10.13.2015

De mujer a hombre (writer’s cut)


A los treinta años había hecho varias de las cosas que había querido hacer antes de cumplir treinta años. Sin mucha estridencia, es cierto, manteniendo un perfil más bien bajo. Como un equipo de media tabla, digamos. Pero ahí estaban esas cosas que había hecho y que podía mirar y contabilizar y luego decir mira todo lo que he hecho, it aint’ nothin’. También había cosas que había sacrificado o perdido: la confianza de mis amigos, la cercanía con mi familia, la posibilidad de estar en una relación sentimental medianamente estable. Quizás por eso me sentía como me sentía: estafado y vacío.

Por esos días, y por recomendación de una ex novia que estudiaba psicología, consulté por primera vez a una psicóloga. La terapia consistía en una regresión bajo un leve estado de hipnosis –si me lo preguntan, jamás me sentí remotamente hipnotizado– en la que yo viajaba por “el camino de mi vida” desde mi edad actual hasta el útero de mi madre. La psicóloga era una mujer tierna que se reía demasiado pero que me ayudó a identificar varios patrones de comportamiento que se repetían en los capítulos de mi biografía y, más importante, a encontrar el origen de esas costumbres: a menudo esos puntos de inflexión están en la infancia o, para ser más precisos, en el final de la infancia y el comienzo de la adolescencia. Hasta ahí, todo bien. El problema es que ante una crisis, me recetaba respirar, meditar, tomar sol, tomar infusiones de valeriana (cuando le contaba que había tomado alguna pastilla para dormir, me regañaba). Y yo siempre he preferido las soluciones más terrenales o, de plano, producidas en serie en algún laboratorio alemán. Lo que me hizo abandonarla, sin embargo, fue que llegado cierto punto me advirtió que las consultas serían en su casa, en un valle a las afueras de Quito. Ella me había dicho, una y mil veces, que no me preocupara por lo material, que las cosas son eso, cosas, y que ninguna posesión valía más que lo que yo tenía dentro de mí: cualquier cosa que esto sea. Pero su casa era gigante, moderna, elegante. Tenía un jardín sin límites, una fuente de agua, una cascada de escalones que conducían a la puerta principal. Tenía un piano de cola en la sala y, junto a la cocina, una piscina temperada cubierta por una carpa de cristal. Desde ese momento empecé a desconfiar y terminé abandonándola de la manera más cobarde: un día dejé de responder sus mensajes de texto y sus mails.  

Meses después, en algún lugar de Centroamérica, en una clínica que en la planta baja tenía una farmacia y un restaurant de comida china de muy mala reputación, encontré otra mujer. Siempre que he pedido que me recomienden algún psiquiatra, me preguntan ¿hombre o mujer?, y yo siempre digo mujer. Fue amor a primera vista. Era alta, bronceada, madura y atractiva; su acento caribeño era, en sí mismo, un tranquilizante bastante efectivo. Esta psiquiatra me parecía mucho más aterrizada y racional que la psicóloga. Estaba de acuerdo conmigo en que la vida podía ser, como dice la Biblia, un valle de lágrimas, y se reía de mis tragedias como si estuviese viendo una serie de televisión. Se reía y me hacía reír y darme cuenta de que después de todo nada era tan grave como yo pensaba. Se reía a carcajadas y sus carcajadas me salpicaban y me calmaban. Como yo, la doctora pensaba que hay mucha gente por ahí que sólo quiere hacerte eso que los españoles llaman una putada; you can hurt someone and not even know it, diría el viejo Bob. Además, siempre estaba de mi lado: digamos que odiábamos a los mismos personajes. Y, lo mejor, creía en la ciencia, en las drogas, en los antidepresivos y en los deliciosos ansiolíticos (sí, aquí también hay algo de placer lisérgico-narcótico). Mi doctora color canela me puso a dieta y me obligó a hacer ejercicios regularmente y encontró la dosis perfecta de medicinas para exorcizarme del insomnio. Mi madre, recuerdo, se refería a ella como esa mujer. Claro, cómo no te va a gustar, si esa mujer está de acuerdo contigo en todo, y todo debe ser culpa mía, ¿no? Claro, cómo no va a querer que sigas con el tratamiento, si esa mujer es la que se queda con la plata. Esa mujer te está mintiendo. Esa mujer te droga. Nuestra relación duró, días más días menos, cuatro meses; dieciséis semanas de amor, comprensión y Rivotril.

Entre las dos, la psicóloga y la psiquiatra, había algo en común, quizás porque las dos eran mujeres y las dos eran madres y tenían activada la sensibilidad al máximo. Y también, claro, porque las mujeres son todopoderosas para bien y para mal. Ambas me hacían sentir que lo que existía entre nosotros no era una frívola y burocrática relación profesional sino una especie de parentesco momentáneo que, como todos, tiene su costo y su recompensa. En ambos consultorios, al principio y al final de cada sesión, habían abrazos largos, abrazos apretados, abrazos amorosos (sí, a lot of mommy issues indeed), y la sensación de haber compartido tu vida con otra persona.

Meses atrás, cuando sentí que necesitaba nuevamente el servicio de asistencia técnica de un profesional, y en contra de mi sagrada costumbre de escoger siempre a una mujer, consulté por primera vez a un psiquiatra: a un hombre. El señor es un tipo serio que apenas y me saluda cuando entro a su consultorio; que empieza todas las sesiones con la misma frase, qué me cuenta, dice, y lo dice como en un suspiro de aburrimiento y fracaso, como si estuviese pensando ¿por qué no me hice dentista?; que no muestra más señales de humanidad que alguna sonrisa accidental; que no se conmueve ante nada; que me echa la culpa de todo; que trabaja bajo los parámetros de eso que Pascal llamaba las razones de la mente y se olvida de eso que el mismo Pascal llamaba las razones del corazón; y que me obliga a tratarlo de usted. Este cambio de sexo ha sido una experiencia traumática: como pasar de un campamento de verano a un cuartel militar. Mi voz ha cambiado y mis gestos se han endurecido tanto como los de mi interlocutor que, dicho sea de paso, habla muy poco, se limita a arrugar la frente y asentir con la cabeza. Ahora salgo de la terapia avergonzado y disminuido, pensando que mis problemas no son problemas de verdad y que en vez de estar quejándome como una niña chiquita lo que tengo que hacer es solucionarlos por mi cuenta, hacerme cargo, man the fuck up! A menudo pienso en abandonarlo y volver a los brazos de una mujer. 

(SoHo)

10.05.2015

Gore Vidal contra los cerdos


¿Cuántos años tengo?, le preguntó Howard Auster a Gore Vidal segundos antes de morir. Setenta y cuatro, le respondió el escritor. Esta es la edad a la que muere la gente, ¿no?, dijo Howard. Yo no estoy muerto, y tu tampoco, contestó Vidal, que ya bordeaba los ochenta. Pasaron muy rápido, ¿verdad?, siguió Howard. Gore Vidal, como siempre, dijo lo que tenía que decir, lo que había que decir: pasaron muy rápido porque fuimos demasiado felices y los dioses no soportan la felicidad de los mortales.

Gore Vidal y Howard Auster estuvieron juntos por décadas y pasaron la mayoría de sus días en Ravello, Italia, en una casa enorme con vista al mediterráneo. No eran célibes, pero jamás tuvieron sexo entre ellos. El sexo –decía Vidal– destruye la amistad, además, el sexo está por todas partes, pero la amistad es poco común. El autor de la “trilogía americana”, compuesta por las novelas Washington D.C., Burr y 1786, acaso el acercamiento más próximo a las consecuencias sociales de la historia de su país, defendía y recomendaba la promiscuidad con la misma fuerza con la que defendía sus principios.

Los Estados Unidos de la Amnesia, el primer documental dirigido por Nicholas D. Wrathall, estrenado originalmente en 2013 pero muy poco distribuido y, lo que es peor, muy poco visto fuera de un circuito cerrado de festivales de cine, es una biopic de Gore Vidal que encadena las escenas más intensas de su vida como si fuesen un manifiesto póstumo, atemporal y universal. Y es, también, una muy bien curada exposición de su pensamiento insubordinado y su moral de acero: frases montadas en una instalación que atrapa y retiene a todos sus visitantes.

Nuestros valores son los equivocados, dijo. En cada generación, hay almas desafortunadas condenadas a escribir, dijo. Lo único que recordamos de las guerras es el dinero, las fortunas que se hicieron en semanas, dijo. El amor sólo pasa una vez, dijo. El arte no es una democracia; de hecho, el arte es enemigo de la democracia, dijo. La diferencia que hay entre un homosexual y un heterosexual es la misma que hay entre una persona que tiene los ojos azules y otra que tiene los ojos café, dijo. El Islam, el Judaísmo y el Cristianismo son los tres grandes demonios que han caído sobre la tierra, dijo. Cada vez que un amigo triunfa, algo dentro de mí se muere, dijo. No escribo sobre las víctimas, escribo sobre los poderosos, dijo. El único arte que ha inventado mi país son los comerciales de televisión: vendemos presidentes como vendemos jabón, dijo. Para cuando un hombre se convierte en material presidenciable, ha sido comprado por lo menos diez veces, dijo Gore Vidal.  

Thomas Gore (1870-1949), su abuelo materno, quedó ciego a los diez años y, aún así, con la ayuda de parientes que le leían en voz alta, llegó hasta la universidad, se convirtió en abogado y fue senador por el estado de Oklahoma durante dos periodos que juntos sumaron treinta años. Gore Vidal, que también dijo No tengas hijos, sólo nietos, se crió con él en las sesiones del Capitolio y heredó una vena política que fluyó torrencialmente en paralelo a su escritura. Thomas Gore murió pobre, lo que, según su nieto, era prueba irrefutable de que había vivido lejos de la corrupción que supura el poder.        

Aunque para Gore Vidal nunca hubo una verdadera diferencia entre republicanos y demócratas –No tienen que conspirar, decía, porque piensan lo mismo–, fue candidato al senado por los demócratas en dos ocasiones, 1960 y 1982; jamás pensó en ganar, pero sabía que la exposición mediática –Nunca he perdido una oportunidad de tener sexo o de salir en televisión, dijo– podía darle voz y una audiencia mucho más amplia que la literaria. Así, con todos los ojos puestos en él, pudo decir fuerte y claro que George Washington fue un famoso general que nunca ganó una batalla pero se convirtió en el primer millonario norteamericano; que el socialismo lo disfrutan los ricos que viven del gobierno; que tenía un retrato de John F. Kennedy colgado en su biblioteca para recordarse a sí mismo que uno no puede dejarse deslumbrar por la gente encantadora; que la administración Bush no pudo haber tenido nada que ver con el 9/11 porque eran demasiado incompetentes; que Estados Unidos había tenido malos presidentes pero nunca un maldito imbécil como George W. Bush; y que el día en que los medios de comunicación dejen de cuestionar al poder será el día en que se acabe la República.

Gore Vidal escribió su primera novela a los 19 años, internado en un hospital militar durante la Segunda Guerra Mundial. Luego, habiendo sido aceptado en Harvard, decidió no ir a la universidad porque ya había sido demasiado institucionalizado: La gente con coraje dice NO. Y siguió escribiendo. Su siguiente libro, escrito a los 22, es considerado hasta hoy como la primera pieza literaria en hablar explícitamente del homosexualismo en la Norteamérica del siglo XX. De ahí en adelante, el New York Times se negó a reseñar sus obras, lo que prácticamente lo exilió de las estanterías y lo llevó a Los Ángeles, donde hizo fortuna escribiendo películas para el cine y la televisión, películas como Ben-Hur, por ejemplo. Y, de paso, se convirtió en un ícono pop intelectual.

Siempre estuve en contra de los cerdos, dijo Gore Vidal. En rigor, siempre estuvo en guardia, incluso en sus años de “viudez”, cuando visitaba con frecuencia la tumba de Howard Auster, la misma tumba donde sería enterrado en 2012, en el cementerio Rock Creek de Washington D.C., junto a sus mejores amigos y cerca y al acecho de sus peores enemigos. Los Estados Unidos de la Amnesia abre con una escena en la que Gore Vidal se refiere a ese cementerio como el lugar más bonito de la ciudad, más bien, acogedor. 

(El Comercio)      

9.28.2015

Formas de llegar al cielo


The Flick, la obra de teatro escrita por Annie Baker que ganó el Pulitzer a mejor drama  el año pasado, tiene un aire no del todo sospechoso ni gratuito a una película del primer Jim Jarmusch, eso sí, protagonizada por personajes del primer y único Kevin Smith que sufren la depresión precoz de las chicas de Ghost World. Baker, nacida en 1981 y criada en una pequeña ciudad del estado de Massachusetts, tiene una moral y un humor negro bastante noventeros que, en escena, funcionan y golpean y despiertan las preguntas incómodas que siempre vienen al caso: ¿crecí?, ¿de verdad crecí?, ¿o fue sólo el tiempo el que me pasó por encima?

Es evidente que Annie Baker creció, maduró, o por lo menos lo intentó. Su estilo, minimalista (¿existe algo llamado “teatro documental”?) y lleno de pausas que sobre las tablas se sienten más largas que en cualquier pantalla, muestra a una escritora que ya puede tomarse ciertas cosas con distancia y perspectiva. Es evidente, además, que Baker vio muchas películas mientras estaba creciendo. The Flick es la historia de tres empleados de un cine setentero que conversan y se conocen y hasta conectan entre función y función, mientras limpian el pop corn derramado entre las filas de asientos.

El personaje principal, o quizás sólo el más complejo y frágil, es Avery, un cinéfilo peligrosamente autista, inteligente y sensible. Avery no necesita el empleo que tiene ni mucho menos el sueldo miserable que recibe: su padre da clases de lingüística en una universidad privada y él podría bien pasar las tardes y las noches con sus compañeros millonarios. Pero Avery no es esa clase de persona. Avery prefiere estar en el cine porque esa es la única sala en todo el condado en el que vive que aún proyecta cintas en 35 milímetros. Para Avery, entonces, ese lugar es el único sitio donde las cosas que suceden suceden de verdad.

Hay una escena, cerca del final del primer acto, en la que vemos a Avery en la sala a oscuras, sin público ni películas ni empleados (todos están almorzando en un Subway), hablando por teléfono. Avery parecería estar conversando con su mejor amigo. Le dice que por fin recuerda uno de sus sueños, de hecho, recuerda lo que soñó la noche anterior. Vio a su padre muerto en su estudio, las paredes forradas de libros, y a un hombre, un empleado del cielo, que los escaneaba con un aparato parecido a esos que sirven para saber el precio de las cosas en un supermercado, hasta que un libro empezaba a sonar, bip, bip, bip, y el alma de su padre era bienvenida en el reino de los cielos. Luego, el mismo hombre pasaba por el cuarto de Avery y ahí estaban su cadáver y su colección de DVD, películas de Bergman, de Kurosawa, de Tarantino y, básicamente, todo lo que ha sido puesto en el mercado por The Criterion Collection. Sin embargo, el hombre buscaba durante horas y no encontraba ninguna película que diera señales de vida y el pobre Avery estaba asustado, pensando que pasaría la eternidad bajo la tierra, entre los gusanos y las llamas, hasta que el empleado del cielo encuentra un viejo casete VHS que contiene Luna de miel en Las Vegas, de 1992, protagonizada por Sarah Jessica Parker y Nicolas Cage. Sin duda, una de las peores películas de la historia. Bip, bip, bip. Según The Flick, esta es la única película que Avery ha amado en su vida.

Aunque se trate del sueño de un personaje que ha visto más películas de las necesarias, la situación planteada en la escena es, por decir lo menos, esperanzadora: si un libro cambió el rumbo de tu destino, si una película te salvó la vida, si encontraste algo que podías amar y lo amaste con todas tus fuerzas, entonces sí, puedes ir al cielo. O, al menos, morir tranquilo.

Al final del monólogo telefónico, descubrimos que Avery no está hablando con su mejor amigo sino con su psiquiatra, a quien le pide disculpas por haber interrumpido sus vacaciones con aquella llamada extracurricular. Las luces se apagan. Es un momento desolador. Avery tiene más de veinte años pero no tiene amigos ni mejores amigos. Los tuvo. Tuvo al menos uno con el que solía ver Luna de miel en Las Vegas cuando ambos eran niños. Ese fue su momento, el momento que lo salvará, el momento más valioso de su vida. Y ya pasó.


9.21.2015

¿Quién pagará por Houellebecq?



El año pasado, después del estreno en festivales de L’enlèvement de Michel Houellebeqc (El secuestro de Michel Houellebeqc), el escritor francés dijo que no, no se había preparado ni siquiera un poco para interpretarse a sí mismo en una película y no, tampoco tenía miedo de que el resultado final fuera una caricatura pues ya antes, en sus libros, se había caricaturizado bastante. En todo caso, el que tiene que prepararse es el público: nadie está del todo listo para una cinta como esta.

L’enlèvement de Michel Houellebeqc tiene un momento, por lo menos al principio, de total y absoluta duda. ¿Es una película? ¿Son actores? ¿Es una broma? Es fácil intuir que Guillaume Nicloux, el director, no es un principiante ni mucho menos: aunque al parecer no hayan otras fuentes de luz que las naturales, los encuadres son limpios, cuidados, escogidos, y juntos componen un look bastante definido. Ahora bien, dicho esto, todo lo demás bordea el humor del absurdo y el existencialismo terrenal.

La trama es sorprendentemente simple. Luego de unas pocas secuencias en las que se establece la que podría o no ser la rutina diaria de Houellebeqc, el autor es –fácil y hasta torpemente– secuestrado por tres hermanos gitanos que parecen extras mal pagados en una película de Guy Ritchie. Los secuestradores, entonces, llevan al rehén no a un sótano ni a una fábrica abandonada ni a una cabaña en las afueras de París: lo llevan a casa de sus padres y, con el paso de los días, Michel se vuelve parte de la familia.

En Hollywood esto sería Misery al revés, una versión de Stephen King apta para todo público en la que el Síndrome de Estocolmo serviría para detonar carcajadas. Pero esto, aunque se trate de una de las comedias más graciosas que haya visto últimamente, no es Hollywood. La austeridad de la producción, cercana al documental de bajo presupuesto, cubre la historia de un tono doméstico que resulta tan chistoso como incómodo y hasta peligroso. Hay una escena en la que los gitanos tratan de enseñarle llaves de artes marciales y él –flaco, bajo, con esa cara de bruja y el cigarrillo siempre encendido– maniobra la situación como un Buster Keaton con parálisis facial. Y otra en la que, varias copas mediante, Houellebeqc se pone eufórico y grita que él y sólo él tiene autoridad para hablar de literatura y como la cámara no se mueve parece que esto no es una película y que alguien saldrá herido, herido de verdad; el momento es tan efectivo que a uno le dan ganas de irse a su cuarto hasta que la discusión termine.   

Y hay, en el guión o en la improvisación de Houellebeqc, una broma constante. Como los gitanos se niegan a darle información sobre la gente que los contrató para secuestrarlo, el rehén, cada tanto, insiste en una misma pregunta, ¿quién pagará por mí? Lo dice muy en serio. No concibe la idea de que alguien pague dinero por su libertad: sabe que sus detractores, que no son pocos, quisieran verlo muerto pero que no le pagarían a nadie para que lo asesine, así como sus fanáticos no podrían reunir la cantidad necesaria para tramitar un rescate. Uno de los gitanos le dice, como para que ya no joda más, que el presidente François Hollande hará el desembolso, pero ante una afirmación como esa Houellebeqc sólo se puede reír y aceptar con resignación que estará encerrado quién sabe cuánto tiempo.

El misterio se sostiene hasta el final y es una de esas cosas que nunca sabremos. ¿Quién ordenó secuestrar a Houellebeqc? ¿A quién le pareció que era una buena idea? ¿A quién podría importarle o servirle como pieza política un escritor como él? El mérito de la cinta, su propósito, su razón de ser, es poner en una situación ordinaria (esta palabra, en estas condiciones, funciona casi como antónimo de sí misma) a un artista que de ordinario no tiene nada y, así, obligarlo a lidiar con la realidad. Y sí, es cierto, quizás la película sea mejor o mucho mejor desde los ojos de un escritor o de un fan: sin duda, desde ahí, desde aquí, la cinta gana varios puntos. Pero pocas veces un intelectual ha sido tan divertido. Supongo que es porque no se lo propuso.   

9.14.2015

Caballo Salvaje


En 1987, BoJack Horseman debutó en la serie de televisión Horsin’ Around de la cadena ABC, un sitcom en el que se hacía cargo de criar a tres niños huérfanos. La serie estuvo en el aire durante nueve temporadas y convirtió a su personaje principal en una celebridad dentro de su categoría, es decir, alguien famoso, capaz de levantar rating y producir dinero, pero incapaz de ser tomado realmente en serio. A mediados de los 90’s, después del capítulo final, las puertas del mundo se cerraron frente a la cara larga del actor, que ahora, casi treinta años después de su debut en la pantalla chica, desayuna un saludable licuado de zanahorias, vodka y tranquilizantes para caballo.

Su casa, en las colinas de Los Ángeles, tiene una terraza con piscina desde la que se ve claramente el letreo de HOLLYWOOD, pero BoJack está muy lejos de ese lugar, en rigor, parecería estar en otro planeta; gasta sus días viendo una y otra vez los capítulos de Horsin’ Around en DVD, acostándose con gente con la que no se quiere levantar y emborrachándose para prolongar una especie de sueño en el que su nombre todavía significa algo. Por el momento, su único proyecto es una autobiografía que ya tiene editorial pero que aún no tiene páginas, y que planea escribir con la ayuda de la periodista Diane Nguyen, autora de Secretariat, A Life, el best-seller que Horseman quiere adaptar y protagonizar en el cine.

BoJack, una criatura compleja como pocas, vive tratando de camuflar las inseguridades que destapa y asume cuando está ebrio, escondiéndose entre los reflejos del pasado, cada vez menos luminosos. Siente que una persona como Diane Nguyen, que vive más bien al margen del espectáculo y que procede a través de la lógica y parece centrada a pesar de sí misma, podría ayudarlo. BoJack está platónicamente enamorado de Diane, o, quizás, de la idea de lo que él podría llegar a ser si estuviera con una mujer como Diane: un adulto que maneja con mano firme las riendas de su existencia. Pero Diane está emocional y físicamente enamorada de otra criatura, otro actor, para colmo, Mr. Peanutbutter, en su momento protagonista de un sitcom muy similar a Horsin’ Around –la gran diferencia es que entre sus hijos adoptivos se cuentan dos gemelas de personalidades diametralmente opuestas–, un tipo que ha sabido mantenerse en el ojo público y que, a diferencia de BoJack, dueño de una mirada desesperada, un rostro desganado y una barriga alcohólica, tiene una figura atlética, una sonrisa eterna y todos los defectos que hacen de la gente buena gente insoportable.

BoJack está perdido y lo sabe. Esa, al menos, es una ventaja. Y, como muchos, trata de buscar la solución a sus problemas en factores externos: una nueva relación con una mujer que acaba de salir de un coma largo y que aún vive en los 80’s, proyectos cinematográficos que no terminan de cuajar, amigos a los que envidia y traiciona, y varios tragos de más para que las horas de conciencia sean lo de menos. Se nota que el actor, ¿todavía se puede decir que es un actor?, lleva décadas tratando de descifrar qué fue lo que pasó, cómo alguien que cumplió un sueño que la mayoría sólo persigue y lo tuvo todo se transforma sin mayor aviso en la figura del ridículo decadente, la clase de celebridad trasnochada que se sienta en la barra de un bar hasta que alguien lo fotografía con su teléfono y se burla de él en las redes sociales. BoJack está atrapado en un tiempo que no es este y, en el mejor de los casos, sus preocupaciones se desviarán hacia el qué pasará. Su historia, que sigue sucediendo cada día, es la de alguien que quiere cambiar pero está seguro de que las personas no cambian.

9.07.2015

Una luz nueva


She was like a beautiful dinner left out overnight. She was sumptuous, but the guests were gone.

La frase, absolutamente perfecta, pertenece a la novela Light Years, del escritor norteamericano James Salter (1925-2015), y podría traducirse –torpemente– de la siguiente manera: Ella era como una magnífica cena abandonada en la mesa durante toda la noche. Era majestuosa, pero los invitados ya se habían ido.

Light Years (Años Luz) cuenta una vida entera en poco más de 300 páginas. Una vida en pareja, además: el romance, los hijos, el divorcio, todo. Una vida dividida en párrafos cortos, diálogos sabios y frases tan poderosas y definitivas como la que acabo de mencionar. Sentence for sentence, Salter is the master, dice el gran Richard Ford. Y no se equivoca. Y tampoco exagera. Light Years es casi una novela escrita en verso. Un poema en prosa. Una canción más larga de lo normal pero no por eso menos melódica.

Al final de Synecdoche, New York, la nada menos que obra maestra aún incomprendida de Charlie Kaufman, uno entiende que la gente mayor no miente cuando dice cosas como la vida es un parpadeo. Entre los muchos méritos de aquella cinta, ese es uno de los más valiosos y evidentes: el paso del tiempo como algo inevitable e irreversible que avanza mucho más rápido de lo que creemos: si pudiéramos aceptar el tiempo, las cosas serían más sencillas. Con la novela de Salter pasa lo mismo, quizás, de manera más elegante; quizás, de manera más realista, sin que nos demos cuenta. Se acaban las páginas y uno siente que se acaba la vida o un pedazo de la vida.

Cronos es el más despiadado de los griegos; Salter lo demuestra comparando a una mujer en los últimos años de su juventud con una cena servida en una mesa a la que ya nadie se sentará. La frase se refiere a un personaje totalmente secundario, a una actriz de reparto, a una pieza de utilería; pero duele, duele mucho. Ahí está el abandono de las sombras, los años que pasaron como un rayo y pasarán, de ahora en adelante, aún más rápido, el tiempo que gastaste en arreglarte para que nadie te vea: la falta de apetito de los otros hacia nosotros, el día en que ya nadie nos comerá.  

Salter podría haber escrito sólo esa línea, esas dos oraciones separadas por un punto seguido, y habría sido suficiente para entender lo que quería decir: llegará el momento en que nadie volteará a mirar. Tratándose de una mujer, la crueldad es mayor: como la muerte o, todavía peor, como el comienzo de una agonía larguísima y solitaria. Como una persona que de repente se convierte en un mueble, ese mueble que alguien, todos los días, promete sacar de la casa. Durante muchos años, la situación de Salter fue similar, sólo que él era un mueble que algunos se empeñaban en conservar y compartir. Era un escritor conocido y celebrado entre –no muchos– escritores-lectores-compatriotas y más bien desconocido en otros idiomas (en español lo tradujo Salamandra, pero nunca encontró un público masivo, ni siquiera un nicho entusiasta). Salter era un plato frío.

James Salter murió hace tres meses, el 19 de junio, a los 90 años de edad. En Latinoamérica o, mejor dicho, en español, se escribió poco sobre él, su obra y su legado que, por otra parte, recién comienza. En inglés, el luto fue más concurrido pero igual sucedió de una forma discreta. Eso sí, más de un medio dijo que había muerto el mejor escritor norteamericano vivo. Como si Salter hubiese sido el último. ¿Lo fue? ¿Lo es? Dijeron también que era el mejor escritor que nunca leerás. Como una cena magnífica abandonada en la mesa durante toda la noche…

La muerte tiene la virtud de revivir a los escritores. Salter, qué duda cabe, correrá con la misma suerte de tantos otros: sus libros le abrirán paso para que camine entre los vivos con la autoridad que sólo tienen los muertos. Un escritor de frases perfectas, que no aprovecha la obligación que tienen las novelas de equivocarse o excederse sino que busca, y encuentra, la manera de que no sobre ni una palabra, merece la eternidad y todo lo demás.

Las luces se prenden.
Las luces, la luz, es una luz nueva.  
Los invitados se sientan a la mesa.
Empiezan a comer.   

8.24.2015

Preso en la cárcel de tus besos


Mi corazón se acelera, porque tu día te llega.
 – Chichi Peralta –

En 1995, durante una entrevista para la televisión española, con un sospechoso ramo de flores amarillas a sus espaldas, en su casa de Cartagena de Indias, Gabriel García Márquez dijo que él y su esposa Mercedes habían decidido, hacía mucho, no compartir su vida privada con el público: para entonces tenían casi cuarenta años de casados. La periodista que lo interrogaba quiso insistir y le pidió que dijera, al menos, qué era lo que le seguía gustando de su esposa. Y él contestó: lo mismo de siempre, que nunca me ha hecho caso.

Pasa. Me ha pasado. Me está pasando ahora mismo. Mi sobrina, que tiene apenas dos años, la mujer de mi vida, me desprecia con violenta indiferencia. Cuando llego a casa y me acerco para saludarla, ella me vira la cara en cuanto intuye mi presencia; sus cachetes, perfectamente redondos como pelotas de algodón, quedan demasiado lejos de mis labios enamorados y debo consolarme besándole el cabello, esa cascada de bronce que la hace parecer una niña del campo que vive sin zapatos y monta conejos gigantes.

A veces la encuentro sentada en la cama de sus padres, que le queda inmensa, recostada en un trono de almohadas; está concentrada en su iPad, viendo un episodio tras otro de Peppa Pig (la gente que hace Peppa Pig deba a) vivir y crear bajo los efectos del ácido, b) ganar mucho dinero y recordar, al comienzo de cada episodio, que esa serie pagó la remodelación de su cocina, c) contemplar el suicidio cada quince minutos). Entonces me acuesto a su lado y miro la pantalla, pero ella adivina enseguida mis sucias intenciones, se pega el iPad al pecho y me mira moviendo la cabeza de un lado para el otro; o ya de plano se baja de la cama y se va del cuarto.

Mi sobrina me dice Pi. O, mejor dicho, me dice No-Pi. Cuando intento abrazarla me dice No-Pi. Y grita. Y llora. Y sale corriendo. Cuando sus padres le sugieren que invite a su tío a jugar al parque con ellos, dice No-Pi-No. Lo repite varias veces quejándose con insistencia y hartazgo, como si estuviera cansada de que le pregunten algo sobre lo cual tiene ya una posición más que definida. ¿Vamos al parque con el Tío Pi? No-Pi-No. Es más, antes de salir, mi sobrina se da el trabajo de caminar hasta la puerta de mi cuarto y estirarse hasta alcanzar la chapa de la puerta para cerrarla y, así, asegurarse de que no los siga. Y yo me quedo solo, al borde las lágrimas

He tratado de sobornarla de todas las formas posibles, incluso con dinero, pero es inútil: su odio no tiene precio. El otro día, mientras leía un libro, quise saludarla y ella, como siempre, se negó a levantar su rostro de muñeca. Su padre le dijo que si no me saludaba no podría seguir leyendo el libro; ella, inmensa en la maldad de su belleza, cerró el libro de un portazo, nos dio la espalda a todos y apagó las luces del cuarto. Say No More.

Lo único que parece funcionar, su punto débil, es su película favorita: Mi vecino Totoro –ella le dice Totoyo– de Hayao Miyazaki. La cinta japonesa es, al parecer, crack para niños pequeños (lo más adictivo, se los juro, es la canción). Mi sobrina la ve cinco, seis, diez veces al día; en español, en inglés, en japonés, el idioma da lo mismo pues conoce la historia de memoria. Ese es mi momento. Llego, me echo a su lado y le robo un beso que dura menos de un segundo, el tiempo que ella se demora en devolverme un codazo, lanzarme un puñete o patearme con ambas piernas. Y, otra vez: No-Pi-No. Ya eso a sus padres les parece demasiado, así que ponen pausa y le dicen que no puede seguir viendo Totoyo a menos que me pida perdón, con abrazo y beso. Ella llora. Sus padres insisten. Mi sobrina finalmente se levanta, me abraza, me da palmaditas en la espalda y un beso en la punta de la nariz. Totoyo continúa. Ella mira la pantalla y, de reojo, me mira con rencor. Sus lágrimas aún no se han secado, el ahogo del llanto todavía salta en su pecho.

El poder de la belleza es absoluto. ¿Cuántos hombres sufrirán igual o más que yo por culpa de esta mujer hermosa, violenta y soberbia? Desde ya, mi solidaridad está con ustedes, compañeros; porque mi corazón está con ella. Así funciona el mundo, supongo. Desde Helena de Troya hasta mi sobrina.

Hace años, poco después de que una mujer me rompiera el corazón, un amigo me dijo si tienes que convencer a alguien de que te quiera, no vale la pena. Es cierto. Es mejor sufrir en silencio como tanta gente. Pero a ti, escúchame bien niñita malcriada, a ti sí te voy a perseguir toda la vida y por todo el mundo hasta que me ames como yo te amo. 

(SoHo)