2.08.2016

Grandes éxitos


 La libertad consiste en ser capaz de preocuparse por alguien más
– David Foster Wallace ­–

La vimos en el Cinemark de la Plaza de las Américas. Aunque ya estudiábamos cine y teníamos discos láser en la universidad y alquilábamos casetes VHS en La Liebre, ninguno sabía qué era ni de qué se trataba. La vimos porque en el póster salía John Cusack y confiábamos en él. No queríamos ser estrellas de cine, teníamos claro que nuestro lugar estaba al otro lado del lente, pero nos habíamos confesado que si alguna vez hubiésemos querido ser actores seríamos como John Cusack. A veces pienso que ni siquiera queríamos ser cineastas: nos bastaba con ser cinéfilos, rockeros, nerds. Nuestra vida se dividía entre el cine y el rock y el póster de High Fidelity prometía ambas cosas. ¿Entramos? De una, vamos. Y fuimos. Entramos. La luz de la pantalla nos iluminó de nuevo. Al final, mientras sonaba esa canción de Stevie Wonder que nunca habíamos escuchado, la pregunta soplaba en el viento. ¿Escuchábamos música porque éramos miserables o éramos miserables porque escuchábamos música?

¿Has visto High Fidelity? Tienes que verla. Es sobre este man, Rob, que tiene una tienda de discos, o sea, LP’s, vinilos, ¿te acuerdas de los vinilos?, mi vieja tenía uno de George Harrison. Tú tenías uno de Metallica que le habías robado a un primo o algo así, el clásico Led Zeppelin IV y también uno de los Hombres G que te daba vergüenza mostrar y decías que era de tu hermana. Ya pues, este man tiene una tienda de discos en la que trabajan otros dos manes que son enfermos de la música y lo saben todo, todo, y se pasan haciendo listas: las mejores cinco canciones para un lunes por la mañana; los cinco discos que te llevarías a una isla desierta; las cinco canciones que quisieras que pongan en tu funeral. La película arranca cuando la pelada de Rob se está yendo de la casa y él empieza a hacer una lista de las cinco mujeres que le han roto el corazón, las que de verdad le dolieron, desde que estaba en el colegio hasta ahora. No sé, ponte que el man tenga unos treinta años. La cosa es que el man decide visitar a esas peladas como para saber por qué lo dejaron mientras trata de recuperar a su novia, una rubia guapísima pero no la típica rubia guapa, no, no sé en qué más ha salido. Aguanta, cacha esto, el que le dice que busque a sus novias, que son como los fantasmas de la navidad pasada, es Bruce Springsteen. Sí, The Boss, el man hace un cameo y sale tocando su Telecaster. Es una comedia, o sea, una comedia romántica pero rockera. De ley, súper nerd.  

Le dijimos a la gente que tenía que verla para entender cómo es el mundo y cuáles son las prioridades en esta vida. Lo que queríamos era que nos entendieran, que visitaran nuestro planeta aunque fuera durante esos 113 minutos de metraje. Habíamos encontrado la película de nuestra vida. Nuestra fucking autobiografía.  

Si hubiera existido Facebook o Twitter habrías dicho que era más importante que El Ciudadano Kane. Las redes sociales deberían tener alguna especie de anticonceptivo para prevenir el pensamiento precoz, un mecanismo de seguridad que, antes de postear, te haga el siguiente anuncio: haremos público tu comentario si en veinticuatro horas sigues pensando igual. Lo curioso es que han pasado más de quince años y, no sé, quizás High Fidelity no tenga el peso histórico del magnum opus de Orson Welles y no la enseñen en las facultades de cine –aunque deberían– ni aparezca en esas listas de las mejores cintas de todos los tiempos, lo que resulta irónico tratándose de una película en la que se hacen tantas listas, pero sé que es una de las películas que más hemos visto en la vida y eso la vuelve una obra mayor, clave, trascendental. Por lo menos para nosotros, que nos hicimos amigos hablando de cine. Una tarde, durante el break de la clase de fotografía en blanco y negro, tú dijiste que la mejor película de Kubrick es Barry Lyndon y yo pensé este man sí sabe.   

High Fidelity llegó al Ecuador en el 2001, un año después de su estreno en Estados Unidos,  pero creo que estuvo en cartelera menos de tres semanas, un mes, máximo. Nadie la tomó en cuenta, nadie escribió sobre ella en El Universo o en El Comercio, a nadie le importó. Quizás algún bloguero podría haberla defendido, pero los blogs aún no nacían. Los críticos gringos, en cambio, trataron de abrirle campo entre otros estrenos del mismo año: la llorona Dancer in the Dark del pesado Lars von Trier y Snatch, que nos pareció increíble y cague de risa pero que terminamos olvidando. Stephen Holden, que fue ejecutivo de RCA Records (la casa de Elvis Presley) y reportero de la Rolling Stone antes de convertirse en el crítico de cine del New York Times, dijo, “¿Ahora tenemos High Fidelity, la ingeniosa, exquisita y afinada adaptación de [el director] Stephen Frears de la novela de Nick Hornby, cuyo narrador, Rob Gordon (John Cusack), es un banco de datos ambulante… Rob y sus colegas están tan inmersos en la cultura pop que clasifican los eventos más importantes de su vida en listas de grandes éxitos… Las mujeres en su vida, encantadoras, impulsivas y sexys cada una a su manera, evocan de manera precisa la intimidad de la gente difícil” ¿Éramos difíciles? Tampoco tanto. Un poco idiotas, quizás. Creídos, de ley. Y Roger Ebert, esa autoridad de la crítica establecida que publicó toda su vida en su natal Chicago Sun-Times, le dio cinco y estrellas y dijo, “A su manera, relajada, caprichosa, extravagante y obsesiva, High Fidelity es una comedia sobre gente real en la vida real… películas como ésta no se hacen muy a menudo… Salí del cine sintiendo que podía caminar por las calles y conocer a esos personajes, que quería conocerlos, lo cual es un halago aún mayor”. En Ecuador la vimos pocos, pero de esos pocos muchos quedamos marcados.


Tú fuiste el primer pana que hice en Quito, mi amigo serrano, mi marido de la universidad. Los costeños somos más regionalistas que los serranos, bro. Los serranos se creen más bacanes que los costeños, pero a nosotros no nos cabe duda, ni siquiera nos detenemos a pensarlo: somos más bacanes, punto. Es una huevada sin sentido, pero importa, o importaba en ese momento. Presentarte a los panas de mi pueblo, a mi wolfpack, fue como llevar a una novia a la casa de mis viejos. Yo sentí lo mismo cuando me presentaste a la gente del Colegio Alemán, me pareció un poco ridículo que dijeran “Deutsche Schule”, o sea, no vivían en Berlín, pero no dije nada porque quería caerles bien.  

También fuiste el primero que se compró el DVD. Te compraste el original porque todavía no habían esas tiendas de películas pirata en El Espiral o en la Mariana de Jesús o en la Shyris. Y la volvimos a ver. La vimos juntos y por separado porque ese DVD vivía entre tu casa y la mía como el hijo de una pareja divorciada. La vimos con el personal de confianza. La vimos con nuestras compañeras. La vimos con las peladas que nos gustaban: no sé de forma más ingenua de gritar amor, diría Braulio. Se la mostramos a nuestras hermanas y ellas también conectaron y creo que mal que mal entendieron el mensaje, el tipo de personas que éramos y el tipo de personas con las que nosotros aceptaríamos que ellas se metieran. High Fidelity se convirtió en un requisito para quien quisiera ser amigo nuestro y también en esa película que ves al final de una borrachera o al comienzo de un chuchaqui o any given sunday, comiendo pizza, como para clausurar una semana y llenarte de fuerzas para otra. 

Yo fui el primero que consiguió la novela. La compré en una librería que estaba en la González Suárez, cerca del monumento a Churchill, Sagitarius creo que se llamaba. Me acuerdo que estaban liquidando la mercadería y había full cosas con descuento, regaladas, y compramos esos libros con las letras de Bob Dylan en inglés y en español que parecían cancioneros de iglesia. Un día fui por mi cuenta, capaz te mandé un mensaje, no me consta. Ahí estaba, Alta fidelidad, de Nick Hornby. La encontré como encontramos la película: por accidente. La traducción era españolísima, en la contratapa se referían a  Rob como un “tío” que estaba “colgado” y en los diálogos el man decía “gilipollas”. Todo mal. Igual te la mostré súper orgulloso, para sacarte pica porque la edición era del 98, anterior a la película, y eso le daba valor agregado. Creo que los libros de Nick Hornby ya estaban todos en Anagrama, pero no conocíamos a nadie que tuviera un libro de Nick Hornby. Luego tú te compraste el libro en inglés. Luego todos nos compramos el libro en inglés y hasta el día de hoy cada vez que veo ese libro en la casa de alguien siento que estoy en un lugar seguro.

No conozco tu casa, tu nueva casa, allá en la tierra de Niel Young, pero sé que ese libro está por ahí y que quizás otra gente piensa lo mismo cuando lo ve apretado entre los de Chuck Klosterman y Alberto Fuguet. Tu casa. Tu esposa y tus hijos. Tu hogar. Puta, eres un adulto, maricón. Siempre pensé que yo me casaría primero, que tú serías el padrino de la boda porque después de todo tú me la presentaste, que en algún momento serías como un hijo nuestro –así me siento cuando salgo con parejas, como un pelado medio huérfano–, llegué a preocuparme, creo que incluso hablamos de ti, ¿quién cuidará de él si nos casamos? Pero fue al revés. Y el día de tu boda que como todas las bodas serranas pasó al medio día y no en la noche como hace la gente civilizada sabía que te estaba perdiendo, que ya te había perdido, que jamás sería lo mismo, pero puta madre que estaba feliz, tranquilo, en paz. He’s gonna be just fine, pensé. Me quedé solo, pensé.  


¿Leíste High Fidelity enseguida o sólo dijiste que la habías leído enseguida? Yo me demoré. Tuve miedo. Me pasó lo contrario de lo que suele pasarnos. Si lees una novela que te gusta, que te habla, que te contiene, y luego te enteras de que van a hacer una película, es imposible no paniquearse un chance. Pero en este caso la película se sentía tan cercana, tan documental, tan nosotros, que casi esquivo la novela para no tener que compararla con nada. Ernesto Sábato decía que todas las adaptaciones del Quijote han fracasado por lo amplio de su ambición, que la única forma de filmar la historia del Ingenioso Hidalgo de La Mancha sería escoger un capítulo que sujete la naturaleza entera del personaje y encuadrar, en una sola aventura, una especie de Quijote Concentrado. En términos de transmisión emocional, es decir, de entender y luego filmar la esencia de una novela, High Fidelity está, sin duda, entre las mejores adaptaciones cinematográficas de toda la historia, a la altura de El Padrino o Muerte en Venecia. Si te gustó la película, el libro te va a encantar.

En la novela, las cinco canciones favoritas de Rob son Let’s Get It On, de Marvin Gaye; This Is The House That Jack Built, de Aretha Franklin; Back in the USA, de Chuck Berry; White Man In The Hammersmith Palais, de The Clash; y So Tired of Being Alone, de Al Green. Los únicos blancos son The Clash, pero su canción tiene estrofas reggae, lo que equivale a un bronceado no tan ligero. El resto es música negra, música que se puede bailar porque tiene eso que antes se llamaba swing y ahora se llama flow. Música para enamorarse o para enamorar o para sentir ganas de estar enamorado.

No sé si tú también piensas en esto, pero me cuesta creer que nunca tuvimos novia al mismo tiempo o en la misma ciudad o en el mismo país. Salíamos los dos a todas partes y si era muy tarde y estabas borracho te quedabas a dormir en mi casa y si yo estaba en Cumbayá dormía en la tuya y al otro día tu mamá nos hacía el desayuno pero igual nos decía vayan a bañarse, huelen a trago, y se iba cabreada de la cocina. Salíamos los tres, al cine, a comer, a esas fiestas y a esos bares en los que me gustaba verte bailar con mi novia porque no sabía con quién más podías bailar y porque así yo podía descansar un poco, hablar con otros nerds y mirar a otras mujeres sabiendo que tenía sexo asegurado en casa. Una vez, ella me dijo que habían vacilado, luego me dijo no, te estoy jodiendo, pero lo dijo. ¿La besaste?, ¿te besó?, ¿se besaron? Me dijo que fue cuando yo estaba en Argentina y me la pasaba escribiendo y persiguiendo a Charly García. ¿Tiraron? Éramos chicos. Ha pasado tanto tiempo, bro. Ha pasado tanto tiempo y nunca hemos salido los cuatro. Nunca he tenido una novia que sea la mejor amiga de tu esposa, que hable con ella mientras tú y yo escuchamos música. Eso nunca ha pasado. Ojalá pasara. Los cuatro. La música.     

Conseguí la banda sonora de High Fidelity en Panamá, en el 2003, cuando todavía existían las tiendas de discos. Hay algo que no te he dicho de puro cobarde: en esa tienda había dos copias y pensé en comprarte una, lo juro, si alguien merecía ese disco eras tu, pero no tenía plata, acabábamos de graduarnos de la universidad y estábamos desempleados, chiros. La portada era esa parodia-homenaje de A Hard Day’s Night de Los Beatles (por cierto, ¿escuchaste la versión de Hey Jude de Wilson Pickett y Duane Allman?, es mejor que la original), sólo que en ves de veinte fotos de Los Beatles había nueve fotos de John Cusack. ¿Sabes por qué aparece sólo de la nariz hacia arriba?, porque en la portada de la banda sonora –no del álbum sino de la película– de A Hard Day’s Night Los Beatles salen retratados de esa manera, de la nariz hacia arriba. Fíjate.

Nosotros, que pensábamos que lo habíamos escuchado todo o por lo menos todo lo que valía la pena escuchar, nos quedamos como locos con la cantidad de música que supuraba la película. Ahora le decimos a la gente que los habíamos escuchado toda la vida, pero mentira, cabrón, no fue hasta que vimos High Fidelity que escuchamos cosas como Belle & Sebastian, The Beta Band, Stiff Little Fingers, 13th Floor Elevators, Marie De Salle, Stereolab o John Wesley Harding. La película nos hizo escuchar canciones que luego nosotros le obligamos a escuchar a nuestros amigos: Always see your face, de Love, ¿habías escuchado Love antes?, yo tampoco; Cold blooded Old Times, de Smog, esa parte que dice este es el tipo de recuerdos que hace que tus huesos se vuelvan de vidrio todavía me da escalofríos; Fallen For You, esa balada con piano de Sheila Nicholls que jamás se me habría ocurrido escuchar en la vida, cursi, melosa, el tipo de canción que le criticas a tu novia pero que escuchas a escondidas y cantas en la ducha, me encanta esa parte en la que se acuerda del novio mientras recorre el Guggenheim, me hace pensar en esas personas que nos persiguen como espíritus porque nosotros las arrastramos como cadenas entre los talones, porque no las podemos dejar ir, porque no queremos ser libres. Lo que me obliga a cantar Most of the Time, de Bob Dylan, esa canción que nos hizo mirar de nuevo y con atención el trabajo del viejo Bob en los 90’s, que confirmó la teoría de que en todos los discos de Dylan está una de las mejores canciones de Dylan. La mayoría del tiempo, ni siquiera pienso en ella, ¿estuvimos juntos alguna vez? La cantidad de veces que nos emborrachamos escuchando eso. Estuvimos tan cerca que no había espacio para nadie más.

Lo que nos unió, a nosotros dos y a nosotros tres y a todos nosotros con la película, fue eso que nos separaba de otra gente: la música. Despreciábamos a los que no habían escuchado Velvet Underground o decían que Nirvana estuvo bien para el colegio; a los que bailaban con las canciones de Los Fabulosos Cadillacs pero no sabían quiénes eran los Mighty Mighty Bosstones; a los que se creían superiores porque escuchaban Joy Division pero no cachaban The Vaselines. En High Fidelity pasa lo mismo, ahí está esa escena en que se niegan a venderle el sencillo de I Just Called To Say I Love You a un tipo porque les parece que nadie puede tener tanto mal gusto; la escena en que no pueden creer que exista alguien que no haya escuchado el Blonde on Blonde de Bob Dylan; la escena en la que, como en el libro, se mencionan esas palabras que nosotros adoptamos como la revelación mística de una secta religiosa: lo que cuenta en una persona no es su manera de ser sino las cosas que le gustan, libros, películas, discos, ¡eso es lo que importa! ¿De cuánta gente nos perdimos porque no habían leído a Salinger?, ¿Cuánta gente dejamos pasar de largo porque defendían a Tarkovsky y nosotros a Linklater? ¿A cuánta gente no volvimos a llamar porque no habían escuchado los American Recordings de Johnny Cash? Pudimos haber estado menos solos, creo. Construimos un muro para protegernos y ese muro nos terminó aislando a lo The Wall.  


 Éramos tipos solitarios y nos pasábamos música vía USB, tú siempre cargabas uno en el bolsillo porque decías que no se sabe cuándo se va a necesitar más memoria, y quemábamos discos. Yo estaba muy enamorado de tu amiga y me acuerdo que me ayudaste a hacerle un disco al que bautizaste Un manaba que ama en honor a la carrasposa colaboración de Abdalá Bucarám con Los Iracundos. Si ella entiende las canciones, si cacha lo que estás diciendo, me dijiste, ya está ya. En High Fidelity, la novela, hay una línea que todavía me parece mortal: si no puedo hacerle una compilación a una nueva novia, renuncio, porque no estoy seguro de poder hacer mucho más. Cómo nos enamoramos de Laura, nos enamoramos más que el propio Rob. Entregados. Perdidos. Postrados. En rigor, nos enamoramos de la actriz Iben Hjejle, ¿ya sabes cómo se pronuncia? Cuando salió High Fidelity ella era una desconocida y luego siguió siéndolo, como si con ese rol, que bien podría ser una carrera entera, hubiese sido suficiente: quizás lo fue. Yo no puedo olvidarla, todavía me parece hermosa porque no es tan hermosa. Es guapa, guapísima, pero no tanto como para intimidarte; es graciosa, agradable, el tipo de mujer que le presentas a tus amigos y a tus papás; es relajada pero llora y grita y se va de la casa y tira con otro cuando tiene que llorar y gritar e irse de la casa y tirar con otro; y, lo más importante, es una mujer, una persona adulta, como tú. High Fidelity nos expuso a nuestros propios miedos y nos ayudó a identificar las cosas que odiábamos de nosotros mismos pero no podíamos definir ni mucho menos evitar. Teníamos miedo a la soledad porque quién va a querer estar con un tipo que se pasa todo el día escuchando música y viendo películas, con una persona que prefiere estar adentro que afuera; teníamos pánico a tener que crecer y ponerte camisa y corbata para ir a trabajar y usar tus camisetas rockeras sólo en casa, como pijama. Teníamos miedo a adaptarnos. Yo todavía lo tengo.

Ya tenemos treintaicuatro, la edad que tenía John Cusack cuando protagonizó High Fidelity. Conociéndote, seguro compras vinilos ahora que los vinilos están de moda otra vez y escuchas harto The Smiths, ¿sí o no? ¿Has vuelto a verla? ¿La ves con tu esposa los domingos? ¿Se la enseñarás a tus hijos?¿Cómo te va, huevón? Por si acaso, está en Netflix, o estuvo, ya no sé, pero volví a verla en mi computadora una noche en la que buscaba algo para quedarme dormido, algo que pudiera ignorar, pero no pude, no me dormí, la vi toda y volví a escuchar eso que canta Stevie Wonder al final: cuando me enamore, será para siempre. Yo la sigo mostrando, compartiendo, como dicen ahora. Todavía hablo de ella en presente, como algo que pasa, mientras me da la impresión que para ti la cinta es parte del pasado, algo que ya te pasó, la foto de un tipo que fuiste pero que ya no eres porque nadie quiere ser así para siempre. Y no te culpo. Me alegro, cabrón, te juro que me alegro.

La gente me pregunta si hablo contigo, por alguna razón asumen que seguimos en contacto, que nos perseguimos en Instagram, que somos tan panas como en la universidad. Quizás si todavía estuviéramos solos hasta compartiríamos un apartamento. Pero no. Mejor así. Igual no sé muy bien qué responder. La verdad es que sé muy poco de ti, lo que alcanzo a ver en Facebook, tus fotos con ropa de grande y pelo de grande y sonrisa de grande y perfil de adulto responsable. Cada vez que posteas que te vas a un concierto me emociono. Sí, pudimos ir juntos al de Bruce Sprignsteen, capaz alcanzamos a verlo antes de que se muera, tomorrow never knows. Yo vi a Ringo Starr en Nueva York y me acuerdo que te conté y que te reíste y me di cuenta de que en serio había distancia. Crecimos. Ya no nos necesitamos tanto y en cambio hay otra gente que sí nos necesita.

¿Crees que seríamos amigos si nos conociéramos esta tarde, en el patio trasero de una casa llena de niños y carne a la parrilla? Seguro tendríamos muchas cosas en común, pero todas relacionadas a los discos que escuchábamos en el colegio y en la universidad, a la gente que fuimos. Yo diría algo como el man escucha The Replacements, no puede ser tan malo. Tú dirías el man también es enfermo de High Fidelity.

2.01.2016

Los entrañables ocho (o la inesperada virtud de una mala película)


Hoy desperté y empecé a enviar un link a varios amigos cercanos. Subject: best movie EVER. Es una broma, obvio. Nadie que escriba así está hablando en serio. Pero igual lo hice. ¿Cuándo fue la última vez que viste una película género domingo-de-noche y arrancaste el lunes enviándole el link con el tráiler a esa gente a la que le deseas lo mismo que deseas para ti? ¿Cuál fue esa película que pensabas olvidar enseguida y ahora quisieras volver a ver? La mía se llama Una última y nos vamos, la historia de un mariachi de Jalisco que viaja al DF por tierra para participar en un concurso nacional de mariachis.   

Cuando vi el tráiler pensé Almost Famous en español para las masas: bien. Y no, no es para tanto, pero algo de eso tiene. Es más una tele-road-novela de exploitation azteca, filmada como un largo comercial onda All You Need Is México. Jalisco, capital Guadalajara, es el estado de donde se supone vienen los dos elementos que, en el imaginario pop sudamericano, componen la mexicanidad: el tequila y los mariachis. Y es increíble como todo, cada mueble, cada planta, cada delantal, está literalmente puesto en escena. Si fuese mexicano quizás me ofendería ese look empeñadamente turístico y falso, pero no lo soy.    

Una última y nos vamos parte cuando, después de haber sido rechazados durante 30 años, los miembros del Mariachi Tierras Rojas (la fotografía es color ladrillo) son invitados a este campeonato porque quienes iban a participar originalmente no pueden cumplir con el compromiso: es decir que entran de repechaje. Enseguida, como si estuviese siguiendo un manual comprado en el paseo de la fama de Hollywood, la cinta nos presenta a todos los personajes, varios jóvenes, un par de veteranos, cada cual con un conflicto más o menos grave que, claro, se resolverá de la manera más afortunada minutos antes de los créditos.

El guión, escrito por César Rodríguez y Mauricio Argüelles, los dos jóvenes-actores-productores detrás de la cinta (por suerte no son Gael García Bernal y Diego Luna), apuesta a lo seguro, a lo que viene funcionando desde que el cine es cine, y al hacerlo toma un riesgo que pocos cineastas latinoamericanos se arriesgan a tomar: quedar en ridículo. Las películas de este lado del Río Grande prefieren pasar por aburridas o pretenciosas antes que pasar por tontas. Una última y nos vamos, en cambio, parece decir no importa si te ríes conmigo o si te ríes de mí, la cosa es que te rías porque si no a qué chingados vinimos.   

Ocho músicos de pueblo chico encerrados en una van camino a una de las ciudades más pobladas del mundo. Ocho personajes entrañables por humildes, provincianos y acartonados. Ocho amigos que entienden la dinámica familiar de naturaleza conflictiva que se respira cuando formas parte de una banda. Ocho tipos que ya nunca serán estrellas, que vivirán condenados a la danza inútil del trabajo honrado, pero que quieren escuchar una vez más, quizás la última, los aplausos del muy respetable. Ocho fanáticos de la Virgen de Guadalupe (esto, en México, no es cuestión de fe sino de nacionalidad, creo que te lo ponen en la cédula) que quieren ganar el concurso porque el mariachi ganador le cantará las mañanitas a la virgencita el día de su cumpleaños. Ocho devotos de José Alfredo Jiménez que hacia el final rockean con dos hits rancheros: La noche y tú y El gusto. Ocho actores que, juntos, son uno solo. Ocho oraciones para decir una sola cosa: esta es una de las mejores malas películas que he visto en mi vida.     

Una última y nos vamos lo tiene todo: el wey que está enamorado de la hermana de su mejor amigo que dicho sea de paso es como el hermano más celoso del pueblo; el wey que desde que perdió a su mamá abandonó el mariachi y ahora canta en un trío de punk y se maquilla los ojos como el vocalista de Green Day; el papá de ese wey, el que se quedó viudo, que no sabe cómo reencontrarse con su hijo pero, claro, lo logra a través de la música; el wey que duda de sí mismo –la duda es existencial– porque nunca ha podido dejar embarazada a su esposa; el wey al que todos le dicen “gordo” que nunca ha tenido novia pero está enamorado de alguien que conoció en Internet; el wey que fue abandonado por su esposa y ahora dice que ya nunca jamás volverá a enamorarse; y el wey (Héctor Bonilla, un clásico de las telenovelas que llena e ilumina la pantalla) que se está muriendo y sólo quiere pegarse una última, una buena, antes de irse. 

Ahora que lo pienso, Una última y nos vamos podría ser una ópera-mariachi con final de tragedia griega. Pero no lo es. Es, en sus mejores momentos, una comedia que aprovecha abierta y frontalmente todos los lugares comunes posibles: los clichés explotan como minas de colores. Es, en sus peores momentos, una cinta que no puede negar que viene de donde viene, la tierra de Televisa, pero que no se avergüenza de sus raíces ni trata de ocultarlas. Es, casi siempre, esa puta cancioncita que se te pegó no sabes dónde.  
  

1.25.2016

La distancia


El 30 de diciembre de 1975, horas antes de su primera pelea con Apollo Creed, Rocky Balboa se acostó junto a su novia en una estrecha cama de metal. No se quitó el sombrero ni los zapatos. Ni siquiera se quitó la chaqueta de cuero. Se acomodó junto al cuerpo flaco y al pelo corto de Adrian y dijo: No importa si gano o pierdo la pelea, lo que quiero hacer es llegar hasta el final, nadie ha llegado hasta el final con Creed. Si sigo parado cuando suene la campana voy a saber por primera vez en mi vida que no soy otro vago de este barrio.

Durante el 2015, cuarenta años después de esa pelea inolvidable, se estrenaron varias cintas construidas sobre la nostalgia: Mad Max: Fury Road, Jurassic World, The Force Awakens y Creed. Esta última, la menos esperada o quizás la que menos ruido hizo y menos expectativa causó porque sus predecesoras le jugaban en contra, ahora se levanta como la más contundente. Creed se apoya en el pasado, pero no lo explota, al contrario, lucha por superarlo. Rocky ha regresado para desaparecer, como corresponde. Un boxeador sabe cómo moverse, cómo esquivar los golpes y, sobre todo, sabe cuándo es mejor hacerse a un lado.

Más que la prolongación de una franquicia, Creed es el comienzo de una nueva administración. En la esquina están el joven director Ryan Coogler, cuya película anterior, Fruitvale Station, su ópera prima indie, fue un logrado éxito en festivales pero no alcanzó el público que merecía; el aún más joven actor Michael B. Jordan, que por ahora es la punta de un iceberg que podría ser bastante grande; y el miembro fundador del mito Rocky, Sylvester Stallone, que alcanza en este –dicen que nada pasa por coincidencia– séptimo episodio el nivel de sabiduría de mentores icónicos como Obi Wan Kenobi, El Maestro Xian o El Señor Miyagi.

Como debe ser, como es, los enfrentamientos ocurren dentro y fuera del ring. Ryan Coogler, que se manda una pelea entera en un gran plano secuencia (entre otros varios golpes visuales inesperados), enfrenta un género que no suele admitir ese tipo de lujos y que, al mismo tiempo, ha sido elevado al plano de cine-arte-existencial por varios directores, desde John Huston en Fat City hasta –hay que decirlo– Martin Scorsese en Raging Bull; Michael B. Jordan enfrenta una legendaria ironía cinematográfica: las películas sobre box, un deporte poblado mayoritariamente por afroamericanos, suelen ser protagonizadas por actores blancos. Y Sylvester Stallone enfrenta a su peor enemigo al enfrentarse consigo mismo.

Antes de Rocky, lo mejor a lo que podía aspirar Stallone era un rol secundario con pocas o ninguna línea de diálogo. Quizás por eso, porque los demás no lo dejaban hablar, se puso a escribir. Es más, cuando el guión de la primera Rocky empezó a circular por Hollywood, hubo un estudio que aceptó financiar el proyecto y producir la película como una cinta de gran presupuesto con la condición de que Stallone no apareciera en pantalla. Evidentemente, Stallone siguió de pie. United Artists, que en los 70’s era la casa de cineastas jugados como Robert Altman, Milos Forman y Brian De Palma, consiguió hacer la cinta en 28 días de rodaje con poco más de un millón de dólares. En 1977, Rocky ganó el Oscar a mejor película y Stallone fue nominado en dos categorías: mejor actor en un papel principal y mejor guión original. Perdió en ambas contra dos pesos pesados, el histérico Peter Finch (que tenía la ventaja de haber muerto meses antes de la ceremonia) y Paddy Chayefsky, uno de los mejores escritores que hayan pasado por Holywood (autor de la novela y el guión de Estados alterados), ambos envueltos en la misma película, esa nada menos que obra de arte llamada Network. Parafraseando una de las mejores líneas de Creed: Stallone perdió la pelea, pero ganó la noche. O más. Ganó una carrera muy cuestionable pero también obstinada. Stallone nació con Rocky, se convirtió en una estrella gracias al personaje que inventó para sí mismo y aunque estiró la historia más de la cuenta escribió y dirigió grandes momentos: el final del último round en Rocky II, cuando ambos se derrumban sobre la lona al mismo tiempo; la caída del ídolo y el renacimiento del hombre en Rocky III; el entrenamiento casi cavernícola en la nieve soviética de Rocky IV, acaso la primera cinta pop sobre la Guerra Fría; las discusiones de un padre que no puede comunicarse con su hijo en Rocky V; las conversaciones con el fantasma de su esposa en Rocky Balboa que, dicho sea de paso, bien podría llamarse Espérame en el cielo. Y ahora esto.

Cuarenta años son suficientes para que te pase lo que te tenía que pasar en esta vida y un par de cosas que no debieron haberte pasado, que no deberían pasarle a nadie. Aún así,  Rocky Balboa es un tipo sereno y tranquilo que parece estar más o menos satisfecho con su destino. Se siente golpeado, pero no estafado, y es claro que al final salió ganando. La campana sonó hace rato y él sigue de pie.    

En Creed, Rocky Balboa reacciona con humildad a la situaciones más extremas, como uno de esos poquísimos seres humanos –por lo general monjes o filósofos– que entienden la poca relevancia de nuestra presencia en la tierra y que saben que amar es la muestra más grande de coraje. Y también es el tipo de hombre que dice Recuerda a toda la gente que te ha hecho daño, recuerda todo lo malo que te ha pasado, recuerda todo lo que has perdido, recuerda de dónde vienes, y arráncale la cabeza. Sólo por eso deberían darle el Oscar, no en forma de estatuilla como a cualquiera sino fundido en un cinturón.

All I wanna do is go the distance, dijo Rocky esa noche de 1975. Llegar al final. Recorrer la distancia. Y lo hizo. La mayoría se queda en el camino.      


1.18.2016

Kurt Cobain: el ultrasonido


Así es como sucede: escuchas el disco y te vuelves invisible.

Atraviesas una pared y encuentras a Kurt Cobain tocando guitarra, haciendo y deshaciendo cosas que todavía no son canciones. Él no puede verte, pero tú estás ahí. Usted está aquí. Cobain sigue en lo suyo, tratando de vaciar sus neuronas sobre una grabadora, archivando sus ideas todavía mojadas, regrabadas una sobre la otra en casetes Memorex de 90 minutos. Camina de un lado para otro, se detiene para contestar el teléfono y dice que su novia no está, que se fue a trabajar. Toca guitarra. Toca bajo. Fuma. Come macarrones con queso que baja con Nesquick de fresa. Vuelve a tocar. No es famoso. No es nadie. No existe. No se puede imaginar que más de 25 años después tú y yo y miles de personas alrededor del mundo pagaremos para entrar en su cabeza.

Cuando se estrenó Montage Of Heck, el documental dirigido por Brett Morgen que prometía ser la biografía definitiva del cantante de Nirvana, quedamos mareados y confundidos: la cinta se aproxima más a una instalación multimedia loud-quiet-loud que al chisme escatológico que algunos estábamos esperando; pero, al mismo tiempo, duele: es duro verlo faraway, so close!, tan ido mucho antes de irse. Ahora la película se reestrena en versión de lujo para fans fetichistas dentro de una especie de urna de cartón rellena con extras, afiches, postales, un simbólico rompecabezas metatextual, un libro-guión que incluye entrevistas extendidas, y un disco, ese disco que te hace invisible: The Home Recordings, 31 canciones que son en realidad los cimientos de una civilización cuyas ruinas se han convertido en patrimonio de la humanidad.

La mayoría de estas grabaciones encontradas son anteriores al fenómeno Nirvana que cambió la rotación del planeta a comienzos de los 90’s. Son la realidad que precede al reality: el retrato del artista como un hombre joven, como un adolescente desempleado y sin futuro que vive en casa de su novia y llena sus días haciendo canciones y agarrándose de esas canciones antes de que la vida se lo trague. Escuchen The Happy Guitar e imaginen a Django Reinhardt no como el gitano francés que era sino como la basura blanca que nunca fue; la versión prematura de Clean Up Before She Comes que parece anticipar una escena de terror donde o muere la niñera o muere el niño o se mueren todos; el Reverb Experiment que es el cuento de un pelado que se compra su primer pedal de distorsión y se arrodilla frente a su primer amplificador para invocar a Hendrix; esa canción de Black Sabbath que aquí se llama Rehash y en la que al final Kurt Cobain grita ¡solo, solo, coro, coro! como un director de orquesta sin orquesta; la marcha feliz de un cortejo fúnebre que podría ser Bright Smile; ese mantra descalibrado llamado Retreat; la versión aletargada y hardcore de And I Love Her, que dentro de no mucho tiempo y para no poca gente será conocida como un Lado B de Nirvana y no como un clásico de Los Beatles; Sappy en modo bolero zombi para una lenta protesta existencial; el fin del mundo en los treinta segundos que dura Scream; el monólogo teatral y autobiográfico pero fríamente calculado que se llama Aberdeen y sostiene con conocimiento de causa la tesis de Lou Reed: lo único bueno de haber nacido en un pueblo pequeño es que puedes salir de ahí; y escuchen, asumiendo el riesgo de nunca más poder dejar de escucharla, Letters To Frances, una canción de cuna que te da ganas de tener hijos pero también unas ganas tremendas de llorar porque sabes que no podrás cuidarlos para siempre, que te exprime las tripas porque se nota que eran los últimos días y sus dedos apenas podían apretar las cuerdas para llegar a las notas. Kurt Cobain murió con las venas rebosadas de heroína y la cabeza atravesada de pólvora, pero su cuerpo estaba lleno de música.

Brett Morgen dice que ensambló Montage Of Heck no para conocer a Cobain sino para experimentarlo, como si fuera un estado mental, la influencia de una droga que te pega más o menos tiempo, más o menos fuerte, dependiendo de cuánto te metas. La calidad y la intensidad del vuelo dependen enteramente de las millas que acumule el pasajero y el destino puede ser lo mismo la pista de aterrizaje que tu cabeza entre las rodillas antes de nos estrellemos contra la montaña. En The Home Recordings hay rincones en los que uno puede saltar y rockear o acomodarse e incluso acostarse a escuchar la música fraccionada de un ser humano incompleto y decir dale, sigue tocando, suena increíble; pero también flashazos de sobreexposición que te ciegan durante varios segundos y te hacen pensar lo peor.

Ser capaz de ver a la gente sin ser visto involucra el riesgo de ver demasiado y este es Cobain cuando nadie lo estaba viendo y cuando ya no quería que lo vieran. Los recuerdos que tenías van a cambiar después de escuchar The Home Recordings. Si sigues viviendo en el 94 vas a creer que esto lo mejor que hizo, lo más puro, pero no, son ensayos, demos, las referencias futuras de un pasado siempre presente. Si tienes quince años y tocas en una banda y dices cosas como el man era de verdad, el man se mató, ¿cacha?, vas a conectar y te vas a dar cuenta de que eso que grabaste ayer en tu celular  no es muy distinto a esto (a menos que hagas pop o algo peor, en cuyo caso no estaría de más consultar un psicoanalista). Si la última vez que organizaste la música de tu iTunes borraste la mitad de las canciones de Nirvana que tenías y te quedaste sólo con esas que marcaste con cinco estrellas no vas a ser invisible ni vas a poder atravesar paredes. Si ya tienes canas pero todavía usas tu camiseta de Anthrax sabrás escuchar a tu hermano menor o a tu hijo tocando en el cuarto de al lado y lo dejarás en paz: no tenemos derecho a saberlo todo.  

(El Comercio)   

1.11.2016

La importancia de llamarse Denzel


Anoche, en el Beverly Hilton de Beverly Hills, durante la entrega de los Globos de Oro, se realizaron varios reconocimientos tan merecidos como largamente esperados: el premio a John Hamm que termina de cerrar el interminable capítulo Mad Men, el premio a Sylvester Stallone –deberían darle premios a la gente que lo aplaudió de pie– que sopla y revive las cenizas de Rocky Balboa, ahora convertido en sensei urbano y figura paterna y cuarteada en Creed. Pero el hombre de la noche, mucho más brillante que DiCaprio e Iñárritu juntos, fue el gran, the one and only, Denzel Fucking Washington.

La Asociación de Prensa extranjera en Hollywood, que entrega sus globos dorados desde 1944, estableció en 1953 una especie de “premio a la trayectoria” que bautizó con el nombre de uno de los inventores del negocio tal cual lo conocemos ahora: Cecil B. De Mille, a quien, dicho sea de paso, se le atribuye la teoría de que al público norteamericano sólo le interesan dos cosas, el sexo y el dinero. El primer ganador fue, cómo no, Walt Disney, y desde entonces a esa lista se han sumado nombres clave como Frank Sinatra y  Jodie Foster. Desde hace unas horas, ese lista puso la vara más alta todavía.

El Cecil B. De Mille de este año fue para Denzel Washington. El discurso, emotivo y cómplice, lo dio Tom Hanks, quien dijo lo que ya todos sabemos pero era necesario volver a mencionar, “si el apellido no les dice mucho, el nombre seguro lo hará: Denzel” Necesario, sí, porque pocos artistas logran construir y sostener el tipo de lazo con el público que nos permite llamarlos por su primer nombre con las mismas dosis de admiración y confianza. Robert Redford siempre será Robert Redford, Martin Scorsese siempre será Scorsese, pero Denzel Washington es simplemente Denzel y eso es más de lo que puedo decir de mucha gente.

Dicen que de un tiempo a esta parte, Denzel tiene una clausula inapelable: sólo se involucra en proyectos si aprueba el corte final, es decir, el derecho a decidir qué escenas se van y qué escenas se quedan en cada película. Denzel sabe o intuye lo que esperamos de él, las cosas que le reclamamos y las cosas que jamás le perdonaríamos. Dicen que, por ejemplo, en Man on Fire se negó a que su personaje tuviera un romance con el personaje de la australiana Radha Mitchell –lo que le hubiera dado plusvalía a la trama– porque aquello hubiese roto demasiados corazones afroamericanos y, quién sabe, capaz desataba una segunda guerra civil, esta vez, para esclavizar a los blancos. Dicen que ya sólo hace películas de acción para llenar la taquilla pero yo digo que es uno de los pocos sino el único que provoca la misma efervescencia con un arma en la mano que con un monólogo en la boca (ojo con lo que se viene, The Magnificent Seven, el remake de Los siete samuráis de Kurosawa dirigido por Antoine Fuqua con Denzel al centro). Denzel entra y sale de ese género maldito y mal visto por la puerta grande, maniobra imposible para otros desaparecidos en acción como Liam Neeson o Nicholas Cage.      

Lo obvio y no por eso menos importante es pensar que le dieron el Cecil B. DeMille por películas como Training Day, The Great Debaters (dirigida por), American Gangster, Malcolm X. o Philadelphia. Pero su verdadero aporte a la industria está en sus films “medianos”, como Inside Man o John Q, y sobre todo en sus películas “menores”, en su obra explosiva, en cintas como Déjà Vu, Unstoppable, The Taking of Pelham 1 2 3 o The Equalizer. Películas que serían absolutamente desechables si Denzel no estuviera en ellas, películas jugadas que no le tienen miedo al ridículo, películas emocionantes donde Denzel eleva el plomo a la altura del cine arte de los absurdo, películas moralistas de vaudeville mercenario, películas emparentadas entre sí que bien podrían ser los capítulos por separado de una serie donde el héroe aparece en distintas circunstancias y en distintos lugares y enfrenta distintos enemigos pero es siempre el mismo: un hombre armado y marcado por un pasado triste que hará lo que haya que hacer.

Anoche Denzel volvió a protagonizar una gran escena cuando subió al escenario a recibir el premio acompañado de su familia, una escena cómica y documental que es/fue/será una de las mejores escenas de su carrera. Aunque el momento estaba anunciado, preproducido, cantado, nuestro héroe se puso nervioso (quiero pensar que lo fingió todo para demostrarme que es aún mejor actor de lo que imaginaba), olvidó sus lentes, olvidó su discurso, y habló dándole la espalda al público, mirando a su esposa, que le recordaba lo que no podía olvidar y le daba órdenes como si –clásico– no estuviese hablando con su esposo sino con su hijo y no estuvieran en el Beverly Hilton sino en la cocina. Denzel tembló como si recibiera un premio por primera vez, como si nunca antes hubiese estado frente al público, como si no supiera quién es. Habló como hay que hablar: como si no fuera nadie.