8.08.2016

Nosotros que queríamos tanto


Éramos niños y pensábamos que la vida sólo podía ser así. Que todas las casas eran iguales a la nuestra: los mismos juguetes en el cuarto, los mismos muebles en la sala, el mismo césped en el patio. Creíamos que todo el mundo se iba a Disney de vacaciones porque dónde más se iban a ir y que en navidad todo el mundo recibía, siempre, todo lo que pedía. Nuestros padres firmaban cheques y entonces decíamos cuando yo sea grande voy a comprar cosas firmando cheques y practicábamos nuestra firma en hojas de papel.  

A nadie se le podía ocurrir que llegaría un día como este: el dueño del edificio en el que vives se aparece en la puerta del apartamento que arriendas, te saluda, te recuerda que ya son varios los meses de renta que debes y te ofrece un apartamento más pequeño en el mismo edificio, más abajo. Le dices que lo vas a pensar y prometes llamarlo en estos días, pero lo que realmente estás pensando, lo que estás tratando de descifrar y capaz hasta de asumir, es la posibilidad de que tú seas parte de eso que se conoce como gente pobre.

Nos tomamos un trago y hacemos números, es increíble que te caigan sesenta dólares y que esos sesenta dólares sean capaces de devolverte el aliento y salvarte la vida. Es romántico, también. Pensamos que nuestros padres jamás dependieron de sesenta latas: no lo sabemos a ciencia cierta pero es lo que creemos. Me muestras tu apartamento que es igual al de las otras cientos de personas que viven en este mismo condominio sólo que este, el tuyo, tiene afiches bacanes pegados en la pared, se nota que has viajado, que sabes harto, que tienes mundo.   

Cuando estábamos en el colegio pensábamos que si no éramos mejores que nuestros compañeros por lo menos éramos diferentes a ellos. En todo caso no éramos iguales. Teníamos más discos, más posters de bandas, más camisetas que sólo se conseguían en la yoni. Nuestras novias eran las peladas en las que el resto sólo podía atreverse a pensar y les dedicábamos canciones en inglés y las manes se quedaban como locas. Cuando tu esposa se fue de la casa te dijo que ella había imaginado que la vida contigo sería distinta.

Nuestros padres pensaban que a estas alturas nosotros seríamos millonarios y podríamos mantenerlos. ¿Te acuerdas de tu compañero Raulito?, vive en Guayaquil y tiene una buena casa en Samborondón, la mamá vive con él y los hijos, debe ser lindo vivir con tus nietos, debe ser lindo tener nietos. Nuestros padres se sienten estafados. Como que todas las semillas que lanzaron se las llevaron los pájaros o cayeron en pedregales o murieron entre los espinos. Ahora dicen que no pueden gastarse los ahorros viajando porque quién nos va a curar las enfermedades, ¿tu?

Éramos niños y pensábamos que tener treinta o cuarenta años era ser viejo. Que a esa edad uno ya tenía su propia casa, su propio carro, sus propios hijos. Y que tenía plata porque a esa edad nuestros padres tenían plata. Pero el otro día me dijiste que nosotros, a esta edad, tenemos problemas que nuestros padres no tenían, que nuestra generación ha retrocedido en la escala social. Somos clase media, dijiste. Ni eso, dije yo, la clase media tiene ahorros. El otro día tuve que pedirle plata a mi viejo y el man se cabreó y me dijo hasta cuándo.    

Lo que creíamos que iba a pasar nunca pasó. Todavía puede pasar, supongo. Todavía, si haces las cosas que tienes que hacer, pero, ¿cuáles son esas cosas?, ¿cómo se hacen? Lo que nos pasó es esto que nos está pasando, lo que nunca nos iba a pasar. Es como si nuestra infancia hubiese sido un sueño y nosotros despertáramos de ese sueño todos los días. 

(SoHo)

8.01.2016

Cosas extrañas que pasan


Se nota que los hermanos Matt y Ross Duffer, creadores de la serie Stranger Things, no solo nacieron y se criaron en los 80’s –ambos son del 84– si no que han decidido quedarse a vivir ahí por lo menos un tiempo, ahí, en esa especie de dimensión paralela en arrebato permanente que es el pasado, ahí, donde los recuerdos que se repiten suceden siempre por primera vez. La historia está ambientada en 1983, tiene alma VHS y como muchas de las películas que grabábamos en esos casetes parte con un misterioso accidente: un niño sale de la casa de sus amigos, donde ha estado horas enteras jugando juegos de mesa y fantasía, va pedaleando por el barrio en el que vive, de pronto pierde el equilibrio y lo próximo que vemos es un monstruo al que no podemos ver. El niño desaparece y la serie se desarrolla mientras lo buscan pero sobre todo mientras encontramos eso que no andábamos buscando.

The Duffer Brothers, así firman, han hecho una serie que contiene y explota con pasión análoga toda la mitología del cine de terror, ciencia ficción y aventuras de los 80’s. Porno geek, casi. Los elementos aparecen por todos lados: hay, en las afueras del pueblo, un laboratorio que mantiene prácticas sospechosas y que, obvio, está vinculado con el gobierno de los Estados Unidos; hay, claro, un científico que podría estar o no loco pero que seguro sufre algún desequilibrio emocional; hay un antihéroe (que dicho sea de paso nos recuerda demasiado a Jack Nicholson en El resplandor), un policía venido a menos, deprimido y alcohólico que encuentra en este caso algo parecido a una razón para vivir. Hay adolescentes que se creen más grandes de lo que son y están descubriendo sus cuerpos pero no saben lo que les espera; hay una niña con poderes que mueve cosas con la mente; y hay, por supuesto, cómo no iba a haber si esta era la razón por la que estas películas nos gustaban tanto, cuatro niños que son muy amigos y muy nerds, que no la pasan tan bien en el colegio, que quisieran ser otra cosa y no lo que son y que aún así logran combatir al monstruo.

Pero por lo menos para mí el verdadero logro sentimental, nostálgico y romántico de Stranger Things es haberle devuelto su lugar a Winona Ryder, una de las mejores actrices de su generación, la novia de los 90’s, dueña de una belleza totalmente personal –la verdadera belleza resiste al tiempo y al olvido porque ocultarla es imposible– que pudo haber capitalizado su figura de forma tradicional en Hollywood pero siempre prefirió arriesgar un poco. Ahí están  Beetlejuice  y Heathers, Welcome Home, Roxy Carmichael, y Eduardo Manos de Tijera, Bocados de realidad e Inocencia interrumpida, Drácula y La edad de la inocencia. Más que suficiente para construir eso que llaman una carrera y que Winona Ryder hizo en poco más de una década, antes de cumplir los 30 años de edad. Su rostro, sus peinados y esa onda de chica alternativa que se-viste-mal-pero-se-ve-bien definieron la estética moral de una década donde se podía ser hermosa y freak, como corresponde. Ahora ha vuelto, es la madre del chico perdido, es pobre y es fácil intuir que no ha tomado las mejores decisiones. Pero, hey, ¿quién lo ha hecho? Su cuerpo tiembla en cada escena como si llevara adentro miles de otros cuerpos y esa vulnerabilidad de espíritu, esa encantadora fragilidad mental que en algún momento se acerca peligrosamente a la demencia, hacen que su personaje, quizás el más cuestionado y cuestionable dentro de un elenco que cumple a cabalidad con todos sus arquetipos, sea o mejor dicho vuelva a ser una de esas mujeres a las que uno quiere proteger sabiendo de antemano que si alguien va a salvarnos pues esa será ella.

The Duffer Brothers no son los hermanos Coen, no indagan en el folk más extraño de su país para poder contarlo o inventarlo o entenderlo desde ahí, al contrario, los Duffer se enorgullecen de los lugares comunes y de los clichés y filman su cultura con patriotismo: como diciendo somos de esa generación que se educó frente a la televisión y esto fue lo que aprendimos. Desde la secuencia de créditos, que tiene esa onda terror-de-pueblo-chico a lo Twin Peaks mezclado con las bandas sonoras compuestas por John Carpenter, uno sabe que está entrando a uno de esos sitios donde todos se conocen, donde los niños andan sueltos por las calles, donde siempre hay la posibilidad de encontrarte con la amiga de tu mamá en el lugar menos conveniente, donde la chica linda sale con el chico lindo, ese tipo de lugar en el que suceden cosas extrañas y aún más extrañas. Me recuerda a una serie que si no es de culto pues debería serlo, Eerie, Indiana, justo con dos niños al centro del elenco que capítulo a capítulo iban descubriendo que el pequeño pueblo donde vivían era en verdad un universo profundo poblado por gente loca. Digamos que Stranger Things es de eso una versión sofisticada y para adultos que crecieron emparentados por la misma cultura pop: desde He - Man hasta El señor de los anillos, desde Tiburón hasta La guerra de las galaxias. Seamos Goonies otra vez, ¿por qué no?

Aquí un apartado especial para la música. Si la serie se hubiese estrenado en 1983 los productores jamás hubiesen conseguido que bandas como Television, Joy Division o The Smiths sonaran en una gran producción como ésta, hubiese sido imposible porque ninguna de esas bandas, que ahora son legendarias, tenía en ese momento la teleaudiencia necesaria (bueno, The Clash, pero no mucho más). El caso es que la banda sonora cumple con el anhelo imposible de cualquier viaje en el tiempo: enmendar los errores del pasado.  

Y algo más. Cuando su hijo le diga que él y sus compañeros han descubierto un portal que conduce a otra dimensión y que esa dimensión está justo debajo de sus pies, que usted camina todos los días por el techo de esa otra dimensión, créale. Porque sí: hay otro mundo debajo del nuestro.  

(El Comercio)

7.18.2016

Groupies famosas


Esta canción debería ganar un premio sólo por llamarse como se llama. Groupies famosas. Elegante, universal, sofisticado, clásico: el nombre podría aguantar un disco entero o convertirse en el título de una colección de perfiles biográficos de chicas como Pamela Des Barres, la mamá de todas las groupies. Al comienzo suena como el primer Oasis, tiene un prólogo en clave de britpop-noventero del que Noel Gallagher estaría más que orgulloso, luego viene el argumento épico y genérico y emocionante de una canción que ya hemos escuchado mil veces pero que por fin es nuestra y a la vuelta de dos minutos y medio un desenlace tan antiguo y nuevo como la música misma. Da la impresión de que Jaime Martínez, cantante y guitarrista de Los Animales Lisérgicos, de Cuenca, escribió y dirigió el tema para resumir la parte más inocente y dañada de nuestra educación sentimental. La melodía parece robada de un grupo de niños que juegan en el parque, cogidos de las manos, niños y niñas que luego crecerán y jugarán a tocarse mientras cantan esta letra que juega consigo misma y con nosotros soltando imágenes que podrían ser o no eso que estamos pensando. Hay cicatrices en el fondo del mar, dice, y uno piensas en secretos muy pesados, tan pesados que nunca han podido abandonar el cuerpo que los encierra y que algún día serán la superficie de todas las historias. Groupies famosas en estado de shock, cubiertas de sangre y en ropa interior, dice, y uno no sabe si acaba de entrar en una secta donde todas contra todos o si alguien se está rompiendo la cabeza contra la pared en un concierto o si un policía acaba de descubrir la escena de un crimen fanático-pasional. Groupies famosas en el backstage, cantando borrachas No voy en tren, dice después de un coro la-ra-la-ra-la-ra-lá, y uno se acuerda de esa amiga que estudió –¿quién no?– en Buenos Aires y que cuando está borracha camina como caminaba Charly García antes de quedar por siempre quieto y dice que ella no va en tren, ella va en avión y no necesita a nadie, a nadie alrededor. Groupies famosas buscando el amor, entre cables, canciones y Gibson Les Paul, dice, y uno se da cuenta de que esta es la primera vez que alguien dice algo así aquí, que esta canción introduce a la Les Paul en el rock ecuatoriano y de alguna manera hace que el Ecuador entre en esa liga de países donde la guitarra eléctrica es más fuerte que la espada, donde la guitarra eléctrica no es un instrumento sino un ideal, donde la guitarra eléctrica es la mano que nos aprieta la mano y nos lleva al cielo…entre cables, canciones y Gibson Les Paul. Parece una tontería pero es un logro inmenso, es como si los ovnis que siempre llegan a las grandes ciudades de los grandes países decidieran detenerse en la mitad del mundo, con esto quiero decir que después de una línea tan gruesa el Ecuador se convierte en un lugar donde podría suceder cualquier cosa y eso no es poco y vaya que hacía falta. Parece que no fuera de aquí, me dijo una famosa groupie y yo creo que eso no es malo o no es necesariamente malo y lo más probable es que sea bueno: una canción que logra desprenderse de su barrio y de su patria y confundirse con los ciudadanos del mundo podría llegar lejos y hasta camuflarse en la libertad. Tiene voz de caricatura, me dijo una famosa groupie, y quizá tenga razón, pero yo creo que si Jaime Martínez hubiese tenido la delicadeza de adaptar la distorsión de su voz a la ternura primal del tema esta sería una canción cualquiera y que después de todo lo más bacán es que a ratos suena como la fantasía simple y genuina de un niño que quiere rockear y se imagina que así es el rock porque así debe ser el rock. 

Hace rato que no tenía tantas ganas de bailar.      

7.11.2016

Paseo irracional

                                                                         
One voice is clear above the din

- Robert Plant & John Paul Jones -


Dos bicicletas en la carretera del paso lateral. Avanzamos en línea recta hasta la Avenida Universitaria, giramos a la derecha y pedaleamos frente al campus de la Universidad Técnica de Manabí, en Portoviejo. Son más de las siete de la noche y las luces de los autos nos iluminan por partes: primero la espalda, luego las piernas. Nos separan unos pocos metros de distancia. Trato de no perderla de vista, de protegerla con mis ojos. Pero no es suficiente. ¿Quieres conversar?, me pregunta. Ya pues, hablemos, me dice.

Nos metemos en una de esas calles cortas que desembocan en la Avenida Reales Tamarindos. Los tamarindos, como le dicen, donde se han mudado varios de los negocios que perdieron sus locales en el terremoto. Los dueños de esos locales lograron alquilarlos al doble o al triple de lo que costaban antes de la emergencia, cuando nadie los necesitaba. Y nadie pudo reclamar. Los tamarindos es una avenida larga y obvia y por muchos tramos oscura. Ella baja la velocidad y deja que yo la alcance. Su cuerpo y el mío dividen el viento. 

Venía concentrado en las canciones de Zeppelin. Me gustaría poder hacer todo lo que hace John Boham, el baterista, al menos una vez en la vida. Le decían Bonzo y capaz murió tan joven porque ya no sabía qué otra cosa podía hacer. A veces pedaleo para desenchufar, no precisamente para escapar pero sí para habitar un espacio privado: mi metro cuadrado y ambulante. Pedaleo y pienso en las cosas que tengo que hacer y también en que aún sigo pensando en cosas y en personas que debería olvidar. Es una forma de estar solo. Si puedo estar solo, creo, podré con todo lo demás. Ella, en cambio, quiere estar con alguien ahora mismo.

Necesitamos audiencia, pienso. Público y reacción. Escúchame, apláudeme, quiéreme. Hazme creer que soy mejor de lo que soy porque a mí me quedan serias dudas. Necesitamos que alguien se ponga de nuestro lado y empuje con nosotros el peso de los días. Ella empieza a conversar y yo me quito los audífonos. Me imagino un bosque en el que todos los árboles inclinan sus coronas para hablar entre ellos: unos logran balancear su peso en el péndulo de los secretos, otros se rompen, se desprenden de sus raíces y caen encima de los demás. Ninguno de los dos despega su mirada del camino. Tus labios se mueven como si estuvieran transmitiendo una señal que viene de lejos.

Al principio la escucho de mala gana. ¿Por qué no trajiste música? Te dije que trajeras música, pienso. Tenemos una hora libre, una hora sólo para nosotros, y tú quieres hablar. No me parece justo. Yo quiero seguir andando en bicicleta, sacarme la puta hasta que me duelan las piernas y abstraerme en ese dolor hasta caer rendido en la cama. Tú hablas de todo lo que hay que hacer en este momento en el que apenas caben las cosas que logramos hacer. Te digo que lo pienses con calma esta noche y que hablemos mañana, que trates de descansar, de comer, de reírte: es mi forma de decirte que sólo quiero andar en bicicleta, por favor. Ella me pregunta qué haces antes de dormir. Leer, le digo, leo un rato y luego busco algo en Netflix y me quedo dormido viendo cualquier cosa. No puedes estar contigo mismo, me dice. No te soportas.

Varias semanas atrás, al final de una tarde tan calurosa que casi nos inflama, nos sentamos a la mesa y en algún momento nuestra madre dijo que la familia es como Amor y control, la canción de Rubén Blades. Así de fiel. Así de ciega. Incondicional. Nos dijo que tú y yo teníamos que estar juntos hasta las últimas consecuencias porque nosotros somos lo único que tenemos. No se pueden odiar, nos dijo, como si estuviera privándonos de un derecho. Y bajamos la mirada o la desviamos o hicimos todo lo posible para que nuestras miradas no se encuentren. Mi madre camina a la cocina, abre la refrigeradora y nos pregunta desde allá si queremos chifles con queso, consiguió un queso que se derrite perfecto en el microondas.   

Cuando empiezas a contarme tus cosas ya hemos pedaleado tanto que no hace falta seguir pedaleando. Las bicicletas se mueven solas y nuestros pies permanecen inmóviles sobre los apoyos de plástico. Quisiera decirte que no te preocupes, que todo va a estar bien, que tus cosas y las mías y las de todas esas personas que nos importan se van a arreglar rápido y de la mejor manera. Que nos vamos a levantar, como nos dice el resto del país. Que lo peor ya pasó o está pasando o pasará pronto. Quisiera decirte que pase lo que pase yo voy a estar aquí para ti siempre, siempre, que nunca te atrevas a dudar de mi cariño porque ese cariño es tuyo y te pertenece. Pero no me consta.

Los tramos oscuros de Los tamarindos son más largos que los iluminados. Trozos de noche que parecen infinitos mientras los cruzamos. Si fuéramos niños cruzaríamos estos túneles tomados de las manos, yo te ofrecería mi mano y tu la aceptarías, yo caminaría apenas unos centímetros más adelante, pensando que a mí me puede pasar cualquier cosa pero a ti no te puede pasar nada. Hay un momento, una edad, quizás, en la que abandonamos las manos que nos sostienen porque creemos que podemos caminar solos. Hay otra edad, muchas edades, a decir verdad, en las que nos da vergüenza buscar esas manos que ya habíamos soltado y preferimos seguir cayendo. Damos la vuelta porque dices que ya es muy tarde y quieres regresar a tu casa. Las cadenas de las bicicletas vibran sobre el asfalto.

Mi madre reunió a la familia en la mesa, habló del amor incondicional y yo no he podido dejar de pensar en eso. Un amor sin condiciones. Un amor que lo aguanta todo. Un amor irracional. Una pareja frente al altar, frente a un abogado, frente a sus amigos y frente a sí misma se jura quererse en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Creo que es más de lo que podría pedírsele a cualquier ser humano pero ocurre todos los días, a todas horas y en todas partes. Las clausulas que componen el contrato del matrimonio son los principios de la locura. La gente promete amarse y respetarse por el resto de su vida y esto les parece una buena idea. El día más feliz de mi vida, dicen. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, pienses lo que pienses, yo te voy a querer. Te voy a escuchar, te voy a comprender, te voy a calmar. El amor es una ambición sin límites.

Si una persona tiene un solo hijo los demás le preguntamos cuándo vas a darle un hermanito. Usamos el verbo “dar” porque creemos que se trata de un regalo. Alguien que lo proteja, alguien que lo acompañe, alguien que lo cuide. Los mayores dicen que un hermano ayuda mucho cuando tus papás se hacen viejos. Dicen que hay que tener hermanos porque sólo los hermanos, sólo la familia, va a estar ahí cuando los demás no estén. Asumimos, sin saber gran cosa, que nuestros hermanos estarán en las malas y en las peores básicamente porque no pueden escapar de nosotros. Te haré daño, me portaré mal, te mentiré. Trataré de aprovecharme de ti cuando pueda, te pediré favores que luego nunca podré pagar y no te llamaré el día en que dije que te iba a llamar. Dejaré que me grites y que me insultes y te cerraré la puerta en la cara porque te amo y tu me amas a mí. Nos amamos.    

Llegamos a la calle del Tennis Club, vamos por la vereda porque la calle es más bien estrecha y desde que cerraron el centro parecería que todos los carros de Portoviejo pasan por aquí. Hablar se hace más difícil, el ruido del tráfico nos cae encima pero tu voz sobrevive. Vamos despacio, cruzamos la Avenida Manabí, llegamos a la 5 de junio, pasamos de largo hasta la América y paramos en la tienda de películas pirata y coco helado. Me dices que esta es la mejor idea que se le haya ocurrido jamás a un portovejense: películas pirata y agua de coco en el mismo lugar. Te digo que deberían hacer lo mismo en los supermercados y en los bancos y en los consultorios de los dentistas, los costeños deberíamos tener siempre un coco helado en la mano. El agua de coco es como agua, me dices, pero de coco. Y te ríes.

Desde hace un tiempo que no quiero escuchar a nadie. La gente me aburre y me cansa. Tú me aburres y me cansas. Yo te aburro y te canso. Quisiera irme a la casa, darme una ducha y meterme en la cama. Regalarte estos minutos, este pedazo de nada, es lo mejor que puedo hacer por ti. Y me cuesta. No sabes cómo me cuesta. Recuerdo a todos los amigos a los que quiero como hermanos y descubro que no sería capaz de hacer esto por ninguno de ellos, que la amistad sí que tiene límites y que uno puede decir hoy no puedo, estoy ocupado, mejor veámonos otro día o simplemente no contestar el teléfono. Y desaparecer. Pero yo no puedo desvanecerme frente a tus ojos porque el que ama no puede desaparecer.

Caminamos hasta tu casa empujando las bicicletas. Me dices, de nuevo, otra vez, que no la deje en el patio porque entran y se la roban. Levantamos las bicicletas y ellas también suben las escaleras en una sola llanta. Trajimos un coco helado para mi cuñado porque lo mejor que te puede pasar en esta vida es recibir un coco helado cuando no lo esperabas. ¿Cómo les fue a los hermanitos?, nos pregunta. Las niñas están sentadas en la sala, jugando. El amor que les vas a dar no tendrá fin y eso es demasiado amor, suficiente para una sobredosis. La mayor une y separa las piezas de ese lego chino que conseguimos en la juguetería, la menor se mete el puño entero en la boca, el papá le dice que no se coma las manos, ella se ríe y lo hace de nuevo. Nos vemos mañana, me dices. No lo dudas, no lo dudo. El amor nos ha quitado el beneficio de la duda. Sí, mañana, de ley. 

(Mundo Diners)