1.23.2012

Maná Maná


En Paso de ti (o ¿Cómo sobrevivir a mi ex?), el personaje de Jason Segel está trabajando en su propia versión de Drácula, un musical protagonizado por marionetas. Hacia el final vemos el show y, contra toda sospecha, es divertido, emocionante y conmovedor. Pues bien, al parecer aquello no fue ni una coincidencia ni, mucho menos, una salida de emergencia. Segel y Nicholas Stoller, director de Paso…, han vuelto a reunirse para montar el mejor espectáculo de marionetas que haya existido jamás: Los Muppets.

Han pasado varios años desde que la Rana René, Miss Piggy, Gonzo y compañía eran la realeza del entretenimiento. En este siglo están cada uno por su lado, ocupados en oficios menos glamorosos –con la excepción de Miss Piggy, patrona de la moda en París– y resignados al lado oscuro del escenario. Pero no todos sus fanáticos los han olvidado. Un pequeño muppet-2.0 llamado Walter sueña con verlos en vivo y está a punto de conseguirlo al viajar a Los Ángeles con su hermano mayor (Segel) y su cuñada (Amy Adams). El único problema es que el estudio de los Muppets está abandonado, enterrado en polvo y cubierto de telarañas. Aún así, Walter recorre su interior y descubre los planes de un texano malvado (Chris Cooper) que quiere demoler el estudio para buscar petróleo (risa de maniaco). Para impedirlo hay que reunir diez millones de dólares y sólo hay una forma de hacerlo. Es hora de reunir a la vieja pandilla.

Si alguien me quiere hacer creer que la amistad no se corrompe ni se ensucia, que los amigos de uno están siempre ahí, esperando una llamada, que sean Los Muppets. Si alguien me quiere hacer creer que se puede viajar por mapa y atravesar el océano convertido en una línea roja como en las películas, que sean Los Muppets. Si alguien me quiere hacer creer que el amor sobrevive al tiempo y a las circunstancias y que el olvido en realidad no existe, que sean Los Muppets. Si alguien me quiere hacer creer que nada es imposible para una marioneta que camina chistoso y de alguna forma misteriosa y mágica puede expresar con su rostro emociones poderosas, que sean Los Muppets. Si alguien me quiere hacer creer que Cooper no hace el ridículo como malvado, que Segel no se pasa de bueno y que Adams no resulta demasiado comprensiva, que sean Los Muppets. Si alguien me quiere hacer creer que un cuarteto de barberos puede cantar Nirvana. Si alguien me quiere hacer creer. Si alguien me puede hacer creer que el mundo es uno canción feliz cuando hay alguien que cante contigo, esos son Los Muppets.

(El Diario, 22/01/12)

1.17.2012

El sur de verdad


Una de las películas más latinoamericanas que he visto últimamente se hizo en Nashville, al centro del estado de Tennessee, una de las ciudades más norteamericanas jamás inventadas. Y se llama Música Campesina.

Esta es la historia de Alejandro Tazo, Tazo like the tea, un chileno que viaja a los Estados Unidos siguiendo a su novia pero estando allá, supuestamente instalado, rompe con ella porque no la soporta –la que conoció en Chile, al parecer, era otra persona– y se queda a la deriva.

Tazo no habla muy bien inglés pero es fan de la música country, toca guitarra y la mejor idea que se le ocurre es viajar en bus a Nashville con la esperanza, ingenua pero sincera, de que algo así como el espíritu de Jhonny Cash lo guarde y lo proteja de todo mal. Así es, así pasa. Uno sospecha que llegar a una gran ciudad es como comprarse un seguro de vida y cuando pone los pies en la calle está igual de perdido que antes, o más.

Tazo no quiere volver a Chile. No quiere volver porque volver sería fracasar y es mejor fracasar lejos de casa, donde nadie te conoce, donde nadie sabe que la estabas pasando mejor en tú país aunque no lo sabías. Entonces vaga sin un rumbo fijo, medio on the road sin tanto camino, medio missing sin tanta desgracia. Lo que le pasa también le pasa a un montón de gente, pero claro, él siente que su caso es el más grave porque es el único caso que en verdad conoce.

Llegar a un lugar que parecía perfecto y no encajar es peor que nunca haber llegado. Tazo se compra las botas, se deja las patillas, se hace los tatuajes, pero nada, sigue pareciéndose más a sí mismo que a los que preferiría parecerse. Está solo pero, por suerte, no está aburrido. De alguna manera, todo lo que hace le parece nuevo y distinto. Dormir puede ser un riesgo si aquello sucede en un hotel de segunda, donde un universitario con la cara trizada por el acné está dispuesto a pagarle por acostarse con él. Caminar por el parterre de una autopista, arrastrando una maleta como un personaje de Atari desempleado, puede ser todo un viaje si el destino es anywhere. Comer sánduches y sólo sánduches puede ser delicioso, pero ya en serio, ¿cuántos sánduches con papas fritas te puedes comer antes de sentir náuseas y quebrarte?

Quizás los latinoamericanos somos más latinoamericanos cuando estamos lejos. Quizás sólo estando lejos y teniendo algo que extrañar nos sentimos latinoamericanos del todo. Quizás, quizás, quizás. Al final Alejandro Tazo se sube a un escenario y canta, canta en español y en esa canción está su país entero o todo lo que extraña de Chile. I’m from Chile, dice, the south, the real south. El sur de verdad. Pero Tazo no mira hacia abajo, mira hacia arriba.




Música Campesina se estrena este viernes 20 de enero en el Ochoymedio de Quito.
Acá pueden leer el testimonio de su director después de haber ganando mejor película en el Festival Internacional de Cine de Valdivia.

1.09.2012

Una mujer que roba libros


Una mujer hermosa entra a una librería y se roba un par de libros. El librero lo sabe pero no dice nada porque quiere volver a verla. La mujer vuelve una, dos veces más, hasta que el hombre sale de atrás del mostrador, la enfrenta y con el pretexto de una requisa finalmente la manosea. Rico. La mujer es perfecta. No hace falta mucho más para perder la cabeza.

“Una lectura fácil se logra con una escritura difícil”, dice el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, y por lo menos tratándose de él no queda la menor duda. Severina, su novela más reciente –que aterrizó hace poco en Ecuador con Alfaguara– se despacha en una sentada, de una, como si este amor raro y prácticamente increíble entre un librero y una ladrona no fuese inevitable, como todo lo que debe pasar en un libro.

Rey Rosa es muy probablemente el mejor escritor minimal de nuestro barrio. Los personajes de Severina casi no se dicen nada, casi no se conocen porque qué miedo conocerse realmente, pero hacen bastante. Ella pertenece a una extrañísima familia que le ha dedicado años –¿siglos?– a los libros, no a escribirlos ni a venderlos sino a leerlos, con la aún más extraña certeza de que si uno se lo propone, si se lo propone con la insistencia de un monje budista, puede leerlo todo, y que viaja con esa misión por el mundo usando pasaportes falsos y estafando librerías. Él es un tipo sin mucho pasado ni mucho futuro, que como en una novela negra de esas que sucedían en Los Ángeles, pasa de cazador a víctima y termina siendo parte del misterio que en un principio se propuso resolver.

Severina cuenta todo lo que ya se ha contado pero lo cuenta de una manera distinta (¿cuántas veces leí esto?) y es desde su diferencia desde donde nos hace diferentes. Nos transforma. Nos propone las cosas no al revés pero sí de lado, de perfil. Nos pone en jaque. Nos coloca. Nos toca de largo como un remix en una fiesta de intoxicados. Uno cree que lo sabe todo aún cuando no sabe nada porque es mejor asumir el conocimiento que ignorarlo. Como estos personajes, que se hacen los locos porque así es más sencillo cargar con su locura. Porque mejor pensar que se ama a dudar que se ama. Rico.

(El Comercio, 08/01/12)

1.06.2012

Algo de Piglia


-Mi madre dice que leer es pensar -dijo Sofía-. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensando, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando.

12.28.2011

Making Of (primera parte)


En la revista SoHo que está circulando en estos días (dic-ene 2012) aparece el primer episodio de una serie de testimonios relacionados a la película Pescador, cuyo estreno está planeado para marzo. El especial se armó con testimonios del director Sebastián Cordero y los protagonistas Andrés Crespo y María Cecilia Sánchez. Acá les pongo mi aporte, lo que considero el primer capítulo de una crónica sobre la crónica que lo originó todo.

Las fotos son de Iván Garcés y se tomaron durante la primera semana de rodaje en El Matal, al norte de Manabí, en junio de 2010.

Enjoy.


Cómo se hizo Pescador (la crónica, no la película)

Por Juan Fernando Andrade

Enero, 2007.

Mi contacto me esperaba en San Vicente, frente a Bahía de Caráquez. Su nombre era Wilmer Mendoza y le decían Chuvis, diminutivo de Chewbacca, pues al igual que el personaje de La Guerra de las Galaxias, usaba un bolso cuya tira larga le cruzaba el pecho. Más que intergaláctico, Chuvis parecía un periodista hippie: camisa de manga corta, pantalón largo y descolorido, gafas y sandalias. Era corresponsal de El Diario y todos los días enviaba notas a la redacción del periódico en Portoviejo. Días antes yo había estado en los archivos de esa redacción buscando noticias sobre una lancha de narcotraficantes que fue descubierta por la policía y, como consecuencia de un enfrentamiento a bala con los oficiales, había chocado cerca de la playa de un pueblo pesquero llamado El Matal.

Para aligerar el peso en la ruta de escape, la tripulación de la lancha arrojó todo su cargamento al mar: cajas llenas con paquetes de cocaína en forma de ladrillos, unos 20 kilos por caja según lo que pude averiguar después. El hecho, ocurrido en febrero de 2006, apareció en la prensa pero más allá de notas pequeñas y algún espacio en televisión, la historia fue perdiendo frescura y al no producir mayores detalles terminó recorriendo el camino natural de las noticias hacia el olvido. Yo, por ejemplo, escuché la historia por primera vez cuando me la contaron amigos surfistas que habían ido a correr olas en El Matal, según ellos, en el pueblo vivía gente que encontró paquetes y los vendió de vuelta a los traficantes cuando fueron a buscarlos. El dinero, de lo que pude o quise entender, cayó del cielo a las manos de los pescadores y ellos lo gastaron como si los billetes fuesen a llover de nuevo en cualquier momento. Fue así como el pueblo tuvo sus quince minutos de bonanza y, un año más tarde, era hacia allá donde íbamos.

Chuvis, el fotógrafo californiano Iván Kashinsky y yo viajamos en el balde de una camioneta de diario El Comercio desde San Vicente hasta El Matal, al norte de Manabí. Por esos días el caso se reabrió brevemente. Se hablaba de pobladores que habían cobrado conciencia del valor real de la cocaína, y escondian﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽bladores, concientes del valor real de la coca de nuevo iciales., empre pueden: ya gente intentida "ían paquetes con la intención de venderlos a un precio más alto que el estipulado por los traficantes. En Salango, al sur de la provincia, había testimonios recientes de gente que, acusada de haber guardado mercancía tras un episodio similar, fue torturada, secuestrada y hasta mutilada por quienes la reclamaban como suya. Los periodistas del Comercio estaban en esas averiguaciones y habían decidido pasar por El Matal en busca de experiencias parecidas, pero cuando uno mira El Matal de frente resulta imposible adivinar que allí pase algo más que la salida y la caída del sol.

Era casi medio día, la playa larga de arena clara y agua turquesa estaba vacía. Bajamos de la camioneta y caminamos hacia la oficina del presidente de la asociación de pescadores, junto a las bombas que despachan combustible para las lanchas. Chuvis lo había entrevistado varias veces por distintos motivos y, después de saludarlo con confianza, se sacó las gafas de sol, las puso sobre el escritorio y le pidió lo que andábamos buscando.

Tenía bigote y más estómago que otra cosa, digamos que se llamaba Jesús porque al ver mi grabadora me pidió que no usara su verdadero nombre. Ante esa advertencia pensé que su testimonio sería revelador y que con sus palabras como punto de partida no sería difícil reconstruir la historia palmo a palmo. Me equivoqué. Jesús me contó lo mismo que ya había leído en El Diario y me atrevería a decir que hasta uso﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ a decir que hasta usnas palabras. serten mas preguntas ó las mismas palabras. Yo le pedía detalles pero me decía que no sabía. Yo le pedía nombres pero me decía que no podía. Yo le pedía anécdotas puntuales pero me decía que no se acordaba, que había pasado un año y que ya nadie hablaba de eso. ¿Nadie? La gente se olvida de las cosas, joven. Chuvis insistió apelando a una supuesta camaradería, pero el presidente de la asociación de pescadores estaba atado a una frase de la que no pensaba deshacerse: eso es todo lo que puedo contarles. Apagué la grabadora y le prometí no mencionarlo en la nota, pero fue inútil. Estuvimos yendo y viniendo entre las paredes de ese juego durante poco más o poco menos de una hora, hasta que Chuvis, con los dedos hundidos entre su pelo largo, agarrándose la cabeza con fuerza para sostener la frustración, dijo bueno Don Jesús, muchas gracias, se levantó y salió de la oficina. Yo hice lo mismo y al apretar la mano de Jesús para despedirme busqué su mirada: él me la sostuvo por unos segundos antes de desviarla hacia cualquier parte.

Dispuestos a buscar testimonios en lugares menos discretos que El Matal, los periodistas del Comercio dieron media vuelta a la camioneta. Para ahorrarse el dinero y el maltrato del bus, Chuvis se trepó al balde y, desde ahí, nos sugirió pasar la noche en San Vicente, donde hay buenos hoteles y algo que hacer por las noches, al día siguiente, me dijo, podríamos intentarlo de nuevo, más temprano, cuando los pescadores estuviesen en la playa. En ese momento sentí la presencia del fracaso. Llevaba poco tiempo escribiendo crónicas y, lo que era aún peor, fui yo quien “vendió” la historia de El Matal insistiendo en viajar a Manabí y pasar varios días investigando. La revista había decidido enviarnos con la condición de que engancháramos varios temas en el mismo viaje, así que el tiempo que teníamos para cada historia era corto y, de hecho, al día siguiente tendríamos que seguir nuestro camino sí o sí. En una conversación veloz Iván y yo resolvimos quedarnos en El Matal, él podía aprovechar y tomar fotos del pueblo mientras yo trataba de convencer a quien sea de que me contara lo que sea. Era eso o volver a Quito con las manos vacías y aquel no era un lujo que podíamos pagar.

(continúa en la revista)

12.19.2011

Alaska en Nueva York


Por Juan Fernando Andrade

Fotos de Catalina Kulczar-Marín

Alice Lizza está desesperada. Es joven, es rubia, es exactamente lo que parece, la conductora de un programa de televisión llamado Alice Nella Città (Alice en la ciudad) que se transmite por la Rete 8, en Italia. Lleva boina, tacos y vive en Roma, pero hoy está en el deli de Journal Square, una estación de trenes en Nueva Jersey, rodeada de gente que come pizza, toma café y lee el periódico, tranqui, sin apuro, al ritmo de un sábado por la mañana.

Mira, dice en su inglés cargado de acento, cuando llegue a Italia voy a editar el video y te lo mostraré, si algo de lo que dices o haces no te gusta, podemos arreglarlo, cortarlo, sacarlo, no problem. Se lo dice a Mike Alaska, el músico que ella quiere convertir en el personaje principal de uno de sus episodios. Mike es alto, más blanco, que el blanco, lleva una chaqueta de cuero azul y cada vez que se mueve los tatuajes que tiene en la nuca y en los dedos se mueven con él. Mira, dice Mike, por una entrevista cobro usualmente cien dólares, si quieres que salga tocando en un video son como otros doscientos, cuando hago un show cobro por minuto, por minuto, como sesenta dólares, eso son sesenta dólares cada sesenta segundos, ¿entiendes?, si voy a darte mi imagen para que la lleves a otro país y te hagas famosa voy a necesitar un contrato y algo de dinero. ¿Por qué no me lo dijiste antes?, pregunta Alice, luego se pone de pie y habla con Nico y Francisca, dos compatriotas suyos que estudian cine en la New York Film Academy y son su equipo técnico en América. Mike pela una banana y destapa un jugo de cereza, desayuna igual que los demás. Yo estoy sentado a su lado, callado, nervioso. Con ganas de más.

Alice regresa a la mesa, tiene cuarenta dólares en su bolsillo y es todo lo que puede pagar, aún no sabe si Rete 8 va a comprar el reportaje. Mike ríe como diciendo no me jodas: no hará nada por menos de doscientos. Incluso les pide a los estudiantes que apaguen las cámaras. No estamos grabando tu performance, estamos en un deli. Igual, no hagan eso ahora, por favor. Alice dice he estado en Nueva York dos meses y ya no tengo dinero, doscientos es demasiado, el equipo está listo para hacerte una entrevista y ellos trabajan gratis, sólo quieren hacer algo bueno. La razón por la que te traje hasta aquí, dice Mike, la razón por la que lo traje a él –me mira por un segundo– hasta aquí es para que documente a esta gente que viene de Europa y me graba y me pone en sus shows y no me ofrece nada, me dicen cuando esto reviente vamos a hacer mucho dinero y luego van al Festival de Sundance y yo no recibo una mierda. Lo de la revista está cool –vuelve a mirarme–, pero si quieren audio y video, eso es otra cosa.

Alice le sube el volumen a su voz, ella y Mike parecen una pareja de novios tratando de arreglar algo que no tiene solución. Quiero hacer un perfil sobre ti, tu arte, tu pasión, en Italia la gente me ruega que la entreviste, probablemente no te importa porque no te interesa la televisión italiana pero… Mike la interrumpe, ¿cuánto te costaría llevarme a Italia?, le pregunta. Lo haría si el canal ya estuviera interesado en ti, en ese caso ellos pagarían todo, pero estás en Nueva York, muy lejos de Italia. Mike Alaska levanta los hombros y sentencia: en el futuro, recuerda que si quieres que alguien haga un show para llevarlo a tu país eso te va a costar. Se hace un silencio y después de un suspiro que termina en el piso manchado del deli Alice dice OK, no me hago rollo, seguro conseguiré otras entrevistas.

Federica y Nico guardan cámaras y micrófonos en gruesos estuches negros y cuando están listos para irse, cuando lo han empacado todo y se han echado un par de mochilas encima, Mike les dice entiéndanme, si trabajamos así siempre vamos a ser artistas menores, pero ya que estamos todos aquí… hagámoslo, ¿te suena bien? Alice Lizza no le cree, lo mira con la boca abierta, a punto, creo, de lanzarle un golpe. Mike se levanta de la silla atornillada al piso, camina hacia la puerta del Deli y me dice los tuve de puntillas, ¿no? Los italianos sacan sus equipos de nuevo. Hoy somos todos parte del mismo show.



C
ruzamos el Kennedy Boulevard, las cámaras encendidas, Mike habla y camina en medio de una rueda de prensa portátil. Nació en Austin, Texas –de ahí la palabra que forman las letras bajo sus nudillos: sureño–, pasó unos años en California y finalmente se instaló en Alaska junto a su familia, el viaje lo hicieron en un bus escolar que la mamá de Mike compró y transformó en casa rodante. En la vereda de enfrente, personas se detienen a mirarnos, pienso en ellos pensando quién es éste y me doy cuenta de que ninguno de quienes lo rodeamos lo sabe a ciencia cierta, después de todo, yo estoy aquí inspirado por un video que vi en YouTube, sin la menor certeza de que esto sea, de hecho, una historia, mucho menos una buena historia.

Llegamos al sitio donde vive, Mike pide que no graben la entrada. El edificio, como todos los de la calle, tiene pocos pisos de altura y una escalera para escapar en caso de incendio. Su casa propiamente dicha es estrecha y parece improvisada, como si un hogar pudiese montarse en cualquier parte. En la pared hay una foto en la que aparecen, abrazados y felices, Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. en blanco y negro, en el piso un viejo equipo de sonido sintonizado en una estación de rock clásico. El resto son muebles que tienen toda la cara de haberle pertenecido a otros dueños y espacios vacíos. Los italianos discuten dónde poner la cámara y yo aprovecho para entrevistar a Mike en privado, me lleva por un corredor húmedo y terminamos en un cuarto caliente atravesado por tuberías aferradas al techo: un sótano. Para descontar algo de la renta que debe pagar todos los meses, Mike es conserje a medio tiempo y ésta es su oficina. Lleva dos meses en Jersey, antes vivía en Manhattan pero la ciudad lo masticó y en vez de tragarlo lo escupió hacia acá. Allá lo arrestaron tres veces por hacer su show en la calle y pasó mucho tiempo durmiendo en techos. ¿En techos? Sí, dormir en un techo es mucho más seguro que dormir en la calle con todos los vagabundos que fuman crack.

Antes de fajarse con Nueva York Mike Alaska vivía en Montreal, Canadá, donde al parecer todo era maravilloso. La gente es amable, dice, no son americanos, es todo lo que puedo decir, no son americanos, gastan el dinero de la manera correcta, su gobierno funciona, no esconde cosas, tienen seguro médico para todo el mundo, seguro dental, y gratis, en Canadá te sientes seguro, como que alguien se hace cargo de ti, aquí te levantas y estás a medio camino de la muerte. La rabia y la tristeza vienen con su parada de hombre duro que usa botas de motociclista y jeans negros.

Vivió en Montreal cinco años pero fue deportado, un día viajó de visita a los Estados Unidos y ya jamás pudo volver, todavía no sabe cómo pasó, un campo de fuerza migratorio que aún no logra entender del todo lo separó de su novia, de sus amigos, de su banda, de su vida. No podía volver a la casa de mis padres y decirles que no lo logré, que no me salió, volveré cuando pueda invitarles una gran cena en un sitio hermoso, sin tener que preocuparme por nada. Tengo que seguir. Imagínate, yo llegué a Times Square –pleno Broadway– , solo, en la quiebra, a tocar en la calle. Te dicen anda a Nueva York, te dicen toca en el subway, te dicen vas a ganar dinero, te dicen vas a ser famoso. ¿Sabes lo que me mantiene?, la gente, la gente que se detiene para verme, los que se la están jugando como yo cada día, los que me dicen tú lo tienes, no aflojes, tú lo tienes.

En Manhattan, pienso, la gente se acompaña sin hablarse ni tocarse demasiado, se hacen los desentendidos, dicen que no les importa pero se respetan porque saben o imaginan o pasan por lo mismo que el otro. No hay lugar para los débiles.



E
l tren que conecta Nueva Jersey con Manhattan se llama PATH y hace una parada en Journal Square. Mike Alaska carga sus cosas en una mochila un poco más grande que su espalda y en una especie de montacargas muy pequeño que arrastra detrás de é﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e arrastra detrás de eupermercado largos. pueden escucharloado él.

Lo primero que hacemos al salir de la estación es caminar calle abajo, desde la 33 hacia Union Square, donde Mike hará su show para las cámaras prestadas de Alice Nella Città. Antes de llegar a nuestro destino final paramos a comer pizza, Mike invita y no acepta que nadie diga o haga lo contrario. Los italianos necesitan enchufar sus aparatos y cargar bateria﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ateriga lo contrario. l estacido largos. pueden escucharloado ías. Mike cumple con las averiguaciones pertinentes, los dueños del local son amables, ayudan a la gente de la televisión y Mike les dice cuando sea famoso les daré cien dólares, se los prometo, no estoy bromeando. Cuando sea famoso. ¿Cuándo pasará eso?, ¿pasará?, ¿todos podemos ser famosos si queremos, si de verdad lo intentamos? No lo sé, tengo mis reparos, pero Mike no tiene dudas al respecto y supongo que esa es la única forma de vivir su vida. Se sienta a mi lado, comemos y, de pronto, sin que yo se lo pregunte, me dice algo grande está a punto de pasar, algo grande, no puedo decirte de qué se trata, pero vas a estar ahí y será la mejor historia que hayas escrito jamás. ¿O sea que yo también seré famoso?, me pregunto. Lo miro, sonrío, quiero decirle que confío en él, que le creo, que, aunque lo más probable es que no volvamos a vernos, sí, ojalá algo grande termine pasando. Mike asiente con la cabeza, seguro, como si pudiese ver el futuro proyectado en las paredes de su cabeza, estaré en un yate en la mitad del océano, con chicas y champán, me dice antes de limpiarse la boca con una servilleta, botar el plato de cartón en el basurero y salir a la vereda para fumar. Alice Lizza lo sigue, aún no ha tenido suficiente –¿qué hace falta para que la vida de una persona merezca ser contada a los demás?– y le pregunta cosas que sólo se escuchan al otro lado del vidrio por donde los observo.

Me quedo con Federica y Nico, hablamos de cine, de proyectos, de gustos, hablamos de nosotros y no de o a través de Mike Alaska. Se hace tarde, tenemos que irnos. Quizás algún día nos veamos en un festival, me dicen, quizás todo esto resulte, nos resulte. Quizás algún día alguien, cualquiera, diga que somos famosos sin que nosotros nos hayamos enterado. La razón que nos trajo hasta este día, hasta esta pizzería donde somos los únicos porque la gente prefiere pedir para llevar, no será la más noble, pero vale, juega, es una razón y todos necesitamos una razón.



L
a primera línea del tren subterráneo de Nueva York, mejor conocido como el subway, se inauguró en 1904. Más de cien años después, el sistema completo recorre casi 1.500 km. y en el operan veintiséis líneas de trenes, cientos de vagones que funcionan las veinticuatro horas y transportan miles, millones de personas todos los días del año. Este es uno de esos días y nosotros somos cuatro entre esos millones buscando la línea L en la estación de Union Square. Está claro que esta parte del mundo le pertenece a Mike Alaska, ni un paso atrás, ni un paso en falso, esta es su casa o por lo menos es obvio que pasa más tiempo aquí que en aquel sótano de Nueva Jersey. Lo seguimos como podemos, aguantando tropezones, miradas, insultos, bajamos un par de escaleras y nos detenemos a un lado del escenario.

Christoph, un saxofonista alemán de veinticuatro años que de tan flaco parece sólo el armador que sostiene su ropa, esta ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽enedel que cuelga su ropa, o cubre, miradas e insultos hayamos enterado. á tocando la clásica melodía de conservatorio, su pelo y su barba son una misma república de pelos que se inclinan cuando alguien deja una moneda en el sombrero que tiene frente a sus pies. Christoph termina con una nota que se prolonga hasta desaparecer. Mike se le acerca, lo saluda con un abrazo, lo felicita, le pide que por favor lo deje tocar una hora en ese lugar, en medio de dos trenes que anuncian su llegada con una corriente de aire frío y un temblor en las rieles. ¿Una hora?, pregunta Cristoph. Una hora, responde Mike, estoy con gente de la televisión italiana, dale.

Mike Alaska desempaca su equipo con cuidado: un platillo, dos tambores, varios accesorios de percusión, un bote de plástico y un par de cajas que parecen jabas de cerveza. Antes de empezar se estira, calienta, pregunta por qué la gente no hace lo mismo antes del sexo y un tipo que pasa a su lado le responde sin siquiera regresar a verlo: arruinaría la onda. Mike se ríe mientras saca un par de billetes de su bolsillo y los lanza a un tarro de plástico que ha colocado frente a él. Si quieren darme un centavo, háganlo, no se avergüencen, todo sirve, le dice a quien alcance a escucharlo. Luego se sienta en una de las cajas, sus rodillas casi a la altura del pecho, y empieza. Mike no viaja por el mundo, no hace tours ni llena estadios, pero al verlo uno sabe que está presenciando un espectáculo. Más que un músico, es un acróbata, capaz hasta sea medio mago. Las baquetas se mueven entre sus dedos y es como si se multiplicaran porque de repente uno ve varias girando de un lado para el otro, golpeando los tambores, ganándole a la velocidad del sonido, uno las ve tocar el piso, rebotar, viajar por el aire hasta el techo y volver y seguir el beat, el pulso marcado por la pandereta que rodea el talón de una de sus botas de motociclista. Uno lo ve y lo escucha y no puede creer lo que está viendo y escuchando. Entonces Mike Alaska lanza una baqueta hacia una columna al pie de las rieles, a metros de distancia, y esa baqueta vuelve a su mano como si todo el tiempo hubiese estado pegada a su muñeca con una telaraña.

El subway tiene sus propias reglas y Mike las conoce de memoria. El subsuelo de la capital del mundo es como un gran festival de música y si alguien llega antes y ocupa tu lugar sigues caminando, te la bancas, hasta encontrar un sitio donde no puedas ni verlo ni escucharlo, no te sientas a su lado y tocas más duro, eso no se hace, eso no es cool. Mike monta por lo menos cuatro shows a la semana y en sus mejores días, dice, toca entre diez y doce horas. Diez, doce horas, son demasiadas para una sola cosa pero cuando es lo único que tienes es lo único que haces, lo no﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽aces, lo lo para una sola cosa semana y en sus mejores due de repente uno ve y único que puedes hacer. A veces, dice, otro músico me dice hey man, hasta cuándo vas a estar en el mismo sitio, le pregunto cómo está y anda mal, tiene hambre y no tiene con qué pagar la renta, le digo que yo no tengo hambre y sí tengo con qué pagar la renta porque toqué en el mismo sitio durante varias horas, lo mantuve, y así puedes hacer hasta cien dólares diarios… vamos, esto es Nueva York, tienes que darle duro.

Nueva York. Darle duro. Mike le da duro. Mike le ha estado dando duro desde hace tiempo. Todos le estamos dando duro y a veces, cuando nos dan duro, más duro, sentimos que no hay chance, que para qué, que mejor dejarlo ahí. Pero seguimos. Algo grande va a pasar. Algo grande le va a pasar a alguien y será la mejor historia que jamás hayas leído.

(Mundo Diners #355, diciembre, 2011)