8.14.2018

Nunca te olvides de volver


-->

Salgamos de esto rápido: Christopher Robin, el niño valiente y divertido de las historias de Winnie Pooh, se ha convertido en un adulto aburrido, impermeable y gris, que se toma su trabajo demasiado en serio, poniéndolo por encima incluso de su familia, y debe volver al Bosque de los Cien Acres para reencontrarse con su niño interior, para reconectar con la persona insanamente feliz y libre que alguna vez fue, y para recordar que las cosas realmente importantes de la vida no están todas apiladas en una oficina.

Creo que con esto he dicho ya de qué se trata esta cinta y cómo funciona, aunque quizás valga la pena aclarar que Christopher Robin no sólo se encuentra con el osito Pooh, sino también con todos sus amigos del bosque, el Burro, el Cerdito, el Tigre (criaturas, todas, entrañables), y que entre todos le ayudan a enderezar su vida o por lo menos a enfocarla. La moraleja es muy clásica de Disney: no dejes que el mundo de los adultos te coma, te trague, te mastique, y mantén siempre el corazón y la cabeza y los ojos y las manos muy abiertas para recibir a la aventura.

(Viniendo de Disney, esta moraleja resulta corporativa, consumista, capitalista o lo que quieran, pero no por eso equivocada. Todos tenemos un lugar al que podemos volver cuando la realidad se pone peligrosamente real, y es necesario tener la puerta de ese lugar muy cerca, a la mano, eternamente abierta, quizás hasta vivir siempre con un pie en ese lugar que, como cantaba Lennon, suele estar en nuestra cabeza)  

Ahora bien, el fenómeno del que preferiría hablar pasa más bien frente a la pantalla, en las butacas, en la perfecta oscuridad de la sala. Los niños muy pequeños, yo diría menores a los tres años, comen algo y se duermen casi enseguida, acaso aburridos por tanto bla-blá; los niños un poco mayores, quizás de cinco años en adelante, miran la pantalla atentos y aunque no comprenden del todo qué está pasando se entretienen viendo cobrar vida a esos personajes de peluche; y de los adultos, qué decir de los adultos… bueno, yo diría que hay dos clases: los que creen y se dejan llevar y los que no.

Puedo dar fe de que una madre joven, acompañada por sus dos hijas, terminó llorando a lágrima viva cuando Christopher Robin por fin entiende que la fantasía y el amor son las únicas vías de escape para la realidad y el cinismo de este mundo. Y sí, quizás la reacción fue exagerada y producto de no sabemos qué trance emocional, quizás esa madre estaba llegando a la dolorosa conclusión de que no pasa tiempo suficiente con sus niñas, pero en todo caso me tranquilizó y alegró saber que una película “infantil” puede mover los cimientos de un adulto hecho y derecho y hasta enderezarlos o reforzarlos.

El resto eran adultos que estaban ahí por obligación, a la fuerza, de esos que piensan que con una película en la que sale Winnie Pooh pueden hipnotizar y calmar a sus hijos al menos un par de horas. Y, hey, nada contra ellos: sólo Dios sabe que a veces el mayor milagro del que podemos ser testigos es el silencio calmado de un niño pequeño. Pero a esa gente, a esos adultos de segunda clase, no les pasó nada, no se cuestionaron nada, no aprendieron nada, seguirán por la vida pensando que lo único que vale es lo que se puede tocar y guardar y amontonar hasta que los entierre por completo.   

(El Diario Manabita)

7.30.2018

Todo lo que hacemos es literatura


-->

Cuando el escritor noruego Karl Ove Knausgård se encuentra con sus lectores, en librerías, frente a unos cuantos, en conversatorios, frente a decenas, o en ferias del libro quizás frente a cientos de ellos, todo sucede con más o menos normalidad. Recibe halagos en silencio, responde con calma a las entrevistas o diálogos con otros autores, lanza alguna broma sonrojado y se sigue sorprendiendo de lo que ha pasado con su obra en los últimos años. Así hasta que llegan las preguntas del público, que muchas veces empiezan con un gracias por sus libros, y que tienen que ver con la vida expuesta en su literatura. Le gente le pregunta cómo lidiar con padres ausentes o abusivos, cómo enfrentar la paternidad sin reproducir los modelos de esos padres, cómo sobrevivir a los fracasos amorosos, cómo encontrarle sentido a las cosas cuando parecen –a menudo– haberlo perdido, cómo soportar lo ordinario, cómo defender una vocación, cómo seguir adelante. Es como si él supiera algo que nosotros no sabemos.       

En Finlandia se le acercó una chica durante un evento, le dijo mi padre murió hace dos días y luego se puso a llorar; él, que no sabía muy bien qué hacer, se quedó conversando una hora con ella. Estas cosas, dice, no le habían pasado con sus primeros libros, dos novelas bien recibidas en su país y hasta traducidas y premiadas (no masivas), pues antes se le acercaban para hablar de otros libros pero ahora quienes lo hacen hablan sobre sí mismos y comparten capítulos de su vida privada. Algo así tendría sentido si se tratara de un autor de autoayuda o superación personal, pero Knausgård no es exactamente eso (aunque al final todos los libros que nos gustan o nos atrapan/sostienen o nos conmueven terminen ayudándonos). En el 2008, cuando tenía 40 años, empezó a escribir su autobiografía para responderse las preguntas más difíciles, quién soy y cómo me convertí en esto, tratando de ser tan íntimo y honesto como pudiera, haciendo y haciéndose daño porque nadie que intente acercarse a la verdad puede o merece salir ileso: y descubrió que no estaba tan solo.

Knausgård suele reconocer que comenzó a escribir su historia pensando en él como único lector, que jamás imaginó que otros –ni siquiera sus amigos– pudiesen estar interesados, que cuando se la entregó a su editor se sentía avergonzado, frustrado, derrotado, y que el primer tiraje, de 10.000 ejemplares, le parecía optimista y acaso ingenuo de parte de la editorial. Ahora ese recuerdo suena como el comienzo perfecto y más que literario de lo que se ha convertido en un fenómeno. A ese primer libro le siguieron cinco más escritos y publicados a una velocidad aterradora, entre 2009 y 2011, que juntos suman más de 3.500 páginas (un promedio de 600 por entrega) y de los que sólo en Noruega, donde viven más de cinco millones de habitantes, se han vendido medio millón de copias: es decir que en ese país una de cada diez personas ha leído la obra completa. Luego, cuando aparecieron las traducciones (que suman ya más de veinte idiomas), Karl Ove Knausgård, su voz, su mirada y su rostro iniciaron un viaje que podría no terminar nunca.

En noruego, los libros tienen un solo título, Min kamp, igual al Mein Kampf de Hitler (ante la controversia obvia, el editor de Knausgård respondió ¿Por qué relacionarlo con Hitler?), que se traduce como Mi lucha y que en español y en otros idiomas viene acompañado de títulos particulares para cada novela: La muerte del padre, sobre el padre alcohólico con el que nunca pudo tener siquiera una conversación sincera, que aparece de alguna manera en todas las partes y es el personaje más cuestionado por los lectores; Un hombre enamorado, sobre su relación con su segunda esposa, madre de sus hijos; La isla de la infancia, sobre los años que pudieron haber sido más felices; Bailando en la oscuridad, sobre adolecer de adolescencia; y Tiene que llover, sobre sus días en la Escuela de Escritores de Noruega, los primeros fracasos y rechazos y la victoria bipolar de una vocación que, como decía Truman Capote, sólo sirve para auto-flagelarse pero es a veces la única manera de vivir. Este es el último título publicado en español, así que por esta lengua el círculo aún no se ha cerrado.

Leí Tiene que llover después de años, años, pensando en si debería o no entrar al planeta Knausgård, que más bien tiene el tamaño de un sistema solar: había muchas cosas a considerar, ¿y si me gustaba?, ¿podría comprometerme con todos los libros?, ¿quién tiene el tiempo y la energía? (en este caso, ya sé, han sido muchos) Pero entré y confieso que he leído también buscando ayuda: por esos días había dejado de escribir porque nada de lo que escribía me gustaba, nada me parecía importante o cercano, nada me hablaba de vuelta cuando yo le gritaba desesperado, y si el libro de Knausgård trataba sobre sus primeros años como escritor, sus años de formación en un oficio en el que uno mal que mal siempre se está deformando, quizás podría ayudarme a flotar y arrastrarme hacia una orilla o hacia cualquier lugar en tierra firme. En la primera página encontré esto …fue una época horrible. Yo sabía tan poco, deseaba tanto… y no lograba nada. Bacán, pensé, ahora podemos hablar, y empecé a caminar a ciegas por una novela que me iba tragando.

Muchas páginas después subrayé esto, Escribir significaba derrota, humillaciones, encontrarse a uno mismo y reconocer que no se era lo bastante bueno. Pero ya eso me importaba poco, lo que me mantuvo atado a las páginas es la forma en que Knausgård transforma cualquier cosa en literatura sólo con mirarla y recordarla (parece fácil, pero mirar y recordar y reconocerse puede ser mortal). A esas alturas lo que yo quería era saber más sobre su relación con su familia, con sus amigos, con las mujeres; y lo quería así como había estado viniendo, sin más mediaciones que la propia escritura, porque ya estaba sintiendo esa gruesa conexión que nos hace sentir unidos en una misma experiencia sobre la tierra. Mirando para atrás, Knausgård dice que la clave de sus libros es que se ocupan de una vida ordinaria, pero que cualquier vida merece este tipo de atención. Quizás haya que recoger nuestros pasos y agarrarlos con las manos y tirárnoslos encima para estar seguros de que hemos vivido. La obra de un artista no es su trabajo, es su vida.

Y si realmente quieren saberlo, yo tuve mi final feliz: después de leerlo me dieron ganas de escribir, que es lo mejor que le puede pasar a alguien.   

(Mundo Diners)

7.23.2018

Culpable, Oh Sí - Miénteme Como Ahora



Dicen que lo único que no se puede cambiar es el paso del tiempo, pero Luis Miguel lo hizo, o por lo menos aceleró y potenció la velocidad de las cosas, la rebelión del pensamiento y la intensidad de las emociones. Hace solo una semana que se transmitió el último –por ahora– capítulo de su bio-serie y es tanto lo que se ha dicho, comentado, escrito y compartido en estos días que resulta imposible creer que se haya producido en tan corto plazo. Por eso lo único que me queda es dar mi versión de los hechos. Aquí va.

Durante más de tres meses casi todas mis conversaciones empezaron con la misma pregunta: ¿estás viendo la serie de Luis Miguel? A mí no me pasó lo que al resto. Mi vida en redes sociales es prácticamente inexistente y no pude compartir el fenómeno con las cientos de miles de personas que reaccionaron a la serie desde el principio. Fui encontrando mis cómplices de uno en uno y al comienzo fue duro, luego de un par de entusiastas hallaba solamente gente escéptica, separatista o que se hacía la desentendida.  

En mi mundo, poblado en gran parte por seres que consumen música y libros y películas y series, hablar de Luis Miguel era hablar de lo prohibido, del vicio inconfesable en cualquier intimidad. Hasta yo comencé con reparos, vi el primer capítulo sin grandes esperanzas, por morbo, y quedé enganchado como cuando a uno lo flechan el amor o las drogas: das un paso y cuando regresas a mirar ya es demasiado tarde. De repente mis días eran todos iguales y la única forma de saber que había pasado una semana era ver el siguiente episodio apenas aparecía colgado en Netflix.  

La infancia truncada pero también superdotada de un niño explotado, engañado, usado; la adolescencia asustada pero también excitada de un joven para el que las cosas sólo funcionaban bajo las luces del escenario; los primeros años de un adulto desamparado que nunca podrá crecer del todo ni tener una vida plena porque le faltan piezas: todo ese horror, parecido al que menciona el Coronel Kurtz en Apocalipsis Ahora, humanizaron y aterrizaron a la figura de Luis Miguel hasta ponerla a la altura de nuestros ojos para poder llorar y cantar todos juntos.

Y el padre. Wow. Ovación de pie. Es muy cierto eso de que una historia es tan buena como su malo y uno de los argumentos que usé para convencer a gente de que se animara a ver la serie fue el siguiente: Luisito Rey tiene la talla de Darth Vader. Es más, yo diría que es peor, porque al menos Vader encuentra su redención en los últimos suspiros eléctricos de su existencia, mientras que Rey agoniza y muere en una ebullición fría que corona su maldad. El actor español Óscar Jaenada, que se echa la serie al hombro acaso sin quererlo, me recordó al Daniel Day-Lewis de Petróleo Sangriento, siempre por encima del guión, de la cámara y de sí mismo, sobregirado, histérico, desatado entre la sobre-actuación y el ridículo y aún así capaz de sembrar en nosotros, en ti y en mí, un miedo verdadero.         

Y la madre. Wow. La mayoría de gente tendría que escribir una biblia para decir lo que esa mujer, la actriz italiana Anna Favella, articula con una mirada. La mujer de su vida, sin duda. El gran amor de los que la conocimos en pantalla. Tú, la incondicional, la que no esperaba más que tener una vida medianamente normal con su familia y que en el camino, entre la violencia y el abuso y la humillación, perdió todo. Otro personaje jugado que caminó firme al borde del melodrama y supo lo mismo iluminarnos con su risa que cubrirnos con su llanto.   

Y, dicho esto, lo más importante o sorprendente me pasó frente a la pantalla, en la vida real. Una amiga me contó que cuando era niña tenía un álbum de fotos de Luis Miguel, fotos que recortaba de revistas o periódicos o de donde fuera, que en la fecha del cumpleaños del cantante se reunía con otras amigas para cantarle y soplarle las velitas, y que ahora veía la serie cuando sus hijos estaban dormidos, acompañada por varias copas de vino. Un amigo que jura que sólo ve series europeas y que se negaba a ver ésta, empezó a averiguar por iniciativa propia los detalles de la “historia real” en videos de YouTube, vio decenas o cientos, y terminó tan intrigado que se puso al día con la serie en una jornada maratónica. Una amiga me dijo que sus ex-compañeras de colegio están usando camisetas con la leyenda Odio a Luisito Rey y que están planeando un viaje a México para ver a Mickey en vivo. Una colega mexicana me dijo que Luis Miguel sabe dónde está su madre pero que sería mezquino revelarlo después de treinta años y en una serie; además, existe la teoría de que nunca lo ha hecho porque así, abandonado, resulta más atractivo para su público. En un matrimonio, cuando pusieron Si no supiste amar, alguien se puso a gritar ¡Gracias a Dios por Netflix hijueputa! Después de horas de negociación y tragos mediante, una amiga a la que al final convencí de ver la serie me convenció a su vez de tener una velada con Luis Miguel: escuchamos los grandes éxitos, los duetos y después entramos en la madrugada con el disco Romance entero, porque sí, en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse. Y en otra madrugada, después de una fiesta embalada y rockera, terminé con un grupo de amigos en un restaurante de La Zona, cantando Luis Miguel mientras esperábamos que nos trajeran la comida, y la gente que estaba en las otras mesas empezó a cantar con nosotros.      

La música, todo hay que decirlo, fue lo que más me costó. Crecí odiando a Luis Miguel con odio jarocho y por una razón muy sencilla: yo era baterista de una banda que tocaba grunge noventero, Nirvana, Pearl Jam, esa onda, pero a nuestros conciertos sólo iban cuatro panas mientras que a los de otras bandas (menos talentosas, obvio) que tocaban Cuando calienta el sol o Será que no me amas iba todo el mundo, y con esto quiero decir todas las chicas que nos gustaban y con las que queríamos estar. Luis Miguel, hasta hace poco, fue mi enemigo musical y pensaba que nada, ni siquiera lo que pasara en la serie, podría cambiar eso, pero en aquel capítulo glorioso en el que termina grabando Miénteme con el corazón roto y lleno de whisky mis principios se trastocaron. Y aquí, una vez perdido todo rastro de dignidad, una confesión más: pensé que lo más divertido de escribir esto sería hacerlo mientras escuchaba las canciones de la serie, pero tuve que parar porque me ponía a cantar y no lograba escribir una sola palabra.   

Como canta José José: esa noche entre tus brazos caí en la trampa. La serie me atrapó y poco o más bien nada me importa qué sea verdad o qué sea mentira. Yo prefiero esta vida de Luis Miguel aunque sea inventada porque todo lo que me hizo sentir fue legítimo. La creación necesita licencias para ser libre y nosotros necesitamos que esa libertad nos ampare. El gran show ha funcionado, Luis Miguel es relevante otra vez, sus canciones se reproducen por millones y sus últimos conciertos se llenan sea donde sea. El Sol de México ha vuelto a la vida y eso es más de lo que puedo decir de mucha gente.

(El Comercio)

7.09.2018

Van Gogh en movimiento


-->

Loving Vincent, la película que cuenta los últimos días del pintor holandés Vincent Van Gogh, fue atacada por la crítica norteamericana desde el principio, desde su estreno a finales del 2017: dijeron que era un espectáculo, sí, pero que la historia no lograba sostenerse; dijeron que podía hacer realidad el sueño de ver a las obras de arte cobrar vida propia, sí, pero que la trama era vacía; dijeron que era un caramelo para los ojos, sí, pero que, como todos los caramelos, alto en calorías y bajo en contenido nutricional. Fue como una campaña montada en su contra. Quizá por eso nadie terminó de sorprenderse cuando, a comienzos del 2018, perdió el Óscar en la categoría de Mejor Película Animada frente a Coco, la gran cinta –todo hay que decirlo– con la que compitieron los estudios Disney-Pixar. De ahí en adelante el destino de Loving Vincent se ha vuelto incierto: empezó deslumbrando al público en varios festivales de cine alrededor del mundo, pero tras perder la estatuilla se extravió en el camino y ahora vaga en busca de cariño. El mío, al menos, se lo ganó.

La vi ya después de cualquier polémica o discordia, tranquilo, en casa y a solas, como creo que se debe ver una película así. Fue como abrir la puerta hacia un túnel para luego caminarlo y sentir cómo los colores se movían sobre mi cabeza y debajo de mis pies, una experiencia psicodélica y alucinógena, una especie de caída en un pozo sin fondo cuyas paredes reflejan apariciones brillantes y melancólicas. (Hasta me pregunté, varias veces, cómo sería verla con un aditivo reventando en la cabeza y chorreando por el torrente sanguíneo) La trama parece salida de una novela negra, de detectives borrachos, y sucede casi toda en Auvers-sur-Oise, el pequeño pueblo en el norte de Francia al que se mudó Van Gogh para estar más cerca de los médicos que lo atendían, donde se metió un tiro en el cuerpo y  horas después escupió su último suspiro. Y aunque el misterio sea el mismo que ronda la historia del pintor desde hace más de un siglo y despierte las mismas preguntas, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿se mató o lo mataron?, Loving Vincent alcanza y propone sus propias conclusiones. 

Vincent Van Gogh murió a los 37 años dejando atrás miles de obras de arte, entre ellas más de 800 pinturas al óleo, y los diagnósticos que tratan de identificar la enfermedad que lo aquejaba, aquella que lo llevó a empujarse el disparo en las entrañas, siguen apareciendo hasta el día de hoy: se habla de epilepsia, desorden de personalidad límite, maniaco depresión o la enfermedad de Ménière (afectación del balance producida en el oído interno); y con más frecuencia de bipolaridad, conocida por algunos como “la enfermedad de los genios”, ya que se la relaciona con creadores como Miguel Ángel, Victoria Woolf y Tchaikovsky. La de Van Gogh, entonces, no es una historia fácil de contar, mucho menos si se evade, como en este caso, la tentación de encuadrarlo como otro genio-torturado-por-sus-propios-demonios. Aquí es donde Loving Vincent apuesta y gana, se la juega por los testimonios –reales o no, eso no importa– de varios personajes que conocieron al artista (muchos de ellos, además, protagonistas de sus pinturas), y arma un retrato hablado y complejo.   

El personaje principal es Armand Roulin, el hijo de un cartero parisino que busca a Theo, el hermano de Vincent, para entregarle la última carta que escribió el pintor, y que en el camino va descubriendo los detalles siempre contradictorios que cercaron su muerte: como en un thriller bucólico, los testimonios se contradicen y las muchas versiones de la verdad se chocan. Así es como se expande el mito, como nosotros nos vemos involucrados en el medio del drama y como los cuadros siguen persiguiéndose uno tras otro en un desfile sobrecogedor: fueron 125 artistas los que animaron esta película y pintaron al óleo más de 65.000 imágenes partiendo de las obras más conocidas de Van Gogh, en un proceso que contempló diez años de principio a fin. Y vaya que valió la pena, porque todo lo que se alcanza a ver impresiona y se percibe como una galería acaso infinita y en movimiento constante: aquí se logra eso de que el verdadero arte nunca se detiene. Parecería que Loving Vincent, en vez de buscar la captura de un momento, anhela las circunstancias que produjeron ese momento y en ese anhelo consigue atrapar el espíritu de las cosas.  

Aunque empezó a pintar tarde, casi a los treinta años, sin ninguna instrucción formal y sin más reconocimiento que el de unos pocos buenos amigos, Van Gogh trabajaba obsesivamente en sus cuadros, como un obrero que cumple riguroso los horarios estrictos de una fábrica implacable. Su trabajo, que lo ocupaba desde las primeras horas de la mañana hasta los confines de la tarde, y que realmente consistía en ser quien quería ser, fue su obsesión y la verdad es que no pudo o no supo vivir mucho más allá del borde de sus lienzos. Su otro vicio, por así decirlo, era escribir correspondencia, cartas que más bien eran los capítulos sueltos de un gran diario autobiográfico en el que pegaba, a veces a la fuerza, los trozos de su vida, transformándolos también en parte de su obra. En Loving Vincent se escuchan, como narraciones en off, algunas líneas de estas cartas, y las más poderosas aparecen al final, cuando Van Gogh dice que todo lo que quiere un artista es mostrar lo que lleva en el corazón. Esta sentencia, romántica, valiente, imposible, revela las verdaderas intenciones de todos los que buscamos algún consuelo en el arte, de los que queremos arreglar la vida y componer el mundo con rasguños y gritos desesperados.

Loving Vincent nos acerca a un personaje, sí; nos acerca a una historia, sí; nos acerca y nos hace caminar por sobre la orilla movediza de la locura, sí, también; pero no es de eso de lo que se trata. Después de transitar la cinta, de doblar por sus esquinas y escondernos en las sombras de sus callejones, queda claro que algo nos pasó, que algo nos está pasando, y ese algo tiene que ver con lo que llevamos dentro y pocas veces nos atrevemos a mirar, con el resplandor que nos ilumina los huesos y nos mueve hacia adelante todos los días.

(Mundo Diners)