusta bailar salsa: mueve los hombros, los brazos y las piernas como si estuviera corriendo en el aire. Su madre dice que la llevará a la televisión para que se haga famosa, pero es una broma. Jonathan tiene una cometa, todos los niños de por aquí tienen una cometa y todas las cometas son iguales: están hechas con fundas plásticas, una funda grande como vela y varias fundas pequeñas atadas entre sí como cola. Cometas temblando encima de las cercas de las otras casas. ¡Dale piola, oe, dale piola! Cometas enredadas en los cables eléctricos.    


Dicen que ser manabita es un orgullo pero que ser portovejense es una bendición.


La casa estuvo abierta entre el sábado 16 y el domingo 24 de abril. Ese día, un camión del ejército se detuvo frente a ellos y los militares les entregaron una malla publicitaria en la que aparece un plato humeante de fanesca casera de Las Menestras del Negro, la cadena quiteña de comida rápida tradicional. Cortaron una cuerda en varios pedazos y perforaron el extremo superior de la malla para poder atarla a uno de los troncos que sostienen el techo. Doblaron el extremo inferior en el piso de la sala y le pusieron ladrillos encima para fijarlo en el suelo. ¿Qué se siente tener piel sintética en la cara? Durante el día, levantan un par de ladrillos y recogen un poco la malla para ganar algo de luz. Podrían subir por las escaleras y saltar hacia la sala. Pero no. Suben por las escaleras y aunque resulte inútil entran por la puerta y si alguien se olvida de cerrarla alguien se acuerda de gritar cierra la puerta, oe.


Dicen que en Portoviejo los maestros son arquitectos, ingenieros y cualquier otra cosa que necesite.     


Cristian, el sobrino de Jaqueline, tiene 13 años y vive en la casa de al lado, donde también se les cayó una pared, la de atrás. Cristian vive con sus padres y con sus abuelos y por las tardes desgrana mazorcas de maíz con un rallador de metal: los granos son para los 24 pollos que crían en el patio trasero. Dice Cristian que fue como cuando Gokú, el héroe de Dragon Ball Z, se transforma en Súper Saiyan, que el cielo se puso verde, que la tierra estaba caliente, que las piedras se levantaban del suelo y que de las nubes bajaban como unos rayos de candela. Cristian pensó que se trataba de un sueño: para él, lo realmente sorprendente fue descubrir que estaba despierto. Cristian me pregunta cuáles son mis apellidos y cuando le respondo dice que esos son apellidos de rico. Cristian me pregunta cuánto me pagan por escribir esto y yo le miento. Una gallina da vueltas alrededor de la casa. Cristian y yo nos fijamos en algo que cuelga de su pico. Es como peludo, me dice Cristian. Luego baja las escaleras corriendo y comienza a perseguir a la gallina. Cristian regresa emocionado, tiene los ojos grandes y el asombro atravesado en el rostro. Se estaba comiendo una rata y le arrancó la cabeza, me dice sonriendo.


Dicen que el centro de Portoviejo olía a muerto como hasta el lunes.


Jaqueline se para en el filo de la sala, que es también el filo de la casa. El sol inventa las sombras que entran en la sala a medida que avanza la tarde, figuras de una oscuridad tan sólida que cuesta creer que sean capaces de moverse. Jaqueline habla con uno de sus vecinos. Mejor dicho, grita. Grita sólo él se va a beneficiar, nosotros, ve, nada… sí, él, porque él vende la revista en Quito y hace plata, allá no tenemos ni cómo ir a buscarlo, mejor que nos haga la pared, ¿diga? Luego me mira, fija sus ojos en mi libreta de apuntes, mira a su hermana Targelia, le dice ahí está anotando que nosotras gritamos, y suelta una carcajada. Targelia apenas sonríe con la boca cerrada. Jaqueline tiene las rodillas raspadas y esas heridas se están cubriendo de costras. Le pasó al otro día, el domingo, tratando de perseguir a un camión que estaba repartiendo alimentos. Uno andaba hasta psicoseada, dice.


Dicen que cuando te preguntan dónde estabas tú ya sabes que te están hablando es de ese día. ¿Dónde te cogió?


Al día siguiente recogieron los ladrillos que se habían caído y los amontonaron frente a la casa. La primera semana fue la más larga. Las mujeres y los niños dormían adentro, detrás de las sábanas que colgaban donde ahora está la malla de Las Menestras del Negro, y los hombres, el esposo de Jaqueline, algún vecino y algún familiar, dormían en un colchón de los 101 Dalmatas echado en la tierra, entre la casa y la calle, haciendo turnos para estar de guardia. Se acostaban a eso de las 11 de la noche. Antes se acostaban más temprano porque cuando hay mucho trabajo en el mercado los hombres salen en sus triciclos desde las 3 de la mañana y no vuelven sino pasadas las 7 de la noche. Pero esa semana, aunque salían antes del amanecer, no había trabajo ni en el mercado ni en ningún otro lado. En cada “carrera”, el esposo de Jaqueline gana $1,50 o $2,00 dólares como máximo.        


Dicen que cuenta vas a apagar el celular, que lo tengas prendido así no te entren las llamadas.


A la hora del almuerzo, las madres se acomodan en las sillas o se sientan en el piso y les dan de comer a los niños más pequeños. El señor que les vende el pescado no ha vuelto a aparecer desde ese día y lo que hay en la casa es caldo de hueso con verduras. El niño come una cucharada, la mamá come otra y luego, en orden aleatorio, cada miembro de la familia se acerca al mismo plato y se roba una o dos cucharadas. La única que come en su cuarto es Sonia porque pasa todo el día acostada boca abajo, como le ordenó el doctor, viendo televisión. Si el niño pequeño ya no quiere comer, el plato pasa a las manos de sus hermanos mayores o de quien tenga hambre. El choclo se lo comen al final, una mazorca rebanada que reparten entre todos: cuando terminan, lanzan los trozos a la calle, alguno se pierde entre los ladrillos amontonados. Jaqueline y Targelia lavan los platos en una lavacara, el agua es turbia y espumosa, cuando terminan, lanzan el agua a la calle y riegan los ladrillos que antes eran su pared.


Dicen que la gente todavía no puede dormir.
  

Los boinas rojas son la tropa de élite del ejército ecuatoriano, un grupo de operaciones especiales entrenado para cumplir misiones de alto riesgo. Los boinas rojas están por todo Manabí. Están en las calles con sus uniformes de mangas largas y sus armas pegadas al pecho. Jaqueline los ve y vuelve a pararse en el filo de su casa y vuelve a gritar. Oiga, ¿ustedes son los que andan repartiendo ayuda? El boina roja que se voltea para mirarla levanta la mano como si estuviera deteniendo el tráfico y le pide que se calme. No, no están repartiendo ayuda, están requisando automóviles y motocicletas, buscando quién sabe qué. Jaqueline, que quiere su pared de vuelta o ayuda para su madre facturada, no obtiene ninguna respuesta. Tampoco insiste. Vuelve a su cuarto y se echa en la cama a descansar. El tráfico se detiene frente a la casa y el polvo de la calle trepa hasta la sala.


Dicen que todos conocíamos a alguien que murió ese día.


La noche del sábado 16 de abril colapsaron 120 edificios en 157 manzanas de la ciudad de Portoviejo. Jaqueline y su familia no lo supieron hasta el domingo, cuando, como la mayoría de habitantes de la capital de Manabí, alcanzaron a ver la verdadera magnitud de la tragedia: el domingo nos dimos cuenta de que lo que había pasado era terrible y de que lo peor era que nos había pasado a nosotros. ¿Lo sentiste? Esa noche, la gente caminaba por el medio de la calle, se subía a los autos de los extraños y decía por favor llévenme a mi casa, con mi familia. En el centro había una nube de polvo y la gente caminaba esquivando los escombros y gritando los nombres de las personas que se les habían perdido: algunas nunca respondieron. Cinco días después el polvo seguía en nuestra boca, se prendía del paladar y se asentaba en la garganta. Nunca he estado en una ciudad bombardeada, pero debe ser así.


Dicen que primero tuvieron miedo de que la casa se les cayera encima y después tuvieron miedo de que el piso se abriera y la tierra se los tragara. 


En la refrigeradora hay fundas de hielo que venden a 25 centavos y fundas de agua que venden a 15 centavos; también venden cigarrillos Líder a 40 centavos cada uno. Antes del terremoto no vendían nada. Con eso nos ayudamos, dice Jaqueline. Cada tres o cuatro días, una camioneta en la que viajan civiles que están repartiendo ayuda pasa por la casa y les deja un racimo de plátano, botellas personales de agua, fideos, mantequilla y aceite. El resto es la incertidumbre. El gran problema de vivir al día es permanecer eternamente atrapado en el presente. Esta familia no puede hacer planes a largo plazo. No piensan en cambiarse de casa porque no tienen dónde ir. No piensan en ponerse zapatos: las plantas de sus pies se están volviendo amarillas y están desarrollando ese cuero grueso que les permite a los campesinos caminar sobre las piedras. Están condenados a su destino.


Dicen que la gente ya no quiere trabajar porque tiene raciones para siete meses.


La casa está como blanda, dice Jaqueline. Al principio, la gente que pasaba se detenía a mirar el interior de la casa, que estaba perfectamente ordenado y donde la vida seguía transcurriendo porque no había otro remedio, una vida expuesta a los demás, vulnerable, frágil, casi pública. ¿Seguirías haciendo todo lo que haces si todo el mundo pudiera ver lo que estás haciendo? La basura de la casa se reúne en el piso de la sala. Targelia lava una toalla y la exprime sobre el piso de la sala. El pequeño Yahir pasa largos ratos sentado en el piso de la sala porque nadie tiene tiempo para cargarlo en brazos. En las paradas de bus hay una leyenda que dice “7,8 grados sacudieron a Portoviejo, 300.000 almas de acero lo levantan”. Es lo que queremos creer. Es lo que tenemos que creer. Es lo que creemos. ¿Qué hacemos con estar tristes?, me pregunta Jaqueline. 


Dicen que es mejor no salir de noche hasta que las cosas se calmen pero nadie sabe cuándo nos vamos a calmar.  


La pared de la casa empezó a caerse ladrillo por ladrillo hasta derrumbarse por completo.  La cara de la ciudad sigue desprendiéndose desde las raíces. Nos encontramos en la calle, nos saludamos, nos damos un abrazo, conversamos y nos despedimos diciendo qué bueno saber que tú y tu familia están bien. Nos reunimos y conversamos pero nadie se atreve a poner música. Nos tomamos un trago, pero nadie se atreve a emborracharse. Estamos parados frente a lo que no tiene nombre. Estamos unidos. Esas cosas que siempre habían estado allí ya no están, esas cosas que eran como un retrato de nuestra vida han desaparecido. Estamos asustados. Ya no queda ningún lugar sagrado.

(Mundo Diners)

5.30.2016

Reuniones


Cinco hombres, todos más o menos relacionados con el mundo audiovisual latinoamericano, están sentados a la mesa de un pequeño cuarto de conferencias en un hotel de Quito. Hay un cineasta veterano y un gestor cultural (ambos extranjeros), dos profesores universitarios (ambos serranos) de los cuales uno, además de la respectiva maestría en comunicación, tiene un doctorado en algo que podría ser, o no, historia de la imagen en movimiento. El quinto hombre, el menor, el que quiere salir corriendo, es un periodista costeño cuyo único cargo –más bien honorario– es el de cinéfilo.

Los hombres han estado deliberando por más de ocho horas sobre qué proyectos deberían recibir fondos concursables (es decir, plata) por parte del gobierno y cuáles no. Los hombres, que leyeron los proyectos antes de compartir sus opiniones y escuchar a las personas que fueron a defenderlos, han llegado a varias conclusiones unánimes y creen que han distribuido los recursos de los que disponen con justicia; creen, sobre todo, que han “premiado” a quienes más desarrolladas tienen sus ideas y, por lo tanto, pueden ponerlas en práctica de forma rápida y eficiente.    

El periodista, que está acostumbrado a trabajar en la intimidad de su hogar o, cuando mucho, a discutir con su editor o con los miembros de algún consejo editorial, está agotado y en lo único en que puede pensar es en llegar a su casa y, en el mejor de los casos, ver una comedia ligera hecha en Hollywood antes de acostarse a dormir y olvidarse para siempre de frases como “la creación de un espacio como este permite el desarrollo de nuevas lecturas sobre temas que la sociedad maneja como realidades unidimensionales”, o “las voces autóctonas alimentadas de manera empírica en la marginalidad complementan la cosmogonía del país”.

El periodista, que no tiene el valor suficiente como para guardar sus cosas de una buena vez, despedirse y largarse sin mirar atrás, se queda observando a sus compañeros, que siguen discutiendo como si la reunión no hubiese terminado. ¿Por qué?, si ya decidieron, si ya redactaron el acta (una tormenta de eufemismos académicos para decir, básicamente, le vamos a dar la plata a este mansito y al otro no), si todos tienen familia y amigos que deben estarlos esperando. ¿Por qué?, si ya es tarde y a esta hora el tráfico es insoportable y para colmo está lloviendo y francamente no podrían decir más de lo que han dicho ni “enmendar errores culturales históricos que delatan la amnesia nacional”. ¿Por qué?, si ya les pagaron.

Entonces el periodista descubre o al menos intuye lo que está pasando. Y piensa: a ver, estos manes fueron a la universidad al menos cuatro años, luego hicieron maestrías durante otros dos años y, finalmente, un doctorado de por lo menos un año más (sin la tesis), esta gente debería estar capacitada para acelerar el pensamiento colectivo, escanear la coyuntura de un vistazo, desmembrar el entorno y decir simplemente “sí” o “no” Estos manes, piensa el periodista, deberían tener el conocimiento suficiente como para ganarle la batalla al tiempo en vez de hacer lo que hacen: dilatar cada segundo hasta que hayan citado todos los libros de ensayos que han leído en su puta vida. ¿No es para eso para lo que fueron a la universidad, para hacernos ganar tiempo? La verdad, concluye el periodista, es que no parecen haber aprendido nada más allá de la vanidosa costumbre de decir todo lo que piensan porque así, en un movimiento triste que exhibe sus peores cualidades, justifican no sólo su presencia en reuniones como esta sino su dudoso lugar en el universo. 

(SoHo)

5.23.2016

Behind the Book


…cada hora trae su propio afán.
– Rafael Restrepo Santos –

Las mujeres terminan en la cama y los hombres terminan cuando se lo cuentan a sus amigos. Pasa en la mayoría de los casos y en las mejores familias. Besar y contar. Kiss and tell, como el género que eleva los chismes a la potencia de la literatura. Sudor, la nueva novela del escritor chileno Alberto Fuguet, no es exactamente eso, pero así se siente: como si la única forma de asumir y escapar de ciertos recuerdos, de ciertas cosas y de cierta gente, fuera abrir la boca y vaciar el corazón. Vaciarse.

Todo es personal y todo lo que es personal merece una historia, dice Alfredo Garzón, la voz en off que empuja el libro durante más de 600 páginas. Alf, como le dicen sus amigos, trabaja como editor de no ficción en la sucursal santiaguina del sello Alfaguara. Esa es, digamos, su identidad secreta. Cuando no está revisando manuscritos o convenciendo a sus autores de escribir lo que él quiere leer –y, obvio, lo que quiere vivir– está en Grindr, mirando perfiles, dando likes, abriéndose para unos y bloqueando a otros.   

A veces, Alf usa el sexo como una válvula de escape, contacta a hombres que están a pocos metros de distancia y tiene encuentros casuales que, en el mejor de los casos, cubren de intensidad sus momentos más solitarios. Tirar para sentir. Tirar para dejar de sentir. Es comprensible: su interior está poseído por la presencia de su último novio, pero es él, Alf, el que a ratos parece un alma flotando encima de su propio cuerpo. El que cagó y se vino abajo fui yo. Todo por dentro, discreto, calmado. Como un buen editor.    

Sudor tiene la atmósfera sólida del pasado inmediato. Casi todo sucede entre el 28 y el 31 de octubre del 2013, durante la FILSA, la Feria Internacional del Libro de Santiago, días faranduleros de los que Alf quisiera escapar pero, como se sabe, es imposible escapar de aquello que te encuentra. Los invitados de honor son el escritor colombiano-mexicano Rafael Restrepo Carvajal, vieja gloria del Boom Latinoamericano (íntimo de Marcelo Chiriboga, por supuesto), y Rafael Restrepo Santos, Rafita, su hijo, un poeta joven y hemofílico de evidente estructura millennial.

Los Restrepo están de gira por el cono sur presentando El aura de las cosas, un libro-objeto de pasta dura y gran formato –tipo TASCHEN– que contiene fotos del hijo (retratos en blanco y negro de celebridades de varias generaciones, desde Lola Beltrán hasta James Franco) y textos del padre. Y sí, cualquier parecido con la realidad es absolutamente intencional (googlear Retratos en el tiempo). Los Restrepo son la versión-para-la-ficción de Carlos Fuentes y su hijo Carlos Fuentes Lemus, que se dedicó a pintar, escribir, filmar y tomar fotos antes de morir a los 25 años de edad.  

Curioso. Después de Sudor, que también es la venganza hilarante de un autor que sabe ajustar cuentas como los mejores, cagándose de risa, y que al final gana aunque su personaje en un momento lo pierda todo, uno se queda con ganas de volver a los libros de Fuentes o de tomarlo en serio por primera vez y de saber algo más sobre su hijo. La novela gatilla preguntas que se reproducen como links, ¿le habrá dolido mucho que le dieran el Nobel a Vargas Llosa?, ¿escribía lo que sentía necesario o escribía lo necesario para triunfar?, ¿alguna vez pensó que su vida de escritor le había costado la vida de sus hijos?, ¿se arrepintió? Creer que los padres son responsables del destino de sus hijos sería injusto, sobre todo para los padres de esos hijos, pero a veces, para protegerlos del sol y del calor y del mundo, los tapizan con su sombra y finalmente los anulan.

Desde mucho antes de su aterrizaje, Rafita ocupa las páginas de Sudor y la vida de Alf como un vortex: hay gente así, agujeros negros que caminan. Mientras su padre da entrevistas y almuerza con políticos Rafita procura el desmadre. Boys just wanna have fun. Quiere pepas, pases, champagne. Quiere una suite y una van y una fiesta con 24 Hour Party People. Quiere acostarse con Alf y enamorarse de él y que ese amor sea inolvidable mientras dure. Quiere prostituirse en las calles de Santiago sólo para saber qué se siente. Quiere acostarse con chicos pobres, feos pero guapos, y tomarles fotos desnudos para Anal Magazine del DF. Alf, en cambio, quiere parar. Amó y sufrió y ahora guarda la distancia y practica la variedad para no engancharse con nadie. Rafita es un gancho. Fino, doblado y puntiagudo como un gancho.

Yo creo que tengo la facha, el look y quizás la ropa para ser un escritor moderno, pero no creo que tenga el resto. ¿Ellos lo tienen? Alf se pregunta demasiadas cosas para su propio bien, pero tiene una historia y tiene un personaje, lo suficiente para no caer en la negligencia de los autores que, como él mismo dice, publican mucho pero escriben poco. Y, al contrario de lo que piensa, la trama de esos días tiernos y salvajes gira en torno a él y no a Rafita. Si algo queda claro es que una persona fragmentada por sus sentimientos no puede volver a levantarse sino hasta después de una demolición total. El amor nos rompe en mil pedazos, imposible recogerlos todos.   

Mi padre no es malo, pero se volvió cobarde, que es lo peor que uno puede ser, ¿no?… Quiso hacer una carrera legítima cuando la gracia es destrozarla. Siempre. Partir de cero. Siempre. Dejar obra pero no obsesionarse con ella. Las palabras son de Rafita pero las escribió Fuguet y con ellas define mejor que nadie lo que pasa en Sudor: Escribir para desintoxicarse, recordar para olvidar, contar para poder seguir viviendo. Con todo. Cero huevadas. Fuguet Unchained.     

(El Comercio)

5.16.2016

Salir del carro


Stanley Kubrick, para muchos el mejor director de cine del siglo XX o por lo menos de la segunda mitad del siglo XX, recibió en 1997 el premio D. W. Griffith, una especie de Óscar más sofisticado y menos farandulero otorgado exclusivamente por los miembros del Sindicato de Directores de América.  

Durante su corto discurso de agradecimiento grabado en Londres, donde estaba filmando Eyes Wide Shut, una de sus mejores películas y también la última que hizo, Kubrick recordó una conversación con Steven Spielberg en la que le preguntó, para ti, ¿qué es lo más difícil de dirigir una película? Spielberg, cuyos triunfos son tan milagrosos y monumentales como sus fracasos, le contestó: salir del carro.

Spielberg se refería a la conclusión de ese viaje entre el lugar donde duermes y el lugar donde filmas. Se refería, más específicamente, a ese momento en el que ya no se puede dar vuelta atrás: hay que seguir filmando, suerte o muerte. Estoy seguro de que todos saben cómo se siente, dijo Kubrick.

Hay artistas que pueden cronometrar sus emociones y planear hasta el último detalle antes de empezar a darles forma, pero la mayoría, y me atrevería a decir que los mejores, los más valientes, saben que su trabajo es gatear a tientas por la oscuridad.

Salir del carro puede traducirse de varias formas: salir de la cama, bañarse, vestirse, tomar un bus para ir a la oficina, treparse en la bicicleta para ir a la oficina, encender el motor y manejar cuarenta minutos para llegar a tiempo a un trabajo de mierda, dejar a los niños en la escuela y luego abrir el negocio, caminar varias cuadras hacia el negocio de otro y preguntarse, ¿qué estoy haciendo con mi vida?

El único conocimiento absoluto que puede alcanzar el hombre
es saber que la vida no tiene sentido
–Lev Tolstói–

En Here Comes The Sun, George Harrison dice algo como esto: aquí viene el sol y todo bien. Fácil de decir, bueno para cantar, pero difícil de hacer. Aceptar la llegada de un nuevo día es un acto de coraje y a veces es simplemente un suicido. Aceptar la llegada de un nuevo día implica seguir viviendo.

- Para ti, ¿qué es lo más difícil de dirigir una película?
- Salir del carro.

Salir del carro. Levantarse cuando nada tiene sentido, cuando estamos solos y tristes, arrastrándonos bajo el sol, mordiendo el polvo del pasado. Abrir los ojos para ver lo que no queremos ver, recordar las cosas que tienes que hacer, reunir fuerzas para hacer las cosas que no quieres hacer, reconocer que hay ciertas cosas que ya no nunca harás, cosas que ya no hiciste. Recordar a la gente que hemos perdido. Y seguir.

(El Diario Manabita)