2.20.2017

It Was 50 Years Ago Today...


Hoy, Kurt Cobain habría cumplido 50 años.
Es en lo único que quiero pensar por ahora.

¿Cómo sería?
¿Estaría metido en la música electrónica?
¿Destruiría laptops al final de cada concierto?
¿Su instrumento sería una Mac y no una Fender?

¿Estaría refugiado, pintando y escribiendo poesía?
¿Diría cosas como una vez fui músico, tuve una banda, pero eso se acabó?
¿Habría estado de acuerdo en reunirse con Nirvana para hacer un tour de la nostalgia?
¿Patti Smith cuidaría de él?

Quizás en este momento, en el que ya no existen las estrellas de rock, Kurt seguiría vivo, tocando en festivales pequeños.  

Vivo y tocando.
Pero claro, no habría hecho la misma música, las mismas canciones.
No hubiese sido el mismo. Nosotros tampoco.

Pienso en una frase de Batman: The Dark Knight, que decía algo como esto: los héroes mueren jóvenes o viven lo suficiente para convertirse en villanos.
Él murió joven y fue un héroe o por lo menos fue mi héroe.
Hoy que estamos rodeados de villanos me queda todavía más claro.

Hace unos días, en Portoviejo, un pana me dijo que había leído un artículo mío llamado 20 años de soledad, sobre mi primo, un fan de Nirvana, y me preguntó qué había pasado con ese primo. Es un cuento, así que todo lo que pasa o pase o pasó está ahí metido y ni siquiera yo lo sé. Lo escribí hace dos años, en el 2014, para la revista de Libri Mundi. Y hoy lo repito como para escuchar esa canción de nuevo.

Insisto: es un cuento.
Pero me alegra que alguien haya pensado que era verdad. Que podía ser verdad.
Sobre todo en Rock City.   
Aquí va.
Aquí vamos.


20 años de soledad

para Fabiola Pazmiño y Daniel Llanos

Mi primo David tenía el cuarto más bacán del mundo. Tenía un televisor, un VHS, un equipo de música. Tenía un Nintendo, un futbolín, un aro de básquet en la puerta.  Bacanísimo. David era hijo único y lo tenía todo.

El cuarto de David tenía posters en todas las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row. El papá de David era piloto en Ecuatoriana, viajaba hartísimo a Estados Unidos y cada vez que regresaba le traía revistas Circus y David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas para pegarlos en las paredes. Una vez arranqué uno de Tommy Lee y se rompió y el man casi me caga, pero siempre me regalaba par posters para mi cuarto. David tenía tres años más que yo. David era lo máximo. Buenísima gente.  

Un día pasó una huevada increíble. Ese día estuve andando en bicicleta toda la tarde con los panas de la ciudadela, nos fuimos hasta la Avenida del Ejército, lejísimo. Cuando llegué a la casa, como a las seis o capaz a las seis y media, vi a David sentado al lado de la puerta de mi casa, andaba con su discman y sus audífonos. El man estaba como en otro mundo, como loco estaba el man. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David no me miraba. David miraba para el frente, como si yo no estuviera ahí. Le pregunté qué te pasa y después de un ratote me pasó los audífonos.

Ese día el papá de David había llegado de viaje y le había traído el Nevermind, de Nirvana. En Portoviejo no había cable, pero nosotros ya habíamos visto el video de Smells Like Teen Spirit en la televisión. Cuando éramos pelados, a las doce de la noche, después del himno nacional, Ecuavisa se convertía en MTV y nosotros nos pasábamos la noche despiertos grabando videos en el VHS de David. Tomábamos Coca Cola y veíamos videos hasta el amanecer. No importaba si había clases al otro día. El que se quedaba dormido perdía.

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. No entendía muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras porque era mi primo y pensaba robarme cualquier cosa que el man fuera a botar. Sacamos los posters y los guardamos en una caja. David tenía otros posters, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos. Mi primo me regaló los posters viejos, pero yo ya no los quería, qué iba a querer esa huevada.

Era inverno y hacía un calor recontra que hijupeuta, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle. En Portoviejo hace calor, pero nosotros sólo andábamos era con pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas, esa nota. En Portoviejo hace calor, pero pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana y a veces teníamos que apagar el aire porque mi tía decía que se gastaba mucha luz y que mi tío se ponía bravo. David hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis y yo hacía como que tocaba la batería con unos tarros de galletas. Todo el día. Todos los días.

Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se traumó. Los panas del man salían a dar vueltas en la Avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música, grabando casetes, escuchando las mismas putas canciones. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las putas canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir, ni cuando pasaron un concierto de los manes en MTV, por un año nuevo, creo.       

El 8 de abril de 1994, diez días antes de que yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos, en mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto entonces tenía que ir a la sala, pasaba ahí acostado en el sofá, rockeando. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su caleta, se había volado la cabeza con una escopeta. Así dijeron. Turrísimo, no lo podía creer. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de Pinoklin y no sé qué otra huevada. Ese día lo llevaron al hospital y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar. El man estaba sonriendo, lo juro. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, ya había cumplido los 16.  

--> Lo enterraron en el cementerio, al lado del colegio Rey de Reyes. Eso siempre me ha parecido medio como la gaver porque a David lo botaron de ese colegio en tercer curso y el man siempre decía que los curas estaban locos. Yo lo visito todos los años, de noche, cuando sé que mis tíos ya se fueron. Llevo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aunque el man no me diga nada. David es lo máximo. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?

2.01.2017

Tyler's Back, Bitches!


Your head will collapse
But there’s nothing in it
And you’ll ask yourself
Where is my mind?

– Pixies –

Hubo una época en la que podías pedirle a Chuck Palahniuk que te firmara el brazo, el hombro o la espalda, pero ya no. El autor de Fight Club ya no imprime autógrafos sobre la piel de sus lectores porque han sido demasiados los fans que se tatuaron su firma en el cuerpo y a él eso le parece un poco mucho, too fucking much. Y sí, quizás sea excesivo y más propio del rock o de una secta religiosa o de Project Mayhem que de la literatura, pero  es el tipo de cosa rara que le pasa a los escritores de culto: la gente quiere llevarlos siempre encima. La gente los descubre y cree que por fin ha encontrado a alguien en el mundo que piensa en ellos y siente lo mismo que ellos y se ríe de las mismas bromas y se quiere matar por las mismas razones: alguien que de verdad te está escuchando y no sólo esperando a que te calles para poder hablar.

Se suponía que nada de esto iba a pasar. Nada: ni el libro, ni la película, ni los lectores/seguidores de Palahniuk (por cierto, según los fans se pronuncia paula-nick), ni la secuela de algo que parecía intocable. Nada.

Palahniuk estudió periodismo en la Universidad de Oregón, se graduó en 1986 y luego intentó trabajar en un periódico de Portland, al filo de la costa oeste de los Estados Unidos, pero se aburrió pronto y pasó de reportero a empleado de la compañía automotriz Freightliner, donde reparaba camiones y escribía manuales-de-uso para los conductores. Esa fue su vida hasta pasados los treinta años, hasta que empezó a escribir ficción. Se enlistó en un taller de escritura creativa que se reunía en cafés y bares y en el que todos los asistentes tenían que leer sus trabajos en voz alta, compitiendo por la atención de sus compañeros con las máquinas de expreso y los partidos de fútbol americano a todo volumen en la televisión. Por esos días y en esas circunstancias escribió la primera versión de Fight Club, un cuento que después se convertiría en novela y en película y en motivo de adoración.

Me tomó tres meses escribir el primer borrador [del cuento] y el libro se vendió a una editorial en tres días. El adelanto que me dieron fue tan bajo que no se lo mencioné a nadie. A nadie. Fueron seis mil dólares. Otros autores me dicen que eso se llama “dinero de despedida” Se supone que un adelanto tan bajo debería hacer que el autor se sienta insultado y se marche… De cualquier manera, eran seis mil dólares, y con eso podía pagar mi renta durante un año… En agosto de 1996 había un libro con pasta dura. Hice lecturas en tres ciudades y nunca llegaron más de tres personas. Las ventas del libro ni siquiera alcanzaron para cubrir lo que me tomaba en los minibar de los hoteles, escribió Palahniuk años más tarde en el prólogo de una edición que ya tenía como portada el afiche de la película.

Fight Club, dirigida por David Fincher y protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, se estrenó a finales de 1999, y lo que sucedió tras su debut en sociedad fue más bien extraño y hasta parecería que no fue tan así. La película no recogió mucho público en taquilla y fueron pocos los críticos que se atrevieron a defenderla abiertamente (recordemos, además, que 1999 fue el año en que toda la atención se desvió hacia American Beauty), pero en los meses posteriores, cuando estuvo disponible en VHS y DVD y la gente pudo llevarse la cinta a la intimidad de sus hogares, apareció un nada despreciable ejército de Space Monkeys que la vieron y quedaron impactados, perturbados, acelerados, con ganas de romperse la cara o por lo menos desviarse el tabique, y se la repitieron varias veces hasta aprenderse los diálogos de memoria.

Era como si Tyler Durden, uno de los extremos principales en esa historia literalmente bipolar, hubiese llegado a reunir a una congregación que antes de su venida vagaba errante y dispersa.

Quizá fueron sus palabras. Sí, fue eso, debió ser eso. Los golpes sin duda ayudan, pero sanan, se desinflaman y desaparecen. Las palabras se quedan. Seguro que fue eso, las palabras. Pequeños gritos de combate como este: Somos los hijos que Dios nunca quiso tener. O este: Sólo cuando lo hemos perdido todo somos libres de hacer cualquier cosa. O este: Yo digo que nunca deberías sentirte completo, basta de ser perfectos, yo digo… vamos a evolucionar, que las fichas caigan donde sea. O este: Fuimos criados por la televisión para creer que un día seríamos millonarios, estrellas de cine o estrellas de rock. Pero no lo seremos. Y estamos descubriendo esta realidad poco a poco. Y estamos muy, muy cabreado. O este: La publicidad nos hace perseguir a los autos y a la ropa, conseguir trabajos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.

La película, una violenta-pero-sensible broma anti-sistema, acusada en su momento de ser porno-para-machos, fascista y además comercialmente fallida, terminó influyendo en la cultura de maneras infrecuentes. Donatella Versace sacó al mercado chaquetas para hombre adornadas con hojas de afeitar y las bautizó como “The Fight Club Look”; los modelos de la casa Gucci, en Milán, salieron a desfilar en sótanos oscuros y mugrientos como los que aparecen en la película, con moretones pintados en la cara y vendas ensangrentadas enredadas en los brazos como los actores de la película; en la web circularon noticias sobre un Fight Club que funcionaba en la pista de baile de una discoteca, en Brasil, en el que se peleaba hasta la muerte; a mí me dijeron que hubo uno en Quito, pero nunca he conocido a nadie que hubiese estado en él, quizás porque la primera regla es no hablar de eso; los estudiantes de la Brigham Young University (Utah, USA), la universidad religiosa con más alumnos en el mundo, increparon a sus autoridades por prohibirles organizar su propio Fight Club, argumentando que nada impide a los mormones golpearse entre ellos los lunes por la noche. Y quizás lo más increíble de todo: de entre esos miles que se volvieron adictos a la película y a tragar su propia sangre, unos cuantos saltaron hacia el libro y fue así como el escritor Chuck Palahniuk comenzó a existir de verdad, for real. Queda claro que en este caso fue la obra la que inventó al creador y no al revés.

Desde que la película le abrió camino a la novela y a su autor, Palahniuk publica casi un libro al año, entre los que se cuentan incluso libros para colorear y remixes de varias novelas, por si acaso. Continúa expandiendo su mundo a un ritmo acelerado, embalado, casi paranoico, como si supiera que un escritor puede desvanecerse con la misma rapidez con la que apareció y quedar disuelto a la vuelta de un simple giro del destino. Seguirle el paso es prácticamente imposible y a veces también insoportable y un poco nocivo si se pretende hacer eso que llaman vida social. Entre sus títulos más leídos y comentados y radicales están Survivor (1999), Choke (2001), Diary (2003), Haunted (2005), Snuff (2008) y Damned (2011), éxitos de ventas, algunos adaptados al cine o en plena mutación hacia la televisión, algunos acaso más arriesgados, valientes y personales en la medida en que la obra sea –como suele ser– la extensión de la personalidad. Pero ninguno tan contagioso como su primera novela.  

Antes de que El club de la lucha fuera publicada por primera vez, en 1996, Chuck Palahniuk había escrito dos novelas que según sus propias palabras eran intentos por reproducir el estilo de Stephen King, es decir: tramas simples-pero-largas que se dilataban por cientos y cientos de páginas, alimentando con escenas atormentadas los misterios que se revelaban hacia el final. Su intención, obvio, era llegar a la mayor cantidad de lectores posible, pero aquellas novelas ni siquiera alcanzaron a conocer los estantes de las librerías. Palahniuk envió los manuscritos de esos libros a distintas editoriales y ambos fueron rechazados. Es más, cuando empezó a trabajar en lo que sería Fight Club, el escritor había abandonado toda esperanza de alcanzar al gran público, y apostó entonces por lo que luego se convertiría en su estilo personal, en la forma de su voz: frases cortas, acciones rápidas, historias oscuras pero cercanas o que se nos van acercando mientras leemos, personajes freaks que podríamos ser nosotros si alguna vez nos atreviéramos a tanto y ese tipo de humor negro que te hace preguntarte cosas como, ¿esto es chistoso?, ¿se supone que debería reírme de esto?, ¿por qué me estoy riendo tanto de esto?, ¿qué clase de persona soy?, ¿dónde está mi cabeza?  

Cada vez que Palahniuk saca una nueva novela, hace una especie de tour literario –por lo general, en Estados Unidos y Europa–  en el que se presenta, responde un par de preguntas a sus fanáticos, firma un par de ejemplares y hace lecturas que se han vuelto legendarias, pues han sido más de cien las personas que se han desmayado mientras el autor está leyendo alguno de sus cuentos o el capítulo de cierta novela: una vez, en la Universidad de Columbia, en Nueva York, mientras Palahniuk estaba leyendo con el cuerpo inclinado hacia un micrófono, un hombre cayó al piso, quedó inconsciente durante unos segundos y después despertó gritando. El episodio quedó registrado y forma parte de Postcards from the Future, un documental grabado en una universidad durante una especie de Palahniuk-Con y dedicado sobre todo a los seguidores/lectores/fans/feligreses/SpaceMonkeys, gente que parecería estar más cómoda dentro de sus libros que allá afuera en el siempre distorsionado mundo real, donde las peleas son completamente inútiles y no tienen nada que ver con la evolución de la especie, gente que entró a Fight Club y no volvió a salir, gente que ahora ha vuelto a conversar con sus mejores amigos imaginarios.      

Fight Club 2 apareció a mediados del 2016, veinte años después de la primera. En un principio se publicó a manera de cómic en un total de diez entregas separadas que luego se reunieron en un solo volumen, formando una novela gráfica maciza y contundente en la que hasta el mismo autor queda sepultado bajo la trama, ajusticiado por la mano del más célebre de sus personajes.

Cuando lo conocimos, hace tanto y tan poco, el narrador de Fight Club era un hombre que parecía tenerlo todo, un buen trabajo, un buen apartamento, una vida más o menos resuelta, pero se sentía vacío y era profundamente miserable. Hasta que conoció a Tyler Durden a no sé cuántos miles de metros de altura, en un avión. Hasta que conocimos a Tyler Durden en la perfecta oscuridad de un cine. Hasta que empezamos a leer los libros de Palahniuk y a reírnos un poco asustados cuando pasaba eso que no podía pasar. Hasta que el narrador y el personaje y todos nosotros nos convertimos en una misma criatura con el potencial de dominar y destruir el mundo.

En esta segunda parte, que bien podría ser un nuevo comienzo, la situación del narrador no ha mejorado mucho que digamos: se casó, tiene un hijo, una casa, un trabajo, esas cosas que dicen que hay que tener; visita a un psiquiatra con regularidad, lidia con su miseria como si fuese una enfermedad incurable pero no mortal, y se medica para dormir y para mantenerse alejado de Mr. Durden. Dice que se siente bien, que está mejor, aburrido pero a salvo. Y claro, nada de eso es cierto.

En esta historia, lo terriblemente gracioso y verdaderamente peligroso, es saber que las cosas que no deberían pasar seguirán pasando mientras nosotros nos reímos del miedo sosteniendo entre las manos la última página.  

Dicen que cuando Fight Club se volvió una práctica masiva la gente empezó a pintar la frase ¡Tyler Durden vive! en los muros de calles abandonadas tipo Paper Street. Pero eso fue antes. Lo más seguro es que esos muros ya no existan. Ya no hacen falta. Ya lo sabemos.       
(Mundo Diners)

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1.24.2017

Verhoeven: como si fuera la primera vez (born again version)


El cineasta holandés Paul Verhoeven llegó a los Estados Unidos a mediados de la década de 1980. Quizá viajó nervioso, ansioso, excitado por lo que estaba a punto de pasarle o por lo que nunca le pasaría (esto último, lo que nunca pasa, suele preocuparnos; fíjense nomás cómo suena: lo que nunca pasa). Quizá no tanto. Verhoeven había dirigido ya varias películas en su país y aunque hubiese estado recién aprendiendo a caminar, su voz y su mirada ya vivían reunidas en el mundo que llevaba adentro. Porque cuando llegó a América, Verhoeven ya tenía mundo, y lo que hizo fue derramarlo.   

Hace dos semanas, en el hotel Beverly Hilton de Beverly Hills, California, durante la entrega de los Globos de Oro, una película francesa llamada Elle ganó en dos categorías bastante peleadas: mejor actriz en un drama y mejor película extranjera. El triunfo de Isabelle Huppert, la protagonista de Elle y a veces también la película misma porque ambos seres llegan a ser indivisibles, más que una sorpresa, fue una recompensa y un ajuste de cuentas: ella se lo venía ganando desde La profesora de piano o tal vez desde mucho antes. Y eso de “mejor película…” se sintió, más que cualquier otra cosa, como la coronación injustamente postergada de un veterano de varias guerras, Paul Verhoeven, que este año cumplirá los 80.  

La primera película que dirigió Verhoeven en Hollywood fue Flesh+Blood, una leyenda medieval estrenada en 1985 que pasó desapercibida –ahora dan ganas de verla– pero lo condujo a la siguiente, RoboCop (1987), una obra mayor, una cinta afinada y lúcida y consistente que se levanta sobre el paso de los años con todo el peso de la ley y cuya trama cobra mayor significado en cada nuevo detalle del presente. RoboCop, vista desde aquí, parece el punto de inflexión en la carrera de Verhoeven, la tesis de un discurso que aborda nuestra esencia y comprende el sexo y la violencia y la ciencia ficción y la autoridad y el poder con argumentos que se van ensanchando en otras películas, como Total Recall (1990), Bajos instintos (1992) o –la oficialmente de culto– Starship Troopers (1997), y que ahora se redondea o vuelve a comenzar o sigue girando por primera vez.

Elle parte con una escena en la que Michèle Leblanc (Huppert), el personaje principal, es violada por un extraño vestido enteramente de negro, como si fuera un concentrado de pura maldad. Asumimos que la película será la restauración de la vida después del asalto al cuerpo, pero no. Michèle Leblanc no se queja, no llora, no acude a la policía, no reserva una cita con un psiquiatra, no pide ayuda, apenas y se lo cuenta a sus amigos más cercanos como quien dice ayer me doblé el tobillo, pero todo bien. La cinta, entonces, se decide por mostrar los trozos que componen la vida diaria de su protagonista: ejecutiva en una empresa que diseña videojuegos (no sé si esto esté en la novela en que se basó el guión, pero es un gran guiño y saludo a ciertas criaturas del mundo Verhoeven) y en la que, dicho sea de paso, hay más de un hombre inconforme con la idea de trabajar al mando de una mujer; la clase de amiga que tuvo algo con el esposo de su mejor amiga; el tipo de persona perfectamente capaz de vivir sola pero que no quiere estar sola todo el tiempo; la hija de un padre que en su momento fue condenado por una serie de asesinatos y lleva en su ADN un complejo torrente de personalidades múltiples; una mujer que parece estar en paz con lo que le sucede al principio de la película pero que al final se encargará de hacer justicia.        

Es ahí, precisamente en ese ajusticiamiento, donde aparece intacta la moral Verhoeven. En RoboCop, por ejemplo, el oficial Alex J. Murphy recuerda que después de todo es más persona que máquina, que tiene voluntad propia, que puede decidir, distinguir el bien del mal, y así se libera de los programas que conducen sus pensamientos, se venga de quienes casi lo asesinan y termina combatiendo a la misma corporación-fascista en cuyos laboratorios fue creado; en Total Recall, Hauser (Schwarzenegger y su eterno acento de migrante recién llegado) opta por interrumpir un plan –otra vez– fascista para lotizar y vender el planeta Marte como si fuera propiedad privada; en Bajos instintos, donde quizá aparezcan los personajes más retirados de la realidad que haya manejado Verhoeven, el anti-héroe-macho-decadente-violento-pero-frágil lucha por enderezar su propia naturaleza y en lo inútil de su esfuerzo se encuentran los principios de la nobleza.  

Poniendo las cosas en orden o mejor dicho inventando un orden para las cosas, Elle ocupa su lugar entre las películas de Paul Verhoeven para repetir lo que sus otras cintas ya habían dicho: no puedes atacarme, pisarme, agredirme, humillarme, joderme, usarme y andar por ahí como si nada, no puedes, yo no te voy a dejar.    

(El Comercio)

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1.09.2017

Diálogo II


¿Viste la peli? Sí, de ley. ¿Y? Y nada, mala, muy mala. Pésima, huevón, pésima, no hay guión, no hay historia, no hay personajes, como que el huevas ese estaba filmado con las patas. Qué te diré, broder, lo mejor que tiene es el final, o sea, lo más bacán que pasa en esa película es que se acaba. Me da rabia, huevón, te juro, uno sacándose la puta tratando de hacer cosas decentes y luego aparecen estas huevadas que nos hacen quedar mal a todos. ¿A todos?, estás loco, esa película no me representa. Igual, se nota que la hicieron sin corazón. ¿Cómo?

Eso, que no le pusieron ñeque. No sé, no creo, los rodajes igual son un sacadero de puta, esa huevada de levantarse a las tres de la mañana para filmar el puto amanecer es horrible,  o sea, para mí madrugar ya es ponerle corazón, y bastante. Eso es ser profesional, nada más, sería el colmo que contrates a alguien para tu peli y el careverga no quiera madrugar. Qué pereza madrugar por la peli de otro.  Qué pereza madrugar para hacer esa mierda, loco, el man no le puso corazón, te digo. Estás loco, capaz el man filmó con el corazón en la mano, pero no le salió, para hacer las huevadas que uno quiere hacer el corazón no es suficiente, no alcanza. Ni corazón, ni feeling, ni huevos, ¡nada!  

No sé, a ver, digamos que vas a un concierto y escuchas a una banda de peladitos que tocan como el culo pero que le dan es con todo, que la sudan y rockean aunque no sepan poner un acorde toquen como la gaver, eso es algo de lo que puedes darte cuenta ahí mismo y la plena que si los manes tocan con el wacho hasta los perdonas y terminas aplaudiendo, pero una película es distinta, creo, de repente este man hizo lo que pudo, lo mejor que pudo, lo dio todo, y nada, falló, la cagó, capaz alguien tenía que decirle que no estrene, pero ya pues, ¿tú dejarías de estrenar tu peli porque un pana te dice que vas a hacer el ridículo? 

Nada que ver, yo he hecho el ridículo mil veces, te juro, mil veces, y de ley que la voy a seguir cagando un chance más, no se trata de eso, pero loco, te juro, te prometo que hasta cuando he valido verga he hecho las cosas con el corazón, me lo he tomado súper en serio siempre, porque esto es lo que uno ama, ¿no?, ¿vos te acuerdas cuando estábamos en la universidad y decíamos que queríamos hacer cine?, ya pues, huevón, eso mismo queríamos hacer: cine, por eso me cabrea encontrarme con estas notas, que se pasen por la raja algo que para uno es tan importante, me cabrea, te juro.

Aguanta, no te pongas intenso, si yo voy a ver una de tus exposiciones y me vale verga, ya pues, estoy en mi derecho, ¿o no?, capaz tú te sacaste la puta haciendo tu huevada, pero a mí igual me puede parecer horrible. Ya, sí, bacán, pero no puedes decir que no puse el corazón en lo que estaba haciendo. Claro que puedo, si no te conociera, si no supiera que te sacas la puta camellando: todos pensamos que estamos haciendo una huevada increíble pero aquí seguimos, valiendo verga. No jodas, te estoy hablando en serio. Yo también. Lo peor es que el man es bacán, huevón, te juro, yo he hablado con el man y es un bacán. Peor, cuando el trabajo de un pana te decepciona no sabes qué pensar de ti mismo.

No puedes ser tan ciego, ni con tu propio trabajo. Claro que puedes, además, no se trata de ti, sino de la gente que ve la huevada, si tú estás contento, satisfecho con lo que hiciste, debería ser suficiente. Pero nunca lo es. Nunca lo es porque seguimos queriendo que nos quieran y si no nos quieren pensamos que los que están mal son los otros. ¿Haces las cosas para que te quieran?, no me vengas con esa huevada ahorita, por favor. Hago las cosas que quiero hacer y una de esas cosas que quiero hacer es lograr que me quieran.

(SoHo)