4.05.2017

El miedo es parte del negocio (una canción)


There is no comedy, 
no drama about perfect people.
– Billy Wilder –

Intro

Lo que yo quiero es que alguien lea esta historia, meta un par de cosas en una mochila y se vaya de su casa a tocar rock and roll. Pero no prometo nada. Al final quizás suceda exactamente lo contrario: alguien termina de leer esto, deja caer la revista o se desprende de la pantalla o suelta el teléfono y sale corriendo en cámara lenta pero a toda velocidad porque está volviendo a casa después de haber estado lejos por muchos, muchos años.

Primera estrofa

Una chica alta, muy blanca y muy guapa, guapísima, camina como confundida en un descampado recinto militar, su figura es la de un ángel extraviado. Estamos en Quito a finales de los 1950’s y todo el mundo se ve como se veía en esa época: esos trajes, esos raros peinados viejos, ese tono lavado que adquiere la piel en las fotos. Un chico la descubre y la persigue con la mirada; en verdad, son varios los ojos que caminan pegados a sus pasos, pero sólo él se acerca, sólo él se atreve. ¿Puedo ayudarla?, le pregunta. Sí, contesta ella con acento extranjero, estoy buscando al Mayor Alvear, de caballería. Soy yo, dice él. Entonces la chica, que se llama Anne Lalley y ha llegado hace poco de los Estados Unidos para trabajar como secretaria en la embajada americana, le dice que quiere aprender a montar caballos y él le dice que puede enseñarle. Y es aquí, justo aquí, cuando se enamoran. No antes. No después. Aquí. En este preciso silencio que se tiende entre los dos como un puente y los rescata del vacío.    

Segunda estrofa

El hijo mayor de la familia Alvear-Lalley se llama Álex y se parece a su madre, Yo de chico era suco-suco, casi albino, me sentía medio extranjero, me dice; incluso ahora, con esa cara de Robert Plant y la apariencia de Bruce Springsteen –el jean, la camisa con las mangas recogidas por encima del codo, el chaleco–, se revela a veces en él una especie de aliento femenino. Viven en La Gasca, que en ese tiempo es una orilla de la ciudad al pie de la montaña. Viven en una casa que es igual a las otras casas de la misma calle, cuadrada, estrecha, y los vecinos son gente como ellos: otro militar, otra esposa, otros hijos. Las diferencias empiezan puertas adentro. El padre de Álex es muy estricto, muy tenaz. En la casa, por ejemplo, no se permite la televisión, y el pequeño pasa las horas donde sus amigos, hechizado por los colores que aparecen inexplicablemente en la pantalla. Vuelve justo antes de que su papá regrese del trabajo, y en las noches tranquilas su madre pone discos de música clásica o toca sambas en la guitarra. Yo decía qué chuchas es esta huevada, pero si tengo algo de oreja es gracias a eso.   

Coro

Ayer toqué a Dios / Acabo de tocarlo / Siempre me pasa lo mismo / Al día siguiente me levanto y digo Ayer toqué a Dios / ¿Y ahora qué? / ¿Ahora qué hago? /  Acabo de tocar a Dios / ¡Lo acabo de tocar!

Tercera estrofa

Cuando Álex Alvear tenía siete años, su madre lo puso en lecciones de piano con la intención de que aprendiera a leer música, pero él hizo trampa. Mientras la profesora tocaba alguna melodía siguiendo el rastro de la partitura, diciendo a ver, esto es así, él se fijaba en la danza de sus dedos y se aprendía las canciones de oído. Iba todo perfecto, me cuenta, pero al final la man me dijo “vamos a hacer un recital con todos los estudiantes [y todos los padres de esos estudiantes, se entiende], aquí está tu partitura” Y yo: chucha, ¿qué hago con esto? La profesora se dio cuenta de que uno de sus alumnos más prolijos era incapaz de leer una sola nota y entonces, quizás para salvar el pellejo frente a los padres del chico, tocó una pieza varias veces para que Álex se la grabara en la cabeza, la practicara durante unas horas y saliera bien librado del primer concierto de su larga carrera musical. Curioso. Él me cuenta esta escena entre risas, como si fuera algo sin importancia, una travesura que recordó por accidente, pero después de haberlo visto tocar en vivo varias veces me queda claro que aquella fue la primera aparición del instinto que ahora lo empuja en cada show.              

Cuarta estrofa

A comienzos de los 70’s la familia se muda al valle de los Chillos, donde todavía no hay nada de lo que hay ahora, ni tiendas ni fritanguerías ni Supermaxis ni nada, y queda prácticamente aislada, separada de la ciudad por una hora de viaje en auto. Eso afectó un poco la dinámica de la familia, me dice, porque éramos súper sociables en el día a día y de repente estábamos ahí, solos. Álex es ya un adolescente al que le han pasado por lo menos dos cosas que son claros anuncios del futuro. 1) Un viaje a Estados Unidos, a casa de los abuelos maternos, donde escucha por primera vez el Álbum Blanco de Los Beatles (me sacó la puta, dice) y por su cumpleaños pide que le regalen el sencillo Born To Be Wild, de Steppenwolf. 2) Su padre abandona la milicia para formar parte de una compañía distribuidora de electrodomésticos y la casa se llena de equipos de sonido con tecnología de punta, parlantes inmensos de alta fidelidad y discos, muchos, hartos discos nuevos. La casa se llena con música.

Y algo más: Fidel Jaramillo, el actual representante del BID en Costa Rica, uno de sus mejores amigos en el Colegio Americano, le enseña a tocar guitarra. Y Álex aprende, practica, se engancha. Y su padre advierte la cercanía del peligro.

Coro

Ayer toqué a Dios / Acabo de tocarlo / Siempre me pasa lo mismo / Al día siguiente me levanto y digo Ayer toqué a Dios / ¿Y ahora qué? / ¿Ahora qué hago? /  Acabo de tocar a Dios / ¡Lo acabo de tocar!
Quinta estrofa

Esto pasa durante una cena en la que toda la familia –papá, mamá, cuatro hijos– está reunida alrededor de la mesa, masticando, acaso en silencio. Álex, ya graduado del colegio, gasta sus días metido en la guitarra y adivinando cuál será su lugar en el mundo: aquella famosísima pregunta existencial, ¿Dónde me paro? Yo ya estaba tocando música, pero mi viejo no era muy feliz con eso y se crearon muchos conflictos en la casa: patada y puñete, literal. (A lo largo de varias entrevistas que se sucedieron durante ocho meses, entre abril y diciembre del 2016, Álex nunca entró en mayores detalles sobre estos episodios, a los que llamó “enfrentamientos físicos”. En algún momento, quizás descuidado o vulnerable, añadió que los enfrentamientos “eran fuertes”. Eso fue todo lo que dijo, pero me pareció verlo asustado y reducido ante la certeza de un recuerdo terrible) Y bueno, mi viejo dice “mañana, a las siete de la mañana, vamos a salir porque te inscribí en la Politécnica para un curso de computación” (en el Ecuador de 1979 esto resulta visionario, acertado, casi clarividente) Y ahí sí, ese rato dije esta huevada no va para ningún lado. Nos despedimos, se fueron todos a dormir y yo me salí por la ventana con una maletica. Me largué pa’la pinga. Me fui de la casa. 

Sexta estrofa

Cuando lo volvemos a ver, Álex parece el antihéroe-protagonista de una comedia musical medio hippie (tipo Hair, digamos): ha cortado prácticamente todo contacto con su familia y está flaco, estirado, el pelo largo y brillante le cubre la frente y cae detrás de su nuca; la ropa que lleva podría ser prestada, o no, podría estar sucia, o no; y se nota que todos los días usa el mismo par de zapatos. Vive en casa de un amigo que es actor de teatro, Francisco Denis, quien luego formaría parte del grupo Malayerba. Por las mañanas trabaja como chofer de la abuela de su amigo Fidel Jaramillo, conduce el carro, hace viajes constantes al mercado, hace las compras, y también lleva a la señora de un compromiso social a otro y la espera mientras ella cumple con esos compromisos. Por las tardes trabaja como librero en la primera Libri Mundi que hubo en Quito, en La Mariscal. Era bacansísimo, loco, me daban descuento en los libros, me dice, y sonríe: esa cara que ponemos cuando se nos es permitido volver al comienzo de la curva, allá donde la vida parecía más fácil. El resto es música. De aquí en adelante, el resto será sólo música por todas partes.

Coro

Ayer toqué a Dios / Acabo de tocarlo / Siempre me pasa lo mismo / Al día siguiente me levanto y digo Ayer toqué a Dios / ¿Y ahora qué? / ¿Ahora qué hago? /  Acabo de tocar a Dios / ¡Lo acabo de tocar!

Solo de voz
(Intérprete: Álex Alvear)

A mí lo que me cambió la vida fue conocer a Juan Carlos González y a Hugo Idrovo. Ellos recién habían llegado a Quito, no tenían ni cuatro meses aquí, venían huyendo de Guayaquil, allá la realidad era muy, muy jodida.

Los conocí y nos fuimos a guitarrear. Yo tocaba covers, How I wish / How I wish you were here, pero estos manes tocaban música de ellos, y no una, no dos, ¡todo lo que tocaban era de ellos! Esa música fantástica me conmovió hasta la médula, me sacó la puta. ¿Cómo será que hacen estos manes?, pensaba.       

Ahí fue cuando se me viró la cosa. No es que empecé a componer al día siguiente, me tomó mucho tiempo, pero aprendí mucho sólo al estar expuesto a ellos. Casi todo lo que sé de guitarra lo aprendí de Juan Carlos. Y esa onda de Hugo, súper original, ya sabes, esa vaina de que nadie suena a Hugo.

Tenían una audiencia, incipiente, pero aquí ya habían orejas.
En Quito había una “escena” en la que todos los artistas hangueaban juntos. Los teatreros, los bailarines, los pintores y los músicos eran una sola comunidad.   

En esa época también aparece El Viejo Napo. Yo ya lo había visto. Una vez me fui a Salinas con mis compañeros del colegio, de repente escucho esta música increíble y era Napo que venía tocando el banjo, así, conversando con un pana y tocando y lo que estaba tocando era increíble. Y resulta ser pana de Hugo y de Juan Carlos.

Esto debe ser por el 82’
Yo tendría unos veinte años.
Había tanto alcohol y droga que no recuerdo la cronología de las cosas.
La droga de la época era la grifa.
Grifa nomás.

Napo, Juan Carlos y yo formamos un trío, Los Alegres panaderos se llamaba esa huevada, y tocábamos en el circuito de peñas que había en Quito, en toda la Mariscal. La Pacha Mama, El Chúcaro, La Peña Nuestra América. Esa era la “escena” y era música acústica, sin micrófonos, la gente iba a cantar. Eso lo empezaron unos chilenos que se habían exiliado acá, entonces tocaban música de Víctor Jara, Violeta Parra, esa onda. Nosotros tocábamos sones, salsita, country. 

Por un lado conocimos a la gente de El Taller de Música, Juanito Muyo, Ataulfo Tobar, Diego Luzuriaga, esa gente, que tocaban música ecuatoriana pero con una onda muy de ellos, eran mis ídolos, y formamos Rumbasón, una banda súper salsera. Y paralelamente empezamos a montar canciones de Hugo y así nació Promesas Temporales. Pero justo ahí hubo un pedo entre Juan Carlos y Hugo, un lío de autoría, o sea, fue una época muy triste para mí, de repente estos panas, que eran mis amores, mis bróderes, se pelean por una canción que ya ni siquiera se qué canción sería, y como que Promesas nunca empezó del todo: esa banda era el eclecticismo total, tocábamos sones y albazos flamenco-jazzeros.      

Pero lo hice.
Armé mi vida.
Logré sobrevivir.
Eso creía. 

Variación

Sólo un poco después, ya en los años del Febrescorderismo, los Alfaro Vive y los primeros desaparecidos en el Ecuador, Rumbasón era una banda completamente establecida que llenaba todos los teatros donde se presentaba, por lo general, el Universitario y el Prometeo, ante un público joven que soñaba con la otra cara de una moneda que resultó tener el mismo rostro de ambos lados.

En ese tiempo salió Plástico, de Rubén Blades, y eso se volvió como el soundtrack de una generación, fue el boom de la salsa aquí en Quito, me explica Álex, y nosotros fuimos como los pioneros porque nadie más hacía salsa. La gente alucinó.  

Álex tocaba el bajo, según él, porque había llegado a la evidente conclusión de que era más sencillo: tiene cuatro cuerdas y sólo tocas una a la vez. Me fijo en sus dedos, más bien cortos, más bien anchos: si no los hubiese visto subiendo y bajando por los trastes del bajo como pequeñas criaturas autónomas, emancipadas de cualquier limitación, me sería muy difícil creer que él sea, que es, uno de los mejores bajistas de este país.

Por si acaso, estamos en esa parte en la que Álex, como todos lo hemos hecho alguna vez, cree, espera o casi está seguro de que las cosas en su vida sólo pueden cambiar para bien, para mejor. Vive en Guápulo, en una casa que recuerda como un galpón donde antes había funcionado una discoteca gay y donde, según me explica, él y varios miembros de Promesas Temporales practican una convivencia propia de las comunas: hay una montaña de ropa sucia y otra montaña de ropa limpia, y ahí cada uno va viendo qué se pone (me dice, además, un poco en broma pero no tanto, que ellos impusieron la moda de andar con zapatos y medias cambiadas en la Quito de los 80’s) Cuando hay plata, es decir, cuando han tocado y cobrado, hay fiestas colosales que se dilatan durante varios días y a las que llega mucha gente; cuando no hay plata roban aguacates en el patio de un vecino y se los comen con pan y agua.

También hay períodos, me dice, donde se muere de hambre porque ya a estas alturas sólo trabaja como músico y entonces flaquea, lo que significa que llama por teléfono a su madre, la única persona de la familia con la que guarda un tipo de relación secreta, negocian un encuentro clandestino y ella le da algo de dinero para que pueda alimentarse. Con mi viejo nunca, me aclara de manera enfática, para mí era como yo había muerto ante sus ojos.

Coro

Ayer toqué a Dios / Acabo de tocarlo / Siempre me pasa lo mismo / Al día siguiente me levanto y digo Ayer toqué a Dios / ¿Y ahora qué? / ¿Ahora qué hago? /  Acabo de tocar a Dios / ¡Lo acabo de tocar!

Séptima estrofa

Un concierto de Rumbasón en el Teatro Universitario. Lleno completo, hasta las patas. Álex Alvear es el primer miembro de la banda en salir al escenario: conecta el bajo, afina, mueve las perillas del amplificador hasta encontrar su sonido. Toca un poco, como para calentar, y menea la cabeza al ritmo de lo que sea que esté tocando. Así, como bailando, gira su cuerpo hacia el público y lo ve, lo encuentra, lo distingue entre la gente: sentado en la tercera fila, completamente solo, está el Mayor Eduardo Alvear, su padre. Han pasado años sin hablarse ni verse, seguramente se han pensado, pero nada más. Y es el padre, no el hijo, el que ha dado el primer paso. Álex siente que ha ganado una pelea por la razón y no por la fuerza, que el peso de esa razón al final se ha inclinado a su favor y que ahora puede ir y volver  de la casa y de la familia libremente siendo quien es y siendo esto en lo que se ha convertido: un músico. No hay abrazos. No hay palabras. Nadie dice te quiero, te extraño, te extrañé. Nadie pide perdón. Álex apenas me hace esta aclaración: el amor está, pero no se habla, está como bajo la mesa, sobreentendido, incuestionable. La vida simplemente continúa. Y seguir viviendo involucra todo tipo de riesgos.

Octava estrofa
                                                                                                         
Álex recibe una llamada telefónica. Al otro lado de la línea aparece una voz que le dice quiero contratar a Rumbasón para un evento en Riobamba, y quedan en verse al día siguiente, a la una de la tarde, en la 6 de Diciembre y Veintimilla: cuatro esquinas bastante transitadas. Ambos llegan puntuales. Se saludan, se dan la mano y quizás también unas palmadas en los hombros. Hablan de precios y condiciones, del viaje y la estadía y el regreso. Todo marcha bien hasta que el supuesto empresario del evento le pide a Álex que se acerque a un jeep donde está su socio para confirmar los detalles del contrato. Claro, no hay problema, dice él, y camina directo hacia la trampa. Cuando llega a la puerta del jeep, siente que lo están empujando hacia adentro del carro. Álex se resiste, pero desde atrás aparece otro hombre, otro gorila, y entre todos lo refunden en el asiento trasero. Por suerte, me dice, alcancé a gritar, ¡avisen que me llevan!, ¡avisen que me llevan!, y como era de tarde la gente salió de sus negocios y se dio cuenta de todo. Gracias a ese grito desesperado, sus amigos empezaron a correr la voz y su padre, entonces ya un militar retirado hace varios años, supo que tenía que rescatarlo.

Coro

Ayer toqué a Dios / Acabo de tocarlo / Siempre me pasa lo mismo / Al día siguiente me levanto y digo Ayer toqué a Dios / ¿Y ahora qué? / ¿Ahora qué hago? /  Acabo de tocar a Dios / ¡Lo acabo de tocar!

Novena estrofa

Álex me dice que se ha creado un supuesto “mito” sobre su secuestro para transformarlo en un tema político. Lo repite varias veces durante nuestras conversaciones y usa siempre la misma palabra: mito. Pero cuando enfoca ese momento dentro de su cabeza todo parecería indicar que así fue o, al menos, que ese hecho en particular fue parte de las prácticas de una burocracia asesina. A más de treinta años de distancia, cuando ha quedado más que demostrado –en testimonios, en juzgados, en libros, en películas documentales– que durante la presidencia de León Febres-Cordero hubo gente que fue injustamente encarcelada, torturada y desparecida bajo sospechas de terrorismo o sin excusa alguna, el capítulo que incumbe a Álex Alvear se ve como una historia que acabó bien pero pudo haber acabado muy mal. Dice que le pusieron un saco de esos que se usan para cargar legumbres sobre la cabeza y que no podía ver nada. Que el jeep se movía: avanzaba, frenaba, avanzaba, frenaba, y que no entendió hacia dónde se dirigían hasta que escuchó el sonido de varias monedas cambiando de manos en un peaje. De ahí en adelante, dice, fue reconociendo las curvas, los giros y hasta los baches de un camino que él conocía de memoria: la carretera que baja desde Quito hacia el valle de Los Chillos.

Décima estrofa

El cuartel donde lo llevan se llama Aychapichu y está pasando el valle, en la vía a Machachi. Allí, a empujones, lo conducen hacia el cuarto de herraje de un establo que huele a mierda de caballo, donde le quitan sus documentos y lo atan a una silla. Al fondo, tan lejos y tan cerca, se escucha la respiración cortada de otra persona a la que deben haberle roto las costillas porque se está ahogando: es una respiración que se extingue. Los segundos se estiran de una forma imposible, el tiempo es esta cosa que deja de funcionar. ¿Cuántas horas han pasado desde que le recomendaron confesar que es miembro de Alfaro Vive?, ¿desde que le fueron nombrando a sus mejores amigos uno a uno?, ¿desde que le dijeron que la casa de Guápulo donde duermen y tocan ha estado siempre vigilada? Lo peor, lo que más asustado lo tiene, es que no le han tocado ni un pelo: esto lo hace suponer todo tipo de torturas, incluso las que no alcanza a imaginar. Yo era bocón, me dice de pronto, en los conciertos gritaba ¡León vale verga!, pero la verdad éramos hippies-fumones-anarcos-gozadores. Nuestras casas eran puntos de encuentro y quién sabe quién habrá pasado por ahí, con quién habremos estado amaneciéndonos chupando, pero jamás tuvimos conexión con nada. Hace una pausa, respira, desvía su mirada hacia un punto en la nada. Es lo peor que me ha pasado en la puta vida, dice.         

La canción sube un tono
(antes de El final)

Te vamos a dar cinco minutos para que pienses bien tu historia. Y Si no nos dices lo que queremos oír, la película va a cambiar. Esto se lo anuncian con una voz suave, terrorífica, y lo dejan solo después de varias horas preguntándole mil veces las mismas cosas. Álex Alvear tiene aquí 23 años y cree que se va a morir. En realidad, nunca sabrá cuán cerca estuvo de la muerte: si jamás pensaron en matarlo o si la esquivó por un pelo. Lo que sabe, lo que recuerda, es que cuando lo dejaron solo en ese cuarto de herraje él empezó a despedirse de la vida. Hasta aquí llegué, pensó. Todo pasó tan rápido, es demasiado pronto, pensó. Se acabo esta huevada, pensó. Les juro que los quiero mucho, pensó. Luego se escucha el motor de un auto que viene acercándose, el freno, el sonido de las puertas que se abren y se cierran, una conversación corta e inentendible pero definitiva. Una voz nueva le dice Te vamos a llevar a Quito. Me van a matar, piensa él. Lo suben al auto y esa misma voz, que es la del tipo que ahora va manejando, hace esta pregunta: Tú eres hijo del Mayor Eduardo Alvear, ¿no? Sí, responde Álex. Y la voz continúa, Tu padre es un hombre admirable, él fue mi maestro. Van en silencio el resto del camino.

El auto rueda por las calles de Quito y se detiene al pie de en un edificio anónimo del centro, cerca de la Plaza de San Francisco: son las oficinas del SIC (Servicio de Investigación Criminal), donde en esos años se resolvían este tipo de trámites, a veces con la ejecución de algún detenido. Allí lo hacen firmar unos papeles que él ni siquiera se detiene a leer y después, como si él hubiese ido a ese lugar nada más que unos minutos para firmar esos papeles, le indican dónde está la puerta y lo sueltan. Lo dejan libre.

Dos semanas más tarde, en diciembre de 1985, Álex Alvear sube a un avión y viaja hacia los Estados Unidos, donde vivirá como viven los músicos por los siguientes 28 años, hasta el 2013. 

El final
(por ahora)

Cuando lo conocí estaba por tocar en vivo su disco más emblemático, Equatorial, considerado por no pocos como el primer y por ahora único álbum de música-ecuatoriana-contemporánea (o lo que sea que eso signifique). Yo siento que hice algo trascendental, me dijo acerca del disco, y aunque estuve tentado a intentar aquí una descripción inolvidable, he decidido que no puedo hablar por la música: ahí está, búsquenlo, escúchenlo.
Mi tema es otro.

Álex Alvear está por cumplir 55 años y yo diría que por lo menos entre los artistas locales es bastante conocido o incluso famoso. En todo caso hay gente –sobre todo músicos– que lo admira. Pero él dice esto: creo que tengo una música increíble y en mi propio país no me reconocen cuando he hecho cosas bacansísimas con la música nacional. Quizá sea cierto, lo he visto buscar tocadas como principiante y derrochar los músculos del alma sobre un escenario para luego recibir 60 dólares o menos.

El tema, al final, es ese: me da miedo terminar como él. 

¿Por qué regresaste?, le pregunto. La vida en la yoni es durísima, no sé cómo aguanté tanto tiempo, me dice, y continúa, además allá es igual, en una buena noche te ganas 100 dólares y … (hace una pausa)… me di cuenta de que mis viejos estaban avanzando en edad y no quería recibir esa llamada estando allá. Se refiere, sí, a esa llamada en la que alguien te dice que la gente a la que más quieres y que más te ha querido se está muriendo. Mi vieja murió el año pasado, y no fue una fortuna, fue una cagadota, pero por lo menos estuve aquí. Ahora paso mucho tiempo con mi viejo, estando ahí, acolitándolo.

El tema, al final, es ese: quiere a la gente que te quiere, déjate querer.

¿No tienes ningún tipo de incertidumbre hacia el futuro?, le pregunto, y sólo ahora me doy cuenta de lo absurdo de esa pregunta (el tema, al final, es ese: darse cuenta) El miedo es parte del negocio, broder. Cuando vives el día a día te acostumbras a esto: la triqui, todo va bien, la triqui, todo va bien, y las cosas se van compensando. Estoy súper consciente que de aquí a unos diez o quince años ya no me va a dar el chasis, pero yo voy a seguir haciendo esta huevada hasta que el chasis se rompa y las ruedas se caigan. Hasta donde aguante. Se pueda o no se pueda.

El tema, al final, es ese: quisiera terminar como él, diciendo esas cosas y creyéndomelas, aunque fueran mentiras. Diciendo, por ejemplo, lo que está a punto de decirme: que hacer música es como tocar a Dios, que ayer tocó a Dios. 

Así, buscando eternamente las palabras para tocar a Dios.

3.27.2017

Y se hizo el Silencio


Hace ya varios días que la vi y no dejo de pensar en ella. Ahora mismo siento que jamás podré olvidarla, que se ha convertido en parte de mi vida y que adonde sea que vaya de aquí en adelante la llevaré conmigo: puesta encima como un manto, escondida entre mí como un recuerdo. Nos acompañaremos en silencio aunque yo hablaré de ella porque ella habla de mí y de ti y de todos nosotros: habla de la fe en uno mismo. Hablaré de ella, sobre ella, a través de ella, y trataré de convencerte. Quizá también se hizo carne en ti.  

Al final, cuando la pantalla se oscureció, cuando ella se acabó allá arriba para poder empezar a ser y seguir siendo acá abajo, sentí algo extraño en el pecho: como si de repente mi corazón se hubiese hecho más grande o mucho más grande y quisiera salirse de mi cuerpo y pensar en un par de cosas antes de decidir si vale la pena volver. Estaba temblando y tenía ganas de llorar. Estaba agotado por los años de viaje y exhausto por los años de encierro. Pensaba que me iba a desmayar pero la había visto y ella nunca desmaya.      

Buscamos un propósito en la vida, algo que nos de sentido, que nos guíe, que nos hable mientras vamos por ahí sueltos en el camino: algo que justifique nuestra presencia en la tierra. Y cuando lo encontramos somos capaces de defenderlo hasta la locura porque la verdadera locura sería vivir sin propósito. Ella me ha hecho pensar así. Me ha dicho que cuando uno está a punto de doblarse para poder entrar en un rincón del mundo y acomodarse, justo ahí, es cuando hay que seguir andando así no sepamos dónde estamos yendo. Buscamos un final.

El arte que te llega y te estremece no es el que habla de los demás sino el que te mete la mano en la boca y te revuelve las tripas. Sabemos que algo nos ha tocado cuando eso que le está pasando a otros se convierte en esto que me está pasando a mí, que me cuestiona, que me eleva y me deja ver desde tan lejos y tan cerca lo que soy y la distancia que me separa de la que quiero ser. Hoy somos. Mañana seremos. Después fuimos, habremos sido, éramos. Hoy es hoy y tenemos que defender lo que somos y lo que hacemos y eso en lo que creemos.     

Hoy desperté pensando en ella. Seria, adulta, larga, importante. Mientras todo pasa y nada queda, ella aparece firme a nuestro a lado como un susurro que termina en grito. El Silencio se hace entre nosotros. La vimos y ella nos devolvió en un reflejo el rostro de nuestras propias obsesiones. Hacia allá vamos, a encontrarnos con esas obsesiones. Obsesionados   en ser y seguir siendo o terminar de ser así como somos. Ella nos ha revivido.  

(El Diario Manabita)  

3.20.2017

Hay vidas que nunca empiezan


Nadie podrá olvidar las circunstancias en que Moonlight ganó el Oscar a mejor película el pasado mes de febrero. Warren Beatty recibió el sobre equivocado, leyó la tarjeta que venía ahí dentro, dijo que la ganadora era La La Land y todo el equipo detrás de aquella cinta subió al escenario a recibir el premio. Cuando los productores estaban agradeciéndole a sus familias y a la vida por haberles dado tanto, el mismo Beatty apareció con la tarjeta correcta y fue uno de los productores de La La Land quien lo dijo: no es una broma, aquí está, Moonlight, ustedes ganaron.      

El momento fue más que confuso. Algunos pensamos –yo todavía sospecho– que se trataba de una broma del anfitrión, Jimmy Kimmel, que había tenido una gran noche: el tweet a Trump para preguntarle si estaba despierto, el momento en que hizo entrar al teatro a un grupo de turistas que seguro todavía no se la creen, todas las maldades-muestras-de-cariño que preparó para su amigo Matt Damon. Además, hubo una muy sospechosa similitud con el episodio de Miss Universo (un negocio marca Trump) en el que también se anunciaron dos ganadoras, una tras otra: primero una lágrima de emoción y luego varias lágrimas de amargura. Y después de todo La La Land había sido acusada de falsa y mentirosa mientras Moonlight se establecía como una cinta llena de verdad. (En todo caso: la película grande, llena de canciones y de colores tan felices que la hacen parecer una trozo de ciencia ficción, queda en ridículo y pierde contra la pequeña, una pieza de arte moderno cuyo personaje principal lo tiene todo en contra. Muy Hollywood, digno de un Oscar)   

Meses atrás, en octubre del 2016, A. O. Scott, el legendario crítico de cine del New York Times, había titulado su reseña de Moonlight preguntándose si era la mejor película del año y resolviendo con esa pregunta cualquier duda que pudiese haber al respecto. En la columna, Scott se refería al film como una cinta hermosa desde la primera hasta la última toma, decía que los colores son ricos y luminosos, y que la música, tanto las canciones que suenan en la banda sonora (Almodóvar mediante) como las melodías compuestas para la pantalla, eran asombrosas y perfectas. Quizá todo eso es verdad o será verdad de cierta forma de aquí en adelante, pero cuando más acertado estuvo el crítico fue al definir el carácter del director, “Él no generaliza. Él enfatiza”, dijo Scott sobre Barry Jenkins, un cineasta de 38 años que apenas va por su segunda película.

Y sí, Moonlight es enfática de una manera tan sutil, tan firme, tan presente: Jenkins no explota el gueto, al contrario, lo acerca, lo aterriza, lo normaliza, y eso es lo que duele. Y, como las grandes de todos los tiempos, no depende de su trama sino que se la juega entera y apuesta todo por los personajes a quienes debe su existencia.

Al centro de la historia está Chiron, esta película es sobre él y sucede entera en tres momentos específicos de su vida.

Al principio es un niño pequeño, vive en un barrio caliente y húmedo y peligroso en el sur de Florida, y no parece conectar con nada de lo que lo rodea: niños violentos, una madre ausente, dealers que despachan en la calle. Al principio, Chiron casi no habla pero hace un amigo que acaba siendo su figura paterna, Juan (Oscar a Mahershala Ali como actor de reparto), el dealer que maneja el negocio en el barrio y tiene entre sus clientes a la madre del pequeño. Al principio entendemos que Chiron debería salir de ese mundo pero que nunca va a poder salir de ahí.

A la mitad Chiron es un adolescente flaco y alto que siempre anda en la suya, que vive para adentro. A la mitad, la mamá de Chiron es sólo los restos de lo que era y le pide dinero a su hijo para comprar un poco más, la última dosis antes de la última dosis antes de la última dosis. A la mitad, Chiron casi no habla pero tiene un amigo, Kevin, que una noche le da un beso y lo masturba en la playa y un día le parte la cara de un puñete en el colegio: porque así son las cosas, porque así es como funciona. A la mitad Chiron entiende que tiene que ser más fuerte que los demás o al menos parecer más fuerte. A la mitad nadie sabe a ciencia cierta qué pasara con Chiron.

Al final Chiron es un adulto, un gigante más ancho que alto, lleno de músculos, duro. Al final Chiron se ha convertido en dealer y recluta adolescentes que trabajan para él. Al final Chiron es lo que tenía que ser viniendo de donde vino: se nota que nunca se cuestionó, que nunca pensó que las cosas podían ser distintas, que sólo siguió el camino que le pareció más natural. Al final Chiron parece estar más solo que antes. Al final Chiron recibe una llamada de Kevin, no se han visto en varios años y quedan en verse. Al final Kevin tuvo una vida, estuvo preso y ahora trabaja como una bestia para mantener a sus hijos: eso es, mal que mal, una vida. Al final Chiron le dice a Kevin que nadie más lo ha tocado, nadie, nunca, en ninguna parte.          

Así: al principio, a la mitad, al final. Así: Pum-Pum-Pum. Así enfatiza Moonlight. Muestra sólo lo necesario y hasta menos para que cada uno pueda intuir lo realmente necesario. Hay vidas que pueden contarse de esa manera: en pocas palabras y algunos sentimientos y varias emociones. Hay personas que no son lo que dicen sino lo que hacen o dejan de hacer. A veces dan ganas de estirar la mano hacia la pantalla y ofrecérsela a Chiron, pero también da miedo que la pantalla nos jale hacia adentro y nos trague. Dan ganas de empezar a vivir porque hay vidas que nunca empiezan.                 

(Mundo Diners)

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3.06.2017

Apuntes sobre Logan


Hoy es viernes y son casi las seis de la tarde. Decidí venir a esta función porque pensé que estaría más o menos vacía, que a estas horas la gente seguiría en sus trabajos o habría empezado ya a consumirse en el fin de semana. Pero no. La sala está prácticamente llena y entre el público se distingue una clara mayoría de hombres jóvenes que llevan lentes, pelo largo y camisetas de Megadeth o Mario Bros: una raza noble de metaleros que además son gamers y leen cómics. Bien. También hay mujeres jóvenes, pero menos, y se nota que varias de ellas le están haciendo a sus amigos o novios un favor que luego podrán cobrar.

Ésta es la décima ocasión en la que el australiano Hugh Jackman hace el papel de Wolverine, también conocido como Logan. Y quizás sea la última: hasta los inmortales deben saber cuándo ha sido suficiente. Lo encontramos más deprimido, cínico e intoxicado que de costumbre. De hecho, esta pudo haber sido una gran película sobre un alcohólico tambaleando al filo de la muerte. Y de muchas maneras, cumpliendo además con las reglas del género de superhéroes, la cinta va de eso: un hombre que ya no sabe qué hacer consigo mismo y sólo quiere que alguien apague las luces pronto porque él, condenado a la eternidad, no ha podido hasta ahora apagarlas por su cuenta.

Logan sucede en el futuro cercano, el año 2029 (o sea, pasado mañana), cuando se supone los mutantes han sido completamente exterminados del mundo, pero claro, la verdad es otra: todavía existen y están más cerca de lo que creemos. En una época de franquicias infinitas, los estudios Marvel se han encargado de sembrar la semilla de toda una nueva posible generación de X-Men. Y esto bien puede ser lo mejor de la película. Desde que aparece Laura, una niña pequeña que ha heredado los poderes y el mal carácter de Logan, su padre, la cinta rejuvenece y cobra importancia. Se nos permite ver de cerca la esencia aún no domesticada de una criatura que todavía no sabe lo que es capaz de hacer.   

Las secuencias de acción, frecuentes, dramáticas y feroces, nos obligan a entender que Logan no podrá continuar con ese ritmo caníbal por mucho más tiempo, pero la pequeña Laura tendrá que hacerlo. Hay una secuencia en particular, a la altura de la mitad de la historia, que la revela como una fuerza de la naturaleza que sólo puede morir o matar. Y además hay en Laura una buena parte de los conflictos que envuelven a los mutantes: soy distinta, la gente no me quiere, no me acepta, la gente me tiene miedo y cuando la gente tiene miedo reacciona de maneras violentas así que voy a tener que protegerme. Laura, que pasa en silencio casi toda la película (su sola presencia llena la pantalla), que se defiende con garras de acero y no con palabras, da sus primeros pasos como una princesa criada en el campo de batalla.  

Al final, como de costumbre en una producción de Marvel, la gente se queda en sus asientos esperando el avance de la próxima cinta, pero suena Johnny Cash y corren los créditos y no hay nada más. Alguien dice: creo que voy a llorar. La pantalla en negro. La página en blanco.

(El Diario Manabita)    

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2.27.2017

La vida real


En una entrevista con Carmen Aristegui para CNN en Español, el escritor mexicano Guillermo Arriaga dijo que El Salvaje, su novela más reciente, se trata sobre un muchacho de catorce años cuyo hermano mayor es asesinado por un grupo de fanáticos religiosos. Pero no es tan simple, nada lo es. En esa entrevista también dijo que pasó cinco años y medio (el 10% de su vida) escribiéndola, trabajando un promedio de trece horas diarias, sin descanso, sin vacaciones, como un monje que se ha convertido en parte de la religión. Y se nota. Palabra a palabra, piedra sobre piedra. Uno se mete al libro y tiene la sensación de haber entrado a una catedral. El protagonista, concluyó Arriaga, se queda con dos disyuntivas: ¿cómo sobrevivo a este dolor?, y ¿busco justicia o busco venganza? Entre los signos de interrogación de esas dos preguntas cabemos todos.       

El protagonista se llama Juan Guillermo y pierde a su hermano y pierde a toda su familia, se queda solo en este mundo. Esto lo sabemos de entrada porque Arriaga tiene la costumbre de narrar las cosas a destiempo. Muestra primero la sangre, luego la herida, después el arma que causó esa herida, la mano que sostiene el arma y finalmente el cuerpo que late entero por culpa de esa herida. Así funcionan los guiones que lo hicieron famoso en todas partes, Amores Perros, 21 Gramos y Babel (Amores Perros es la mejor, largo; las otras se sienten como sucursales lejanas), y así funciona la estructura de El Salvaje, con una diferencia: las películas flaquean cuando pretenden superarse la una a la otra, ir siempre más lejos, y terminan marchando sobre su propio terreno; pero en esta novela Arriaga aprieta todo lo que abarca y se va tan lejos como puede sólo para encontrarse consigo mismo. Sus viejos trucos parecen nuevos o quizás ahora recién le salen como él quería.  

Ahora bien, tal vez deberían saber esto: el libro tiene casi 700 páginas, involucra un compromiso y demanda espacio. Cuando parece que Juan Guillermo ha exprimido sus heridas hasta quedarse seco por dentro, con los huesos a flor de piel, faltan todavía 500 páginas de recorrido. Falta que nos cuente cómo fue ir a una escuela de niños bien siendo él una especie de niño mal, enfermito de Jimi Hendrix. Falta que nos cuente cómo Carlos, su hermano, logró venderle morfina a toda una generación de universitarios a los que congregaba en un cine donde pasaba películas de ciencia ficción tipo B. Falta que nos cuente cómo se enamoró de Chelo (cómo es el amor, en general), cómo se murió en vida de los celos cuando supo que ella se acostaba con muchos más, cómo se sentía cuando ella abría las piernas y él le metía los dedos. Cómo se le fue muriendo toda su gente.    

El Salvaje tiene algo-mucho de Amores Perros, sobre todo de ese capítulo protagonizado por Gael García Bernal que sucede en un México marginal, violento, sin escapatoria y muchas veces sin sentido. La adolescencia, queda claro, es un tema clave para Arriaga y al leerlo da la impresión de que las cosas importantes, las que marcan tu camino, las que definen tu personalidad, te pasan y te atraviesan justo en esos años, mientras el esqueleto crece desordenadamente y la piel empieza a rozarse con otras pieles. Ah, por si acaso, El Salvaje incluye una historia paralela que gira alrededor de un cazador llamado Amaruq y un lobo llamado Nujuaqtutuq, ambos conviviendo en el extremo norte y frío de Canadá (me dicen que Arriaga se ha ganado varios enemigos por defender el derecho a la caza de animales, no me consta, pero en todo caso los animales aparecen siempre en su narrativa como criaturas sagradas). Esa historia también va sobre crecer, pero de una manera más lógica, sin tanto cuestionamiento humano; crecer, digamos, como crece un árbol.

Guillermo Arriaga ha crecido. Ya en una novela muy anterior, El búfalo de la noche, publicada originalmente en 1999, era evidente la presencia de un autor con voz y mirada y un mundo propio, fragmentado pero soberano. Ese mundo, que consiguió visibilidad tras las incursiones del escritor en el cine, alcanzó un clímax en Los tres entierros de Melquiades Estrada, una película dirigida por Tommy Lee Jones y estrenada en el 2005 que cuenta con el mejor Arriaga que se haya leído en pantalla hasta la fecha (en serio, si no la han visto, dejen lo que sea que estén haciendo y corran a verla), y ahora ese mismo mundo llega a una confirmación en El Salvaje. El camino ha sido largo y no ha estado libre de peligros, desvíos y momentos de completo silencio, pero al final entendemos que Guillermo Arriaga se fue para regresar con fuerza.   

Qué busco, qué buscamos, ¿justicia o venganza? El protagonista se lo pregunta porque su hermano fue asesinado por un grupo de fanáticos religiosos, sí, pero en complot con la policía, que quería quedarse con un porcentaje de las ganancias de la morfina y las funciones de cine. La lección podría ser que es imposible abrirse camino en la vida real sin coimar a alguien muy de vez en cuando, que madurar y moverse en la vida real implica corromper a los demás pero no corromperse a uno mismo, o que la persona que amas puede desaparecer pero lo que no puede desaparecer es ese impulso irracional de habitar la vida real. ¿Justicia o venganza?, ¿qué es lo que te haría feliz?, ¿que la gente que te hizo sufrir pase por lo mismo que tú pasaste o que ya nadie tenga que pasar por algo como eso? El Salvaje se toma 700 páginas para meditar sobre estas cosas y aún así parece un trueno. 

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(El Comercio)
        

2.20.2017

It Was 50 Years Ago Today...


Hoy, Kurt Cobain habría cumplido 50 años.
Es en lo único que quiero pensar por ahora.

¿Cómo sería?
¿Estaría metido en la música electrónica?
¿Destruiría laptops al final de cada concierto?
¿Su instrumento sería una Mac y no una Fender?

¿Estaría refugiado, pintando y escribiendo poesía?
¿Diría cosas como una vez fui músico, tuve una banda, pero eso se acabó?
¿Habría estado de acuerdo en reunirse con Nirvana para hacer un tour de la nostalgia?
¿Patti Smith cuidaría de él?

Quizás en este momento, en el que ya no existen las estrellas de rock, Kurt seguiría vivo, tocando en festivales pequeños.  

Vivo y tocando.
Pero claro, no habría hecho la misma música, las mismas canciones.
No hubiese sido el mismo. Nosotros tampoco.

Pienso en una frase de Batman: The Dark Knight, que decía algo como esto: los héroes mueren jóvenes o viven lo suficiente para convertirse en villanos.
Él murió joven y fue un héroe o por lo menos fue mi héroe.
Hoy que estamos rodeados de villanos me queda todavía más claro.

Hace unos días, en Portoviejo, un pana me dijo que había leído un artículo mío llamado 20 años de soledad, sobre mi primo, un fan de Nirvana, y me preguntó qué había pasado con ese primo. Es un cuento, así que todo lo que pasa o pase o pasó está ahí metido y ni siquiera yo lo sé. Lo escribí hace dos años, en el 2014, para la revista de Libri Mundi. Y hoy lo repito como para escuchar esa canción de nuevo.

Insisto: es un cuento.
Pero me alegra que alguien haya pensado que era verdad. Que podía ser verdad.
Sobre todo en Rock City.   
Aquí va.
Aquí vamos.


20 años de soledad

para Fabiola Pazmiño y Daniel Llanos

Mi primo David tenía el cuarto más bacán del mundo. Tenía un televisor, un VHS, un equipo de música. Tenía un Nintendo, un futbolín, un aro de básquet en la puerta.  Bacanísimo. David era hijo único y lo tenía todo.

El cuarto de David tenía posters en todas las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row. El papá de David era piloto en Ecuatoriana, viajaba hartísimo a Estados Unidos y cada vez que regresaba le traía revistas Circus y David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas para pegarlos en las paredes. Una vez arranqué uno de Tommy Lee y se rompió y el man casi me caga, pero siempre me regalaba par posters para mi cuarto. David tenía tres años más que yo. David era lo máximo. Buenísima gente.  

Un día pasó una huevada increíble. Ese día estuve andando en bicicleta toda la tarde con los panas de la ciudadela, nos fuimos hasta la Avenida del Ejército, lejísimo. Cuando llegué a la casa, como a las seis o capaz a las seis y media, vi a David sentado al lado de la puerta de mi casa, andaba con su discman y sus audífonos. El man estaba como en otro mundo, como loco estaba el man. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David no me miraba. David miraba para el frente, como si yo no estuviera ahí. Le pregunté qué te pasa y después de un ratote me pasó los audífonos.

Ese día el papá de David había llegado de viaje y le había traído el Nevermind, de Nirvana. En Portoviejo no había cable, pero nosotros ya habíamos visto el video de Smells Like Teen Spirit en la televisión. Cuando éramos pelados, a las doce de la noche, después del himno nacional, Ecuavisa se convertía en MTV y nosotros nos pasábamos la noche despiertos grabando videos en el VHS de David. Tomábamos Coca Cola y veíamos videos hasta el amanecer. No importaba si había clases al otro día. El que se quedaba dormido perdía.

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. No entendía muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras porque era mi primo y pensaba robarme cualquier cosa que el man fuera a botar. Sacamos los posters y los guardamos en una caja. David tenía otros posters, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos. Mi primo me regaló los posters viejos, pero yo ya no los quería, qué iba a querer esa huevada.

Era inverno y hacía un calor recontra que hijupeuta, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle. En Portoviejo hace calor, pero nosotros sólo andábamos era con pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas, esa nota. En Portoviejo hace calor, pero pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana y a veces teníamos que apagar el aire porque mi tía decía que se gastaba mucha luz y que mi tío se ponía bravo. David hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis y yo hacía como que tocaba la batería con unos tarros de galletas. Todo el día. Todos los días.

Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se traumó. Los panas del man salían a dar vueltas en la Avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música, grabando casetes, escuchando las mismas putas canciones. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las putas canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir, ni cuando pasaron un concierto de los manes en MTV, por un año nuevo, creo.       

El 8 de abril de 1994, diez días antes de que yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos, en mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto entonces tenía que ir a la sala, pasaba ahí acostado en el sofá, rockeando. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su caleta, se había volado la cabeza con una escopeta. Así dijeron. Turrísimo, no lo podía creer. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de Pinoklin y no sé qué otra huevada. Ese día lo llevaron al hospital y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar. El man estaba sonriendo, lo juro. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, ya había cumplido los 16.  

--> Lo enterraron en el cementerio, al lado del colegio Rey de Reyes. Eso siempre me ha parecido medio como la gaver porque a David lo botaron de ese colegio en tercer curso y el man siempre decía que los curas estaban locos. Yo lo visito todos los años, de noche, cuando sé que mis tíos ya se fueron. Llevo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aunque el man no me diga nada. David es lo máximo. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?