6.20.2016

Diálogo


Eres la persona más rara con la que he estado. ¿Yaaa? En serio, no te cacho. Creo que ya cachamos, así le dicen en Perú: cachar. No seas bobo, ya sabes de lo que estoy hablando. No, la plena que no, ¿de qué me estás hablando? Ya, no te hagas el imbécil. Te juro, ni idea. No sé, es como que, o sea, ¿qué quieres? ¿Ahorita?, dormir, luego podríamos ir a comer algo, ¿tienes hambre? ¿Estás casado? No. ¿Tienes novia? No. ¿Vives solo? Sí. Creo que has pasado mucho tiempo solo. De ley.

¿Te gustó?, estuvo medio raro, ¿no? Estábamos muy borrachos, tranqui. Te pusiste condón, ¿verdad? Sí, ahí está, en el piso. ¿Son mis tetas?, ¿son muy grandes?, a veces me duele la espalda, y cuando estoy arriba tengo que estar como súper arriba, ni siquiera te podía besar, ¿cachaste? Caché. Eres un niño. Son grandes, pero son divertidas, todo bien. Tenías los ojos cerrados. ¿En serio? Sí. No me di cuenta. Yo sí. ¿Te gusta con los ojos abiertos? Me gusta que me vean. Sorry. ¿Estabas pensando en alguien más?

¿Tienes tabacos?, ¿fumas? No, a veces, cuando me pego un trago, pero poco, casi nada. Pobrecito. ¿Por? Yo he dejado de fumar, una vez pasé más de un año sin pegarme ni una pitada, ¿cacha?, y cuando no fumas y besas a alguien que sí fuma es como si estuvieras besando un cenicero, es como pasarle la lengua a un cenicero, horrible, perdón. No te preocupes, no me di cuenta. No seas mentiroso, a lo último ya ni me besabas. Estaba concentrado en otra cosa. ¿En otra persona? No, en otra cosa. ¿Terminaste? Es una forma de decirlo.

Yo también he pasado tiempo sola, bastante, pero nunca tanto. ¿Cuánto es tanto? No sé, seis meses, un año, o más, es demasiado. Yo he estado solo más que eso, creo. ¿Sin sexo? Con sexo, a veces hasta amarrado con alguien o vacilando con alguien, pero solo. Qué triste, no deberías. No lo hago a propósito. Parece que sí. ¿Cómo? Yo compré el trago, yo dije bacán, vamos a tu casa, yo te dije que quería dormir aquí, yo te besé primero, yo te quité la ropa, tú no hiciste nada, ¿te das cuenta? Tú tomaste la decisión, supongo.  

Tu cuarto es como el cuarto de un niño: muñequitos, carritos, ese poster de Superman, por favor, ¿cuántos años tienes? Hey, es Christopher Reeve, el mejor Superman de todos los tiempos, show some respect. ¿Quieres tener hijos? Una vez quise, ahora no sé. No entiendo, ¿o sea que ya no? He conocido gente con la que me han dado ganas de tener hijos, de formar un hogar, como dicen, pero ahorita no conozco a nadie que pueda soportar o que quiera soportarme. ¿Quieres que me vaya? No dije eso. Pero no me soportas. Tampoco dije eso.

Cuando vivía en La Paz tenía un novio, un chamito como de veinticinco que se moría por mí, pero mal, vivíamos juntos y todo, cuando me regresé a Quito le dije que se quedara, o sea, le dije que se fuera, que saliera de Bolivia, que estudiara, que viajara, que se metiera con más gente, no sé, me dio pánico que viniera como a seguirme, que viniera sólo por mi, ¿cachas?, el man me watsapea todos los días, cuando estamos solos almorzamos juntos, qué lindo, ¿no?, y qué miedo, ¿crees que soy una cobarde? Todos lo somos, igual no creo que lo hayas querido tanto. ¿Cómo sabes? Se nota. Lo quería, creo que estaba enamorada de él, pero no quería cagarle la vida, es un pelado, un niño. Cuando uno está enamorado, perdido, no piensa en las consecuencias, no piensas en que de hecho te pueden cagar la vida o en la cantidad de daño que le puedes hacer a otra persona, te la juegas, con todo, hasta el final. ¿Tú te la… cómo dijiste? ¿Si me la juego hasta el final? Eso. Casi nunca.

(SoHo)

     

6.13.2016

El triunfo de la voluntad


It keeps you running

- Jackson Browne -

Cuando uno escoge ver un documental que se llama We Are Twisted Fucking Sister! asume un par de cosas: un grupo de pelados de los suburbios gringos se la toma en serio, adopta la estética y el sonido correctos en el momento correcto, trepa en la efervescencia de una década frívola, la pega, la rompe, tienen un hit increíble, alguno o varios de esos manes tienen problemas con el alcohol y las drogas, alguno o varios de esos manes nunca conocieron a sus padres y se entraban a puñetes con los novios de sus madres, alguno o varios de esos manes se casan con una modelo que también es actriz, todos se divorcian, en cierto momento la banda se desintegra o está a punto de, luego vuelven, se desintoxican y graban su mejor disco y cuando parece que vivirán para siempre los 80’s se acaban y ellos terminan tocando en bares donde venden alitas de pollo. Y todo bien: no puede haber demasiadas biopics de rockeros. Pero lo mejor de esta cinta, escrita y dirigida por el casi anónimo Andrew Horn (The Nomi Song), es que los momentos que damos por sentado, esas escenas que podemos adivinar y predecir, nunca llegan. Uno espera ese primer concierto gigante donde tocan We’re Not Gonna Take It para cientos de miles de personas y conquistan el mundo, esa entrevista donde alguien dice queríamos experimentar con nuestro sonido, madurar como músicos, pero la gente sólo quería escuchar la puta We’re Not Gonna Take It, pero esa canción nunca suena.   

We Are Twisted Fucking Sister! ocurre entera antes de la fama. Aunque arranca con un prólogo bastante convencional, la banda en un show emblemático y enseguida un flashback hacia los años de formación, toma un camino poco común que se va revelando a medida que la historia avanza sin avanzar realmente y pensamos bueno, y estos manes, ¿a qué hora es que la van a reventar? Andrew Horn se la juega como los grandes y hace de toda la película un segundo acto que se alarga como una conversación que empieza en la noche y termina en la madrugada. El guitarrista Jay Jay French y el cantante Dee Snider, que dicho sea de paso son abstemios, toman el control del grupo, toman la decisión de ser músicos profesionales y darle con todo. Twisted Sister conquista un circuito nada despreciable de bares en todo el país, forman una base importante de fans e inesperadamente inspirados en Bowie, Lou Reed y The New York Dolls llevan el look glitter al siguiente nivel. Twisted Sister arranca tocando covers de Mott The Hoople pero también de AC/DC y de Zeppelin y sus conciertos están llenos de provincianos que sólo quieren escuchar covers y tomar cerveza. Twisted Sister camufla sus propios temas entre el repertorio y alguien pregunta de quién es esta canción y alguien más responde no sé, pero sí la he escuchado. Tocan para 10 personas y luego para 500 personas y después para 2000 personas y creen que el siguiente paso, el eslabón lógico en la biografía de una banda de rock, es tocar para un millón de personas. Pero no.

La historia de Twisted Sister es también la historia de una maldición. Cada vez que están a punto de conseguir un contrato con una disquera pasa algo terrible: el guitarrista se desmaya y termina en el hospital, el ejecutivo que les ofreció un contrato nunca vuelve a aparecer, el sello que finalmente los graba se declara en bancarrota –literalmente– al día siguiente de haberlos firmado. Mientras tanto, como todos los que se parten el lomo trabajando porque creen que al final de todo ese esfuerzo habrá una recompensa, porque me dijeron que si me sacaba la puta la vida me iba a premiar, Twisted Sister toca seis, siete veces a la semana en esos bares en los que están cansados de tocar y les ordenan a sus fans que los destruyan y sus fans arrancan los excusados del piso y los inodoros de las paredes y los ductos de aire acondicionado del techo. Los fans se llaman Sick Motherfuckers y sí, claro, están un poco enfermos y seguramente más de uno tiene sexo con su madre. En sus mejores noches destruyen afiches de Saturday Night Fever y fotos gigantes de John Travolta. Entonces sabemos que el director también está filmando la historia de los fans porque qué es una banda sin la gente que se aprende sus canciones, nada o menos que nada, un grito que se despliega en el espacio y que luego tiene que recogerse a sí mismo para guardarse en el vacío. Y qué es una persona sin una banda, poco menos que un cuerpo sin alma. La gente quiere que sus bandas triunfen porque alguien tiene que triunfar, chucha, alguien, alguno de nosotros, ellos.

Todo esto sucede más o menos entre 1972 y 1983, más de diez años pensando para qué chucha seguimos tocando para qué chucha seguimos tocando para qué chucha seguimos tocando, y ocurre, también, en dos formatos: los testimonios de los miembros de la banda, que son los primeros en sorprenderse con su propia historia, y toneladas de material de archivo, se nota que Twisted Sister grababa todos sus shows para enviárselos a disqueras multinacionales porque además alquilaban limosinas para que los duros fueran a sus conciertos y hasta hacían shows privados con todo el maquillaje, todas las luces y todo el repertorio para una sola persona si era necesario. Es más, ellos mismos, no la disquera, no los promotores de un concierto, no los publicistas sino ellos mismos, compraban tiempo en el aire a las radios para que pusieran sus canciones. Lo que pasa es que tenían todo en contra: decir que su música era genérica e insegura, que no terminaba de superar el cambio de década y al mismo tiempo se desesperaba por predecir el futuro, es llenarla de halagos, y decir que sus letras eran los diarios de un adolescente que quiere convencerse de que tiene más problemas de los que realmente tiene sería decir que eran como los poemas de Rimbaud. Pero esta no es una historia sobre música ni sobre arte ni mucho menos sobre vanguardia, esta es una variación del viaje del héroe que jamás se les habría ocurrido ensayar a Carl Jung o a Joseph Campbell: los héroes que siguen ahí cuando los demás se han ido, cuando hacer lo que hacen significa una manía grotesca y ridícula, cuando tus amigos han seguido adelante con su vida, han crecido, y tú insistes en ser eso que dijiste que eras cuando eras chiquito. La alegría está en la lucha, dijo Ghandi.

Andrew Horn, el director, entiende que hay mitos que superan a los personajes, que se aprovechan de nosotros para existir porque mal que mal una historia necesita un protagonista, y es así como filma. Sin excesos ni estridencias, algo que debe ser difícil tratándose de una banda que corrió toda su carrera con tacones y delineador. Tampoco hay, y esto es aún más admirable, el deseo morboso de hundir el dedo en la herida y bañar al público en sangre. Muy al contrario, la estética propia del documental es sobria y respetuosa y uno capta desde el principio que quien sea que esté contando esto se lo toma en serio: esta circunstancia une al director con la banda, como si estuviera diciendo para ellos nunca fue una broma. Incluso los testimonios se sienten como las observaciones lúcidas de un grupo de viajeros en el tiempo. Jay Jay French, el guitarrista, es un poco rudo y cabreado y quizás tenga cuentas pendientes con la vida, pero nunca tanto como para producir una mentira porque ni falta que le hace. Mientras que Dee Snider, el cantante, el compositor, practica sus anécdotas con una claridad estructural tan refinada que sólo nos queda pensar que, después de Twisted Sister, pasó una temporada en una escuela de refinación en Suiza. La gran lección aquí sería que una buena historia no requiere mayor intervención, que el verdadero trabajo de un artista es hacerse a un lado de su propio camino y dejar que aquello que lo emocionó pueda encontrarse con los demás.    

6.06.2016

La cuarta pared



Hay en el pueblo un dolor silencioso y paciente, que se encierra en sí mismo y calla.
Pero hay también un dolor a flor de piel: rompe en lágrimas y desde ese instante se va en lamentos.

Dostoyevski–

Dicen que si hubiera sido un viernes a las tres de la tarde se moría medio Portoviejo.


La casa está en el camino a Picoazá, unos metros más adelante de la gruta de San Cristóbal y de la iglesia de cemento donde se le piden milagros al santo patrono de los choferes. El primer piso es una especie de departamento que parecería estar enterrado en la tierra. El segundo piso tiene diez metros de largo y tres metros de alto. Antes del terremoto, la fachada de la casa era una pared hecha de ladrillos interrumpidos por tres ventanas. Esa pared ya no está. Los ladrillos empezaron a caerse uno a uno la noche del sábado 16 de abril entre las 18h58 y las 18h59. Durante más de una semana, la casa no tuvo rostro. ¿Qué harías si un día, después de un terremoto, se te cae la cara? Quedaron las paredes de los lados, la pared de atrás y el techo, que es de caña. Desde la calle, la casa parecía el escenario de un teatro. Cuando todos estaban durmiendo parecía una pintura.


Dicen que la gente ya no sabe si está temblando de verdad o de mentira.


En la casa viven Jaqueline Navarrete, sus hijas Nadeline, de 12 años, y Oriana, de 6 años; su esposo, que maneja un triciclo a pedal y trabaja transportando alimentos entre los mercados de Portoviejo, y Sonia Rodríguez, su madre, que tiene la pelvis fracturada. Sonia estaba asomada a la ventana del centro cuando el mundo empezó a moverse más de lo normal. Quiso caminar hasta la puerta y quiso bajar por la escalera de tablones de madera que conecta la planta alta de la casa con la calle, pero no alcanzó, dio unos pasos hasta el pequeño balcón que está a un costado y se lanzó desde ahí. En la casa tienen la costumbre de comer temprano, almuerzan antes del medio día y meriendan antes de las seis de la tarde, por si nos pasa algo, comidas aguantamos más, dice Jaqueline, desde que yo me conozco con mi mami siempre ha sido así. Sonia cayó sobre la tierra dura y polvorienta que rodea la casa.


Dicen que parecía el fin del mundo. ¿Estás listo para el fin del mundo?


En la sala de la casa hay cuatro sillas de madera que tienen el respaldar y el asiento forrados de tela, la tela es de color rojo y a su vez está forrada de plástico transparente: la piel sudada se adhiere al plástico y, cuando se remueve, el pellejo se estira como si la silla se lo hubiera tragado. Hay, arrinconadas a cada extremo, dos mesas pequeñas en las que la familia se acomoda para comer. Hay una refrigeradora Indugama de color crema que ha sido bastante manoseada. Hay una máquina de cocer antigua de color negro marca Super Dumton, con su propia mesa y esos cajones estrechos y profundos en los que entra todo. Hay varios muñecos de juguete, bebés de plástico, varias figuras del Divino Niño y decoraciones de navidad, todo cubierto de polvo, ruinas de hace mucho antes del terremoto. Desde el terremoto las mujeres y los niños duermen en la sala, por si acaso.   


Dicen que comenzó suave y que de ahí paró un ratito y que de ahí empezó feisisísimo y que uno parecía títere.


Sonia, la madre de Jaqueline, es viuda, su esposo, Aladino Navarrete, murió electrocutado mientras trabajaba en una construcción. El accidente sucedió en 1999 y fue entonces cuando los patrones de Aladino construyeron las paredes de ladrillos de la casa porque antes todo era de caña. Las paredes que dividen la geografía interior, tres habitaciones y una cocina más bien estrecha, todavía son de caña y siguen paradas. Jaqueline, sus hijas, su hermana Targelia y los hijos de ella, Jonathan, de 5 años, y Yahir, de 10 meses, hacen siesta sobre un catre de paja por las tardes. El terremoto sorprendió a Targelia y a sus niños en la casa. Jonathan tiene una herida profunda en el talón del pie izquierdo: un ladrillo saltó de la pared y lo lastimó mientras trataba de correr hacia la calle, donde estaban sus padres. Le cogieron puntos pero él se los sacó con los dedos de las manos y a nadie parece importarle que se los haya sacado.


Dicen que no se podía caminar porque la tierra te jalaba.


Esa noche habían comido bistec de pescado con arroz y plátano asado. Para llenarnos bien, dice Jaqueline, por eso es que yo aquí tengo es pura gordita. Los niños de la casa, los hijos de Jaqueline y los hijos de Targelia, son criaturas delgadas. A Oriana –nombre que se robaron de una telenovela cuyo título no pueden recordar– le gusta bailar salsa: mueve los hombros, los brazos y las piernas como si estuviera corriendo en el aire. Su madre dice que la llevará a la televisión para que se haga famosa, pero es una broma. Jonathan tiene una cometa, todos los niños de por aquí tienen una cometa y todas las cometas son iguales: están hechas con fundas plásticas, una funda grande como vela y varias fundas pequeñas atadas entre sí como cola. Cometas temblando encima de las cercas de las otras casas. ¡Dale piola, oe, dale piola! Cometas enredadas en los cables eléctricos.    


Dicen que ser manabita es un orgullo pero que ser portovejense es una bendición.


La casa estuvo abierta entre el sábado 16 y el domingo 24 de abril. Ese día, un camión del ejército se detuvo frente a ellos y los militares les entregaron una malla publicitaria en la que aparece un plato humeante de fanesca casera de Las Menestras del Negro, la cadena quiteña de comida rápida tradicional. Cortaron una cuerda en varios pedazos y perforaron el extremo superior de la malla para poder atarla a uno de los troncos que sostienen el techo. Doblaron el extremo inferior en el piso de la sala y le pusieron ladrillos encima para fijarlo en el suelo. ¿Qué se siente tener piel sintética en la cara? Durante el día, levantan un par de ladrillos y recogen un poco la malla para ganar algo de luz. Podrían subir por las escaleras y saltar hacia la sala. Pero no. Suben por las escaleras y aunque resulte inútil entran por la puerta y si alguien se olvida de cerrarla alguien se acuerda de gritar cierra la puerta, oe.


Dicen que en Portoviejo los maestros son arquitectos, ingenieros y cualquier otra cosa que necesite.     


Cristian, el sobrino de Jaqueline, tiene 13 años y vive en la casa de al lado, donde también se les cayó una pared, la de atrás. Cristian vive con sus padres y con sus abuelos y por las tardes desgrana mazorcas de maíz con un rallador de metal: los granos son para los 24 pollos que crían en el patio trasero. Dice Cristian que fue como cuando Gokú, el héroe de Dragon Ball Z, se transforma en Súper Saiyan, que el cielo se puso verde, que la tierra estaba caliente, que las piedras se levantaban del suelo y que de las nubes bajaban como unos rayos de candela. Cristian pensó que se trataba de un sueño: para él, lo realmente sorprendente fue descubrir que estaba despierto. Cristian me pregunta cuáles son mis apellidos y cuando le respondo dice que esos son apellidos de rico. Cristian me pregunta cuánto me pagan por escribir esto y yo le miento. Una gallina da vueltas alrededor de la casa. Cristian y yo nos fijamos en algo que cuelga de su pico. Es como peludo, me dice Cristian. Luego baja las escaleras corriendo y comienza a perseguir a la gallina. Cristian regresa emocionado, tiene los ojos grandes y el asombro atravesado en el rostro. Se estaba comiendo una rata y le arrancó la cabeza, me dice sonriendo.


Dicen que el centro de Portoviejo olía a muerto como hasta el lunes.


Jaqueline se para en el filo de la sala, que es también el filo de la casa. El sol inventa las sombras que entran en la sala a medida que avanza la tarde, figuras de una oscuridad tan sólida que cuesta creer que sean capaces de moverse. Jaqueline habla con uno de sus vecinos. Mejor dicho, grita. Grita sólo él se va a beneficiar, nosotros, ve, nada… sí, él, porque él vende la revista en Quito y hace plata, allá no tenemos ni cómo ir a buscarlo, mejor que nos haga la pared, ¿diga? Luego me mira, fija sus ojos en mi libreta de apuntes, mira a su hermana Targelia, le dice ahí está anotando que nosotras gritamos, y suelta una carcajada. Targelia apenas sonríe con la boca cerrada. Jaqueline tiene las rodillas raspadas y esas heridas se están cubriendo de costras. Le pasó al otro día, el domingo, tratando de perseguir a un camión que estaba repartiendo alimentos. Uno andaba hasta psicoseada, dice.


Dicen que cuando te preguntan dónde estabas tú ya sabes que te están hablando es de ese día. ¿Dónde te cogió?


Al día siguiente recogieron los ladrillos que se habían caído y los amontonaron frente a la casa. La primera semana fue la más larga. Las mujeres y los niños dormían adentro, detrás de las sábanas que colgaban donde ahora está la malla de Las Menestras del Negro, y los hombres, el esposo de Jaqueline, algún vecino y algún familiar, dormían en un colchón de los 101 Dalmatas echado en la tierra, entre la casa y la calle, haciendo turnos para estar de guardia. Se acostaban a eso de las 11 de la noche. Antes se acostaban más temprano porque cuando hay mucho trabajo en el mercado los hombres salen en sus triciclos desde las 3 de la mañana y no vuelven sino pasadas las 7 de la noche. Pero esa semana, aunque salían antes del amanecer, no había trabajo ni en el mercado ni en ningún otro lado. En cada “carrera”, el esposo de Jaqueline gana $1,50 o $2,00 dólares como máximo.        


Dicen que cuenta vas a apagar el celular, que lo tengas prendido así no te entren las llamadas.


A la hora del almuerzo, las madres se acomodan en las sillas o se sientan en el piso y les dan de comer a los niños más pequeños. El señor que les vende el pescado no ha vuelto a aparecer desde ese día y lo que hay en la casa es caldo de hueso con verduras. El niño come una cucharada, la mamá come otra y luego, en orden aleatorio, cada miembro de la familia se acerca al mismo plato y se roba una o dos cucharadas. La única que come en su cuarto es Sonia porque pasa todo el día acostada boca abajo, como le ordenó el doctor, viendo televisión. Si el niño pequeño ya no quiere comer, el plato pasa a las manos de sus hermanos mayores o de quien tenga hambre. El choclo se lo comen al final, una mazorca rebanada que reparten entre todos: cuando terminan, lanzan los trozos a la calle, alguno se pierde entre los ladrillos amontonados. Jaqueline y Targelia lavan los platos en una lavacara, el agua es turbia y espumosa, cuando terminan, lanzan el agua a la calle y riegan los ladrillos que antes eran su pared.


Dicen que la gente todavía no puede dormir.
  

Los boinas rojas son la tropa de élite del ejército ecuatoriano, un grupo de operaciones especiales entrenado para cumplir misiones de alto riesgo. Los boinas rojas están por todo Manabí. Están en las calles con sus uniformes de mangas largas y sus armas pegadas al pecho. Jaqueline los ve y vuelve a pararse en el filo de su casa y vuelve a gritar. Oiga, ¿ustedes son los que andan repartiendo ayuda? El boina roja que se voltea para mirarla levanta la mano como si estuviera deteniendo el tráfico y le pide que se calme. No, no están repartiendo ayuda, están requisando automóviles y motocicletas, buscando quién sabe qué. Jaqueline, que quiere su pared de vuelta o ayuda para su madre facturada, no obtiene ninguna respuesta. Tampoco insiste. Vuelve a su cuarto y se echa en la cama a descansar. El tráfico se detiene frente a la casa y el polvo de la calle trepa hasta la sala.


Dicen que todos conocíamos a alguien que murió ese día.


La noche del sábado 16 de abril colapsaron 120 edificios en 157 manzanas de la ciudad de Portoviejo. Jaqueline y su familia no lo supieron hasta el domingo, cuando, como la mayoría de habitantes de la capital de Manabí, alcanzaron a ver la verdadera magnitud de la tragedia: el domingo nos dimos cuenta de que lo que había pasado era terrible y de que lo peor era que nos había pasado a nosotros. ¿Lo sentiste? Esa noche, la gente caminaba por el medio de la calle, se subía a los autos de los extraños y decía por favor llévenme a mi casa, con mi familia. En el centro había una nube de polvo y la gente caminaba esquivando los escombros y gritando los nombres de las personas que se les habían perdido: algunas nunca respondieron. Cinco días después el polvo seguía en nuestra boca, se prendía del paladar y se asentaba en la garganta. Nunca he estado en una ciudad bombardeada, pero debe ser así.


Dicen que primero tuvieron miedo de que la casa se les cayera encima y después tuvieron miedo de que el piso se abriera y la tierra se los tragara. 


En la refrigeradora hay fundas de hielo que venden a 25 centavos y fundas de agua que venden a 15 centavos; también venden cigarrillos Líder a 40 centavos cada uno. Antes del terremoto no vendían nada. Con eso nos ayudamos, dice Jaqueline. Cada tres o cuatro días, una camioneta en la que viajan civiles que están repartiendo ayuda pasa por la casa y les deja un racimo de plátano, botellas personales de agua, fideos, mantequilla y aceite. El resto es la incertidumbre. El gran problema de vivir al día es permanecer eternamente atrapado en el presente. Esta familia no puede hacer planes a largo plazo. No piensan en cambiarse de casa porque no tienen dónde ir. No piensan en ponerse zapatos: las plantas de sus pies se están volviendo amarillas y están desarrollando ese cuero grueso que les permite a los campesinos caminar sobre las piedras. Están condenados a su destino.


Dicen que la gente ya no quiere trabajar porque tiene raciones para siete meses.


La casa está como blanda, dice Jaqueline. Al principio, la gente que pasaba se detenía a mirar el interior de la casa, que estaba perfectamente ordenado y donde la vida seguía transcurriendo porque no había otro remedio, una vida expuesta a los demás, vulnerable, frágil, casi pública. ¿Seguirías haciendo todo lo que haces si todo el mundo pudiera ver lo que estás haciendo? La basura de la casa se reúne en el piso de la sala. Targelia lava una toalla y la exprime sobre el piso de la sala. El pequeño Yahir pasa largos ratos sentado en el piso de la sala porque nadie tiene tiempo para cargarlo en brazos. En las paradas de bus hay una leyenda que dice “7,8 grados sacudieron a Portoviejo, 300.000 almas de acero lo levantan”. Es lo que queremos creer. Es lo que tenemos que creer. Es lo que creemos. ¿Qué hacemos con estar tristes?, me pregunta Jaqueline. 


Dicen que es mejor no salir de noche hasta que las cosas se calmen pero nadie sabe cuándo nos vamos a calmar.  


La pared de la casa empezó a caerse ladrillo por ladrillo hasta derrumbarse por completo.  La cara de la ciudad sigue desprendiéndose desde las raíces. Nos encontramos en la calle, nos saludamos, nos damos un abrazo, conversamos y nos despedimos diciendo qué bueno saber que tú y tu familia están bien. Nos reunimos y conversamos pero nadie se atreve a poner música. Nos tomamos un trago, pero nadie se atreve a emborracharse. Estamos parados frente a lo que no tiene nombre. Estamos unidos. Esas cosas que siempre habían estado allí ya no están, esas cosas que eran como un retrato de nuestra vida han desaparecido. Estamos asustados. Ya no queda ningún lugar sagrado.

(Mundo Diners)