10.20.2014

La moraleja de la historia


¿Por qué no había visto Salinger? ¿No se supone que soy fan? ¿Que me he leído todos sus libros más de una vez? ¿Que leo The Catcher in the Rye por lo menos una vez al año? ¿Que cuando me dicen que ese es un libro para adolescentes y freaks me cabreo y no puedo creer que alguien sea capaz de decir semejante estupidez? Puta madre, si hasta me compré una camiseta con la portada del libro en el Strand de Nueva York; es más, compré dos, una para mí y otra para uno de mis mejores amigos, y se la regalé cuando se fue a vivir a otro país con su esposa y su hijo, es decir, cuando decidió, al fin, crecer; es más, durante el bautizo de mi ahijado, di una especie de discurso en el que le prometía al recién nacido que llegaría el día en que hablaríamos de Holden Caulfield; es más, he pasado horas buscando en tiendas de diferentes ciudades un sombrero que me recuerde al del buen Holden. ¿No se supone que creo en Salinger como escritor pero también como una especie de guía espiritual? ¿Que sería capaz de prenderle una vela como el joven Antoine Doinel a Balzac? ¿Entonces? ¿What the fuck? ¿Qué pasó?

Veamos. Salinger se estrenó en septiembre del 2013, es decir hace poco más de un año. Recuerdo haber visto los trailers, haber enviado ese link a varios amigos escritores y no escritores, haberme creído eso de que se trataba del “evento cinematográfico del año”. Recuerdo haberme emocionado. Recuerdo haberme emocionado mucho. Como soy análogo y para casi todos los efectos sigo viviendo en el siglo XX, cuando la peli salió no bajé un torrent ni nada por el estilo, sólo me senté a esperar hasta que apareciera una forma más convencional de verla, a leer las reseñas, a escuchar los comentarios, a ver los primeros clips. Por ahí, creo, partió todo este asunto. Al parecer, Salinger, el documental, no sorprendió a nadie: todo lo contrario, decepcionó a la afición que tanto lo había esperado y hubo quien lo calificó como una estafa. No estuvo en ningún festival importante y la única nominación que recibió fue impuesta por una cosa rarísima llamada los Golden Trailer Awards, donde se premia la forma en que las películas son marketeadas: ojo, digo “cosa rarísima” pero no me parece ninguna mala idea, yo soy de los que cree que debería existir el Oscar al mejor trailer del año. Pues bien, el primer trailer de Salinger, conocido como Biggest Secret, perdió su oportunidad de ocupar un espacio en la memoria colectiva frente al del documental Blackfish, ese sí, un filme celebrado y aplaudido y catalogado como importante. En pocas, Salinger no le importó a nadie, ni si quiera a los fans de Salinger.

La película venía, además, acompañada de un grueso libro que se suponía sería la biografía definitiva del escritor y que también recibió duras críticas, sobre todo de quienes corrieron a comprarla, los escritores que se hicieron escritores por culpa de Salinger: gente que no sólo se sintió robada sino también manipulada, usada, y resultó herida. Por eso, ahora que lo pienso, tampoco compré el libro, eran demasiadas voces en contra, voces conocidas, voces en las que confío, voces que comparten esta especie de fanatismo enfermo que al final del día lo que busca es poder creer en los milagros. La traducción al español, largamente anunciada por la editorial Seix Barral, también debía ser un evento literario para el mundo hispano, pero nada, ni mesas redondas en ferias importantes dedicadas a la obra ni palabras de aliento ni gente haciendo fila para comprarla. El proyecto Salinger –el documental y el libro– que pretendía correr el tupido velo a tres años de la muerte del escritor, logró el efecto opuesto, se enterró bajo el peso de su propio morbo (y del nuestro, por supuesto) y consiguió sin mayor esfuerzo lo que a Salinger le costó tanto trabajo construir y conservar: vivir en el anonimato. Mientras, durante décadas enteras, hubo personas que peregrinaron hasta la casa de campo de Salinger en Cornish, New Hampshire, para tratar de conocerlo y preguntarle a qué debían dedicar sus existencias sin propósito (a lo que él solía responder: yo no puedo decirte nada sobre tu vida, soy un escritor de ficción), los que buscábamos saber algo más y nos hubiésemos conformado con casi cualquier cosa, nos alejamos de la película y del libro que prometieron contarlo todo y faltaron a su promesa.

Ahora puedo decir con tranquilidad lo que estoy diciendo porque hace unos días, más bien de casualidad, descubrí –insisto, soy análogo– que el documental está completo en YouTube y dije de ley que nunca vi esto y puse play y me lo mandé de principio a fin. Y sí, no es, como dirían en mi pueblo, ninguna gran huevada. Aunque creo que cualquiera que haya leído a Salinger debería verlo sólo por cumplir con el trámite y porque seguro se enterará al menos de un chisme que antes desconocía. No hay grandes revelaciones. No hay grandes testimonios. No hay ninguna tesis interesante a la que den ganas de seguirle la pista o venderle el alma. Hay, sí, una promesa: obras por venir. Y si eso sucede sólo dios sabe lo que pasará en la tierra. 

Pero si algo realmente importante hay en este documental, es el recuento, más o menos detallado, del momento en que Salinger decide exiliarse del mundo literario y farandulero. Según varios de sus biógrafos y algunos de sus primeros amigos, él siempre supo (no creyó, no supuso, supo) que tenía talento y que había llegado a la tierra para escribir y nada más que para escribir. En el documental alguien menciona que Salinger solía decir que en la historia sólo existían dos escritores, Herman Melville y J.D. Salinger. Pero también cuentan que, tímido y nervioso como un pequeño saltamontes, le mostró algún manuscrito a Hemingway (lo que no deja de ser un acto de valor kamikaze), y hablan mucho sobre sus esfuerzos desesperados y a ratos patéticos y tristes por publicar a toda costa, decenas de rechazos mediante, en el New Yorker, y así recibir una especie de confirmación, de certificado de calidad o licencia para escribir profesionalmente. Si nos ponemos a sumar esas variables, la ecuación da como resultado un escritor, digamos, del tipo Truman Capote, enormemente talentoso pero también necesitado de atención y, sobre todo, urgido por sentirse o más bien porque otros lo sientan importante. Pero Salinger, cuando reventó su fama, lo que tuvo fue una implosión. Pidió que saquen su foto de las solapas y las contratapas de sus libros, eliminó la posibilidad de una portada que fuese más allá del título y el nombre del autor de la obra, y se escondió de la manera más pública posible. Cuando Salinger se fue, todos se enteraron de que se había ido, todos voltearon a ver, todos fueron a buscarlo. ¿A quién se le ocurre rechazar el éxito?        

Y la respuesta de Salinger es quizás esa guía espiritual que andamos buscando. El trabajo de escribir es, en sí mismo, una recompensa. No se debe pedir más. No se debe buscar más. El trabajo, hacer el trabajo, es el premio, el estímulo, el triunfo. Volví a escuchar esto mientras veía el documental y fue como escucharlo por primera vez y me dieron ganas de hacerme un tatuaje con esas palabras en alguna parte del cuerpo. Trabaja sin esperar resultados. Trabaja sin pensar en lo que pensarán los otros de tu trabajo. Trabaja en voz baja, encerrado, sin que nadie se entere. Trabaja y no hagas promesas. Trabaja y no hagas preguntas. Trabaja y no digas mentiras. Trabaja y no hables de tu trabajo como si fuera algo importante. Trabaja solo. Trabaja y concéntrate. Trabaja y enfoca. Trabaja para ti. Trabaja y haz que ese trabajo crezca sin sol y sin agua. Trabaja y, si puedes, sálvate.

Salinger tal vez sacrificó demasiado, convivía con sus personajes como si fueran personas de carne y hueso, pero abandonó a sus hijos y a la madre de sus hijos por estar cuidando y educando y queriendo demasiado a esos personajes. Fue lo que escogió. Fue lo que hizo. Puede haberse equivocado, aunque lo más probable es que haya sido inevitable. Es lo que pasa cuando un hombre tiene una misión. Todo a su alrededor desaparece.   
   

10.13.2014

Justicia poética


Todos necesitamos alguien en quien poder confiar, alguien que, ante nuestros ojos, sea capaz de hacerlo todo: un héroe. Hace años, no sé exactamente cuántos pero sé que no son pocos, decidí que el héroe de acción de mi vida adulta sería Denzel Washington. Tampoco recuerdo qué película me hizo confiar tanto en él, pero sí recuerdo que desde que vi American Gangster, hace siete años, ya no hubo vuelta atrás: fue como un acto de confirmación en el que reconoces la existencia de un ser superior y depositas tu destino en sus manos.

Pero American Gangster, gran-película-gran por donde se la vea –incluso con Russell Crowe, a quien por alguna razón que no puedo llamar otra cosa que instinto no dejaría siquiera entrar en mi casa– no es el tipo de película a la que me refiero cuando digo que Denzel Washington es mi héroe. No. American Gangster tiene méritos intelectuales, inteligencia emocional y una estructura sólida como el acero, como muchas otras películas en las que Washington ha sido más persona que personaje y nos ha mostrado el alma. El tipo de cintas que me han hecho sentir que a su lado puedo estar seguro son las que los críticos y los mismos cineastas suelen llamar basura.

Cintas como, digamos, Man on fire, The Book of Eli y Unstoppable. Ese es el tipo de cine que me ha hecho creer que mientras Denzel Washington esté en la pantalla todos –y cuando digo todos me refiero al mundo entero– estaremos a salvo y saldremos vivos después de la proyección. Porque una cosa es aparecer en Philadelphia o en The Hurricane, películas a las que nadie les puede decir que no, o por lo menos no públicamente; películas que reciben apoyo desde todos los frentes y que luego se discuten como sucesos que cambiaron el curso de la historia. Pero otra cosa, algo que requiere mucho más arrojo y aplomo, más audacia y coraje, es atreverse a protagonizar cintas del todo cuestionables y de argumentos débiles como Déjà Vu o Safe House. Es decir: hacer el ridículo estando plenamente consciente de lo que se está haciendo, y hacerlo como el mejor.

Yo veo todo lo que haga Denzel Washington, muchas veces sin siquiera fijarme en los avances o muchísimo menos en las críticas (uno, después de todo, necesita tener ciertas certezas en esta vida, ciertos rituales que le permitan practicar su fidelidad a ciegas, como corresponde). Veo sus películas “serias”, claro, (la última fue Flight, que de no haber sido por ese tan americano y políticamente correcto Hollywood ending podría haber estado en Cannes, ¿se imaginan si al final Denzel hubiese dejado que fuese la azafata muerta la culpable de aquella heroica tragedia?, entonces a estas alturas estaríamos hablando de un clásico transgresor), pero también veo, en el cine, pagando mi entrada y a veces también la de alguien a quien debo sobornar para que me acompañe, no en versión pirata ni en la compu, lo que vamos a llamar su obra explosiva. Y lo veo porque sé lo que voy a ver, lo que voy a sentir, lo que voy a recibir a cambio no de mi dinero sino de mi esperanza.

La última película de Denzel que vi –porque sin importar quién las dirija las películas de Denzel son suyas; y bueno, también fueron de Tony Scott cuando ambos trabajaban juntos por el bienestar de las masas– fue The Equalizer, y quedé tan contento y satisfecho y emocionado como siempre, hasta diría que con ganas de más, tal vez una secuela aunque de alguna manera toda la obra explosiva del señor Washington esté formada por secuelas: historias supuestamente independientes que en el fondo y en la superficie forman parte de un inmenso todo y no hacen otra cosa que confirmar una y otra vez que nuestro héroe es invencible. De los grandes directores se dice que siempre están haciendo la misma película; pues bien, cuando viene al caso, podríamos decir lo mismo del señor Washington. En The Equalizer Denzel conquista hazañas que serían imposibles hasta para el mismísimo Batman, y lo hace sin rasgarse las vestiduras: de hecho, literalmente, su ropa da la sensación de haber sido planchada antes de cada escena.

La trama, ya lo sabemos, no importa gran cosa y sólo nos quitaría tiempo y espacio (el espacio virtual también cuenta como espacio, no se crean), pero quisiera referirme por lo menos a tres detalles. Primero: Denzel es viudo y se le nota en la cara, en cada gesto, en cada decisión, se nota que lleva adentro un dolor imposible de sanar, que antes había algo que ya no está, que antes Denzel era una persona más feliz; justo antes de morir, su esposa estaba leyendo los famosos “100 libros que debes leer antes de morir”, y ahora es él quien, para honrar su memoria y, obvio, para seguir con ella aunque ya no pueda estar con ella nunca más, está leyendo uno a uno esos mismos libros; así, lo vemos leer El viejo y el mar, lo escuchamos resumir Don Quijote en un par de líneas durante una conversación casual y cerca del final, muy convenientemente, alcanzamos a descubrir que está leyendo El hombre invisible, ¿cómo no confiar en un hombre que está leyendo la mejor literatura que se ha producido en este planeta sólo para no dejar ir al gran y quizás único amor de su vida? Segundo: como en Taxi Driver (ok, exagero, pero ni tanto si guardamos las distancias de rigor), Denzel se conmueve ante la inocencia interrumpida de una joven prostituta rusa con aspirantes de cantante y es ella, o más bien el mundo moderno y despiadado que la envuelve y la golpea y la asfixia, lo que gatilla una historia que, como ya dije, no importa, pero en la que Denzel se da el tiempo y el lujo de desmantelar, desde el pez más pequeño al pez más grande, a la mafia Rusia que opera en los Estados Unidos: y, ojo, lo hace solo, como un verdadero justiciero. Tercero: hay, en todo esto, un momento existencial que durará para siempre y que sucede cuando Denzel trata de ayudar a un compañero de trabajo a bajar de peso para poder ascender al cargo de guardia de seguridad; el pobre tipo, obeso, inseguro, entrañable (esconde papas fritas entre las lechugas de los sánduches que componen su almuerzo: alguien como yo puede conectar fácilmente con eso) hace un esfuerzo sobrehumano para perder unos pocos gramos y cuando piensa que sus ambiciones son una osadía y se ve derrotado y, como todos alguna vez, no se cree capaz de hacer lo que tiene que hacer para convertirse en quien quiere ser, Denzel lo mira directo a los ojos y le dice: recuerda, se trata del progreso, no de la perfección. Y ya con eso yo siento que el señor Washington, una vez más, salvó el día.

Para ver The Equalizer, como para ver toda la obra explosiva de Denzel, hay que callar a golpes la voz de la razón hasta lograr que pierda la conciencia durante al menos ciento veinte minutos y encerrar en un sótano oscuro y de preferencia sin ventilación las ansiedades de la lógica. Por eso, insisto, hablamos de una cuestión de fe. Por eso, insisto, hablamos de un héroe. Denzel Washington hace cosas que son imposibles de hacer, por eso es un héroe; logra trasladarse en el tiempo y en el espacio de maneras que contradicen todas las leyes de la física, por eso es un héroe; muestra sus verdaderos sentimientos sólo cuando hace falta, esto es, cuando pueden ayudar a alguien más, por eso es un héroe; y elimina criminales clavándoles sacacorchos en la garganta o abriéndoles el cráneo con un taladro o disparándoles clavos con un arma que podría conseguirse en cualquier ferretería, por eso es un héroe.

Cuando terminé de ver The Equalizer era ya media noche. Fuera del cine, la calle estaba oscura y abandonada. Pero yo estaba tranquilo. Sabía que Denzel Washington estaba por ahí.

10.07.2014

87: el aftertaste


Al final de Cuenta conmigo, la película de Rob Reiner estrenada en 1986 y basada en una novela corta de Stephen King, el protagonista dice algo como esto: Nunca más volví a tener amigos como los que tenía a los doce años, ¿quién los tiene? La respuesta es: nadie. Aunque nuestros amigos sean los mismos que fueron a la escuela con nosotros, aunque no hayamos perdido contacto con ellos y aunque los veamos con frecuencia, evidentemente somos otras personas y nuestros amigos son otras personas y el mundo es, obvio, un lugar distinto.

Ochentaisiete, la película escrita y dirigida por Anahí Hoeneisen y Daniel Andrade, me llevó hacia un lugar parecido al pasado, un sitio que aún me hace reír pero también me duele su poco y que siempre estará ahí, aquí, en algún lugar dentro de mí, vaya donde vaya. Los personajes de Ochentaisiete no son tan ingenuos ni tan románticos como los de Cuenta conmigo, que al fin y al cabo son prácticamente unos niños, pero, en su momento, se quieren y creen con toda firmeza que lo único que tienen en esta vida es el otro.

Y, también en su momento, se salvan.

Con el tiempo, Cuenta conmigo se ha convertido en una suerte de film canónico y definitivo sobre la pérdida de la inocencia y el final de la infancia. Es más, si alguien está trabajando en una historia que envuelve niños o adolescentes, la gente suele sugerirle que vea, además de las obligatorias Los 400 golpes, El señor de las moscas y, según yo, Y tu mamá también, esa cinta acaso fantasiosa y un poco sobregirada de afecto llamada Cuenta conmigo. Pero se entiende. En la película de Reiner hay un punto aparte que a la vuelta de los años, para cuando los personajes logran darse cuenta, se ha convertido en un punto final. En Ochentaisiete, en cambio, hay un aterrizaje forzoso, una serie de puntos suspensivos y suspendidos en el aire que seguirán ahí, colgando, quién sabe hasta cuándo.

Los adolescentes de Ochentaisiete, para empezar, son gente de ciudad y no de pueblo como los de Cuenta conmigo, o sea que tienen más calle, más audacia, y su cuota de emociones está más ligada a las consecuencias de sus actos que a las secreciones de sus aventuras. Son, además, latinoamericanos, así que llegaron al mundo con el pecado original bajo el brazo: tarde o temprano, las cosas se van a ir a la mierda. Son, también, gente dañada; aunque quizás sea más preciso decir que son gente con ganas de dañarse. En todo caso, no sólo se han dañado por su cuenta. Sin ser marginales ni, digamos, inmediatamente perjudicados por el clima social de la ciudad en la que viven, vienen de hogares rotos o fragmentados de alguna manera (han sido abusados por los secretos de sus padres o cuando menos ignorados hasta ese punto en el que te das cuenta de que es mejor aprender a cuidarte solo y cuanto antes). Vienen de situaciones que no pueden controlar y al parecer buscan meterse en situaciones en las que puedan perder el control.  Lo hacen porque creen que mientras estén juntos nada malo podrá pasarles.

¿No hemos pensado todos lo mismo alguna vez? ¿Quizás a los doce?

Lo que pasa, lo que pasó, lo que acabó por separarlos, es lo mismo que termina uniéndolos años más tarde. Pero entre los sobrevivientes de un accidente hay harto más que memorias: hay cosas que no se han dicho y que no se dirán, pensamientos recurrentes que nunca llegarán a ser palabras y que, cansados de pedir atención, con el tiempo se irán acomodando en una parte del cuerpo donde no molesten o molesten sólo de vez en cuando. El silencio es la distancia. Lo sabemos. Sabemos que si no dijimos lo que teníamos que decir cuando teníamos que decirlo cualquier otro momento, incluso si este momento llegara exactamente un segundo después de la colisión, será ya demasiado tarde. Sí, quizás uno logre desahogarse. Sí, quizás uno logre sacarse un gran peso de encima y andar por ahí más ligero, sacudiendo los hombros con soltura. Sí, los asuntos pendientes, las conversaciones pendientes, los abrazos y los besos pendientes nunca nos dejarán en paz y es mejor sacarlos, aunque sea por la fuerza: esto es perdiendo en el camino cualquier rastro de dignidad que hayamos pensado tener y querido conservar. Pero no, eso no nos dará paz. Pero no, eso no hará que las cosas vuelvan a ser como eran antes. Pero no, eso no nos devolverá a nuestros amigos muertos.

Nos volveremos a ver, pero entre nosotros habrá un espacio y será ese espacio el que impedirá que estemos cerca porque ese espacio, al contrario de lo que podría pensarse, no está vacío sino repleto de cosas. Nos volveremos a hablar, diremos cualquier cosa para no dejar que la conversación muera, diremos tonterías relacionadas al clima, diremos cualquier cosa y mientras estemos diciendo cualquier cosa pensaremos que en realidad no tenemos nada que decirnos. Nos perdonaremos, haremos como si nada hubiese pasado, pero también como si nada más nos fuera a pasar porque si algo hemos aprendido del pasado es que es mejor guardar las distancias. Miraremos la vida del otro con cariño y con envidia y estaremos felices por todo lo que el otro ha conseguido y lo odiaremos por todo lo que ha conseguido y recogeremos nuestras pocas pertenencias y diremos esto es todo lo que tengo, esto es todo lo que soy. Nos volveremos a reír, pero esas risas no serán las mismas y muchas veces serán empujadas por el compromiso, la buena educación o la simple cortesía social. Volveremos a decir tú eres mi mejor amigo aunque ya no sea verdad: tú eras el mejor amigo de la persona que yo solía ser, pero ellos, aquella persona que solía ser y su mejor amigo, ahora viven lejos y hablan otro idioma.   

De Ochentaisiete me queda esa sensación, una especie de presagio o flashback tridimensional o, mejor dicho, la certeza de haber estado allí. ¿Me pasará a mí? ¿Me está pasando? ¿Ya me pasó? Tal vez sí, y no me di cuenta. Tal vez quise sanar una herida después de haberla tenido abierta pero escondida durante años, tal vez ya hablé con quien tenía que hablar para curarme, tal vez ya dije lo que tenía que haber dicho hace tanto, y tal vez, sólo tal vez, ya me quedó claro que hay cosas y personas que no podré recuperar porque, simplemente, ya no existen. El amigo que tuviste a los doce años hoy es un tipo distinto con una vida distinta y un destino que no tiene nada que ver con el tuyo. De todas maneras, sabes que puedes contar con él. De todas maneras, sabes que cuando necesites un amigo lo más probable es que no lo llames. Pero es así como tiene que ser: cada uno, cada uno. Lo demás es suerte. Lo demás es lo que buenamente puedas hacer por ti mismo. Lo demás es lo que vas recogiendo en el camino y guardando en tu mochila. Ese equipaje que llevas para todas partes, esa es tu vida y la gente que recordarás cuando mires hacia atrás o hacia delante o hacia los lados y descubras que después de todo no estás tan solo. La gente que se fue pero que nunca se irá.

9.29.2014

Lo peor es que no pasa nada


Mi amiga es una de las mujeres más hermosas que he visto en la vida: una de esas mujeres que podría tener al hombre que le diera la gana. Es chistosa, culta, mal hablada y toma como poeta en día de paga; pero lo mejor es que, con cada trago, sus comentarios van cobrando lucidez, sus bromas ganan maldad y sus observaciones se vuelven agudas hasta el último detalle. El licor, además, la vuelve clarividente: basta con que le digas dos o tres cosas sobre tu presente y ella te dirá todo, todo, sobre tu futuro (no exagero, me ha pasado y le ha pasado a varios desconocidos que luego se volvieron sus, digamos, pacientes). Estuve enamorado de ella durante años, siempre lo supo y cada tanto, para que no te vuelva a pasar, lindo, me recuerda que en ciertas ocasiones se aprovechó de mi cariño y me manipuló sin piedad. Nos acostamos un par de veces, nos confundimos (miento, el único que se confundió fui yo, ella siempre la tuvo clara), pero no pasó mucho más. Nunca fuimos lo que se dice una pareja, pero hasta el día de hoy nos queremos y hablamos con frecuencia cuando alguno de los dos está down.

Esta tarde estoy sentado a su lado en la sala de espera de un psiquiatra en el Hospital Metropolitano de Quito, rodeado de personas que, francamente, no parecerían tener ningún problema: lo que nos demuestra, nuevamente, que todos, todos, estamos en problemas. No hay tal cosa como la gente normal. Ella mira una revista de farándula, antigua, como todas las revistas de consultorio, y se encuentra con una larga entrevista a la cantante mexicana Paulina Rubio. Al final de la entrevista hay una página entera de fotos de la estrella pop en diferentes etapas de su carrera. Mi amiga se mira en ella. Sólo tiene diez años más que nosotros, me dice, diez años. Puta, huevón, antes diez años eran un montón, era full tiempo, ahora diez años no son ni mierda, yo me veo más vieja que ella. La verdad, no se parecen en nada. Yo diría que mi amiga es mucho más guapa y muchísimo más inteligente, por eso reconoce que el tiempo ha pasado para ambas, para todos, y que ya nunca seremos los mismos. Nunca.

Hace nueve meses mi amiga rompió con su último novio, un tipo cuyos temas favoritos de conversación eran los aviones y los caballos, si me lo preguntan, era insoportable; pero tenía un buen trabajo, ganaba dinero, era estable. A veces, me dijo ella una vez, una sólo quiere saber que el suelo donde está parada no se va a derrumbar de repente, que las cosas no van a cambiar por un rato. Estuvieron juntos poco más de dos años y un buen día, sin más, el tipo le dijo que no la veía en su futuro. Así: no te veo en mi futuro. La sacó de su vida después de una especie de visión mística instantánea. Al principio, mi amiga creyó que era un acceso de demencia y que volverían pronto. No volvieron. Él nunca se lo pidió. Ni siquiera la llamó. Fue ella quien, borracha y de madrugada, solía marcar su número y llorar un rato. El tipo siguió con su vida, consiguió otra novia y, al parecer, empezó a construir su verdadero futuro. Mi amiga aún no lo supera y cree que se está volviendo loca.

El psiquiatra fue su última opción. Primero pasó varias semanas de viaje y algunos meses de farra. Bailó y bebió todo lo que pudo y vaciló más o menos con quien se le cruzara por en frente: fue un periodo, me explicó, en el que no tenía sentido ser selectiva más allá de lo superficial, sólo quería vacilar con niños lindos y, ¿sabes qué?, los niños lindos son todos unos losers, supongo que pierden mucho tiempo en el gimnasio, por eso son lindos y… ya pues, no se puede tener todo en la vida. No se enamoró de nadie. No se trataba de eso. Estoy como bloqueada, me dijo. En sus días tranqui, cuando no tenía quién la acompañe a farrear, cuando decidía no contestar los mensajes de su pretendiente de turno, invitaba amigos a su casa para tomar vodka y fumar hierba hasta desvanecerse: de un tiempo a esta parte, eso es todo lo que hace, se queda en casa y se desconecta como puede, cada vez más rápido y por más tiempo. Varias veces me tocó cargarla hasta su cuarto y acostarla en la cama con zapatos y todo. O, cuando ya no me daban las fuerzas, echarle un edredón encima y dejarla doblada en el sofá de la sala antes de llamar a un taxi y regresar a mi casa.   

Mi amiga entra al consultorio del psiquiatra y, según mis cálculos, gasta menos de media hora allí adentro: francamente esperaba verla salir mucho después, quizás con los ojos hinchados o por lo menos sonándose la nariz con un pañuelo de papel. Estoy deprimida, me había dicho en el taxi que nos llevó de su casa al hospital, la depresión es una enfermedad y hay que tratarla con medicinas, como a cualquier otra. No diría que estaba optimista, pero sí esperanzada en un tratamiento, en una cura, quizás incluso en un acto de psicomagia: la tristeza te cansa, te agota física y mentalmente, y llega el punto en que sueñas con un botón que te pueda resetear. Al salir, veo su rostro caído, su mentón rozando el suelo. La veo pagar la consulta y cuando la secretaria le pregunta si el doctor le dio nueva cita ella mueve la cabeza de un lado para el otro con una pena extraña. Luego me mira y me pide que regresemos a casa caminando. Está peor que cuando llegamos.

¿Qué te dijo? Nada. No tengo nada. ¿Le dijiste que estás tomando cada vez más pastillas para dormir? . ¿Le dijiste que te tomas por lo menos un six pack al día? ¿Le dijiste que casi no sales de tu casa? ¿Le dijiste que te duelen los brazos, que tiemblas sin razón, que no comes casi nada? Sí. Sí. Sí. ¿Le dijiste que piensas en él todo el día?, ¿que te pasas horas en la compu viendo las fotos que postea con su nueva novia?, ¿que te lo imaginas tirando con otras mujeres? . . ¿Le dijiste que te encierras en el baño a gritar en la ducha?, ¿que tienes ganas de llorar pero no puedes? ¿Le dijiste todo lo que me has dicho a mí? ¡Puta madre, sí, le dije todo!

¿Y?

Me dijo que estoy viviendo un duelo y que para eso no hay medicinas. ¿Y cuánto más puede durar tu duelo? Mi amiga, una de las mujeres más hermosas que he visto en la vida aún así, con el pelo mal recogido en una trenza que rebota contra su espalda y se deshace, con ojeras que antes eran oscuras y ahora son verdosas, con la piel amarilla,   alza la mirada al cielo, se fija en las nubes, en el vacío que separa a unas nubes de otras, y dice: según el psiquiatra, toda la vida. 

(SoHo)