9.10.2019

El color de la justicia



La encontraron durante la noche del 19 de abril de 1989 en el Central Park de la ciudad de Nueva York. Su nombre era Trisha Melli, trabajaba en la banca, era blanca, era joven, y había sido brutalmente violada, golpeada y abandonada como un cadáver, pero estaba viva. Esa misma noche habían estado en el parque, entre muchos otros, cinco jóvenes de color, menores de edad, a quienes la policía logró manipular para que se confesaran culpables de un crimen que no habían cometido. Así empieza When They See Us, la miniserie que ha revivido el caso de los adolescentes conocidos como Los cinco de Central Park, y cuya historia no terminó de cerrarse sino hasta el año 2002, cuando un hombre llamado Matías Reyes declaró haber cometido la violación y el intento de asesinato. Fueron más de diez años de injusticia, marcados por el estigma social, la discriminación y el racismo, años en los que esos chicos se convirtieron en hombres encarcelados que aún después de haber conseguido la libertad seguían pagando una condena fuera de la cárcel.

Sus nombres son Antron McCray, Yusef Salaam, Raymond Santana Jr., Korey Wise y Kevin Richardson, y cuando entraron a la cárcel no eran más que niños cuya vida había sido interrumpida de repente y sin ningún aviso, niños a los que la sociedad señalaba con el dedo, niños con los que un sistema diseñado para explotar a los más vulnerables llenaba su cuota de criminales necesarios: niños. Y así los presenta, de entrada, la directora Ava DuVernay, que ya antes se había metido con el sistema penitenciario y judicial de Estados Unidos en el documental 13th, por el cual fue nominada a un premio Óscar; y que es también conocida por la película Selma, en la que tocó el tema de la equidad racial con un capítulo de la vida de Martin Luther King. La misma DuVernay, en una entrevista con Oprah Winfrey (madrina del proyecto), dijo que más allá de las críticas que pudiera recibir por parte de la industria (que resultaron en su gran mayoría favorables), lo que realmente le importaba era cómo iban a reaccionar sus personajes al verse en pantalla, y que todos le dieron su bendición.

When They See Us tiene cuatro capítulos que duran en total poco menos de cinco horas, lo que no deja mucho espacio para momentos muertos o de simple transición: aquí la historia avanza a una velocidad que atropella. En el primero se muestran las acciones que siguieron al 19 de abril de 1989; en el segundo se desarrollan los juicios que se llevaron a cabo, en los que la parte acusadora no pudo presentar pruebas contundentes contra los acusados y aún así salió ganando; en el tercero aparecen los chicos convertidos en adultos, tratando sin éxito de reintegrarse a una sociedad que ya los ha desplazado; y el cuarto, el más duro y exigente para el espectador, está dedicado casi por completo a la historia particular de Korey Wise, que pasó por tres cárceles distintas y que en todas ellas fue víctima de la violencia ciega de los otros internos. Distribuir el relato en tan solo cuatro episodios es a todas luces un acierto, no sólo porque así el espectador se encuentra todo el tiempo contra las cuerdas del drama, sino también porque de esta forma, intensa, los años perdidos de la vida de los personajes vuelan lejos, como algo que no regresará jamás.          

Si es cierto eso de que un buen relato logra ponernos en los zapatos de los personajes, en este caso esa sensación es aún más cruda: de pronto uno piensa y siente como un adolescente, uno adolece de la misma pasión desconocida y descontrolada, reacciona como tal y hasta se frustra y se asusta, conociéndolo de antemano, por lo que sucede en la pantalla. Este acercamiento, casi familiar, se logra gracias a la perspectiva desde la que se cuenta la historia, poniéndose siempre del lado de los personajes, asumiendo con valor el reto de que sean ellos, más que la anécdota en sí misma, los que conduzcan el camino de la narración. La miniserie se enfrenta contra el peso de las instituciones en las que no solamente se abusa del poder, sino que se lo ejerce sin guardar ningún respeto por la vida ajena, pero cuando logra afectarnos realmente es cuando se sumerge de cuerpo entero en los asuntos domésticos, en cómo la vida en la cárcel cambia las dinámicas familiares y convierte al prisionero en una especie de isla de la que nadie puede salir y a la que nadie puede entrar.

Son los momentos entre padres e hijos, hermanos y hermanas, novios y novias, todos de alguna manera disfuncionales pero por eso mismo sembrados en el terreno de la verdad, los que tienden puentes emocionales entre los personajes y nosotros, haciendo que sea posible reconocernos en ellos y trayendo a la superficie, a cada instante, el temor que se intuye cuando uno piensa me pudo pasar a mí. Y son esos momentos, simples conversaciones en la sala de una casa o acaso alguna entrevista de trabajo, los que nos empujan hacia adelante y nos hacen entender el tamaño y las consecuencias de la injusticia: cuando le robas la libertad a alguien no puedes esperar que vuelva a confiar en el mundo como si nada hubiera pasado. Los cinco chicos, que han madurado a la fuerza, vuelven a la vida civil y aunque aparentemente no guardan ningún resentimiento se nota que están algo quebrados por dentro, que tendrán que aprender a mezclarse con los demás, que lo más difícil será convencer al resto de que ellos merecen la oportunidad que nunca debieron haber perdido.        
              
Ava DuVernay ha logrado hacer un trabajo doblemente eficaz en When They See Us. Consigue, sin comprometerse con la moraleja fácil de lo políticamente correcto, el carácter de denuncia y ajuste de cuentas, y lo combina con un matiz en extremo realista que a su vez hace que los hechos, ocurridos hace tanto, vuelvan a cobrar relevancia, no porque en su momento no se los haya tratado con la importancia que merecían, sino porque queda claro que a la directora le importa sentar un precedente, que la gente de su comunidad y la sociedad en general sepan que hay quienes nunca bajarán los brazos y que esos deberíamos ser todos nosotros. Hay historias cuyo verdadero peso se deja ver y sentir cuando cae por fuera de la pantalla, cuando se derrama y nos inunda. When They See Us es ese tipo de producción, la que revienta cuando termina y nos deja con un par de ideas dando vueltas en la cabeza y una punzada en el corazón; ese tipo de historia que nos incluye porque nos hace ver que la verdadera responsabilidad siempre ha estado y seguirá estando en nuestras manos.         

(Mundo Diners)

8.28.2019

¿Por qué lo siguen haciendo?



No es muy difícil de explicar. Las cosas verdaderas no suelen ser difíciles de explicar. Quizás ni siquiera haga falta hacer esto, explicar por qué lo seguimos haciendo: si estuviste ahí, saltando entre la gente, cantando entre la gente, si en algún momento del concierto tuviste la eternidad entre las manos y nada más te importó porque nada más existía, sabes perfectamente de lo que hablamos. Y ésta, después de todo, no es una explicación ni una rendición de cuentas. Quiero pensar que es una celebración. Han pasado cuatro días desde el concierto y lo que siento ahora es el bajón que le sigue a la euforia, una especie de caída en cámara lenta en la que mucho me temo que no vuelva a sentirme así, como me sentí esa noche. Hay gente que prolonga la euforia de un show con botellas y pastillas y personas a las que no conoce, lo sé porque yo también lo he hecho y sólo puedo decir que aunque esa felicidad artificial no es del todo falsa y contenga en su engaño al placer, el desarme que te espera del lado oscuro de la luna no es premio suficiente como para darle la vuelta a pie. Quisiera volver al escenario y tocar un par de canciones más, no muchas, tres o cuatro, las necesarias para luego caer desmayado, inconsciente, débil en los brazos de los ángeles que cuidan a los que no sabemos cuidarnos por nosotros mismos: caer en un sueño largo y tranquilo que me devuelva de las profundidades de la oscuridad a la superficie de otro concierto, así, sin darme cuenta. Tom Petty decía que cuando uno arma su banda lo único que quiere es conseguir tocadas, y que después, cuando no puede aguantar el ritmo de las giras, lo único que quiere es que esas tocadas se acaben para poder irse a su casa a ver televisión y dormir (el gran Petty se lesionó la cadera durante su última gira y mezcló tantos medicamentos para el dolor que acabó con su vida, acaso honrando sus palabras). A nosotros nunca nos ha pasado nada similar, nunca han sido tantas las tocadas como para decir no quiero volver a hacer esto nunca más en mi vida, al contrario, siempre nos quedamos con ganas de más, de trepar las cosas al carro y seguir camino, de acomodarnos en un bus, de dormir en una van o en un hotel o en la casa de un buen samaritano, de subir a un avión. Supongo que ésta es la bendición de las bandas que no se embarcan cada fin de semana en una gira mundial, sentir todavía que no podemos cubrir el horizonte con la mirada, que cada concierto tiene que ser el mejor porque no sabremos si habrá otro ya sea pronto o después de mucho tiempo, que ese gran concierto, el mejor, aún se nos escapa de las manos, que no hemos llegado a ese momento, a ese abrazo con la victoria, en el que sintamos que todo estuvo en su lugar y que las cosas salieron tal como estaban descritas en el mapa de los astros. Siempre he creído que tocar con el corazón es mucho más importante que tocar con el cerebro, que si uno lo entrega todo, todo, se llevará, al final, todo de vuelta, y que esa es la única forma de crear un poco de la belleza que tanto necesitamos. Pero aún así sueño con el concierto perfecto, en el que te todos los elementos confluyan, en el que las olas del mar por el que navegamos se alineen como en una libreta de apuntes, en el que sienta que tocamos bien pero también sepa que tocamos bien, que caímos donde teníamos que caer y que caímos parados. Por eso, entre otras cosas, lo seguimos haciendo, lo seguimos intentando, porque, como bien dice El Guasón, perseguir la rueda es más divertido que atraparla, porque aún no hemos llegado donde queríamos llegar cuando partimos con todo este asunto y porque ahora que lo pienso la verdad es que no queremos llegar ahí, la verdad es que queremos seguir gritando, la verdad es que cada vez que subimos a un escenario volvemos a nacer y nos cae encima una piel nueva y dorada, la verdad es que no tenemos mucha idea de lo que vaya a pasar pero eso no nos preocupa porque nadie sabe lo que va a pasar: esta vida que nos ha tocado, en esta esquina solitaria y flotante del universo, no tendría mucho sentido si conociéramos de antemano todos sus giros. Por eso lo seguimos haciendo: porque no sabemos lo que estamos haciendo, porque no queremos saberlo, porque sólo haciéndolo podemos seguir haciéndolo, porque hacerlo es todo lo que queremos hacer.     

8.19.2019

Un remember con Salinger



Encontré el libro entre las cosas de mi hermana. Se lo había prestado hace mucho tiempo, quizá un par de años, y jamás lo había recuperado porque ella se había mudado de casa y lo tenía guardado en alguna caja. Pero lo encontré, volví a encontrarme con él, y esa misma noche volví a leerlo, de una, completo, no pude ni quise contenerme, fue como si hubiera estado esperando que esas palabras volvieran a mí sin siquiera saberlo, como si volver a leer Franny and Zooey fuera lo que necesitaba para llenarme otra vez de fuerzas.

Cerca del final, cuando Zooey entra al cuarto que compartían sus hermanos mayores, lee esta cita del Bhagavad Gita: You have the right to work, but for the work’s sake only. You have no right to the fruits of work. Desire for the fruits of work must never be your motive in working. Never give way to laziness either. Me puse a pensar en las veces que uno escribe para impresionar a los demás, para gustar, para las becas y los premios, cuando uno cree que el verdadero trabajo no empieza sino hasta que lo ven y lo califican los otros, sin saber que es entonces cuando el trabajo ya está terminado, cuando ya no importa. Escribir pensando quién te va a leer y qué va a decir no tiene sentido, y quien lo haga terminará tan vacío y expuesto y quemado que no podrá decir mucho más que lo que le pidan que diga. Esa cita del Bhagavad Gita termina con una frase clave: They who work selfishly for results are miserable. ¿Será verdad?, ¿son verdaderamente miserables los que trabajan solamente buscando resultados? Me imagino a la gente que escala posiciones, que salta de trabajo en trabajo persiguiendo un mejor salario, que se supera, y supongo que la fortuna que amasan puede verse y tocarse pero que nadie puede realmente alimentarse de algo semejante.

Otra de las citas que lee Zooey, firmada por De Caussade, es esta: God instructs the heart, not by ideas but by pains and contradictions. Si Dios existe, quiero pensar que esto es verdad, que instruye nuestros corazones no con ideas sino con dolor y contradicciones. A veces miro a la gente que me rodea, en cualquier parte, en el parque o en el supermercado, en la calle o en algún restaurante, y todos parecen saber exactamente lo que están haciendo, parecen incluso estar siguiendo instrucciones, obedeciendo una voz de mando que yo francamente no sé de donde viene. Y los envidio. Quisiera andar por este mundo con esa seguridad. Yo siento que todos los pasos que doy son pasos en falso, que retrocedo o en el mejor de los casos me muevo lateralmente, como los cangrejos. Y eso, a veces, me hace sentir terriblemente solo. Pero ya sabemos que uno lee y escribe y crea para sentirse menos solo, que es ahí cuando encuentra a su gente y se da cuenta de que todo este tiempo ha estado acompañado, que el camino está poblado de gente como uno. No estamos solos, quizá estemos callados y el silencio tome la forma de la soledad, pero nunca solos. Dolor y contradicciones, basta hablar con cualquiera por más de cinco minutos para saber que él también está aprendiendo por las malas, como corresponde.      

Me acosté en mi cama y empecé a leer Franny and Zooey sabiendo que no iba a parar hasta el final porque quería llegar a ese momento, entre las tres o dos últimas páginas, cuando Zooey le cuenta a Franny que cuando ellos dos y sus hermanos mayores salían en un programa de radio, el mayor de todos, Seymour, le dijo que se lustrara los zapatos antes de salir al aire, que lo hiciera for the Fat Lady, por la señora gorda. Zooey dice que se la imaginaba pegada a la radio todo el día, espantando moscas en su casa, sudando, acaso enferma de cáncer, y que entonces tenía sentido lustrar sus zapatos antes de salir al aire en un programa de radio. Franny le cuenta que también a ella Seymour le habló de la señora gorda, que le dijo que fuera graciosa por la señora gorda, para la señora gorda, y que ella la imaginaba con las piernas gruesas y venosas, hinchadas, también sentada junto a la radio todo el día, también enferma de cáncer. En ese momento los dos hermanos se encuentran, y las diferencias que se habían interpuesto entre ellos a lo largo de la historia convergen en la fuerza del cariño. Es un momento impresionante, como para dejar caer el libro y desmayarse o trepar las paredes y acostarse en el techo a mirar las estrellas del piso. No hay nadie allá afuera que no sea la señora gorda, dice Zooey, no hay nadie en ningún lado que no sea la señora gorda… ¿acaso no sabes quién es realmente la señora gorda?, es el mismo Cristo, el mismo Cristo.

Todos somos señoras gordas. Escuchamos la radio como si fuera un túnel, una cueva a la que entramos y que después de la oscuridad que ocupa todas las cuevas nos revela el otro lado de las cosas, un lugar donde somos diferentes, donde somos mejores aunque sea por un momento. Todos trabajamos para señoras gordas. Es nuestro deber. Es nuestra obligación. Es la única forma de trabajar. Entrégalo todo, déjalo todo, abandona toda pretensión. Haz lo mejor que puedas hacer, no por ti, sino por ella.

8.12.2019

El futuro (por piezas)



Voy a escribir esto de la manera más sencilla posible porque la verdad es que aún no entiendo del todo lo que me pasó mientras veía Amor, Muerte & Robots, una antología compuesta por 18 cortos de animación, creada por Tim Miller (director de la notable Deadpool) y presentada por David Fincher, que figura como productor ejecutivo y padrino del proyecto.   

Los cortos tienen onda futurista, algunos en la mejor tradición de la ciencia ficción, esa que nos absorbe por el alcance de su imaginación pero que sobre todo conecta por lo certero, concreto y genuino de sus emociones, haciendo así que hasta los mundos más arriesgados, salvajes y en apariencia lejanos de la realidad sean el escenario verosímil de las acciones. Nada de lo que pasa aquí es del todo improbable.

Para ver esto, ojalá en dosis cortas pero intensas que sirvan para mantener sostenidos el asombro y el misterio, hace falta dar un salto de fe, girar en dirección de la entrega total y estar dispuesto a dejarse manipular de todas las maneras, sabiendo de antemano, quizás, que no todos los cortos pueden ser igual de buenos (alerta: habrá decepciones) pero que en todos habrá algo, por más pequeño que sea, ciertamente memorable.

Por un lado está la apuesta estética, en su mayoría de corte realista, acaso cercana a las texturas de los videojuegos más y mejor desarrollados de aquella industria; y no me refiero a la simple intención de recrear o repetir o reinterpretar la realidad, sino a la ambición descarada de querer suplantar esa realidad por otra que se vuelve sólida y única durante los minutos que dura cada historia: en promedio, doce minutos por cortometraje.    

Por otro lado está la cuestión narrativa, que lejos de buscar convertirse en un espejo de la realidad se deja ir por rincones que, es cierto, no son siempre sorprendentes o insospechados (alerta: habrá finales predecibles), pero cuyo activo más valioso es la explotación de sensaciones que se produce cuando, si se ven una detrás de otra, se van sucediendo las historias y uno se encuentra de repente atrapado bajo el fuego cruzado.

Y hay algo más (en realidad, hay muchas cosas más, pero qué mezquino sería de mi parte mencionarlas todas; y qué audaz y qué ignorante, porque ni siquiera me quedan certezas de lo que escribo ahora mismo), una carga sexual que no se puede hacer a un lado porque si bien en un comienzo parece una preocupación superficial, algo así como una distracción o un accesorio, pronto queda claro que es, como pasa en la vida misma, también y sobre todo un juego de poder en el que los que juegan están destinados a caer en la trampa, a pensar que ya ganaron por el mero hecho de estar jugando, de estar arriba, cuando el fin ulterior del sexo es, aquí, derrumbar los pilares más altos y las estructuras más fuertes.

Para no vararnos en las generalidades, y habiendo a todas luces fracasado en la búsqueda de la sencillez, vamos a hablar de un caso en particular, el corto llamado Good Hunting (para nuestros propósitos podría traducirse como Que tengas una buena cacería). La historia sucede en alguna ciudad asiática, quizá a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y los personajes principales son un espíritu que toma forma de mujer cuando se encuentra con los hombres, y un niño que es el hijo del guerrero que noche a noche pretende cazar al espíritu. Entre siglos hay un cambio radical en el mundo, los hombres se vuelven cada vez más mecánicos, negándose a cualquier experiencia que pueda trascender el carácter físico; y el espíritu que antes podía tocar las almas de esos hombres acaba transformado en una bellísima prostituta cuyo cuerpo es en sí mismo una máquina, ensamblada con tuercas y engranajes por el hijo del guerrero, y con ningún otro propósito que desmantelar a los hombres que pretenden usarla y desecharla. Así las cosas, y bajo la apariencia de un cómic clásico que sueña con el futuro, el sexo sin espíritu cobra el significado del crimen y la condena, y todos los hombres parecen irremediablemente decididos a hundirse.

Así, sobregiradas y jugadas y a veces también extremistas, son las pretensiones de Amor, Muerte & Robots, que se abre ante nosotros como un libro de cuentos que, visto de lejos, está repartido en mil pedazos, pero visto de cerca toma la forma de un discurso coherente y universal que ensaya su propia tesis sobre la raza humana, siempre vanidosa y descuidada, pero así mismo, en sus mejores días, valiente y generosa.

Hay también en esta antología cuentos que son un logro de la forma por encima del fondo, como celebraciones de la elasticidad visual del género al que pertenecen, de las posibilidades narrativas de la animación que en el mundo audiovisual (a estas alturas inseparable del tecnológico) parecen terroríficamente ilimitadas: si existe aquí una lección para aprender es que todo se puede y todo se vale mientras nos mueva los músculos que no sabíamos que teníamos. Está, por ejemplo, The Witness (El testigo), en el que una chica tan sexy como tatuada ve a través de su ventana cómo uno de sus vecinos asesina a otra persona; el vecino, que también la ve a ella, sale en su búsqueda, y la encuentra en una especie de Strip Club poblado por dominatrices todas forradas de cuero. El corto entero es una gran secuencia de persecución en la que sólo importa el cómo, y que mezcla varios recursos de la animación para crear su propio lenguaje. El resultado provoca un derramamiento interior de adrenalina y, algo no menor, logra calentar, excitar, hacer que sintamos deseo carnal por una criatura digital.

Amor, Muerte & Robots no le teme al cambio de los elementos en su propia fórmula, al contrario, parece impaciente por alterar el orden de los factores y alcanzar nuevos productos. Hay dos cortos en clave de comedia, terriblemente irónicos y ácidos, Alternate Histories (Historias alternas), en el que se muestra, gracias a una supuesta aplicación, qué habría pasado con el mundo si Hitler hubiera muerto antes de convertirse en el líder de los nazis; y When the Yogurt Took Over (Cuando el yogurt nos conquistó), en el que literalmente somos de un día para el otro dominados por un lácteo sabio y todo poderoso. Los límites, entonces, no existen, o mejor dicho están sugeridos por nuestra propia capacidad de desdoblamiento: uno puede ver y creer, disfrutar de la corriente que lo arrastra hacia una cascada; o mirar con escepticismo y quedarse parado como un suicida indeciso en el borde de la cornisa.    

(El Comercio)