6.07.2021

Rocky XLV




¿Qué de lo que tenemos no puede reemplazarse? 
 Tenemos una casa, tenemos un carro, ¡tenemos dinero! 
Tenemos todo menos la verdad. 
- Adrian - 


EL ANTECEDENTE

No recuerdo mucho más que esto: me llamaron de Ecuavisa para que escriba preguntas (cuestionarios, me dijeron) para el programa ¿Quién quiere ser millonario?, transmitido los domingos por la noche en horario estelar y conducido por Alfonso Espinosa de los Monteros. Mi primera pregunta fue cuánto pagan, y la cantidad que mencionaron me pareció injusta, sobre todo para un programa que pretendía volver millonaria a la gente. Igual acepté. Si uno se dedica a esto sabe que toda gota moja. 

Me lo tomé como un cachuelo, una chaucha, un chivo, y la pasé bien. No sé cuántas preguntas llegué a despachar o cuántas de esas preguntas llegaron a escucharse en el aire, pero recuerdo claramente cuál fue, siempre, mi pregunta favorita, mi verdadero cameo en el programa, la que de alguna forma coronó y decapitó mi cortísima carrera en televisión. 

¿Cuál de estos actores ha sido nominado a un premio Óscar? 
A) Arnold Schawarzenegger 
B) Jean-Claude Van Damme 
C) Sylvester Stallone 
D) Steven Seagal 

La respuesta correcta es C (la tercera es la vencida, dicen). Sylvester Stallone fue nominado no a uno sino a dos premios de la Academia en 1977: mejor actor en un papel principal y mejor guión escrito directamente para la pantalla, en ambas categorías por su primer papel protagónico y su ópera prima: Rocky. Dicho sea de paso, Stallone pasó a ser el tercer hombre en la historia del cine en ser nominado a mejor actor y a mejor guionista durante la misma ceremonia, siguiendo los pasos de Orson Welles y Charles Chaplin. 

No seguía el programa, lo veía cuando se me cruzaba por si aparecía una de mis preguntas, pero me agotaba enseguida y nunca supe si alguien respondió correctamente o si fue ésta la pregunta que lo separó de la contienda. 

Para esa persona, y para todos los que respondieron en sus casas, bien o mal, van dedicadas las siguientes palabras. 

LA PREVIA

Deberíamos empezar hablando de Paddy Chayefsky, ganador del Óscar a mejor guión escrito directamente para la pantalla en 1977, el año de Rocky. Chayefsky, de ascendencia ruso-judía, sirvió al ejército de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y, durante una misión en la ciudad de Aquisgrán, en Alemania, pisó una mina de tierra que lo desplazó a un hospital británico en la ciudad de Cirencester, 80 millas al oeste de Londres. 

La herida le valió un Corazón Púrpura (medalla otorgada a los heridos o caídos en batalla) y una serie de cicatrices que, se dice, acentuaron su timidez, sobre todo frente a las mujeres. En el hospital, sin mucho más que hacer, el soldado raso Paddy Chayefsky escribió un musical sobre la vida en la milicia que se montó por primera vez en 1945, fue representado por la Unidad de Servicios Especiales, dedicada al entretenimiento de las tropas, y viajó por bases militares europeas a lo largo y ancho y profundo de dos años. 

Para finales de los 40’s, Chayefsky había ido y venido de Hollywood, donde le pareció que maltrataban a los escritores obligándolos a modificar guiones en contra de su voluntad y para desgracia de las películas, y se encontraba en Nueva York escribiendo obras de teatro, cintas para televisión, novelas. En 1956 ganó un Óscar por el guión de la película Marty; en 1972 ganó un Óscar por el guión de la película El Hospital; y en 1977, compitiendo contra gente de la talla de Sylvester “Sly” Stallone, ganó su tercer Óscar por el guión de la película Network, nada menos que una catedral moderna. 

(Dicho sea de paso, Paddy Chayefsky es el único guionista en haber ganado tres premios de la Academia por su cuenta, sin colaborar con otro escritor. Por poner un ejemplo, Francis Ford Coppola compartió el mismo galardón con Mario Puzo, autor de El Padrino y coguionista de la adaptación.) 

Como si hubiese escrito una profecía y no la historia de un amor que se consuma no en la cama sino en el ring, Stallone perdió como pierde Rocky, es decir, perdió ganando. Perdió, por puntos, frente a un veterano de guerra, un guionista que llevaba más de veinte años escribiendo películas, que se había revelado abiertamente contra la industria y aún así recogía esa noche su tercera estatuilla. Sly perdió contra el mejor. 

Caben las palabras dichas por Rocky a su entonces prometida, Adrian, la noche del 30 de diciembre de 1975, horas antes de su primera pelea con Apollo Creed: No importa si gano o pierdo la pelea, lo que quiero es llegar hasta el final, nadie ha llegado hasta el final con Creed. Si sigo parado cuando suene la campana voy a saber por primera vez en mi vida que no soy otro vago de este barrio. 

Network es material de cátedra, de muestras de cine arte, de retrospectivas, y qué bueno que así sea porque esa película merece ser vista, procesada y comentada de aquí a la eternidad si es que seguimos empeñados en la civilización de los pueblos. Pero Rocky es familia. Conozco a varias personas que tienen el afiche de la película en su sala o en su cuarto o en su estudio. Yo tengo un imán en mi refrigerador y lo miro mientras se calienta el agua para el té, mientras pienso que debo seguir escribiendo aunque no sepa qué ni mucho menos para qué; lo miro mientras abro otra botella y desde la sala, por encima de la música, una voz que empieza a extrañarme me grita, ¿Por qué te demoras tanto?, ¡Ya ven! Veo a Rocky y le pido la bendición: sólo quiero estar de pie cuando suene la campana. 

EL MITO

El cuarto en el que vive es tan pequeño que puede cerrar la puerta y abrir la ventana sin levantarse de la cama. Es un actor, pero nada le sale y ha hecho porno por dinero. Es un escritor, dice que su cuarto es tan pequeño que no hay espacio para las distracciones y que eso resulta conveniente. Escribe historias que le parecen “triviales” pero que tienen un denominador común: los sueños frustrados, las oportunidades perdidas, la tentación del fracaso. Ese es el tema, su tema, lo que por esos días lo obsesiona: pasar por su propia vida como un extra, al fondo, confundido con la escenografía, desenfocado, sin voz ni voto ni rostro. Tenía un amigo, su mejor amigo, Butkus, un bull mastiff de color café, pero tuvo que venderlo para asegurarse de que al menos uno de los dos estuviese bien alimentado. 

Lo siguiente en ocurrir es lo que siempre ocurre, una/otra audición en la que lo rechazan. También escribo, dice. Vuelve cuando tengas algo que puedas mostrar, le dicen. El 24 de marzo de 1975, en un coliseo del condado Summit, en Ohio, Muhammad Ali pelea contra el blanco y más o menos relevante Chuck Wepner, un tipo de pelo rubio que se está quedando calvo. Es la primera pelea de Ali desde que noqueó a George Foreman en Kinshasa, Zaire (ahora República Democrática del Congo), en el octavo asalto y frente a 60.000 personas y un billón de televidentes. Muhammad Ali es, de nuevo, el campeón mundial de los pesos pesados y el evento en Ohio se llama Give the White Guy a Break (Denle una oportunidad al hombre blanco). Ve esa pelea por televisión, no tiene dinero para viajar hasta Ohio o hasta ningún otro lado, le quedan poco más de cien dólares en el banco. El evento, concebido como un acto de exhibición y misericordia, es ahora retransmitido por cadenas como ESPN en calidad de clásico: es uno de los cuatro combates en la carrera de Ali en los que se lo vio tumbado sobre la lona; y podrán decir lo que quieran sobre Wepner pero, en una campaña que tuvo más de actividad paranormal que de competencia deportiva, soportó quince asaltos con el campeón antes de caer. Qué hijueputa, dice, gracias a este momento, a este solo momento, la vida de este man tiene sentido, ya nadie puede decir que vale verga. Esa noche vuelve a su cuarto y escribe noventa páginas en setenta y dos horas (de estas, según sus propias palabras, quedaron diez; no es poco). 

El protagonista se llama Rocky en honor a Rocky Marciano, vive en Filadelfia, se gana la vida cobrando deudas, rompiendo piernas, y redondea la semana con los cuarenta dólares que le pagan cuando gana una pelea de box clandestinas. Hola, dice, con esa sonrisa chueca, tengo algo que mostrarles. Semanas más tarde, un estudio le ofrece comprar el guión de Rocky, y en la negociación se mencionan nombres como Burt Reynolds y Robert Redford para el papel principal. Le ofrecen 25.000 dólares, le ofrecen 100.000 dólares, le ofrecen 150.000 dólares, le ofrecen 175.000 dólares, le ofrecen 250.000 dólares, le ofrecen 330.000 dólares, le dicen que podrían llegar a ofrecerle hasta 360.000 dólares, y él duda, todavía no conoce el dinero, pero esto no es negociable. Si vendo el guión, piensa, y a la película le va muy bien y yo no estoy en ella (pausa para efecto), voy a saltar por la ventana o a pararme frente a un tren. Al final, la United Artist aceptó que protagonizara la película y él aceptó 35.000 dólares por el guión. 

Rocky se estrenó en 1976 y en 1977, entre otros, ganó el Óscar a mejor película del año. El actor y guionista, que perdió en las categorías en las que estaba nominado por sí solo, se levantó de su silla para aplaudir a los productores y ellos lo arrastraron al escenario para que recibieran juntos el último premio de la noche, presentado por Jack Nicholson y su mirada horizontal y decididamente marihuanera. Y sonó esa canción que ya nunca más ha dejado de sonar y todos aplaudieron y los productores levantaron los brazos del nuevo campeón del mundo. Llevaba un traje negro, chaleco, y una camisa morada, de solapas disco, que dejaba ver una cadena dorada y el comienzo de la BBD o, como se dice en mi pueblo, la camisetilla. Mucho antes de eso, pero después de haber recibido el cheque por su primer guión de largometraje, usó casi la mitad del dinero para recuperar a Butkus: 15.000 dólares por un amigo que, dice, vendió en 50. Pero la noche de la premiación, cuando pudo decir algo, dijo esto: A todos los Rockys del mundo: los amo. Él, que era Rocky, sabía que eran muchos los Rockys. Tú, yo, él, ella, nosotros, ellas, ellos. Todos con el sueño público de ser Rocky y el anhelo íntimo de saber pelear como Stallone. 


ROUND I

Me entero de que Rocky ha vuelto al cuadrilátero cuando, en casa de un amigo, mientras sus hijas juegan a ser TikTokeras (son aún muy pequeñas para manejar armas de verdad), él y yo decidimos ver las dos peleas de Rocky IV antes de salir a buscar la merienda: las niñas y su seguro servidor pedimos pizza, ganamos democráticamente. Ivan Drago derrumba, y de qué manera, al inolvidable Apollo Creed; luego, mediante una secuencia de entrenamiento en la nieve soviética que nació en la posteridad, Rocky domestica a Ivan Drago haciendo lo que siempre hace, eso por lo que al final de cuentas vinimos a verlo: aguanta, aguanta, aguanta, y cuando es el otro el que ya no aguanta Rocky Balboa o como también le dicen El Semental Italiano procede a cerrarlo a puñetes. 

Ahora bien, Rocky IV se sabe película de Guerra Fría y en las gradas está Gorbachev y Rocky pide el micrófono un momento. Dice, entre frases de menor peso, esto: Acaban de ver a dos hombres matándose el uno al otro, pero supongo que es mejor que sean dos hombres y no veinte millones. Muchos escritores mueren persiguiendo frases como esa. 

Vamos a buscar la pizza y en el camino me dice que se las ha visto todas, completas, desde Rocky hasta Rocky Balboa, en dos o tres días. Y eso trabajando, con esposa, con dos niñas en la casa, dice. Y, pregunto, ¿cómo han envejecido? Compa, mañana mismo comienzo a trotar, me dice. Y se ríe. Y nos reímos. Y recogemos dos pizzas familiares con pepperoni y algo que promete ser salchicha pero parece mortadela en cubos. 

Me dice que ni sus hijas ni su esposa conectaron con la franquicia Rocky, que no se emocionaron, que las vio casi que por su cuenta. Yo recuerdo que la vi en el cine, estoy seguro de haber visto al menos Rocky IV en el cine (qué bien parada sigue Brigitte Nielsen), seguramente doblada, y que ese cine es hoy la cantina 6 de Diciembre: buen lugar para beber, un sitio con carácter y sin baño. Él recuerda que la vio en televisión, capaz en el Festival de los hombres duros de Ecuavisa (segunda mención, ¿debería cobrar?), como muchos la volvimos a ver. Luego vinieron los VHS y Rocky vivió en nuestras casas en forma de cinta y en forma de disco y ahora vive hasta en teléfonos y tiene la forma de la nada. Se trata de una de esas sagas que ha superado todos los cambios de formato, de soporte, de plataforma, incluso de inventario; una película que sobrevivió no sólo a su propio tiempo sino también al tiempo de los demás. 

- ¿Cuál es la suya, Compa?, me pregunta. 
- La uno. De ley. En gajo… La uno. De cabeza. 


ROUND II 

Rocky no tiene miedo de amar ni siente vergüenza de ser amada. Él creció con un padre que le dijo, varias veces: No tienes mucho cerebro, deberías hacer algo con tu cuerpo. Ella creció con una madre que le dijo, varias veces: No tienes mucho cuerpo, deberías hacer algo con tu cerebro. Esas dos personas tienen que estar juntas porque, de muchas maneras, viven en el mismo mundo y uno no siempre se encuentra con su misma especie y menos en el mismo planeta. El romance de Adrian y Rocky, que tiene algo de Rohmer y antecede orgulloso la obra de independentistas tipo Jarmusch, escapa no del género pero sí de los que hacen quedar mal al género, huye de la mentira y construye una especie de cápsula en la que caben los dos abrazados. 

Por ella son los combates y de ella es la victoria. 

El resto no es difícil de entender. Rocky tuvo suerte, y mucha, de haberse filmado cuando se filmó y con el apretado presupuesto con el que se filmó. Aún en las pantallas enloquecidas por el realismo que tenemos hoy se nota la piel granulada de una película humilde, insegura, con más corazón que cerebro, pero llena de emociones verdaderas. Los 70’s, la tierra de Scorsese, De Palma y Spielberg, era una década concentrada en captar no la realidad pero sí lo verdadero, lo que se respiraba en un país en el que el poder de las flores había fracasado tanto como la lucha contra el comunismo (para más señas, ver Rambo, la uno) Si la hubiesen hecho los jóvenes delincuentes de la misma década, no sé, tendría más filo y capaz hasta mejor música, pero hubiese naufragado en las profundidades de la estética y carecería de su aliento a pueblo. 

Y, claro, esto: de lo único que te puedes arrepentir es de aquello que nunca hiciste. 

¿Lo harás hoy? 


ROUND III

Ya sabemos por quién doblan las campanas. Rocky sigue de pie y es una de las pocas cintas de la franquicia de Hombres Duros con Sentimientos (Duro de matar, la uno, es otra) que ha logrado superar las limitaciones de su propia genética. Esto último es más importante de lo que parece: hay películas no aptas para todo público pero sí necesarias para todos. 


Primeras declaraciones después de haber visto, de nuevo, otra vez, Rocky. 

No creo en eso de que se escribe mejor con el estómago vacío. Al contrario, se escribe mejor cuando no hay más preocupación que escribir. Creo, sí, en el hambre que la vida nos tiene y en el hambre que nosotros le tenemos a ella, en las ganas de comernos. Y cuando un escritor tiene hambre, se nota.


     👊


@pescadoandrade / @mundodiners 




5.24.2021

Bob on the Tracks




You never know how the past will turn out. 
 - Jude Quinn - 

Audacia salvaje sin esperanza. 
- Hōmei Iwano - 


Así como no es obligación hacer casi nada en esta vida, no es obligación tampoco escuchar a Bob Dylan: la única obligación es intentarlo. 


Según el horóscopo chino estamos en el año del buey de oro, un animal arriero y trabajador que representa el regreso de la prosperidad a cambio del esfuerzo y supongo que también de la necedad. 

Según La Junta del Condado de St. Louis, en Minnesota, hoy comienza El año de Dylan, un animal de mil cabezas y mil patas y mil lenguas al que se asocia con la esperanza, igualmente necia, de la creación. La creación, se entiende, de cosas que no existen. Canciones que no existen todavía y gente que no existe todavía: gente como uno. 

Dylan nació en Duluth, una ciudad que hoy por hoy no llega a los cien mil habitantes, sobre la costa norte del lago más grande de Norteamérica. (Este lago, que podría llamarse, no sé, Hércules o Sansón o María o Juana, se llama El lago superior). La casa en la que creció, ninguna cosa del otro mundo, es un destino de turismo religioso, místico, y para ubicarla no hace falta más que buscar un letrero que dice Bob Dylan Drive. Dicen en mi tierra: no hay pierde. 


Nunca he estado en Duluth, pero sí en Minnesota. Conozco Rochester, 400 kilómetros al sur de Duluth si se pasa por Minneapolis. 
Como uno de esos pueblos gringos cuya existencia gira en torno a las actividades de alguna universidad (pienso en la Universidad de Niágara, por ejemplo, en las casas de metal que rodean el campus), en Rochester todo gravita alrededor de la Clínica Mayo. 

Hay hoteles con piscina temperada en el techo y gimnasio en la planta baja. 
Hay moteles en los que puedes dormir pagando seis o siete dólares por noche; o negociar tarifas semanales y mensuales: todo depende de cuánto te pienses quedar en esa ciudad o en este mundo. 
Hay un restaurante holandés en el que chicas robustas y rubias venden Pannekoeken y gritan ¡Pannekoeken! cada vez que salen de la cocina y me da miedo adivinar cuántas de ellas terminarán volviéndose locas. 
Hay un sitio elegante, el Lord Essex Steakhouse, en la planta baja del hotel Kahler; la botella de Dom Pérignon cuesta 250 dólares y ningún corte de carne está por debajo de los 40 dólares y lo que recomiendo especialmente son los espárragos jumbo
Hay un sitio llamado Old Country: all you can eat por diez dólares. 
Y, claro, hay un mall, el Apache Mall, donde te encuentras con la misma gente que ves en la clínica y en los restaurantes y hasta en la piscina del hotel. Mucho del personal administrativo de la Mayo trabaja por la tarde-noche en el mall, así que de pronto estás en una tienda, cualquier tienda, y vas a pagar y terminas saludando a la misma persona que te agendó una cita médica horas antes. Hola, ¿cómo le fue?, oh, la doctora Bhargavi es la mejor, ¿no le pareció simplemente encantadora? No es nada grande ni presumido. Un mall de pueblo, digamos (no hay mall que por bien no venga, dicen), pero hay una Barnes & Noble donde se puede quemar tiempo. 

En Rochester se quema mucho el tiempo. 
Hasta cuando nos estamos quedando sin tiempo hay tiempo que sobra. 

La última vez que estuve ahí un médico internista me preguntó por mis abuelos. Le conté que habían muerto. ¿Los dos? Primero ella y tres meses después él. Me dijo que lo sentía mucho, le dije que gracias. Suficiente para sentirse dentro de una canción de Dylan. 
Suficiente para sentirse un invento de Dylan. 

Un día al que llamamos noche, me acuerdo, decidí no salir del hotel más que para acudir a las citas o conseguir alimentos. El resto del tiempo lo quemé viendo Runnin’ Down a Dream, un documental de Peter Bogdanovich que repasa la obra completa de Tom Petty y dura más de cuatro horas. 

Tom Petty, Dios lo tenga en su gloria, cuenta detalles de la gira que compartió con Dylan en 1986. No servía de nada ensayar con él, dice, porque cada noche cambiaba el tono y el ritmo de las canciones minutos antes de empezar el show o ya en el escenario y con la guitarra puesta. Dylan empezaba a tocar y nadie sabía lo que estaba haciendo y todos lo seguían tratando de ver para dónde iban sus dedos y por qué iban hacia allá. Podía pasar un minuto entero hasta que la banda se diera cuenta de lo que estaba tocando y podían pasar años enteros hasta que el público reconociera las canciones. 

Él mismo lo recuerda en Crónicas, sus nunca sabremos cuán verdaderas memorias: 

Estaba de tour con Tom Petty y me sentía perdido. No podía conectar con mis canciones, no podía encontrar mi voz. Cuando esto termine me voy a retirar, pensé. […] había llegado el punto en el que abría la boca y no salía nada. El terror era sobrecogedor, pero entonces, de la nada, emergió un sonido. No era un sonido muy lindo, pero pude reconocerlo. Mis canciones habían regresado. […] La música folk era un paraíso y, como Adán, tuve que marcharme. 

Tres años después, en1989, Dylan lanzó Oh Mercy, el álbum que en mi opinión lo liberó de su ya envejecida juventud y anunció lo que vendría: el sonido de las mil cabezas y las mil patas y las mil lenguas avanzando hacia la entera comprensión de su naturaleza. 


A mediados de 1974, mucho antes de todo lo que he contado hasta ahora, Dylan se dedicó a estudiar durante ocho semanas en el estudio de Norman Raeben, el pintor de origen ruso. “No te enseñaba a dibujar, te enseñaba a poner tu mente, tu cabeza y tu mirada en el mismo lugar”, dijo. Luego, en septiembre, empezaron las grabaciones de Blood on the Tracks, su glorioso disco sobre gente que alguna vez se amó. El álbum se lanzó en enero de 1975, fue recibido como una verdad absoluta y Dylan dijo, “No sé cómo les puede gustar algo tan doloroso.” Dos años después se separó de su primera esposa, Sara, y así se cumplió la profecía que él mismo había anunciado con rabia y resignación, como si aún habiendo presenciado la agonía o precisamente por eso esperase otro final: menos sangre en los rieles del tiempo. 

En el presente, si es que existe tal cosa como el presente, Bob Dylan, si es que existe tal cosa como Bob Dylan, habla con frialdad e indiferencia sobre Blood on the Tracks. “La gente piensa que es un disco autobiográfico, pero las canciones están basadas en cuentos de Chéjov”, dice, y quién soy yo para negarlo. Si algo puedo asegurar, porque lo he escuchado de su boca, es que Dylan supo que había estado viviendo en una prisión la noche en la que fue a ver un concierto de rock y Elvis Presley abrió la puerta de la celda y lo invitó a salir. 

Y algo más, lo último. Antes de sentarme a escribir esto busqué en YouTube un tutorial y aprendí los acordes de Tangled up in Blue, la primera canción de Blood on the Tracks. Tocarla, al menos en guitarra, es bastante menos complicado de lo que pensé, pero cantarla es imposible: en manos de Dylan, entre los dientes de Dylan, arrastradas por esa voz que no conoce otra forma de ser, las palabras que he escuchado desde hace más de veinte años me desconocen. Tengo que encontrar mi propia voz y mi propia manera de cantarla. Tengo que ser yo, quienquiera que sea.


@pescadoandrade / @mundodiners 



5.14.2021

Mi poder sobre la constitución




In a closed society where everybody's guilty,
the only crime is getting caught. 
In a world of thieves, the only final sin is stupidity.
     - Hunter S. Thompson -    



Se puede escribir en caliente, en vivo, pasando de una pantalla a otra sin detenerse en el qué dirán o en el qué diré. Es arriesgado, pero  tumba puertas. Activa ciertas ideas y ciertas imágenes y ciertas emociones que, de otra manera, serían secuestradas por el buen juicio. La urgencia, la necesidad, la militancia, la alegría, las ganas de decirle a alguien o decirle a todo el mundo The Boys es mi Game Of Thrones

Me imagino a un niño de, no sé, diez o doce años, esperando que sus padres vuelvan a inclinar la cabeza hacia el teletrabajo o se duerman, ya hartos de estar hartos, para conectarse y ver esta serie y poder hablar con sus amigos online y ser parte de una conversación que hay que tener. 

Digamos que alguien le contó que es como DC pero con sangre, y mucha, mucha más que en una película de zombis, brazos y piernas que se arrancan (se ven los huesos, los tendones) y cabezas que explotan como fuentes y una filosofía gore cuyo arresto radica justamente en el exceso ¿Cuánta sangre puedes ver antes de perder el deseo? Somos vampiros y este es un buffet abierto las 24 horas con cadáveres frescos y no tan frescos cayendo uno sobre otro, amontonándose en las bandejas plateadas y calientes. O capaz le dijeron que es como Marvel pero con malas palabras, las palabras que usarían Iron Man y Thor en un baño de hombres jalando un pase, palabras que él usará de aquí en adelante con total autoridad y conocimiento de causa, queriendo decir lo que dice, como las usan sus padres cuando se cae el internet. 

Y, loco, aguanta, no sabes: peladas, peladas en bolas, peladas ricas. 

Mientras todo esto sigue pasando, contando ya más de un año yendo de la cama al living, ver The Boys puede ser como debutar en un chongo: la puerta hacia ese lugar que te llena de miedo, que te paraliza, ese lugar al que siempre habías querido ir pero que igual te asusta porque, no lo olvides, eres un niño: pero no es eso lo que quieres ser. Y sí, obvio, en The Boys también mandan las mujeres y son al final la razón y la consecuencia. 

Lo siguiente es producto de mi propia ignorancia, lo reconozco, pero vale decirlo. Había, hasta ahora, un régimen bipartidista dominado por estas multinacionales. DC tocó el cielo con su versión de Batman en The Dark Knight y desde entonces esperamos que se supere a sí misma, cosa que, seamos sinceros, no ha pasado. Marvel, en cambio, logró imponerse como un universo emocionante, aparatoso, divertido y dramático a la vez, una dimensión que se extendió como una novela decimonónica con invaluables lecciones de vida; y sirvió para formalizar vínculos entre padres e hijos que crecieron juntos mientras veían esas películas: varios amigos me dijeron, súper en serio, No puedo verla sin mi hijo, no puedo traicionarlo, es algo que debemos hacer juntos. 

Pero un padre no debería ver The Boys con su hijo y, más importante aún, un hijo no debería ver The Boys con su padre. La vida te da oportunidades para soltar las primeras manos que apretaste cuando llegaste a este mundo, y hay que aprovecharlas. Soltar esas manos y salir corriendo o salir volando. 

¿Hablamos de escapar? No necesariamente. 
Más bien de salir a buscarse y ten cuidado con lo que buscas porque podrías encontrarlo. 

En The Boys, y esto es sine qua non en el género, los superhéroes existen y como todos nosotros tienen una doble vida. No me refiero a una identidad secreta sino a una doble vida: la pública (redes sociales incluidas) y la privada (frustración y cuestionamientos incluidos). Son, por así decirlo, superhéroes profesionales, empleados de una corporación, figuras públicas que combaten el crimen pero también promocionan bebidas energizantes, parques temáticos, cosméticos para desinflar esas odiosas bolsas debajo de los ojos y esos rollitos indeseables, querida amiga. Son el símbolo de todo lo que está bien en este mundo. Eso que tú también podrías ser si te levantaras un poco más temprano, si hicieras ejercicio, si creyeras en ti mismo y hablaras con la chica que te gusta; si apostaras por tus sueños y no trabajaras en los sueños de los demás, si tomaras las riendas de tu propia vida: siempre y cuando esas riendas sean las que esta gente te dice que tomes, y que no sueltes nunca más. 

Dicen que lo realmente difícil no es escribir sino escribir todos los días. Lo mismo pienso yo del amor: amar todos los días es una cosa muy brava, muy brava y muy feliz. Ahora bien, ¿quién puede ser bueno y honrado y ejemplar siempre? Nadie, ni siquiera un superhéroe, aunque tenga que parecerlo. Recuerdo esa frase legendaria que repetían las abuelas con aliento a Cartier: No sólo hay que serlo, sino parecerlo. 

Un niño puede entrar a la adolescencia viendo The Boys y sentirse emocionado por lo que vendrá, por eso que aún no conoce pero que lo ha estado esperando desde que nació, sabiendo, de antemano, que no será nada fácil, que habrá que irse en contra del orden establecido y que los buenos, los que salen en televisión diciendo que nos protegerán de todo mal, necesitan del mal (así: el mal) para que nosotros los necesitemos a ellos y compremos sus juguetes y veamos sus películas y nos vistamos como ellos en fiestas de disfraces. Y que repetirán esta frase hasta el cansancio: los verdaderos héroes son ustedes. 

Un adulto que vio de The Boys en el momento adecuado habrá crecido también con principios musicales sacados de su banda sonora, que no está nada mal para esa época en la que se adolece: desde Iggy Pop hasta las Spice Girls pasando por mucho Billy Joel y coronando con Los Rolling Stones. Déjenme decirlo: si un ser humano descubre y luego explora la obra de Los Stones gracias a The Boys no puede quejarse de la televisión que lo crio. 

Ese mismo adulto volverá a verla, estoy seguro (no con su hijo, espero), o al menos tropezará con un capítulo y se enganchará enseguida porque estará viendo otra historia, algo para los grandes que discuten lo que ven en las noticias todas las noches. El conflicto central en la serie es el siguiente: los superhéroes corporativos mantienen una maquiavélica campaña por formar parte del ejército americano para, entonces sí, tener el poder absoluto y poder ajusticiar a quien sea y como sea y donde sea. Todo en nuestro nombre.



@pescadoandrae / @mundodiners 



4.20.2021

Gente decente

 


Las cosas te parecían más o menos así: 
 a lo largo de tu vida has trabajado duramente, 
 sacrificándolo todo por tus hijos y sobre todo por mí. 
- Franz Kafka en Carta al padre -


Se dice: es tan bueno que no parece hecho aquí. 
También se dice: esa serie es tan buena que parece cine. 

¿La buena televisión parece cine? Sí. 
¿Se puede hacer buena televisión sin que parezca cine? Obvio que sí. 

La televisión sacrifica estética y argumento y dignidad para llegar a la mayor cantidad de gente posible porque, si no triunfa, fracasa: los programas se cancelan y, por otro lado, los modelos exitosos se reproducen irresponsablemente y llegan a desvirtuar los esfuerzos más creativos y arriesgados. 

¿Es lógico? Sí. 
¿Es justo? Ni tanto. 
¿Hay que ceder? 
Retroceder nunca, rendirse jamás.

Los 80 es buena televisión. Partió como la versión chilena de Cuéntame cómo pasóla serie más longeva en la historia de la televisión española (21 temporadas y contando), concentrada en una familia de clase media desde el crepúsculo del franquismo hasta nuestros días. Así que sí, esta también es una fórmula, una franquicia, pero no el tipo de sucursal que llena sus perchas con los productos de la matriz y contrata agentes de ventas; muy al contrario, Los 80 se apropia del concepto y lo reclama para su territorio. 

Se emitió durante siete años, entre el 2008 y el 2014, y cuando aún estaba al aire los programas de radio y televisión en Chile invitaban a los actores para que rindan cuentas por sus personajes; era tal el nivel de identificación que, en busca de una representación aún más cercana, la sociedad se creía con el derecho y la obligación de cuestionar a los personajes. Esto no es tan raro, cuando uno se siente parte de una historia espera que sus héroes y villanos se comporten a su imagen y semejanza: lo demás es traición. 

A los actores chilenos les preguntaban, por ejemplo, ¿se vienen Los 90?, y ellos decían no, la serie se llama Los 80, y vaya que sobraba materia prima.

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La familia ochentera, los Herrera López, atraviesa una década límite en Chile: el quiebre económico del ’82, el terremoto del ’85, el mundial del ’86, el pinochetismo instalado como sistema operativo, el Frente Patriótico, los vivos y los muertos y los que no aparecen por ningún lado. Un país dividido pero no por eso derrotado, una familia en la que los hijos crecen y empiezan a tomar sus propias decisiones y también a sufrir las consecuencias. 

Más o menos así: la mamá dice No te subas a ese árbol, uno pregunta ¿Por qué?, la mamá dice Porque te vas a caer, y uno se sube y se cae y lo golpean primero el suelo y segundo la mamá. 

El primer actor en sumarse al elenco fue Daniel Muñoz, que terminó haciendo las veces de Salvador Allende en una película del alguna vez clandestino Miguel Littín. Muñoz sorprende por lo amplio de su rango, llega a ser ese padre de familia que está tan perdido como los hijos justamente porque no sabe cómo protegerlos. Su contraparte, la que lo estimula y lo eleva y muchas veces lo supera, es la actriz Tamara Acosta, porque madre sólo hay una y ella sabe ser la única, la que te hace la herida por haberte subido al árbol pero también te cura y, más importante, te sana. El hogar que encabezan se las arregla para ocupar un rol estelar en una década sobregirada: la hija que estudia medicina y se enamora de la revolución, el hijo que sueña con ser piloto y al que acusan de milico, el pequeño que pregunta si es malo ser de oposición mucho antes de dar su primer beso o fumar su primer cigarrillo, la bebé para la que Pinochet será ese pasado que no conviene olvidar y se construye en coro. Eso, lo coral, también merece reconocimiento. En Los 80 cuentan los principales tanto como cuentan los vecinos, los jefes, los compañeros de colegio y los compañeros militantes, los de la tienda, los militares y los curas: digamos que a uno le queda claro que no está sólo en este mundo.

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Dicen que las familias son el motor de la economía y el progreso. Te casas, piensas por dos; te reproduces, piensas por tres o por cuatro o por cinco o por seis; multiplicas tus ingresos, tus egresos, y un día despiertas al frente de una tribu que tú mismo fundaste cuando eras todavía un cabro chico; de pronto ya no eres el centro de tu vida, desapareces, y todo es para ellos y aquello te tranquiliza porque independientemente de lo que quieras hacer hay cosas que tienes que hacer, punto, y la responsabilidad calma tus desvaríos de autonomía. Pero la familia, también, es una oportunidad de ver la vida en movimiento. Te reproduces, la pequeña empieza a hacer muecas, ruidos, gestos, a inventar palabras, un pasito después del otro, y te das cuenta de que la lógica no es enemiga de la cotidianidad y de que es por eso que, cuando miramos atrás, todo parece haber ocurrido más o menos en orden.

A la familia Herrera López se la puede acusar de un par de cosas, quererse más allá del bien y el mal, fraccionarse en momentos clave, abusar de la confianza en el fuero interno, desear lo mejor el uno para el otro, en fin, preferir ser familia que ser personas ¿Es eso un pecado? No cuando los gestos de afecto son auténticos, pero sí cuando ese afecto es el mensaje que preferimos transmitir y no un testimonio de nuestra intimidad (como dicen, ¿se separaron?, ¿en serio?, ¡pero en Instagram se los ve felices!). Se sabe: lo cursi no es lo romántico ni lo dulce ni lo sensible, es lo que no se puede creer. Y Los 80 no está libre de escenas difíciles de creer y justificadas por La fuerza del cariño, pero eso responde a su carácter bien intencionado. ¿Se perdona?, quizás no, pero al final sin duda se agradece.

Hay algo en lo popular, en lo pop, que no tiene que ver necesariamente con la popularidad. Hay series que encantan y agrandan la vida, así como las que embaucan y quitan tiempo, estas últimas muy populares y consentidas por el horario estelar. La diferencia es fácil de identificar. La televisión que distrae hace precisamente eso, distraer, mirar para otro lado o mejor dicho no mirar hacia ninguna otra parte; la televisión que cuestiona, e interpela, busca mostrar no el reloj sino las placas y los ejes y los piñones que le permiten avanzar y medir el tiempo. Los 80 es, a ratos, un mecanismo descubierto en el que se muestra sin vergüenza ni pudor el espacio entre un segundo y otro. 

Hay una escena, memorable, en la que el padre toca una puerta detrás de la cual está su hija, atada a una silla y con una mordaza en la boca, una de muchas en las que La fuerza del cariño no puede interrumpir el destino, y es eso lo que nos permite reconocernos: queremos a nuestra familia, los amamos, pero no podemos restringirlos de su propio papel protagónico y capaz lo mejor es enseñarle a cada cual cómo arreglárselas solo. 

Dicho esto, Los 80 se cubre las espaldas con el humor, la forma más linda de la inteligencia; con secuencias de un adolescente viendo el rostro de su primer deseo meciéndose sobre un columpio en cámara lenta, con los ojos del corazón, esa mirada que aún no alcanza para creer lo que se está viendo y amando desde ya o que se amaba desde antes. 

Hay en la serie una especie de promesa que siempre se cumple: puedes volver a tu familia cuando quieras, no a la misma casa, no al mismo cuarto, no a la misma familia, pero puedes volver cuando quieras.


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@pescadoandrade / @mundodiners 


 

3.25.2021

TVyNovelas




Necesito al mundo/ Para darme vuelta 

Más consigues / Más querrás 

Tiempo al tiempo de volver 

A celebrar / Sin culpas 

- Soda Stereo - 


Estás acostado, leyendo, escuchando música clásica y preguntándote dónde está tu retentiva porque no puedes recordar más de Beethoven que lo que aprendiste en La naranja mecánica ni más de Mozart que lo que recuerdas por Amadeus ni mucho más de Rachmaninoff que lo que te enseñó el gran Geoffrey Rush en Shine y puedes tararear ciertas cosas de Chopin o Tchaikovsky pero sólo si ya están sonando y cada noche, antes de abrir el libro de turno, tienes que buscar en Google algo así como Los mejores compositores rusos de música clásica y volver a prometer solemnemente recordar apellidos como Mussorgsky, Prokofiev o Borodin. Entonces te llega un mensaje (de texto) al celular y es de tu hermana y dice que por tu culpa su marido está perdido en Cobra Kai y que Johnny Lawrence es como Marimar o peor, y aunque no la has visto en mucho tiempo la imagen de Thalía se materializa sin problemas y piensas que sí, que Cobra Kai es una telenovela y que sí, también, Johnny Lawrence es como Thalía en Marimar, pero más bacán o simplemente bacán porque Marimar no era bacán. 

Estás en un evento cultural, distanciamiento social mediante, hablando de algo que escribiste el año pasado sobre Star Wars, repitiendo eso de si no soy un delincuente común o un delincuente de cuello blanco o un delincuente con mascarillas y guantes y bolsas para cadáveres en una avioneta que se cayó, acaso, porque no la piloteaban ni Luke ni Han Solo y porque su misión no era noble ni mucho menos rebelde, es por dos razones fundamentales: 1) Nunca me han faltado ni un plato de comida ni un libro. 2) Una vez vi una película que articuló mi engranaje moral. Y alguien te pregunta qué piensas de The Mandalorian y por qué, o cómo, en tu opinión, fue que el creador y guionista Jon Favreau logró rescatar ese feeling que compartimos los verdaderos fanáticos de la saga. Y dices que llamarnos a nosotros mismos verdaderos fanáticos es dejar a un montón de gente afuera de la galaxia, marginada, y que no puedes responder porque no has visto The Mandalorian porque no tienes Disney Plus y de paso comentas con la audiencia cuál es el futuro que nos espera ¿Tendremos que contratar Netflix y Hulu y Disney Plus y HBO GO y Amazon Prime y Apple TV y YouTube Premium para no perdernos de nada cuando no hay vida que alcance para verlo todo? 

Estás en un chat de Facebook (sigues siendo el troglodita que no usa WhatsApp) defendiendo a la gloriosa Cobra Kai mientras tus amigos dicen, o repiten, que es una telenovela y que es un poco ridículo ver a esos viejos (que están más flacos y mejor peinados y vestidos que nosotros pero, obvio, se pintan el pelo y tienen patas de gallo) peleando karate cuando recuerdas que los padres de uno de esos amigos, hace más de treinta años, le organizaron una fiesta de cumpleaños en la que todos nos vestimos de karatekas porque amábamos no el karate sino Karate Kid y pensábamos que la vida era así o debía ser así u ojalá fuera así la vida real. ¿La viste o no la viste?, preguntas. Me vi la tercera temporada en un fin de semana, te responden. Y dices a los hechos me remito y pasas a discutir, más bien, una cuestión de fondo. Cuando Cobra Kai era una producción original de YouTube, creada por tres fanáticos que consideran a Karate Kid tan canónica y fundacional y capitular como Star Wars, tenía un espíritu indie-pop y algo de cine-B o televisión diurna que resultaba inapelable y al mismo tiempo demostraba que se puede escribir una historia llena de fibra y humor y acción y romance y un par de consejos prácticos para la adultez sabiendo de antemano que madurar es sólo una opción; pero ahora, que es A Sony Pictures Television Studios Production y está en Netflix, tienes una sensación parecida a esta: tu banda favorita firma con un sello multinacional y su nuevo disco no es malo pero tampoco es tan bueno como los anteriores y es evidente que buscan una audiencia más amplia y que nunca serán los nuevos Beatles o Bob Dylan porque un artista tiene que sorprenderse a sí mismo y no impresionar a los demás. Pero, hey, si todo el mundo fuera Los Beatles o Dylan ambas criaturas serían indistinguibles del resto de la naturaleza. Mi punto es: no hay por qué pedirle a Cobra Kai que sea The Wire o Mad Men, hay que pedirle que sea la mejor Cobra Kai que pueda ser y te consta que viste la tercera temporada básicamente de una sentada y gracias Dios por Elisabeth Shue. 

Estás en una casa donde todos han visto las dos temporadas de The Mandalorian pero están dispuestos a mostrarte por lo menos los primeros tres o cuatro capítulos porque tienes que verla y a los niños les encanta y este es un hogar decente donde tienen Disney Plus. Y desde el minuto uno puedes responder la pregunta que no respondiste en el evento cultural. Jon Favreau, Dios lo cuide y proteja, apostó por la estética de cine-B que cautivó a quienes vimos la trilogía original en los 80s (nos enamoró lo que parecía mentira, no lo que parecía verdad) y por la moral AAA que nos terminó de criar o al menos señaló por primera vez a esas personas que ahora somos. Las criaturas de la galaxia parecen juguetes baratos, las naves espaciales tienen esa onda de chatarra-cool que tanto se agradece y envidia, los uniformes imperiales son retro: todo tal cual lo dejó George Lucas en 1983 sólo para darnos a partir de 1999 una nueva trilogía compuesta por precuelas que se veían y se sentían como juegos de video: dicho esto, vi el Episodio I siete veces y en el cine y después de El Imperio contraataca es donde más claramente se exhiben las virtudes de un sable láser. El mismo Lucas, que tras volver a la franquicia con más cuestionamientos que aciertos decidió retirarse del cine porque igual a nadie le gusta lo que hago, fue víctima de una especie de afectiva y respetuosa cancelación. Es decir, nadie lo odia, pero todos preferiríamos que se mantenga lo más lejos posible de su propia creación porque, claro, ya no es de él sino nuestra y esto me hace pensar en la cantidad de artistas que se volvieron esclavos de su propia obra o de su propio éxito; artistas, como Lucas, que engrandecieron el mundo y mejoraron nuestra experiencia de vida pero a los que no les permitimos experimentar ni crecer y ya que estamos en estas cuán poco hubiesen carburado Andy Warhol o su ahijado Jean-Michel Basquiat de haber tenido tras ellos y sobre ellos y frente a ellos fanáticos como los que parió George Lucas masturbándose. 

Estás sentado a una mesa, comiendo y bebiendo bajo el aliento fresco del aire acondicionado porque los mosquitos, afuera, nos tragan, y dos amigas están de acuerdo en esto: Johnny Lawrence es más atractivo que el bueno y sensible y trabajador Daniel LaRusso. Más rico, digamos, y no hablamos de dinero. ¿Vas al motel con Johnny pero te casas con Daniel? Una dice de ley y la otra dice (golpes en la mesa mediante) no, yo al otro lo arreglo, lo enderezo, lo baño, lo visto, lo peino; y preguntas ¿por qué quieres estar con alguien a quien tienes que cambiar?, ¿no dejaría de gustarte cuando lo cambies por lo que quieres que sea? Y te dan una explicación científica que puedes resumir más o menos así: Johnny Lawrence tiene una especie de atractivo animal y cavernícola y desatendido que tu amiga traduce como una posibilidad de sexo puro y sobre todo duro pero emocionante, violencia erótica, esa onda; además, parece capaz de cambiar una llanta en plena cordillera (en curva, cuesta arriba, con niebla); además, parece capaz de protegerte; además, es rubio y tiene ojos azules: ya es un puto en la cama, digamos, lo que hace falta es que sea un caballero en la mesa y le caiga bien a tu mamá. Tu otra amiga, en cambio, dice que LaRusso tiene todo en su lugar y no se refiere a su estómago o a sus nalgas sino a su vida: tiene una vida emocional estructurada, un negocio estable y en franco crecimiento, una envidiable confianza en sí mismo y aunque en 1984, cuando lo conocimos, pretendía ser un tipo duro de Nueva Jersey pues los años lo han convertido en un perfecto caballero californiano. Y piensas que tu hermana se ha casado con un Johnny en vías de ser un LaRusso y que tú podrías ser amigo de cualquiera de los dos pero definitivamente Johnny, aunque estancado en los 80s, escucha mejor música y gracias Cobra Kai por poner en rotación los hits de Mötley Crüe, Poison, Whitesnake, Journey, Scorpions y abrir en la Historia un espacio para Twisted Sister y establecerlos como héroes de la clase trabajadora. Concluyendo: Johnny quizás sea un mejor amante, un mejor palo, pero LaRusso estará ahí al día siguiente y no te sorprendas si te lleva el desayuno a la cama y dicho esto que cada quien se mate por su propia mano o por su propia boca; tú te quedas con Elisabeth Shue que podría lo mismo tomar cerveza en una vereda que probar la silla erótica en un motel o acompañarte al matrimonio de un amigo (segundas nupcias, obvio) o peinar a tu sobrina para la presentación de ballet que tiene este sábado por Zoom o, simple y llanamente, mantenerte. 

Estás viendo el primer capítulo de la segunda temporada de The Mandalorian en tu computadora y en Pelisplus porque aún te niegas a tener tarjeta de crédito y sin tarjeta de crédito no puedes acceder al mes gratis de Disney Plus (y no, no te regalan una tarjeta de crédito por trabajar en una revista que se llama como una tarjeta de crédito). Ya le dijiste a tus amigos que si Cobra Kai es Quinceañera entonces The Mandalorian es Carrusel, que The Mandalorian es MUY Disney hasta para Disney (pasó lo mismo con Solo), pero, repito, estás en el primer capítulo de la segunda temporada y ya sabes que la verás hasta el final incluso cuando te toque atravesar ciertos episodios en español y que al final estarás de acuerdo con eso que tanto y tantos te habían dicho: ese final, wow, habíamos esperado décadas enteras por ese preciso momento, por esa secuencia, por esa sensación, por esa plegaria atendida, y, como dicen, las cosas buenas le llegan a la gente que espera y como canta/llora el ya infumable Thom Yorke (Radiohead es lo que escuchan en público quienes escuchan Coldplay en privado, ¿no?) el amor verdadero sabe esperar o true love waits. Y qué gran Mandalorian habría sido Clint Eastwood y seguro, siendo el recio varón que es, habría hablado menos, lo que conservaría algo del misterio que se perdió cuando descubrimos que los caza recompensas intergalácticos hablan hasta por los codos y que es eso lo que los divorcia del mito que alguna vez representaron. The Mandalorian, que pudo bien haber sido un spaghetti western tipo Sergio Leone, termina funcionando como Súper Comando o Hulk (versión Bill Bixby & Lou Ferrigno), es decir como una serie en la que cada episodio depende de una nueva aventura, de un nuevo misterio que resolver, de un nuevo villano del cual escapar o al que vencer, y no de un argumento sostenido en el arco dramático. Pero tu sobrina, la menor, te pregunta qué es esa cosa tan linda y adorable y como verde y tú le dices Baby Yoda y ella te pregunta si esa cosa tan linda y adorable y como verde existe y tú le dices que sí y ella dice Yo quiero uno, pero cuando sea grande. Y quiere decir que quiere un Baby Yoda como mi hermana la quería a ella y ahora andas pensando cuánto costará un muñeco de esos porque los ejecutivos de Disney pagaron 4.050 millones de dólares por la franquicia Star Wars y lo lógico es que quieran recuperar su inversión y generar además un margen de ganancia para su empresa, el verdadero Imperio. 

Estás buscando, de nuevo, otra vez, música clásica rusa porque recuerdas los hits de Mötley Crüe y de Poison pero no los de Mussorgsky, Prokofiev o Borodin. Tienes un libro de Chéjov esperándote y te preguntas qué pasó en la Unión Soviética a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cómo fue ese país capaz de producir tanta belleza para luego ser gobernado primero por Lenin y luego por Stalin. 



I have spoken. 

Fear does not exist in this dojo. 

This is the way.


@pescadoandrade


3.10.2021

M1



May the good Lord shine a light on you 
Make every song your favorite tune 
-Jagger Richards-

Anoche, en YouTube, vi un programa de farándula de la televisión española. Antes estaba leyendo un reportaje de la BBC sobre la entrevista que le hizo Oprah a los jóvenes expatriados de Sussex. Las posibilidades dramáticas de un chisme, tanto como su esperanza de vida, recae de manera desproporcionada sobre quien lo cuenta, comenta y discute. Por eso pensé que un talk-show de señoras españolas tendría una apreciación responsable del asunto. Eso, y el anhelo de trascender.

No fue así. Siento que me informé pero no que me entretuve; es decir que me habría dado lo mismo leer un par de tuits. Reconozco, eso sí, con humildad y gratitud, que aquello que hoy causa congoja en Buckingham no me es extraño. Luego busqué algo que, como se dice, tenía visto: The Rolling Stones, Rock Royalty. Se me hace que eso de Rock Royalty es una franquicia, una marca registrada; un sello de calidad y eficacia tipo E! True Hollywood Story o VH1: Behind the music, siendo este último mi engreído. Diría Calamaro: si es rápido y es gratis, entonces, why not? Y lo digo también yo porque estaba esperando o llamando al sueño y sabía que en caso de cerrar los ojos no me perdería de gran cosa. 

The Rolling Stones, Rock Royalty está bastante bien para un neófito, incluso para el que se los está empezando a tomar en serio: no cuenta realmente nada nuevo, pero se detiene en los puntos de inflexión y eso demuestra oficio y olfato. A saber: el nacimiento de Jagger Richards en una estación de trenes; Brian Jones y Charlie Watts tocando en la misma banda; el genio hasta entonces abandonado de Bill Wyman; querer tocar sólo blues pero tener que tocar también números pop y ok, toquemos lo que quieran pero como queramos; la psicodelia patentada de Brian Jones como matriz; la muerte de Brian Jones, injusta como todas las muertes; la segunda venida de Los Stones. 

Y dos discos clave. 

1) El no tan fracasado como se piensa Their Satanic Majesties Request. Digan lo que quieran, pero sin ese disco Los Stones no se hubieran exorcizado nunca de Los Beatles ni existiría She’s A Rainbow. El mismo título lo dice: el antojo de su majestad satánica. ¿Se referían a Los Beatles? Quizás vendieron su alma al diablo para ser Los Stones y no los Beatles o el diablo les concedió el deseo de ser Los Stones con la condición de que nunca serían Los Beatles. 

2) Exile on Main St., el álbum (doble, vale recordarlo) en el que Los Stones descubrieron el camino que los alejaría para siempre de Los Beatles y para esto no hizo falta más que la fe del caminante. 

Cuando terminó el documental dije: mañana escucho a los muchachos. 

Hoy salí a pedalear antes de las once de la mañana y antes de avanzar en loop por La Carolina puse el Rolled Gold Plus, que me parece no sólo una sinopsis clara sino también una antología entretenida. Escuché casi todo el disco uno, hasta Out Of Time, creo, y me quedé picado, picadísimo. Llegué a casa y pensé seguir escuchando el disco pero me llamó L y me dijo que ya era hora de hacer eso que teníamos que hacer. 

Hay gente que dice ya no tengo ranuras. Yo digo tengo ranuras, sí, obvio que tengo ranuras, sólo que no me sirven para todo. Hoy me pasó: quería seguir escuchando a Los Stones, quería que L escuche a Los Stones, quería contarle la historia que me volvieron a contar anoche porque sé que es una buena historia; pero ya no tengo discos de Los Stones, los amo y los acostumbro pero la última vez que pagué por música de Los Stones fue cuando los vi en vivo, hace rato, así que la ranura de la radio del carro no servía para escuchar eso que yo necesitaba. Bajé entonces con las llaves del carro y con mi iPod y con un parlante (Bose, azul como el de todo el mundo, al parecer) para ponerlo justo frente al freno de mano. 
Un gesto poético si se quiere. 

Fui a ver a L, hicimos lo que había que hacer, fumamos un poco o fumamos lo suficiente o no más de eso, en todo caso. Hablamos mucho porque siempre tenemos tema y siempre o casi siempre que nos vemos fumamos un poco o un poco más. Esperamos un rato sentados en el auto y yo empecé a hablar de Los Stones y mientras hablaba de Los Stones pensé que nada sería mejor que terminar este monólogo escuchando a Los Stones salvo hacer que L escuche Exile on Main St. por primera vez y en este preciso momento. 

Cuando me pidió que deje de hablar y ponga el puto disco, nos dimos cuenta de que estábamos junto a una UPC. (Pausa para efecto) Qué lindo fue decirle esto a alguien que nunca antes lo había escuchado: 

Como dijo Keith Richards: 
Siendo claros, yo nunca he tenido problemas con las drogas; solamente con los policías.

L cree que cualquier persona que quiera hacer música debe estudiar música. Yo creo que cualquiera puede jugar con un instrumento y dedicarle su vida al inmenso esfuerzo de no aburrirse nunca. Ahora bien, ambos estamos de acuerdo en esto: las escuelas (de rock), los conservatorios y las facultades de música deben existir porque pueden inspirar a mucha gente. También creo, yo, que la música se parece más a una ciencia exacta que a un arte: hay variables y ecuaciones y resultados absolutos, positivos y negativos. 

Pero empezamos a escuchara ese disco y después de haberle dicho a L que lo que tienen Los Stones es swing y que Rip This Joint es algo que deberías aprender del rock no como forma de interpretar la música sino como forma de interpretar la vida, más o menos a la altura de Sweet Black Angel, le dije eso de que la música es una ciencia pero cuando escucho a Los Stones es como, no sé, como ver un árbol, ¿me entiendes? Los Stones son como un árbol. 

L volvió a su casa a teletrabajar y yo a la mía y en el garaje, mientras parqueaba, pensaba que de pronto no estaría mal trabajar un poco y también pensé, sin signos de interrogación, por qué no escribo esto. 

No quería interrumpir Exile por ningún motivo, así que salí del auto y caminé al ascensor y llegué al apartamento con el iPod prendido y el parlante sonando. Sonó Shine A Light. Sigue siendo buena, nunca ha dejado de serlo. Buena. Mortal. Una justa despedida y declaración de amor por sobre todas las cosas y por sobre toda la música del señor Jagger Richards al señor Brian Jones, que no lo acompañará más. 



@pescadoandrade

 

2.25.2021

A la salud de Gary Oldman




Parece que me he convertido, 
más y más, 
en una rata atrapada en una trampa que yo mismo construí, 
una trampa que reparo cada vez que existe el peligro de que me pueda escapar. 
- Herman Mankiewicz - 

La única esperanza es el próximo trago. 
- Malcolm Lowry - 

El borracho es sagrado. 
- Carlos Julio Arosemena Monroy - 



¿Sorprendió a alguien que a principios del 2020 Joaquin Phoenix ganara el Óscar a mejor actor por Joker? No, para nada. Si me apuran, el premio estaba anunciado y entregado y la ceremonia fue una mera formalidad. Una vez más, la Academia no decepcionó en su costumbre de no sorprender. A Phoenix ya le habían dado, además y entre varios otros de menor calibre, el Bafta y el Globo de Oro por el mismo papel, así que más que una premiación lo que pasó aquella noche en Los Ángeles, California, fue una confirmación de la tendencia. 

Joker engañó a muchos. Con ese cuento de que Phoenix estaría literalmente al frente y de que este legendario y asesino y psicópata y sádico y amoral personaje de cómics sería tratado como un personaje del Scorsese setentero (hay que ver The King of Comedy), logró venderse como una cinta de cine arte que, casi por casualidad y sin intención, tenía al centro del relato un cartucho de dinamita más bien relacionado con las franquicias de superhéroes, esas películas que el mismo Scorsese se niega a reconocer como cine y a las que compara con parques de diversiones temáticos onda Disney o Universal Studios. 

Y no, Joker no es cine arte disfrazado de película de superhéroes sino justamente lo contrario y le hubiese ido bastante mejor, creo, si nos mostraba directamente el gato y no la liebre. Pero algo es cierto: supo medir la temperatura social, enfocar eso que flotaba en el ambiente pero no se veía y capturar la magnitud de un momento antes de que sucediera: el caos estaba por venir y la película lo anunció. Se estrenó en 2019 y por lo menos en Latinoamérica sirvió de prólogo (y, quién sabe, capaz también de inspiración para más de uno) de las violentas manifestaciones que enfrentaron a los ciudadanos y al poder del Estado en varias de nuestras capitales: Santiago, Bogotá, Quito. 

Muchos estuvieron de acuerdo, habían sido maltratados y pisoteados y presionados y bulleados por demasiado tiempo y por gente que estaba muy pero muy arriba, así que, como en Joker, salieron a quemarlo todo buscando no se sabe si justicia o venganza o simplemente ser vistos y escuchados aunque terminaran sin ojos o sin pulso. 

Ahora bien, dicho esto, ¿hacía falta que el esqueleto de Joaquin Phoenix se contorsionara como la boa amaestrada que sale de la canasta hasta cuando nadie está tocando la flauta?; ¿hacía falta que se compadeciera tanto de sí mismo y terminara causando aversión, aburrimiento y no empatía?; ¿hacía falta, y esto es clave, que Phoenix dejara de ser el gran actor que es para convertirse en un exhibicionista y mercader de muecas? No. Hubiese sido mejor que actúe. Es decir, hubiese sido tanto mejor que no nos diésemos cuenta de que estaba actuando. Como hacen los profesionales apasionados por el oficio y no por el reconocimiento. Como Gary Oldman en Mank, por ejemplo. 

De lo que pude ver en 2019, que no fue poco, quien realmente me deslumbró fue Matthew McConaughey en la épica e inolvidable The Beach Bum, escrita y dirigida por esa especie de genio que es y sigue siendo el casi-cincuentón-pero-siempre-joven Harmony Korine. McConaughey hizo el papel principal, le dio carne al poeta Moondog, que anda por los Cabos de la Florida con un grifo en una mano y una lata de cerveza en la otra recitando su poema más recordado, su gran éxito, su clásico, el que las multitudes no han logrado olvidar quizás porque él, al comienzo de la cinta, lleva varios años sin escribir nada nuevo:

Dormí en una cama en La Habana 
Pensando en ti 
Hace un momento, orinando 
Bajé la mirada y miré mi pene con cariño 
Saber que ha estado dentro de ti 
Dos veces hoy 
Me hace sentir un hombre hermoso 

En The Beach Bum uno no sabe dónde acaba McConaughey y dónde empieza Moondog y a ratos parecería que no se trata de una ficción desquiciada sino de un documental que se desquicia. En The Beach Bum dan ganas de fumarse más de un grifo y tomarse más de una cerveza con el poeta porque todo se siente genuino, verdadero (incluso y sobre todo lo absurdo); y lo verdadero conecta y perdura. En The Beach Bum Matthew McConaughey entra al salón de la fama de los grandes borrachos de Hollywood, compartiendo barra y hielos y tarima con gente tan querida como Don Birnam (Ray Milland en The Lost Weekend, 1945), Kristen Arnesen Clay (Lee Remick en Days of Wine and Roses, 1962), Geoffrey Firmin (Albert Finney en Under the Volcano, 1984), Henry (Mickey Rourke en Barfly, 1987), Ben Sanderson (Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, 1995) y Hank Chinaski (Matt Dillon en Factotum, 2005). El mismo salón de la fama al que entró, sin que hiciera falta comprar votos porque el fenómeno era tan innegable como irreversible, Gary Oldman a finales del 2020, cuando se encargó del rol principal en Mank. 

De ahora en adelante y hasta siempre brindaremos también por y con Herman Mankiewicz, el guionista nacido en la ciudad de Nueva York, hijo de inmigrantes judíos llegados de Alemania, que en 1941, cuando tenía 44 intoxicados años, escribió el guión de la que es para muchos y hasta el día de hoy la mejor película jamás filmada: Citizen Kane. 

Leí en un artículo de Página 12 que lo todo cerebral de Mank hace extrañar lo todo corazón de Ed Wood, la cinta que le dedicó Tim Burton al “peor director de la historia” en 1994 (y en la que, dicho sea de paso, también aparece como personaje Orson Welles). Discrepo. Gary Oldman es todo corazón y todo barriga y todo whisky y martinis y todo elocuencia sentimental e ideológica justo antes de vomitar por haber bebido, otra vez, uno o veinte tragos de más. 

Habría que pensar, entonces, qué hace de un borracho un gran borracho. Qué lo hace entrañable, categórico, capitular, capaz de llenar la pantalla y conmover o hacer reír o hacer llorar simplemente empinando el codo, llevándose el vaso a la boca, mirando con esos ojos cristalinos su reflejo en un espejo o en un río, durmiéndose en un sitio y despertando en otro luego de haber levantado en el aire uno de esos monólogos que en Mank sobran y son, suelen ser, la razón por la que las mejores películas sobre alcohólicos, las más emocionantes por quijotescas y libres de toda culpa (los personajes principales no se dan golpes de pecho buscando perdón y redención sino un billete para comprar otra botella), no alejan a nadie de las bebidas espirituosas sino que se encargan de abrir las venas, las gargantas, los corazones, liberar los sentimientos y así hasta que alguien pregunta, ¿Quieres un trago?, y otro alguien que ha estado esperando esa pregunta con la misma reserva de esperanza que tienen las mujeres de los marineros que no volverán responde, aliviado, ilusionado, seguro de que los dioses han escuchado sus plegarias y están a disposición de sus caprichos: Claro, si no es mucha molestia. O responde: ¿Por qué no? O responde: Sólo si me acompañas. O, como le dijo Charly García a Palito Ortega cuando éste último logró que sacaran al primero de una clínica de rehabilitación y lo dejaran llevar un tratamiento ambulatorio en su hacienda: Dame un whisky. 

Sigamos. Dicen que sólo hay dos cosas que pueden arruinar la vida de un hombre: no conseguir lo que quiere, y conseguir lo que quiere. A Herman “Mank” Mankiewicz le sucedieron ambas. Fue guionista de planta en la Paramount Pictures y llegó a ser el jefe del departamento de escritores cuando apenas pasaba de los treinta años, haciéndose espacio entre los trabajadores mejor pagados de la industria en su época de oro; ganó un Óscar por Citizen Kane y fue nominado a otro por The Pride of the Yankees, la historia del beisbolista Lou Gehrig, protagonizada por Gary Cooper; pero su carrera llegó hasta ahí, los siguientes once años de su vida los dedicó a terminar de beber lo que ya venía bebiendo desde hace un buen rato, y quién podría culparlo. Murió a los cincuenta y cinco años de envenenamiento urémico o, como se dice en el mundo de la farándula, complicaciones derivadas de su alcoholismo. 

Me despidieron cuando había conseguido el balance perfecto: yo no quería trabajar con la mitad de los productores del estudio y la otra mitad no quería trabajar conmigo, dice el Mank con cara y cuerpo de Gary Oldman. El guión, escrito por Jack Fincher, padre del director, David Fincher, está a la altura de esos otros guiones sobre esos otros escritores borrachos que se llenan la boca con licor pero también con discursos tan memorables como inoportunos e incómodos, dejando caer entre uno y otro alguna frase para el bronce. 

El balance, hay que decirlo, es un tema importantísimo; tanto en el cine como en las borracheras. 

Habiendo trabajado en más borracheras que películas, puedo decir con toda tranquilidad que Mank es uno de los nuestros, el tipo de bebedor que consigue la dosis justa para pararse en la cima del mundo, para montarlo, para domarlo, para hacerlo cambiar de rumbo; y no contento con eso y siempre coherente consigo mismo y constante en la ley universal que dicta que nada es demasiado y todo es muy poco, luego toma ese trago de más y cae desde lo más alto sólo para tener tiempo de disfrutar el vuelo y contemplar su propia caída. 

Todo esto gracias a Gary Oldman, que se llevó un Óscar en 2018 por su versión de Winston Churchill, otro caballero de buen beber, que no trata de parecer Mank sino que consigue ser Mank, y que ahora se para frente a la cámara, tambaleando como todos los gigantes, y nos deja saber que Mank tiene que beber porque de otra forma los pensamientos que se persiguen unos a otros dentro de su cabeza no podrían sentarse y conversar, que tiene que beber porque sólo así se pueden encontrar la poesía y la lucidez en algo que casi puede llamarse armonía, y que tiene que beber para poder parar un rato, mirar el mundo, y contarnos cómo es.


@pescadoandrade / @mundodiners