8.24.2015

Preso en la cárcel de tus besos


Mi corazón se acelera, porque tu día te llega.
 – Chichi Peralta –

En 1995, durante una entrevista para la televisión española, con un sospechoso ramo de flores amarillas a sus espaldas, en su casa de Cartagena de Indias, Gabriel García Márquez dijo que él y su esposa Mercedes habían decidido, hacía mucho, no compartir su vida privada con el público: para entonces tenían casi cuarenta años de casados. La periodista que lo interrogaba quiso insistir y le pidió que dijera, al menos, qué era lo que le seguía gustando de su esposa. Y él contestó: lo mismo de siempre, que nunca me ha hecho caso.

Pasa. Me ha pasado. Me está pasando ahora mismo. Mi sobrina, que tiene apenas dos años, la mujer de mi vida, me desprecia con violenta indiferencia. Cuando llego a casa y me acerco para saludarla, ella me vira la cara en cuanto intuye mi presencia; sus cachetes, perfectamente redondos como pelotas de algodón, quedan demasiado lejos de mis labios enamorados y debo consolarme besándole el cabello, esa cascada de bronce que la hace parecer una niña del campo que vive sin zapatos y monta conejos gigantes.

A veces la encuentro sentada en la cama de sus padres, que le queda inmensa, recostada en un trono de almohadas; está concentrada en su iPad, viendo un episodio tras otro de Peppa Pig (la gente que hace Peppa Pig deba a) vivir y crear bajo los efectos del ácido, b) ganar mucho dinero y recordar, al comienzo de cada episodio, que esa serie pagó la remodelación de su cocina, c) contemplar el suicidio cada quince minutos). Entonces me acuesto a su lado y miro la pantalla, pero ella adivina enseguida mis sucias intenciones, se pega el iPad al pecho y me mira moviendo la cabeza de un lado para el otro; o ya de plano se baja de la cama y se va del cuarto.

Mi sobrina me dice Pi. O, mejor dicho, me dice No-Pi. Cuando intento abrazarla me dice No-Pi. Y grita. Y llora. Y sale corriendo. Cuando sus padres le sugieren que invite a su tío a jugar al parque con ellos, dice No-Pi-No. Lo repite varias veces quejándose con insistencia y hartazgo, como si estuviera cansada de que le pregunten algo sobre lo cual tiene ya una posición más que definida. ¿Vamos al parque con el Tío Pi? No-Pi-No. Es más, antes de salir, mi sobrina se da el trabajo de caminar hasta la puerta de mi cuarto y estirarse hasta alcanzar la chapa de la puerta para cerrarla y, así, asegurarse de que no los siga. Y yo me quedo solo, al borde las lágrimas

He tratado de sobornarla de todas las formas posibles, incluso con dinero, pero es inútil: su odio no tiene precio. El otro día, mientras leía un libro, quise saludarla y ella, como siempre, se negó a levantar su rostro de muñeca. Su padre le dijo que si no me saludaba no podría seguir leyendo el libro; ella, inmensa en la maldad de su belleza, cerró el libro de un portazo, nos dio la espalda a todos y apagó las luces del cuarto. Say No More.

Lo único que parece funcionar, su punto débil, es su película favorita: Mi vecino Totoro –ella le dice Totoyo– de Hayao Miyazaki. La cinta japonesa es, al parecer, crack para niños pequeños (lo más adictivo, se los juro, es la canción). Mi sobrina la ve cinco, seis, diez veces al día; en español, en inglés, en japonés, el idioma da lo mismo pues conoce la historia de memoria. Ese es mi momento. Llego, me echo a su lado y le robo un beso que dura menos de un segundo, el tiempo que ella se demora en devolverme un codazo, lanzarme un puñete o patearme con ambas piernas. Y, otra vez: No-Pi-No. Ya eso a sus padres les parece demasiado, así que ponen pausa y le dicen que no puede seguir viendo Totoyo a menos que me pida perdón, con abrazo y beso. Ella llora. Sus padres insisten. Mi sobrina finalmente se levanta, me abraza, me da palmaditas en la espalda y un beso en la punta de la nariz. Totoyo continúa. Ella mira la pantalla y, de reojo, me mira con rencor. Sus lágrimas aún no se han secado, el ahogo del llanto todavía salta en su pecho.

El poder de la belleza es absoluto. ¿Cuántos hombres sufrirán igual o más que yo por culpa de esta mujer hermosa, violenta y soberbia? Desde ya, mi solidaridad está con ustedes, compañeros; porque mi corazón está con ella. Así funciona el mundo, supongo. Desde Helena de Troya hasta mi sobrina.

Hace años, poco después de que una mujer me rompiera el corazón, un amigo me dijo si tienes que convencer a alguien de que te quiera, no vale la pena. Es cierto. Es mejor sufrir en silencio como tanta gente. Pero a ti, escúchame bien niñita malcriada, a ti sí te voy a perseguir toda la vida y por todo el mundo hasta que me ames como yo te amo. 

(SoHo)       

7.20.2015

Háblame como la lluvia


La escena es difícil de creer. Si alguien se lo hubiera contado, si alguien le hubiera dicho esto me pasó a mí, él se habría reído y habría dicho algo como puta, dónde vives, ¿en una película francesa?

La escena es esta. Un hombre y una mujer que pasan de los treinta años pero aún se visten como adolescentes están echados en la cama, ella sostiene entre las manos un libro de piezas breves de Tennessee Williams y lee en voz alta una que se llama Háblame como la lluvia. A él le gusta el título, es más, le hubiese gustado inventarlo, pero está concentrado en otra cosa. Él la sostiene con brazos y piernas, como si la mujer tuviese planeado escapar; como si él, al soltarla, fuera a caerse.

La obra empieza con unas pocas líneas dichas por HOMBRE –que él lee en voz baja, casi avergonzado, aún después de tantos años en la misma obra– en las que explica que ese día se levantó borracho en una tina llena de cubitos de hielo; entre secuencias cortas y horrorosas, va describiendo los escenarios en los que aparece cada vez que despierta inconsciente, borracho en algún lugar extraño. El otro personaje es una MUJER que, al principio, casi no habla, apenas y bebe fragmentos de agua, “desde que te fuiste sólo bebo agua”, dice MUJER. Y HOMBRE dice, “háblame como la lluvia” Y entonces, claro, las palabras inundan la habitación.

MUJER quiere irse. Uno puede esperar, pero no para siempre; la paciencia se extingue, el amor también. En verdad, MUJER quiere dejarlo, cambiar la vida que tiene por otra, pero sólo dice que quiere irse. Sueña con vivir en un hotel antiguo sembrado en un campo abierto y retirado y silencioso, en el que por toda compañía tendrá una vieja mucama que todos los días le llevará comida y, cada tanto, cobrará cheques que usará para comprarle libros de autores muertos. “Ellos serán mis únicos amigos”, dice, “los escritores muertos”. HOMBRE le pide que se acueste en la cama con él, que vuelvan juntos a la cama: la cama, si MUJER está en ella, es el único rincón seguro en este mundo.

MUJER sigue hablando. “Nunca ojearé ni un periódico. Tampoco oiré la radio. No tendré conciencia del paso del tiempo... Un día me miraré al espejo y veré que mi cabello está empezando a ponerse gris, y por primera vez me daré cuenta de que he estado viviendo en este pequeño hotel bajo un nombre falso, sin amigos ni conocidos ni relaciones de ninguna clase durante veinticinco años.” HOMBRE la escucha. HOMBRE la escucha sin poder cuestionarla. HOMBRE la escucha como quien escucha la lluvia porque MUJER habla como la lluvia. HOMBRE quiere que toda la piedad de MUJER le caiga encima. La paciencia se extingue, el amor también.

Fuera de las páginas del libro, en la cama, él se da cuenta de que ella está llegando a la escena final, a las últimas líneas de diálogo, a ese momento en que el escritor y los personajes y también los lectores y sobre todo él y ella saben que HOMBRE y MUJER tal vez jamás se separen pero que ya nunca volverán a estar juntos: si es que alguna vez lo estuvieron. Muchos errores. Mucha rabia disfrazada. Mucha resignada comprensión. Mucho intentémoslo de nuevo. Mucho hagamos como que no pasó nada. Mucho no pasó nada. Mucho nunca pasa nada. Mucho de eso que ya les pasó tantas veces.

“¡Quiero irme de aquí!”, dice MUJER.  Poco después se baja el telón. Ella mira el libro con una sonrisa tan abierta como las páginas, como si, al soltarlas, fuera a caerse: la realidad, queda claro, está ahí adentro, no aquí afuera. Él la abraza, la amontona en un abrazo, le huele las pecas del pecho y piensa que estas cosas ya no pasan, que la gente ya no lee Tennessee Williams en voz alta antes de meterse el uno dentro de la otra: y vuelve a decirle que se casen. Ella vuelve a mirarlo como se mira al pasado, como algo que se acabó y que no volverá a pasar así esté pasando de nuevo. Ella dice ya es muy tarde. Se besan. El resto de cosas también pasan,  los olores y las contorciones también pasan. Lo único que no pasa es lo que ya no puede pasar. Y ya no puede pasar porque ya no está ahí, donde estuvo tanto tiempo.

(SoHo)                     

7.13.2015

Lo salvaje consuela


Dicen los rusos que la existencia en la ciudad no debe constituir más que un interludio a la vida en los bosques. A comienzos del 2010, el escritor francés Sylvain Tesson se retiró a vivir en una cabaña en las orillas del lago Baikal, al sur de Siberia. Allí pasó seis meses aislado como un ermitaño, cortando árboles para mantenerse caliente y pescando salmones para alimentarse; caminando sobre el hielo congelado en paralelo a sus vecinos los osos; tomando media botella de vodka al día; leyendo una reserva inmensa de libros y escribiendo un diario que en español se publicó como La vida simple y fue traducido por el escritor argentino César Aira. Sylvain Tesson se atrevió a parar.

28 de febrero

Fuerza ocho en la medición del viento esta mañana. Las ráfagas se llevan la nieve, la arrojan en forma de nubes furiosas contra el muro verde bronce de la hilera de cedros. Dos horas de orden doméstico. La vida en la cabaña desarrolla las mismas manías que la existencia a bordo de un barco pequeño. No terminar como esos marinos para los que el mantenimiento se vuelve un fin en sí, y se pudren en el muelle, anclados definitivamente, el día entero dedicado a poner orden en una vida extinta. Instalarse en el reducto de una choza siberiana es ganar la batalla contra el exceso de objetos. La vida en los bosques adelgaza. Uno se libera de lo que pesa, se aligera el aerostato de la existencia.  

Parar, en este siglo, con estos aparatos en las manos, no es cualquier cosa. Menos para un escritor-viajero como este. 1993-1994: Sylvain Tesson y su mejor amigo, Alexandre Poussin, dan la vuelta al mundo en bicicleta y escriben On a roulé sur la terre. 1997: también junto a Poussin, cruzan el Himalaya caminando, 5000 kilómetros en cinco meses, y escriben La Marche dans le ciel: 5000 km à pied à travers l’Himalaya. 1999-2000: cruza a caballo las estepas de Asia Central con la fotógrafa Priscilla Telmon. 2001: expediciones arqueológicas en Pakistán y Afganistán. 2003-2004: llega al Tíbet en bicicleta y a Calcuta caminando. 2007: co-dirige un documental llamado Irkoutsk-Pékin, la route des steppes, que registra su viaje en tren de Rusia a China siguiendo la ruta del transmongoliano. Todo esto entre los veintiuno y treinta y cinco años de edad. (Digamos que Wes Anderson podría, tranquilamente, filmar un decálogo basado en Los viajes de Tesson). Y después, antes de cumplir los cuarenta, se detiene; según él, para detener también el tiempo.

4 de abril

Hoy, mucha lectura, tres horas de patinaje en una luz vienesa, escuchando la Pastoral, pesca de un salmón y recogida de medio litro de cebo, contemplación del lago por la ventana a través del vapor de un té negro, breve siesta al rayo del sol de las cuatro de la tarde, hachado de un tronco de tres metros y aprovisionamiento de leña para tres días, preparación y comida de una buena kacha y el pensamiento de que el paraíso no estaba sino en el encadenamiento de todo lo anterior.

Al comienzo del libro, El ermitaño se pregunta: ¿es posible soportarse a sí mismo? Al comienzo del libro, uno se pregunta, ¿podré soportar a este tipo doscientas páginas más? Por suerte, antes del viaje, el ermitaño repara en la fragilidad del espíritu. Cuando uno desconfía de la pobreza de su vida interior, hay que llevar buenos libros: con ellos siempre se podrá llenar el vacío. Y el libro de Tesson hace precisamente eso: llena el vacío. Increíble que un libro sin trama (la literatura de viajes es un género en sí misma y está llena de logros, pero esos logros suelen contar con la ayuda de personajes secundarios cómicos o peligrosos, con la arremetida de situaciones inesperadas y, claro, con el desplazamiento físico) pueda decir tanto.


Huida es el nombre que la gente paralizada por los pantanos del hábito le da al impulso vital.

Los teóricos de la ecología pregonan el decrecimiento. Dado que no podemos seguir apuntando a un crecimiento infinito en un mundo con recursos cada vez más escasos, deberíamos hacer más lentos nuestros ritmos, simplificar nuestras vidas, disminuir las exigencias. Son cambios que se pueden aceptar voluntariamente. Mañana, las crisis económicas nos los impondrán.

No sé si la belleza salvará al mundo.

He devorado casi todo Jack London, Grey Owl, Aldo Leopold, Fenimore Cooper y una cantidad de relatos de la escuela del Nature Writing norteamericano. Nunca sentí, leyendo una sola de esas páginas, una décima parte de la emoción que experimento frente a estas cosas. Sin embargo, seguiré leyendo y escribiendo.

La amistad no sobrevive a nada.

Cuatro horas de trabajos cotidianos son las recomendadas por Tolstoi para tener derecho a techo y comida.

Hasta ahora había aprendido a escalar las montañas, a bajarlas, a buscar caminos en ellas y a evaluar sus desniveles. Pero nunca las había mirado.

Hoy no hice daño a ningún ser vivo de este planeta. No hacer daño. Curioso que los anacoretas del desierto no presenten nunca esa explicación en las que dan para sus retiros. Pacomio, Antonio, Rancé evocan su odio al mundo, su combate contra los demonios, su ardor interior, su sed de pureza, su impaciencia por ganar el Reino celestial, pero nunca la idea de vivir sin hacerle mal a nadie. No hacer daño. Después de un día en la cabaña de los Cedros del Norte, uno puede decirlo mirándose en los hielos.

En la ciudad, el liberal, el izquierdista, el revolucionario y el gran burgués pagan su pan, su gasolina y sus impuestos. El ermitaño, en cambio, no pide ni da nada al estado. Se hunde en los bosques, y de ellos saca su subsistencia. Su retiro constituye un lucro cesante para el gobierno. Llegar a ser un lucro cesante debería constituir el objetivo de los revolucionarios. Una cena de pescado asado o de bayas recogidas en el bosque es más antiestatal que una manifestación erizada de banderas negras. Los dinamiteros de la ciudadela necesitan de la ciudadela. Están contra el estado en el sentido de que se apoyan en él. Walt Whitman: no tengo nada que ver con este sistema, ni siquiera lo necesario para oponerme a él. El día de octubre que descubrí las Hojas de Hierba del viejo Walt, hace cinco años, no sabía que esa lectura me llevaría a la cabaña. Es peligroso abrir un libro.

El anarquista sueña con destruir la sociedad en la que se funda. El hacker, hoy, fomenta el derrumbe de las ciudadelas virtuales desde su cuarto. El primero fabrica bombas en las tabernas, el segundo arma programas desde su ordenador. Los dos necesitan de la sociedad que aborrecen. Constituye el blanco al que apuntan, y la destrucción del blanco es su razón de ser.

Nada se compara con la soledad. Para ser perfectamente feliz sólo me falta alguien a quien explicárselo. 
            
Yo viajé con Sylvain Tesson a lo largo y ancho y profundo de 228 páginas. Hubo momentos en los que pensé que no podría seguir adelante, momentos en los que pensé en claudicar, tirar la toalla, cerrar el libro; pero seguí caminando y con esto quiero decir que seguí leyendo y subrayando y que cada página era una pequeña montaña con su propia cuesta y su propio horizonte. Viajé sin moverme, ligero de equipaje y muy bien acompañado. Es la única forma de viajar.    

6.29.2015

Fare Thee Well (un tributo)


Me fui. No le dije nada a nadie. Sólo lo hice. Me paré y me fui. Se sintió bien. Ahora que lo pienso, hace rato que no me sentía tan bien, tan libre. Subí a mi auto y manejé siete horas en la dirección equivocada. ¿Hay alguna dirección correcta? ¿Algún lugar donde deba estar? No creo. ¿En casa, con mis hijos? Ya es muy tarde para eso, ellos, mal que mal, saben el padre que tienen, y saben que no están solos. ¿En la oficina? Cuando el viejo me dijo que yo era su ballena blanca, que por fin me había pescado: en ese momento me perdió.

Y yo me perdí. Me perdí por voluntad propia, que es la mejor manera de perderse. Tengo dinero, tengo tiempo, y no me veo mal. Lo que tengo, creo, es carácter; personalidad, para bien o para mal. A veces, incluso, creo que soy un personaje en una serie de televisión y que mi destino no depende enteramente de mí. Es una buena sensación esa de creer que alguien más se está haciendo cargo de ti, que alguien, en algún lado, está escribiendo la próxima escena. A mí ya no me quedan escenas, creo. No me quejo. La pasé bien, aunque hice mucho daño.

La gente piensa que uno hace las cosas después de haberlas pensado por un rato, que uno actúa con conocimiento de causa. En rigor, la gente piensa que uno sabe lo que hace.  No es así. La mayoría de veces uno no tiene tiempo para pensar. La mayoría de veces uno ni siquiera actúa, sólo reacciona. Y cuando reaccionas, cuando explotas, las esquirlas salen volando y lastiman a los inocentes. Los daños colaterales no son culpa mía, ¿o sí? Podría hacerme responsable por los efectos secundarios, por haber abandonado y dañado a tanta gente que me quiso. Pero no más que eso.

He solucionado las cosas como mejor he podido, con dinero, con whisky, con mujeres. Lo sé. Pero, créanme, sólo quería zafar, y zafé. Me escapé de todo eso que alguna vez fui. Manejé para encontrar una mujer que a lo mejor ya no existe porque quería estar con ella, empezar una vida, otra vida. Pero no estaba. No está. No siempre te sale. Las cosas fallan más de lo que uno quisiera. Terminé durmiendo en un motel, solo, y una noche, después de haberme emborrachado con ellos, unos militares retirados entraron a mi cuarto y me acusaron de haberles robado su dinero. Me dieron en la cara con una guía telefónica. Duele.

Después de eso cometí otros errores. Más que errores, hice cosas que no tenía por qué hacer, cosas para distraerme, para no pensar demasiado. Viajé solo, pero un hombre, vaya donde vaya, lleva toda su vida encima, ¿recuerdan? Puedes borrarte, desaparecer, pero no puedes deshacer lo que hiciste o decir que no dijiste las cosas que dijiste. Lo peor, sin duda, es no poder parar de pensar, de recordar, de dudar. No hay dinero suficiente para eso. Una vez firmé un cheque por un millón de dólares, se lo entregué a una mujer y le dije quiero que tengas la vida que mereces. En realidad, estaba tratando de comprarme algo de paz. No funcionó.

Al final me quedé solo. Pudo ser peor. Todavía podría ser peor, supongo. Al principio me dio miedo, mucho miedo; entendí, quizás por primera vez en mi vida, que nunca había estado solo. Pero se me pasó, se me está pasando, ¿pasará? Estoy en una especie de comuna en lo alto de una montaña desde donde se ve el mar más azul que jamás hayan visto. Estoy rodeado de gente que no conozco y que no sé si quiero conocer, pero ayer un tipo contó una historia, dijo que había tenido un sueño en el que estaba dentro de una refrigeradora, que la gente abría y cerraba la puerta y la luz de la refrigeradora se prendía y se apagaba cada vez; al final dijo que nadie, nunca, lo escogía, y se puso a llorar. Su historia me llegó y hace rato que nada me llegaba. Me levanté y lo abracé. Lloré con él. Y se sintió bien. Como si me estuviera vaciando.

Es un buen momento para estar solo. Ojalá dure. Me fui para dejar atrás todo lo que odiaba de mí mismo. Desaparecí para poder aparecer en otro lado. Y aquí estoy. Quizás me encuentre, quizás no. Tal vez estoy más perdido que antes. No lo sé. Es bueno no saber. Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.    
              

6.22.2015

Lo que haremos para no estar solos


Le diremos te quiero a gente que no queremos. Llamaremos a esa gente y le diremos te extraño, quiero verte, te necesito, aunque sea mentira, aunque no tengamos ganas de ver a esa gente ni extrañemos a esa gente ni, muchísimo menos, necesitemos de esa gente. Aunque sí, vaya que estamos necesitados. Marcaremos ese número que siempre contesta y hablaremos con esa gente que siempre contesta y esa gente vendrá a nuestra casa o nosotros iremos a la suya y mentiremos y mentiremos y mentiremos hasta que esas mentiras se conviertan en sexo. Cuando todo haya terminado, cuando todo haya terminado varias veces, daremos un abrazo y sabremos que al final todo lo que buscábamos era eso, un abrazo, pero pronto, muy pronto, demasiado pronto, ese abrazo nos dará asco y será una prisión de la que saldremos con cualquier excusa. Entonces volveremos a mentir. Y diremos que no, que no acabamos adentro, pero que por favor tómate la pastilla. Y diremos que sí, que siempre usamos condón. Y diremos, también, que nos han pasado cosas, que hemos conocido otra gente, pero que nada ha sido realmente importante. Y nos aprovecharemos de la gente que nos quiere, que siempre nos ha querido, que ha traicionado a sus parejas por nosotros: la gente que sería capaz de dejarlo todo en cualquier momento para ser nuestra por toda la vida. Y usaremos la tristeza de esa gente para nuestro beneficio, para sentirnos acompañados. Y allí, sólo allí, en ese momento de vanidad, seremos honestos por unos minutos y diremos que estamos tristes y que nos sentimos solos y que nos cuesta salir de la cama por las mañanas y que tomamos pastillas para dormir por las noches y también por las tardes y que pasamos el día más o menos drogados, con las cortinas corridas, escondiéndonos del sol hasta que cae la noche y podemos mentirnos de nuevo, decir que sí, que lo logramos, que sobrevivimos a otro día, que mañana las cosas serán distintas, que nosotros seremos personas distintas aunque tengamos la boca llena con las mismas pastillas de la noche anterior y las traguemos con mucha agua y digamos, de nuevo, otra vez, mañana, mañana sí, mañana voy a levantarme temprano y voy a hacer ejercicio y voy a ponerme al día en el trabajo y voy a llamar a mis amigos y si no es mañana será pasado o la próxima semana pero pronto, pronto, conoceré a alguien que será la luz de la que ahora estoy corriendo. Volveremos a mentirnos. Volveremos a mentir. Diremos cualquier cosa que quieras escuchar. Escucharemos. Escucharemos en silencio y sin mucha atención. Escucharemos mientras pensamos en cualquier otra cosa. Escucharemos sólo con los ojos (¿puedes ver que están vacíos? ¿puedes distinguir una mirada que tiene detrás a un hombre de una mirada que no tiene nada detrás?). Escucharemos mientras pensamos nada de lo que me estás diciendo me importa realmente. Escucharemos para tenderte una trampa. Escucharemos y diremos sí, no, más o menos, no te creo, ya, increíble, lo siento mucho. Diremos un par de cosas, no muchas, igual nada será cierto. Sólo escucharemos hasta que llegue nuestro turno de hablar. Tú dirás algo y nos harás reír y veremos tu sonrisa, y, esto es cierto, tendremos ganas de querer esa sonrisa, de enamorarnos de esa sonrisa, de que esa sea la sonrisa que nos acompañe todos los días, esto es algo que intentaremos con todas nuestras fuerzas, aunque no parezca, aunque todas nuestras fuerzas sean estar desnudos debajo de una sábana, sin movernos, pensando. Esas son, en serio, todas nuestras fuerzas. Y diremos podría quedarme aquí, esta podría ser mi casa, este podría ser mi hogar, podríamos construir algo juntos. Pero al final, horas o días después, nos iremos o inventaremos cualquier cosa para que te vayas. Y diremos fue lindo verte. Y diremos tranquila, todo va a estar bien. Y diremos la pasé increíble, veámonos pronto. Y diremos gracias, gracias por todas esas cosas que me dijiste, en serio. Pero no recordaremos nada. 

(SoHo

6.16.2015

Bros


Uno de los Deadheads más instruidos que conozco me dijo que para entender el talento y el aporte del guitarrista Bob Weir a la identidad musical de Grateful Dead hay que pasar horas, días o hasta meses enteros acostado entre parlantes, fumando marihuana hasta quemarte los labios, tratando de escuchar qué es eso –todo eso– que pasa detrás y al lado y también por encima de los solos de Jerry García. Bob Weir es, sin duda, el mejor segundo guitarrista en la tradición psicodélica que salió de San Francisco a finales de los 60’s. Quizás porque nunca consideró el ritmo como la unión de las partes sino como un todo: un lugar en el que caminas, respiras y te mueves con naturalidad.

Claro, existen y ya existían Los Beatles, donde cada uno tenía su papel bien definido aunque a veces jugaran a cambiarse los zapatos; Los Stones y esa competencia asumida a todas luces entre el músico y el rockstar, entre el guitarrista y el cuerpo celeste; y hasta los hermanos Allman si alguien hubiese podido competir con el viejo Duane, pero ni siquiera Clapton estuvo a la altura. La diferencia, que recuerda un poco a la dinámica comunal de The Band (esa conversación folk a las orillas de un río), es que Bob Weir siempre tocó para la rola y el misterio, es decir, siempre estuvo tan sorprendido como nosotros de lo que podía pasar en una improvisación de veinte minutos.

En The Other One: The Long Strange Trip of Bob Weir, el documental producido por Netflix –ojo, HBO, alguien está ganando terreno a pasos agigantados–, el más atrevidamente arrítmico de los guitarristas rítmicos, que se unió a la banda cuando tenía apenas 16 años y se dedicó a tomar ácido una vez por semana por lo menos durante un año antes de encontrar su sonido, reconoce que su trabajo está basado en las generosas manos del pianista de jazz McCoy Turner, eterno cómplice del gran aunque sobregirado y a ratos egoísta John Coltrane. Eso es lo que hace Weir, tocar para los demás al frente del escenario, hide in plain sight. Se sabe: cuando haces bien tu trabajo, nadie lo nota.

En la mirada de Bob Weir, que tiene casi 70 años y una colección de más de 100 guitarras, hay algo que se perdió o, mejor dicho, que se sacrificó por un bien mayor: sus ojos parecerían estar pensando cada uno en lo suyo y sus pensamientos dan la impresión de ser una mezcla de recuerdos extraviados buscando un ancla o una coincidencia cronológica o cuando menos un rastro de pan en medio del bosque. Se nota que se le fue la mano: con las drogas, con las mujeres, con la música, con todo, pero no parece haber en su mirada colgada y lenta ni el más mínimo rastro de arrepentimiento, al contrario, da un poco de envidia y cuando toca y su voz aparece por entre su barba revuelta uno piensa que sí, que se puede envejecer con dignidad.

A veces hay que cederle parte de tu vida y tus neuronas al destino para conseguir lo que otros no alcanzan ni después de muertos. Grateful Dead, dice Weir, tocó al menos 3000 veces en vivo y eso, más las horas de ensayo, composición y grabación, lo convierten en uno de los músicos con más horas de vuelo de la historia. No es poco.

Desde su título, el documental es absolutamente honesto al lidiar con la figura que siempre opacó a Weir. Jerry García, el guitarrista y cantante y símbolo de la banda, no podrá ser superado por la memoria ni apagado por el tiempo. García es más grande que su propio legado; sin quererlo, se convirtió en el Dios de esa cultura empeñada en dilatar y plagiar –a menudo de la peor manera– los 60’s, esa generación que no aceptó su lugar en la historia y prefirió drogarse con la excusa de un concierto de Grateful Dead antes que despertar. García murió a los 52 años en eso que elegantemente se llama “clínica de reposo”, tenía sobrepeso, complicaciones cardiacas, severos problemas de colesterol y era adicto a la heroína. Es más, según Bob Weir, durante la última gira de la banda con García, en 1995, Jerry le pidió que fuera su bagman, o sea, que le cuidara la droga y no le diera más de lo que tenía que darle cada noche. Pero, dice Weir, ese no era todo el problema, García se había vuelto tan famoso, tan reconocido y paranoico, que no podía salir a la calle y pasaba los días encerrado en su departamento pinchándose y comiendo frituras para calmar la ansiedad. La fama, a la que siempre le huyó –ni siquiera fue a la inducción de la banda en el Rock and Roll Hall of Fame– terminó arrinconándolo de todas maneras. 

Durante su último concierto, en Chicago, al despedirse, Jerry le dijo a Bob, “siempre nos reímos, Bob, siempre nos reímos”. 

La banda que arruinó el festival de Woodstock porque había tomado tanto ácido que las guitarras se convirtieron en serpientes y apenas pudieron tocar un par de acordes (esto no sale en el documental, es parte del mito), tuvo su primer hit a finales de los ochentas, la gran y ansiolítica y antidepresiva Touch of Grey, que los llenó de dinero pero también convirtió sus conciertos en una especie de circo-rave-hippie donde todo estaba permitido y la música era lo de menos. Quizás allí, cuando la música dejó de escucharse, el show ya no pudo continuar.

Muy sutilmente, como corresponde, el documental enfrenta a Bob Weir con ese momento en el que tiene que escoger entre salvar su vida o morir junto a su hermano. Llegado el momento, Weir se alejó de las drogas, empezó a practicar yoga y a alimentarse saludablemente mientras Jerry seguía creciendo a lo ancho y sudaba al subir un par de escaleras. Debe ser difícil ver como alguien que quieres tanto se va acabando de a poco; mirar hacia otro lado sabiendo exactamente lo que va a pasar.
  
La biografía de Bob Weir ha sido, sí, un largo y extraño trip del que no cualquiera hubiese salido con vida; pero hay un momento clave, definitorio, cuando Weir reconoce que García estaba perdido y que él aún tenía oportunidad de salvarse. Esas, supongo, son las decisiones que separan a un hombre de un niño. Un hombre prefiere vivir. Aunque sea más despacio, más lento, incluso más aburrido. Un hombre prefiere vivir.  

4.28.2015

La canción que mi madre me enseñó


Uno de los primeros recuerdos que conservo de mi infancia es la voz de mi madre cantando la canción de Pinocho, que empieza así: hasta el viejo hospital de los muñecos, llegó el pobre Pinocho mal herido, un cruel espantapájaros bandido, lo sorprendió durmiendo y lo atacó.

Hasta donde he podido investigar, el autor e intérprete original de Pinocho es el argento-español Luis María Aguilera Picca (1936-2009), mejor conocido como Luis Aguilé, baladista romántico (dice mi padre: ese man tiene una canción lindísima que se llama Ciudad solitaria; cuando estás enamorado, enamorado perdido, esa es la canción) y rockstar infantil para la generación que creció a finales de los 70’s y comienzos de los 80’s. Además de Pinocho, Aguilé hizo famosa una biografía country-funk-disco de Pecos Bill: el vaquero más auténtico que existió. Cuenta la leyenda que con su revolver, desde un árbol, mientras se estaba afeitando, liquidó a 2.500 enemigos; es decir que este Texas Cowboy doblado al español era más eficiente que cualquier American Sniper, más certero que el orgullo nazi Fredrick Zoller y tenía más estilo que James Bond. En la última estrofa, por ejemplo, pasa esto: Pecos Bill perdió la huella en el desierto, se moría de sed y lo abrazaba el sol; y cuando estaba medio muerto, hizo un tajo en el desierto –pausa para efecto– y allí mismo el Río Bravo construyó. Si Colón descubrió América con tres carabelas, Pecos Bill la partió en dos con un cuchillo.    

Dicho esto, el mágnum opus de Luis Aguilé fue, es y siempre será ese drama violento de maltrato infantil, bullying interracial y nariz hecha pedazos con final fantástico y feliz llamado Pinocho; de no ser porque, claro, esa canción se la inventó mi madre.

Con el paso de los años he llegado a entender que esa canción es mucho más importante de lo que pensaba, que me cambió y sin duda enrumbó mi destino desde un principio. Pinocho transgredió su género con una simple pero arriesgada maniobra en la hasta entonces bastante reaccionaria estructura musical de las canciones para niños: cuando todo era estrofa-coro-estrofa-coro-coro-coro-fin, apareció de repente una variación, el punto donde se siembra el drama que la melodía se encargará de cosechar y resolver. En Pinocho apareció esto: y a un viejo cirujano llamaron con urgencia, y con su vieja ciencia pronto lo remendó, pero dijo a los otros muñecos internados, “todo esto será en vano, le falta el corazón”. Luis Aguilé cambió las reglas del juego y alteró la fórmula de esta manera: estrofa-variación-estrofa-coro-coro-estrofa-coro-fin. ¿Cuál es la moraleja de la historia? Piensa distinto o, como reza el mantra de Apple: Think different. Aguilé empujó los límites de su propia narrativa. Siguiendo la tradición de los mejores autores de cuentos infantiles (un género oscuro y retorcido donde los haya, donde los lobos se comen a las abuelas y las brujas engordan a los niños para hornearlos), nos presentó la posibilidad de la muerte y, con eso, el valor de la vida. Cuando lo encontramos, al principio del relato, Pinocho está con un pie y un brazo y una nariz en la tumba. Esa canción me gustaba mucho porque me daba miedo. Esa canción me gusta, me sigue gustando, porque es una historia que tiene poder y muestra como pocas el poder que tienen las historias.     

Mi madre me cantaba esa canción con la voz de las sirenas que tentaron a Ulises; sólo que yo, obvio, no pedí que me aten al mástil de un barco sino que me até por voluntad propia a sus brazos. Mi madre me dio la vida y luego, desde su garganta, con las cuerdas vocales apuntando hacia mis ojos, me dio una canción que se convirtió en mi vocación y que es, muy a su pesar, mi verdadera existencia.

(SoHo)