6.29.2015

Fare Thee Well (un tributo)


Me fui. No le dije nada a nadie. Sólo lo hice. Me paré y me fui. Se sintió bien. Ahora que lo pienso, hace rato que no me sentía tan bien, tan libre. Subí a mi auto y manejé siete horas en la dirección equivocada. ¿Hay alguna dirección correcta? ¿Algún lugar donde deba estar? No creo. ¿En casa, con mis hijos? Ya es muy tarde para eso, ellos, mal que mal, saben el padre que tienen, y saben que no están solos. ¿En la oficina? Cuando el viejo me dijo que yo era su ballena blanca, que por fin me había pescado: en ese momento me perdió.

Y yo me perdí. Me perdí por voluntad propia, que es la mejor manera de perderse. Tengo dinero, tengo tiempo, y no me veo mal. Lo que tengo, creo, es carácter; personalidad, para bien o para mal. A veces, incluso, creo que soy un personaje en una serie de televisión y que mi destino no depende enteramente de mí. Es una buena sensación esa de creer que alguien más se está haciendo cargo de ti, que alguien, en algún lado, está escribiendo la próxima escena. A mí ya no me quedan escenas, creo. No me quejo. La pasé bien, aunque hice mucho daño.

La gente piensa que uno hace las cosas después de haberlas pensado por un rato, que uno actúa con conocimiento de causa. En rigor, la gente piensa que uno sabe lo que hace.  No es así. La mayoría de veces uno no tiene tiempo para pensar. La mayoría de veces uno ni siquiera actúa, sólo reacciona. Y cuando reaccionas, cuando explotas, las esquirlas salen volando y lastiman a los inocentes. Los daños colaterales no son culpa mía, ¿o sí? Podría hacerme responsable por los efectos secundarios, por haber abandonado y dañado a tanta gente que me quiso. Pero no más que eso.

He solucionado las cosas como mejor he podido, con dinero, con whisky, con mujeres. Lo sé. Pero, créanme, sólo quería zafar, y zafé. Me escapé de todo eso que alguna vez fui. Manejé para encontrar una mujer que a lo mejor ya no existe porque quería estar con ella, empezar una vida, otra vida. Pero no estaba. No está. No siempre te sale. Las cosas fallan más de lo que uno quisiera. Terminé durmiendo en un motel, solo, y una noche, después de haberme emborrachado con ellos, unos militares retirados entraron a mi cuarto y me acusaron de haberles robado su dinero. Me dieron en la cara con una guía telefónica. Duele.

Después de eso cometí otros errores. Más que errores, hice cosas que no tenía por qué hacer, cosas para distraerme, para no pensar demasiado. Viajé solo, pero un hombre, vaya donde vaya, lleva toda su vida encima, ¿recuerdan? Puedes borrarte, desaparecer, pero no puedes deshacer lo que hiciste o decir que no dijiste las cosas que dijiste. Lo peor, sin duda, es no poder parar de pensar, de recordar, de dudar. No hay dinero suficiente para eso. Una vez firmé un cheque por un millón de dólares, se lo entregué a una mujer y le dije quiero que tengas la vida que mereces. En realidad, estaba tratando de comprarme algo de paz. No funcionó.

Al final me quedé solo. Pudo ser peor. Todavía podría ser peor, supongo. Al principio me dio miedo, mucho miedo; entendí, quizás por primera vez en mi vida, que nunca había estado solo. Pero se me pasó, se me está pasando, ¿pasará? Estoy en una especie de comuna en lo alto de una montaña desde donde se ve el mar más azul que jamás hayan visto. Estoy rodeado de gente que no conozco y que no sé si quiero conocer, pero ayer un tipo contó una historia, dijo que había tenido un sueño en el que estaba dentro de una refrigeradora, que la gente abría y cerraba la puerta y la luz de la refrigeradora se prendía y se apagaba cada vez; al final dijo que nadie, nunca, lo escogía, y se puso a llorar. Su historia me llegó y hace rato que nada me llegaba. Me levanté y lo abracé. Lloré con él. Y se sintió bien. Como si me estuviera vaciando.

Es un buen momento para estar solo. Ojalá dure. Me fui para dejar atrás todo lo que odiaba de mí mismo. Desaparecí para poder aparecer en otro lado. Y aquí estoy. Quizás me encuentre, quizás no. Tal vez estoy más perdido que antes. No lo sé. Es bueno no saber. Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.    
              

6.22.2015

Lo que haremos para no estar solos


Le diremos te quiero a gente que no queremos. Llamaremos a esa gente y le diremos te extraño, quiero verte, te necesito, aunque sea mentira, aunque no tengamos ganas de ver a esa gente ni extrañemos a esa gente ni, muchísimo menos, necesitemos de esa gente. Aunque sí, vaya que estamos necesitados. Marcaremos ese número que siempre contesta y hablaremos con esa gente que siempre contesta y esa gente vendrá a nuestra casa o nosotros iremos a la suya y mentiremos y mentiremos y mentiremos hasta que esas mentiras se conviertan en sexo. Cuando todo haya terminado, cuando todo haya terminado varias veces, daremos un abrazo y sabremos que al final todo lo que buscábamos era eso, un abrazo, pero pronto, muy pronto, demasiado pronto, ese abrazo nos dará asco y será una prisión de la que saldremos con cualquier excusa. Entonces volveremos a mentir. Y diremos que no, que no acabamos adentro, pero que por favor tómate la pastilla. Y diremos que sí, que siempre usamos condón. Y diremos, también, que nos han pasado cosas, que hemos conocido otra gente, pero que nada ha sido realmente importante. Y nos aprovecharemos de la gente que nos quiere, que siempre nos ha querido, que ha traicionado a sus parejas por nosotros: la gente que sería capaz de dejarlo todo en cualquier momento para ser nuestra por toda la vida. Y usaremos la tristeza de esa gente para nuestro beneficio, para sentirnos acompañados. Y allí, sólo allí, en ese momento de vanidad, seremos honestos por unos minutos y diremos que estamos tristes y que nos sentimos solos y que nos cuesta salir de la cama por las mañanas y que tomamos pastillas para dormir por las noches y también por las tardes y que pasamos el día más o menos drogados, con las cortinas corridas, escondiéndonos del sol hasta que cae la noche y podemos mentirnos de nuevo, decir que sí, que lo logramos, que sobrevivimos a otro día, que mañana las cosas serán distintas, que nosotros seremos personas distintas aunque tengamos la boca llena con las mismas pastillas de la noche anterior y las traguemos con mucha agua y digamos, de nuevo, otra vez, mañana, mañana sí, mañana voy a levantarme temprano y voy a hacer ejercicio y voy a ponerme al día en el trabajo y voy a llamar a mis amigos y si no es mañana será pasado o la próxima semana pero pronto, pronto, conoceré a alguien que será la luz de la que ahora estoy corriendo. Volveremos a mentirnos. Volveremos a mentir. Diremos cualquier cosa que quieras escuchar. Escucharemos. Escucharemos en silencio y sin mucha atención. Escucharemos mientras pensamos en cualquier otra cosa. Escucharemos sólo con los ojos (¿puedes ver que están vacíos? ¿puedes distinguir una mirada que tiene detrás a un hombre de una mirada que no tiene nada detrás?). Escucharemos mientras pensamos nada de lo que me estás diciendo me importa realmente. Escucharemos para tenderte una trampa. Escucharemos y diremos sí, no, más o menos, no te creo, ya, increíble, lo siento mucho. Diremos un par de cosas, no muchas, igual nada será cierto. Sólo escucharemos hasta que llegue nuestro turno de hablar. Tú dirás algo y nos harás reír y veremos tu sonrisa, y, esto es cierto, tendremos ganas de querer esa sonrisa, de enamorarnos de esa sonrisa, de que esa sea la sonrisa que nos acompañe todos los días, esto es algo que intentaremos con todas nuestras fuerzas, aunque no parezca, aunque todas nuestras fuerzas sean estar desnudos debajo de una sábana, sin movernos, pensando. Esas son, en serio, todas nuestras fuerzas. Y diremos podría quedarme aquí, esta podría ser mi casa, este podría ser mi hogar, podríamos construir algo juntos. Pero al final, horas o días después, nos iremos o inventaremos cualquier cosa para que te vayas. Y diremos fue lindo verte. Y diremos tranquila, todo va a estar bien. Y diremos la pasé increíble, veámonos pronto. Y diremos gracias, gracias por todas esas cosas que me dijiste, en serio. Pero no recordaremos nada. 

(SoHo

6.16.2015

Bros


Uno de los Deadheads más instruidos que conozco me dijo que para entender el talento y el aporte del guitarrista Bob Weir a la identidad musical de Grateful Dead hay que pasar horas, días o hasta meses enteros acostado entre parlantes, fumando marihuana hasta quemarte los labios, tratando de escuchar qué es eso –todo eso– que pasa detrás y al lado y también por encima de los solos de Jerry García. Bob Weir es, sin duda, el mejor segundo guitarrista en la tradición psicodélica que salió de San Francisco a finales de los 60’s. Quizás porque nunca consideró el ritmo como la unión de las partes sino como un todo: un lugar en el que caminas, respiras y te mueves con naturalidad.

Claro, existen y ya existían Los Beatles, donde cada uno tenía su papel bien definido aunque a veces jugaran a cambiarse los zapatos; Los Stones y esa competencia asumida a todas luces entre el músico y el rockstar, entre el guitarrista y el cuerpo celeste; y hasta los hermanos Allman si alguien hubiese podido competir con el viejo Duane, pero ni siquiera Clapton estuvo a la altura. La diferencia, que recuerda un poco a la dinámica comunal de The Band (esa conversación folk a las orillas de un río), es que Bob Weir siempre tocó para la rola y el misterio, es decir, siempre estuvo tan sorprendido como nosotros de lo que podía pasar en una improvisación de veinte minutos.

En The Other One: The Long Strange Trip of Bob Weir, el documental producido por Netflix –ojo, HBO, alguien está ganando terreno a pasos agigantados–, el más atrevidamente arrítmico de los guitarristas rítmicos, que se unió a la banda cuando tenía apenas 16 años y se dedicó a tomar ácido una vez por semana por lo menos durante un año antes de encontrar su sonido, reconoce que su trabajo está basado en las generosas manos del pianista de jazz McCoy Turner, eterno cómplice del gran aunque sobregirado y a ratos egoísta John Coltrane. Eso es lo que hace Weir, tocar para los demás al frente del escenario, hide in plain sight. Se sabe: cuando haces bien tu trabajo, nadie lo nota.

En la mirada de Bob Weir, que tiene casi 70 años y una colección de más de 100 guitarras, hay algo que se perdió o, mejor dicho, que se sacrificó por un bien mayor: sus ojos parecerían estar pensando cada uno en lo suyo y sus pensamientos dan la impresión de ser una mezcla de recuerdos extraviados buscando un ancla o una coincidencia cronológica o cuando menos un rastro de pan en medio del bosque. Se nota que se le fue la mano: con las drogas, con las mujeres, con la música, con todo, pero no parece haber en su mirada colgada y lenta ni el más mínimo rastro de arrepentimiento, al contrario, da un poco de envidia y cuando toca y su voz aparece por entre su barba revuelta uno piensa que sí, que se puede envejecer con dignidad.

A veces hay que cederle parte de tu vida y tus neuronas al destino para conseguir lo que otros no alcanzan ni después de muertos. Grateful Dead, dice Weir, tocó al menos 3000 veces en vivo y eso, más las horas de ensayo, composición y grabación, lo convierten en uno de los músicos con más horas de vuelo de la historia. No es poco.

Desde su título, el documental es absolutamente honesto al lidiar con la figura que siempre opacó a Weir. Jerry García, el guitarrista y cantante y símbolo de la banda, no podrá ser superado por la memoria ni apagado por el tiempo. García es más grande que su propio legado; sin quererlo, se convirtió en el Dios de esa cultura empeñada en dilatar y plagiar –a menudo de la peor manera– los 60’s, esa generación que no aceptó su lugar en la historia y prefirió drogarse con la excusa de un concierto de Grateful Dead antes que despertar. García murió a los 52 años en eso que elegantemente se llama “clínica de reposo”, tenía sobrepeso, complicaciones cardiacas, severos problemas de colesterol y era adicto a la heroína. Es más, según Bob Weir, durante la última gira de la banda con García, en 1995, Jerry le pidió que fuera su bagman, o sea, que le cuidara la droga y no le diera más de lo que tenía que darle cada noche. Pero, dice Weir, ese no era todo el problema, García se había vuelto tan famoso, tan reconocido y paranoico, que no podía salir a la calle y pasaba los días encerrado en su departamento pinchándose y comiendo frituras para calmar la ansiedad. La fama, a la que siempre le huyó –ni siquiera fue a la inducción de la banda en el Rock and Roll Hall of Fame– terminó arrinconándolo de todas maneras. 

Durante su último concierto, en Chicago, al despedirse, Jerry le dijo a Bob, “siempre nos reímos, Bob, siempre nos reímos”. 

La banda que arruinó el festival de Woodstock porque había tomado tanto ácido que las guitarras se convirtieron en serpientes y apenas pudieron tocar un par de acordes (esto no sale en el documental, es parte del mito), tuvo su primer hit a finales de los ochentas, la gran y ansiolítica y antidepresiva Touch of Grey, que los llenó de dinero pero también convirtió sus conciertos en una especie de circo-rave-hippie donde todo estaba permitido y la música era lo de menos. Quizás allí, cuando la música dejó de escucharse, el show ya no pudo continuar.

Muy sutilmente, como corresponde, el documental enfrenta a Bob Weir con ese momento en el que tiene que escoger entre salvar su vida o morir junto a su hermano. Llegado el momento, Weir se alejó de las drogas, empezó a practicar yoga y a alimentarse saludablemente mientras Jerry seguía creciendo a lo ancho y sudaba al subir un par de escaleras. Debe ser difícil ver como alguien que quieres tanto se va acabando de a poco; mirar hacia otro lado sabiendo exactamente lo que va a pasar.
  
La biografía de Bob Weir ha sido, sí, un largo y extraño trip del que no cualquiera hubiese salido con vida; pero hay un momento clave, definitorio, cuando Weir reconoce que García estaba perdido y que él aún tenía oportunidad de salvarse. Esas, supongo, son las decisiones que separan a un hombre de un niño. Un hombre prefiere vivir. Aunque sea más despacio, más lento, incluso más aburrido. Un hombre prefiere vivir.  

4.28.2015

La canción que mi madre me enseñó


Uno de los primeros recuerdos que conservo de mi infancia es la voz de mi madre cantando la canción de Pinocho, que empieza así: hasta el viejo hospital de los muñecos, llegó el pobre Pinocho mal herido, un cruel espantapájaros bandido, lo sorprendió durmiendo y lo atacó.

Hasta donde he podido investigar, el autor e intérprete original de Pinocho es el argento-español Luis María Aguilera Picca (1936-2009), mejor conocido como Luis Aguilé, baladista romántico (dice mi padre: ese man tiene una canción lindísima que se llama Ciudad solitaria; cuando estás enamorado, enamorado perdido, esa es la canción) y rockstar infantil para la generación que creció a finales de los 70’s y comienzos de los 80’s. Además de Pinocho, Aguilé hizo famosa una biografía country-funk-disco de Pecos Bill: el vaquero más auténtico que existió. Cuenta la leyenda que con su revolver, desde un árbol, mientras se estaba afeitando, liquidó a 2.500 enemigos; es decir que este Texas Cowboy doblado al español era más eficiente que cualquier American Sniper, más certero que el orgullo nazi Fredrick Zoller y tenía más estilo que James Bond. En la última estrofa, por ejemplo, pasa esto: Pecos Bill perdió la huella en el desierto, se moría de sed y lo abrazaba el sol; y cuando estaba medio muerto, hizo un tajo en el desierto –pausa para efecto– y allí mismo el Río Bravo construyó. Si Colón descubrió América con tres carabelas, Pecos Bill la partió en dos con un cuchillo.    

Dicho esto, el mágnum opus de Luis Aguilé fue, es y siempre será ese drama violento de maltrato infantil, bullying interracial y nariz hecha pedazos con final fantástico y feliz llamado Pinocho; de no ser porque, claro, esa canción se la inventó mi madre.

Con el paso de los años he llegado a entender que esa canción es mucho más importante de lo que pensaba, que me cambió y sin duda enrumbó mi destino desde un principio. Pinocho transgredió su género con una simple pero arriesgada maniobra en la hasta entonces bastante reaccionaria estructura musical de las canciones para niños: cuando todo era estrofa-coro-estrofa-coro-coro-coro-fin, apareció de repente una variación, el punto donde se siembra el drama que la melodía se encargará de cosechar y resolver. En Pinocho apareció esto: y a un viejo cirujano llamaron con urgencia, y con su vieja ciencia pronto lo remendó, pero dijo a los otros muñecos internados, “todo esto será en vano, le falta el corazón”. Luis Aguilé cambió las reglas del juego y alteró la fórmula de esta manera: estrofa-variación-estrofa-coro-coro-estrofa-coro-fin. ¿Cuál es la moraleja de la historia? Piensa distinto o, como reza el mantra de Apple: Think different. Aguilé empujó los límites de su propia narrativa. Siguiendo la tradición de los mejores autores de cuentos infantiles (un género oscuro y retorcido donde los haya, donde los lobos se comen a las abuelas y las brujas engordan a los niños para hornearlos), nos presentó la posibilidad de la muerte y, con eso, el valor de la vida. Cuando lo encontramos, al principio del relato, Pinocho está con un pie y un brazo y una nariz en la tumba. Esa canción me gustaba mucho porque me daba miedo. Esa canción me gusta, me sigue gustando, porque es una historia que tiene poder y muestra como pocas el poder que tienen las historias.     

Mi madre me cantaba esa canción con la voz de las sirenas que tentaron a Ulises; sólo que yo, obvio, no pedí que me aten al mástil de un barco sino que me até por voluntad propia a sus brazos. Mi madre me dio la vida y luego, desde su garganta, con las cuerdas vocales apuntando hacia mis ojos, me dio una canción que se convirtió en mi vocación y que es, muy a su pesar, mi verdadera existencia.

(SoHo)

4.13.2015

Mi primer Bayer (o cómo aprendí a preocuparme y amar el anarco-pacifismo)


Tuve la suerte de editar un texto del joven periodista argentino Javier Sinay, un breve perfil sobre uno de sus compatriotas y colegas más notables: Osvaldo Bayer. Digo suerte porque, gracias a la nota de Sinay, me lancé a investigar todo lo que pude sobre Bayer y todo lo que encontré, todo lo que aprendí, todo eso con lo que ahora pretendo evangelizar a mis amigos, ya está subrayado en mi disco duro.

Lo primero que hice fue ver Mundo Bayer, una serie hecha para la televisión dividida en ocho episodios de media hora cada uno. Y ya con eso habría sido suficiente para comprar un terreno y construir allí un templo donde se divulgue la palabra de Bayer por lo menos en tres funciones diarias; donde la gente no vaya a repartirse el insípido cuerpo de Cristo sino a ofrecer el propio para lo que haga falta; donde no se diga “demos gracias al Señor” sino “¡viva la libertad, carajo!” y nadie se pueda ir en paz hasta que salga en pie de lucha.

Lo demás fue leer todo lo que pude de y sobre Bayer: si pretende mirarlo a los ojos, el editor tiene que estar igual o más enterado que el autor. Sobre Bayer encontré mucho; de Bayer, poco, casi nada. Rastreé como un perro narcótico títulos suyos en librerías locales y sólo encontré uno, En camino al paraíso, un greatests hits de columnas periodísticas y ensayos académicos publicados entre 1993 y 1998, es decir, cuando el escritor estaba llegando a los 70 años de edad. El problema, me dijeron en la librería, es que esos libros, y con esto quiero decir todo el stock, estaban inventariados en la categoría de “saldos”, lo que significa que tras quién sabe cuánto tiempo en percha, ya un poco amarillentos y habiendo pasado por nuestro país totalmente desapercibidos, estaban embodegados, a punto de ser devueltos. Es más, los libros habían llegado a ser rematados al increíblemente cómodo precio de tres dólares la unidad, y ni aún así habían encontrado lectores. Nadie sabía de Bayer porque, como diría él mismo: Somos todos cínicos, corruptos, crueles. ¿O nada más que imbéciles? Imbéciles.            

Gracias a una maniobra digna del mercado negro venezolano, y con eso que Ringo Starr llama a little help from my friends, pude conseguir el libro, en cuyo prólogo, otro grande, Osvaldo Soriano, se refiere a Bayer como “el último rebelde” y cuenta que lo conoció …en las malas, que es la mejor manera de conocer a los hombres para saber si creen en lo que dicen y sostienen en privado lo que predican en público. Soriano y Bayer se encontraron en Frankfurt en 1976, recién inaugurada la dictadura de Videla, ya como exiliados. En 1983, el año en que Argentina recobró oficialmente la democracia, Soriano entrevistó a Bayer y él, que ya se había bautizado en la fe del anarco pacifismo,  le dijo lo siguiente: Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común. Bienvenidos al Mundo Bayer.   

El texto que edité se llama Osvaldo Bayer (o las razones por las que debemos seguir siendo periodistas) y puede leerse en el número de abril de la revista Mundo Diners como, digamos, una cápsula biográfica que debe tragarse con largos sorbos de whisky y una canción de Marlene Dietrich cantada en blanco y negro y punk. Sólo así puede uno firmar ese contrato que estipula claramente y en letras inmensas esta cláusula al comienzo del documento: USTED SE ESTÁ CONVIRTIENDO EN UN FAN DE OSVALDO BAYER Y EN UN ANARCO PACIFISTA PRACTICANTE.

Bayer tiene casi noventa años pero es el escritor más joven que he leído últimamente y, además, posee el don de rejuvenecer a quien lo lea. Los textos de En camino al paraíso te convencen de abandonar la zona de confort, de marchar, de gritar un par de cosas, de ser irracional cuando la razón es un decreto y romántico cuando el poder es una forma de odio; de escribir pensando que escribir es lanzar esa bomba molotov que nunca lanzaste. Bayer te hace volver a escuchar London Calling de The Clash, levantar la mano y apretar el puño.  

Dice Bayer: Enseñar también las historias de las religiones para dejar al desnudo toda la mentira del miedo con aquello de Dios todopoderoso, o de hijos de vírgenes o de santísimas trinidades con don de ubicuidad que nos vigilan permanentemente, o aquellas teologías que humillan a las mujeres condenándolas a cubrir su cuerpo; o lo del pecado original, el infierno y la llama eterna que nos quemará vivos por los siglos de los siglos.

Y, algo más. La verdadera y única división de los argentinos está entre los que aceptan y los que no aceptan negociar los crímenes de la represión y de la corrupción, le dijo Bayer a Soriano el siglo pasado, pero se lo podría haber dicho, se lo podría estar diciendo, a cualquier latinoamericano de este siglo. Nosotros no negociamos.

(El Comercio)




Y no nos damos cuenta que utopía no significa otra cosa que lo que tendríamos que hacer para ser felices. 

La única verdad es que todo pertenece a todos pero además no pertenece a nadie. Desde la docencia se tendría que enseñar como primera materia la negación del sentido de la propiedad y del derecho del más fuerte, y además el diálogo como fuente de comprensión. La docencia tendría que enseñarnos desde pequeños a despreciar a todo aquél que usufructa más de lo que necesita para su vida y subsistencia. Vayamos a un ejemplo que está al alcance de todos: el transporte en las grandes ciudades. ¿Qué nos dice el análisis racional? Que el transporte individual, el auto, perjudica a todos, es el derecho del más fuerte, del que tiene más dinero. Lo equitativo y lo cuerdo sería que el transporte fuese colectivo y sano. Se ha comprobado que en ese sentido, los mejores transportes son los subterráneos y los trenes. El transporte automotor no sólo envenena la atmósfera en forma irreversible sino también es actor de accidentes que han costado una cantidad incalculable de víctimas, que se repiten día a día, en gran parte niños. Además se estimularía la sana costumbre de caminar o de trasladarse en bicicleta. Otros transportes mecánicos, sin gases residuales, podrían adaptarse para el transporte de gente de edad o incapacitados desde las estaciones a sus destinos. Pero la racionalidad se sacrifica en aras de la fatuidad, del lujo, de la comodidad de algunos y de la esperanza del resto. Es un sistema absolutamente criminal. Y la ley, si fuera justa tendría que castigar a quienes lo practican y permiten. El lobby de la industria automotriz paró durante décadas en nuestro país la construcción de subterráneos y promovió el levantamiento de las vías férreas, y los políticos corruptos lo aceptan todo. ¿Hay acaso algo más irracional que las calles de Buenos Aires taponadas, con sus bocinazos, su aire envenenado que perjudica principalmente a los más pequeños, la pérdida de tiempo que esto significa, los nervios, el estrés? ¿Cómo es posible explicar racionalmente que viaje en autos lujosos y enormes sólo una persona por vehículo? La idiotez y el egoísmo se pasean en coche. Y todos callamos, en el mundo entero, porque tal vez quisiéramos llegar a ser, cada uno de nosotros, uno de esos imbéciles en carrocería de oro.


3.23.2015

Carta (un tweet de 5.116 caracteres con espacios)


It’s all in the game.
– The Wire –

B.

Me dices que vas a dejar de cuestionar al gobierno en Twitter porque estás cansado de la mala onda, de las amenazas, que ya no quieres esa energía sobre tus hombros. Unos tragos después, me dices que no quieres que tus hijos lean como el presidente te dice “tonto” y te acusa de “mentiroso”. Varios tragos más adelante, me dices que estás cabreado: que se vayan todos a la mierda, más claro. Y me dices, también, que la decisión está tomada, que no habrá más tweets, que lo que sigue es el silencio, silencio.

¿Sabes lo que va a pasar? Esta gente te va a poner como ejemplo. Van a decir, “¿se dieron cuenta?, B. se quedó calladito, no jodió más”, y van a creer que perseguir públicamente a los ciudadanos es, de hecho, un método efectivo de represión y control. Van a creer que ganaron, que te ganaron, que nos ganaron. Van a buscar a otros como tú y les van a aplicar la misma ley porque si funcionó contigo, que eras tan “bravito”, seguro funciona con los demás. Los otros, nosotros, somos aparentemente el enemigo, la amenaza, el elemento desestabilizador.  

Te digo que, siendo francos, a Correa le han dicho cosas mucho peores que “tonto” o “mentiroso” y se las han dicho todos los días y a todas horas y en todas partes; claro que tú no puedes encarcelar o amenazar a alguien por eso y él sí, pero estas son cosas que sus hijos también han tenido y tendrán que leer, cosas que ningún hijo debería leer sobre su padre. Te pregunto si en Twitter tienes la opción de enviar mensajes privados, me respondes que sí, y entonces te pregunto por qué no le enviaste mensajes privados al presidente si lo que querías en verdad era ayudarlo. Me dices que te sentías traicionado por haberlo apoyado tanto en un principio.    

Lo siento, pero caíste en la trampa. De Correa puede esperarse cualquier cosa, eso ya lo sabemos, y aunque me parece un tipo bastante torpe a la hora de defenderse en público (tengo la sensación de que sus argumentos, sábado a sábado, marchan en fila muy lenta y ruidosamente hacia la demencia), es muy agresivo y tiene un ejército asalariado a cuestas, era obvio que no iba a guardar silencio ante tus reclamos ni, mucho menos, aceptar que quizás podría hacer una o dos o un millón de cosas de manera distinta. Si lo cuestionaste abiertamente, delante de todo el mundo, el hombre tiene derecho a responder. Eso fue lo que hizo. Y ese es el juego.   

Hay cosas en las que estoy de acuerdo con los incorruptibles fanáticos que ahora te atacan acusándote de haber cambiado de bando (recuerdo cuando te referías a Correa como “El número uno”). Correa ha hecho obra, su trabajo en educación y salud y desarrollo vial es incuestionable, meritorio, y ojalá el trabajo –no el proyecto, no la mafia– siga adelante en el siguiente gobierno, con el siguiente mandatario, en un país que reconozca y cuestione. Pero, ¿no es precisamente ese el trabajo de un presidente?, ¿trabajar?, ¿por qué tenemos que adorarlo como si fuera una fuente inagotable de milagros?, ¿por qué hay que compararlo siempre con sus ineptos antecesores?, ¿por qué no podemos pensar en alguien mejor?, ¿por qué tenemos que mirar hacia otro lado cuando el gobierno falla?

Me han dicho, hasta el cansancio, que este gobierno le devolvió la dignidad al país. Yo creo que lo que hicimos fue intercambiar dignidad por infraestructura. No me parece digno, por ejemplo, que cualquier pensamiento contrario al establecido sea de inmediato identificado como tumor golpista. No me parece digno, por ejemplo, que vivamos en un país donde sea “normal” que un disidente tenga que acostumbrarse a abrir una nueva cuenta en redes sociales cada vez que es misteriosamente bloqueado por una fuerza incontenible y no identificada. No me parece digno, por ejemplo, que un empleado público esté en la obligación de salir a marchar y apoyar al Estado de la boca para afuera si quiere conservar su puesto de trabajo. Piensa en eso, mucha gente no defiende una ideología sino un salario. Mucha gente defiende el revolucionario y militante viaje a Disney con sus hijos que antes no podía permitirse. Comprensible, ¿no?

Y no me parece digno que tengas que callar por miedo al peso de la infraestructura. Las escuelas, los hospitales y las carreteras son eso: escuelas, hospitales y carreteras. No son lápidas.   

En El Padrino II hay una escena en la que Michael Corleone pasea por La Habana. De pronto, el auto en el que viaja tiene que detenerse: en la calle hay un enfrentamiento entre los militares de Batista y los revolucionarios. Tras unos segundos de silenciosa observación, Michael Corleone le dice a sus acompañantes: ellos van a ganar. Se refiere, por supuesto, a los revolucionarios. Cuando le preguntan por qué, él responde lo siguiente: porque nadie les está pagando. A ti nadie te paga por decir lo que dices, así que tienes la ventaja.

Yo también voté por Correa la primera vez (estaba, y sigo, asqueado de todos los demás). Ahora, con la vuelta de los años, puedo citar casi textualmente a Michael Corleone en la misma película: sé que fuiste tú… rompiste mi corazón.

Pero ya lo dijo Bob Dylan: antes era más viejo, ahora soy mucho más joven.   

(SoHo