12.17.2014

Una magia (no tan) modesta


1) A la hora del almuerzo, mi tío pone la cara que ponen los hombres cuando están a punto de transmitir la llegada de un acontecimiento, los ojos bien abiertos, la sonrisa que empieza a abrirse en su rostro, y dice esto: tengo que contarles algo, ya estrenaron… Lo interrumpo, termino la frase, y digo esto: la nueva película de Woody Allen.

2) Mi cara es de tragedia, de vergüenza, de miedo. Mi tío me pregunta, alarmado, ¿qué te pasa? Le explico que la película ha sido descuartizada por la crítica y que amigos-de-confianza que son tan fans del viejo Woody como yo me han dicho que es muy pero muy mala (de las peores). Le explico, también, que pocas cosas son tan dolorosas como ver una mala película de un director al que amas. Mi primo me pregunta si es como si Messi se pasara al Real Madrid. Le digo que es peor: es como si Messi hiciera un autogol o, todavía más grave, una serie de autogoles a lo largo de los noventa minutos que dura un partido de fútbol y que, dicho sea de paso, son la misma cantidad de minutos que duran, por lo general, las cintas de Woody Allen. Se hace un silencio. Seguimos comiendo, un poco incómodos, acaso perturbados, sin saber cómo retomar la conversación o generar una nueva, quizás incluso sin apetito.

3) Decido que todo esto ha sido mi culpa y digo algo que tengo asumido qué rato. Esto: yo soy fan de corazón, a mí no me importa, el hombre tiene 80 años y hace una película cada año, no todas le pueden salir bien. De pronto, la vida vuelve a la mesa y es como volver a respirar. Mi tía dice a mi tampoco me importa, yo quiero verla. Y, como en mi familia las decisiones importantes siempre las toman las mujeres, ya con eso el asunto queda zanjado.

4) Camino al cine, pienso que en los avances la película no se ve tan mala pero que tampoco se ve como una de las buenas. Tengo un presentimiento, una intuición, casi una certeza. Es algo que pasa con el tiempo en todas las relaciones afectivas: un gesto, una palabra, una mirada y ya sabes lo que te espera. Por si acaso, en el auto, repito: cada uno está yendo al cine bajo su propio riesgo, no vengan a reclamarme luego porque la película no les gustó. Y todos, adultos como son, aceptan cargar con su parte de este riesgo compartido. Lo sé, soy un cobarde pidiendo amnistía por adelantado. Soy, en rigor, un hombre de poca fe.

5) ¿Puede el cine unir o separar a una familia? Por cierto que sí. Días antes, por culpa de mi primo, habíamos visto Horrible Bosses 2, un bodrio aún peor que el primero (sí, vi la primera… qué se yo, Jason Bateman me cae bien, Kevin Spacey es Kevin Spacey; además, soy de los que alguna vez estuvo enamorado de Jennifer Aniston y de los que cree, en contra del pensamiento racional colectivo, que su personaje en Friends no era sólo el más sexy sino también el que más y mejor evolucionó en la serie. Al principio Rachel era una niña rica, inútil, insoportable, pero con el tiempo claramente encontró su camino, quizás no se educó o se ilustró tanto como Annie Hall pero hizo una maniobra no menor: descubrió cuál era su talento, aplicó su aburguesado sentido de la moda a la vida real y se abrió campo como una mujer independiente; y sí, siempre usó su belleza para conseguir cosas, pero el que no le haya hecho un favor a una mujer hermosa sólo porque es hermosa pues que la lance la primera piedra: la culpa es nuestra) Horrible Bosses 2 debe ser la peor película que he visto en el año, pero me dio un momento de oro: la cara de mi primo cada vez que en la película alguien decía shit, fuck, dick, bitch y él sabía que sus padres estaban escuchando esas palabras y sólo se hundía y se hundía en su asiento, la cabeza que desaparece entre los hombros; tanta fue su vergüenza que ni siquiera pudo esperar a que las luces de la sala se prendieran para salir corriendo, se levantó apenas comenzados los créditos y escapó al baño para no tener que enfrentarlos. Recuerdo esa sensación. Me pasó lo mismo hace unos quince años, cuando fui a ver Cenizas del paraíso con mi mamá. En la cinta había tanto sexo o por lo menos a mí –en ese momento, a esa edad– me parecía tanto que mientras daba gracias a Dios por estar viendo a Leticia Brédice desnuda veía las llamas del infierno ardiendo en la cara de mi madre (y eso que mi madre es fan de Almodóvar). El caso es que sí, el cine puede unir y separar a las familias. Esa noche, después de Horrible Bosses 2, hablamos poco o nada en el camino de regreso y cuando llegamos a casa cada uno se retiró a sus aposentos en silencio, en busca del tiempo perdido.  

6) Si vas a sufrir, que sea de la manera más cómoda posible. Sala VIP. Sillones anchos y reclinables. Comida y bebida en abundancia: palomitas dulces y saladas y carnes rojas y frituras y smoothies de frutas tropicales y también cervezas. Con eso, el golpe puede amortiguarse entre las sensaciones que transmite el paladar y el adormecimiento cardiovascular que sigue al empacho.  

7) Y ahí estás, pensando que el año pasado le robaste horas a un viaje de trabajo y te metiste a un centro comercial decadente a ver Blue Jasmine en un cine casi desierto de Chicago y que meses después, cuando le dieron el Oscar a Cate Blanchett, lo gritaste como otros gritan los goles de la selección (¿Hubiese sido la misma alegría si se lo daban por una película que no fuera de Woody? Desde luego que no, aunque debieron habérselo dado por I’m Not There. Está claro: las razones que gatillan tus afectos están ligadas no a la actriz sino a la obra o al creador de la obra o al motivo de la obra).  

8) Aparecen esas letras blancas sobre fondo negro que te dejan claro que estás viendo la misma película, que has estado viendo la misma película desde hace, ¿qué?, ¿quince años? Y recuerdas que una vez el viejo Woody dijo esto o algo parecido a esto: he hecho todo tipo de películas, romances, comedias, dramas, thrillers, películas de época y películas de fantasía, pero la gente dice que todas mis películas se parecen: supongo que es lo mismo que pasa con la comida china, hay muchos platos distintos, pero todos saben a comida china. Esas letras, EF Windsor Elongated, son los nombres de gente a la que nunca has visto pero que conoces de memoria. Los productores Letty Aronson (hermana de Woody), Jack Rollins y Stephen Tenenbaum; la editora Alisa Lepselter; la directora de casting Juliet Taylor, ¿cómo es que una secuencia de créditos puede llegar no sólo a emocionarte sino a hacerte sentir en casa? Magia, supongo.

9) Cuando aparecen las palabras mágicas, Written and Directed by Woody Allen (nunca A Woody Allen film o A film by Woody Allen porque uno de los directores más autistas de la historia del cine tiene prohibido que los créditos de sus filmes digan tal cosa argumentando que una película no la hace sólo una persona ni mucho menos es propiedad de su director) aparecen también el vértigo, el miedo. Y la fe.

10) Magic in the Moonlight abre, valga la redundancia, con una secuencia de magia en la que desaparece un elefante. Piensas en Stardust Memories (¿la mejor película de Woody Allen aunque sea demasiado Fellini?), te gusta poder atar cabos de esta manera y recordar que el viejo Woody, de niño, quiso ser mago. Muchas de sus películas tienen magos al centro del relato, como personajes secundarios o, de plano, recurren a la magia o a lo sobrenatural para sostener sus argumentos. A saber: Zelig, Broadway Danny Rose, La rosa púrpura del Cairo, Edipo reprimido, Alice, Desmontando a Harry, La maldición del escorpión de Jade, Scoop y, claro, Medianoche en París, la-película-que-sucedió-en-dimensiones-paralelas antes que Interstellar.

11) Los primeros minutos de Magic in the Moonlight son largos y tensos, lo único rescatable, pero, eso sí, genial, es cuando Colin Firth dice en Barcelona me aman y tú sabes que ese es Woody riéndose de Woody (la estatua se la hicieron en Oviedo, pero da lo mismo, ¿cuántas ciudades han levantado monumentos a los cineastas que las han usado como locaciones?) Luego, toda la secuencia en que Simon McBurney (que debería actuar ya en una biopic de Roman Polanski) le explica la trama de la cinta a Colin Firth es barata y casi daría lo mismo –y habría sido menos penoso– que te lo hubieran contado con más letras blancas sobre fondo negro. Sin embargo, te ríes. Hay un par de buenas bromas o mejor dicho lo que hay es un par de buenas líneas. Y te ríes. Te ríes porque quieres reírte. Te ríes porque quieres querer reírte. Te ríes un poco por compromiso, a la fuerza, como si no reírte fuera asumir ante los demás una especie de derrota o, aún peor, realizar una traición en público. Casi nadie más se ríe, pero tu te ríes igual. Te ríes fuerte y claro para que todo el mundo sepa que te estás riendo.  

12) La trama es esta: Berlín, 1928. Colin Firth es, al mismo tiempo, un hombre agnóstico, amargado por la condición terrenal de lo finito, y el mejor mago del mundo; Simon McBurney, su amigo, que posiblemente sea el segundo o el tercer mejor mago del mundo, le pide que lo acompañe al sur de Francia donde una joven americana que dice tener poderes psíquicos y asegura ser capaz  de contactarse con el más allá está embaucando a una familia rica pero honrada. Hay, claro, una tragedia clásica: el hijo de esa familia, que ha quedado a cargo de los negocios tras la muerte del padre, con quien la madre pretende comunicarse a través de la supuesta médium, está perdidamente enamorado de la embaucadora y, además de serenarla con un ukelele y ojos de niño hambriento, le consulta cada una de sus decisiones personales y profesionales. La misión de Colin Firth, entonces, es desenmascarar a la estafadora.

13) La trama, seamos sinceros, importa poco. Ya sabes lo que va a pasar: Colin Firth se enamorará de Emma Stone, la americana embustera. Lo que importa es las cosas que va a decir para conquistarla. Ojo, las cosas que va a decir, no las cosas que va a hacer: los hombres marca Allen nunca han sido capaces de enamorar con acciones sino con diálogos, recurriendo al humor, al ingenio, al pesimismo y a la fatalidad. (Cuando han corrido, como al final de Manhattan, ha sido ya demasiado tarde).   

14) Colin Firth hace el peor papel de su vida, tieso y desabrido, histérico y exagerado, todo mal, como si nadie lo estuviera dirigiendo o como si él estuviese más preocupado en impresionar al director que en actuar. Hay, sin embargo, un detalle que te atrapa y que no tiene nada que ver con su actuación. Firth se presenta como Stanley Taplinger. Es un nombre falso pero la referencia o la referencia que tu crees estar descubriendo es clarísima. Taplinger suena demasiado parecido a Salinger y todo tiene sentido porque, ahora que lo piensas, en Poderosa Afrodita hay una escena en la que Woody Allen y Helena Bonham Carter (pre Fight Club, pre Tim Burton) tratan de elegir un nombre para el niño que acaban de adoptar y él dice “Holden, como en El guardián entre el centeno”. Y tú, que lo pensaste entonces, lo vuelves a pensar ahora. A Woody le gusta Salinger. Y sonríes. Y eres feliz. Y concluyes que sí, son esas pequeñas cosas las que le dan sentido a la vida.

15) Captas que lo que debes pensar y asumir y abrazar es que no estás viendo la nueva película de Woody Allen sino leyendo el nuevo guión de Woody Allen y que te gustaría tenerlo entre las manos para poder subrayar un par de cosas. Subrayarías esto: You’ve always been so certain about the world and I’ve always tried to teach yo that we don’t know. Esto: You’re born, you commit no crime, and then you’re sentenced to death. Esto: When the heart rules the head, disaster follows. Y hasta subrayarías esto: I never thought you could be this beautiful… I believe that the dull reality of life is all there is but you are proof that there’s more, more mystery, more magic. Y entonces te relajas y tratas de retener esas frases en la memoria porque sabes que las vas a necesitar (no para escribir esto sino para cuando ocurra una verdadera emergencia y haya que romper el cristal).

16) Crees que te vas a poder olvidar de la imagen pero Woody filma de tal forma que es imposible no querer estar ahí, adentro, en la película, aunque sea de turista o escondido detrás de un árbol, espiando. En tiempos en los que todo son efectos especiales por un lado y realismo extremo por el otro, Woody usa la cámara para encuadrar y enfocar la belleza natural que solemos olvidar: uno de los realizadores más públicamente pesimistas y apocalípticos todavía puede ver al mundo como un lugar hermoso, digno de ser vivido, digamos: quizás por eso, para poder verlo así, para poder creerlo, es que tiene que filmarlo de esa manera, casi ecologista. (Recuerdas que en el maravilloso Woody Allen: A Documentary, donde Woody hace sin duda el papel de su vida, ese por el que será recordado, Martin Scorsese dice que Woody filma Nueva York no sólo como si fuera otra ciudad sino como si fuera otro planeta: y tú reconoces que si bien alguna vez quisiste ser un Goodfella de Brooklyn al final del día preferirías vivir en un apartamento lleno de libros en Allen Planet, cerca del Central Park)

17) Woody filma la Riviera Francesa como una esquina del paraíso y te hace sentir la briza.

18) Woody filma a la gente rica como si también fuese gente culta, interesante y sensible, es más, quizás sea el único director de cine en la actualidad que en vez de atacar abiertamente a la clase alta o cuando menos ridiculizarla opta por redimirla demostrando que el dinero no siempre corrompe o no sólo sirve para corromper, también educa, también te hace viajar –no sólo de compras–, te da temas de conversación y te compra entradas a la ópera: la gente rica de las cintas de Woody es, por lo general, gente bien informada y hasta filántropa, tiene buen gusto, buenos modales, buen vocabulario, buena higiene, buenas y surtidas bibliotecas y a veces incluso buenos sentimientos. En Magic in the Moonlight, los ricos pasan demasiado tiempo bebiendo (una pena cómo el alcohol ha dejado de ser visto como una forma de refinamiento) y jugando tenis y nadando en la piscina o bailando en fiestas que parecen salidas de El gran Gatsby, pero nunca parecen vacíos o superfluos. El secreto, quizás, sea este: la burguesía que retrata Woody Allen tiene clase y eso es algo que no se compra con dinero.

19) La forma en que Woody Allen filma a Emma Stone impresiona por su frescura: cuando un hombre ve a una mujer por primera vez, la inventa. Con el pelo corto, casi rojo pero no del todo, onda Heidi-teen-con-la-libido-despierta, Stone parece más joven y delgada e inocente que hace siete años, cuando la conocimos gracias a esa cinta mayor que el tiempo y la capacidad que tiene el verdadero arte de prevalecer ante los ataques más irracionales y los críticos más feroces se han encargado de trepar a la categoría de obra maestra: Superbad. En las manos de Woody, o, mejor dicho, bajo su mirada, Emma Stone ha vuelto a nacer: ahora tiene pecas, maneras lo suficientemente sofisticadas y lo suficientemente silvestres, y esta vez sí parece que creció o que está creciendo en una pintura de Norman Rockwell.

20) Mientras la película avanza, tú vas aflojando, entregando, bajando la guardia que, en realidad, nunca tuviste arriba.

21) Sí. No es una de las mejores películas de Woody Allen, pero en cada película de Woody Allen hay una de las mejores escenas del cine de Woody Allen (lo mismo pasa, por ejemplo, con los discos de Bob Dylan: en cada disco de Bob Dylan está una de las mejores canciones de Bob Dylan y eso convierte a cada álbum en algo indispensable). En Magic in the Moonlight, ese momento podría ser el vestido de Emma Stone en la fiesta tipo Gatsby, pero no, hay una secuencia existencial que viene casi a continuación del vestido y no podemos pasar por alto. Ese momento es este: Colin Firth entra a la habitación vacía de un hospital –que, claro, es tan elegante como debe ser la antesala del paraíso– y en contra de todos los principios que han justificado su vida agnóstica y científica y malhumorada, empieza a rezar por la salud de su tía (Aunt Vanessa, sin duda, el mejor personaje de la cinta, la más sabia, la más aguda, la más acertada, la más distinguida, la más directa y la más sutil, ¡grande Eileen Atkins!). Colin Firth, que a estas alturas está ya más que enamorado de Emma Stone y ha encontrado en ese amor algo en lo que y por qué creer (recordar Confesión, de Tolstói), se rinde ante la posible existencia de un ser superior que maneja nuestro destino y después de una plegaria francamente conmovedora, capaz incluso de hacernos creer a todos que Dios existe y puede salvar a nuestras tías cuando están muy graves de salud, se da cuenta de que está haciendo el ridículo; se da cuenta de que está hablando solo; se da cuenta de que nadie le va a responder. Y ahí está. Eso es. Este es el momento que te hará recordar Magic in the Moonlight. Este, ese, es Woody Allen aceptando de una vez por todas su mortalidad. Este, ese, es un hombre de 80 años mirando a la muerte directo a los ojos. Este, ese, es un ser humano que está aceptando que el final está cerca y que después del final no hay, no habrá, nada. Sí, en una comedia. Sí, en una comedia romántica que empieza con un elefante que desaparece y terminará con un beso.

22) ¿Habrá vida sin Woody Allen? Sí, pero no será lo mismo.

23) Piensas en un sueño recurrente. En ese sueño, hay una película que se llama The Last Picture, written and directed by Woody Allen. La cinta es en blanco y negro y está protagonizada por un director y guionista de cine que es judío y neurótico y bajito y delgado. La trama es esta: el cineasta está demasiado anciano para seguir filmando. Y eso es todo lo que pasa. Al final de esa película, al final de ese sueño, lloras.     

24) Al final de Magic in the Moonlight, como dije, está el beso. Un beso ya sin mucha importancia, un beso protocolario y acaso ridículo que podría bien no haber sucedido, un beso que sin embargo es un riesgo y un símbolo de fe. Y recuerdas esa vez en la que una mujer de la que estuviste enamorado, después de leer la carta en la que Woody se defendió de las acusaciones de Dylan Farrow, te dijo ¡ganamos! Así: ¡Ganamos! En plural. Como si ella y Woody y tú hubieran sido, alguna vez, un equipo. Y sí, lo fueron. Vaya que lo fueron. Ese amor no habría sido ni la mitad de lo que fue sin Woody Allen.

25) Las películas pueden unir a las familias. Mi primo dice bueno, creo que no siempre hay que hacerle caso a los críticos. Mi tía dice a mí me encantó. Mi tío dice lo mejor, como siempre, fueron los diálogos. Mi tía propone que cambiemos los planes de la familia para fin de año y que nos vayamos todos al sur de Francia. Tú y tu primo gritan ¡vamos! Tu tío pregunta, ¿qué familia?, ¿los Rockefeller? Y, como en una comedia apta para todo público, todos ríen.

26) De vuelta en casa, tu tía se queja porque en Netflix no hay suficientes películas de Woody Allen y ella quiere seguir viendo a Woody Allen. Le dices que tienes una copia de Annie Hall porque nunca viajas sin una copia de esa película en tu maleta. ¿De verdad?, pregunta tu tía, un poco preocupada. De verdad, respondes, con toda la certeza del caso. Bueno, préstemela, dice tu tía.

27) Sabes que vas a escribir algo. No será una reseña. Será algo más personal. Más geek. Más nerd. Más cursi. Algo sin sentido porque lo único que quieres es aprovechar la oportunidad y escribir las palabras Woody Allen la mayor cantidad de veces posible. Sabes que será larguísimo, insoportable, polarizado.

28) Mientras haces el research para lo que crees que quieres escribir, te encuentras con una cineasta francesa llamada Sophie Lellouche que, en 2012, estrenó una cinta llamada París-Manhattan, una comedia romántica cuyo personaje principal es una joven farmacéutica obsesionada con Woody Allen. Miras los avances y Subrayas esto: Me temo que será muy sutil e inteligente para usted. Esto: Si es divertida, me dejaré seducir. Esto: ¿Quiere almorzar conmigo? No, acostarme, como mucho. Y esto: Sus películas sólo hablan de eso: de parejas que se quieren, que dejan de quererse, que se engañan. De la vida…  Ya sabes lo que pasará: ella se enamorará del tipo que nunca ha visto una película de Woody Allen. Y te sientes menos loco. Menos freak. Menos solo. Te sientes mejor.

29) En la mañana que le sigue a la noche en la que fueron al cine, encuentras a tu tía acostada en su cama después de las diez; esto es, digamos, paranormal. ¿Estás enferma? No, me quedé viendo Annie Hall. Y sonríen. Y se miran. Y tú dices well, we all need the eggs. Y ella, con la boca abierta y los ojos más grandes que en cualquier otro día, como si esa fuera la única verdad absoluta a la cual un ser humano puede aferrarse en este mundo, asiente con la cabeza. Most of us… need the eggs.

30) La película que estrenará Woody Allen el próximo año aún no tiene nombre (es decir que, como todas en algún momento, se llama Untitled Woody Allen Project) La trama, según los rumores de corredor, es esta: en el campus de una pequeña ciudad universitaria, un profesor de filosofía en plena crisis existencial se enamora de una de sus alumnas y descubre un nuevo propósito en su vida. ¿No es la película que acabo de ver? Los protagonistas son Emma Stone y Joaquin Phoenix. Ahí estaremos.   

          

11.25.2014

El camino de regreso (writer’s cut)


Cuando recibí su mail había pasado más de un año desde la última vez que la vi, en el funeral de su esposo.

Recuerdo ese día. Era domingo y tuve muchas dudas sobre asistir o no al velorio. Entiendo la función social de los entierros: la oportunidad para que los amigos y los seres queridos participen de lo que suele llamarse el último adiós. La oportunidad de acompañar en silencio. La oportunidad de estar. Pero, por otra parte, me parece que pocos momentos son tan necesariamente privados y tan infinitamente íntimos como un funeral y que uno no debe intervenir en ellos a menos que se lo pidan.

Si perdiste a alguien cercano, más aún si se trata de esa persona que creías te completaba, se entiende que tu sufrimiento es del tamaño del cielo; ¿por qué, entonces, debes además lidiar con gente que viene –con sus mejores intenciones, es cierto, aunque no siempre– a recordarte cuán bueno era lo que perdiste, con gente que viene a hacerte llorar? Las memorias que tengo de funerales familiares en los que he tenido que dar besos en la mejilla y abrazos a gente que me da su sentido pésame son las peores. Si hubiese sido yo el muerto les habría dicho: lárguense, dejen a mi familia en paz.

Esta línea de pensamiento, que no me parece nada más que sentido común y respeto al derecho ajeno (sufrir también es un derecho), no la comparte nadie o casi nadie. Por eso llegué al funeral como llegué, un poco a la fuerza, empujado por amigos en común.

Para ser franco, esperaba encontrarla destrozada, llorando, arrastrando los girones de su cuerpo de un lado al otro en la sala de velación. Su esposo murió en un accidente: la pérdida fue instantánea y no le dio tiempo para pensar cómo sería la vida después de la muerte. Además, quedaba con ella una niña de poco menos de un año que extravió a su padre cuando apenas lo estaba conociendo. Pero no. Estaba tranquila, no tenía puesta ropa de duelo y ni siquiera se le notaban en el rostro la hinchazón que dejan las lágrimas o las marcas hipertensas de las horas sin dormir. Ese día, mientras la veía ver el cajón en el que enterrarían a su esposo, pensé que ella era y siempre había sido una mujer fuerte, independiente, fajada, y que seguro encontraría la forma de salir de ese agujero negro. No saldría ilesa porque, lo sabemos, nadie baja vivo de una cruz, pero saldría.

El mail decía que pasaría dos noches en la ciudad en un viaje de trabajo y que tenía una de esas noches libres. Quedamos en vernos enseguida. Ahora que lo pienso, reaccioné de una manera más bien egoísta: es una época de mucho trabajo en la que el aislamiento es necesario para permanecer enfocado y nada, me venía bien ver a una vieja amiga, salir, caminar, hablar. Los cuestionamientos llegaron luego. No sabía prácticamente nada de su vida después del accidente. ¿Cómo debía tratarla? ¿Cómo se trata a alguien que lleva dentro del cuerpo una herida que seguro continúa sangrando? ¿Con pena? ¿Con solidaridad? ¿Como a una víctima? No. Nada de eso. Insisto: no se puede entrar en la tristeza ajena sin haber sido invitado.

Después de abrazarnos con fuerza y decirnos lo feliz que estábamos de vernos, en un bar trendy del Casco Viejo, arrimados el uno contra la otra sobre un sofá esquinero, me dijo que después del accidente había llegado a un punto en su vida en el que sólo quería dormir: dormir ese sueño largo del que uno espera despertar curado, ese sueño que no existe porque para curarse, lamentablemente, hay que despertar. Que durante meses su problema no fue, como yo pensaba, resetear su vida, maniobrar con la pena y la impotencia y la frustración; sentir que le faltaba una extremidad para la cual no existen prótesis. No. Su problema más grande fue que no sentía nada. Así, literal: se había convertido en una cosa y las cosas no tienen sentimientos. Abría los ojos y no sentía nada. Paseaba por su apartamento recorriendo las memorias de los dos, de los tres, y no sentía nada. Caminaba por la ciudad y miraba el mar y no sentía nada. Ella, que siempre se había divertido comprando ropa y zapatos y combinándolo todo con accesorios, iba al trabajo siempre con el mismo jean y con el mismo suéter, como en pijama, porque no sentía nada. Me dijo que ahora entendía por qué hay gente que se corta y se despelleja: para sentir. (Sí, exacto: I hurt myself today, to see if I still feel) Que miraba a su hija, el cuerpo de su hija, el asombroso pelo de su hija, la sonrisa de su hija, los ojos brillantes y redondos de su pequeña y maravillosa hija, y no sentía nada.

La mujer a la que yo había visto en el funeral, que sonreía tranquila y daba abrazos y besos en la mejilla y no tenía más que palabras de agradecimiento y cariño para todos los que se le acercaban, la misma que me dijo, en el funeral, que estaba feliz de vernos a todos pero sobre todo a mí, aún no se había dado cuenta de lo que estaba pasando. Aún no se convertía en la cosa que no sentía. Durante nuestra conversación me quedó claro que, por un rato, ella también había muerto.

Un día, mientras peinaba el asombroso cabello de su maravillosa hija de ojos redondos y brillantes, le dijo a la pequeña que parecía una princesa. La niña se volteó para encarar a su madre, le señaló la cara y le dijo: tú princesa. En ese momento, me dijo, tomé la decisión de seguir viviendo. 

Se levanta a las cinco de la mañana todos los días, va al gimnasio, se viste para ir al trabajo y por las tardes pasa todo el tiempo que puede con su hija, sintiendo cosas, volviendo a sentir. Esa noche, en Casco Viejo, estaba arreglada, maquillada, guapa. Aunque todavía hablaba de su esposo en tiempo presente, como si estuviera vivo, decía que estaba recordando cómo se sentía ser observada, deseada, cotizada. Y yo pensé: esta es una mujer que está haciendo el camino de regreso, que quizás no sea capaz de volver al punto exacto donde lo irremediable interrumpió su vida para empezar de nuevo, pero que pronto, más pronto de lo que ella misma piensa, estará otra vez frente a su destino y caminará sin miedo por lo desconocido.

(SoHo)

11.17.2014

La mamá de Joanna


El primer párrafo de Joanna, uno de los relatos que conforman El final del amor, del español Marcos Giralt Torrente, dice esto: Es curioso que la vida nos ofrezca un número indeterminado de alternativas a cada momento, que constantemente tomemos decisiones que nos modifican, cogiendo unos trenes y desechando otros, y que sin embargo la mayor parte de los adultos, cuando echamos la vista atrás, nos recordemos de niños sustancialmente iguales a como somos hoy.

Es curioso, también, que la vida nos presente un número limitado de alternativas cada vez que descubrimos a un escritor: podemos seguirlo o abandonarlo. Leer sus otros libros, sus columnas en diarios, sus crónicas en revistas; o quedarnos con  aquello que se nos cruzó por el camino y no preguntar nada más al respecto. Parece tonto, pero hay escritores que te marcan con un solo libro y de los cuales prefieres, por si acaso, no averiguar demasiado. De hecho, sueñas y llegas a creer que toda la obra de ese escritor se reduce a un libro, a ese libro que habló contigo.

Me pasó la primera vez que leí Tiempo de vida (2010), quizás el libro más célebre y comentado y duro de MGT. Esa cosa me aplastó. Es un libro autobiográfico y despellejado en que el autor trata –porque no lo consigue del todo y ese, el intento fallido, es parte de la conquista– de hablar sobre su padre, un hombre al que conoció poco y que acaba de morir. En la primera página dice: …tras meses de dudas y fracasar repetidamente en la búsqueda de otra inspiración, por fin asumí que sólo me era posible escribir sobre mi padre. Ya con eso me compró: tenía un tema inevitable, como deberían ser todos los temas.

Leí Tiempo de vida, lo subrayé harto, lo reseñé y se lo presté a gente a la que creí podría servirle (en su mayoría, amigos con hijos pequeños o padres ausentes), pero no seguí leyendo a MGT. ¿Por qué? Por miedo. Tiempo de vida, libre de metáforas y espejismos, libre de artimañas literarias o frases para el bronce, es verdadero, es la verdad; a ratos, incluso, da la impresión de que el autor no soporta lo que está escribiendo o lo que está teniendo que escribir, como si el texto se le quemara entre las manos y, para terminar rápido, sólo hace un recuento de hechos puntuales, un listado factual que puede hacerte llorar. Él mismo lo reconoce cincuenta páginas antes del fin. Así: Las razones por las que se empieza a escribir un libro no son necesariamente las mismas por las que perseveramos cuando está mediado, ni las mismas por las que lo acabamos. Al final uno sólo quiere llegar al final. Ése es mi caso. Sólo quiero llegar al final. El final del libro. El final de mi padre. El final de mi vida con él.     

Ahora bien, ¿a qué le tenía miedo? A que el MGT de Tiempo de vida no fuera el mismo de París, la novela con que ganó el premio Herralde en 1999,  o de cualquiera de sus otros libros. Temía que el MGT que escribió sobre su padre no porque quisiera escribir un libro sino porque no tenía otra alternativa no fuera igual de bueno que el MGT que escribe, por así decirlo, profesionalmente. Aunque se trataba de una intuición, me quedaba claro que un libro como Tiempo de vida no podía –ni debía– escribirse dos veces, y que leer el resto de su obra sería muy posiblemente encontrarme con otro escritor al que no sé si quería conocer. Y así estuve durante años: releyendo de vez en cuando Tiempo de vida, venerándolo en público, pero alejado del resto de MGT. Así estuve hasta la semana pasada, cuando leí El final del amor (2011), el libro de cuentos con el que MGT se libró de la vida de su padre para poder seguir viviendo.

Como sospechaba, el MGT de El final del amor es otro escritor, otra persona, casi un extraño al que me costó reconocer durante las primeras páginas. Es un autor correcto, tan fiel y respetuoso y orgulloso del español que por momentos uno siente que está leyendo un libro que fue escrito en otro siglo: un obrero consciente de su oficio, cuidadoso y calculador. Además, al contrario de Tiempo de vida, donde el autor asume todos los riesgos y se hace cargo de las consecuencias de su honestidad brutal,  El final del amor es uno de esos libros en los que el lector debe hacer parte del trabajo, imaginar, poner palabras en la boca de ciertos personajes y tratar de leer sus emociones porque los cuentos no son especialmente detallistas. Te cuentan cosas, siembran pistas, construyen ideas, pero no resuelven misterios: para eso estás tú.

Y así, sospechando de cada palabra, llegué a Joanna. El narrador es un hombre que recuerda su infancia y el que quizás haya sido su primer amor. El hombre se recuerda como un niño huérfano que vive con su abuela en El Escorial, cerca de Madrid, y se describe de esta manera: No destacaba por nada, ni por mi rebeldía ni por mi inteligencia, si acaso por mi físico, que era espigado, y por mi afición a leer y a estar solo, que, más que afición, era algo a lo que las circunstancias me habían obligado. Sí, hay un-poco-mucho de esa victimización nerd y sobrevaloración de la falta de capacidades sociales de la que se valen casi todos los escritores para justificar e incluso convertir en proeza la soledad. Pero hay, sin duda, una persona detrás de esas líneas.

En El Escorial no pasa mucho. Mejor dicho: en El Escorial no pasa nada hasta que llega Joanna y el narrador se enamora de ella. Joanna llega con su madre y ambas viven en una casa de tres pisos, una casa que, al lado de la modesta vida del narrador, es una especie de palacio mágico y aterrador. Allí adentro pasa algo que no sabemos, algo muy oscuro, algo de lo que Joanna quiere escapar pero no puede porque es tan solo una niña. El narrador, por ejemplo, recuerda esto: Uno de nuestros entretenimientos favoritos era describir las casas que tendríamos en el futuro, cómo nos gustaría que fueran. Pisos de ciudad o quintas campestres, a veces imposibles, que a menudo exigían que cogiéramos lápiz y papel para dibujarlas. Además, cada día elegíamos una del pueblo que destacara por algún  motivo, o que simplemente nos gustara, y jugábamos a imaginarla por dentro. Hasta el más torpe aficionado a la psicología diría que esta obsesión por las casas revelaba la infelicidad de ambos con nuestras respectivas situaciones familiares y nuestro deseo de huida…

El narrador es pobre o casi pobre, vive con su abuela y no tiene amigos, en su caso, la huida es una opción más que lógica; pero la familia de Joanna es burguesía madrileña y ella es una hermosa criatura cosmopolita que habla con un tenue acento francés y se conoce medio mundo. ¿De qué quiere escapar Joanna? De lo que la persigue a todas partes: su madre. La mamá de Joanna, una réplica casi exacta de la propia Joanna, es, por decir lo menos, relajada hasta lo perturbador. El narrador, por ejemplo, recuerda esto: En una ocasión vi por el pasillo su sombra no tan fugaz, de camino al vestidor, con la blusa inexplicablemente abierta y los senos –media luna de la aureola de cada pezón– asomados a cada lado de la abertura; otra vez, una puerta innecesariamente entornada me la mostró de perfil recién salida del baño, con una toalla en la cabeza a modo de turbante y, la que debía cubrir el cuerpo, sujeta entre las manos mientras se secaba con ella una pierna que tenía alzada sobre el asiento del tocador; una tarde, cuando me marchaba, se acercó a despedirme sin falda ni pantalón, vestida de cintura para abajo con unos pantis negros y no de los tupidos; otro día vino de esa misma guisa al cuarto donde estábamos Joanna y yo para decirnos algo, pero esta vez, además, insólitamente desnuda de cintura para arriba, con los antebrazos cruzados cubriendo a duras penas el pecho. La secuencia podría estar en miles de películas francesas.

En lo que podría ser un parentesco voluntario con El vino de la soledad de Irène Némirovsky, pero de una manera más exhibicionista aunque menos frontal, madre e hija son rivales. Así como en la clásica novela –notable, por cierto– de Némirovsky, en el cuento de MGT es la hija quien hace todo lo posible para mostrar enfado cada vez que su madre le dirige la palabra. Esa rivalidad revienta cuando, más adelante en el cuento, llega a El Escorial el hermano mayor de Joanna y queda claro que entre él y su madre hay una comunión sexual: y entonces sólo podemos empezar a imaginar la cantidad de cosas torcidas que habrá visto en su vida la pobre Joanna. No mucho después de que el narrador descubre o más bien adivina el pecado, Joanna y su familia se marchan y no volvemos a tener noticias de ella hasta que un día llega una carta en la que se dirige a él como Mi pequeño. En esa carta le cuenta que está en Tánger, le dice No sé si alguna vez volveré. Depende de mi horrible madre, y, al despedirse, lo hace con estas palabras: Toda la culpa fue mía. Perdóname.

Pensando en la mamá de Joanna, el  narrador recuerda esto: …estaba pletórica, todo su interés, toda su energía, la acaparaba su hijo y simplemente no tenía tiempo para atenciones extra. La madre de Joanna, ahora lo veo, pertenecía a esa estirpe de mujeres que convierten el amor maternal en un yugo y que, para mantenerlo en las distintas etapas vitales de sus hijos, van modificando intuitivamente sus estrategias en pos de un irracional objetivo: que estos nunca se emancipen emocionalmente, que la dependencia que los unió a ellas desde su nacimiento y hasta que empezaron a ser autónomos, se perpetúe en su madurez. Madres hiperprotectoras, madres confidentes, madres cómplices, madres castradoras, madres que aspiran a ser las mejores amigas de sus hijos, madres esposas… La estela es amplia, la máscara con la que se presentan no siempre es igual, la gradación varía. Sin embargo, en todas late un instinto primitivo, algo oscuro, animal, que las conecta con épocas lejanas, prehistóricas, en las que la familia era el grupo y los individuos que ya no eran útiles necesitaban tener alianzas para asegurarse la supervivencia. Y, más adelante, pensando en Joanna, en cómo era y en las cosas que hacía y que él no entendía, el narrador recuerda esto: La paciencia de su madre con ella era tanta, tan buena su predisposición pese a los desplantes, que las invisibles faltas frente a las que Joanna reaccionaba todavía lo parecían más en comparación con la desproporción de su reacción, y, en consecuencia, la necesidad de expiar sus excesos, cuando no el arrepentimiento, alimentaban permanentemente el vínculo, lo incrementaban mediante los pagarés de una deuda que nunca terminaba de ser pagada porque crecía siempre en la misma proporción.    

Hacia el final, el narrador nos pone al día con su vida. Fui a la universidad, e hice una de esas carreras, no reconocidas con ningún título académico, que consisten en pasar por los primeros cursos de varias facultades. Han pasado más de veinte años desde la última vez que vio a Joanna, ahora vive en Madrid, es padre de dos hijas y trabaja en la radio como locutor de un programa que recibe llamadas-denuncias telefónicas de gente con necesidad de desahogarse y que no puede ir al psicólogo. Una noche, atiende la llamada de una chica que habla sobre su padre, y dice esto: Me habló de masajes que su padre le daba de niña, sentado a horcajadas sobre ella, de su pene erecto, presionándole la espalda desnuda, cuando él se echaba hacia delante para frotarle los hombros… Me habló de una hermana menor, por la que llamaba, a la que descubrió sentada desnuda con él en un sofá… El narrador-locutor trata de que esta mujer haga pública la denuncia, pero ella sólo dice: Sé pero no he visto. Discuten por un momento y aunque sabe que debe dar paso a otras llamadas, el tipo insiste con más preguntas hasta que sucede esto: Entonces se remontó a la estrecha relación que su padre mantenía con su propia madre, su abuela, y a su sospecha de que fue esta la que lo había iniciado en las costumbres contra natura que reproducía con sus hijas, y me habló de una hermana de su padre, a la que nunca conoció, que, según le había relatado una vieja tata que aún vivía en Fort-de-France, había consumido la totalidad de su corta vida huyendo de él. Hasta que, a punto de casarse con dieciocho años, horas después de descubrir en la cama de su madre a quien iba ser su marido, había rasgado una sábana de esa misma cama, había atado un extremo a su cuello y otro al balcón y había saltado.

Sin que MGT lo mencione, sabemos que Joanna muere a los dieciocho años, ahorcada, su cuerpo meciéndose de un lado para el otro como un péndulo bajo el balcón de la habitación de su madre; confirmamos que su madre y su hermano se querían de todas las formas y en todas las posiciones; suponemos que su hermano trató de acostarse con ella y que, quizás, lo hizo más de una vez; asumimos que, gracias a los cariños de la mamá de Joanna, ese hermano se ha convertido en un hombre sádico y traumado y salvaje, un cobarde depredador sexual que abusa de sus propias hijas; nos enteramos de que la mamá de Joanna se acostó con quien tal vez era su única manera de escapar y sólo nos queda imaginar con terror qué otras cosas semejantes ocurrieron entre ellas. Sin que MGT lo mencione, vemos a Joanna rasgando la sábana todavía caliente, enrollándola en su cuello, atando el nudo. Vemos a Joanna llorando.