7.23.2014

Lanzarse


Voy a escribir esto en vivo.
No tengo ganas de pensar demasiado.
Tengo ganas de seguir sintiendo esto que estoy sintiendo.

Hace unos minutos estaba en el cine viendo A estas alturas de la vida, la película de Manuel Calisto y Alex Cisneros. Hace unos minutos estaba, estoy todavía, emocionado. Allí, sentando en la oscuridad, viendo los créditos sin poder moverme, sentí algo.

El final de la película es uno de los mejores que he visto en el cine ecuatoriano, quizás el mejor de todos. Ese momento no sólo me atrapó sino que me llevó a lugares y me hizo ver cosas. Ese momento me inspiró, me dio fuerzas. Ese momento me empujó.

Lanzarse. Sí. Hay que lanzarse.
Sin miedo. Incluso sin esperanzas.
Lanzarse es, a veces, suficiente.
Llegar al otro lado es lo de menos.
Hay que lanzarse.

A estas alturas de la vida quizás no sea una película propiamente dicha, para mí, está más cerca a un experimento terapéutico, a un desahogo incontenible, a las ganas desesperadas de tener un propósito, una razón que puede ser el sinsentido. Es una película que no sabe ser película pero tiene sentimientos. La verdad es que no se sostiene de manera convencional, a ratos ni siquiera se sostiene, se cae, se va, se pierde. Pero la gente que hizo esa película, qué duda cabe, sintió que lo que estaba haciendo era importante. Eso se nota. Eso se agradece. Eso se respeta.

Ahora mismo, en mi casa, con esta sensación recorriendo mis costillas, pienso que no me importa que la película no funcione. No todas las películas tienen que funcionar. No todas las películas tienen que cumplir. Algunas, como esta, sólo tienen que mostrar sentimientos, dudas. Hacer preguntas más que responderlas.

Algunas películas te ayudan a ver cosas de tu vida que no querías ver o no querías aceptar o que siempre has preferido no saber.

Hay cariño.
Hay amistad.
Eso vale.

Dos tipos que pasan de los cuarenta gastan la tarde de un sábado mirando la ciudad desde una terraza. Lo que pasa, obvio, es que se están mirando. Están mirando hacia adentro.

¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué la vida no es lo que imaginamos que sería? ¿Dónde fallamos? ¿Fallamos? ¿Teníamos un plan? ¿No nos esforzamos lo suficiente? Tal vez pensamos que la vida se arreglaría sola, que encontraría un camino por su cuenta y nos llevaría con ella. Tal vez dejamos de vivir un rato. ¿Fue eso? O esperamos a que sucedieran cosas que nunca sucedieron y eso, lo que no nos pasó, fue finalmente lo que nos hizo lo que somos.

¿Dónde está todo lo que nos prometieron?
¿Dónde está el futuro?
¿Dónde?

A estas alturas de la vida me afectó. Tiene secuencias increíbles. Ese monólogo sobre el desprecio a todos los seres humanos que caminan sobre la faz de la tierra es brillante, luminoso en su oscuridad, gracioso en su maldad. Es arriesgado. Es largo. Es redundante. Y sin embargo ahí está, ahí estamos, caminando en medio de todos esos rostros desconocidos, odiando un poco, reconociéndonos en ese odio.

Los cálculos matemáticos que aparecen en la pantalla son otro logro. Hacen que un personaje que en principio parece vacío y plano se transforme en un ser extraño y misterioso del que nos gustaría saber más aunque no haya mucho más que averiguar; un tipo que no pudo resolver la ecuación de la vida adulta pero puede, con los números, resolver tonterías, cosas que al parecer no importan pero terminan definiendo su destino.     

Tu vida es esta.
Tu vida no es eso en lo que estás pensando.
Tu vida es esta.
Tu vida es esto.
Lo que pasa ahora.
Esta es tu vida.
No lo olvides.  

Queda claro que aún no entiendo lo que me pasa, lo que me pasó. Debo procesar, esperar un poco, dejar que pasen al menos unos días, hablar con más gente. Pero esta sensación de victoria no se me va y no quiero que se vaya.
Por eso escribo.

Me atrae la gente perdida, la gente que no sabe dónde va, que no sabe cómo llegó donde está, la gente que se equivoca, la gente que tiene miedo. Entre ellos me siento cómodo.
Y tranquilo.

¡A la mierda la Patagonia! 

Que no pase nada no es tan grave.
Es bueno saberlo.

Al final pasará.
Al final, pasa.


7.17.2014

Lo que no puedes dejar atrás


Según James Gordon, Comisionado de Ciudad Gótica, hay tres preguntas que la gente suele hacerle todo el tiempo. ¿Le has disparado a alguien? Y él responde: demasiadas veces. ¿Te han disparado? Y él responde: demasiadas veces. La tercera es la pregunta más frecuente. ¿Cómo dejas todo atrás cuando vas a casa? Y él responde: Aprendes a bloquearlo. Esto último es mentira.

El mismo Comisionado Gordon confiesa, en una habitación con las luces apagadas, acostado en su cama sin poder dormir, que cuando llevas tanto tiempo haciendo un trabajo como el suyo no dejas todo atrás: no puedes. No importa cuán bueno crees que eres dibujando una línea entre tu trabajo y tu casa, dice Gordon, siempre habrá casos que se quedan contigo, casos que regresan a ti aullando desde la oscuridad, como una llamada telefónica en medio de la noche.

Hay cosas que no se pueden apagar. Estas cosas, quizás, con suerte, puedan hacerse a un lado, arrinconarse en una parte de tu cuerpo y mantenerse en silencio por un tiempo, pero volverán. Un día estás dando vueltas por los pasillos de una farmacia, buscando un nuevo cepillo de dientes, y de pronto aparece una imagen, un reflejo, un rumor, que te arrastra al pasado y te hace sentir las mismas cosas que pensaste no volverías a sentir. La memoria se activa sin previo aviso, sin tocarte el hombro primero, se enfoca, y es como si no hubiese pasado ni un segundo desde la última vez que sentiste esto que estás sintiendo ahora.

Tratamos de guardar bajo llave todo eso que preferimos olvidar. Pero el olvido en sí mismo es un engaño. El esfuerzo por olvidar es una forma de recordar: el acto de olvidar es alimentar un recuerdo y verlo crecer. Para olvidar hay que volver a vivir, tocar, sentir, pararse en el mismo sitio en el que juraste no volver a poner un pie. Y sí, lo intentas. A veces, incluso, lo consigues. Miras hacia atrás, haces números, marcas los días en el calendario y te sientes orgulloso de no haber pensado en eso hasta que, claro, estás pensando en que olvidaste lo que no podías olvidar. Estás recordando. Estás volviendo. Andando por un camino por el que lo más sano sería perderse, pero no te pierdes; al contrario, al final de ese camino, te encuentras. Otra vez.

El Comisionado Gordon piensa en esto mientras trata de resolver un nuevo caso. Piensa, de nuevo, si cuando todo esto acabe él saldrá con vida, si cuando todo esto acabe habrá acabado de verdad y para siempre. Y la respuesta es: no. El final no es el final. El final sólo le abre paso a lo que se te viene encima. Nunca podrá olvidar esa noche en el Silver Box Diner, un café en la Bahía de Ciudad Gótica, cuando su hijo, el joven James, le confesó que era una psicópata. La vida sigue, es cierto, pero uno va sumando las cosas que lo marcan, que lo asustan, que se desarrollan en el cuerpo, hacia dentro, como extremidades invertidas. Después de cada caso, el Comisionado Gordon es otro, un tipo distinto, una persona que creía entender hasta dónde podían llegar los límites de la maldad, las rieles de la crueldad, los dominios de la locura; pero ahora, con más sangre en los archivos, con las pruebas de lo imposible en las manos, entiende que el verdadero miedo está ahí, cada día, al despertar.

Una llamada en la mitad de la noche. La escena de una película. El olor que sale de la cocina de un restaurante. Y todo vuelve. Y todo explota. Y te paraliza. Tu cabeza se desborda con un solo pensamiento, como si no hubiese espacio para más. Un pensamiento que luego te ocupa el cuerpo. Tu vida vuelve a girar y a mirar hacia allá: y recuerdas todo a la perfección, hasta el último detalle, hasta la última palabra. Estás conversando con alguien pero no estás escuchando, estás en otro lado, estás allá. Te das cuenta de que no lo has superado, de que tal vez nunca vayas a superarlo del todo. Hay cosas que no se superan: sólo aprendes a vivir con ellas. Tendrás que vivir así, sabiendo que esa parte de ti también está viva, latiendo. Porque eso que quieres olvidar eres tú mismo.  

  

7.08.2014

Una habitación en el Budapest


I

Cuando se estrenó The Royal Tenenbaums, en 2001, muchos sentimos que habíamos encontrado un nuevo director favorito o, al menos, un director en el que podíamos confiar y al que seguiríamos donde fuera. El efecto fue retroactivo. De pronto, queríamos saber más de Wes Anderson, queríamos saberlo todo. Vimos Bottle Rocket (1996), nos emocionó por su ingenuidad y su incómodo romanticismo. Y también vimos Rushmore (1998) y entonces sí, quedó claro, Wes Anderson era en genio.

Han pasado casi veinte años desde que Wes Anderson se abrió camino como cineasta independiente para luego convertirse en figura de culto y, finalmente, transformarse en una especie de certificado cultural que calificaba a cierta gente, automáticamente, como cinéfila, inteligente, sensible y cool al mismo tiempo. Sin embargo, algo pasó después de The Royal Tenenbaums, cuando los seguidores del director esperábamos que nos diera poco menos que la mejor película de la historia del cine. Primero, Anderson dejó de ser un tipo desgarbado, despeinado, constantemente nervioso, acaso incapaz de funcionar fuera de un set decorado con sus obsesiones recurrentes: jóvenes heridos por su inteligencia precoz, amores imposibles, familias fracturadas, padres ausentes que nunca supieron cómo ser padres; y también cambió su temblorosa apariencia, acompañada siempre por un peinado medio grasoso que no se terminaba de enfocar, por la de un cineasta consagrado prematuramente (esto es, claro, culpa nuestra) que se vestía como Fellini y aparecía en comerciales de tarjetas de crédito desplegando una seguridad nunca vista en sus personajes. Ahí empezó la sospecha. Está bien, lo acepto, pensar que los creadores deben parecerse a sus personajes es un esfuerzo adolescente que muestra debilidad, pero eso es lo que uno cree o quiere creer o se obliga a creer para estar tranquilo.

II

Su cuarta película, Life Aquatic, llegó en 2004, tres largos años después de los Tenenbaums, y hubo sentimientos encontrados entre los que esperábamos sino la continuación del milagro sí una hazaña similar. Seguro hubo, hay, gente que la defiende, que supo ver lo que otros no pudimos y aprecia los detalles –ocultos en misteriosos rincones poéticos– que otros dejamos pasar porque simplemente esperábamos una buena película. Mentira. Estafa. Basura. Life Aquatic tiene la estética, la cromática, la costumbre visual de Anderson, pero le falta carne, algo de verdad, algo que contar más allá de una serie de secuencias que pretenden ser más emocionantes y aventureras de lo que realmente son. Lo mejor de Life Aquatic ocurre al final y, esto sí debo reconocerlo, es asombroso e inexplicable. Cuando el equipo de Steve Zissou encuentra la criatura casi mitológica de la que hablan durante toda la cinta, ese tiburón con piel de tigre que brilla en la oscuridad, uno se siente parte de ese hallazgo, es más, uno siente que ese hallazgo es importante por cosas que no tienen nada que ver con la película: encontrar al tiburón es encontrarle un sentido a la vida (un sentido que, ojo, era poco probable y más parecía un pretexto para seguir viviendo), probar que aún con todo en contra, cuando los demás han perdido la fe en ti y tú mismo empiezas a dudar de tu cordura, si sigues ahí, si resistes, eso que buscas va a aparecer: así sea en lo más profundo y oscuro del océano.

Wes Anderson perdió credibilidad con Life Aquatic, quizás se confió demasiado o cayó en el mismo embrujo en el que nos había hecho caer a nosotros y pensó que mientras los decorados funcionaran todo lo demás encajaría de una forma u otra. Error.

III

Luego vinieron dos cintas, para mí, mal entendidas y peor recibidas. The Darjeeling Limited (2007), que no le gustó a nadie o a casi nadie, en la que ya empezaron a decir que de Anderson quedaban poco más que el vestuario bien combinado, que se había agotado, quemado, plagiado, pero en la que está quizás su discurso más sólido y mejor elaborado sobre la relación familiar entre hermanos, sobre la distancia que debe tomarse de los mayores para construir una identidad propia y sobre la cercanía que es, al final del día, la única manera de sobrevivir. Darjeeling tiene, como siempre, más extravagancias de las que en efecto necesita para contar lo que quiere contar (que fuera del ruido y las distracciones, no es poca cosa), pero cuenta, habla, palpita, logra entenderse con el público (aún con el público que no la entendió o no quiso entenderla) y deja ver lo que siempre hemos sabido pero nos negamos a aceptar: después de todo, nos necesitamos, la familia puede hacerte sentir como un alien pero, ojo, también rodearte de otros aliens y relajar los músculos de la locura juntos.

El otro caso es Fantastic Mr. Fox (2009), una película que pude entender y disfrutar mucho después de haberla visto por primera vez, una cinta que me superó cuando fui al cine pero que luego, en nuestros encuentros casuales en la televisión, creció dentro de mí como cuando alguien, de pronto, te cae bien porque no le exiges que cumpla tus expectativas sino que la dejas ser como es. A Fantastic Mr. Fox le fui cogiendo cariño con el tiempo, tal vez porque no es lo mismo hacer fila y esperar a verla en una sala de cine con esa mezcla de ansiedad y terror que agarrarla empezada en el cable, por casualidad, sin compromiso, y descubrir que te estás riendo de cosas de las que no recordabas haberte reído la primera vez, que estás enganchado sin proponértelo, que pensaste en cambiar de canal pronto pero la viste hasta el final y quedaste satisfecho, contento de haberle dedicado una noche que pudo fácilmente ser otra de esas noches que pueblan el olvido, que si les prestas tiempo, atención, confianza, y les quitas la presión de estar dentro de una cinta de Anderson, esos muñequitos pueden hacerte sentir cosas que mucha –demasiada– gente de carne y hueso ni siquiera es capaz de sugerirte.

Aún así, la figura de Wes Anderson fue cayendo en la afonía que le sigue a la furia. O no creció tanto como esperábamos. O creció, pero no verticalmente sino marchando sobre su propio terreno hasta desgastarlo. Y, claro, el tiempo pasa y las cosas cambian, se enfrían, uno conoce a otra gente, mira para otro lado en busca de nuevos asombros. Uno no se olvida de los cineastas que alguna vez lo ayudaron a forjar el carácter y definir su personalidad, pero sigue, se cansa de esperar y continúa con su vida.   

La prueba definitiva fue Moonrise Kingdom (2012), una película que esperábamos con fe y que nos decepcionó de manera colectiva. Raro. Todo Wes Anderson está en esa película: su mirada, su moral, sus preocupaciones, su manera infantil de dividir al bien del mal. Pero algo no funciona. Moonrise es cómoda y parece haber sido hecha con espíritus de películas pasadas en las que sí había un corazón bombeando cine. Algo falta. Y es la emoción. En Moonrise Kingdom todo es lindo, todo es hermoso, todo es como para llevárselo a la casa y ponerlo en la sala, pero ya nada sorprende, nada te hace pensar que hay sitios que aún no conocemos y deberíamos partir hacia allá lo antes posible. El director que parecía tener una mente dedicada a expandir sus traumas y sus emociones, se había convertido en una parodia de sí mismo, en una copia de autor, en uno de esos cineastas que hacen la misma película una y otra vez pero se olvidan del arte de la repetición y vuelven el proceso terriblemente mecánico. Moonrise Kingdom es demasiado romántica e idealista como para tomarla en serio y por eso abrió una grieta en la carrera de Anderson: antes estábamos dispuestos a darle siempre otra oportunidad, a creer todo lo que nos decía sin importar lo repetido que sonara, pero ya no. Ya no. Hasta The Grand Budapest Hotel. 

IV       

Quisiera decir que la última película de Wes Anderson es perfecta, que es la película que veníamos esperando desde hace tanto. Pero no, tampoco. Y, además, esta vez no se no se trata de eso. Lo que importa, lo que realmente importa, es que Wes Anderson ha vuelto. ¿Dónde estaba? No lo sé, supongo que caminando despacio en su propio mundo y tratando de buscar puentes entre ese mundo y el nuestro; una causa a la que, gracias al cielo, ha renunciado. Ya no existen lazos entre su creación y el consciente colectivo común. En ese sentido, Wes Anderson finalmente lo logró. Dio el salto de la fe, ese del que no puedes arrepentirte. Ahora está allá, del otro lado, en su sitio; y ojalá no regrese jamás. The Grand Hotel Budapest no guarda ningún tipo de acuerdo pre nupcial con el público, no siente la obligación de complacer ni la preocupación de desafiar, es sólo una cinta en la que el director, como los grandes, dice este es mi universo, este es mi lugar, esta es mi gente y aquí es donde vamos a vivir de ahora en adelante. Tómenlo o déjenlo, ese es problema suyo. Wes Anderson ya no tiene ese problema. Para los que lo hemos seguido desde el principio, esperando en cada estreno una revelación mística que nos guíe en este valle de lágrimas, para los que sufrimos cuando nos decepciona y tratamos inútilmente de defenderlo en público, The Grand Hotel Budapest es el encuentro con la libertad, la llegada a un momento de madurez creativa y personal que tiene mucho más que ver con encontrarse a uno mismo que con hacer la película perfecta. Ese fue el error, nuestro error. Nunca debimos pedirle a Wes Anderson que haga una cinta a la que no pudiéramos decirle abiertamente que no. Al revés. Había que pedirle una cinta como esta, con la que se puede discutir, a la que incluso se puede odiar y marginar si hiciera falta, pero a la que debemos reconocerle algo: nadie más podría haberla hecho, ni el mejor Wes Anderson es tan Wes Anderson como este (tal vez porque el guión es un tributo a la obra del escritor austriaco Stefan Zweig y uno nunca es tan auténtico como cuando quiere parecerse a sus ídolos), un director que manda, que trabaja con su esencia, concentrado en el hombre en que ha llegado a convertirse y que quizás sea el único que sabe lo que está pasando en su película. Un director de verdad.

Bienvenidos a The Grand Hotel Budapest. Esperamos que su estadía sea placentera.

7.02.2014

Noche sin fortuna: una forma de volver


Pocos autores escribieron tanto sobre sí mismos como el colombiano Andrés Caicedo, muerto por una sobredosis de barbitúricos en 1977, a los 25 años de edad. Caicedo sabía que se iba a morir, quería morirse, ya había intentado suicidarse dos veces en 1976 y uno de sus mantras decía que no vale la pena vivir después de los 25 años. Aún así escribió. Escribió mucho y muy rápido, desde adentro, como diseñando un futuro que no llegaría a ver pero que sí podía calcular. Caicedo quería morirse, pero no quería dejar de existir. No quería desaparecer.   

Ahora que sus libros viajan y llegan a gente que no sólo siente que conecta con Caicedo sino también que lo entiende y se preocupa por mantener y estirar su leyenda, el escritor forever young ha pasado de figura de culto en Colombia a ícono pop y freak de Latinoamérica. Hasta hace no tan pocos años Caicedo todavía era un secreto, un personaje casi ficticio del que hablaban sólo los iniciados. Quizás todo empezó en 1986, cuando Luis Ospina, uno de sus mejores amigos, estrenó el documental Unos pocos buenos amigos y el mito de Caicedo pudo salir de Cali y extenderse por toda Colombia y por algunos países vecinos. Pero no fue hasta el siglo XXI que Caicedo se volvió viral y encontró a su gente.

Leí ¡Que viva la música!, la ya “clásica” novela de Caicedo, cuando estaba en la universidad gracias a un amigo de padre colombiano que la tenía en su casa, hace varios años. Así era como se conseguía su material, de mano en mano, de boca en boca; de otra manera era prácticamente imposible seguirle el rastro. Diría que eso cambió o empezó a cambiar o ya estaba cambiando cuando Alberto Fuguet, el escritor y cineasta chileno, publicó en 2008 Mi cuerpo es una celda, una autobiografía de Caicedo armada, por decirlo de alguna manera, con material de archivo: cartas, diarios, columnas. Ya para entonces Caicedo era, sino universal, muy latinoamericano, ya había gente que se sentía protegida por él, acogida por su sombra; lo más importante: había gente que se sentía igual a Caicedo, que creía que tenía los mismos problemas, que se sentía sola y de repente había descubierto en un joven y muerto crítico de cine a su mejor amigo.

El efecto Caicedo es ese: hacerte sentir menos solo, menos raro, menos desubicado. O mejor, hacerte sentir orgulloso de estar solo, de sentirte raro y desubicado. O mejor aún, Caicedo te ayuda a hacer las paces con quien eres sin importar quién seas.

Caicedo era, ante todo, un cinéfilo, un tipo que quería verlo y comentarlo todo porque esa era su forma de conectar con el mundo, de hablar con el resto, de conversar con extraños sin que hicieran falta diálogos de por medio. Aunque tenía el pelo largo y los rasgos afilados como rockero, era tímido, tartamudo y frágil. Sus reseñas cinematográficas y literarias, muchas veces harto más reveladoras que sus cuentos, son, como el trabajo de cualquier crítico, retratos de su estado de ánimo, reflejos de una personalidad peligrosamente sensible que se ilusionaba con la misma facilidad con la que se desinflaba. Hablando de los otros, de personajes inventados por otros, Caicedo se mostraba protegido por el cine que amaba y del cual dependía: ver para poder creer. En sus cartas y en las entradas de sus diarios, sus momentos más íntimos, Caicedo es casi grunge y –es cierto– casi emo, quizás hasta se le vaya la mano, pero lo cierto es que nunca resulta exhibicionista. Es sólo uno de esos tipos que dicen lo que uno quisiera poder decir.

Recuerdo que una vez le recomendé Mi cuerpo es una celda a una chica de la que me había enamorado perdidamente, pensé –ahora no sé muy bien por qué, ella era mucho más racional que sentimental– que Caicedo podría unirnos y por lo tanto después ya nada podría separarnos. Lo nuestro, si existió, duró poco, no resultó y sufrí mi parte. Tiempo después, cuando ya me había recuperado y podía verla y disfrutarla como a una amiga, me dijo que finalmente se había comprado el libro y que le parecía insoportable, demasiado llorón y demasiado angustiado y demasiado pobrecito yo. Ese libro me había hecho llorar, creo, no sé, pero seguro me había mojado los ojos, seguro me había cortado la voz. Le dije que no terminara de leerlo, que no era obligación, que para qué. Y esa conversación breve que tuvimos a gritos bajo la música de alguna fiesta me ayudó a olvidarla definitivamente.

Hace unos días vi Noche sin fortuna, otro documental sobre Caicedo estrenado en 2011 y que ahora puede verse en cinépata. Fue como volver a ver Caicedo después de haber pasado mucho tiempo sin hablar con él. Ciertos autores, quizás todos, nos sirven más en un momento que en otro, en circunstancias particulares, incluso en edades distintas. No sé, tal vez ahora necesito más leer a alguien que tenga ganas de vivir, que asuma, que enfrente. Caicedo siempre será uno de mis héroes y uno de mis amigos más cercanos, pero no el único. Ahora capto que hay otras formas, otras maneras, otros métodos; que no hay que vivir al límite todo el tiempo para vivir de verdad, que hay cosas valiosas de este lado del temblor; que la calma también funciona. Y eso me tranquiliza.

Lo que más me gustó de ver Noche sin fortuna fue que la gente –todavía y ojalá por mucho tiempo– quiera saber más sobre Caicedo, que aún quieren conocerlo, que aún hay vidas que serán afectadas y mejoradas y empujadas por su obra; gente que verá muchas películas por su culpa, que escuchará a los Stones (su canción favorita era, irónica pero no tan sorprendentemente si nos ponemos a pensar en ello, Heart of Stone) y a Héctor Lavoe, que leerá muchos libros, que escribirá por su culpa y hasta gente que perderá la cabeza por amor por culpa de Andrés Caicedo, sólo para saber qué se siente. El documental, hay que decirlo, no revela gran cosa para los fans que lo venimos leyendo desde hace años (ni siquiera cuando aparece Patricia Restrepo, la Patricita que tanto nos hizo sufrir en su momento, la mujer a la que le echamos la culpa), y lo más emocionante es verle el rostro a sus amigos, a gente que conocíamos sólo en papel, a una generación hippie-tardía que no pudo con su propia época y dejó que sus ideales fueran cubiertos por la maleza de la realidad. Caicedo se fue con las ideas enteras.

Noche sin fortuna, que dicho sea de paso es el nombre de una novela incompleta de Caicedo que no por eso debe dejar de leerse, no resuelve el misterio, al contrario, lo alimenta, le da de comer y lo hace crecer; o tal vez seamos nosotros, los fieles, los que queremos pensar que hay más y más y más, los que no aceptamos el final, los que no queremos que prendan las luces y nos hagan salir de la sala. En todo caso ese misterio es la clave y el truco es, precisamente, que no se resuelva jamás.

Caicedo seguirá con nosotros, entre nosotros, arriba y detrás de nosotros. Porque lo necesitamos. Porque él nos necesita para seguir viviendo. Porque hay días en los que vemos hacia atrás y sólo encontramos esos momentos en los que nos sentíamos como Caicedo, solos, desesperados, abandonados, y entonces nos alegramos de haber sobrevivido y sabemos que no podríamos haberlo hecho sin él.