9.15.2014

Tolstói se confiesa


Alrededor de 1882, cuando ya pasaba de los cincuenta años de edad, Lev Tolstói se vino abajo. Para ese entonces había escrito ya gran parte de la obra que lo haría inmortal y más tarde lo convertiría prácticamente en un mesías: entre varias otras, ya existían la maravillosa La felicidad conyugal (1858), y también existían ya las novelas que lo elevaron a la santidad, Guerra y paz (1869) y Anna Karénina (1877). Tolstói era, sin duda, el escritor más importante e influyente de Europa y quizás de todo el mundo.  Por dentro, sin embargo, estaba muerto.

Lev Tolstói había acumulado fortuna no sólo como escritor sino también como hacendado y el dinero, lo material, hacía mucho que había dejado de ser una preocupación. Tenía una esposa, una familia a la que podía proveer cualquier capricho, y cientos, tal vez miles de seguidores dispuestos a seguirlo hasta el fin del mundo. Fue allí, en la cima de su fama, en el epicentro de su genio, donde se quebró. Un día, sin más anuncios que algunas noches de insomnio, empezó a cuestionarse. Tomó conciencia de su irremediable mortalidad y concluyó que su vida correría la misma suerte que todas las demás: el fin.

Por esos días escribió esto: La idea del suicidio se me ocurrió con tanta naturalidad como antes las ideas de mejorar mi vida. Y esto: ¿Cómo puede una persona vivir y no darse cuenta? ¡Eso es lo sorprendente! Sólo se puede vivir mientras dura la embriaguez de la vida, pero cuando uno se quita lo borrachera es imposible no ver que todo es un engaño, ¡un engaño estúpido! Lo cierto es que no hay en ello nada gracioso ni ingenioso; sólo es cruel y estúpido. Y esto: Para comprender qué es él, un hombre primero debe comprender el entero misterio de la humanidad, una humanidad compuesta de hombres como él que no se comprenden a sí mismos. Y también, por esos días, escribió esto: “La familia…”, me decía yo, pero mi familia, esposa e hijos, también son seres humanos. Se encuentran en las mismas condiciones que yo: tienen que vivir en la mentira o ver la terrible verdad. ¿Para qué viven?¿De qué me sirve amarlos, protegerlos, educarlos y velar por ellos? ¿Para que se suman en la misma desesperación que yo o para que caigan en la estupidez? Amándolos, no puedo ocultarles la verdad. Cada paso dado hacia el conocimiento los conduce a la verdad. Y esa verdad es la muerte.

El final del siglo XIX se acercaba y la mente más prodigiosa de su generación no encontraba razones para seguir viviendo. Luego de largas noches de estudio y pesadas madrugadas de decepción y vacío, buscando la sabiduría en los libros que lo habían salvado de todas o casi todas sus angustias anteriores, comparando las conclusiones existenciales de Salomón, Buda y Schopenhauer, Lev Tolstói supo que la ciencia le había fallado y que no existía filosofía capaz de responder a sus preguntas sin recurrir al suicidio o renunciar a cualquier intento de razón. Y sólo después de haber abandonado las esperanzas que había puesto en el conocimiento de los sabios, decidió mirar alrededor y fijarse en la gente que lo rodeaba. Así llegó a descubrir o creyó que había descubierto cuatro salidas para la agonía que le suponía seguir respirando cada segundo. 1) La ignorancia. Consiste en no saber, en no comprender que la vida es un mal, un absurdo. 2) El epicureísmo. Consiste en aprovechar los bienes que se nos ofrecen pese a conocer la desesperanza de la vida. 3) La fuerza y la energía. Consiste en destruir la vida después de comprender que ésta es un mal y una absurdidad. Sólo actúan así las escasas personas que son fuertes y consecuentes. 4) La debilidad. Consiste en continuar arrastrando la vida, aun comprendiendo su mal y su absurdidad, sabiendo de antemano que nada puede resultar de ella. Las personas que pertenecen a esta categoría saben que la muerte es mejor que la vida, pero no tienen fuerzas para actuar razonablemente y poner fin cuanto antes a ese engaño matándose; en su lugar, parecen estar esperando que pase algo. Es la salida de la debilidad, puesto que si sé lo que es mejor y está a mi alcance hacerlo, ¿porqué no abandonarme a ello?... Yo pertenecía a esa categoría.

O sea que Tolstói, decepcionado por el pensamiento, quería matarse pero no encontraba dentro de su alma deprimida las fuerzas para hacerlo. Los cuatro caminos mencionados, vale aclararlo, son, según el escritor ruso, los que podía tomar la gente de mi clase social, es decir, gente acomodada, vista por los demás como iluminada y célebre, el tipo de gente que los padres humildes pone como ejemplo cuando hablan sobre el futuro con sus hijos humildes. Tolstói no había mirado un quinto camino: los trabajadores del proletariado. En ellos descubrió la sencillez de una vida sin arrebatos, una vida acaso distraída por la necesidad y el trabajo agobiante que hay que realizar para tratar de satisfacerla. La de los obreros, además, era una vida de fe: gente dedicada a la tierra que ponía su destino en las manos de un ser superior, esperando que al final del sufrimiento hubiese, en otro sitio, una especie de recompensa eterna. Cuando se abrió frente a él la posibilidad de la fe, Lev Tolstói, como era de esperarse, se llenó de dudas pues no creía en la casualidad de la magia ni en los accidentes místicos. Pero escribió esto: La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, es porque cree en algo. Y esto: “Muy bien”, me decía. “No existe Dios, no existe otro Dios salvo el que me imagino y la única realidad es mi vida. No hay Dios. Y no hay nada, ningún milagro que pueda probar su existencia, puesto que un milagro sólo sería producto de mi imaginación irracional”. Y también escribió esto: Tomar conciencia de los errores del conocimiento racional me ayudó a liberarme de la tentación de las especulaciones ociosas.

Lev Tolstói no encontró a Dios, pero encontró algo mejor, encontró la fe. Decidió creer y con esa decisión vino la resolución de no matarse. Ya pasados sus cincuenta años de edad, cuando lo había conseguido todo y era considerado una celebridad, cuando estaba solo y desarmado frente a la oscuridad del infinito, el escritor ruso empezó a creer. Y se salvó.   

Todo esto ocurre en un pequeño pero inmenso libro llamado Confesión que, en teoría, sería publicado como el prefacio de una obra más compleja, Crítica de la teología dogmática, un ataque directo a las religiones ortodoxas que, cada cual por su lado y con absoluta soberbia, han pasado siglos creyéndose dueñas de la verdad y tratando de convencer al resto de que están en un error. Confesión, basta con el nombre para saberlo, es el libro más autobiográfico de Lev Tolstói, desesperado al punto de sólo poder contar su propia historia, sin artificios, sin más giros en la trama que la batalla interna de su autor por encontrarle un sentido a la vida. Así, Confesión es un libro al que se le puede dar la mano, incluso arrimarse a sus páginas si hace falta. Tolstói creía que el camino de las religiones, crear un Dios exclusivo, omnipotente, misericordioso y despiadado a la vez, era equivocado; pero creía en la necesidad de un Dios. Para él, Dios fue su trabajo y la medida en que ese trabajo se reflejó en la gente que luego pensó que Lev Tolstói era Dios en la tierra. Eso, ese, era Dios para Tolstói.

Epílogo

Una vez, hace años, acompañé a un amigo a una reunión de Narcóticos Anónimos. Mi amigo, que aún no llegaba a los cuarenta, había pasado una temporada larga usando cocaína a diario y, después, un período más corto en una clínica de rehabilitación donde la terapia consistía en humillar a los pacientes hasta destruir por completo su moral y, como si fuese una consecuencia lógica, convencerlos de que las drogas los habían convertido en las peores personas del mundo. Durante la reunión, a la que fuimos porque días u horas antes mi amigo había recaído, mencionaron los famosos doce pasos (que, dicho sea de paso, son los mismos para los alcohólicos y las personas con problemas de obesidad). El tercer paso, es algo así: tomar la decisión de entregar nuestra voluntad y nuestra vida a Dios, como quiera que nosotros lo entendamos. En ese momento miré a mi amigo y le dije tú no crees en Dios. Sin regresar a verme, me dijo: para mí, Dios son mis hijos.

Ahora entiendo. Y creo. Esa es mi confesión.                       

8.26.2014

Un día de trabajo


Al principio, El Poeta está sobrio. Lleva sobrio tres días, poco más, poco menos. Antes estuvo más de una semana perdido, intoxicado, ido: regresaba a su casa sólo de vez en cuando y a dormir, luego se levantaba a la hora que fuera y volvía a escaparse para seguir bebiendo y consumiendo drogas. El Poeta está flaco y se lo ve manoseado. Pero ahora está sobrio y podemos conversar y recorrer los barrios de su infancia mientras lo entrevisto.

Almorzamos lechuza frita, un tipo de pescado que, como el camotillo, se alimenta de camarones, en una cabaña frente al mar. En esta playa, me dice el poeta, cuando éramos adolescentes, asaltábamos a los gringos y a los serranos para conseguir dinero para chupar. Antes no había nada de esto, me dice, y se refiere a una serie de humildes restaurantes construidos uno al lado del otro sobre la arena. El Poeta termina su lechuza y me dice que tiene una reunión de trabajo, que por favor lo espere.

Dos horas después, El Poeta me cita en un lugar. Llego y me doy cuenta de que es una cantina en la que ponen música ranchera a todo volumen, como en los prostíbulos. El Poeta está sentado a una mesa de plástico en un rincón al final del local, frente a una cerveza. Me sirve un vaso, me pide que brinde con él, y ya lo puedo ver: los ojos inyectados, la lengua pesada, los pensamientos convulsionados. Lo convenzo de salir de la cantina e ir a su casa para seguir con la entrevista. Acepta de mala gana, pero un con una condición: primero tenemos que comprar un cartón de vino.

El Poeta vive con su novia en un apartamento antiguo que tiene vista al mar. Llegamos y nos sentamos en el balcón. La Novia le reclama por haber comprado el vino, le recuerda que apenas lleva días sobrio, le ofrece un café que no acepta. El evita mirarla a los ojos y le dice que es sólo un trago para conversar conmigo, para que la entrevista flote. Seguimos. Me sirve un vaso que pongo de mi lado de la mesa y, a propósito, demoro. El Poeta se da cuenta y empieza a beber directo del cartón. Sus respuestas tienen poco o nada que ver con mis preguntas, y en sus ojos hay un demonio encerrado.

Al lado de una gasolinera, en un parque oscuro en el que sólo se ven sombras arrastrándose de un lado a otro, El Poeta espera que le traigan drogas. Me ha prometido que sólo necesita fumar un poco para recuperar la cordura y poder seguir con la entrevista. Temo por mi vida, como un corresponsal de guerra, pero me quedo ahí, junto a dos delincuentes que me dicen tranquilo, usted anda con El Poeta, no le va a pasar nada, y me brindan aguardiente. Cuando llega la droga, El Poeta fuma, primero en cigarrillos armados y luego en pipa. Que te prendan la pipa, dice El Poeta, es símbolo de respeto. Lo convenzo de volver a casa. El Poeta, la mirada perdida, tragándose los labios, acepta moviendo la cabeza de arriba a abajo.         

Volvemos al balcón, prendo la grabadora, retomo las preguntas. La voz del poeta es un murmullo, quizás otro idioma: no habla conmigo ni consigo mismo sino con alguien que no sé quién es ni dónde está. Mientras mueve la boca como repitiendo una plegaria, saca de su bolsillo una fundita de drogas y una cajetilla de cigarrillos. Desarma los cigarrillos con torpeza, rompiéndolos, y mezcla el polvo blanco con las hojas de tabaco. Sigue fumando y sus palabras siguen resbalando dentro de su garganta. Fuma. Fuma. Fuma. Me pregunta si quiero un poco. Le digo que prefiero dormir para seguir con la entrevista temprano en la mañana. Me dice que no hay problema, que fumará la última y luego se irá a descansar y que mañana seguiremos conversando, de largo. No te preocupes, me dice.

Al día siguiente, El Poeta ha desaparecido.          

(SoHo)        

8.18.2014

Pensando en RW


La pregunta es, ¿por qué?
¿Por qué estoy pensando tanto en Robin Williams?
¿Por qué?

Rebobinando los capítulos de mi vida, capto que Williams no era, nunca fue, parte clave de ella. Vi casi todas sus películas de niño o adolescente (las películas de la época, quiero decir), con la familia o con los amigos. Supongo que, entre otras cosas, me reí, pero más allá de La Sociedad de los Poetas Muertos, Buenos Días Vietnam, El Rey Pescador y ciertos –no todos los– momentos de El indomable Will Hunting, no recuerdo gran cosa, es decir, no recuerdo que Williams me haya impactado profundamente en ningún sentido. No recuerdo que me haya marcado. Sin embargo, desde que supe que había muerto, que se había suicidado después de luchar contra una depresión que lo tuvo al borde de la cornisa durante décadas, su rostro sigue apareciéndose en mi mente.

Hace un tiempo había escuchado que durante años fue alcohólico y adicto a la cocaína (al parecer superó la cocaína pero nunca pudo despedirse del licor). Y, después de todo, no me sorprendió. Un tipo que tenía tanta energía en el cuerpo y que parecía estar siempre en personaje, dentro y fuera de la pantalla, debía guardar más de un secreto. En ese momento me pareció que evidentemente tenía otro lado, un lado oscuro con el cual le era difícil lidiar y que trataba de ocultar con esa sonrisa que siempre cargaba puesta encima. No era el primer comediante bipolar del que se sabía, los ejemplos van desde Richard Pryor hasta Jim Carrey. Hacer reír, todo el tiempo, no es fácil. Quizás sea más sencillo hacer reír a los demás, pero hacerte reír a ti mismo, conservar esa felicidad que vendes y proyectas, esa felicidad de la que depende tu carrera como actor… uff… that’s gotta be tough, man.

Debe ser eso. De pronto me preocupé por Robin Williams. Y sí, ya es demasiado tarde. Pero me dieron ganas de hablar con él, de preguntarle un par de cosas. ¿Qué era lo que no soportaba de la vida? ¿En qué punto, con qué suceso, en qué momento, con qué giro decidió que era mejor estar muerto? ¿Cómo decides que es mejor estar muerto? ¿O fue que un buen día el mundo entero se le vino abajo y él estaba, bueno, abajo? Curioso. Una persona que hasta hace poco no me importaba demasiado, ahora, de repente, me hace falta. Supongo que hay algo de miedo en todo esto: si le pasó a él, le podría pasar a cualquiera, ¿no? ¿Fue que ese otro personaje terminó tragándoselo hasta cortarle la respiración? ¿Fue que no soportaba repetirse (aunque tuvo varios “papeles serios”, la gente, el público, lo ubicó siempre como un comediante)? ¿Fue que se cansó de ser otro? ¿Fue que ese otro le sirvió como vía de escape de sí mismo hasta que ya no tuvo más remedio que verse al espejo y aceptar en sus ojos que había llegado la hora de cortar con todo?

Dicen que a los actores les pasa eso: huyen de sí mismos, cambian tanto y tan rápido de piel que se olvidan de quiénes eran en un principio (¿alguien supo con certeza, por ejemplo, quién era Peter Sellers?). Robin Willians, ahora nos queda claro, no era el Robin Willians que creíamos conocer. Y eso me hace pensar. ¿A quién conocemos? ¿Conocemos a nuestros amigos? ¿Cuántas veces alguien se fue de mi casa con demasiados tragos de más encima luego de haberme contado alguna tragedia y, camino a la suya, pensó en matarse? ¿Cuánta gente piensa en matarse todos los días? ¿Cuántas veces al día piensan en matarse? Williams se fue como muchos antes que él, con un cinturón amarrado a la garganta y las muñecas rajadas. Y, como un detective, no dejo de pensar en esa última escena: Williams en el baño, solo, desesperado, sabiendo que dejaba a su familia y a todo lo demás, sabiendo que ya no podía con esto, tomando la decisión. Pero, insisto, ¿por qué?

Bukowski decía: a man can only take so much… ¿Cuánto es so much?            

8.06.2014

20 años de soledad



Para Fabiola Pazmiño y Daniel Llanos 

Mi primo David tenía el mejor cuarto del mundo. Tenía un televisor, un VHS, un equipo de música. Tenía un Nintendo, un futbolín, un aro de básquet. David era hijo único y lo tenía todo.

El cuarto de David tenía posters en todas en las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row. El papá de David era piloto, viajaba hartísimo a Estados Unidos y cada vez que regresaba le traía revistas Circus y David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas para pegarlos en las paredes. Y me regalaba un par para mi cuarto. David tenía tres años más que yo. David era lo máximo.

Un día pasó algo. Ese día estuve andando en bicicleta toda la tarde con los panas de la ciudadela. Cuando llegué a la casa, como a las seis o a las seis y media, vi a David sentado al lado de la puerta, andaba con su discman y sus audífonos. El man estaba como en otro mundo. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David no me miraba. David miraba para el frente, como si yo no estuviera ahí. Le pregunté qué te pasa y me pasó los audífonos.

Ese día el papá de David había llegado de viaje y le había traído el Nevermind de Nirvana. En el pueblo no había cable, pero nosotros ya habíamos visto el video de Smells Like Teen Spirit en la televisión. Cuando éramos pelados, a las doce de la noche, después del himno nacional, Ecuavisa se convertía en MTV y nosotros nos pasábamos la noche despiertos grabando videos en el VHS de David. Tomábamos Coca Cola y veíamos videos hasta el amanecer. No importaba si había clases al otro día. El que se quedaba dormido perdía.

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. No entendía muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras. Sacamos los posters y los guardamos en una caja. David tenía otros posters, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos. Mi primo me regaló los posters viejos, pero yo ya no los quería. Yo también quería posters de Nirvana.

En Portoviejo hace calor, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle. En Portoviejo hace calor, pero usábamos pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas. En Portoviejo hace calor, pero pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana. David hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis y yo hacía como que tocaba la batería con unos tarros de galletas. Todo el día. Todos los días.

Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se traumó. Los panas del man salían a dar vueltas en la avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir.      

El 8 de abril de 1994, diez días antes de que yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos, en mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto entonces tenía que ir a la sala. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su caleta, se había volado la cabeza con una escopeta. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de pinoklin y no sé qué otra huevada. Ese día lo llevaron al hospital y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar. El man estaba sonriendo, lo juro. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, todavía no había cumplido los 16. Ese día me robé su discman y algunos de sus discos sin que mis tíos se dieran cuenta.   

Lo enterraron en el cementerio que está al lado del colegio Rey de Reyes, eso siempre me ha parecido medio como la gaver porque a David lo botaron de ese colegio en tercer curso. Yo lo visito todos los años, de tarde, cuando sé que mis tíos ya se fueron. Llevo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aunque el man no me diga nada. David es lo máximo. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?  

(Revista Ex-Libris, de Libri Mundi) 

7.29.2014

ROCK


La gente me pregunta por qué lo hago. Mejor dicho, por qué todavía lo hago. Con esta edad. A estas alturas. En un momento de la vida en el que la mayoría de personas se casan y tienen hijos y persiguen sueldos altos y, bueno, se vuelven adultos serios. Claramente, no lo hago por dinero: el rock no da dinero, más bien te lo quita o a lo mucho te devuelve la inversión, sin margen de ganancia. El rock te paga con rock, dicen, y no hay forma de medir esa fortuna. Tienes que estar ahí. Sentir el fuego. Quemarte.

Roberto Bolaño decía que los escritores, esos a los que él llamaba escritores de verdad, encontraban el éxtasis en algún momento de la creación, a la mitad de una novela, al comienzo de un capítulo, en la profundidad de un párrafo, al final de una línea; y el éxtasis, decía Bolaño, quema y te puede dejar ciego, es difícil de soportar, casi imposible de sobrevivir, y por eso sólo los que vuelven a escribir luego de haberlo encontrado habrán encontrado también su vocación y su destino. Se podría decir lo mismo del rock.

Supongamos que llevas varios días viajando y tocando, comiendo y durmiendo mal, intoxicado y mareado. Supongamos que llegas a una ciudad nueva y no hay tiempo para nada porque debes probar sonido y echarte algo al estómago y bañarte a toda velocidad antes de volver a tocar. Supongamos que antes de que tu banda suba al escenario deben subir dos o tres bandas más. Y estás en un camerino improvisado, la bodega de un bar o una esquina en la calle, bajo la lluvia. Y guardas silencio porque ya no tienes nada que decir. Quieres tocar o desmayarte, lo que pase primero. Y llega la hora.

Subes al escenario. Conectas tus cosas. Empiezas. La música se riega, se derrama, inunda todo lo que la rodea hasta sumergirlo, hasta llevarlo al fondo que no es otra cosa que la superficie. Tu vida empieza, una vez más. Eres el rey. Tocas. Tocas duro. Tocas alto. Play fucking loud, como dijo Bob Dylan. Eres indestructible. En ese momento, sobre un escenario que tiembla. En esa pequeña ciudad en la que antes sólo había silencio, sobre los restos de la civilización. En ese golpe que te golpea y golpea a los demás y hace sonar tus costillas, sobre las manos de gente que nunca has visto, que no volverás a ver. Ahí aparece el éxtasis.

Es verdad, el éxtasis quema y puede dejarte ciego. El éxtasis puede cortarte los brazos y las piernas, dejar tu torso convulsionando en el suelo. El éxtasis no tiene rostro pero es todos los rostros de toda la gente que has visto en todos los conciertos. Y lo tienes ahí durante un segundo, quizás menos. Lo tienes entre las manos aunque no lo puedas tener. Lo sientes. Te supera. Te aplasta. Te eleva. Cierras los ojos y sigues tocando. Dentro de esa oscuridad llena de sonido, en el centro de esa oscuridad llena de sonido, ahí estás tú, y las cosas caen a tu alrededor y cobran sentido. El mundo define su forma.

No es el dinero. No son los viajes. No es el alcohol. No son las drogas. No eres tú, que me llevaste a tu casa y me pediste que te haga el amor en silencio para no despertar a tu viejo. No eres tú, que me encerraste en el baño y te subiste la falda hasta la cintura. No eres tú, que me preguntaste cuándo volvería. No eres tú, que viajas conmigo. Es todo. Sentir que nada más importa. Sentir que nada más existe. Sentir que la vida empieza y termina en una canción. Es ver una cama en llamas y acostarse en ella. Es lanzarse al vacío con los ojos abiertos. Es ponerse la pistola en la boca y disparar. Es comprender por qué estás aquí. Es querer estar vivo… Y la gente me pregunta por qué lo hago…

(SoHo)

7.23.2014

Lanzarse


Voy a escribir esto en vivo.
No tengo ganas de pensar demasiado.
Tengo ganas de seguir sintiendo esto que estoy sintiendo.

Hace unos minutos estaba en el cine viendo A estas alturas de la vida, la película de Manuel Calisto y Alex Cisneros. Hace unos minutos estaba, estoy todavía, emocionado. Allí, sentando en la oscuridad, viendo los créditos sin poder moverme, sentí algo.

El final de la película es uno de los mejores que he visto en el cine ecuatoriano, quizás el mejor de todos. Ese momento no sólo me atrapó sino que me llevó a lugares y me hizo ver cosas. Ese momento me inspiró, me dio fuerzas. Ese momento me empujó.

Lanzarse. Sí. Hay que lanzarse.
Sin miedo. Incluso sin esperanzas.
Lanzarse es, a veces, suficiente.
Llegar al otro lado es lo de menos.
Hay que lanzarse.

A estas alturas de la vida quizás no sea una película propiamente dicha, para mí, está más cerca a un experimento terapéutico, a un desahogo incontenible, a las ganas desesperadas de tener un propósito, una razón que puede ser el sinsentido. Es una película que no sabe ser película pero tiene sentimientos. La verdad es que no se sostiene de manera convencional, a ratos ni siquiera se sostiene, se cae, se va, se pierde. Pero la gente que hizo esa película, qué duda cabe, sintió que lo que estaba haciendo era importante. Eso se nota. Eso se agradece. Eso se respeta.

Ahora mismo, en mi casa, con esta sensación recorriendo mis costillas, pienso que no me importa que la película no funcione. No todas las películas tienen que funcionar. No todas las películas tienen que cumplir. Algunas, como esta, sólo tienen que mostrar sentimientos, dudas. Hacer preguntas más que responderlas.

Algunas películas te ayudan a ver cosas de tu vida que no querías ver o no querías aceptar o que siempre has preferido no saber.

Hay cariño.
Hay amistad.
Eso vale.

Dos tipos que pasan de los cuarenta gastan la tarde de un sábado mirando la ciudad desde una terraza. Lo que pasa, obvio, es que se están mirando. Están mirando hacia adentro.

¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué la vida no es lo que imaginamos que sería? ¿Dónde fallamos? ¿Fallamos? ¿Teníamos un plan? ¿No nos esforzamos lo suficiente? Tal vez pensamos que la vida se arreglaría sola, que encontraría un camino por su cuenta y nos llevaría con ella. Tal vez dejamos de vivir un rato. ¿Fue eso? O esperamos a que sucedieran cosas que nunca sucedieron y eso, lo que no nos pasó, fue finalmente lo que nos hizo lo que somos.

¿Dónde está todo lo que nos prometieron?
¿Dónde está el futuro?
¿Dónde?

A estas alturas de la vida me afectó. Tiene secuencias increíbles. Ese monólogo sobre el desprecio a todos los seres humanos que caminan sobre la faz de la tierra es brillante, luminoso en su oscuridad, gracioso en su maldad. Es arriesgado. Es largo. Es redundante. Y sin embargo ahí está, ahí estamos, caminando en medio de todos esos rostros desconocidos, odiando un poco, reconociéndonos en ese odio.

Los cálculos matemáticos que aparecen en la pantalla son otro logro. Hacen que un personaje que en principio parece vacío y plano se transforme en un ser extraño y misterioso del que nos gustaría saber más aunque no haya mucho más que averiguar; un tipo que no pudo resolver la ecuación de la vida adulta pero puede, con los números, resolver tonterías, cosas que al parecer no importan pero terminan definiendo su destino.     

Tu vida es esta.
Tu vida no es eso en lo que estás pensando.
Tu vida es esta.
Tu vida es esto.
Lo que pasa ahora.
Esta es tu vida.
No lo olvides.  

Queda claro que aún no entiendo lo que me pasa, lo que me pasó. Debo procesar, esperar un poco, dejar que pasen al menos unos días, hablar con más gente. Pero esta sensación de victoria no se me va y no quiero que se vaya.
Por eso escribo.

Me atrae la gente perdida, la gente que no sabe dónde va, que no sabe cómo llegó donde está, la gente que se equivoca, la gente que tiene miedo. Entre ellos me siento cómodo.
Y tranquilo.

¡A la mierda la Patagonia! 

Que no pase nada no es tan grave.
Es bueno saberlo.

Al final pasará.
Al final, pasa.