3.20.2017

Hay vidas que nunca empiezan


Nadie podrá olvidar las circunstancias en que Moonlight ganó el Oscar a mejor película el pasado mes de febrero. Warren Beatty recibió el sobre equivocado, leyó la tarjeta que venía ahí dentro, dijo que la ganadora era La La Land y todo el equipo detrás de aquella cinta subió al escenario a recibir el premio. Cuando los productores estaban agradeciéndole a sus familias y a la vida por haberles dado tanto, el mismo Beatty apareció con la tarjeta correcta y fue uno de los productores de La La Land quien lo dijo: no es una broma, aquí está, Moonlight, ustedes ganaron.      

El momento fue más que confuso. Algunos pensamos –yo todavía sospecho– que se trataba de una broma del anfitrión, Jimmy Kimmel, que había tenido una gran noche: el tweet a Trump para preguntarle si estaba despierto, el momento en que hizo entrar al teatro a un grupo de turistas que seguro todavía no se la creen, todas las maldades-muestras-de-cariño que preparó para su amigo Matt Damon. Además, hubo una muy sospechosa similitud con el episodio de Miss Universo (un negocio marca Trump) en el que también se anunciaron dos ganadoras, una tras otra: primero una lágrima de emoción y luego varias lágrimas de amargura. Y después de todo La La Land había sido acusada de falsa y mentirosa mientras Moonlight se establecía como una cinta llena de verdad. (En todo caso: la película grande, llena de canciones y de colores tan felices que la hacen parecer una trozo de ciencia ficción, queda en ridículo y pierde contra la pequeña, una pieza de arte moderno cuyo personaje principal lo tiene todo en contra. Muy Hollywood, digno de un Oscar)   

Meses atrás, en octubre del 2016, A. O. Scott, el legendario crítico de cine del New York Times, había titulado su reseña de Moonlight preguntándose si era la mejor película del año y resolviendo con esa pregunta cualquier duda que pudiese haber al respecto. En la columna, Scott se refería al film como una cinta hermosa desde la primera hasta la última toma, decía que los colores son ricos y luminosos, y que la música, tanto las canciones que suenan en la banda sonora (Almodóvar mediante) como las melodías compuestas para la pantalla, eran asombrosas y perfectas. Quizá todo eso es verdad o será verdad de cierta forma de aquí en adelante, pero cuando más acertado estuvo el crítico fue al definir el carácter del director, “Él no generaliza. Él enfatiza”, dijo Scott sobre Barry Jenkins, un cineasta de 38 años que apenas va por su segunda película.

Y sí, Moonlight es enfática de una manera tan sutil, tan firme, tan presente: Jenkins no explota el gueto, al contrario, lo acerca, lo aterriza, lo normaliza, y eso es lo que duele. Y, como las grandes de todos los tiempos, no depende de su trama sino que se la juega entera y apuesta todo por los personajes a quienes debe su existencia.

Al centro de la historia está Chiron, esta película es sobre él y sucede entera en tres momentos específicos de su vida.

Al principio es un niño pequeño, vive en un barrio caliente y húmedo y peligroso en el sur de Florida, y no parece conectar con nada de lo que lo rodea: niños violentos, una madre ausente, dealers que despachan en la calle. Al principio, Chiron casi no habla pero hace un amigo que acaba siendo su figura paterna, Juan (Oscar a Mahershala Ali como actor de reparto), el dealer que maneja el negocio en el barrio y tiene entre sus clientes a la madre del pequeño. Al principio entendemos que Chiron debería salir de ese mundo pero que nunca va a poder salir de ahí.

A la mitad Chiron es un adolescente flaco y alto que siempre anda en la suya, que vive para adentro. A la mitad, la mamá de Chiron es sólo los restos de lo que era y le pide dinero a su hijo para comprar un poco más, la última dosis antes de la última dosis antes de la última dosis. A la mitad, Chiron casi no habla pero tiene un amigo, Kevin, que una noche le da un beso y lo masturba en la playa y un día le parte la cara de un puñete en el colegio: porque así son las cosas, porque así es como funciona. A la mitad Chiron entiende que tiene que ser más fuerte que los demás o al menos parecer más fuerte. A la mitad nadie sabe a ciencia cierta qué pasara con Chiron.

Al final Chiron es un adulto, un gigante más ancho que alto, lleno de músculos, duro. Al final Chiron se ha convertido en dealer y recluta adolescentes que trabajan para él. Al final Chiron es lo que tenía que ser viniendo de donde vino: se nota que nunca se cuestionó, que nunca pensó que las cosas podían ser distintas, que sólo siguió el camino que le pareció más natural. Al final Chiron parece estar más solo que antes. Al final Chiron recibe una llamada de Kevin, no se han visto en varios años y quedan en verse. Al final Kevin tuvo una vida, estuvo preso y ahora trabaja como una bestia para mantener a sus hijos: eso es, mal que mal, una vida. Al final Chiron le dice a Kevin que nadie más lo ha tocado, nadie, nunca, en ninguna parte.          

Así: al principio, a la mitad, al final. Así: Pum-Pum-Pum. Así enfatiza Moonlight. Muestra sólo lo necesario y hasta menos para que cada uno pueda intuir lo realmente necesario. Hay vidas que pueden contarse de esa manera: en pocas palabras y algunos sentimientos y varias emociones. Hay personas que no son lo que dicen sino lo que hacen o dejan de hacer. A veces dan ganas de estirar la mano hacia la pantalla y ofrecérsela a Chiron, pero también da miedo que la pantalla nos jale hacia adentro y nos trague. Dan ganas de empezar a vivir porque hay vidas que nunca empiezan.                 

(Mundo Diners)

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3.06.2017

Apuntes sobre Logan


Hoy es viernes y son casi las seis de la tarde. Decidí venir a esta función porque pensé que estaría más o menos vacía, que a estas horas la gente seguiría en sus trabajos o habría empezado ya a consumirse en el fin de semana. Pero no. La sala está prácticamente llena y entre el público se distingue una clara mayoría de hombres jóvenes que llevan lentes, pelo largo y camisetas de Megadeth o Mario Bros: una raza noble de metaleros que además son gamers y leen cómics. Bien. También hay mujeres jóvenes, pero menos, y se nota que varias de ellas le están haciendo a sus amigos o novios un favor que luego podrán cobrar.

Ésta es la décima ocasión en la que el australiano Hugh Jackman hace el papel de Wolverine, también conocido como Logan. Y quizás sea la última: hasta los inmortales deben saber cuándo ha sido suficiente. Lo encontramos más deprimido, cínico e intoxicado que de costumbre. De hecho, esta pudo haber sido una gran película sobre un alcohólico tambaleando al filo de la muerte. Y de muchas maneras, cumpliendo además con las reglas del género de superhéroes, la cinta va de eso: un hombre que ya no sabe qué hacer consigo mismo y sólo quiere que alguien apague las luces pronto porque él, condenado a la eternidad, no ha podido hasta ahora apagarlas por su cuenta.

Logan sucede en el futuro cercano, el año 2029 (o sea, pasado mañana), cuando se supone los mutantes han sido completamente exterminados del mundo, pero claro, la verdad es otra: todavía existen y están más cerca de lo que creemos. En una época de franquicias infinitas, los estudios Marvel se han encargado de sembrar la semilla de toda una nueva posible generación de X-Men. Y esto bien puede ser lo mejor de la película. Desde que aparece Laura, una niña pequeña que ha heredado los poderes y el mal carácter de Logan, su padre, la cinta rejuvenece y cobra importancia. Se nos permite ver de cerca la esencia aún no domesticada de una criatura que todavía no sabe lo que es capaz de hacer.   

Las secuencias de acción, frecuentes, dramáticas y feroces, nos obligan a entender que Logan no podrá continuar con ese ritmo caníbal por mucho más tiempo, pero la pequeña Laura tendrá que hacerlo. Hay una secuencia en particular, a la altura de la mitad de la historia, que la revela como una fuerza de la naturaleza que sólo puede morir o matar. Y además hay en Laura una buena parte de los conflictos que envuelven a los mutantes: soy distinta, la gente no me quiere, no me acepta, la gente me tiene miedo y cuando la gente tiene miedo reacciona de maneras violentas así que voy a tener que protegerme. Laura, que pasa en silencio casi toda la película (su sola presencia llena la pantalla), que se defiende con garras de acero y no con palabras, da sus primeros pasos como una princesa criada en el campo de batalla.  

Al final, como de costumbre en una producción de Marvel, la gente se queda en sus asientos esperando el avance de la próxima cinta, pero suena Johnny Cash y corren los créditos y no hay nada más. Alguien dice: creo que voy a llorar. La pantalla en negro. La página en blanco.

(El Diario Manabita)    

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2.27.2017

La vida real


En una entrevista con Carmen Aristegui para CNN en Español, el escritor mexicano Guillermo Arriaga dijo que El Salvaje, su novela más reciente, se trata sobre un muchacho de catorce años cuyo hermano mayor es asesinado por un grupo de fanáticos religiosos. Pero no es tan simple, nada lo es. En esa entrevista también dijo que pasó cinco años y medio (el 10% de su vida) escribiéndola, trabajando un promedio de trece horas diarias, sin descanso, sin vacaciones, como un monje que se ha convertido en parte de la religión. Y se nota. Palabra a palabra, piedra sobre piedra. Uno se mete al libro y tiene la sensación de haber entrado a una catedral. El protagonista, concluyó Arriaga, se queda con dos disyuntivas: ¿cómo sobrevivo a este dolor?, y ¿busco justicia o busco venganza? Entre los signos de interrogación de esas dos preguntas cabemos todos.       

El protagonista se llama Juan Guillermo y pierde a su hermano y pierde a toda su familia, se queda solo en este mundo. Esto lo sabemos de entrada porque Arriaga tiene la costumbre de narrar las cosas a destiempo. Muestra primero la sangre, luego la herida, después el arma que causó esa herida, la mano que sostiene el arma y finalmente el cuerpo que late entero por culpa de esa herida. Así funcionan los guiones que lo hicieron famoso en todas partes, Amores Perros, 21 Gramos y Babel (Amores Perros es la mejor, largo; las otras se sienten como sucursales lejanas), y así funciona la estructura de El Salvaje, con una diferencia: las películas flaquean cuando pretenden superarse la una a la otra, ir siempre más lejos, y terminan marchando sobre su propio terreno; pero en esta novela Arriaga aprieta todo lo que abarca y se va tan lejos como puede sólo para encontrarse consigo mismo. Sus viejos trucos parecen nuevos o quizás ahora recién le salen como él quería.  

Ahora bien, tal vez deberían saber esto: el libro tiene casi 700 páginas, involucra un compromiso y demanda espacio. Cuando parece que Juan Guillermo ha exprimido sus heridas hasta quedarse seco por dentro, con los huesos a flor de piel, faltan todavía 500 páginas de recorrido. Falta que nos cuente cómo fue ir a una escuela de niños bien siendo él una especie de niño mal, enfermito de Jimi Hendrix. Falta que nos cuente cómo Carlos, su hermano, logró venderle morfina a toda una generación de universitarios a los que congregaba en un cine donde pasaba películas de ciencia ficción tipo B. Falta que nos cuente cómo se enamoró de Chelo (cómo es el amor, en general), cómo se murió en vida de los celos cuando supo que ella se acostaba con muchos más, cómo se sentía cuando ella abría las piernas y él le metía los dedos. Cómo se le fue muriendo toda su gente.    

El Salvaje tiene algo-mucho de Amores Perros, sobre todo de ese capítulo protagonizado por Gael García Bernal que sucede en un México marginal, violento, sin escapatoria y muchas veces sin sentido. La adolescencia, queda claro, es un tema clave para Arriaga y al leerlo da la impresión de que las cosas importantes, las que marcan tu camino, las que definen tu personalidad, te pasan y te atraviesan justo en esos años, mientras el esqueleto crece desordenadamente y la piel empieza a rozarse con otras pieles. Ah, por si acaso, El Salvaje incluye una historia paralela que gira alrededor de un cazador llamado Amaruq y un lobo llamado Nujuaqtutuq, ambos conviviendo en el extremo norte y frío de Canadá (me dicen que Arriaga se ha ganado varios enemigos por defender el derecho a la caza de animales, no me consta, pero en todo caso los animales aparecen siempre en su narrativa como criaturas sagradas). Esa historia también va sobre crecer, pero de una manera más lógica, sin tanto cuestionamiento humano; crecer, digamos, como crece un árbol.

Guillermo Arriaga ha crecido. Ya en una novela muy anterior, El búfalo de la noche, publicada originalmente en 1999, era evidente la presencia de un autor con voz y mirada y un mundo propio, fragmentado pero soberano. Ese mundo, que consiguió visibilidad tras las incursiones del escritor en el cine, alcanzó un clímax en Los tres entierros de Melquiades Estrada, una película dirigida por Tommy Lee Jones y estrenada en el 2005 que cuenta con el mejor Arriaga que se haya leído en pantalla hasta la fecha (en serio, si no la han visto, dejen lo que sea que estén haciendo y corran a verla), y ahora ese mismo mundo llega a una confirmación en El Salvaje. El camino ha sido largo y no ha estado libre de peligros, desvíos y momentos de completo silencio, pero al final entendemos que Guillermo Arriaga se fue para regresar con fuerza.   

Qué busco, qué buscamos, ¿justicia o venganza? El protagonista se lo pregunta porque su hermano fue asesinado por un grupo de fanáticos religiosos, sí, pero en complot con la policía, que quería quedarse con un porcentaje de las ganancias de la morfina y las funciones de cine. La lección podría ser que es imposible abrirse camino en la vida real sin coimar a alguien muy de vez en cuando, que madurar y moverse en la vida real implica corromper a los demás pero no corromperse a uno mismo, o que la persona que amas puede desaparecer pero lo que no puede desaparecer es ese impulso irracional de habitar la vida real. ¿Justicia o venganza?, ¿qué es lo que te haría feliz?, ¿que la gente que te hizo sufrir pase por lo mismo que tú pasaste o que ya nadie tenga que pasar por algo como eso? El Salvaje se toma 700 páginas para meditar sobre estas cosas y aún así parece un trueno. 

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(El Comercio)
        

2.20.2017

It Was 50 Years Ago Today...


Hoy, Kurt Cobain habría cumplido 50 años.
Es en lo único que quiero pensar por ahora.

¿Cómo sería?
¿Estaría metido en la música electrónica?
¿Destruiría laptops al final de cada concierto?
¿Su instrumento sería una Mac y no una Fender?

¿Estaría refugiado, pintando y escribiendo poesía?
¿Diría cosas como una vez fui músico, tuve una banda, pero eso se acabó?
¿Habría estado de acuerdo en reunirse con Nirvana para hacer un tour de la nostalgia?
¿Patti Smith cuidaría de él?

Quizás en este momento, en el que ya no existen las estrellas de rock, Kurt seguiría vivo, tocando en festivales pequeños.  

Vivo y tocando.
Pero claro, no habría hecho la misma música, las mismas canciones.
No hubiese sido el mismo. Nosotros tampoco.

Pienso en una frase de Batman: The Dark Knight, que decía algo como esto: los héroes mueren jóvenes o viven lo suficiente para convertirse en villanos.
Él murió joven y fue un héroe o por lo menos fue mi héroe.
Hoy que estamos rodeados de villanos me queda todavía más claro.

Hace unos días, en Portoviejo, un pana me dijo que había leído un artículo mío llamado 20 años de soledad, sobre mi primo, un fan de Nirvana, y me preguntó qué había pasado con ese primo. Es un cuento, así que todo lo que pasa o pase o pasó está ahí metido y ni siquiera yo lo sé. Lo escribí hace dos años, en el 2014, para la revista de Libri Mundi. Y hoy lo repito como para escuchar esa canción de nuevo.

Insisto: es un cuento.
Pero me alegra que alguien haya pensado que era verdad. Que podía ser verdad.
Sobre todo en Rock City.   
Aquí va.
Aquí vamos.


20 años de soledad

para Fabiola Pazmiño y Daniel Llanos

Mi primo David tenía el cuarto más bacán del mundo. Tenía un televisor, un VHS, un equipo de música. Tenía un Nintendo, un futbolín, un aro de básquet en la puerta.  Bacanísimo. David era hijo único y lo tenía todo.

El cuarto de David tenía posters en todas las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row. El papá de David era piloto en Ecuatoriana, viajaba hartísimo a Estados Unidos y cada vez que regresaba le traía revistas Circus y David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas para pegarlos en las paredes. Una vez arranqué uno de Tommy Lee y se rompió y el man casi me caga, pero siempre me regalaba par posters para mi cuarto. David tenía tres años más que yo. David era lo máximo. Buenísima gente.  

Un día pasó una huevada increíble. Ese día estuve andando en bicicleta toda la tarde con los panas de la ciudadela, nos fuimos hasta la Avenida del Ejército, lejísimo. Cuando llegué a la casa, como a las seis o capaz a las seis y media, vi a David sentado al lado de la puerta de mi casa, andaba con su discman y sus audífonos. El man estaba como en otro mundo, como loco estaba el man. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David no me miraba. David miraba para el frente, como si yo no estuviera ahí. Le pregunté qué te pasa y después de un ratote me pasó los audífonos.

Ese día el papá de David había llegado de viaje y le había traído el Nevermind, de Nirvana. En Portoviejo no había cable, pero nosotros ya habíamos visto el video de Smells Like Teen Spirit en la televisión. Cuando éramos pelados, a las doce de la noche, después del himno nacional, Ecuavisa se convertía en MTV y nosotros nos pasábamos la noche despiertos grabando videos en el VHS de David. Tomábamos Coca Cola y veíamos videos hasta el amanecer. No importaba si había clases al otro día. El que se quedaba dormido perdía.

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. No entendía muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras porque era mi primo y pensaba robarme cualquier cosa que el man fuera a botar. Sacamos los posters y los guardamos en una caja. David tenía otros posters, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos. Mi primo me regaló los posters viejos, pero yo ya no los quería, qué iba a querer esa huevada.

Era inverno y hacía un calor recontra que hijupeuta, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle. En Portoviejo hace calor, pero nosotros sólo andábamos era con pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas, esa nota. En Portoviejo hace calor, pero pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana y a veces teníamos que apagar el aire porque mi tía decía que se gastaba mucha luz y que mi tío se ponía bravo. David hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis y yo hacía como que tocaba la batería con unos tarros de galletas. Todo el día. Todos los días.

Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se traumó. Los panas del man salían a dar vueltas en la Avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música, grabando casetes, escuchando las mismas putas canciones. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las putas canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir, ni cuando pasaron un concierto de los manes en MTV, por un año nuevo, creo.       

El 8 de abril de 1994, diez días antes de que yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos, en mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto entonces tenía que ir a la sala, pasaba ahí acostado en el sofá, rockeando. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su caleta, se había volado la cabeza con una escopeta. Así dijeron. Turrísimo, no lo podía creer. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de Pinoklin y no sé qué otra huevada. Ese día lo llevaron al hospital y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar. El man estaba sonriendo, lo juro. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, ya había cumplido los 16.  

--> Lo enterraron en el cementerio, al lado del colegio Rey de Reyes. Eso siempre me ha parecido medio como la gaver porque a David lo botaron de ese colegio en tercer curso y el man siempre decía que los curas estaban locos. Yo lo visito todos los años, de noche, cuando sé que mis tíos ya se fueron. Llevo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aunque el man no me diga nada. David es lo máximo. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?

2.01.2017

Tyler's Back, Bitches!


Your head will collapse
But there’s nothing in it
And you’ll ask yourself
Where is my mind?

– Pixies –

Hubo una época en la que podías pedirle a Chuck Palahniuk que te firmara el brazo, el hombro o la espalda, pero ya no. El autor de Fight Club ya no imprime autógrafos sobre la piel de sus lectores porque han sido demasiados los fans que se tatuaron su firma en el cuerpo y a él eso le parece un poco mucho, too fucking much. Y sí, quizás sea excesivo y más propio del rock o de una secta religiosa o de Project Mayhem que de la literatura, pero  es el tipo de cosa rara que le pasa a los escritores de culto: la gente quiere llevarlos siempre encima. La gente los descubre y cree que por fin ha encontrado a alguien en el mundo que piensa en ellos y siente lo mismo que ellos y se ríe de las mismas bromas y se quiere matar por las mismas razones: alguien que de verdad te está escuchando y no sólo esperando a que te calles para poder hablar.

Se suponía que nada de esto iba a pasar. Nada: ni el libro, ni la película, ni los lectores/seguidores de Palahniuk (por cierto, según los fans se pronuncia paula-nick), ni la secuela de algo que parecía intocable. Nada.

Palahniuk estudió periodismo en la Universidad de Oregón, se graduó en 1986 y luego intentó trabajar en un periódico de Portland, al filo de la costa oeste de los Estados Unidos, pero se aburrió pronto y pasó de reportero a empleado de la compañía automotriz Freightliner, donde reparaba camiones y escribía manuales-de-uso para los conductores. Esa fue su vida hasta pasados los treinta años, hasta que empezó a escribir ficción. Se enlistó en un taller de escritura creativa que se reunía en cafés y bares y en el que todos los asistentes tenían que leer sus trabajos en voz alta, compitiendo por la atención de sus compañeros con las máquinas de expreso y los partidos de fútbol americano a todo volumen en la televisión. Por esos días y en esas circunstancias escribió la primera versión de Fight Club, un cuento que después se convertiría en novela y en película y en motivo de adoración.

Me tomó tres meses escribir el primer borrador [del cuento] y el libro se vendió a una editorial en tres días. El adelanto que me dieron fue tan bajo que no se lo mencioné a nadie. A nadie. Fueron seis mil dólares. Otros autores me dicen que eso se llama “dinero de despedida” Se supone que un adelanto tan bajo debería hacer que el autor se sienta insultado y se marche… De cualquier manera, eran seis mil dólares, y con eso podía pagar mi renta durante un año… En agosto de 1996 había un libro con pasta dura. Hice lecturas en tres ciudades y nunca llegaron más de tres personas. Las ventas del libro ni siquiera alcanzaron para cubrir lo que me tomaba en los minibar de los hoteles, escribió Palahniuk años más tarde en el prólogo de una edición que ya tenía como portada el afiche de la película.

Fight Club, dirigida por David Fincher y protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, se estrenó a finales de 1999, y lo que sucedió tras su debut en sociedad fue más bien extraño y hasta parecería que no fue tan así. La película no recogió mucho público en taquilla y fueron pocos los críticos que se atrevieron a defenderla abiertamente (recordemos, además, que 1999 fue el año en que toda la atención se desvió hacia American Beauty), pero en los meses posteriores, cuando estuvo disponible en VHS y DVD y la gente pudo llevarse la cinta a la intimidad de sus hogares, apareció un nada despreciable ejército de Space Monkeys que la vieron y quedaron impactados, perturbados, acelerados, con ganas de romperse la cara o por lo menos desviarse el tabique, y se la repitieron varias veces hasta aprenderse los diálogos de memoria.

Era como si Tyler Durden, uno de los extremos principales en esa historia literalmente bipolar, hubiese llegado a reunir a una congregación que antes de su venida vagaba errante y dispersa.

Quizá fueron sus palabras. Sí, fue eso, debió ser eso. Los golpes sin duda ayudan, pero sanan, se desinflaman y desaparecen. Las palabras se quedan. Seguro que fue eso, las palabras. Pequeños gritos de combate como este: Somos los hijos que Dios nunca quiso tener. O este: Sólo cuando lo hemos perdido todo somos libres de hacer cualquier cosa. O este: Yo digo que nunca deberías sentirte completo, basta de ser perfectos, yo digo… vamos a evolucionar, que las fichas caigan donde sea. O este: Fuimos criados por la televisión para creer que un día seríamos millonarios, estrellas de cine o estrellas de rock. Pero no lo seremos. Y estamos descubriendo esta realidad poco a poco. Y estamos muy, muy cabreado. O este: La publicidad nos hace perseguir a los autos y a la ropa, conseguir trabajos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.

La película, una violenta-pero-sensible broma anti-sistema, acusada en su momento de ser porno-para-machos, fascista y además comercialmente fallida, terminó influyendo en la cultura de maneras infrecuentes. Donatella Versace sacó al mercado chaquetas para hombre adornadas con hojas de afeitar y las bautizó como “The Fight Club Look”; los modelos de la casa Gucci, en Milán, salieron a desfilar en sótanos oscuros y mugrientos como los que aparecen en la película, con moretones pintados en la cara y vendas ensangrentadas enredadas en los brazos como los actores de la película; en la web circularon noticias sobre un Fight Club que funcionaba en la pista de baile de una discoteca, en Brasil, en el que se peleaba hasta la muerte; a mí me dijeron que hubo uno en Quito, pero nunca he conocido a nadie que hubiese estado en él, quizás porque la primera regla es no hablar de eso; los estudiantes de la Brigham Young University (Utah, USA), la universidad religiosa con más alumnos en el mundo, increparon a sus autoridades por prohibirles organizar su propio Fight Club, argumentando que nada impide a los mormones golpearse entre ellos los lunes por la noche. Y quizás lo más increíble de todo: de entre esos miles que se volvieron adictos a la película y a tragar su propia sangre, unos cuantos saltaron hacia el libro y fue así como el escritor Chuck Palahniuk comenzó a existir de verdad, for real. Queda claro que en este caso fue la obra la que inventó al creador y no al revés.

Desde que la película le abrió camino a la novela y a su autor, Palahniuk publica casi un libro al año, entre los que se cuentan incluso libros para colorear y remixes de varias novelas, por si acaso. Continúa expandiendo su mundo a un ritmo acelerado, embalado, casi paranoico, como si supiera que un escritor puede desvanecerse con la misma rapidez con la que apareció y quedar disuelto a la vuelta de un simple giro del destino. Seguirle el paso es prácticamente imposible y a veces también insoportable y un poco nocivo si se pretende hacer eso que llaman vida social. Entre sus títulos más leídos y comentados y radicales están Survivor (1999), Choke (2001), Diary (2003), Haunted (2005), Snuff (2008) y Damned (2011), éxitos de ventas, algunos adaptados al cine o en plena mutación hacia la televisión, algunos acaso más arriesgados, valientes y personales en la medida en que la obra sea –como suele ser– la extensión de la personalidad. Pero ninguno tan contagioso como su primera novela.  

Antes de que El club de la lucha fuera publicada por primera vez, en 1996, Chuck Palahniuk había escrito dos novelas que según sus propias palabras eran intentos por reproducir el estilo de Stephen King, es decir: tramas simples-pero-largas que se dilataban por cientos y cientos de páginas, alimentando con escenas atormentadas los misterios que se revelaban hacia el final. Su intención, obvio, era llegar a la mayor cantidad de lectores posible, pero aquellas novelas ni siquiera alcanzaron a conocer los estantes de las librerías. Palahniuk envió los manuscritos de esos libros a distintas editoriales y ambos fueron rechazados. Es más, cuando empezó a trabajar en lo que sería Fight Club, el escritor había abandonado toda esperanza de alcanzar al gran público, y apostó entonces por lo que luego se convertiría en su estilo personal, en la forma de su voz: frases cortas, acciones rápidas, historias oscuras pero cercanas o que se nos van acercando mientras leemos, personajes freaks que podríamos ser nosotros si alguna vez nos atreviéramos a tanto y ese tipo de humor negro que te hace preguntarte cosas como, ¿esto es chistoso?, ¿se supone que debería reírme de esto?, ¿por qué me estoy riendo tanto de esto?, ¿qué clase de persona soy?, ¿dónde está mi cabeza?  

Cada vez que Palahniuk saca una nueva novela, hace una especie de tour literario –por lo general, en Estados Unidos y Europa–  en el que se presenta, responde un par de preguntas a sus fanáticos, firma un par de ejemplares y hace lecturas que se han vuelto legendarias, pues han sido más de cien las personas que se han desmayado mientras el autor está leyendo alguno de sus cuentos o el capítulo de cierta novela: una vez, en la Universidad de Columbia, en Nueva York, mientras Palahniuk estaba leyendo con el cuerpo inclinado hacia un micrófono, un hombre cayó al piso, quedó inconsciente durante unos segundos y después despertó gritando. El episodio quedó registrado y forma parte de Postcards from the Future, un documental grabado en una universidad durante una especie de Palahniuk-Con y dedicado sobre todo a los seguidores/lectores/fans/feligreses/SpaceMonkeys, gente que parecería estar más cómoda dentro de sus libros que allá afuera en el siempre distorsionado mundo real, donde las peleas son completamente inútiles y no tienen nada que ver con la evolución de la especie, gente que entró a Fight Club y no volvió a salir, gente que ahora ha vuelto a conversar con sus mejores amigos imaginarios.      

Fight Club 2 apareció a mediados del 2016, veinte años después de la primera. En un principio se publicó a manera de cómic en un total de diez entregas separadas que luego se reunieron en un solo volumen, formando una novela gráfica maciza y contundente en la que hasta el mismo autor queda sepultado bajo la trama, ajusticiado por la mano del más célebre de sus personajes.

Cuando lo conocimos, hace tanto y tan poco, el narrador de Fight Club era un hombre que parecía tenerlo todo, un buen trabajo, un buen apartamento, una vida más o menos resuelta, pero se sentía vacío y era profundamente miserable. Hasta que conoció a Tyler Durden a no sé cuántos miles de metros de altura, en un avión. Hasta que conocimos a Tyler Durden en la perfecta oscuridad de un cine. Hasta que empezamos a leer los libros de Palahniuk y a reírnos un poco asustados cuando pasaba eso que no podía pasar. Hasta que el narrador y el personaje y todos nosotros nos convertimos en una misma criatura con el potencial de dominar y destruir el mundo.

En esta segunda parte, que bien podría ser un nuevo comienzo, la situación del narrador no ha mejorado mucho que digamos: se casó, tiene un hijo, una casa, un trabajo, esas cosas que dicen que hay que tener; visita a un psiquiatra con regularidad, lidia con su miseria como si fuese una enfermedad incurable pero no mortal, y se medica para dormir y para mantenerse alejado de Mr. Durden. Dice que se siente bien, que está mejor, aburrido pero a salvo. Y claro, nada de eso es cierto.

En esta historia, lo terriblemente gracioso y verdaderamente peligroso, es saber que las cosas que no deberían pasar seguirán pasando mientras nosotros nos reímos del miedo sosteniendo entre las manos la última página.  

Dicen que cuando Fight Club se volvió una práctica masiva la gente empezó a pintar la frase ¡Tyler Durden vive! en los muros de calles abandonadas tipo Paper Street. Pero eso fue antes. Lo más seguro es que esos muros ya no existan. Ya no hacen falta. Ya lo sabemos.       
(Mundo Diners)

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