11.17.2014

La mamá de Joanna


El primer párrafo de Joanna, uno de los relatos que conforman El final del amor, del español Marcos Giralt Torrente, dice esto: Es curioso que la vida nos ofrezca un número indeterminado de alternativas a cada momento, que constantemente tomemos decisiones que nos modifican, cogiendo unos trenes y desechando otros, y que sin embargo la mayor parte de los adultos, cuando echamos la vista atrás, nos recordemos de niños sustancialmente iguales a como somos hoy.

Es curioso, también, que la vida nos presente un número limitado de alternativas cada vez que descubrimos a un escritor: podemos seguirlo o abandonarlo. Leer sus otros libros, sus columnas en diarios, sus crónicas en revistas; o quedarnos con  aquello que se nos cruzó por el camino y no preguntar nada más al respecto. Parece tonto, pero hay escritores que te marcan con un solo libro y de los cuales prefieres, por si acaso, no averiguar demasiado. De hecho, sueñas y llegas a creer que toda la obra de ese escritor se reduce a un libro, a ese libro que habló contigo.

Me pasó la primera vez que leí Tiempo de vida (2010), quizás el libro más célebre y comentado y duro de MGT. Esa cosa me aplastó. Es un libro autobiográfico y despellejado en que el autor trata –porque no lo consigue del todo y ese, el intento fallido, es parte de la conquista– de hablar sobre su padre, un hombre al que conoció poco y que acaba de morir. En la primera página dice: …tras meses de dudas y fracasar repetidamente en la búsqueda de otra inspiración, por fin asumí que sólo me era posible escribir sobre mi padre. Ya con eso me compró: tenía un tema inevitable, como deberían ser todos los temas.

Leí Tiempo de vida, lo subrayé harto, lo reseñé y se lo presté a gente a la que creí podría servirle (en su mayoría, amigos con hijos pequeños o padres ausentes), pero no seguí leyendo a MGT. ¿Por qué? Por miedo. Tiempo de vida, libre de metáforas y espejismos, libre de artimañas literarias o frases para el bronce, es verdadero, es la verdad; a ratos, incluso, da la impresión de que el autor no soporta lo que está escribiendo o lo que está teniendo que escribir, como si el texto se le quemara entre las manos y, para terminar rápido, sólo hace un recuento de hechos puntuales, un listado factual que puede hacerte llorar. Él mismo lo reconoce cincuenta páginas antes del fin. Así: Las razones por las que se empieza a escribir un libro no son necesariamente las mismas por las que perseveramos cuando está mediado, ni las mismas por las que lo acabamos. Al final uno sólo quiere llegar al final. Ése es mi caso. Sólo quiero llegar al final. El final del libro. El final de mi padre. El final de mi vida con él.     

Ahora bien, ¿a qué le tenía miedo? A que el MGT de Tiempo de vida no fuera el mismo de París, la novela con que ganó el premio Herralde en 1999,  o de cualquiera de sus otros libros. Temía que el MGT que escribió sobre su padre no porque quisiera escribir un libro sino porque no tenía otra alternativa no fuera igual de bueno que el MGT que escribe, por así decirlo, profesionalmente. Aunque se trataba de una intuición, me quedaba claro que un libro como Tiempo de vida no podía –ni debía– escribirse dos veces, y que leer el resto de su obra sería muy posiblemente encontrarme con otro escritor al que no sé si quería conocer. Y así estuve durante años: releyendo de vez en cuando Tiempo de vida, venerándolo en público, pero alejado del resto de MGT. Así estuve hasta la semana pasada, cuando leí El final del amor (2011), el libro de cuentos con el que MGT se libró de la vida de su padre para poder seguir viviendo.

Como sospechaba, el MGT de El final del amor es otro escritor, otra persona, casi un extraño al que me costó reconocer durante las primeras páginas. Es un autor correcto, tan fiel y respetuoso y orgulloso del español que por momentos uno siente que está leyendo un libro que fue escrito en otro siglo: un obrero consciente de su oficio, cuidadoso y calculador. Además, al contrario de Tiempo de vida, donde el autor asume todos los riesgos y se hace cargo de las consecuencias de su honestidad brutal,  El final del amor es uno de esos libros en los que el lector debe hacer parte del trabajo, imaginar, poner palabras en la boca de ciertos personajes y tratar de leer sus emociones porque los cuentos no son especialmente detallistas. Te cuentan cosas, siembran pistas, construyen ideas, pero no resuelven misterios: para eso estás tú.

Y así, sospechando de cada palabra, llegué a Joanna. El narrador es un hombre que recuerda su infancia y el que quizás haya sido su primer amor. El hombre se recuerda como un niño huérfano que vive con su abuela en El Escorial, cerca de Madrid, y se describe de esta manera: No destacaba por nada, ni por mi rebeldía ni por mi inteligencia, si acaso por mi físico, que era espigado, y por mi afición a leer y a estar solo, que, más que afición, era algo a lo que las circunstancias me habían obligado. Sí, hay un-poco-mucho de esa victimización nerd y sobrevaloración de la falta de capacidades sociales de la que se valen casi todos los escritores para justificar e incluso convertir en proeza la soledad. Pero hay, sin duda, una persona detrás de esas líneas.

En El Escorial no pasa mucho. Mejor dicho: en El Escorial no pasa nada hasta que llega Joanna y el narrador se enamora de ella. Joanna llega con su madre y ambas viven en una casa de tres pisos, una casa que, al lado de la modesta vida del narrador, es una especie de palacio mágico y aterrador. Allí adentro pasa algo que no sabemos, algo muy oscuro, algo de lo que Joanna quiere escapar pero no puede porque es tan solo una niña. El narrador, por ejemplo, recuerda esto: Uno de nuestros entretenimientos favoritos era describir las casas que tendríamos en el futuro, cómo nos gustaría que fueran. Pisos de ciudad o quintas campestres, a veces imposibles, que a menudo exigían que cogiéramos lápiz y papel para dibujarlas. Además, cada día elegíamos una del pueblo que destacara por algún  motivo, o que simplemente nos gustara, y jugábamos a imaginarla por dentro. Hasta el más torpe aficionado a la psicología diría que esta obsesión por las casas revelaba la infelicidad de ambos con nuestras respectivas situaciones familiares y nuestro deseo de huida…

El narrador es pobre o casi pobre, vive con su abuela y no tiene amigos, en su caso, la huida es una opción más que lógica; pero la familia de Joanna es burguesía madrileña y ella es una hermosa criatura cosmopolita que habla con un tenue acento francés y se conoce medio mundo. ¿De qué quiere escapar Joanna? De lo que la persigue a todas partes: su madre. La mamá de Joanna, una réplica casi exacta de la propia Joanna, es, por decir lo menos, relajada hasta lo perturbador. El narrador, por ejemplo, recuerda esto: En una ocasión vi por el pasillo su sombra no tan fugaz, de camino al vestidor, con la blusa inexplicablemente abierta y los senos –media luna de la aureola de cada pezón– asomados a cada lado de la abertura; otra vez, una puerta innecesariamente entornada me la mostró de perfil recién salida del baño, con una toalla en la cabeza a modo de turbante y, la que debía cubrir el cuerpo, sujeta entre las manos mientras se secaba con ella una pierna que tenía alzada sobre el asiento del tocador; una tarde, cuando me marchaba, se acercó a despedirme sin falda ni pantalón, vestida de cintura para abajo con unos pantis negros y no de los tupidos; otro día vino de esa misma guisa al cuarto donde estábamos Joanna y yo para decirnos algo, pero esta vez, además, insólitamente desnuda de cintura para arriba, con los antebrazos cruzados cubriendo a duras penas el pecho. La secuencia podría estar en miles de películas francesas.

En lo que podría ser un parentesco voluntario con El vino de la soledad de Irène Némirovsky, pero de una manera más exhibicionista aunque menos frontal, madre e hija son rivales. Así como en la clásica novela –notable, por cierto– de Némirovsky, en el cuento de MGT es la hija quien hace todo lo posible para mostrar enfado cada vez que su madre le dirige la palabra. Esa rivalidad revienta cuando, más adelante en el cuento, llega a El Escorial el hermano mayor de Joanna y queda claro que entre él y su madre hay una comunión sexual: y entonces sólo podemos empezar a imaginar la cantidad de cosas torcidas que habrá visto en su vida la pobre Joanna. No mucho después de que el narrador descubre o más bien adivina el pecado, Joanna y su familia se marchan y no volvemos a tener noticias de ella hasta que un día llega una carta en la que se dirige a él como Mi pequeño. En esa carta le cuenta que está en Tánger, le dice No sé si alguna vez volveré. Depende de mi horrible madre, y, al despedirse, lo hace con estas palabras: Toda la culpa fue mía. Perdóname.

Pensando en la mamá de Joanna, el  narrador recuerda esto: …estaba pletórica, todo su interés, toda su energía, la acaparaba su hijo y simplemente no tenía tiempo para atenciones extra. La madre de Joanna, ahora lo veo, pertenecía a esa estirpe de mujeres que convierten el amor maternal en un yugo y que, para mantenerlo en las distintas etapas vitales de sus hijos, van modificando intuitivamente sus estrategias en pos de un irracional objetivo: que estos nunca se emancipen emocionalmente, que la dependencia que los unió a ellas desde su nacimiento y hasta que empezaron a ser autónomos, se perpetúe en su madurez. Madres hiperprotectoras, madres confidentes, madres cómplices, madres castradoras, madres que aspiran a ser las mejores amigas de sus hijos, madres esposas… La estela es amplia, la máscara con la que se presentan no siempre es igual, la gradación varía. Sin embargo, en todas late un instinto primitivo, algo oscuro, animal, que las conecta con épocas lejanas, prehistóricas, en las que la familia era el grupo y los individuos que ya no eran útiles necesitaban tener alianzas para asegurarse la supervivencia. Y, más adelante, pensando en Joanna, en cómo era y en las cosas que hacía y que él no entendía, el narrador recuerda esto: La paciencia de su madre con ella era tanta, tan buena su predisposición pese a los desplantes, que las invisibles faltas frente a las que Joanna reaccionaba todavía lo parecían más en comparación con la desproporción de su reacción, y, en consecuencia, la necesidad de expiar sus excesos, cuando no el arrepentimiento, alimentaban permanentemente el vínculo, lo incrementaban mediante los pagarés de una deuda que nunca terminaba de ser pagada porque crecía siempre en la misma proporción.    

Hacia el final, el narrador nos pone al día con su vida. Fui a la universidad, e hice una de esas carreras, no reconocidas con ningún título académico, que consisten en pasar por los primeros cursos de varias facultades. Han pasado más de veinte años desde la última vez que vio a Joanna, ahora vive en Madrid, es padre de dos hijas y trabaja en la radio como locutor de un programa que recibe llamadas-denuncias telefónicas de gente con necesidad de desahogarse y que no puede ir al psicólogo. Una noche, atiende la llamada de una chica que habla sobre su padre, y dice esto: Me habló de masajes que su padre le daba de niña, sentado a horcajadas sobre ella, de su pene erecto, presionándole la espalda desnuda, cuando él se echaba hacia delante para frotarle los hombros… Me habló de una hermana menor, por la que llamaba, a la que descubrió sentada desnuda con él en un sofá… El narrador-locutor trata de que esta mujer haga pública la denuncia, pero ella sólo dice: Sé pero no he visto. Discuten por un momento y aunque sabe que debe dar paso a otras llamadas, el tipo insiste con más preguntas hasta que sucede esto: Entonces se remontó a la estrecha relación que su padre mantenía con su propia madre, su abuela, y a su sospecha de que fue esta la que lo había iniciado en las costumbres contra natura que reproducía con sus hijas, y me habló de una hermana de su padre, a la que nunca conoció, que, según le había relatado una vieja tata que aún vivía en Fort-de-France, había consumido la totalidad de su corta vida huyendo de él. Hasta que, a punto de casarse con dieciocho años, horas después de descubrir en la cama de su madre a quien iba ser su marido, había rasgado una sábana de esa misma cama, había atado un extremo a su cuello y otro al balcón y había saltado.

Sin que MGT lo mencione, sabemos que Joanna muere a los dieciocho años, ahorcada, su cuerpo meciéndose de un lado para el otro como un péndulo bajo el balcón de la habitación de su madre; confirmamos que su madre y su hermano se querían de todas las formas y en todas las posiciones; suponemos que su hermano trató de acostarse con ella y que, quizás, lo hizo más de una vez; asumimos que, gracias a los cariños de la mamá de Joanna, ese hermano se ha convertido en un hombre sádico y traumado y salvaje, un cobarde depredador sexual que abusa de sus propias hijas; nos enteramos de que la mamá de Joanna se acostó con quien tal vez era su única manera de escapar y sólo nos queda imaginar con terror qué otras cosas semejantes ocurrieron entre ellas. Sin que MGT lo mencione, vemos a Joanna rasgando la sábana todavía caliente, enrollándola en su cuello, atando el nudo. Vemos a Joanna llorando.

11.11.2014

Nolan, Borges y una señora con ganas de orinar


La señora, que debe tener más de sesenta años, se prende con fuerza del sillón reclinable en la sala VIP de un cine congelado dentro de un centro comercial. La señora tiene el cuerpo, desde el torso hacia arriba, echado hacia delante, hacia la pantalla, y las piernas recogidas debajo de su cintura. La señora podría o no estar temblando, eso no queda claro, pero la luz de la pantalla tiembla sobre su cara cuando la señora le dice a su esposo tengo ganas de hacer pipi, pero no me puedo ir. La señora está viendo Interstellar, la nueva película de Christopher Nolan, que dura tres horas.

En 2008, cuando se estrenó The Dark Knight, Christopher Nolan pasó de ser un director-para-cinéfilos interesante y atrevido e ingenioso a ser una especie de fenómeno pop intelectual. Nolan hizo de Batman una obra de arte, una pieza de entretenimiento tan seria que se prestaba y se prestó y se prestará para todo tipo de análisis: cinematográficos, filosóficos, políticos, psiquiátricos, existenciales. A mí me cambió la vida porque, a partir de The Dark Knight, empecé a leer comics y a tomármelos en serio y supe que lo que había hecho Nolan, con sobra de méritos, era la continuación de una larga y oscura y perturbada tradición de justicia inalcanzable y sed de venganza.

La señora mira la pantalla del cine como una niña pequeña miraría, desde la ventana del ático de su casa, una batalla en el cielo. Tiene los ojos muy abiertos y hace varios gestos con la boca: se muerde los labios en señal de intriga, saca la lengua en señal de asombro, empina los labios en señal de cuestionamiento o deliberación (o, quizás, de un aburrimiento pasajero). Pero hay un momento en que la señora desenrolla sus piernas y suelta el sillón y deja caer su cuerpo hacia atrás. Es cuando Matthew McConaughey descubre que está en otra dimensión y flota detrás de la biblioteca del cuarto de su hija. O, mejor dicho, cuando Matthew McConaughey flota dentro de Relativity, el cuadro que el holandés M.C. Escher dibujó en 1953 y que bien podría explicar sin palabras la tesis científica de Interstellar. En ese momento, la señora toma una decisión que, teniendo en cuenta sus circunstancias, es de vida o muerte. La señora decide aguantarse las ganas de orinar.

Después de The Dark Knight, en 2010, se estrenó Inception, y se estrenó también una especie de debate. Se dijo que con Inception, Nolan, más o menos, se graduaba como el gran director de nuestro tiempo o por lo menos de los tiempos que corren en Hollywood. Se lo comparó, claro, con Kubrick, pero esta comparación, dependiendo del contexto y de quien la haga, puede ser lo mismo un halago que un insulto: Kubrick, que sin duda habita todavía varias dimensiones al mismo tiempo, tenía mucha forma y mucho fondo y hasta sentido del humor, pero de lo que se dice feeling tuvo poco: Barry Lyndon, Eyes Wide Shut y, claro, la lenta y dolorosa y melódica muerte de HAL 9000 en 2001. Cuando vi Inception pensé que sí, el argumento era pretencioso y engorroso y sobregirado, pero inteligente, y sí, la puesta en escena, la realización de ese argumento, era una hazaña en sí misma (los cuatro Oscars que ganó fueron en categorías técnicas), y sí, es verdad, poca gente con la popularidad y la capacidad de recaudación de Nolan se hubiese atrevido a hacer algo así, pero su porcentaje de feeling era demasiado bajo: no había nadie a quien se pudiera querer, ningún personaje que me preocupara genuinamente, ningún lazo emocional. Volví a verla meses después, en casa, lejos de la histeria colectiva, y, sin el menor asomo de culpa o sentimiento de derrota, tiré la toalla antes de la primera hora.

Durante media hora, quizás más, la señora que debe tener más de sesenta años no produce sonido alguno ni mueve las partes de su cuerpo: ni un pie, ni un cabello, ni una uña. La señora permanece atrapada, cautivada, conmovida. Cuando descubre, cuando todos los que estamos en ese cine congelado descubrimos que en Interstellar el tiempo es circular y sentimental, que “ellos” son o somos nosotros, la señora suelta un suspiro y por un momento parecería estar a punto de llorar, pero no llora, sólo le dice a su marido ah, ok… ya entendí, Mi Rey. Minutos más tarde, cuando la película vuelve a la ciencia y a la acción, la señora inhala largos trozos de aire y ese aire pasa por entre sus dientes y suena como la voz de las serpientes. La señora recuerda sus ganas de orinar, pero se las aguanta como macha.

En una de las muchas discusiones post Inception, un gran amigo y gran cineasta me dijo que Nolan era como Borges, o sea, que Inception podría ser un cuento de Borges y que era increíble que él, Nolan, lo hubiese llevado al cine con tantos millones atrás. Y sí, las agallas de Nolan como productor son innegables, pero una película no sólo tiene que ser grande y desafiante, una película necesita alma. Ahora bien, ¿Borges tenía alma? Recordemos que pasó casi toda su vida en una biblioteca, que vivía con su madre, que –según yo– supo lo que era enamorarse pero no necesariamente lo que era el amor, que –según yo– una de las cosas que lo unió a Bioy Casares más allá de la literatura y el té y las galletas fue poder vivir a través de él lo que no escogió o no tuvo tiempo de vivir por sí mismo: fuera de las páginas, Bioy fue el Tyler Durden de Borges, y viceversa. Pero sí, claro que sí, Borges tenía alma, y de sobra.

Vamos a poner sólo un ejemplo: El Aleph, uno de los tantos cuentos de Borges que podría considerarse una pieza breve de ciencia ficción. El Aleph comienza con La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió. Borges, o el Borges de El Aleph que también se llama Borges, está perdidamente enamorado de Beatriz Viterbo y sólo unas líneas más adelante, en el mismo primer párrafo, dice esto: Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Y ahí están: alma, vida y corazón. Y ahí está una supuesta eternidad dedicada a la memoria de un amor no correspondido, lo que no deja de ser un romance, platónico pero romance, que ocurre en dimensiones paralelas. Y ahí, en ese cuento, en un sótano de la calle Garay, está el punto donde se unen todos los puntos del universo. Borges era melancólico y romántico, quizás más lo primero que lo segundo, y en Interstellar Nolan es sin duda ambas cosas.

Mientras veía Interstellar, sentado junto a la señora que se aguantaba las ganas de hacer pipi, pensaba que antes de rodar Inception alguien –posiblemente los ejecutivos de Warner– debió haberle dicho a Nolan que el guión era demasiado enredado para un gran público y que por eso existía Ariadne, el personaje interpretado por Ellen Page cuya única función, tempranamente fastidiosa, era explicarnos, una y otra vez, lo que estaba pasando en la película. Y también pensé que después de Inception, esas mismas personas debieron decirle algo como bueno, ahora necesitamos que en tu próxima película haya gente que se parezca a la gente. Porque Interstellar será todo lo intelectual que quieran, y también gasta mucho tiempo en explicaciones que –para seguir borgeando– se bifurcan entre los diálogos de los personajes principales, pero es también romántica y a ratos se le va la mano: los críticos gringos, por ejemplo, coinciden en que tiene mucho corn y en que es una cinta corny.

Interstellar es muchas cosas, un reto, una clase, una advertencia, una esperanza, y también es una película de amor: del amor de un padre por sus hijos (en el caso de los personajes de Matthew McConaughey y Michael Caine ese amor no puede ser más evidente y desesperado), del amor a la memoria de un planeta que fue nuestro hogar pero no existe más (en las tomas “documentales” que según el propio Nolan son un tributo a Reds, la magnum opus de Warren Beatty), del amor que un ser humano puede sentir por su oficio (el sólo hecho de embarcarse en una misión espacial que quizás termine desintegrada en la infinidad del espacio), pero sobre todo del amor por los demás, por esas miles de familias de las que habla Matthew McConaughey cuando lo acusan de actuar con egoísmo. Interstellar explica sin miedo y sin piedad las razones por las que la vida de los otros es realmente lo que le da sentido a nuestra propia vida.

Matthew McConaughey vuelve a subirse a una nave, vuelve a despegar, y la pantalla se oscurece. Las luces de la sala VIP de un cine congelado dentro de un centro comercial se encienden gradualmente. En cuanto aparecen los créditos, la señora se levanta con la agilidad que le permiten sus más de sesenta años, baja las escaleras prendida del pasamanos, sus ojos se fijan en los escalones para no tropezarse. La señora va repitiendo buenísima, buenísima, buenísima.    

11.05.2014

Después del cine


Mi primo nació en enero de 1993, tres meses antes de que yo cumpliera los doce años de edad. O sea que, más que un primo, fue un hermanito menor, un juguete, un hijo prematuro.

Su familia y la mía siempre han vivido en países distintos, pero nos las hemos arreglado –a veces en contra de nuestra propia voluntad– para estar juntos de cualquier manera porque, lo sabemos, somos lo único que tenemos en este mundo. Y, como suele pasar en las mejores familias, nos queremos hasta cuando nos odiamos. O por lo menos yo lo siento así.

Cuando mi primo era un niño pequeño y yo era un adolescente, pasé varias temporadas en su casa. Él y su hermano mayor, a su vez diez años menor que yo, eran mis roommates, mis amigos, mis compañeros de juego. Con ellos, gracias a ellos, aprendí inglés y visité no sé cuántas veces el Museo Metropolitano de Arte y el Museo de Historia Natural y el Bronx Zoo de Nueva York. Durante años, Manhattan fue para mí una ciudad donde sólo vivían niños y los padres de esos niños, donde sólo había McDonald’s para ellos y tiendas de discos para mí. Un lugar inocente y divertido.  

A finales de los ’90, cuando se hizo pública la noticia de que habría una nueva entrega de Star Wars y los juguetes volvieron a estar en las perchas de Toys R Us, usé en mis primos el poder de La Fuerza y los manipulé de tal manera que la casa se llenó de naves –X Wings y el Halcón Milenario, obvio–, muñecos, máscaras y sables laser. En 1999, cuando cumplí los dieciocho y finalmente se estrenó el Episodio I (el mejor de esa malditísima trinidad, ¿no?) los llevé a ver la película por lo menos cinco veces al cine que quedaba a pocas calles de donde vivíamos. Estaba seguro de que esa iniciación los haría mejores personas, y creo que no me equivoqué. Caminaba con un niño prendido de cada mano a lo que sentía era el comienzo o más bien la continuación de una tradición familiar: un ritual sagrado.

*
Cuando mis primos visitaban mi pueblo se quedaban con sus padres en casa de mis abuelos, en el centro de Portoviejo, pero mi familia y yo íbamos a verlos todos los días o casi todos los días y al final de esos días ellos pedían, rogaban, chillaban por irse a dormir a nuestra casa. Querían dormir conmigo y lo que hacíamos era esto: uníamos las dos camas que había en el cuarto que solía compartir con mi hermano antes de se fuera a la universidad y nos acostábamos allí los tres, mis dos primitos y yo.

Una noche, mi primo menor se despertó de repente. Estaba llorando y todo, el sudor en la espalda, la baba en los labios, el terror temblando en su mirada, indicaba que estaba regresando de una pesadilla terrible. Lo cargué en mis brazos y lo saqué del cuarto para que no despertara a su hermano. El pobre estaba muerto del miedo y me pedía a gritos que lo llevara de vuelta a casa de mis abuelos para poder dormir con sus padres; pero era demasiado tarde y yo, que habré tenido quince o dieciséis años, sabía que esa no era una posibilidad: primero, tendría que despertar a un montón de adultos que roncaban y, segundo, esos adultos pensarían que se trataba de una emergencia cuando en verdad, lo sabía, no era nada.

Con mi primo en brazos, mojándome el pecho con sus lágrimas, bajé las escaleras y di vueltas por la planta baja de la casa diciéndole que todo estaba bien, que nos volviéramos a dormir, que yo estaba con él y nada malo podía pasarle. Así, de la sala al comedor. Así, del comedor a la cocina. Así, de la cocina a la entrada principal, junto a la escalera. Así, de la escalera a la sala. Y así hasta que poco a poco, después de treinta minutos o más de llanto sostenido y gritos desgarradores partiendo la oscuridad, su voz se fue calmando, sus aullidos se volvieron sollozos y sus lágrimas dejaron de salir. Luego nos acostamos en un sofá de la sala, él encima de mí y yo apoyando el mentón en su pelo sudado y revuelto. Conversamos. Empecé a preguntarle cosas de la mitología de Star Wars, de la casa de los abuelos, de lo que había visto en mi pueblo, y él me respondía cada vez más bajito y más incoherente hasta que cayó de nuevo en un sueño profundo. Me quedé un rato ahí, echado en el sofá con mi primo dormido sobre mí, mirando el techo, pensando que lo que había hecho, lo que había logrado, era quizás la mayor hazaña de mi vida: había rescatado a mi pequeño primo del terror, lo había tranquilizado hablándole al oído y finalmente lo había devuelto a la paz del sueño de un niño. Todo el asunto me parecía, y era, increíble.

*
Ahora ese primo tiene veintiún años, el cuerpo de un atleta y es bastante más alto que yo (lo cual, supongo, no es ningún mérito, pero el chico es alto en cualquier circunstancia y si tratara de cargarlo me rompería la espalda). De nuevo, y por una temporada corta, estamos compartiendo casa. A estas alturas, cada uno tiene su vida o por lo menos está intentando construir una vida, pero igual pasamos todo el tiempo que podemos juntos. Él es mi cable a tierra, mi lazo con la realidad, mi guía en este siglo. Él trata de que yo vaya al gimnasio y yo trato de que él lea. Él, refiriéndose a mis músculos flácidos, ridículos, inexistentes, me dice you gotta talk to them, command them to grow. Yo, refiriéndome a su mente brillante y todavía en expansión le digo reading is like going to the mind gym, pero no he logrado mucho que digamos: así, asumo, es como debe sentirse también mi padre en ciertas ocasiones. Dicho esto, hemos conseguido progresos no menores: vemos series de alto contenido nutricional en Netflix –la última fue House of Cards, que nos enganchó a los dos con la misma fuerza– y vamos harto al cine.

La semana pasada fuimos a ver The Judge, con Robert Duvall y Robert Downey Jr.: la historia de un abogado exitoso, famoso por defender y salvar a los culpables de la cárcel, que tras la muerte de su madre regresa a su pueblo, donde su padre ha sido juez por más de cuarenta años, para pasar el duelo junto a la familia. Como no podía ser de otra manera, padre e hijo no tienen la mejor relación del mundo y buena parte de la película se resuelve en diálogos de violencia emocional que van sacando, uno a uno, los trapos al sol: los reclamos, las justificaciones y los ajustes de cuentas se suceden uno detrás de otro durante toda la cinta.

Podría decir mucho sobre The Judge, que por cierto es la primera producción de Team Downey, la compañía que Iron Man y su esposa acaban de montar para desarrollar proyectos para el cine y la TV. Podría decir que sin Duvall y Downey Jr. al centro, sería una película a ratos cursi y capaz trasnochada y muy necesitada de atención. Podría decir que es predecible pero al mismo tiempo verdadera: you don’t need a weatherman to know which way the wind blows. Podría decir que a veces dan ganas de mirar para otro lado porque uno siente que se está metiendo donde no lo han invitado. Podría decir que todos los pueblos chicos se parecen. Podría decir que tiene moraleja pero no es moralista o necesariamente moralista. Podría decir que al final van a salir satisfechos. Pero lo que en verdad quiero decir es que The Judge es, también es, una película sobre la vejez y sobre la decadencia del cuerpo y la mente y sobre la voluntad del orgullo. Con esto quiero decir que es una película sobre el final.

Hay una escena que me marcó, quizás para siempre. Robert Duvall, que enfrenta un juicio con cargo de asesinato y es defendido por su hijo pródigo, está enfermo de cáncer en etapa terminal y se ha sometido a varias semanas de quimioterapia; está débil y a veces sufre furiosos ataques de demencia senil. En esas condiciones, y en calzoncillos y camisetilla, lo vemos arrastrase hasta el baño para vomitar. Su hijo, Downey Jr., alcanza a escuchar las arcadas del padre y entra al baño para ayudarlo. El viejo, que no logra llegar a tiempo a la taza del retrete, se vomita encima y el joven-aún lo convence de que se meta a la ducha para lavarse. Entonces lo levanta y, camino a la ducha, los intestinos del viejo fallan y su calzoncillo y sus muslos y sus pantorrillas y sus pies y la alfombra del baño se llenan de mierda. Luego, en la ducha, el hijo, completamente vestido, lava a su padre que está desnudo con la regadera y el agua que al principio parece el lodo de un jardín sin césped se va esclareciendo. Al final de la escena, mientras padre e hijo montan una coartada para impedir que la pequeña hija del hijo, es decir, la nieta del juez, entre y los descubra haciendo lo que están haciendo, nos damos cuenta: eso es la vida.

*
Mi abuela murió meses antes de cumplir los cien años. Su partida fue tan discreta que, según mi padre, sus enfermeras tardaron en darse cuenta de que ya no respiraba: nadie se alarmó, parecía que estaba dormida. Mi abuelo murió tres meses después, antes de cumplir los noventa y seis; fue un hombre que siempre hizo lo que le dio la gana y cuando le dio la gana de morirse pues dejó de comer y de tomar sus medicinas y se murió. Su mudanza de este mundo al otro tampoco fue escandalosa, se retiró mientras conversaba con mi tía, su única hija, que le sostenía la mano y le acariciaba las arrugas. Ella trataba de conversar con él, le preguntaba por su trabajo, por los recuerdos de su juventud, quizás hasta le preguntaba por mi abuela, y él le respondía cada vez más bajito y más incoherente hasta que el alma le salió por la boca en un suspiro y los labios se le pusieron morados.

Mis primos, mis hermanos, mis padres, mis tíos y yo hemos visto envejecer a nuestra gente. Hemos visto cómo el cuerpo va perdiendo sus facultades y su independencia; cómo cada día aumenta el número de pastillas, en la mañana, a la hora del almuerzo, en la cena, antes de dormir; cómo aparecen los bastones, los andadores, las sillas de ruedas, los carritos eléctricos; cómo en la lista de compras, de pronto, junto a los nombres de los vegetales, están las palabras pañales desechables; cómo llegan las enfermeras, primero a medio tiempo y luego a tiempo completo; cómo las visitas de los doctores se vuelven más y más frecuentes, a todas horas y con todo tipo de inyecciones; cómo se confunden los rostros y los nombres y el pasado y el presente se vuelven una sola cosa indescifrable; cómo tenemos que responder siempre a las mismas preguntas y subiéndole el volumen a nuestras palabras; cómo llega el momento en que un ser humano reconoce y acepta y dice que ha vivido demasiado, que ya es hora de irse. A mí, por ejemplo, me gustaría hacer lo que hizo mi abuelo: mandar a todo el mundo al carajo y morirme cuando me de la gana, quizás también siguiendo los pasos de mi amor. 

Esa noche, después de ver The Jugde en el cine, sólo podía pensar en la vejez y en lo que me tocará ver de aquí en adelante. En el auto, camino a casa, le dije a mi primo: Dude, that’s gonna be us soon, we’ll be taking care of our parents. Y él me dijo: Don’t even mention it. Luego se hizo un silencio largo hasta que le dije now we know why you were born twelve years after me, so you can take care of me when I’m old. Y nos reímos como para volver a la superficie. Esa noche, por primera vez desde que llegué a la casa desde donde escribo esto, nos dimos un abrazo antes de que cada uno fuera a su cuarto a dormir.  

10.28.2014

Appuntes (writer’s commentary track)


Escribí esta columna para SoHo. Pensaba postearla la semana pasada, pero volví a leerla y me sentí mentiroso, chanta y llorón, tres cosas que seguramente soy pero que detesto. Entonces pensé en esta opción: publicar –¿o debería decir compartir?– la columna pero con mis propios comentarios entre párrafo y párrafo. Quizás sea un despropósito. Pero como dicen en No Country for Old Men, “I’m fixin’ to do something dumber tan hell, but I’m going anyways”. Aquí vamos.

1) No tengo Facebook. No tengo Twitter. No tengo Instagram. Ergo: no existo. No soy nadie. El sueño de la soledad es, hoy por hoy, demasiado fácil de alcanzar: mantente fuera de las redes sociales. Eso es todo. Antes, los escritores huraños tenían que refundirse en lo alto de una montaña o en el último peñasco de una isla o en la mitad de un bosque frondoso o en el mugroso hotel de algún pueblo olvidado del África para, digamos, dejar de existir y vivir en paz. Pero eso era antes.

Miento. No tengo Facebook, pero sí tengo. Me explico: uso el Facebook de Los Pescados (esa banda que cada vez se parece más a un mito urbano, en la que toco la batería). Lo uso, sobre todo, con tres propósitos. Uno: buscar a escritores que me interesan y leer los artículos que ellos recomiendan, que suelen ser varios al día y muy buenos (lo mismo con amigos en los que confío como si fueran dealers de palabras, de música y de videos). Dos: anunciar cada actualización de este blog (eso sí, una sola vez y respondiendo a los comentarios –pocos, es cierto– cuando haya posteado algo nuevo) Tres: para tomar descansos mientras trabajo.

No tengo oficina. Trabajo solo en una habitación y mis recreos son cortos paseos al baño o a la cocina para buscar nueces o un vaso con agua en los que, obvio, no me encuentro con ningún colega como para preguntarle cómo va su día o si se va a divorciar o para burlarnos juntos del jefe mientras fumamos y tomamos café. Entonces, cada tanto, cuando me bloqueo, cuando me aburro, cuando no sé por dónde van los tiros de lo que estoy haciendo, abro el Facebook de Los Pescados, y miro.

Me entero de chismes. Doy likes. Comparto cosas. Me meto en los perfiles de las chicas que me parecen interesantes o simplemente guapas para ver fotos; también, claro, veo los perfiles de las chicas –pocas, es cierto– con las que he salido, pero, aunque no me crean, lo hago menos, muchísimo menos de lo que yo mismo pensaría, ya sea porque la memoria me resulta fría y distante o porque aún no se ha enfriado del todo ni se ha alejado lo suficiente; y también veo los perfiles de amigos a los que les perdí la pista qué rato y que, a juzgar por sus comentarios, han sido bendecidos, todos y cada uno de ellos, con los niños más lindos del mundo y las esposas más comprensivas del mundo y los trabajos más gratificantes del mundo.

Pero, en general, veo tonteras. Hoy, por ejemplo, leí una entrevista a Margarita Rosa de Francisco que francamente no me interesaba y también las “siete razones por las que una persona se queda en una relación que lo hace infeliz”. O sea, perdí el tiempo. Pero también para eso sirve el tiempo, ¿no? Y perderlo, o la sensación de que lo estás perdiendo, te hace buscarlo. Por eso, para mí, Facebook funciona de maravilla como break: a los diez o quince minutos de estar ahí digo esta huevada es una pérdida de tiempo y, furioso y culpable, con un renovado sentido del deber, vuelvo a lo que estaba haciendo. Hasta que, una o dos horas después, abro el Facebook de nuevo y me mando otra dosis de quince minutos hasta que digo esta huevada…

Ahora bien, no miento sobre el Twitter (bueno, un poco, Los Pescados también tienen Twitter y debo reconocer que alguna vez lo usé como stalker, pero la verdad, como dicen por ahí, “no me da la raza”, espiar a una persona con la que tuviste algo me da asco, aunque pienses en ella todo el día, no hay excusas; en fin, no es lo mío y creo que uno sólo termina enterándose de cosas de las que es mejor no enterarse) ni el Instagram ni la soledad.

En febrero pasado se cumplieron diez años de la invención de Facebook. Aunque las redes sociales existían desde antes (no tuve Hi5 ni MySpace, pero sé que existieron), Facebook,  qué duda cabe, fue la que cambió el juego (ya lo dijo la ranchera: no hay que llegar primero pero hay que saber llegar), la que logró lo que las otras no pudieron: reunir al mundo, a todo el mundo, en un solo lugar aunque ese lugar en el que tanta gente pasa tanto tiempo y donde pasan tantas cosas, en la práctica, no exista.

Al principio, yo fui de los que pensó que las redes sociales, en general, eran congresos de gente solitaria en busca de la aprobación de los demás. Y fui de los que dijo: es patético. Y fui de los que dijo: me parece triste. Y fui de los que dijo: ¿yo?, jamás. Pero el tiempo me ha demostrado todo lo contrario. Los solitarios, a propósito o no, somos los que estamos al margen de las redes sociales, los que no nos enteramos de nada, los que, cuando nos preguntan ¿por qué no fuiste a la fiesta?, respondemos porque no me invitaste, cabrón, y recibimos, junto a una mirada cargada de sospecha e incredulidad, estas palabras: loco, todo el mundo sabía, estaba en Facebook.     

Desaparecer. Desconectar. No existir. Es mucho más sencillo que antes. Pero con la dificultad se fueron también un poco del glamour, del misterio y del sentido de la aventura.

2) Desaparecer ya no es un truco de magia ni una estrategia de marketing. Cualquiera puede hacerlo. Todo depende del teléfono que tengas o, mejor dicho, de las cosas que ese teléfono pueda hacer por ti. Y una de esas cosas, quizás la más popular o por lo menos quizás la más utilizada, es WhatsApp. Tampoco tengo WhatsApp. O, como dirían en mi pueblo, “casi no tengo”. Se supone que mi teléfono es inteligente, cosa que dudo mucho, pero mi plan no incluye megas y en los tiempos que corren, qué duda cabe, los megas son muchísimo más importantes que el saldo.

No tengo autoridad ni moral ni académica ni práctica para decir que WhatsApp es la aplicación más usada en el mundo: esta afirmación proviene de simples observaciones en la vida cotidiana. Como tampoco tengo iPad (aunque tengo ganas de tener), no sé cuál es la aplicación más popular entre las aplicaciones. Sólo intuyo.  

Esta columna, originalmente, se llamó “Estado: sólo me conecto cuando hay WI-FI”.  Hasta hace muy poco esa era mi situación, sólo chateaba por WA cuando estaba en casa, es más, ni siquiera me molestaba en conectarme en lugares con WI-FI gratis. Esta situación ha empeorado. Ahora, mientras paso una corta temporada fuera del país, ni siquiera tengo encendido mi teléfono. Podría tener WA pero desde que llegué, como si me hubiera llegado una orden desde el cielo, resolví no activarlo. Cuando estoy lejos, me gusta sentir eso: que estoy lejos. De todo. De todos. Me gusta sentir la distancia y que esa distancia sea algo tangible, que esa distancia suceda. Esto no quiere decir que no extrañe, que no sienta melancolía, que no me den ganas de volver. Significa que hay momentos en la vida en los que el aislamiento es valioso y necesario y hasta diría que indispensable. Y este es uno de esos momentos.      

3) El punto es que sólo me conecto al chat cuando tengo señal Wi-Fi. De todos mis pecados virtuales, que son hartos y en su mayoría abominables e innombrables, él único que califica como imperdonable es no estar disponible en WhatsApp todo el tiempo. Amigos y enemigos, familiares y colegas, novias y vaciles, me lo reclaman a diario. ¿Cómo se me ocurre? ¿Qué clase de persona soy? ¿En qué mundo vivo?

En este párrafo sólo me arrepiento de lo siguiente: novias y vaciles, me lo reclaman a diario. Son líneas vanidosas, algo machistas y harto exageradas. No es que no me lo hayan reclamado, es que miento cuando digo que me lo reclaman a diario: pero bueno, a veces uno escribe columnas como escribe canciones, es decir, para que calcen, para que rimen, para que cobren sentido y provoquen emoción.

El resto es cierto. Nadie, o casi nadie (me refiero a los extraños, no a mis amigos)  puede creer que no tenga WA. ¿Cómo se me ocurre? Todo lo contrario, más bien no se me ocurre, eso es todo. ¿Qué clase de persona soy? Un gran amigo solía decirme que soy technically challenged, o sea que, en cuanto a tecnología se refiere, sufro de una severa discapacidad que me hace prácticamente inútil y absolutamente dependiente de la bondad de los extraños para realizar las tareas más básicas como compartir archivos que pesan demasiado o bajar música y películas. Soy ese tipo de persona: lo confieso y lo admito con cierto orgullo porque me hace sentir libre o no del todo encadenado. ¿En qué mundo vivo? Esa es una pregunta más complicada (supongo que algún día, lejos, en el futuro, leeré estas cosas y tendré alguna noción del mundo en el que viví, por más vaga y manipulada por la nostalgia que esta sea). Pero estamos hablando del WA y eso simplifica en algo el predicamento. Ahora mismo, vivo en un mundo donde nada me parece tan urgente o importante como para enviarle una foto a alguien en un mensaje de WA. Un mundo en el que hay otras cosas que hacer y el tiempo apremia. Un mundo unlpugged que yo he escogido, en parte, porque sé que se trata de algo temporal. Un mundo, entonces, que acabará pronto y que me siento en la obligación de aprovechar hasta el último segundo aunque ese segundo no sea otra cosa que la cima de una montaña de silencios.   

4) Creo que soy el único ser humano sobre la faz de la tierra que todavía manda mensajes de texto (y, dicho sea de paso, que no chatea con sus amigos ni les manda fotos cuando está de viaje). Desde que apareció el WhatsApp, los mensajes de texto han optimizado su razón de ser, diría yo, hasta la perfección. Como enviarlos cuesta “una fortuna”, la gente los piensa, los medita, los razona: no hay tiempo, ni dinero, para el hueveo. “Tal cosa, a tal hora, en tal lugar. Chau” Con eso basta. Es un prodigio de sencillez.

No, no mando fotos ni chateo por teléfono cuando estoy de viaje: ni siquiera en los extremos más puntiagudos de la soledad, acostado en la litera de un hostal, cuando el corazón salta entre las espinas del abandono; me parece que no tiene sentido, si estás en otro lugar, concéntrate en ese lugar, no lo pierdas de vista, descúbrelo, ya luego habrá tiempo para contarlo. Existe una excepción para lo primero: si voy al concierto de una banda que simboliza algo importante para alguien que a su vez ha sido importante en mi vida, le mando (al mail, ojo) la foto de la entrada al concierto (porque tampoco grabo videos ni tomo fotos durante los shows, o sea, si ya pagué la entrada prefiero ver lo que fui a ver con mis propios ojos, no en la pantalla de mi teléfono, que dicho sea de paso es una mierda). Y lo hago para decir algo como esto: hermano, aquí estoy, he llegado a la ceremonia, y tú estás aquí conmigo.      

Y sí, mando mensajes de texto. De hecho, de un tiempo acá, es todo lo que mando, y ni siquiera tantos. Y sí, me parece que ahora que la gente –me incluyo, por supuesto– no quiere pagar un centavo por nada, los mensajes de texto son valiosísimos: la capacidad de síntesis, el orden de las prioridades, la claridad de la redacción, todas estas son cualidades que, en mi corta y amorfa experiencia, no se encuentran por ningún lado en el WA. Incluso la ortografía, que cada día es ultrajada por miles de millones de usuarios de WA en el mundo, mejora en los mensajes de texto (una vez salí con una chica con la que pude haber salido por más tiempo pero tenía tan mala ortografía que no pude continuar… no estoy bromeando) De pronto, los mensajes de texto son un asunto formal al que hay que presentarse bien vestido. De seguir existiendo, los mensajes de texto serán los haikus de nuestro tiempo: en ellos no habrán palabras engreídas ni superfluas, imágenes exageradas o reacciones histéricas, prolongaciones inútiles o discusiones absurdas. Los mensajes de texto, si logran sobrevivir por lo menos entre alguna especie de hermandad sagrada de guardianes que se reduzca a un miembro por continente, lograrán por fin encontrar la manera en que debemos llamar a cada cosa.

5) Ahora bien, en ciertas situaciones y para conseguir ciertos fines, el hueveo es clave en la vida. Me queda claro que el WhatsApp es el sitio de ligue de este siglo, donde la gente se conoce, se conecta, se gasta bromas: coquetea con descaro y perversión protegida por una breve distancia que puede romperse con facilidad cuando el deseo se establece como mutuo e incontenible. ¿Se puede tener sexo sin WhatsApp? Varios amigos, adictos al chat, me han puesto la pantalla de sus teléfonos en las narices diciendo, “esta huevada es el infierno”, pero ahí siguen, acumulando millas en su vida horizontal.

¿Cuántas parejas han roto su relación de años y años por culpa de un mensaje de WA? ¿Cuántas parejas han construido una relación de años y años por culpa de un mensaje de WA? ¿Cuánta gente interesada en el sexo casual ha conseguido parejas eventuales para encuentros eventuales sin recargo emocional gracias a un mensaje de WA? ¿Cuántas personas que alguna vez tuvieron algo y fueron algo el uno para el otro y ahora, cada cual por su lado, con sus respectivas familias, con sus vidas diametralmente distintas entre sí, mantienen la cuota necesaria de fantasía que necesitamos los seres humanos para vivir en este valle de lágrimas gracias a un mensaje de WA? ¿La gente ama más y mejor o simplemente tira más y mejor desde que existe el WA?

Hay, también, crímenes inevitables. Hace poco, en un bar, estuve con un grupo de veinteañeros. Estaban todos reunidos alrededor de la pantalla de un celular colocada, claro, horizontalmente. ¿Qué veían? ¿Qué más? Las fotos que una ex le había mandando a uno de ellos. Fotos explícitas, primerísimos primeros planos de partes rasuradas. Y, claro, yo también las vi. Pero, no sé, pasado el morbo instantáneo, me entró como un ataque de moral. Esa podría ser mi novia. Esa podría ser mi hermana. Esa podría ser mi mejor amiga. Y ya no quise ni pude ver más. Fue como cuando era adolescente y miraba una porno a escondidas en el cuarto para masturbarme. Después de la eyaculación, de sostener y estirar esa telaraña pegajosa entre los dedos, sentía culpa: la culpa, como tiene que ser, ha disminuido considerablemente con los años, pero ese día, en ese bar, junto a esos chicos por lo menos diez años menores a mí, volví a sentirla. Quizás, es como dijo el viejo Bob: either I’m too sensitive or else I’m gettin’ soft.

6) Haciendo números, capto que mi vida sexual también ocurre sólo cuando tengo señal de Wi-Fi. Personalmente, me gusta la nueva costumbre de enviar fotos. La facilidad con que la gente se desnuda, se toca, posa, se toma un selfie porno y te lo manda es algo que me asombra, me conmueve, me excita. Es, claramente, una señal de evolución y generosidad. Las mujeres se toman fotos sin hacerse de rogar ni pedir nada a cambio.

Ok, esto, comparado al comentario anterior, puede sonar contradictorio. Pero ojo, una cosa es recibir fotos en tu teléfono, para consumo interno, digamos, y otra muy distinta mostrárselas a tus panas en un bar.

Cuando alguien que no te importa demasiado te manda sus fotos desnuda, hay, más allá de lo evidente, un cruel pero divertido juego de poder: quieres saber hasta dónde sería capaz de llegar. Quieres saber qué está dispuesta a hacer, si seguirá tus indicaciones al pie de la letra, si en la mitad de la noche se paseará sin ropa por su casa y se tomará fotos sobre cada mueble, si en plena discoteca se encerrará en el baño y hará una sesión fotográfica privada, si durante un almuerzo familiar pondrá el teléfono bajo la mesa. ¡Qué se yo! Es, insisto, más juego que otra cosa: la fantasía de tener el control, de poseer, de ordenar. Y sí, me sorprende la facilidad con que cierta gente, sobre todo la gente joven (“sobre todo la gente joven”, ¿qué chucha acabo de decir?, I’m not sensitive or soft, I’m just gettin’ fuckin’ old, man) se desnuda frente a las cámaras. Yo no lo haría, pero, then again, a nadie le interesa verme desnudo.

Por otro lado, cuando los desnudos vienen de alguien que no sólo te gusta sino que te importa, alguien con quien tienes algo, alguien que significa algo, alguien a quien extrañas y deseas de todas las maneras posibles, son, en mi humilde opinión, pequeñas obras de arte. Ahí está, como diría Oscar Wilde, el rostro de tu deseo. Ahí están, también, los hombros descubiertos de tu deseo, los muslos recogidos de tu deseo, los pechos duros de tu deseo, el ángulo húmedo y caliente de tu deseo, el culo perfecto de tu deseo. Ahí está, y es tuyo. Y no lo puedes creer. Y ésta quizás sea la mejor forma de practicar la fantasía: por un lado, deseas lo que estás viendo pero no puedes tocar y, por otro, sabes que podrás tocarlo pronto, tal vez en cuestión de minutos, cuando ella llegue a tu casa o cuando lleguen a la playa o cuando se encierren en un hotel. En otras palabras, lo tienes todo: el deseo, la figura del deseo y el cumplimiento de ese deseo. All you need is love… and, well, a smartphone.    

7) No existo porque le tengo miedo a la tecnología. Creo que no sabremos cuándo parar y que, cuando lo sepamos, ya será demasiado tarde. Toda la literatura y el cine de ciencia ficción, cuyas profecías se han ido cumpliendo una a una desde Julio Verne hasta James Cameron, nos reservan un final desastroso de sometimiento y esclavitud. Aún así, sé que la mía es una causa perdida. No quiero estar tan solo: quiero ser capaz de estar solo cuando quiera estar solo, y ya. Más tarde que temprano tendré un iPhone, tendré Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp y quién sabe qué más. El caudal del mundo me está arrastrando. Algún día existiré y seré feliz. Como toda esa gente en todas esas fotos.

Cada vez que un amigo genuinamente preocupado y afligido por mi estilo de vida desenchufado me habla de la última maravilla tecnológica disponible en el mercado, como para ver si me animo a entrar en este siglo, le respondo con la misma frase: estamos a dos semanas de Terminator, bro. Sí, además de ser uno de esos que dice cosas como “hay una aplicación que te dice dónde está el mejor noodle bar en Bangor pero no hay vacunas para el cáncer de mamas”, tengo miedo de que, en efecto, algún día llegue el rise of the machines.

En agosto del año pasado, el New Yorker publicó O.K., Glass, un testimonio escrito por el gran Gary Shteyngart. El texto resumía la experiencia del escritor usando por unos días las ya célebres y terroríficas gafas de Google. Lo leí, lo juro, porque se trataba de Shteyngart, mi interés en las gafas era tan poco que no hubiese logrado mover ni un solo tejido en mi retina. Al final, me quedó claro: es hora de empacar y partir hacia lo más alto de una montaña o hacia el último peñasco de una isla o hacia la mitad de un bosque frondoso o hacia un cuarto en el mugroso hotel de algún pueblo olvidado del África. Las gafas de Google son el fin de la civilización y yo quizás esté demasiado viejo para ver fotos en el celular de un veinteañero sin escrúpulos pero ciertamente soy demasiado joven para morir. El futuro está aquí. Y ya sabemos cómo terminan todas las películas que hablan sobre el futuro: el planeta estalla en mil pedazos que se confunden con las estrellas del espacio exterior y, claro, todos mueren.  
Pero sí, el caudal del mundo me está arrastrando. ¿Se puede ser periodista sin tener un smartphone? Parece que no. ¿Quién nos leerá sino la gente a la que le llegue un link? Parece que nadie. ¿Puedes enamorarte y confiar en alguien sin antes ver las fotos que sube a su cuenta de Instagram? No, ni se te ocurra, qué peligro. Pero es verdad, no quiero estar tan solo, me basta con escoger los momentos en los que quiero estar solo.
  
“Algún día existiré y seré feliz. Como toda esa gente en todas esas fotos.” Fuck. Odio esta frase y me disculpo de todo corazón por haberla escrito. En su momento, me pareció que era un buen final, un final con punch, con power. Pero no, ni lo uno ni lo otro ni nada semejante. Son palabras que buscan compasión y esas son el peor tipo de palabras.  

Aquí estoy. Existo. Soy feliz: no siempre porque qué pereza.
Y no necesito fotos que lo demuestren.

Y ya. Suficiente por hoy. Necesito un break. Voy a entrar al Facebook de Los Pescados un rato. Hace unos días escuché el Ghost in the Machine de The Police y me prometí a mi mismo que la próxima vez que mi hermana o mi cuñado postearan una foto de mi sobrina –que, por supuesto, es la niña más linda del mundo– mi comentario sería el siguiente: Every little thing she does is magic.