5.23.2017

Un agujero en el sol


Su cuerpo aún está tibio y el nuestro todavía bajón, down in the upside. Hemos aceptado lo que pasó, pero aceptar o entender o reconocer ciertas cosas no significa que podamos procesarlas y seguir adelante como si nada. Al contrario. Estas cosas que nos pasan y nos traspasan a veces pesan demasiado.

El pasado jueves por la mañana, cuando la noticia empezó a leerse y compartirse para primero no creerse y luego tener que masticarse y tragarse a la fuerza, como un remedio o un veneno, tuvimos que parar un momento, tomar aire, sacudir la cabeza y preguntar, de nuevo, ¿Qué? Unas horas antes, tras un concierto con su banda Soundgarden en Detroit, el cantante Chris Cornell fue encontrado sin vida en el baño de su habitación en el Hotel-Casino MGM Grand. Los primeros reportes, a la espera de la autopsia, sólo se atrevían a soltar un detalle: tenía “algo” alrededor del cuello. O sea: Cornell no sólo estaba muerto sino que se había ahorcado. Se mató. 

Pienso en una línea de Can’t Change Me (No puedes cambiarme), su primer sencillo como solista. La línea dice Y de repente puedo ver todo lo que está mal conmigo / Pero qué Puedo hacer/ soy lo único que realmente tengo. Pienso en Cornell mirando por última vez su reflejo en el espejo del baño. Decidido. Ido.

El duelo, público y privado, empezó enseguida y la palabra que más se repetía entre los mensajes era gracias. Obvio, comprensible, lógico. Sumando sus días como vocalista de Soundgarden y Audioslave, más lo que hizo solo o más bien por su cuenta y a su manera, Cornell mantuvo –no siempre en alto, es cierto, pero siempre– una carrera que pasaba de los treinta años. Toda una generación creció con él y seguro hubo mucha gente que sólo se atrevió a crecer después de escucharlo cantar y gritar más allá de lo imposible. Esa gente le decía eso: gracias. Y unos cuantos fueron más allá: gracias por salvarme la vida. Puede sonar exagerado y hasta exhibicionista o aprovechado, pero ni tanto. Hay estaciones en la vida que sólo pueden cruzarse y conquistarse con música sonando todo el tiempo y sonando muy duro; hay momentos extremos que uno sólo puede entender y recuperar mucho después, escuchando esa música otra vez y desde el principio.

Varios músicos ecuatorianos y de todas partes empezaron a subir videos en los que tocaban canciones de alguna etapa Cornell. Y sí, esto parte del mal gusto y puede llegar fácilmente al ridículo, pero también lleva una carga sentimental que era preciso descargar. Entre los músicos que se grabaron frente a la compu o escribieron prólogos a sus videos, la palabra que más se repetía también era gracias, pero con una aclaración justa y necesaria. En varios casos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, el discurso de los músicos era unánime e inapelable, una especie de gracias por haberme mostrado nuevos caminos dentro de mi propia música. ¿No es esto lo mejor que puede decirle un artista a otro?, ¿gracias por decirme que podía irme más lejos? Cornell, sobre todo como cantante, pero no menos como compositor y guitarrista, abrió puertas que otros ni siquiera sabía que existían y que ahora son zonas claramente delimitadas por las que hay que pasar.   

Soundgarden, la puerta por donde muchos entramos a Cornell, partió a finales de los 80’s como un sonido pesado, espeso, pariente cercano del metal, pero a comienzos de la década siguiente –aquellos fabulosos 90’s– se estableció como algo puro y único. Yo estuve ahí y me consta: en los conciertos donde las bandas de adolescentes tocaban covers gruncheros, nadie o casi nadie tocaba temas de Soundgarden simplemente porque no se podía, nadie podía tocar así (reverencia especial al baterista Matt Cameron) ni mucho menos cantar como Chris Cornell. Soundgarden puede traducirse como el Led Zeppelin de su tiempo: un logro del sentimiento y la poesía rock, una hazaña intelectual y atlética, el lugar donde cerebro y corazón y manos y pies y garganta funcionan de verdad como una sola criatura.   

En I Am The Highway (Yo soy la carretera), una de las canciones que Cornell grabó con la banda Audiosalve, ya en este siglo, se escuchan estas palabras entrando al coro: He puesto un millón de millas debajo de mis talones / Aún así me siento demasiado cerca de ti / No soy tus ruedas / Soy la carretera / No soy tu alfombra voladora / Soy el cielo. Hubiese sido más sencillo ser la palanca de cambios o una nube que cambia de forma con el viento. En los días siguientes a su muerte, aparecieron claves que podrían soportar la tesis de un suicidio incluso tardío: batallas de ida y vuelta con una depresión que Cornell traía consigo desde los años de su adolescencia y de la que adoleció gran parte de la música que hizo: una carretera que ha demostrado ser capaz de resistir cualquier peso, menos el propio, que siempre es demasiado. Depresión, tristeza y rabia: no son malos lugares para una voz como la suya, quizá hasta sean los correctos. La carretera que nos ha traído hasta aquí pasa ahora a ser el largo aullido de una de las mejores voces s voces de su generación.    

Chris Cornell mirándose en el espejo del baño de una habitación de hotel después de un concierto. Pienso en una esquina de la canción Black Hole Sun, un clásico fuera de toda norma, que podría empezar a sonar aquí y ahora. Colgar mi cabeza / Hundir mi miedo / Hasta que todos ustedes desaparezcan. Y ya. Eso fue. Eso fuimos. Desaparecimos. Nosotros lo seguiremos viendo y escuchando pero él ya no a nosotros porque hoy las cosas sólo pueden estar en el lugar en el que están y ser como son.

(El Comerico)

 

4.25.2017

La melodía irresistible



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ADVERTENCIA: ESTE ARTÍCULO CUENTA UN EPISODIO SUCEDIDO EN JULIO DEL 2011 QUE PUEDE ENCONTRARSE EN YOUTUBE ESCRIBIENDO LAS SIGUIENTES PALABRAS EN EL BUSCADOR: ANDRÉ RIEU ANTHONY HOPKINS. EL VIDEO DURA ONCE MINUTOS CON OCHO SEGUNDOS Y EL LECTOR, SI ASÍ LO PREFIERE, PUEDE IR DIRECTO A LAS IMÁGINES. SERÁ MÁS QUE SUFICIENTE.

00:00. Se escuchan unos aplausos llegando a su fin. Los miembros de una orquesta de música clásica acaban de hacer una reverencia y vuelven a sus asientos. Son hombres y mujeres blancos, rubios y de mejillas rojas, evidentemente europeos. El director se voltea hacia el público y dice, damas y caballeros, tengo una sorpresa para ustedes, y debo reconocer que es también una sorpresa para mí. Se trata de André Rieu, violinista y compositor holandés, creador de la Orquesta Johann Strauss, que recorre el mundo tocando valses para cientos y miles de personas. Rieu lleva un traje propio del siglo XIX y tiene cara de loco.

00:19. Rieu cuenta que unos meses atrás recibió una llamada desde Nueva York en la que le dijeron que alguien, un fan suyo, había compuesto un vals y quería que su orquesta lo interpretara. Todos los días recibo una llamada como esa, dice el conductor, que tiene ojos azules y una corta melena alborotada. Este tipo de llamadas, aclara, le han enseñado que aún no ha nacido un nuevo Johan Strauss. Se escuchan unas risas cómplices y sofisticadas entre el público. Da la impresión de que Rieu ha preparado y quizás hasta ensayado varias veces y en voz alta lo que está diciendo: el espacio que separa unas palabras de otras se llena con intriga y todas juntas huelen a misterio. Al otro lado de la línea le hablan de un actor de cine, la estrella más grande que haya en Hollywood en este momento, según el músico.

01:26. Como todas las historias verdaderas, esta parece mentira. En palabras de su director, la Orquesta Johan Strauss se prepara para tocar un vals que fue escrito hace cincuenta años y cuyo compositor, que antes de ser estrella de cine quiso ser músico, jamás ha escuchado. Así: ja-más-lo-ha-es-cu-cha-do. Rieu levanta el brazo por un momento y señala con el dedo, sus párpados se abren y sus ojos son cuerpos celestes flotando en el inmenso cosmos blanco. Este hombre tenía miedo de escuchar su vals, dice, pero me vio en un programa de la televisión americana y pensó que yo era el indicado para tocarlo con mi orquesta. El músico pidió que le enviaran las partituras y poco después grabó el tema: André Rieu fue la primera persona sobre este mundo en escucharlo.  

02:19. Excitante, romántico, apasionante, fílmico. Rieu le asegura al público que el vals que va a tocar a continuación es todas esas cosas, que está orgulloso de tocarlo aquí, en Viena (donde se inventó este tipo de música alrededor del siglo XII), por primera vez, y que está aún más orgulloso de que la estrella de Hollywood haya volado desde Los Ángeles para encontrarse presente en este momento, para escuchar la música que escribió hace tantos años, cuando todavía no era nadie, pero que nunca ha escuchado. Nunca. No todavía. Denle un gran aplauso a…

02:45. Sir Anthony Hopkins se levanta de su silla y la ovación que se levanta con él, tras el anuncio de su presencia, es un movimiento histérico: los gritos se imponen por encima de todas las manos que se golpean y se chocan. Esta es la primera toma que muestra al público de frente, un grupo más bien reducido de personas vestidas de manera formal: ternos y camisas y corbatas; vestidos y joyas y zapatos de taco. Anthony Hopkins baja la cabeza, susurra thank you, thank you, se voltea hacia la audiencia y levanta las manos para saludar. Hay, muy cerca de él, sentada en la misma fila, gente aplaudiendo como focas con la boca abierta: probablemente no sabían que él estaba ahí, definitivamente no creen que ellos estén ahí, en el mismo lugar que una estrella de cine. Vemos películas y creemos en ellas pero no podemos creer que un actor se siente a nuestro lado durante un concierto.

02:55. La gente de las primeras filas se pone de pie y sigue aplaudiendo. Anthony Hopkins levanta los brazos y los dirige hacia el escenario, donde están Andre Rieu y su orquesta. El director lo mira de vuelta, sonríe mostrando sus dientes amarillos, y asiente con la cabeza como diciendo sí, hermano, esto está pasando, y todo bien, te lo mereces, esto es lo que nos espera al final del silencio, por eso lo atravesamos, para llegar a esto. Luego Rieu le hace una señal a los músicos de la orquesta y los libera de cualquier protocolo y ellos y ellas también se levantan a aplaudir y ser felices: las mujeres llevan vestidos de colores vivos y brillantes, como princesas de un parque de diversiones, de una fiesta infantil o de una cadena de cines; los hombres van con ese frac típico de su género musical que tanto los asemeja a los saloneros de un restaurante. El público que aún no se había levantado se pone de pie. Anthony Hopkins se lleva las manos a la boca y manda besos en todas direcciones.

03:29. Hopkins vuelve a ocupar su asiento. Se lo ve nervioso, incluso avergonzado. Aunque el poco pelo que le queda en la cabeza sea todo blanco y la piel del rostro se le recoja entre las arrugas, junto a los ojos, Hopkins parece un niño al que la realidad le está permitiendo un sueño. André Rieu, por su parte, dice que el título de la composición que se dispone a interpretar no podría ser más acertado, And The Waltz Goes On, que podría traducirse como Y el vals continúa. Pero lo que nos preguntamos es, ¿cuándo empezó? En un corto testimonio para la prensa británica, Hopkins contó que había querido ser músico desde muy pequeño, pero que nunca había sido buen estudiante ni perseguido una educación formal. Escribió su vals en 1964, cuando tenía veintisiete años, y fue su esposa quien, muchos años después, hizo aquella llamada a la que Rieu se refiere en un principio.

04:09. Suenan las primeras notas. Andre Rieu, que sostiene en una mano el violín y el arco, frunce el ceño, empina los labios y mueve la otra como dibujando el golpe de esas notas en el aire. La melodía es irresistible. Anthony Hopkins mira a la orquesta con atención y asombro, como si no supiera lo que va a pasar: después de todo, no lo sabe, él escribió el vals, pero recién empieza a escucharlo. 

04:52. La mujer sentada al lado de Hopkins se llama Stella Arroyave, es colombiana, está casada con el actor y está llorando. Se lleva la mano al rostro y con la yema del dedo, muy discretamente, hace desaparecer una lágrima. Todo en ella es así: sencillo. Stella Arroyave tiene puesto un sobrio vestido negro, un elegante collar de perlas sobre el cuello y en la cara no se le nota otro maquillaje que la emoción. La esposa de la estrella de cine parecería ser todo lo contrario a Hollywood, alguien que brilla sin la necesidad de más luces que las encendidas dentro de su cuerpo. Cuando se conocieron, Hopkins pasaba por días extraños, bebía demasiado y se sentía “ligeramente” deprimido: durante los 90’s fue gigante y se sabe que nadie baja vivo de una cruz. Se casaron en el 2003, cuando ella tenía cuarenta y siete y él sesenta y tres. Hace poco, ya a las puertas de cumplir ochenta años, Anthony Hopkins dijo en una entrevista a Larry King que si no fuese actor quizás hubiese bebido hasta la muerte, luego se rió, pero lo dijo, y que su esposa es su amiga más cercana. Esto último lo mencionó sin reírse después.

05:17. Ambos, Hopkins y su esposa, mueven la cabeza según las huellas que va dejando la música y es como si las cabezas estuviesen bailando solas, flotando, y como si la cabeza de Stella fuese en algún soplo a caer rendida sobre el hombro de Anthony. A la melodía irresistible se han unido ya casi todos los instrumentos de cuerda y la sensación térmica nos hace pensar que ya hemos escuchado esto antes, que conocemos esta música, y se gatillan recuerdos en nuestro interior que viajan desde las profundidades del olvido a la superficie del momento. Lo que uno quisiera es estar junto a Hopkins y darle al viejo un abrazo y decirle gracias, gracias por esto, y por lo otro.

06:19. La felicidad es total. Stella tiene un lunar junto a la boca, como en la ranchera Cielito Lindo, que asoma en uno de los extremos de su sonrisa. La melodía irresistible hace una pausa inesperada, luego otra. Anthony Hopkins imita las maniobras asintiendo con la cabeza, y después de la segunda pausa también levanta el puño y sonríe en un gesto de triunfo. Sí, así es, así ha sido siempre, así es como me la imaginé. Si alguien disfruta de la precisión, ese es Hopkins, que tiene la manía de aprenderse los guiones de memoria (literal, palabra por palabra, silencio por silencio) pero al que no le gusta ensayar con otros actores (con Jodie Foster, por ejemplo, no cruzó ni un saludo durante el rodaje de The Silence of the Lambs, más allá, claro, de las palabras dichas por Hannibal Lecter), lo que le gusta es llegar y ser y no tener que repetirse, sólo ser para luego poder ser otra cosa. Tiene el cuello estirado, como para no perderse ningún detalle. En su boca aparece sólo una fila de dientes reposando sobre su labio: un gesto de roedor, un gesto caníbal.       

06:33. Un flashback: Andre Rieu y Anthony Hopkins se saludan antes de que comience el concierto, se abrazan, se dan palmadas en la espalda. Quizá Hopkins le dijo que se tomara la libertad de interpretar la partitura como él quisiera. Quizá Rieu le dijo que se limitarían a tocar el vals tal como Hopkins lo escribió porque no hay otra forma de hacerlo ni mejor forma de hacerlo. Durante una entrevista posterior, Rieu contó que mientras esperaba que le llegaran las partituras de Hopkins aprovechó para llenar su iPad con las películas protagonizadas por el actor, todas menos una, The Silence of the Lambs, por que él jamás vería algo como eso.

07:48. La melodía irresistible se calma, abre un espacio y entonces empieza a sonar una caja de música (hay que tener agallas para incluir algo así en una partitura), una especie de organillo que funciona a manivela y es operado por una de las princesas de la orquesta. Rieu mira a Hopkins e imita el movimiento de la manivela haciendo círculos con el arco del violín: las personas que entre el público reconocen el instrumento hacen lo mismo con sus manos, convenciéndose de que esto que está pasando en verdad está pasando. Stella Arroyave hace desaparecer otra lágrima con la misma delicadeza de hace unos instantes. Hopkins abre y cierra la boca de manera casi compulsiva, como un pez haciendo burbujas, disparando en silencio las notas una después de otra: pa-pa-pa-pá-pa-pa-pa-pa-pá-pa-pa-pa-pa-pa-pa-pa-pá. 

08:27. La melodía recobra su cuerpo entero y es una ola que nos arrastra de ida y vuelta, una ola que ojalá ya no nos devolviera nunca más a tierra firme porque la música es la más firme de las tierras. Anthony Hopkins no puede disimular que este es uno de los mejores momentos de su vida. Aquel Oscar que le negaron por su papel en The Remains of the Day deberían dárselo por haber logrado, aquí y ahora, el mejor personaje de toda su carrera: un hombre que a los setenta y cuatro años escucha por primera vez la música que ha tenido medio siglo guardada en el pecho.  

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09:33. André Rieu toca un solo de violín. Anthony Hopkins, ya consumido por las llamas del éxtasis, levanta la mirada siguiendo los sonidos más agudos del vals y, justo en la última nota, levanta las cejas, muestra la punta de su lengua y la aprieta entre los dientes como si después de esto fuera a comernos a todos. Los aplausos vuelven a caerle encima. Hopkins los recibe de pie. Luego, se inclina hacia su esposa, le roza los hombros con las manos, le acerca la cara. Y ella, tan feliz como puede estar una persona que ama, todavía con las mejillas húmedas, le da un beso.     

4.17.2017

Mujeres al borde de un ataque de Camilleri


Si Andrea Camilleri se detuviera un momento para mirar hacia atrás y viera todo lo que ha hecho, todo lo que ha caminado y escrito, todos los misterios que ha resuelto, quizá no podría creerlo. Sus primeras novelas se publicaron a finales de los 70’s y no corrieron con ninguna fortuna, tanto así que el escritor italiano esperó más de una década antes de volver a intentarlo ¿Cuántas veces habrá pensado que jamás volvería a escribir? Cuando volvió a las canchas, ya en los 90’s, lo hizo con un nuevo personaje bajo el brazo: el comisario de policía Salvo Montalbano, quien por lo pronto ha protagonizado más de veinte novelas escritas por Camilleri. O sea que el peligroso oficio de Montalbano ha sido la también peligrosa carrera literaria de su creador: se sabe que en las novelas policiales debe haber por lo menos un cadáver aún tibio y que ese cuerpo bien podría ser el del autor. Pero Andrea Camilleri ha sobrevivido, tiene más de noventa años y la prensa italiana se refiere a él de esta manera: Camilleri es hoy el escritor más popular de Italia y uno de los más leídos de Europa.

Y aquí, en un momento en el que hasta podría retirarse con la gloria todavía en las manos y ocupar tranquilamente su espacio en la historia, Camilleri enfrenta al más grande y maravilloso de todos los misterios. Su último libro traducido al español se llama Mujeres (el título original, Donne, parece Fellini o Bertolucci) y es una especie de antología en la que Camilleri va recordando una a una las mujeres más importantes de su vida; las que le mostraron el camino, las que le cambiaron los planes, las que lo hicieron entender las formas de la belleza. El libro está dividido en 39 capítulos cortos, todos, claro, llevan un nombre de mujer en el encabezado: Ramona, Quilit, Helena, Ilaria, y así. 39 nombres propios, 39 caras y 39 narices y 39 pares de labios y 39 pares de rodillas. 39 mujeres inolvidables pueden sonar como algo exagerado hasta para un hombre de la edad del escritor, pero Camilleri no sólo se refiere a las mujeres que conoció en carne y hueso, incluye también a las actrices que descubrió viendo películas en el cine o leyendo: esas mujeres que para nosotros son tan reales como cualquier otra.

El autor lo explica en una nota final en la que dice esto: Este libro es un catálogo parcial de mujeres que han existido realmente a lo largo de la Historia o que han sido creadas por la literatura, así como de algunas a las que he conocido y de otras de las que me han hablado. Todas, por un motivo u otro, han quedado grabadas en mi memoria.   
Así las cosas, Camilleri se enamora de Antígona, a quien el rey Creonte ordena sepultar viva en una cueva por haber desobedecido una orden, y quien, en otro levantamiento desobediente, se ahorca para no darles el gusto; Hemón, hijo del rey y enamorado de Antígona, también se suicida con la esperanza de encontrar a su amada en otro mundo; y por último Eurídice, madre de Hemón y esposa de Creonte, acaba con su vida porque no puede soportar el dolor que le produce la muerte de su hijo enamorado. El rey Creonte se queda solo y el verdadero infierno es la soledad. Camilleri se enamora de la rebeldía de Antígona

Camilleri se enamora de la leyenda de Bianca, amante del rey Federico, en el siglo XII. Dicen que Bianca era tan bella y Federico tan celoso que la encerró en una torre donde permanecía prisionera y permanentemente vigilada. El único que podía verla era el rey, que cada tanto iba a abusar del cuerpo la que había esclavizado. Bianca le dio a Federico tres hijos. Después del último alumbramiento, ordenó a los guardias que llevaran el niño al rey junto con otro bulto envueltos en un manto ensangrentado: se había cortado los senos luego de dar a luz y quería que el rey Federico los viera. Camilleri se enamora del coraje de Bianca. 

Camilleri nació en Porto Empedocle, un pueblo en la costa del estrecho de Sicilia donde había una sola sala de cine. Allí, en 1942, vio la película Carmela, donde ocurrió algo que nunca antes había ocurrido en Italia: la actriz Dori Duranti, una mujer preciosa y cuyo nombre llenaba todos los cines de Italia, aparecía en una escena con los pechos al aire. Camilleri recuerda que la trama era más bien tonta, pero que en algún momento el personaje de Duranti, que vive recluida en una isla, pierde la razón y cae en el delirio y que esa escena, esa Duranti dulce, melancólica y loca, le sacó lágrimas y provocó una de las decisiones más importantes de su vida: me voy a ir de este pueblo, pensó, si me quedo me volveré tan loco como ella. Y, en efecto, Andrea Camilleri se marchó para siempre y años después, en Roma, comenzó una prolífica carrera como guionista y director de teatro y televisión. 

Camilleri se enamora de Beatriz, la novia de Filipo, uno de sus mejores amigos. Como a Filipo no le gusta bailar, es Camillieri quien baila con Beatriz en las fiestas. Pero no solo hablan, conversan, se van conociendo un poco más con cada canción. Camilleri pierde la cabeza por ella pero no se atreve a decirle nada. Una noche, en una fiesta, Beatriz se acercó a Camilleri y le pidió, como de costumbre, que la sacara a bailar. Mientras bailaban, ella le contó un secreto: me caso con Filipo. Al día siguiente, el mismo grupo de amigos estaba en la playa, tomando sol y bañándose en el mar. De pronto, Beatriz dijo que tenía ganas de comer erizos. Filipo se negó a acompañarla porque aquello significaba caminar una hora de ida y otra de regreso. Andrea Camilleri se ofreció como voluntario. Caminaron hasta perder de vista a sus amigos y, en palabras del propio autor: Durante dos horas hicimos el amor furiosa e ininterrumpidamente sin intercambiar ni una palabra, olvidándonos de los erizos, del tiempo y del mundo. Ni siquiera al volver abrimos la boca. No nos rozamos ni las manos. Esa noche bailó sólo con Filipo, y conmigo volvió a ser la amiga que había sido siempre. Y puesto que entonces no le pregunté por qué, tampoco voy a preguntármelo hoy, a setenta años de distancia.

En la nota que mencioné antes, el autor acaba diciendo esto: Lo cierto es que nunca había pensado en publicar un libro tan íntimo sobre la figura de la mujer, aunque también es cierto que nunca había pensando que en Italia, en el año 2013, sería necesario aprobar una ley contra el feminicidio.  

Leídas estas palabras, uno entiende que Camilleri defiende con su vida el derecho que tiene de adorar para siempre a las mujeres. Y no es que haga falta leerlo para entender los motivos de su adoración, para eso basta con fijarse en una mujer, casi que en cualquier mujer, pero este libro contagia y si uno se pone a pensar pues sí, podría contar y capaz hasta entender su propia vida a través de las mujeres que nos han pasado.   

¿Qué será de ti?, nos preguntamos en silencio, pero honestamente no queremos ni necesitamos saberlo. Queremos que ella visite nuestros recuerdos y aparezca cada día más hermosa, como siempre.

(El Comercio)