lunes 8 de febrero de 2010

El alma de Paul Giamatti


Quizás ni el mismo Paul Giamatti se acuerde de su cameo en Singles, del cuarto de control en The Truman Show o del campo de batalla en Saving Private Ryan. De hecho, tal vez nadie lo recuerde porque en esos días uno no andaba buscando a Paul Giamatti. Todo eso cambió con el Bob Zmuda que Giamatti nos dio en la maravillosa Man on the Moon. De pronto tuvimos un amigo nuevo, un tipo medio calvo y con barriga, la clase de persona en la que se puede confiar. Luego, la consagración: American Splendor (2003) y Sideways (2004). Say no more.

Paul Giamatti es desde entonces un personaje en sí mismo. Inseguro, mal genio, inteligente, como arrepentido de todo lo que dice pero bien parado cuando tiene que fajarse con la gente que quiere abusar de él. Por eso, no se me ocurre mejor persona para Cold Souls, en la que Paul Giamatti hace de Paul Giamatti y lo hace como solo Paul Giamatti podría hacerlo.

Lo encontramos ensayando la obra El tío Vania, de Chéjov, Giamatti tiene el papel principal y las cosas simplemente no le están saliendo. Paul está down y su agente le recomienda un artículo que apareció en el New Yorker como la solución a todos sus problemas. Pues bien, el artículo es sobre una empresa que permite a sus clientes almacenar y conservar sus almas en frío, para vivir un poco más ligeros durante el tiempo que ellos consideren prudente. Al parecer, cuando uno se separa de su alma, todo es más fácil. Giamatti sabe que lo que está a punto de hacer es una locura pero, desesperado como está, siente que las cosas no podrían ponerse mucho peor. Y se equivoca. Un actor sin alma no tiene materia prima para trabajar y de pronto es una persona frívola y superficial que no tiene nada que hacer en una obra de Chéjov. Entonces pide un alma que no sea la suya y elige la de un poeta ruso. Giamatti, el actor, es un éxito. Giamatti, el personaje, está peor que al principio, atormentado por un alma más grande que el cuerpo que pretende sostenerla.


Todo lo que Giamatti quiere es que le devuelvan su alma, bancársela consigo mismo como hacemos los mortales y seguir viviendo. Pero su alma ha sido vendida en el mercado negro (comercializada como el alma de Al Pacino) y ahora le pertenece a la esposa del capo de una red de traficantes de almas, una rubia estrella de telenovelas rusas. Para recuperarla, Giamatti se alía con una mula de almas y viaja de Nueva York a Moscú en una misión casi suicida.

Ahora que lo escribo, pienso que la trama de Cold Souls da tranquilamente para una comedia. Pero no. En todo caso, la primera película escrita y dirigida por Sophie Barthes (nacida en Francia y criada entre Oriente Medio y Sudamérica) es una tragicomedia que, claro, le rinde tributo a Chéjov, pero también a gente más joven como Cortázar, Paul Auster o el mismo Charlie Kaufman. Es, en rigor, una película de ciencia ficción, de esas que nos hacen creer que el futuro ya llegó. No es perfecta (la gran Emily Watson, por ejemplo, está desperdiciada), el tercer acto es un flash informativo y tal vez sería insostenible si Giamatti no fuese Giamatti, pero tiene voz, tiene a David Strathairn, tiene la inolvidable Pa’llegar a tu lado de Lhasa De Sela, se la juega por eso en lo que cree y nos da un pase backstage hacia el alma retorcida, oscura y amable de uno de los mejores actores de nuestro tiempo.







miércoles 3 de febrero de 2010

HD, Live In Loja


Flash informativo:

Empezamos el book tour desde el sur. Hace poco más de un año estuve por primera vez en Loja y quedé enganchado (cada vez que voy a una ciudad pequeña me siento en casa). De aquella visita salieron dos crónicas y una sincera amistad con el Cantaclaro (lojano para Caña Manabita) que espero reanudar en cuanto me sea posible.

Desde la cafetería de la UTPL, la misma universidad en la que Castor estudió economía a distancia, me complace anunciar que mañana, jueves 4, presento HD para un público que no la conoce pero, me dicen, la quiere conocer. Vamos a ver cómo le va a Miguel y compañía en la tierra de Pablo Palacio. Yo he encontrado amigos acá así que, supongo, ellos también lo harán. Así son los libros. Van encontrando su gente on the road.

Hablas Demasiado, Live In Loja.
Jueves 4 de febrero
17h00
En la sala 2 del Octógono (UTPL)

El plan es seguir a Cuenca, Gkill y Portoviejo, ojalá entre febrero y marzo. En eso estamos. Más detalles próximamente.


Andrade debuta con irreverencia
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El Comercio, 13/12/09.
Por Byron Rodríguez V. (Editor de Cultura)

Se deja leer, deja sentir a sus personajes cálidos, solitarios, irreverentes: Miguel, Clara y Juliana, sus mujeres; Castor, el amigo de adolescencia, los padres de Miguel.Hay otros personajes bien trazados por el autor. Están ahí, inquietos, acezantes, en Quito, una ciudad agitada por la bohemia, por un hedonismo pasajero y a ratos trivial. A esos seres que deambulan por bares y casonas de Guápulo, como la célebre Casa Blanca, se los percibe vivos: El Niño Terror, inmenso (pasa de los dos metros), de solo 16 años, pero con un poder en sus dominios que muy pocos se atreverían a contradecir. El Niño vive del dinero que le envían sus padres que trabajan en una ONG, en Brasil, y de las dádivas de licor de todo calibre que le traen los fugaces clientes: roqueros, pintores, artistas, universitarios, como Miguel, alumno de Finanzas de la USFQ, la más costosa, en la que pasa, como en vitrina, la beautiful people: la gente linda de Quito, Cumbayá y sus alrededores. Está la novia de El Niño, la Niña terror, de ojos celestes y pelo negro, plena de lujuria, solo vive para recibir las órdenes de su amado, en una casona de tres cubos, en la que cualquier sorpresa puede ocurrir a la vuelta de un sofá.Los chicos sedientos de noche y placer no escapan al dulce infierno de la ‘perica’, la cual ha sido puesta en sutiles líneas en el mesón central del hogar. La Casa Blanca, acaso uno de los capítulos más intensos, es una especie de edén derruido.Al contrario de otros autores que intentan recrear a Quito forjando una ciudad imaginada, Andrade la describe, la reseña, la cuenta. Por eso, son tan familiares la Mobil de Cumbayá o la Che Farina de NN.UU. y Amazonas. El Cafecito de la Mariscal es otro puerto bohemio, en el que Miguel decide quedarse una vez que deja toda una vida de éxito, impuesta por los padres que quieren que sea un hombre del sistema, un ‘man’ de mundo, de casa, familia, auto y sueldazo. Quito respira, late a mil, el lector se mete en sus vericuetos del norte, en sus centros comerciales, en el valle de Cumbayá. Quito es un personaje cuya sombra cubre a todos, cuyas montañas asfixian, marcan límites físicos, pero no espirituales, porque Miguel ha dejado de ser el niño títere al que sus padres y la sociedad del buen vivir quieren marcarle el destino, ante el que él se revela.La anécdota de la novela es clara, sencilla, sin aspavientos: los amores juveniles, la soledad, los estudios, la música -Miguel admira a Ramones y odia a Bono; el cine como referente. Y todo contado con un lenguaje crudo, conciso, en el que abundan las ‘malas palabras’, pero que encajan muy bien en la sintaxis de los personajes de papel y en su elocuente y a ratos cómico registro lingüístico. El lenguaje se ve afectado por pocos lugares comunes -lágrimas en los ojos, almas desgarradas, etc. Pero la novela gana por irónica e irreverente, por la voz de Miguel, en plena persona, intensa, lujuriosa, vital.

lunes 1 de febrero de 2010

I'll See You Later


Ahora que Salinger se ha ido, todos van a empezar a hablar de él. Este momento será un gran momento para la literatura y, un poco menos, para el mundo. Ahora mismo se están escribiendo y publicando columnas, reportajes, entradas de blog, entradas de twitter, notas biográficas, poemas, canciones y tal vez alguien se esté tatuando el rostro del escritor en el hombro, en el pecho, en el abdomen. Este momento, un momento totalmente Salinger, es un momento que Salinger odiaría. Un tipo que se pasó encerrado casi la mitad de su vida no puede, esté donde esté, estar feliz con todo el alboroto que produce su también anónima y encerrada muerte. Seguramente habrá gente leyendo sus libros en voz alta y gente, más gente, escuchando y llorando. Habrán homenajes póstumos en librerías, en cuyas vitrinas estarán exhibidos sus cuatro libros como si se trataran de la novedad del mes. La gente va a empezar a decir que ha leído más Salinger de lo que en verdad ha leído y mirará con indiferencia y desprecio a quienes reconozcan que no lo conocen. La gente va a empezar a decir que ha leído todo Salinger y que Salinger apesta para creerse más que los demás. Los detectives salvajes se encargarán de averiguar si es verdad que las amantes que lo visitaban estaban en la secundaria; si es verdad que tomaba su propia orina; si es verdad que escribía todos los días encerrado en un bunker; si es verdad que luego de escribir una nueva novela la quemaba y se reía a carcajadas; si es verdad que los Tenenbaums se le parecieron a los Glass y escribió el guión de una película con Wes Anderson; si es verdad que la muerte de John Lennon lo afectó demasiado como para volver a la luz; si es verdad que nadie le caía bien y cada vez que le hablaban respondía a gritos. A su manera, Salinger cumplió la fantasía que Holden Caulfield solo pudo articular con palabras: desapareció, se fue, se retiró, se borró, se guardó, se perdió. Salinger decidió desconectarse y tuvo aún más éxito en formato unplugged-bootleg-mute que cuando se presentaba en vivo y en directo. Ahora que Salinger se ha ido, me conmueve ver y leer y sentir tanto afecto apuntando hacia una persona (¿o será sólo hacia su obra?) que no necesitaba de otras personas. Todavía se puede dar cariño sin pedir reembolso.

lunes 25 de enero de 2010

Lo nuevo de Morphine


La leyenda de Mark Sandman sigue creciendo. El año pasado, a diez años de su muerte sobre el escenario del festival Nel Nome del Rock en Palestrina, Italia, apreció At Your Service, un álbum doble con temas inéditos, versiones alternas y material en vivo de la banda con la que Sandman le dio carne al Low Rock: Morphine.

Dana Colley, el intenso saxofonista de Morphine, cuenta en las notas interiores del disco que la banda empezó de un día para el otro. “Mark estaba sentado en el banco del piano que tenía en su pequeño apartamento de la calle Williams, en Cambridge (Massachusetts), tocando el bajo de una cuerda que acababa de inventar, y cantando. Yo tocaba mi saxo barítono y las ideas fluían divinamente. A los diez minutos él dijo ya está, consigamos un baterista y un par de tocadas. Yo le dije, ¿estás loco?, no tenemos canciones.” El siguiente ensayo fue con Jerome Deupree, primer baterista de la banda, en el sótano de un Deli que estaba en Everett, un suburbio de la clase trabajadora de Boston. De aquel encuentro, sucedido hace veinte años, más o menos, salieron Claire y The Other Side, dos de los trece temas incluidos en Good (1992), el álbum debut. Después de tocar y sudar, el trío subió al Deli a comer algo y Mark, como si hubiese estado pensando en ello durante años, dijo: eso es, Morphine, ya tengo el nombre.

Aunque Morphine nunca fue exactamente mainstream, encontró su gente (su familia alternativa en una década en la que todo, se supone, era alternativo), editó cinco discos de estudio en ocho años y salió de gira varias veces y por varios países. Pero para Mark eso no era suficiente. El tema no era, nunca fue, buscar fama y riqueza, sino darle la talla a su desbordada ambición creativa en varios soportes y formatos. Antes de Morphine, Mark formó Treat Her Right, que de hecho tocó varias veces fuera de USA e, incluso, fue banda telonera de Bob Dylan. Además, mientras tocaba con Morphine, Sandman tocaba también con Hypnosonics, Candy Bar, Pale Brothers y otras bandas cuyos nombres y grabaciones, espero, irán apareciendo con el paso de los años. Al parecer, Mark escribía non-stop y cuando las canciones no le quedaban a Morphine inventaba otra banda para poder tocarlas en vivo. Tal vez por eso, porque lo que importaba era tocar, seguir tocando, ninguno de sus proyectos paralelos salió de un exclusivo y acaso bendito circuito de tres bares en Cambridge: Middle East, The Plough & Stars y el Lizard Lounge.

Según Billy Conway, baterista de Treat Her Right y Morphine, Mark Sandman debe ser uno de los artistas con más grabaciones en el mundo. Sandman sabía que muchos de los momentos más afortunados de una banda se dan y se pierden en los ensayos y, por si acaso, grabó todos los ensayos de Morphine en casetes 8-track. Así que At Your Service quizá sea el comienzo o, más bien, la continuación de una historia que muchos queremos seguir escuchando. Yo llevo un par de días en ello, medio perdido y medio encontrado en canciones que, digan lo que digan, son nuevas. Por ahora me quedo con Come Along, It’s Not Like That Anymore, Bye Bye Johnny, Women R Dogs, 5:09 y Lilah II (continuación del corto instrumental que abre el disco Like Swimming, de 1997, esta vez con letra y casi cinco minutos de duración) que encajan perfectamente en el repertorio de Morphine pero, también, dan cuenta del posible rumbo que hubiese tomado la banda en el siglo XXI: arreglos más elaborados y letras que llevan la ironía y la melancolía all the way. Eso en el primer disco. El segundo es casi todo en vivo y es casi perfecto. Lo único malo es no estar ahí. Pero bueno, aquí estamos.

viernes 22 de enero de 2010

Cocaine Blues


Rachel había esperado mucho para ponerse el vestido rojo. A veces pensaba que había esperado demasiado, que el invierno jamás terminaría y que el vestido se quedaría ahí, colgando del techo de su cuarto, como la bandera de un país olvidado.

El primer día de sol llegó tarde y sin avisar. La luz entró por la ventana del cuarto y se fue moviendo centímetro a centímetro - iluminando la alfombra húmeda y una tasa de plástico manchada de café y lápiz labial -, hasta trepar por el colchón desnudo y detenerse en la mejilla aún maquillada de Rachel, que al principio pensó que se trataba de una broma y se cubrió la cara con la almohada. Luego sintió el calor, ese calor del que creía se había olvidado. Abrió los ojos, vio la oscuridad, lanzó la almohada al piso, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Después volvió a la cama, se paró sobre el colchón y empezó a oler el vestido.

Rachel decidió caminar. Llevaba, además del vestido, un sombrero blanco de ala ancha, zapatillas y un diminuto bolso de cuero negro. Se había puesto esos lentes de contacto y en sus ojos el iris también era rojo, más rojo que el mismo vestido rojo. Caminó por la avenida St. Charles siguiendo el rumbo del tranvía hacia downtown. Algunos de sus pasos fueron trascendentales o por lo menos así los sintió ella; como si su manera de caminar influyese directamente en el destino del universo. Algún día tenía que ser yo la mujer más hermosa del mundo, ¿no?, dijo Rachel cuando se detuvo frente a la vitrina de una licorería y vio su reflejo por encima de las botellas de colores.

Una patrulla estaba estacionada frente a la casa de Joe y aunque no era la primera vez que aquello sucedía Rachel se sintió peor que de costumbre. Dos oficiales salieron de la casa hablando entre ellos. Uno de los dos anotaba cosas en una libreta y el otro acomodada su arma en el estuche que tenía en el cinturón. Rachel siguió a los policías con la mirada. Cuando ellos se detuvieron en ella y le preguntaron si conocía al hombre que vivía en esa casa ella se preguntó lo mismo. ¿Conocía a Joe? Se llama Joe, le dijo el oficial, guardando la libreta en el bolsillo del pecho de su camisa. Rachel se demoró en contestar pero finalmente dijo conozco a un Joe, pero no vive aquí, no es éste. Los policías la miraron y quizás, quién sabe, pensaron en interrogarla. No lo hicieron.

La patrulla dobló por una esquina y desapareció. Rachel abrió la puerta de la casa y escuchó la misma canción de siempre viniendo, como siempre, de la garganta agotada de Joe. Las cortinas estaban cerradas. Rachel tuvo que encender la luz verdosa y titilante para poder ver a Joe sentado a la mesa. Joe seguía cantando o tratando de cantar o simplemente susurrando versos incomprensibles. Llevaba el sombrero de cazador, cuyas alas le cubrían las orejas, una camisa desgarrada, profanada por la sangre de otro, y estaba tomando vodka a pico de botella. Joe levantó la cabeza y le dijo baby, por fin llegaste, casi te lo pierdes, baby, mi gran día, baby. Rachel dio unos pasos hacia delante y descubrió, junto a la botella, las líneas armadas al lado de una fundita transparente.

Rachel. El vestido rojo. El primer día de sol en mucho tiempo.

Joe se inclinó para aspirar a través de un billete enrollado (el último billete que le quedaba en la vida), luego se limpió la nariz y se cepilló los dientes con los dedos. La coca es para los caballos, no para los hombres, el doctor dijo que te iba a matar, dijo, sin saber bien por qué, Rachel. El doctor dijo que me iba a matar, pero no dijo cuándo, respondió Joe, la fecha la pongo yo. Rachel miró a su alrededor y se dio cuenta, tomó la firme decisión de por fin darse cuenta, que en la casa sólo quedaban las dos sillas en las que estaban sentados y la mesa en la que Joe armaba sus líneas y dejaba descansar a su botella. Van a tener que regalar las sillas, y la mesa, dijo Rachel. Vino a tocarme la puerta a las cuatro de la mañana, baby, que querías que hiciera, respondió Joe.

Rachel fue al patio y desenterró con sus manos el arma que ella misma había enterrado un año atrás. Un año es suficiente, pensó. Las uñas se le llenaron de tierra. Los dedos se rasgaron y sangraron un poco. El arma estaba ahí. El arma estaba cargada.

De regreso a casa trató de no mirar el árbol en cuyas raíces, seguramente enredado, seguía descansando su hijo, pero no pudo. El árbol tenía dos años. El pequeño nunca llegaría a tanto.

Joe aspiró todo lo que pudo, lamió el interior de la fundita y se terminó de un trago lo que quedaba en la botella. Rachel entró a la cocina y le dio el arma. Joe la miró, quiso sonreír, no pudo, y le dijo, ¿no te quedas a ver el show? Rachel negó con la cabeza y salió de allí.

El disparo hizo temblar las paredes de la casa. Parte del estruendo salió por las ventanas y se perdió en St. Charles. Los vecinos alarmados salieron de sus casas mientras Rachel, la mujer más hermosa del mundo, se sacudía la tierra de las rodillas y caminaba siguiendo la dirección del tranvía, hacia downtown.


Relato basado en la versión de Cocaine Blues (Dave Van Ronk) que tocó Bob Dylan el 24 de agosto de 1997 en Vienna, Virginia, USA. El tema está incluido en Tell Tale Signs: The Bootleg Series Vol. 8 (2008)




Bonus track: la corta y encantadora versión de Keith Richards.



miércoles 20 de enero de 2010

I’ll Just Say Fare Thee Well


El Lexington Hotel queda en el 1021 de Airline Drive, en Kenner, Louisiana, uno de esos pueblos genéricos que podrían estar en cualquier parte de los Estados Unidos. Yo estoy en la habitación 227, a mi derecha hay una ventana que da a una piscina que no probaré, el tiempo no me lo permite. El Lexington es un Days Inn, un hotel de carretera para gente que está de paso. Estoy de paso, lo sé. De pronto todo esto ya pasó y todo lo que hago es tratar de prolongar un viaje que tenía que acabar un día.

Aunque en rigor no he pasado demasiado tiempo fuera del Ecuador, me veo más lejos que de costumbre. Durante estos días me he sentido, más o menos, al día. Me explico: en Ecuador uno siente que sin importar cuán rápida sea la conexión a Internet que el dinero pueda pagar, sigue viviendo en el pasado o, por lo menos, en un tiempo que no puede llamarse presente ni real. Acá está el presente y, a veces, el futuro. Me refiero a cosas tan simples y placenteras como ver una película que quieres ver el día de su estreno oficial y encontrar en las librerías precisamente eso que fuiste a buscar, y más. El tipo de cosas que, a la larga, hacen la vida más llevadera. Y, como todos sabemos, no es que USA sea el mejor lugar para vivir.


Ya no estoy en Seattle y solo Dios sabe todas las cosas que me quedaron pendientes de ver y hacer. Mejor así, siempre debe haber una razón para volver. Sin embargo, mi último día en la ciudad empezó con un viaje exprés a Aberdeen, donde nació Kurt Cobain. Fueron más las horas de camino que los minutos de recorrido. Aberdeen es más pequeño que Kenner, pero menos genérico, tiene su onda de pueblo pescador y en el downtown, que se extiende a lo largo de cuatro cuadras o menos, hay un Star Wars Shop que se publicita a un lado de la autopista. Izquierdo y yo fuimos hacia allá en una especie de peregrinaje nostálgico que le debíamos a la adolescencia, escuchando el flamante Live at Reading que Nirvana lanzó el pasado noviembre. (By the way, el disco está increíble). Nos tomamos la foto en ese letrero que dice Come As You Are, dimos una vuelta, nos preguntamos ¿qué hacía este man aquí?, luego fuimos a desayunar y empezamos a hablar de los temas de siempre: escribir, sobrevivir, have some fun in the mean time. Hablamos de lo irónico que resulta tener que “triunfar” en España para ser un escritor latinoamericano exitoso; de lo poco conocido que es el español ecuatoriano al lado del español argentino, mexicano, chileno o colombiano, por ejemplo, y de cómo esa soledad étnica es nuestra mayor debilidad y nuestra mayor fortaleza. Hablamos de salir del Ecuador y jugársela en otro lado y pensamos que si todos se van, ¿quién se queda? Hablamos de construir el país en el que queremos vivir, esto no significa hacer carreteras o puentes sino escribir novelas, grabar canciones, editar revistas, administrar un bar y tener un programa de radio. El Ecuador no debería ser un obstáculo, pero puta que es difícil.

Empiezo a volver. Libras de más. ¿Libros de más?, ¡no!, jamás, así haya que sacar ropa de la maleta para poder transportarlos o pagar el recargo criminal al que las aerolíneas llaman sobrepeso, absolutamente consciente de que ese peculio podría ser invertido en más libros. Dinero de menos, eso sí. Jodido pero contento, digamos. Con imágenes tridimensionales que subí a mi disco duro y se proyectan en tamaño IMAX al fondo de mi cabeza: Bourbon Street en año nuevo, un pulpo almorzando en el acuario de Seattle, las risas y los dibujos producidos por los hijos de El Zurdo y La Martu, ver el sol y la luna al mismo tiempo desde la ventana de un avión, una micro canción de Warren Zevon…

Ever look at your window, babe
And wonder what was going down in the street below
Out where the four winds blow
Ever stand at the crossroads, babe
And know it didn’t really matter which road you chose
Heaven knows
I’m a refugee from the mansion on the hill

And if you won’t leave me I’ll find someone who will

viernes 15 de enero de 2010

Seattle, películas, Seattle


Hay varias maneras de recorrer una ciudad. Conozco gente que nunca ha salido del Ecuador y, gracias a ciertos libros o películas, sería capaz de guiarse sin problemas en, no sé, Rosario o Manchester, por ejemplo. Ver una ciudad en pantalla o leerla en papel es una forma de viajar y, en ciertos casos, una forma de realidad virtual tan poderosa como The Matrix. En esas estoy. Así me siento. Creo que he pasado más tiempo en salas de cine que en las calles. Tal vez no haya hecho el city tour de rigor ni me sepa de memoria los monumentos históricos de la ciudad (el más importante, obviamente, es el monumento de Hendrix, en Capitol Hill) pero sé que ahora conozco más de lo que conocía antes y que moverme de una sala a otra sin problemas equivale a encontrar un lugar para mí. Siento que llegué y me ubiqué.


Hace unos días, en casa, vimos Singles, la comedia-romántica-grungera de Cameron Crowe en la que Eddie Vedder, Stone Gossard y Jeff Ament son Citizen Dick, la banda de Matt Dillon. Singles pasa (¿las películas pasan o suceden?) en Seattle. La secuencia de créditos iniciales es como un tributo sobrio a la ciudad en la que, a comienzos de los noventa, pasaban muchas cosas que definirían a toda una generación. Ver las locaciones fue un placer. Estar ahí, aquí, donde está una película, potencia toda la experiencia y la hace memorable en el peor de los casos. Singles, ahora lo capto, es fallida, un poco ingenua y atolondrada, pero no es tonta, sabe perfectamente de lo que habla y aunque no lo articule muy bien le sobran onda y sentimiento. Ver Singles en Seattle es, me imagino, como ver Almodóvar en Madrid o leer El amor en los tiempos del cólera en Cartagena, esto último no me lo imagino, lo sé, es uno de mis mejores recuerdos.


Aquí vi The Imaginarium of Doctor Parnassus, la nueva de Terry Gilliam, una película que ningún cinéfilo, profesional o amateur, será capaz de ver objetivamente. Después de todo, Parnassus es la última aparición en pantalla de Heath Ledger y eso la convierte en un objeto meta cinematográfico, supongo. ¿Podría alguien hablar mal de esta película y dormir tranquilo?, tal vez dentro de unos años, cuando la cosa se haya enfriado, porque ahora sólo se puede disfrutar, solo se puede agradecer. Además, hay varias cosas impresionantes en Parnassus, empezando por el mismísimo imaginario, un lugar en el que el mundo es tal cual uno se lo imagina: cruzas un espejo hecho con papel aluminio y al otro lado te espera un universo creado enteramente por tu cabeza. Así, por ejemplo, el mundo ideal de una señora pelucona es un planeta en el que los zapatos de taco son gigantes y las perlas brotan brillantes de los jardines. Y, claro, uno se pregunta, varias veces, cuál sería su universo perfecto. Yo no sé que habría y que no en el mío. Pero estoy seguro de que el hígado sería mucho más resistente de lo que es ahora, todo sería gratis y yo tendría control absoluto sobre el paso del tiempo… ¡Ah!, otra cosa importante: en Parnassus, Tom Waits es el diablo, razón suficiente para jugarse el alma.


Por último, ayer, después de una corta pero constructiva visita al SAM (Seattle Art Museum), en la que vi una rata gigante que me impresionó gratamente y los soundsuits que hace Nick Cave con suéteres de lana usados y largas hebras de cabello humano, fui a ver Avatar en el IMAX del Pacific Science Center, al pie de la famosa Space Needle. Mi relación con James Cameron no es buena. Siempre le estaré agradecido por darnos Terminator pero, también, lo odiaré hasta el final de mis días por todo el daño que hizo cuando volvió a hundir el Titanic (que en su momento Santiago Roldós llamó apropiadamente Tontonic) y lo estrelló contra nosotros, mientras la desabrida y antipática Celine Dion cantaba la canción más odiosa del mundo. Pero bueno, ver Avatar se ha convertido en una especie de obligación (mérito de Cameron, sin duda) y yo quería ir al IMAX y era eso o una película sobre delfines en la que no salía Flipper. La buena noticia es que ahora lo entiendo todo. Sí, le salió, Cameron ha descubierto una nueva forma de hacer cine o, por lo menos, una nueva forma de filmar la ciencia ficción, algo no menor. La historia es predecible y oportunista, de ley, pero la animación, la puesta en escena, el montaje, todo lo técnico, digamos, es un placer. Igual creo que es muy larga y que lo realmente importantes es porqué George Lucas no esperó diez años más e hizo el Episodio I con las herramientas de Avatar.

Ok, gotta go. Hay mucho que ver antes de que empiecen los Golden Globes el domingo. See you at the movies.