2.17.2020

Una joya


La vida de Howard Ratner, judío y dueño de una tienda de joyas en el diamond district de Manhattan, podría acabar en cualquier momento, y no de una manera muy placentera ni pacífica, sin la oportunidad de entrar gentilmente en esa buena y eterna noche. De hecho, Howie, como le dicen sus amigos y algunos de los que fueron sus amigos y ahora lo buscan para matarlo o al menos causarle dolor y verlo sangrar, le hace justicia al poema de Dylan Thomas: se resiste a la oscuridad ardiendo en rabia y en delirio.

En Uncut Gems, dirigida por los hermanos Safdie (que se las traen, qué ganas de ver sus películas anteriores), la vida de Howie se resume a unos pocos pero muy intensos días, en los que queda claro que su misma supervivencia es un triunfo del azar con fecha de caducidad. Es adicto al juego, a las apuestas, y como a todo adicto que se precie, ganar no es precisamente lo que aumenta su temperatura, sino correr la incertidumbre, arriesgar el pellejo, saber que de un momento a otro puede quedarse en la calle o convertirse en millonario: el motor de su vida es un trance tóxico pero inevitable.   

Le debe dinero a medio mundo, incluso a uno de sus primos, el que más lo persigue y con quien debe compartir reuniones familiares; tiene una amante que lo mismo le sirve de consuelo y le tapa las arterias de los celos; su esposa lo odia (aunque no da señales de querer divorciarse) y para sus hijos es más un personaje que una persona; tapa una mentira con otra y con cada nueva mentira aparece un nuevo problema que a su vez requiere de una nueva mentira y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde para decir la verdad, cualquier verdad, y todo se va volviendo un poco peor, y peor, y peor ¿Se entiende? Sí, claro que se entiende, todos lo hemos hecho, pero ninguno, o pocos, como Howie, que en medio de todos sus movimientos subterráneos y moralmente cuestionables mantiene una ilusión ingenua e hiperactiva, que lo mantiene saltando de piedra en piedra para cruzar un río caudaloso en el que cada vez quedan menos piedras.

Howie es uno de esos personajes que, siendo técnicamente despreciable, resulta entrañable y hasta enternecedor. Es imposible no ponerse de su lado y querer que las cosas le salgan después de haberlo visto correr por toda la ciudad gritándole a su teléfono, defenderse a golpes de la gente que lo persigue para que pague sus deudas, ser humillado por su propia culpa, armar esquemas que sólo podrían funcionar en su cabeza (esto es clave, la gente está cansada de sus mentiras, no tiene credibilidad, ni crédito) y derrumbarse y llorar y reconocer que sólo está haciendo cagadas. Y sí, mucho de esto tiene que ver con la lúcida decisión de poner a Adam Sandler al centro de la cinta, porque debajo de todo ese griterío y el escándalo callejero y los episodios de manía que le provoca el juego, debajo de esa cabeza que a veces se pierde y se separa del cuerpo y se va demasiado lejos para su propio bien, se reconoce a un hombre que sólo quiere una vida mejor que la tiene aunque los únicos métodos que conoce para conseguirla no sean, necesariamente, los más decentes.  

Uncut Gems parte con una escena tipo Indiana Jones en la que unos mineros del norte de Etiopia, trabajando, claro, en condiciones infrahumanas, encuentran una piedra que contiene en su cuerpo varias joyas que revelan los colores del cosmos. Esa piedra es la última esperanza de Howie, la gran jugada que lo librará de todas las deudas y le permitirá arrancar desde cero y con un expediente más o menos limpio, pero él, obvio, no se conforma con el dinero que puede obtener de ella en una subasta sino que se la vende a una estrella de la NBA quien, a su vez, piensa que la piedra le da poderes que lo ponen por encima de sus rivales: y el jugador gana los partidos cuando la tiene en su poder, y Howie apuesta todo lo que tiene por él. Sí, hay una capa de mística, como en un libro de Tolkien o una canción de Led Zeppelin; y de simbolismo, porque esa piedra con joyas incrustadas se convierte en la visión del futuro, en la promesa de la libertad, en la certeza de no volver a tener una pistola entre las cejas. 

Uncut Gems, de aire setentero (uno de los productores es Scorsese), editada a la velocidad con la que los pensamientos se cruzan en nuestro cerebro y resuelta a no detenerse hasta que no queda más remedio, se levanta como la traducción del caos. No para, no afloja, no suelta, es una apuesta en la que están en juego todas las fichas. El todo por el todo. 

*

Pd: Una noche antes de que se entregaran los premios de la Academia, Adam Sandler ganó como mejor actor en los Independent Spirit Awards. Su discurso de aceptación es otra joya. Enjoy.   

2.12.2020

Las perlas de Bong Joon Ho


La actuación de Bong Joon Ho en los Oscars fue conmovedora: quién diría que un tipo que parece tan sencillo, tan tranqui y buena onda y genuino (cuando dijo que iba a beber hasta el día siguiente se ganó mi corazón), y con ese pelo más bien de científico obsesivo-compulsivo, pueda hacer las películas que hace; supongo que un artista no siempre tiene que parecerse a su obra o vivir dentro de ella sino más bien librarse de sus trabas a través de su ejecución o simplemente agrandar el mundo. Tal vez. El caso es que no parecía preparado para tanto y esa fue su mejor ofensiva. 

Parasite, la cinta que de alguna manera lo ha globalizado (la vi en un cine quiteño, en día de semana, tarde en la noche, y la sala estaba a reventar) tiene a cuestas un total de 198 premios recogidos alrededor del mundo, fucking 198, y aunque varios de ellos han sido otorgados por gremios tan distantes como la Central Ohio Film Critics Association y los Globes de Cristal de Francia, y aunque esté de moda premiarla (quizás para ganar prestigio como festival), no cabe duda de que hay una especie de acuerdo cósmico. Parasite impresionó a todo el mundo y todo el mundo quiere demostrarlo. 

Sin embargo, fue durante los premios de la Academia, incluso más que luego de haber ganado por unanimidad la Palma de Oro en Cannes, cuando Bong Joon Ho tropezó con su punto de quiebre. Dijo cosas tan nobles como hermosas que sólo pueden venir de un corazón limpio que salta dentro de un fanático de Hitchcock. Habló de lo importante que es que Hollywood ya no premie a la mejor película en idioma extranjero sino a la mejor película internacional, lo que de cierta forma nos acerca no sólo como cinéfilos sino como ciudadanos universales. Una periodista, después de la ceremonia, le dijo que había hecho historia, y él respondió: sí, hicimos historia, pero esa no era nuestra intención, sólo queríamos hacer una película (creo que esta respuesta mide la talla de su emisor) Y cuando recibió el Óscar a mejor director nos sacó lágrimas a varios porque dijo que en la universidad, en la carrera de cine, estudiaba las películas de Scorsese (para mí, por si acaso, El Irlandés sigue siendo la mejor película del 2019) y ahora lo tenía en frente y no entendía del todo lo que estaba pasando. Y se movía, nervioso. Y se llevaba las manos a la cara. Y daba vueltas en círculo con pasos cortos. Y tartamudeaba. Y era como verlo despertar de un sueño dentro de otro sueño. 

Recuerdo, hace años, haber visto de The Hosty pasarla realmente bien: sufrí un poco, hasta me asusté, creo, pero sobre todo me divertí, me pareció increíblemente entretenida, movida, de esas cintas que no pueden ni quieren quedarse quietas y a las que hay que subirse como a un juego mecánico en un parque temático, agarrado a la barra de seguridad y cerrando los ojos de vez en cuando y gritando para soportar los giros y las pérdidas de gravedad. Ahora, hurgando entre varias entrevistas de Bong Joon Ho, la cuestión me queda un poco más clara: mezcla los géneros de manera inconsciente, porque así es la vida (y lo es), y porque lo que busca, dice, es crear algo único que lo sorprenda sobre todo a él (aquí unas palabras de Paul Auster: uno no escribe los libros que quiere escribir sino los que quiere leer). Parasiteme recordó esa sensación, acaso inclasificable, de estar viendo algo que no le tiene miedo a la bipolaridad narrativa ni a cambiar de registro si ese cambio desemboca en un paisaje cercano y remoto y convulsivo pero nunca antes visto (la escribió en cuatro meses, a toda velocidad, pero la tuvo en la cabeza durante cuatro años). Después de todo, Bong Joon Ho dice tener una colección, entre DVD’s y Blu-ray, de aproximadamente 5.000 títulos, así que, digamos, tiene hartos ingredientes en su alacena y a la hora de rodar es tan meticuloso con sus storyboards como lo era Kurosawa.

Y algo más de ternura para cerrar. En una entrevista dijo que la película que más veces ha visto en su vida es Psycho, de Hitchcock, que la ha visto quizás cincuenta veces; pero luego lo pensó un poco mejor y se corrigió, la película que más veces ha visto en su vida es My Neighbor Totoro, de Miyazaki, porque es la favorita de su hijo, y la han visto juntos más de cien veces. Creo que podemos seguir confiando en él.          

2.05.2020

La edad de la sabiduría


Al final, acaso sin querer, uno termina convirtiéndose en sí mismo; no en lo que quiso o pudo o intentó ser, sino en algo más concreto y tangible: lo que es. Con esto quiero decir, precisamente ahora y a manera de celebración, en voz alta, gritando y juntando las palmas de las manos por encima de mi cabeza con toda la fuerza de la que soy capaz, que con su última película, El Irlandés, Martin Scorsese ha conseguido eso por lo que un artista lucha su vida entera: la materialización de su identidad. 

La cinta dura tres horas y media y uno se queda con ganas de más. ¿De qué más?, ¿qué más hay para contar que no se haya dicho ya en ese tiempo? No lo sé ni me interesa demasiado porque las ganas con las que me quedé realmente fueron de que Scorsese siga filmando, ojalá para siempre: es que ya no filma, ahora es capaz de crear vida, ahora entiende perfectamente de qué se trata todo esto. En El Irlandés muere mucha gente, varios de ellos en tiempo real y en una suerte de resumen histórico de los Estados Unidos contado a través de asesinatos, pero uno capta enseguida que es el mismo Scorsese el que se está enfrentando con el último acto de su vida; que él, que ha producido tanto (películas, documentales sobre rockeros, series de televisión, videos musicales, comerciales publicitarios), tiene totalmente asumido que ya no tiene la vida por delante y quizás por eso se atreve a darlo todo de manera tan contundente: cuando el tiempo corre, supongo, te quedas sin opciones, sólo puedes afinar el pulso para apuntar con un ojo cerrado y el otro a medio abrir y soltar un disparo y que Dios se apiade de nosotros. 

Scorsese, todo hay que decirlo, ha alcanzado varias cimas o ha conquistado la misma cima varias veces (si me preguntan, con Silencio, del 2016, quedó todo dicho), pero quizás porque El Irlandéses una cinta de género, una cinta de un género que él ha comprobado dominar y engrandecer  cargándolo de existencialismo e integridad, desde aquí abajo se ve como la cúspide o el cierre de una carrera que ha llegado al mejor final possible (aunque aún no se acaba). Digámoslo todos juntos ahora: ¡ganamos! Si todo lo que vimos antes fue el camino que nos trajo hasta aquí, benditos sean los más de cuarenta años de carrera de Scorsese, sus excesos y sus extravíos en búsqueda de la verdad, sus tiros al aire y sus balas perdidas, sus más de sesenta créditos como director; y maldita sea esta sensación, terrible, de que uno sólo puede aprender a vivir viviendo y de que es alta, muy alta, la probabilidad de que sólo cuando nos acerquemos al horizonte, al precipicio, seamos capaces de actuar con la máxima coherencia que la vida nos reclama desde un principio.    

Otra gran sensación que me queda después de ver El Irlandés, y este es un síntoma común cuando se está en presencia de la gloria, es la de revisitar la filmografía de Scorsese. Empezar por lo obvio, es decir, Buenos Muchachos Casino (¿alguien ha vuelto a ver Casino?, ¿es tan buena como la recuerdo?, ¿es mejor?), que en este caso sirven como precuelas o películas hermanadas temáticamente. Scorsese, gracias al cielo, no ha podido escapar a su propia historia, le interesan el poder, la violencia y las relaciones emocionales y los códigos de honor entre los mafiosos italo-americanos, la gente que era ya adulta cuando él no sabía si hacerse sacerdote o director de cine, su gente, esa que él mismo pudo terminar siendo si un par de cosas se daban de manera distinta. Pero, como decía, tengo ganas de volver a Scorsese con estos nuevos ojos porque tengo el presentimiento de que en su obra hay cosas que no he captado todavía, cosas por descubrir. El tiempo pasa, las películas cambian, unas crecen y mejoran, otras se reducen a un par de secuencias memorables, y otras se apagan y uno se ve en la penosa obligación de olvidarlas; pero, aunque yo también he cambiado para bien y para muy mal, hoy no quiero olvidar, al contrario, hoy quiero recordar y ver de manera consciente la evolución de un cineasta que, ya no cabe duda, pasó de obrero a autor y de autor a artista de tomo y lomo. 
                                     
¿Es este, como andan diciendo por ahí, el disco que reúne los Grandes Éxitos de Scorsese? No exactamente. Yo diría que es más bien una canción (de esas que se tocan al final de un concierto y que todo el mundo canta de pie) que reúne todos los elementos que, a lo largo de su carrera y al punto de trascender como sus obsesiones, el director ha aprendido a manipular a su antojo: ha filmado a sus fantasmas y así se han vuelto seres de carne y hueso. Existe algo que podríamos llamar Universo Scorsesey ésta es su capital. Parafraseando una línea de diálogo en la película: tal vez ahora el nombre Jimmy Hoffa no mueve el viento, pero hubo un tiempo en el que ese hombre era tan famoso como Elvis Presley o Los Beatles. Scorsese lo ha traído de vuelta y no sería extraño que pronto alguien estrenara un documental sobre Hoffa y su sindicato de choferes, o una película que se acerque más a la verdad estrictamente biográfica porque, se sabe, un artista no cuenta los hechos tal como sucedieron sino como más le conviene o de la manera que más lo emociona. En todo caso, es cierto que en la cinta hay reuniones y que Robert De Niro y Joe Pesci brillan cada vez que están juntos y que resulta difícil creer que Al Pacino no haya sido siempre parte de la pandilla. La banda suena afinada, a tiempo, y si hubiera que cantar un coro sería probablemente este: soy tu hermano / pero si tengo que matarte / morirás.

Scorsese no ha envejecido, ha madurado, no anda por ahí como un anciano con demencia senil quejándose del comunismo; tampoco pretende ocultar los años que tiene o conseguir seguidores marcando tendencias; se alió con Netflix, se adaptó a este siglo, pero sigue siendo un cineasta de principios intachables. 

El Irlandés parte con un plano largo y pausado que define el tono de la historia, desde ahí uno sabe que lo que se viene será extenso y que hay que estar dispuesto a hacer silencio y escuchar con atención: créanme, la recompensa lo vale. Es como transitar la vida misma, claro, si vives lo suficiente. Cuando uno termina de ver una película tiene, por lo general, la sensación térmica de haber presenciado un momento de la vida de los otros, un pedazo de algo que empezó antes de nosotros y continuará sin nosotros, pero aquí estamos frente a la vida entera, algo que sólo se puede ver después de mucho tiempo y cuando miramos hacia atrás.

(Mundo Diners)   
    

1.31.2020

Jordan Peele: autor de cuentos fantásticos


Hace unos días, leyendo las Clases de literatura que dio Julio Cortázar en Berkeley, California, en el otoño de 1980, y que de alguna manera me han servido para reconciliarme con él porque, aunque fue uno de mis autores de cabecera en su momento (todos tuvimos una etapa Cortázar, ¿no?), al crecer sentí que sus cuentos y novelas se preocupaban más por la literatura que por la vida (aunque para él, lo entiendo, ambas cosas eran indivisibles) y eso me alejó, me detuve en una pequeña anécdota en la que explica porqué lo fantástico siempre ha estado infiltrado en su obra y en su vida. 

Dice Cortázar, Ya en ese momento se me planteó el problema de por qué no escribía cuentos de tipo realista como los de Roberto Arlt, al que tanto admiraba y admiro, o como los de Horacio Quiroga… Eso me llevó a preguntarme si mi idea de lo fantástico era la que tenía todo el mundo o si yo veía lo fantástico de una manera diferente… cuando yo era niño e iba a la escuela primaria mi noción de las cosas fantásticas era muy diferente a la que tenían mis compañeros de curso. Para ellos lo fantástico era algo que había que rechazar porque no tenía nada que ver con la verdad, con la vida, con lo que estaban estudiando y aprendiendo. Cuando decían “esta película es muy fantástica” querían decir “esta película es un bodrio”Luego cuenta que, cuando tenía doce años, le prestó a uno de sus mejores amigos un libro de Julio Verne, El secreto de Wilhelm Storitz, la primera historia conocida en occidente sobre un hombre invisible (anterior a H.G. Wells), que lo había dejado absolutamente fascinado. El amigo le devolvió la novela casi enseguida y le dijo, No la puedo leer. Es demasiado fantástica.

A partir de ese desencuentro, en apariencia inocente, Cortázar continúa su charla con furia y desmenuza su ADN. Me quedé con el libro en la mano como si se me hundiera el mundo, porque no podía comprender que ese fuera un motivo para no leer la novela. Allí me di cuenta de lo que me sucedía: desde muy niño lo fantástico no era para mí lo que la gente considera fantástico; para mí era una forma de la realidad que en determinadas circunstancias se podía manifestar, a mí o a otros, a través de un libro o un suceso, pero no era un escándalo dentro de una realidad establecida. Me di cuenta de que yo vivía sin haberlo sabido en una familiaridad total con lo fantástico porque me parecía tan aceptable, posible y real como el hecho de tomar una sopa a las ocho de la noche; con lo cual (y esto se lo pude decir a un crítico que se negaba a entender cosas evidentes) creo que yo era ya en esa época profundamente realista, más realista que los realistas puesto que los realistas como mi amigo aceptaban la realidad hasta cierto punto y después todo lo demás era fantástico. Yo aceptaba una realidad más grande, más elástica, más expandida, donde cabía todo.

Ok, ya. Todo esto para decir que ayer, por la noche y solo, como corresponde en estos casos, vi finalmente Us (mejor tarde que nunca), la segunda película de Jordan Peele, cuyo estreno fue uno de los más esperados del año pasado pero aún así no ha cosechado la histeria que en su momento recogió Get Out, la primera, pero que confirma algo más importante que lo que pueden ofrecer las cifras en taquilla o las ceremonias de premiación: Peele se está construyendo, más que como un director, como un autor, y eso requiere no sólo personalidad sino la fortaleza necesaria para ponerla en práctica. 

Me sorprende, al leer críticas o ver entrevistas, que el medio encierre las películas de Peele en el género del cine terror horror (quizás así son más fáciles de promocionar) cuando van mucho más allá o vaya que lo intentan. Peele, por lo menos dentro de sus cintas, concibe una realidad parecida a esa de la que habla Cortázar en su charla, una realidad donde parece caber todo. En Get Outlo sorprendente o apremiante no es que un personaje deba escapar a toda costa de una situación peligrosa, sino que esa situación (que tiene que ver con cambios de cuerpos para así perseguir la vida eterna), planteada como se plantea en la historia, sea perfectamente normal, posible, consecuente, es decir, una trama fantástica que no sólo se añade a la realidad sino que se apodera de ella hasta manipularla a su antojo y revelar la verdad que, obvio, no es otra cosa que la fantasía. Poco importan, me parece, la sangre y los golpes, cuando lo que estremece es la posibilidad de que algo así pueda pasar o esté pasando. 

Us, que tiene mucho de sobregirada (Peele dice que tras el éxito inesperado de Get Outquiso escribir un guión enteramente para él), vuelve al terreno de la fantasía (o lo fantástico) y yo diría incluso que a una fantasía más amplia, donde se establece que una raza –una surte de– clones que viven debajo de la tierra han decidido, después de décadas en la oscuridad, llevando una vida espejo a la de sus pares terrenales pero sin ninguna fortuna, trepar al mundo que conocemos y del que nos creemos dueños para vivir en él: claro que para eso deben, antes que nada, asesinar a sus respectivos doppelgängers

Y sí, viéndolo de la manera más cómoda, la cinta está propuesta en clave de terror y suspenso, pero, de nuevo, la atmósfera de miedo que Jordan Peele logra levantar no se sostiene sobre las heridas (hechas con tijeras, bates de béisbol o palos de golf), las secuencias de persecución o la histeria ensangrentada que corona ciertas escenas, su verdadero fuerte es darle dimensiones a la fantasía y así volverla un aspecto material que nos afecta. Peele, se nota, está en etapa de crecimiento (a veces, por su pasado de comediante, se le escapan bromas en los momentos menos indicados, bromas que terminan siendo distracciones) pero ya tiene clara una de las normas más importantes del género que hasta ahora ha escogido para soltar su motor creativo en el cine: los personajes pueden salvarse, pero la pesadilla debe continuar porque no es un sueño, de hecho, nunca lo fue.

1.23.2020

Fun is the Gun (Antología poética de Moondog)


Desde hace unos días tengo un nuevo sueño, un sueño que me abraza y que a veces no me deja dormir y otras veces me ayuda a dormir mejor que cualquier pastilla porque me tumba de la felicidad. Sueño que estoy en The Beach Bum, la última película de Harmony Korine (que sí, es un genio o al menos una especie de genio, dueño de un mundo propio y una estética y una moral incontenibles) y que me muevo con libertad por el mundo, haciendo lo que me place a toda hora, bailando sin otra dirección que el placer. Flotando en un remolino, lejos del suelo, rodeado de palabras.

Esta es la historia de Moondog (un Matthew McConaughey que, por este papel, merece, de largo y con sobra de méritos, todos los premios que ahora anda recogiendo injustamente Joaquin Phoenix), desde ahora en adelante mi poeta favorito o al que citaré cuando, con la razón extraviada sin ninguna causa en particular, vuelva a ver el mar y me ponga de pie sobre el horizonte. Moondog entiende mejor que nosotros el significado de la respiración, de las vibraciones entre las costillas, y las acomoda a su propio ritmo con largas pitadas de marihuana y largos, larguísimos tragos de cerveza Pabst Blue Ribbon: no se puede ser más elegante.  

Moondog hace poco, pero lo tiene todo: carga con una vida sencilla y ha descubierto El Secreto. Se pasea por los Cayos de la Florida con una lata en una mano y un chafo en la otra y, a menudo, combina ambas cosas con mujeres que acaba de conocer y que son de muchas maneras absorbidas por él. Se mete en problemas, pero como cualquier hombre sabio, sabe que pasarán y serán olvidados porque eso es lo que se merecen. Es brillante y lo sabe, pertenece a otra dimensión y lo sabe. Mucha gente dice que es un genio, pero Moondog no quiere un despacho en Harvard o una medalla en Estocolmo, lo que quiere es detenerse donde le de la gana, en un estacionamiento, en la mitad de la playa, debajo de un puente, y seguir atacando con dos dedos su máquina de escribir (cuando lo hace, sus ojos parecen ver el paraíso), pariendo esas palabras que nosotros sólo podemos adivinar pero quisiéramos tener tatuadas en el pecho.  

Los logros que Harmony Korine ha conseguido en The Beach Bum deben considerarse desde varios estados de conciencia: la complicidad entre McConaughey y Snoop Dog (proveedor de la hierba para el rodaje) transgrede la hermandad; los personajes secundarios como Isla Fisher, Martin Lawrence, Zac Efron o Jonah Hill (y un gran cameo de Jimmy Buffett), aunque aparezcan brevemente como las locaciones de un roadtripen ácido con herencia de la generación Beat, resultan imprescindibles; los momentos, varios, en que el humor alcanza el valor de la comedia del absurdo (los hermanos Marx en drogas y hasta olor a Kubrick) corren hombro a hombro con descansos de lucidez en los que se nos es permitido contemplar la belleza del mundo (creo que he vuelto a descubrir el valor de los colores). Y el montaje. ¡Por Dios! ¿Cómo lo hizo? Uno no sabe si filmó al azar, improvisando, jugando, apostando, y luego fue editando la cinta persiguiendo el instinto o si cada corte, cada salto, está calculado. El caso es que funciona, que la película, como corresponde, se ocupa de su propia realidad y se inserta en ella como si fuera –y lo es– la única realidad posible. Quizás el truco sea filmar lo que uno lleva adentro, tal cual, todo revuelto.

Un humorista de cuyo nombre no puedo acordarme decía que un poema es todo aquello que queda por fuera cuando se trata de definir un poema. Moondog es todo aquello, y más. De todo lo que hace, de esa danza perpetuamente intoxicada pero perfectamente lógica que practica sin parar, son los momentos de calma los que más me impresionan. A veces la cámara lo capta sentado en una barra (compartiendo un trago con su gato albino), acostado en la calle o a la deriva en su pequeña lancha, y lo que transmiten su cuerpo inmóvil y una mirada que no podemos ver porque sonríe detrás de lentes oscuros, es la paz absoluta, el balance con el universo, una especie de acuerdo con el destino en el que Moondog se compromete a desvanecer el orden de las cosas. 

*

Estas son unas palabras que le dio a la prensa en una entrevista reciente: 

I mean, look, I could tell you that I’ve been trying to uncover the abyss beneath my illusory connection with the world. I could tell you that it’s all written in the stars. I could tell you that I’m a reverse paranoiac. I am quite certain that the world is conspiring to make me happy. All three of which are true, but it’s really a little simpler than that. I like to have fun, man. Fun is the fucking gun, man. That’s why I like boats. I like water. I like sunshine. I like beautiful women, a lot. And I get all these things going, man, and they’re all turning me on. And my wires are connecting upstairs, and I start to hear music in my head. You know, and the world is reverberating back and forth, and I hit the frequency, and I start to dance to it. And my fingers get moving, my head gets soupy, I’m spinning all over the fucking place, and the fucking words come out. It is like it’s a fucking gift.

Y este uno de sus más aclamados y románticos poemas: 

I go to bed in Havana 
thinking about you 
pissing a few moments ago
I looked down at my penis with affection 
knowing it has been inside you 
twice today 
makes me feel beautiful.

1.16.2020

Lo que fuimos / lo que seremos


Después de ver Marriage Story llamé a una amiga que se divorció hace poco y le pregunté, ¿es así?No estaba especialmente impresionado por lo violento o grosero que puede resultar el proceso de una separación, por las cosas que se sacan en cara, por los resentimientos que toman la forma de verdades ocultas o no dichas; lo que me tenía golpeado era la vida que al parecer esos personajes habían soportado antes de tomar la decisión de alejarse el uno del otro. ¿Es tanto lo que uno puede aguantar sólo con la esperanza ciega e infundada de que algún día las cosas van a mejorar? Y eso que se trata de un matrimonio relativamente corto. 

Es así, me dijo mi amiga, igualito. Y luego me contó cosas que yo no sabía de su relación, cosas que me sorprendieron por la misma razón, porque no me imaginaba que ella pudiera acumular tal cantidad de insatisfacción y frustración antes de finalmente separarse. Supongo que aún hoy en día el divorcio carga con un estigma, que es una especie de último recurso difícil de reconocer, y que la mayoría de la gente (menos las celebridades, al parecer) lo toma realmente como última opción o nunca se atreve y prefiere una vida miserable pero acompañada. (Esto me lo dijo una psicóloga alguna vez: la mayoría de la gente mantiene relaciones infelices únicamente para no estar sola).

La cinta de Noah Baumbach, que no llega a ser Escenas de un matrimonio, de Bergman, pero que de cualquier manera se le acerca en una versión más joven, americana y enmarcada por personajes envueltos en el mundo creativo, no muestra exactamente el pasado, los días o acaso años enteros que llevan a esta pareja a la separación; se concentra en el punto de quiebre y en cómo manejan ambos la situación con un niño todavía pequeño de por medio. Pero deja ver que la grieta empezó a abrirse desde mucho antes, que dejaron de quererse o mejor dicho de amarse hace rato, cuando decidieron seguir juntos sabiendo que ya cada uno había tomado su propio camino, y que corrían el grave riesgo de convertirse en una de esas parejas que están juntas porque no les queda otro remedio. Ella, incluso, se encarga de aclarar lo siguiente: sólo estábamos casados porque teníamos un hijo. 

Hay una escena, clave, en la que ambos discuten en la pequeña casa que él alquila en Los Ángeles y que apenas tiene muebles. Es la única en la que se enfrentan realmente, sin filtros ni la posibilidad de los buenos modales, y aunque nos hacen falta un par más de escenas como esa, en aquel momento se dice bastante. Él dice algo así como Tú escogiste esta vida, y ahora no la quieres, refiriéndose a vivir los dos en Nueva York, dedicados al teatro. Y ella trata de explicarle que, a su lado, desapareció, se perdió, extravió su voz, olvidó quién era o quién quería ser o quién podía llegar a ser, y quizás ahí esté el centro gravitacional de la historia. 

¿Podemos anular a alguien que está a nuestro lado? ¿Podemos dejar de verlo hasta hacerlo desaparecer? ¿Podemos asumir que todo está bien simplemente porque nadie rompe a llorar en la fila del supermercado? Vaya que sí. Basta con asumir que no tiene más necesidades que las nuestras; que no tiene más anhelos que los nuestros; que no tiene más intenciones en la vida que seguirnos o perseguirnos porque somos nosotros los que vamos abriendo camino y el resto queda en una especie de sombra a la que volteamos a mirar cada vez con menos frecuencia, quizás con la confianza de que en algún momento se desvanezca por completo o al menos se quede en silencio. 

Él no pudo verme como algo separado de sí mismo, le dice ella a su abogada (y sí, que le den el Óscar a Laura Dern, sólo por el monólogo sobre cómo la sociedad tolera a un padre ausente ya se lo merece de sobra), y eso no es poco, la desintegración en tiempo real no sólo puede aniquilar la personalidad sino hacernos perder el horizonte o las ganas de avanzar hacia él. 

Si algo queda claro en Marriage Story es que nunca podemos dejar de vernos, de mirarnos, de aceptar la respiración que nos moja los labios porque, mal que mal, no estamos solos. Estar solos sería mucho peor.  

1.09.2020

Un amor violento: apuntes para antes y después del fin del mundo


La obra de un verdadero artista no es su trabajo sino su vida misma. Pero la vida, como escuché alguna vez, no imita al arte, imita a la mala televisión, lo que me hace insistir con esta idea que últimamente es más bien un principio, una aspiración moral y un propósito: nuestro trabajo es convertir esta vida en una obra de arte. 

Recuerda esto: la obra de un verdadero artista no es su trabajo sino su vida misma, le escribo a un amigo luego de haber conversado con él por más de dos horas, luego de que otra vez nuestra conversación (centrada en la cercanía de los cuarenta y lo poco adultos que nos sentimos) terminara en preguntas y no en respuestas, medio derrotado, en un mensaje que envío desde el taxi que me lleva de regreso a casa, un mensaje que de pronto me ilumina o por lo menos me aclara un par de cosas y me ayuda a enfocar. , me responde él, quizás sólo hay que dedicarse a vivir.    
  
Ahora bien, ¿cómo se hace?, ¿cómo hacemos? Recuerdo una reflexión existencial de El gran Lebowskique iba más o menos así: ¿Qué es lo que hace hombre a un hombre? ¿Es acaso estar listo para hacer lo correcto en el momento adecuado?Hay algo de verdad en eso: no se trata sólo de hacer lo correcto sino de hacerlo cuando se tieneque hacer, ya sea esto quedarse quieto en un sólo sitio y enfrentar una tormenta sin más protección que la propia piel o salir corriendo, huir, tomar a una persona de la mano y escapar sin rumbo para poder seguir respirando. Y, otra cosa, ¿qué es lo correcto?, ¿lo que me conviene a mí o a los demás?, ¿lo adulto y maduro? Se me ocurre que si todo el mundo hiciera lo correcto este sería un planeta más que aburrido, pero, hey, alguien tiene que hacerlo para que algunos de nosotros no tengamos que hacerlo siempre: quizás la rotación de la Tierra nos va cambiando de posición día a día para que así, a veces, sean los unos los que estén en la obligación de hacer lo correcto y, a veces, les toque a los otros. Finalmente está la respuesta que quiero escuchar: lo correcto es cualquier cosa que tengamos que hacer para acercarnos a la felicidad, aunque en el camino se rompan un par de corazones, un par de huesos, y otras cosas más o menos importantes. 

Veo a los personajes principales en The End of the F***ing World, una pareja de jóvenes que operan como adolescentes-psico-románticos, y me parece que hacen lo correcto: él quiere estar con ella y digamos que se lanza a un río y se deja arrastrar por una corriente furiosa que trae ramas y piedras y cadáveres. Cuando se conocen son simplemente dos criaturas raras –acaso las más raras– en un hábitat donde no se toleran las rarezas: una escuela secundaria en una pequeña ciudad británica. Pero cuando él, que no tiene muy claro para dónde o cómo moverse, y en plena efervescencia del amor instantáneo, decide seguirla porque ella sí que sabe dónde quiere ir (o cree saberlo, que ya es bastante), ambos pasan de criaturas raras a cómplices en una misión kamikaze pero inevitable: estar juntos. 

Él se llama James, ella se llama Alyssa, ambos tienen diecisiete años y ambos saben y entienden que no pertenecen al mundo que los rodea. Él es más bien callado y sensible, tiene una mano quemada y una mirada que nos hace pensar que no está del todo aquí, en el presente, en este momento o en este lugar; ella es directa y hasta agresiva (o, mejor dicho, no soporta que la gente no diga exactamente lo que quiere decir), no tiene tiempo para rodeos y prefiere no mostrarse vulnerable aunque sea justo entonces cuando su belleza cobre su verdadera dimensión. Alyssa y James no son gente bacán y quizás por eso uno se siente tan cómodo junto a ellos desde el principio: sabemos que son de fiar porque andan por los márgenes, no por el centro, no les interesa integrarse sino más bien que los dejen tranquilos, aparte, en la suya, poder moverse sin más compromisos que hacer lo que sienten correcto, justo y necesario: incluso cuando no sepan qué es o cómo hacerlo.  

En la primera temporada, James acompaña a Alyssa en un viaje por carretera en busca de su padre, pues ella cree que conociendo a su padre podrá conocerse mejor a sí misma; pero a quien conoce realmente es a James, a quien se acerca realmente es a él, y es en ese acercamiento donde ambos encuentran revelaciones sagradas acerca de algo que parece ser su destino. Ese viaje, sin embargo, termina tropezándose con una muerte en la que ambos se ven involucrados y que cambia la dirección de las rieles. En la segunda temporada, que los sorprende separados pero no necesariamente distantes el uno del otro, aparece la sombra de esa muerte buscando ajusticiarlos mientras ellos mismos se están reencontrando en circunstancias demasiado particulares y extrañas. Y al final, él le pregunta, ¿me amas?Y ella tarda en responder. Y por un lado estamos en los graderíos, gritando para que vuelvan a estar juntos o estén juntos de una buena vez; y por otro lado estamos acostados en el piso, en posición fetal, chupándonos el dedo y temblando porque si algo puede acabar con James y Alyssa son precisamente James y Alyssa. Quizás el futuro de la serie esté en mostrar su convivencia, su rutina, su vida juntos, y la ficción se transforme en el tipo de no-ficción que nos asusta de lo tan verdadera y cercana que resulta. Quizás.    

No todo lo que hacemos, se sabe, tiene sentido: es más, probablemente la mayoría de las cosas que hacemos carezcan de un sentido que no sea otro que el inmediato y utilitario, es decir, aquello que nos ayuda a superar el día a día o a pensar que (de nuevo, otra vez) estamos haciendo lo correcto en el momento adecuado. Pero yo encuentro sentido en lo que hacen James y Alyssa porque, siendo raros y extraños y freaks y desenchufados, hacen que cada segundo de sus vidas parezca una obra de arte: porque miran lo que les pasa, lo que les está pasando, y reflexionan en off y descubren que después de todo las cosas tienen sentido; porque ambos están corriendo juntos aunque a veces vayan en direcciones contrarias y se choquen y revienten la otra contra el uno; porque sin que importen los simples pero fascinantes giros que van apareciendo en su historia ellos deciden seguir adelante como si la cobardía o la vergüenza o el temor no fueran opciones (ojalá nunca lo fueran); porque los veo sentados a la mesa de una cafetería en medio del bosque, comiendo hamburguesas, ambos masticando en silencio, a punto de volver a subirse a un carro robado y seguir camino, y de pronto se miran y uno sabe, lo sabemos, que se están queriendo y tal vez incluso amando.

(Mundo Diners)