8.18.2014

Pensando en RW


La pregunta es, ¿por qué?
¿Por qué estoy pensando tanto en Robin Williams?
¿Por qué?

Rebobinando los capítulos de mi vida, capto que Williams no era, nunca fue, parte clave de ella. Vi casi todas sus películas de niño o adolescente (las películas de la época, quiero decir), con la familia o con los amigos. Supongo que, entre otras cosas, me reí, pero más allá de La Sociedad de los Poetas Muertos, Buenos Días Vietnam, El Rey Pescador y ciertos –no todos los– momentos de El indomable Will Hunting, no recuerdo gran cosa, es decir, no recuerdo que Williams me haya impactado profundamente en ningún sentido. No recuerdo que me haya marcado. Sin embargo, desde que supe que había muerto, que se había suicidado después de luchar contra una depresión que lo tuvo al borde de la cornisa durante décadas, su rostro sigue apareciéndose en mi mente.

Hace un tiempo había escuchado que durante años fue alcohólico y adicto a la cocaína (al parecer superó la cocaína pero nunca pudo despedirse del licor). Y, después de todo, no me sorprendió. Un tipo que tenía tanta energía en el cuerpo y que parecía estar siempre en personaje, dentro y fuera de la pantalla, debía guardar más de un secreto. En ese momento me pareció que evidentemente tenía otro lado, un lado oscuro con el cual le era difícil lidiar y que trataba de ocultar con esa sonrisa que siempre cargaba puesta encima. No era el primer comediante bipolar del que se sabía, los ejemplos van desde Richard Pryor hasta Jim Carrey. Hacer reír, todo el tiempo, no es fácil. Quizás sea más sencillo hacer reír a los demás, pero hacerte reír a ti mismo, conservar esa felicidad que vendes y proyectas, esa felicidad de la que depende tu carrera como actor… uff… that’s gotta be tough, man.

Debe ser eso. De pronto me preocupé por Robin Williams. Y sí, ya es demasiado tarde. Pero me dieron ganas de hablar con él, de preguntarle un par de cosas. ¿Qué era lo que no soportaba de la vida? ¿En qué punto, con qué suceso, en qué momento, con qué giro decidió que era mejor estar muerto? ¿Cómo decides que es mejor estar muerto? ¿O fue que un buen día el mundo entero se le vino abajo y él estaba, bueno, abajo? Curioso. Una persona que hasta hace poco no me importaba demasiado, ahora, de repente, me hace falta. Supongo que hay algo de miedo en todo esto: si le pasó a él, le podría pasar a cualquiera, ¿no? ¿Fue que ese otro personaje terminó tragándoselo hasta cortarle la respiración? ¿Fue que no soportaba repetirse (aunque tuvo varios “papeles serios”, la gente, el público, lo ubicó siempre como un comediante)? ¿Fue que se cansó de ser otro? ¿Fue que ese otro le sirvió como vía de escape de sí mismo hasta que ya no tuvo más remedio que verse al espejo y aceptar en sus ojos que había llegado la hora de cortar con todo?

Dicen que a los actores les pasa eso: huyen de sí mismos, cambian tanto y tan rápido de piel que se olvidan de quiénes eran en un principio (¿alguien supo con certeza, por ejemplo, quién era Peter Sellers?). Robin Willians, ahora nos queda claro, no era el Robin Willians que creíamos conocer. Y eso me hace pensar. ¿A quién conocemos? ¿Conocemos a nuestros amigos? ¿Cuántas veces alguien se fue de mi casa con demasiados tragos de más encima luego de haberme contado alguna tragedia y, camino a la suya, pensó en matarse? ¿Cuánta gente piensa en matarse todos los días? ¿Cuántas veces al día piensan en matarse? Williams se fue como muchos antes que él, con un cinturón amarrado a la garganta y las muñecas rajadas. Y, como un detective, no dejo de pensar en esa última escena: Williams en el baño, solo, desesperado, sabiendo que dejaba a su familia y a todo lo demás, sabiendo que ya no podía con esto, tomando la decisión. Pero, insisto, ¿por qué?

Bukowski decía: a man can only take so much… ¿Cuánto es so much?            

8.06.2014

20 años de soledad



Para Fabiola Pazmiño y Daniel Llanos 

Mi primo David tenía el mejor cuarto del mundo. Tenía un televisor, un VHS, un equipo de música. Tenía un Nintendo, un futbolín, un aro de básquet. David era hijo único y lo tenía todo.

El cuarto de David tenía posters en todas en las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row. El papá de David era piloto, viajaba hartísimo a Estados Unidos y cada vez que regresaba le traía revistas Circus y David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas para pegarlos en las paredes. Y me regalaba un par para mi cuarto. David tenía tres años más que yo. David era lo máximo.

Un día pasó algo. Ese día estuve andando en bicicleta toda la tarde con los panas de la ciudadela. Cuando llegué a la casa, como a las seis o a las seis y media, vi a David sentado al lado de la puerta, andaba con su discman y sus audífonos. El man estaba como en otro mundo. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David no me miraba. David miraba para el frente, como si yo no estuviera ahí. Le pregunté qué te pasa y me pasó los audífonos.

Ese día el papá de David había llegado de viaje y le había traído el Nevermind de Nirvana. En el pueblo no había cable, pero nosotros ya habíamos visto el video de Smells Like Teen Spirit en la televisión. Cuando éramos pelados, a las doce de la noche, después del himno nacional, Ecuavisa se convertía en MTV y nosotros nos pasábamos la noche despiertos grabando videos en el VHS de David. Tomábamos Coca Cola y veíamos videos hasta el amanecer. No importaba si había clases al otro día. El que se quedaba dormido perdía.

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. No entendía muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras. Sacamos los posters y los guardamos en una caja. David tenía otros posters, todos de Kurt Cobain y Nirvana, y forramos el cuarto con esos. Mi primo me regaló los posters viejos, pero yo ya no los quería. Yo también quería posters de Nirvana.

En Portoviejo hace calor, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como en Seattle. En Portoviejo hace calor, pero usábamos pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas. En Portoviejo hace calor, pero pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana. David hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis y yo hacía como que tocaba la batería con unos tarros de galletas. Todo el día. Todos los días.

Yo no me di cuenta porque era pelado, pero de ley que mi primo como que se traumó. Los panas del man salían a dar vueltas en la avenida, en carro, con peladas, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana, en inglés y en español. Un día me invitó a dormir y me hizo leerlas todas y escuchar todas las canciones como mil veces y después quería conversar pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir.      

El 8 de abril de 1994, diez días antes de que yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos, en mi casa ya había cable pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto entonces tenía que ir a la sala. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su caleta, se había volado la cabeza con una escopeta. Llamé a la casa de David pero nadie contestó.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de pinoklin y no sé qué otra huevada. Ese día lo llevaron al hospital y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar. El man estaba sonriendo, lo juro. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión ambulancia a un hospital en Miami. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, todavía no había cumplido los 16. Ese día me robé su discman y algunos de sus discos sin que mis tíos se dieran cuenta.   

Lo enterraron en el cementerio que está al lado del colegio Rey de Reyes, eso siempre me ha parecido medio como la gaver porque a David lo botaron de ese colegio en tercer curso. Yo lo visito todos los años, de tarde, cuando sé que mis tíos ya se fueron. Llevo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo aunque el man no me diga nada. David es lo máximo. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?  

(Revista Ex-Libris, de Libri Mundi) 

7.29.2014

ROCK


La gente me pregunta por qué lo hago. Mejor dicho, por qué todavía lo hago. Con esta edad. A estas alturas. En un momento de la vida en el que la mayoría de personas se casan y tienen hijos y persiguen sueldos altos y, bueno, se vuelven adultos serios. Claramente, no lo hago por dinero: el rock no da dinero, más bien te lo quita o a lo mucho te devuelve la inversión, sin margen de ganancia. El rock te paga con rock, dicen, y no hay forma de medir esa fortuna. Tienes que estar ahí. Sentir el fuego. Quemarte.

Roberto Bolaño decía que los escritores, esos a los que él llamaba escritores de verdad, encontraban el éxtasis en algún momento de la creación, a la mitad de una novela, al comienzo de un capítulo, en la profundidad de un párrafo, al final de una línea; y el éxtasis, decía Bolaño, quema y te puede dejar ciego, es difícil de soportar, casi imposible de sobrevivir, y por eso sólo los que vuelven a escribir luego de haberlo encontrado habrán encontrado también su vocación y su destino. Se podría decir lo mismo del rock.

Supongamos que llevas varios días viajando y tocando, comiendo y durmiendo mal, intoxicado y mareado. Supongamos que llegas a una ciudad nueva y no hay tiempo para nada porque debes probar sonido y echarte algo al estómago y bañarte a toda velocidad antes de volver a tocar. Supongamos que antes de que tu banda suba al escenario deben subir dos o tres bandas más. Y estás en un camerino improvisado, la bodega de un bar o una esquina en la calle, bajo la lluvia. Y guardas silencio porque ya no tienes nada que decir. Quieres tocar o desmayarte, lo que pase primero. Y llega la hora.

Subes al escenario. Conectas tus cosas. Empiezas. La música se riega, se derrama, inunda todo lo que la rodea hasta sumergirlo, hasta llevarlo al fondo que no es otra cosa que la superficie. Tu vida empieza, una vez más. Eres el rey. Tocas. Tocas duro. Tocas alto. Play fucking loud, como dijo Bob Dylan. Eres indestructible. En ese momento, sobre un escenario que tiembla. En esa pequeña ciudad en la que antes sólo había silencio, sobre los restos de la civilización. En ese golpe que te golpea y golpea a los demás y hace sonar tus costillas, sobre las manos de gente que nunca has visto, que no volverás a ver. Ahí aparece el éxtasis.

Es verdad, el éxtasis quema y puede dejarte ciego. El éxtasis puede cortarte los brazos y las piernas, dejar tu torso convulsionando en el suelo. El éxtasis no tiene rostro pero es todos los rostros de toda la gente que has visto en todos los conciertos. Y lo tienes ahí durante un segundo, quizás menos. Lo tienes entre las manos aunque no lo puedas tener. Lo sientes. Te supera. Te aplasta. Te eleva. Cierras los ojos y sigues tocando. Dentro de esa oscuridad llena de sonido, en el centro de esa oscuridad llena de sonido, ahí estás tú, y las cosas caen a tu alrededor y cobran sentido. El mundo define su forma.

No es el dinero. No son los viajes. No es el alcohol. No son las drogas. No eres tú, que me llevaste a tu casa y me pediste que te haga el amor en silencio para no despertar a tu viejo. No eres tú, que me encerraste en el baño y te subiste la falda hasta la cintura. No eres tú, que me preguntaste cuándo volvería. No eres tú, que viajas conmigo. Es todo. Sentir que nada más importa. Sentir que nada más existe. Sentir que la vida empieza y termina en una canción. Es ver una cama en llamas y acostarse en ella. Es lanzarse al vacío con los ojos abiertos. Es ponerse la pistola en la boca y disparar. Es comprender por qué estás aquí. Es querer estar vivo… Y la gente me pregunta por qué lo hago…

(SoHo)

7.23.2014

Lanzarse


Voy a escribir esto en vivo.
No tengo ganas de pensar demasiado.
Tengo ganas de seguir sintiendo esto que estoy sintiendo.

Hace unos minutos estaba en el cine viendo A estas alturas de la vida, la película de Manuel Calisto y Alex Cisneros. Hace unos minutos estaba, estoy todavía, emocionado. Allí, sentando en la oscuridad, viendo los créditos sin poder moverme, sentí algo.

El final de la película es uno de los mejores que he visto en el cine ecuatoriano, quizás el mejor de todos. Ese momento no sólo me atrapó sino que me llevó a lugares y me hizo ver cosas. Ese momento me inspiró, me dio fuerzas. Ese momento me empujó.

Lanzarse. Sí. Hay que lanzarse.
Sin miedo. Incluso sin esperanzas.
Lanzarse es, a veces, suficiente.
Llegar al otro lado es lo de menos.
Hay que lanzarse.

A estas alturas de la vida quizás no sea una película propiamente dicha, para mí, está más cerca a un experimento terapéutico, a un desahogo incontenible, a las ganas desesperadas de tener un propósito, una razón que puede ser el sinsentido. Es una película que no sabe ser película pero tiene sentimientos. La verdad es que no se sostiene de manera convencional, a ratos ni siquiera se sostiene, se cae, se va, se pierde. Pero la gente que hizo esa película, qué duda cabe, sintió que lo que estaba haciendo era importante. Eso se nota. Eso se agradece. Eso se respeta.

Ahora mismo, en mi casa, con esta sensación recorriendo mis costillas, pienso que no me importa que la película no funcione. No todas las películas tienen que funcionar. No todas las películas tienen que cumplir. Algunas, como esta, sólo tienen que mostrar sentimientos, dudas. Hacer preguntas más que responderlas.

Algunas películas te ayudan a ver cosas de tu vida que no querías ver o no querías aceptar o que siempre has preferido no saber.

Hay cariño.
Hay amistad.
Eso vale.

Dos tipos que pasan de los cuarenta gastan la tarde de un sábado mirando la ciudad desde una terraza. Lo que pasa, obvio, es que se están mirando. Están mirando hacia adentro.

¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué la vida no es lo que imaginamos que sería? ¿Dónde fallamos? ¿Fallamos? ¿Teníamos un plan? ¿No nos esforzamos lo suficiente? Tal vez pensamos que la vida se arreglaría sola, que encontraría un camino por su cuenta y nos llevaría con ella. Tal vez dejamos de vivir un rato. ¿Fue eso? O esperamos a que sucedieran cosas que nunca sucedieron y eso, lo que no nos pasó, fue finalmente lo que nos hizo lo que somos.

¿Dónde está todo lo que nos prometieron?
¿Dónde está el futuro?
¿Dónde?

A estas alturas de la vida me afectó. Tiene secuencias increíbles. Ese monólogo sobre el desprecio a todos los seres humanos que caminan sobre la faz de la tierra es brillante, luminoso en su oscuridad, gracioso en su maldad. Es arriesgado. Es largo. Es redundante. Y sin embargo ahí está, ahí estamos, caminando en medio de todos esos rostros desconocidos, odiando un poco, reconociéndonos en ese odio.

Los cálculos matemáticos que aparecen en la pantalla son otro logro. Hacen que un personaje que en principio parece vacío y plano se transforme en un ser extraño y misterioso del que nos gustaría saber más aunque no haya mucho más que averiguar; un tipo que no pudo resolver la ecuación de la vida adulta pero puede, con los números, resolver tonterías, cosas que al parecer no importan pero terminan definiendo su destino.     

Tu vida es esta.
Tu vida no es eso en lo que estás pensando.
Tu vida es esta.
Tu vida es esto.
Lo que pasa ahora.
Esta es tu vida.
No lo olvides.  

Queda claro que aún no entiendo lo que me pasa, lo que me pasó. Debo procesar, esperar un poco, dejar que pasen al menos unos días, hablar con más gente. Pero esta sensación de victoria no se me va y no quiero que se vaya.
Por eso escribo.

Me atrae la gente perdida, la gente que no sabe dónde va, que no sabe cómo llegó donde está, la gente que se equivoca, la gente que tiene miedo. Entre ellos me siento cómodo.
Y tranquilo.

¡A la mierda la Patagonia! 

Que no pase nada no es tan grave.
Es bueno saberlo.

Al final pasará.
Al final, pasa.


7.17.2014

Lo que no puedes dejar atrás


Según James Gordon, Comisionado de Ciudad Gótica, hay tres preguntas que la gente suele hacerle todo el tiempo. ¿Le has disparado a alguien? Y él responde: demasiadas veces. ¿Te han disparado? Y él responde: demasiadas veces. La tercera es la pregunta más frecuente. ¿Cómo dejas todo atrás cuando vas a casa? Y él responde: Aprendes a bloquearlo. Esto último es mentira.

El mismo Comisionado Gordon confiesa, en una habitación con las luces apagadas, acostado en su cama sin poder dormir, que cuando llevas tanto tiempo haciendo un trabajo como el suyo no dejas todo atrás: no puedes. No importa cuán bueno crees que eres dibujando una línea entre tu trabajo y tu casa, dice Gordon, siempre habrá casos que se quedan contigo, casos que regresan a ti aullando desde la oscuridad, como una llamada telefónica en medio de la noche.

Hay cosas que no se pueden apagar. Estas cosas, quizás, con suerte, puedan hacerse a un lado, arrinconarse en una parte de tu cuerpo y mantenerse en silencio por un tiempo, pero volverán. Un día estás dando vueltas por los pasillos de una farmacia, buscando un nuevo cepillo de dientes, y de pronto aparece una imagen, un reflejo, un rumor, que te arrastra al pasado y te hace sentir las mismas cosas que pensaste no volverías a sentir. La memoria se activa sin previo aviso, sin tocarte el hombro primero, se enfoca, y es como si no hubiese pasado ni un segundo desde la última vez que sentiste esto que estás sintiendo ahora.

Tratamos de guardar bajo llave todo eso que preferimos olvidar. Pero el olvido en sí mismo es un engaño. El esfuerzo por olvidar es una forma de recordar: el acto de olvidar es alimentar un recuerdo y verlo crecer. Para olvidar hay que volver a vivir, tocar, sentir, pararse en el mismo sitio en el que juraste no volver a poner un pie. Y sí, lo intentas. A veces, incluso, lo consigues. Miras hacia atrás, haces números, marcas los días en el calendario y te sientes orgulloso de no haber pensado en eso hasta que, claro, estás pensando en que olvidaste lo que no podías olvidar. Estás recordando. Estás volviendo. Andando por un camino por el que lo más sano sería perderse, pero no te pierdes; al contrario, al final de ese camino, te encuentras. Otra vez.

El Comisionado Gordon piensa en esto mientras trata de resolver un nuevo caso. Piensa, de nuevo, si cuando todo esto acabe él saldrá con vida, si cuando todo esto acabe habrá acabado de verdad y para siempre. Y la respuesta es: no. El final no es el final. El final sólo le abre paso a lo que se te viene encima. Nunca podrá olvidar esa noche en el Silver Box Diner, un café en la Bahía de Ciudad Gótica, cuando su hijo, el joven James, le confesó que era una psicópata. La vida sigue, es cierto, pero uno va sumando las cosas que lo marcan, que lo asustan, que se desarrollan en el cuerpo, hacia dentro, como extremidades invertidas. Después de cada caso, el Comisionado Gordon es otro, un tipo distinto, una persona que creía entender hasta dónde podían llegar los límites de la maldad, las rieles de la crueldad, los dominios de la locura; pero ahora, con más sangre en los archivos, con las pruebas de lo imposible en las manos, entiende que el verdadero miedo está ahí, cada día, al despertar.

Una llamada en la mitad de la noche. La escena de una película. El olor que sale de la cocina de un restaurante. Y todo vuelve. Y todo explota. Y te paraliza. Tu cabeza se desborda con un solo pensamiento, como si no hubiese espacio para más. Un pensamiento que luego te ocupa el cuerpo. Tu vida vuelve a girar y a mirar hacia allá: y recuerdas todo a la perfección, hasta el último detalle, hasta la última palabra. Estás conversando con alguien pero no estás escuchando, estás en otro lado, estás allá. Te das cuenta de que no lo has superado, de que tal vez nunca vayas a superarlo del todo. Hay cosas que no se superan: sólo aprendes a vivir con ellas. Tendrás que vivir así, sabiendo que esa parte de ti también está viva, latiendo. Porque eso que quieres olvidar eres tú mismo.