2.04.2019

Chismes


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Cuando su editor me invitó a hablar con ustedes esta mañana, mi primera reacción fue una franca negativa. No porque no quisiera venir y conocerlos, sino porque no se me ocurría una manera en la que pudiera aportar a este diálogo.


Nunca he trabajado en periódicos, quiero decir, nunca de planta, aunque he colaborado con varios y he atravesado a mi manera la presión de escribir en vivo, para despachar enseguida. Mi hábitat natural han sido las revistas, donde los temas se trabajan con algo más de tiempo y cuya publicación, a veces, se prolonga durante meses, o lo que sea que tome el proceso de edición.

Me tomé varios días en responder a esta invitación, a esta propuesta indecente, pero al final me decidí a venir por dos razones. 1) Su editor es alguien a quien aprecio y admiro, y lo que no pueda hacer como profesional quizá pueda compensarlo como amigo 2) Siento que, mal que mal, tenemos cosas en común, o, mejor dicho, tenemos una cosa en común que es la más importante de todas: nuestro trabajo es escribir.

Esto (algo como esto) se lo escuché a Martín Caparrós alguna vez: nuestro trabajo es escribirno levantar datos, reunir testimonios, cotejar versiones, y luego pegotearlas en una columna en la que los elementos se acomoden por orden de llegada. Eso puede hacerlo cualquier burócrata, como yo. Pero si ustedes están aquí es porque necesitan algo más, porque la realidad tal cual no les basta, porque quieren arreglar la vida. Porque escribir es un acto de creación, y escribir periodismo es crear una versión irrefutable de los hechos.  


Y escribir, dice Paul Auster, es darlo todotodo el tiempo. Y escribir, dice Samuel Beckett, es fracasar para luego fracasar mejor. Y cuesta. Nunca he creído en esa gente que dice Nunca he trabajado, porque siempre he hecho lo que me gusta. Mentirosos. La vocación es un trabajo, la pasión es un trabajo, vivir es un trabajo. Y cuesta.    


Cuando pienso en escribir un texto, periodístico o no, pienso en un chisme. ¿Por qué contamos chismes?, ¿por qué nos son tan urgentes?, ¿por qué no podemos quedarnos callados? Truman Capote dijo que toda literatura es chisme, y no se equivocó; aunque yo agregaría que el periodismo también lo es. Contar chismes es una forma, una de las más bellas, dicho sea de paso, de gozar y ejercer a todo pulmón el poder de las historias. Si cuentas un chisme es porque no te aguantas, y confías en que los demás terminarán igual de asombrados al escuchar su contenido.

Un chisme, una historia, funciona también como un chiste, y ahora que lo pienso no debe ser coincidencia que las palabras se parezcan tanto entre sí. Nadie cuenta un chiste que no le pareció gracioso: incluso los que repiten chistes malos lo hacen reconociendo en ellos alguna gracia. Cuando contamos chistes asumimos un riesgo, pero también esperamos una recompensa que llega cuando los otros se ríen igual o más que nosotros, y así confirmamos el efecto que esa historia tiene en el torrente de otros esqueletos. Confirmamos, entonces, que no estamos solos en el mundo, y que nos parecemos mucho más de lo que pensamos o pensábamos.


Trabajo como editor en una revista, y cuando alguien quiere proponerme un tema, lo primero que le digo es: confío en tu instinto. Y es verdad, confío, aunque se trate de escritores jóvenes o con poca experiencia en medios, quizá acostumbrados a recibir encargos. Como si se tratara de un chisme, creo firmemente en que eso, lo que fuera que hizo que un periodista se interese en un tema, un personaje o una historia, es suficiente para que deba contarlo. El principio es simple: si tú crees que algo es importante, lo es.   


Luego viene una cuestión de estilo, ¿cómo contarlo? Hay algo de verdad en eso de que no hay nada nuevo bajo el sol, pero si tal verdad fuera absoluta no hubiese tenido sentido seguir escribiendo después de, no sé, Homero y Virgilio. Hay algo, algo, que sólo tú puedes contar, que está en tu experiencia, en tu voz y en tu mirada.

Y hay dos formas de adquirir experiencias: viviéndolas e investigando sobre ellas. Todos los temas que escogemos, aunque trabajemos en secciones fijas, reflejan una parte de nuestra autobiografía. A nadie le interesa hablar de astronautas a menos que haya sentido alguna vez la pulsación de romper el cielo de alguna manera; a nadie le interesa hablar de asesinos a menos que haya sentido alguna vez el deseo de explorar su propia oscuridad, acaso para contenerla, de frenar el horror que nos cae como una tormenta, o de probar que el ser humano no es la criatura evolucionada y civil de la que presumimos.

Hay algo, algo, que sólo tú puedes decir. Por lo general, cuando me encuentro trabajando en algún tema, consumo cosas relacionadas, novelas, reportajes, películas, canciones, cualquier cosa que pueda darme pistas sobre cómo afrontarlo. Digamos que, a mi manera, lo que me propongo hacer es un cover de algo que ya existe: copia como un hombre, roba como un artista, dice Fuguet; aprópiate de lo que sientas tuyo, dice Fuguet. Y en ese proceso, mientras escribo desesperado, pensando que nada tiene sentido, que cada frase es peor que la anterior, que ojalá esto termine pronto así sea para volver a empezar, me descubro hablando en mi propia lengua porque nadie más podría hacerlo así, como yo, para bien y para mal.        

Y, volviendo a los chismes, la clave está en los detalles. Un chisme vale cuando es jugoso, cuando provee a quienes lo escuchan no sólo de información antes desconocida sino también, y desde ese momento, imprescindible. Supongamos que hay una pareja besándose en un bar, nada raro en ello, pero si ambos están casados, quizás con amigos en común, aparecen en la escena la intriga y el escándalo; y si ella se ha fugado del cumpleaños de su esposo y él tiene un hijo padeciendo en el hospital al que debería estar cuidando, se suman cuestiones morales y éticas, cuestiones que humanizan a los personajes y nos permiten verlos a los ojos, sentir como ellos, ser ellos, porque la historia de los demás es también la nuestra.

El punto es que, sin detalles, una situación, una anécdota, no puede trascender al plano de una historia, que es lo que buscamos. El chisme necesita de una investigación responsable, lo mismo que cualquier texto periodístico. Que un asambleísta salga de la asamblea después de haber conseguido, tras horas de debate, que se acepte un proyecto de ley, no es una historia, es, a lo más, una noticia; ¿con quiénes se reunió el asambleísta antes de la sesión?, ¿quién impulsó el proyecto de ley realmente?, ¿quiénes se verán beneficiados?, ¿por qué ahora y no antes o después?; estas cosas, que parecen obvias, no suelen aparecer en los noticieros ni en los diarios, es como si sólo nos preocupáramos de investigar el presente, sin tener en cuenta que es consecuencia del pasado y afectará el futuro.


Me preguntan sobre las herramientas literarias que los periodistas pueden usar en sus textos. La respuesta es: todas. Lo único que no está permitido es mentir, y aburrir, que es peor (y eso que yo lo estoy haciendo en este momento). ¿Dónde las encuentran?, en los libros. Hay que leer: leer, leer, leer. Es sorprendente que haya que decir e incluso repetir esto. Me ha pasado, muchas veces, el encontrarme con periodistas de mucha experiencia o jóvenes que vienen de hacer sus maestrías y doctorados en otros países, y que parecen no haber leído un libro en su vida: desconocen las formas más rústicas del lenguaje, las exigencias más básicas para que se produzca la comunicación, los momentos elementales de la estructura narrativa. Eso se aprende leyendo, no hay otra forma (quizás sí, escuchando a la gente, o sea, chismeando). Es como hacer dieta o ir a un gimnasio, puede costar, involucrar sacrificios tal vez desagradables al comienzo, dolores musculares, incertidumbre, pero los resultados aparecen casi enseguida: no se te forma un six-pack en el estómago de un día para el otro, pero de pronto te cuesta menos salir de la cama. Así, leyendo, leyendo y leyendo, puedes empezar a caminar con más seguridad.

Vargas Llosa, que de muchas formas sigue siendo el cadete del colegio militar Leoncio Prado, siempre tan disciplinado y subyugado por su vocación, dice que hay que leer por lo menos dos horas al día, ojo, por lo menos, y me parece una buena cifra (además, y de esto doy fe, no hay libro que no se acabe sosteniendo ese ritmo). Borges decía: que otros se enorgullezcan de las páginas que han escrito, yo me enorgullezco de las que he leído. Y otro tip, ya que estamos, del argentino Rodrigo Fresán, cuyo estilo es en sí mismo la escritura como práctica de libertad absoluta: no gasten tiempo, ni dinero, en talleres, seminarios o charlas, compren las seis temporadas originales de La dimensión desconocida, ahí está todo. Y algo de mi cosecha personal: cuando uno encuentra a un autor, se encuentra a sí mismo.  


Me preguntan si hay rituales o mantras para escribir. Whatever works, como dicen los gringos: lo que sea que funcione. Si escribes mejor encerrado en el baño, dale; si escribes mejor sentado en la banca de un parque, rodeado de gente, dale; si necesitas inciensos y gatos, dale. Cuando empecé, aunque en esto uno empiece todos los días, sentía que no podía desaprovechar ninguna oportunidad, ningún espacio para escribir y publicar, y me acostumbré a escribir en mi casa, en la oficina, en trenes, aviones, barcos, hoteles, bares, restaurantes, y aunque al final se me cruzaron los cables y se me fundió el cerebro, debo reconocer que nunca más fui tan productivo y que quizás no serlo me haga desaparecer del todo entre los bosques frondosos del olvido.

Una vez intenté tener un ritual, o por lo menos una atmósfera. En parte, acepté el cargo de editor para poder organizar mejor mi agenda, para no depender de viajes y entrevistas, y así dedicarle más tiempo a la escritura. Parecía perfecto. Pasaba unas horas en la oficina y luego disponía de la tarde casi entera para escribir en casa, sin distracciones, sin interrupciones, sin molestias. En un principio funcionó, avancé, pero muy pronto caí en mi propia trampa, y en vez de escribir, pasaba horas y horas viendo Big Bang Theory, diciendo mañana recupero las horas perdidas. No hay tal: esas horas nunca se recuperan, y uno se oxida. Escribir no es como andar en bicicleta, uno se olvida, uno se cae. Así que desde hace algún tiempo lo hago en la oficina, ahí, entre mis compañeros, como ustedes en la redacción. Y sólo puedo suponer que funciona porque en ese lugar me he acostumbrado a ser productivo. Y por lo pronto sobrevivo a cada día.


¿Cuándo está listo un texto? Dicen que Víctor Hugo tardó veinticinco años en terminar Los Miserables, y ahí está, ahí sigue, en Hollywood, en Broadway. ¿Cuándo está listo un texto? Raymond Carver tenía una teoría: cuando borras todas las correcciones que acabas de hacer. Yo no soy tan optimista, aunque concuerdo, en algún punto ya no hay nada que podamos hacer por un texto. ¿Cuándo está listo un texto? Nunca. Otra vez Borges: publicamos para dejar de corregir. Aquí los periodistas tienen la suerte, sí, la suerte, de verse acorralados por la fecha de cierre o por la mirada de un editor que, en el mejor de los casos y con la distancia adecuada, sabrá cuándo soltar el texto para empezar a olvidarnos de él. Hay que aprender a olvidar y a soltar, como en el amor. Alberto Salcedo Ramos decía: lo mejor de escribir es terminar de escribir. No sé si sea lo mejor, me quedo con esos momentos en los que oprimes las teclas hasta el centro de la tierra, embalado, enceguecido por el éxtasis que luego te quema y se va, pero sin duda que terminar ayuda a seguir adelante.   


Y ya. He gastado demasiado de su tiempo. Sólo me quedan dos cosas más por compartir. 1) Un principio del comediante Louis CK: haz lo que creas que no puedes hacer. 2) Una reflexión personal: cuando no sepas qué escribir, escribe la verdad.

(Apuntes leídos en la redacción de diario La Hora. Quito)

1.21.2019

El método Eastwood


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Hoy por hoy es difícil convencer a alguien de que te acompañe a ver una película de Clint Eastwood. La gente, el público, los cinéfilos, ya no confían en él. Y los entiendo: de un tiempo a esta parte las cintas del viejo y gran –pase lo que pase, nunca dejará de ser grande– Clint ya no son atractivas por justas razones, ya no enganchan, ya no traen consigo la misma carga sentimental, y a veces parecería que sólo las hace para evitar no tener nada que hacer, para esperar a la muerte con las botas puestas y el ojo en el lente. 

Pero en The Mule, su estreno más reciente, Clint Eastwood sigue vivo o vuelve a vivir o demuestra que todavía le puede sacar provecho a su vida. No como director, la cinta no es buena, es más, quizá lo honesto sería decir que es mala o simplemente que es cualquier cosa; sino como actor y como persona. A sus 88 años, Clint consigue uno de sus papeles mejor logrados y conmovedores, mejor dicho, confirma que ese personaje suyo que de alguna manera repite una y otra vez tiene aún cosas que decir y sentir.

La historia, basada en un caso real y más puntualmente en un artículo de la revista del New York Times, gira en torno a un floricultor caído en desgracia que, alrededor de sus 90 años, se convirtió en la mula más eficiente del Cartel de Sinaloa dentro de los Estados Unidos. Si les interesa la historia, vayan directo al artículo, que en cuestiones de narrativa supera de largo a la película; pero si quieren ver cómo un personaje se humaniza y se aterriza hasta que podemos verlo a los ojos y ponernos de su lado y quererlo, recurran al señor Eastwood.

Lo que hace Clint en The Mule es algo no menor: transforma a un personaje que pudo ser a todas luces un cliché unidimensional y desabrido en una persona de verdad, a la que se puede tocar y con la que se puede no estar de acuerdo, pero que jamás se puede abandonar. Se trata de un hombre que, como muchos, como tantos, puso su trabajo por delante y por encima de su familia y ahora, en sus últimos años, trata de enmendar el pasado aunque eso sea imposible, consiguiendo a través del crimen humanidad y dignidad y carácter.

La figura actual de Clint Eastwood, prácticamente un anciano, flaco, encogido y con el pellejo apenas colgando de sus huesos, logra darle trascendencia física y emocional a todos los movimientos de su personaje. En cada paso, en cada mirada (Clint todavía tiene esa mirada que intimida, juzga y desarma), en cada arruga, en cada vena que brota en su frente o en sus manos. O cada vez que sobre su rostro sucede esa mueca que logra levantarle sólo la mitad de los labios (como diciendo estás en problemas o estoy en problemas o este mundo ya no vale la pena). Verlo así, todo él entregado al oficio, poseído, como un joven actor que recién comienza y no tiene más vida que el presente, justifica la existencia de una cinta que de haberse entregado a cualquier otro espíritu no merecería el derecho al oxígeno.         

Salí de la sala emocionado, temblando, al borde de las lágrimas; en parte, sí, porque de alguna manera acababa de ver la muerte en vida de Clint Eastwood o el comienzo de la muerte en vida de Clint Eastwood, una suerte de despedida o testamento (aunque sólo Dios sabe cuántas más películas hará); pero sobre todo porque acababa de ver a un actor, a un profesional, a una persona, entregarse como pocas a eso que lo apasiona y lo estructura y le da sentido. Me queda claro, otra vez gracias a él, que no basta con descubrir y ocupar nuestro lugar en el mundo, hay que cuidarlo, defenderlo, hacerlo crecer y dejar que otros tengan acceso a nosotros. A estas alturas del partido, cuando ya no lo necesita, cuando en su carrera hay más que suficientes motivos para la eternidad, Clint Eastwood vuelve a darme la impresión de que sólo él sabe cómo es la vida.   


1.07.2019

Radio Radio (sólo quiero que la gente diga WOW)


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Tengo que dejar de escuchar música. No para siempre, sólo un rato, mientras hago esto. Ok. Sólo una más. Lo juro. Sólo una canción más antes de empezar a terminar de escribir esto en lo que llevo demasiado tiempo. The Selfishness Of Love, de Salad, un tema nuevo de una banda veterana que suena a lo mejor de comienzos de los 90’s, aquellos fabulosos 90’s. Ya. Sólo una más, otra, Youth In Overload, de Crewel Intentions, porque wow, está increíble y tengo que repetirla. Esto, me queda claro, es culpa de Edwin Poveda y su Vagón Alternativo. Tengo que quitarme los audífonos. 

*

A veces lo mejor es comenzar por el final, quizás porque ahí, después de todo, está lo que uno salió a buscar, la razón de ser de eso que uno quiere contar. Y al final, luego de varias horas conversando en su ático (que dicho sea de paso debería ser declarado patrimonio nacional), rodeados de lo que él me asegura son más de 60.000 CD’s, Edwin Poveda responde como un grande a la peor de mis preguntas, ¿haz pensado en renunciar? Ahora que lo pienso, espero no haberlo ofendido. No hard feelings, man.

Edwin lleva más de veinte años conduciendo El Vagón Alternativo en la Metro Estación (88.5 en Quito), un programa dedicado enteramente al rock alternativo de los 80’s hasta nuestros días, y una suerte de biblia en la que ciertos feligreses consultamos no sólo la historia de nuestros antepasados sino también, como en un oráculo, lo que nos deparan el presente y el futuro. ¿Renunciar?, me pregunta Edwin de vuelta, Nunca ¿Para qué? Lo amo demasiado. Amo tener el control durante cuatro horas a la semana. Amo poder decir esto es lo mejor que la gente puede escuchar. Hace mucho tiempo, quizá en mi tercer año como DJ, una novia me dijo, “¿Vas a seguir haciendo esto por mucho tiempo? No puedes, te vas a cansar, te vas a repetir” Y yo le dije “mmm… no creo” Me veo haciendo esto hasta que me rompa y me muera. Es mi sueño.

¿Cuánta gente puede decir que vive su sueño o que reside dentro de un sueño al menos un par de horas a la semana? No mucha. Casi nadie, si nos ponemos a contar. El sueño de Edwin, además, es un sueño compartido, es el sueño de los que lo escuchamos cada sábado, de seis de la tarde a diez de la noche, de los que nos aislamos de los demás para encontrarnos en ese punto invisible, unidos por una gran e inagotable pregunta que siempre viene al caso, ¿qué pondrá hoy? Mientras dura el programa, parece que el mundo es suyo y que nosotros sólo vivimos en él, lo que ya es bastante.

Hay gente que está cómoda con sus vidas y con lo que suena en la radio, me dice Edwin, pero lo que yo llevo haciendo en mi show durante más de veinte años es educar el oído del que no está conforme. ¿Quién está conforme?, ¿quién puede?, ¿no sería sospechoso? En el mejor de los casos nos inventamos un planeta para salvarnos del resto del universo, lo habitamos con nuestros principios, lo decoramos con nuestra estética, lo poblamos con nuestros personajes, lo llenamos con nuestra música y, con suerte, ese planeta llega a girar a una velocidad suficiente como para no morir en el intento: como un disco que gira bajo la aguja o un cuerpo que gira y despega y se eleva hasta alcanzar la altura de esa música que desprendió sus pies del piso.  

*

Otro final, el de la película Almost Famous, de Cameron Crowe, esa oda llena de cariño y corazón al rock de los 70’s que nadie ha podido superar (un poco ingenua, sí, tal vez podría o debería ser más dañada, pero no por eso menos emocionante): el todavía-adolescente-reportero le pregunta al rockstar ¿Qué es lo que más te gusta de la música? Y el rockstar responde, Para empezar, todo. Volver al presente: se lo pregunto a Edwin, yo, un reportero en decadencia que se acerca peligrosamente a los cuarenta, él, un DJ de radio que pone lo que nadie más pone y pocos escuchamos, que ya pasa de los cincuenta pero habla –por lo menos de música– con las hormonas desatadas, agitadas, estremecidas. Y Edwin responde entre pulsaciones, entre notas de aire, La música… para mí… sólo me hace sentir bien, man… las voces, el ritmo, todo es grandioso.          
La verdadera respuesta, creo, la encuentro de vuelta en su programa, el primer sábado de diciembre del 2018, días antes de cerrar esta nota, como si ese preciso momento de iluminación me hubiera estado esperando.

Suena una versión rocker de Can’t Take My Eyes Off You, el himno romántico de Frankie Valli, acaso todo lo que un hombre enamorado puede decirle a ese oscuro objeto del deseo. Edwin no pone ese tipo de canciones. Me preocupo, pero no hay nada de qué preocuparse, al contrario, se trata de una celebración. El DJ, al aire, pide permiso para hacer un paréntesis de cuatro canciones dedicadas a Claudia, su esposa. No son boleros, ni baladas melosas o clásicos lacrimógenos, son canciones que caben perfectamente en la estructura genética de este programa alternativo: All Around The World, de The Jam; Let Me Kiss You, de Morrissey; Starman, de David Bowie; y I Still Want You, de Richard Hawley (esta es la única, por así decirlo, lentona, como para bailar abrazados sin que nadie nos vea o sin que importe quién nos esté viendo) Y Edwin, al aire, repite una y otra vez, te amo, te amo muchísimo, hasta dice siento que estamos conectados por la voz de David Bowie y me parece que es lo más romántico que he escuchado en la vida. Y entiendo. Y veo cómo un hombre se apropia de lo que siente suyo y lo usa como un arma para hacer el amor. Y aparece frente a mí el significado mismo de la música: todo. 

El programa sigue, pero yo tengo que retroceder. Edwin y Claudia se conocieron en una cita a ciegas a la que ella no quería ir. Claudia dijo vivo por la mitad del mundo y ya es tarde, no voy a llegar, lo siento. Edwin dijo no te preocupes, yo te voy a ver. ¿En serio? Sí. Y una noche, a eso de las siete, se sentaron a tomar un café y a conversar y no se levantaron hasta pasada la una de la mañana. Pasa en las canciones, pasa en la vida. He tenido mis relaciones, pero con mi esposa fue diferente, con ella di todo. En mis relaciones anteriores no daba todo. Siempre tenía mi pared. No sé qué era. Mis novias no entendían mi estilo de vida de radio, “¿tienes que ir todos los sábados?”, “¿no puedes tomarte un sábado para estar conmigo?” y yo decía, “es mi trabajo, me están pagando, ¡y me gusta!”, pero ellas pensaban que estaba con otra mujer. Otra vez: todo. Darlo todo. Y todo es todo.  

A Claudia no le gustaba el rock, pero está aprendiendo (esa es la palabra que usa Edwin, aprendiendo) porque él le está enseñando y me pregunto si al final no es eso lo que uno busca en la vida: alguien con quien escuchar música. Por lo menos es parte del sueño, eso me consta, de las cosas con las que uno sueña desde que empieza a moverse, allá, lejos, al principio de nuestra historia privada. 
       
*

Comienzos de los 70’s. El chico vive en Gardena, California, a unos veinte minutos de Los Ángeles, cerca del mar. Sus padres son ecuatorianos, pero él nació en Estados Unidos y aunque entiende español sólo habla en inglés. Gardena es un sitio de migrantes, hay muchos japoneses-americanos, algunos descendientes de la guerra, y también una comunidad de mexicanos-americanos. Su padre trabaja reparando computadores que al chico le parecen tan grandes como los refrigeradores, su madre es profesora de español.

El chico va a un colegio privado porque sus padres quieren alejarlo de las calles en las que ya se percibe la violencia. El colegio no es barato y la familia se ajusta a un modesto estilo de vida para que él y su hermana menor puedan estudiar cómodamente. No salen mucho a comer ni de paseo, se distraen en casa, reunidos con otros latinoamericanos, escuchando cumbias, boleros y pasillos que el chico no entiende: Los Panchos, Los Tres Ases, Los Diamantes. Lo que el chico entiende es que la música une a la gente, a su gente.

Mediados de los 70’s. Año 75 o 76, por ahí. Navidad. El chico recibe un regalo que le cambiará la vida para siempre aunque él no lo sepa todavía: un radio de transistores, una cosita gris a la que se le saca una larga antena plateada. El chico camina por la casa buscando una estación, una señal, y lo primero que encuentra es música disco, Donna Summer, The Village People, música comercial, del momento, música distinta a la de sus padres pero que no lo llena del todo. El chico sabe que allá afuera debe haber algo más.

Aunque digan que nada pasa por casualidad, esto es un accidente, o un milagro. Mientras pasa de estación en estación, el chico descubre el programa de Rodney Bingenheimer en la KROQ, y escucha lo que viene desde la costa este, desde Nueva York: Ramones, The Talking Heads, Blondie, y digamos que así descubre también una banda sonora para la película de su vida. ¿Seré raro?, se pregunta, y mantiene sus nuevos gustos en secreto. Sus amigos siguen metidos en lo disco o ya en bandas de rock como KISS. Al chico las caras pintadas de KISS le dan un poco de miedo.  

El chico escucha radio, lee historias de Batman y La Liga de la Justicia y dibuja sus propios cómics. Entra al colegio, el tiempo le falta, tiene que escoger y escoge quedarse con la música. Se encuentra con más locutores, como el británico Richard Blade, y con más bandas como Duran Duran, The Romantics, The Knack. A los dieciséis va a su primer concierto de rock y ve a U2 en un club pequeño, antes de que sean mundialmente famosos, y también a REM, en las mismas circunstancias. El virus corre por su sangre, está enganchado.

El chico vive a varias cuadras del colegio en el que estudia. Sus padres le dan dinero para que tome el bus y para que almuerce, pero él se lo guarda. Madruga, espera a que sus padres salgan de la casa y se va caminando al colegio: en la mochila lleva alguna fruta para comer. Al final de la semana tiene lo suficiente para comprar discos en una tienda de camino a casa, y así comienza su colección. Ahora escucha punk, Sex Pistols, The Clash, The Jam, y algo de New Wave, The Smiths, Joy Division. Ya sabe que la música es una de las cosas más importantes que le van a pasar.

Mediados de los 80’s. El chico sale del colegio, no sabe qué hacer y estudia ingeniería en sistemas porque, según su padre, que no se equivoca del todo, ahí está el futuro. Pero ese no es el futuro que el chico quiere. Lo que él desea es enseñar: después de la música, lo apasiona la historia. Comienza a trabajar en el colegio en el que da clases su madre, como asistente de profesor o profesor sustituto, decide volver a la universidad para estudiar pedagogía y piensa que el rumbo de su destino está trazado, que seguirá en California o por lo menos en Estados Unidos.

Comienzos de los 90’s. Disturbios en California. Los cuatro policías que golpearon casi hasta la muerte a un afroamericano llamado Rodney King son encontrados inocentes luego de tan solo horas de deliberación. La ciudad estalla. Saqueos, incendios, muertes. El chico siente la alta temperatura en el ambiente. Un día es atacado mientras conduce su auto, el carro queda gravemente herido y el chico siente que es hora de darse un respiro, quizás por unos meses, aprovechando que sus padres han decidido volver al Ecuador ya jubilados.      

El chico regresa a un país que sólo ha conocido de vacaciones, que es el suyo pero al mismo tiempo no lo es. Se siente cómodo, tranquilo, pero un poco desconectado, hasta que empieza a encargar revistas de música a través de un código postal en Miami. Recibe entre diez y quince revistas cada dos semanas, onda New Musical Express (NME) o Rolling Stone, y hace listas para luego encargar discos en Audio & Video, una tienda que funciona en la planta baja de El Caracol, sobre la Avenida Amazonas. No es lo mismo, pero el chico puede vivir así.

El chico consigue un trabajo en el colegio Santa María Goretti, cerca de Pomasqui, a las afueras de Quito. Se encuentra con un ambiente violento en el que los profesores castigan físicamente a los estudiantes y eso le parece anormal, salvaje (un poco muy The Wall), así que después de un tiempo renuncia y encuentra un puesto en la Academia Cotopaxi, donde puede tener una vida bilingüe, en dos idiomas, justo lo que necesita: el estilo de enseñanza americano dentro del Ecuador, donde ya siente que puede inventarse un futuro.

Mediados de los 90’s. El chico se siente a gusto, pero un poco solo, no tiene con quién escuchar música. Un día captura por ahí el programa Toque de Queda en Radio Visión, y dice wow, aquí sí hay gente que escucha esta música. Llama al programa, pide una canción sólo para testear a los locutores, le dicen que no la tienen pero lo invitan a ponerla la próxima semana. El chico va, habla de las bandas que va a poner, casi todas británicas y desconocidas en el Ecuador, y lo invitan un par de veces más. Es la primera vez que está en una cabina de radio pero se siente en casa. Quizás ha llegado a su verdadero hogar.

El chico tiene un amigo, su mejor amigo, con el que se cruza casetes: Edison Soto, que a la vez tiene un programa de radio, El Museo del Rock. Soto le propone abrir un bar para poner la música que les gusta, algo así como el Iguana Bar que existió brevemente en La Mariscal, pero el sueño del chico es otro, él quiere su propio programa en la radio. Soto lo conecta con La Metro y el chico, que todavía no sabe de consolas, tiene su primer espacio  al aire. Durante el tercer programa, el locutor que lo acompaña y le da una mano con los aparatos dice Estamos en este vagón… especial. El chico lo corrige, Estamos en el Vagón Alternativo, dice al aire. Es el 2 de mayo de 1998.

*

Edwin me dice que la gente no sabe cómo usar YouTube, que necesita una guía porque hay demasiada música allá afuera que merece ser escuchada (y que ahora se puede escuchar). Pienso que él es un profesor dentro y fuera de la Academia Cotopaxi, que lo que hace realmente es mostrar lo desconocido: sólo quiero que la gente diga Wow, me dice. En su página de Facebook, coronada por una foto de él y Claudia en la que ella señala un anillo, postea el repertorio de cada semana. Eso me ha hecho muy mal o me ha vuelto muy poco productivo durante estos días, pero me ha recordado por qué quería escribir esto: hay demasiada música allá afuera que merece ser escuchada. Voy revisando y poniendo las canciones. Ahora mismo, Soft As Snow (But Warm Inside), de My Bloody Valentine, y Single, No Return, de Ten Fé. Y son tan buenas que no puedo seguir escribiendo. Una buena canción te gusta, una gran canción te paraliza.

*

Alguna vez escuché que un músico es tan grande como su discoteca y que la discoteca más grande es la de Bob Dylan. No me consta, pero no me extrañaría, sería lo más coherente con la historia del rock. En todo caso, la discoteca más grande que yo he visto, y me refiero a una colección privada, es la que tiene Edwin Poveda en el ático de su casa. La vi y pensé: ahora todo tiene sentido, este es el palacio de alguien que no acumula música sino que la procesa, la digiere y la comparte cuando está lista para el consumo humano.

El combo de Edwin es tan preciso como sencillo: te dice, mezclando su inglés intachable y su español distorsionado, el nombre de la canción, el nombre de la banda, el nombre del disco, la fecha del lanzamiento original, y siempre incluye una pequeña biografía que es el valor agregado de su programa, un dato wiki que sólo él posee. Con Edwin no se escucha, se aprende. En tiempos en los que nadie se detiene, en los que nadie escucha a nadie y en los que todos contra todos, él para y nos hace parar por un momento para contemplar lo que antes no podíamos ver, eso que ni siquiera sabíamos que existía y que ensancha y alarga y profundiza el horizonte con el que le damos límites al mundo.          

El chico es ahora un hombre afortunado, parece el hombre que quiere ser. Tiene una familia, un trabajo que le gusta, un programa de radio que lo apasiona y, de hecho, me dice que cortemos la entrevista porque debe salir para allá, para la cabina, y hacer lo mismo que hace todas las semanas desde hace más de veinte años: poner música. Me acompaña hasta la calle, nos damos un abrazo que para mí es una forma de decir gracias, gracias totales, infinitas. Me gusta saber que él está allá afuera, cuidando de nosotros, que es el DJ que merecemos y necesitamos.

Yo volveré  a mi casa y encenderé la radió y estaré con los hermanos que conozco pero que nunca he visto.
 
¿Qué es lo que más me gusta de la música?
Todo.

(Mundo Diners)