12.31.2008

Baires 09


He vuelto a una ciudad que quiero mucho: Buenos Aires. La primera vez que vine lo hice en plan familiar, hace años, cuando la economía argentina estaba en serios aprietos y los ecuatorianos aprovechamos, todo lo que pudimos, nuestra condición de país dolarizado. Argentina era la tierra prometida. Iba a conocer la patria de Borges, de Cortázar, de Bioy, los primeros escritores que leí durante mi adolescencia. Estaba muy pero muy emocionado y la ciudad se portó a la altura, me deslumbró.

Volví unos años después. Ya había salido de la universidad. Ya había publicado mi primer libro de cuentos. Ya sabía que el futuro inmediato de un estudiante de cine, estaba en la publicidad o en la tele nacional, dos cosas que me repugnan por igual. Yo escogí la puerta tres: cualquier otra cosa. Tras meses trabajando como organizador de eventos/anfitrión/bar- tender en un Café/Bar/Hostal-para-mochileros de la zona, agarré lo que había podido ahorrar y regresé a Buenos Aires, dizque, a escribir una novela. Viví tres meses en Vicente López, provincia de Buenos Aires, a una hora en colectivo (bus en argentino) del centro de la ciudad. La casa era de unos amigos que por entonces eran recién casados. Y la pasé muy bien. Durante la semana escribía o trataba de escribir de tres a cuatro horas diarias, luego salvaba el archivo, apagaba la compu y me iba al cine (veía entre tres y cinco pelis en pantalla grande por semana). Los fines de semana me la pasaba con amigos (argentinos, gringos, alemanes), comiendo asado, tomando Quilmes de litro y escuchando música, sin duda, esa era una forma de felicidad. Aquella vez me quedé tres meses. Vi a Charly, a Calamaro, a Kevin Johansen, a Placebo y, entre otros cuyos nombres no puedo recordar, a Emir Kusturica and the Non Smoking Orchestra. ¡Ah!, y Mario Vargas Llosa me dio un autógrafo en el Bar Sur de San Telmo. Regresé a Quito sin un solo centavo, era 20 de abril. Tuve que dormir una noche en Santiago porque, como dijo la azafata de Lan Chile: “En su país ya no hay presidente así que saldremos mañana”.



El año siguiente fue similar, aunque ya había empezado a colaborar frecuentemente en las revistas SoHo y Mundo Diners. Publiqué otro libro de cuentos (sépanlo, la publicación precoz es tanto o más grave que la eyaculación precoz), trabajé en el bar y a fin de año hice cuentas y me regresé a Buenos Aires. Esa vez, la meta no era exclusivamente terminar mi novela si no, y ante todo, ir a uno de los conciertos que los Rolling Stones dieron en el estadio de River. Argentina todavía era cómoda para los que, teniendo dólares, no pretendíamos vivir a cuerpo de rey (eso hubiera sido más fácil con euros) y nos la bancábamos día a día. Creo que me quedé menos. Dos meses en vez de tres. Pero vi a los Rolling, a Franz Ferdinand, a un ñoño Pedro Aznar, a Oasis y vi, también, una buena cuota de pelis en cines y pantallas chicas. La que más recuerdo es Capote, en un cine de Caballito, porque justo antes, como calentamiento, había vuelto a las páginas de A sangre fría. En el sentido estrictamente gramatical de la palabra, terminé mi novela. Es decir, la corregí y le puse punto final. Pero sabía que no estaba lista y eso me dolió. Así que acá también estuve más solo que la una, triste y desesperado. Buenos Aires es, como toda gran locación, un set donde los personajes experimentan todo tipo de emociones, donde sienten que pueden volar antes del inevitable aterrizaje forzoso.



Hoy es 31 de diciembre y escribo desde Buenos Aires. Un Buenos Aires que también le pertenece a Rodrigo Fresán, a Alan Pauls, a Gonzalo Garcés y a tantos otros amigos nuevos como los directores Ezequiel Acuña (de quien ya hablaremos) y Lucrecia Martel (de quien, creo, no necesito hablar, es como una estrella del cine indie latinoamericano). Ha sido un buen año y estoy agradecido. Les deseo lo mejor.

12.27.2008

Temas post Celda.


Siempre paso las navidades en casa. Me gusta volver, para “las fiestas” y sólo por unos días, a Portoviejo, como en una película que se hará entre flashbacks o una canción de Bruce Springsteen (escuchar My Hometown, The Boss rockeando la nostalgia). Todavía tengo una familia inmediata que, sentada en una sala o a la mesa de un comedor, justifica perfectamente una agradable reunión. Volver. Get back to where you once belonged.

Una parte importante del pasajero regreso, es ver a esos amigos que alguna vez fueron los únicos, y los mejores. Sentarse a chismear, ponerse al día. Escuchar sus aventuras más recientes, sus romances más salvajes, los triunfos, los problemas. Cada uno ha tomado su rumbo y en eso estamos, enrumbándonos, apostándole al caballo que nos parece, desde las gradas, el más fuerte y el más veloz. En esas conversaciones, siempre llega un momento en que se habla de crecer, de transformarse en aquello que se conoce como un adulto responsable. Tengo amigos, amigos cercanos y buenos, que hablan de comprar terrenos, carros, casas, que hablan de invertir y de pensar en el futuro, tener un five year plan cada cinco años, porque todos corremos el inevitable riesgo de morir solos, pero a nadie le gustaría correr el riesgo de morir pobre. Y digo loco, si tuviera las sesenta y pico de lucas que quieres gastar en una volqueta para que te la alquile algún ministerio, me iría de viaje hasta agotar stock, lejos, a Asia, o a la India, o sería el rey de Crucita un año entero. Y mis panas se ríen y me miran como si se tratara de una broma cuando nunca he estado tan seguro de algo en mi vida. Si tuviera esa clase de dinero, a estas tempranas alturas del partido, haría todo lo posible por no preocuparme del futuro. Compraría hartos libros, instrumentos musicales, una manifestación de DVD’s y partiría, como Dylan, sin mirar atrás.


Una amiga me dice asustada loco, es que en seis meses voy a cumplir treinta, ¿si cachas? Cacho, obvio. Le digo tranqui, no es culpa tuya, le pasa a mucha gente. Mi amiga no se ríe, se preocupa. No se ha casado con un hombre exitoso y emprendedor, no es dueña de la casa en donde vive, no tiene hijos y, lo peor, la revista Forbes no la menciona en su lista de los millonarios más jóvenes del mundo, tampoco la nombran en los top-ten de E! ¡Por Dios! Oh-my-fucking-God! ¡Qué tragedia! Este tipo de comentarios-reclamos-llantos son comunes, creo, cuando una generación (en mi caso la del 81 y alrededores) se sabe más cerca de los treinta que de los veinte. Lo saben sobre todo los que ya se casaron y tienen hijos y cada año compran útiles escolares para acompañar la matrícula de la escuela. Allá, en el fondo, está un reloj, un inmenso e implacable reloj, y el péndulo rebota de lado a lado y el eco son los dientes de la bestia.

Este tipo de cosas son, precisamente, las que evitaron que Andrés Caicedo saliera de su celda. Entiendo perfectamente que AC no haya querido prestarse para esta pantomima de guardar la compostura. Tal vez en los tiempos que corren, con una buena cámara de video, una compu con final cut pro, imdb.com, amazon.com, YouTube, downloads, piratas, Criterion Collection y una serie de blogs administrados por él, AC no habría necesitado las sesenta pastillas de seconal. AC habría encontrado hermanos cósmicos en tierras lejanas, habría chateado con ellos y su soledad en algo se habría aplacado, habría visto películas suficientes como para no aburrirse y habría encontrado la forma de ser un adulto sin vivir en el rigor de la adultez. Su precoz y desbordante conocimiento habría sido recompensado en el siglo XXI. AC sería algo así como el capitán de esta venganza de los nerds que nos atraviesa y, quién sabe, capaz hasta tendría plata.

Hace unas semanas, saliendo de un cine de Mall de provincia, me quedé parado frente a la vitrina de un almacén de electrodomésticos. Tras el cristal estaba el combo perfecto: pantalla plana, DVD player, Blu Ray, Home Theatre sound system. Con muertos y heridos, los juguetes costaban casi tres mil dólares. Me puse a pensar que de tener ese dinero a la mano, lo usaría exactamente en eso y no en, por ejemplo, recorrer el Perú. Por un momento entré en pánico, me sentí viejo, anciano, acabado. Luego respiré tranquilo. Yo no me quiero matar, quiero seguir aquí. Y claro que quiero tener esa pantalla plana en mi casa. Pero todavía no. Hay un par de cosas que debo hacer antes.




12.23.2008

Su cuerpo fue una celda II


Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977) fue uno de los tipos más sensibles del mundo. Empezó a escribir apenas entrado en la adolescencia y no paró hasta el día de su temprana muerte, a los 26. Dejó, entre otros, Calicalabozo, Angelitos empantanados o historias para jovencitos (relatos); Recibiendo al nuevo alumno, El mar (teatro); El atravesado, Noche sin fortuna, ¡Que viva la música! (novelas); Ojo al cine (escritos cinéfilos); y El cuento de mi vida (memorias). A esto, toca sumarle El libro negro de Andrés Caicedo (comentarios de los libros que le impactaron) y una tonelada de correspondencia dirigida a amigos, amores y familiares. AC escribía sus cartas con copia al carbón, al cuadrado, como pensando (sabiendo, queriendo) que alguien, algún día, rebuscaría en ese banco de datos y las haría públicas.



La carta dirigida a su madre que subí hace unos días, fechada en 1975, abre Mi cuerpo es una celda, la flamante y desgarradora autobiografía de AC, recién aparecida en editorial Norma. Aunque una autobiografía de AC a estas alturas del partido es una contradicción lógica, todo este asunto tiene una explicación. En el libro Apuntes autistas, del chileno Alberto Fuguet, hay un texto dedicado a Caicedo que empieza así: Es curioso, pero el escritor cinéfilo que siempre anduve buscando, ese amigo-imaginario que tanto esperé, aquel literato intenso, real, indispensable, que uno necesita piratear/samplear/imitar cuando tiene mucho que decir y no sabe bien cómo, llegó atrasado a mi existencia. Tan atrasado que ya no me hacía falta. De esta última línea no puedo estar seguro, creo que AF necesitaba de AC y viceversa, creo que fue the beginning of a beautiful friendship. Para cuando AF escribió sobre AC en su libro, AC era ya en Colombia, y desde hace mucho, una figura de culto. Su novela ¡Que viva la música! es como elemental si eres un joven colombiano-urbano que huye del sistema y de la adultez. Pues bien, parece que AC se hizo carne en AF, creador de la frase “prefiero envejecer que crecer”, y ahora llegó el momento de que AF pague el favor.



Mi cuerpo es una celda, insisto, es una autobiografía. En la portada, AF firma sobre los créditos dirección y montaje. O sea que AF se fue a Cali, al planeta Caicedo (donde es fácil encontrar, por ejemplo, camisetas con la cara de AC en el frente, cual rock star), y allí buscó, entre miles de cartas inéditas, las que podían darle alguna cronología a la azarosa y apresurada y a veces tan feliz y a veces tan pero tan triste vida de AC. Escogió no alterar ningún texto. Estuvo en el lugar de los hechos, habló con quienes conocieron al personaje principal, recogió algunos de sus pasos y montó lo que acaso sea el mejor libro de AC y, qué duda cabe, uno de los mejores de AF. No todo el material incluido es, en rigor, inédito. Trozos de cartas y textos de comentarios sobre cine se pueden encontrar en El cuento de mi vida y Ojo al cine. Lo inédito es el conjunto, la estructura, el momento de llegar a AC y no soltarlo durante más de doscientas páginas.

Este tiene que ser uno de los libros que más he esperado y disfrutado y sentido durante el año. Desde que su director-montajista me comentó acerca del “proyecto”, me lo había estado imaginando de mil maneras distintas. Me llegó el momento de enfrentarme a la verdad y estoy emocionalmente noqueado. Lo leí en dos velocidades opuestas: lento, para disfrutarlo, con pena de que se acabe; y rápido, para poder volver sobre sus páginas lo antes posible. No puedo poner ahora todo lo que he subrayado porque tocaría casi casi que transcribir el libro entero.

Andrés Caicedo no murió después de aquella carta que le escribió a su madre en el 75, pero lo intentó, se cortó las venas y se metió 125 valiums (ansiolítico). De esa no se salvó, lo salvaron su sobrevaloración del valium y su familia. Pero dos años después, el mismo día en que su novela ¡Qué viva la música!, su primer trabajo publicado con todas las de la ley, salió de imprenta y estuvo en sus manos, Andresito se mandó 60 pastillas de seconal (barbitúrico) y ahí sí se fue (los motivos fueron los mismos, no quería entrar al juego, al sistema, al rat race). Ahora ha vuelto y Mi cuerpo es una celda parece ser el comienzo de un Andrés Caicedo latinoamericano, de todos, el amigo que habíamos estado esperando, el colega, el aliado, el que murió por nosotros.



Creo que lo justo es transcribir una carta a su padre. Aquí va. AC la escribió desde USA, donde había ido a escribir y vender dos guiones de largometraje. Pudo escribirlos, pero no venderlos. Y tal vez por eso sus días finales fueron los que fueron en su Calicalabozo.

Houston, 1 de septiembre, 1973.

Querido Carlos Alberto:

Hace sólo tres días recibí tu carta, papá, y aunque, valga la verdad, soy incapaz de entender esos trazos excesivamente nerviosos de tu letra, comprendo en general todo el espíritu que la anima, a las invitaciones a la conciliación que haces. No sé hace cuántos días regresé de Los Ángeles, una ciudad fantástica (con más facilidades, me habría quedado más tiempo) en la que uno puede caminar horas (de noche) por las calles y nunca se siente solo; es una ciudad como la nueva Babilonia: todas las razas, todas las lenguas, todas las bibliotecas, que si llegaron a formar una sola se transmutarían, a no dudarlo, en aquella biblioteca de Alejandría de la que habla Borges. Aquí en Houston me he visto obligado a encerrarme en aire acondicionado debido a lo malsano del clima, afectado de polución (hay un carro y medio por habitante) y una humedad rarísima, como si el mar o un pantano estuviera a la vuelta de la esquina: la verdad es que los pantanos de Lousiana están a media tarde de camino. Aunque te digo, la polución general de la ciudad es impresionante.

Bueno, Carlos Alberto, hoy que ustedes con tanta bondad se puede decir me han solucionado todos los problemas económicos (cuando sé que no tienen de dónde) para regresar a esa ciudad a la que no quiero regresar, me entran, y ya se desprenden de la mitad de estas frases, otros temores. Como no participo de tu cultura católica, no puedo ser tan optimista con respecto al futuro de la convivencia entre los tres, lo que tú dices: “Son los únicos que van quedando en la familia”. Comprendo tu necesidad urgente de recuperarme, cuando en los días que me tenías no te preocupaste por averiguar qué era lo que, profundo, se agitaba en mí, eso que ahora forma el hueco por el que yo siento caer, de noche (cuánto hará que no duermo bien), una piedra negra tras otra, y cuando chocan, es, Carlos Alberto, como un mordisco. El amor y el respeto que te inspira mi mamá tú has traído, y yo lo comprendo, de hacer extensivo a mis tres hermanas, para sentirme más amado, respetado y protegido. Yo siempre fui para ti un accidente raro. Jamás olvidaré tu manera de presentarme a tus amigos: “Este está metido en artes y esas pendejadas”. No sé si no viste mi prisión por acompañarte a tus fincas, hace hará ya de eso un millón de años, no sé si notaste mi soledad de todo el día, trepado en los árboles frutales, en días de locura completa he querido proponerte que voy a un viaje por el mar, esta es la frase que se me ocurría “Para darme el gusto de verte arriar las velas con esas bellas manos”, yo pensaba en un viaje corto, por el Pacífico, hacia el Chocó, para sacarte de esa complacencia devoradora femenina, por lo cual yo quedé excluido en el trabajo para tu cariño. Mis acciones o te sublevaban o las ignorabas. Un día, hacia las dos de la tarde, por la Carrera Primera, con un calor de todos los diablos, me dijiste: “¿No crees que lo que escribías antes no eran sino pendejadas?”, y yo, perplejo, guardé silencio. Eso que yo escribía antes era lo que ahora y con un esfuerzo inmenso, trataba de perfeccionar: literatura de adolescentes. Cielos, papá, y no he sido el único. Antes de mí están James, Cortázar, Salinger, Vargas Llosa, Britto García, para enumerar sólo una ínfima parte de una lista que abarcaría página y media. Cuando en esos domingos terribles yo la he pasado arriba, tratando y tratando de escribir, tu preferías la plácida compañía de Pilar, de mis hermanas perdidas. Pilar casada, perdida antes de casarse; Vicky completamente desentendida de mí, viéndome nada más como un exponente de una generación que le llegará el día de envejecer y hasta allí llegamos… Rosario distanciada trágicamente de mí por un extraño.

Recuerdo esa tarde, cuando entre humilde y pomposo dijiste, ante una mesa de sancocho: “No saben cuánto me alegro de que estemos todos reunidos”. Te reprocho no haberte preocupado en investigar que yo, de hecho, era solitario en la reunión, que yo no entraba en tu grupo ideal, que yo jamás pretenderé esposa, que cuando las veces que me dices, queriendo (erradamente) ganar confianza conmigo, y me dices: “La primera vez que se comieron a una vieja”, no te dé por pensar que puede haber sido que yo te he mentido, que he llevado ante ti una máscara, que puede suceder que yo no me haya comido ninguna vieja porque sencillamente no me gustan las mujeres. Conmigo falló tu previsión de ver a todos tus hijos casados, con hijos, según la ley de la Sagrada Madre Iglesia.

Papá, te lo digo duro, me ha dolido tu incomprensión, tu lejanía, la vez que me pegaste, en una de tantas camionetas, viniendo de Jamundí, porque yo te preguntaba y te preguntaba sobre una película: Los jóvenes salvajes, ¡por puro interés cinematográfico! Y tú replicaste que era que a mí me encantaría llegar a delincuente.

Han sido muchas las noches mal pasadas en las que verdaderamente he echado de menos una comprensión de padre y madre. Me han dispensado cuidados, me han dado todo su cariño, amor como el de ustedes no lo tengo, es cierto, pero no tengo ayuda real, mis sentimientos son hervidero y no encuentro la paz nunca. Mientras mis hermanas se porten bien conmigo, tú estás contento: si yo me porto mal, me ignoras. En ellas encuentras una extensión de mi mamá, en mí, una negación de ti porque no he servido, lo piensas para nada, lo piensas sólo para escribir cuentos, y yo cuántas veces he querido comunicarte mi amor por el campo, por la siembra, por los árboles frutales, mi espíritu de aventura. Rebusqué entre tus cosas viejas, escogí fotos de ustedes, pareja de jóvenes bellos en Silvia, en la vida campestre, me pasé mi tiempo ampliándolas, y se las mostré con júbilo: porqué no me dijeron nada, ninguna alegría ante aquella muestra de recuperarlos. ¿Por qué mi mamá ha ignorado las dos últimas obras que he montado?

Sé que eras poeta, que le escribías bellas cartas a la señorita Nellie Estela. Yo no quiero hacer esta carta más larga, no quiero hacer un examen lúcido de la situación como lo hice en Cúcuta, hace cuántos años, porque esa carta nada cambió. Quiero tengas aquí un recado de ayuda y alarido del temor que siento, del temor que me muerde cada mañana. Si eres mi padre, te meterás y te complicarás en mí. Perdón por esa noche en la que con Alfonso te confundí a base de duras palabras y whisky fuerte. Ambos estábamos borrachos. Bastó un acto de generosidad mío: leerte uno de mis cuentos, para que te sumieras en el sueño.

Espero, pues, verte pronto.

Te quiere,

Andrés

12.19.2008

Su cuerpo fue una celda.


Cali, 1975

Mamacita:

Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez.

De ti no guardo más que cariño y dulzura. Haz sido la mejor madre del mundo y yo soy el que te pierdo, pero mi acto no es de derrota. Tengo todas las de ganar, porque estoy convencido de que no me queda otra salida. Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo.

Por favor, no intentes averiguar nada de Patricita: ella no tiene nada que ver con esto, y cualquier cosa que hagas en esa dirección sólo aumentará tu pena y mi vergüenza. Olvídalo. Acuérdate solamente de mí. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado. Mis libros se los dejo a Rosarito, y a Pilar y Vicky los que necesiten, a Ramiro y Luis, los que puedan servir sobre cine. Mis discos de los Rolling Stones, a Guillermo Lemos. Y ojalá que algún día puedan publicarse los libros sobre mi adolescencia que escribí con tanto esmero. El atravesado y Qué viva la música. Eso y que por favor incineren mi cuerpo: ser devorado por los gusanos sería peor que seguir viviendo.

A mi papá, que perdone todos los inconvenientes que le causé en la vida, y a Clarisolcita que no se olvide de mi pobre alma. Dejo algo de obra y muero tranquilo. Este acto ya estaba premeditado. Tu premedita tu muerte también. Es la única forma de vencerla.

Nellecita querida, de no haber sido por ti, yo habría muerto hace ya muchos años. Esta idea la tengo desde mi uso de razón. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento.

Andresito.

De mí, publiquen una foto de cuando estaba niño.


12.15.2008

Lecturas seguidas de más lecturas.


Shakespeare wrote for money es como un greatest hits, una selección de las columnas que el gran-gran escritor británico Nick Hornby despachó para la revista literaria norteamericana Believer, desde agosto-06 hasta septiembre-08. La columna de Hornby se llama Stuff I’ve Been Reading (cosas que he estado leyendo) y va mucho más allá de los libros. Tiene que ver con sus viajes, sus amigos, sus experiencias con lectores, su vida como padre de familia y, por supuesto, los títulos que lo han emocionado últimamente.

Ayer pasaron una de mis películas favoritas en el cable: Ratatouille. La vi, francamente, con la intención de quedarme dormido en el proceso, pero no se pudo, volví a enganchar y me la mandé entera, hasta el final. El tercer acto de Ratatouille debería ser material de cátedra en las escuelas de cine de todo el mundo. Desde que las ratas se unen para ayudar al pequeño chef Remy, hasta que él y sus nuevos amigos montan su pequeño restaurante en París. En el medio de todo eso está el monólogo del crítico culinario Anton Ego (en la voz de Peter O’toole), absolutamente magistral. Ego ataca su oficio diciendo cosas como “los críticos arriesgamos muy poco y aun así disfrutamos de un inmenso poder... las críticas destructivas son divertidas al leer y divertidas al escribir” Y al final reconoce que la parte más importante de su oficio es defender y pelear por eso en lo que cree.



Esto es exactamente lo que hizo Nick Hornby en su columna de la Believer. Luchar por sus derechos y por los de sus lectores. No sé cuántos libros se publiquen en el mundo cada día, pero seguro son muchos y pensar que uno leerá todo o la mitad o un cuarto de lo que quiere leer, es mentira. Aún así, seguimos comprando libros. En mi casa están por todas partes, en la sala, en el cuarto, debajo de la cama, sobre la mesa del comedor, sobre la cama, en los veladores, apilados en alguna esquina. Los libros me acompañan y me gustan como objetos, se ven y se sienten y huelen bien. Además, cual junkie, el no tener un libro que quiero me produce ataques de ansiedad e insomnio. No los leo inmediatamente ni mucho menos, pero me siento tranquilo sabiendo que vivo en un hogar donde me esperan, por ejemplo, las Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx, y The Best of American Splendor, de Harvey Pekar.

Leer no es fácil. Toma tiempo y en este siglo el tiempo no solo vuela, se desvanece, se esfuma. Leer es un placer y conlleva esfuerzo. Soy más feliz leyendo que escribiendo, dijo Roberto Bolaño con la boca embarrada de razón. Afortunadamente, hombres buenos como Nick Hornby hacen columnas-guías y nos ahorran algo de ese escurridizo tiempo. Un crítico de libros es al lector lo mismo que un médico de cabecera. Un tipo en el que se confía, una persona en la que se deposita no sólo dinero sino esperanza. Un crítico que te engaña, que te hace leer cosas sólo porque están de moda o porque fueron lo más vendido en las ferias de Guadalajara y Bogotá, es el enemigo, un ser ruin que no tiene perdón de Dios. El crítico debe ser tu amigo y yo a Hornby lo considero mi pana, mi bro. Me cae bien porque es intelectual mas no intelectualoide, porque está interesado en compartir lo que sabe y no en la pose del genio erudito, y porque se fija más en la cultura pop que en el renacimiento. Cuando escribe sobre lo que está leyendo, lo hace con alegría, tratando de comunicar porqué su vida es mejor tras haber leído Lush Life de Richard Price, o The Nashville Chronicles: The Making of Robert Altman’s Masterpiece de Jan Stuart. Nick Hornby lo logra, gana, hace lo mejor que puede hacer un crítico: darte ganas de dejar lo que sea que estés haciendo/leyendo y empezar ese libro que acabas de conocer.



Cosas que he estado subrayando en las páginas de las cosas que Nick Hornby ha estado leyendo, y viendo.

How can you understand a novel if you don’t understand pain?

If we are going to judge things on their ability to power the great machines of the world, then we will have to agree that music, charity, tolerance, and bacon-flavored potato chips, to name only four things that we prize here at the Believer, are worse than useless.

A good novel is one that sends you scurrying to the computer to look at pictures of prostitutes on the Internet. And as Michael Ondaatje’s Coming Through Slaughter is the only novel I have ever read that made me do this, I can confidently assert that Coming Through Slaughter is, ipso facto, the best novel I have ever read.

Anyway, hurrah for fiction! Down with facts! Facts are for the dull, and the straight, and the old! You’ll never find out anything about the world trough facts! I might, however, have a look at this Brian Clough
(1934-2004, famoso jugador y entrenador en Inglaterra) biography I’ve just been sent. Football doesn’t count, does it?

Yes, it’s the job of artists to force us to stare at the horror until we’re on the verge of passing out. But it’s also the job of artists to offer warmth and hope and maybe even an escape from lives that can occasionally seem unendurably drab.

Refiriéndose a USA e Inglaterra.

…if our two countries were full of fat readers, rather than millions of Victoria Beckhams, then we would all be better off.



Sobre la peli I’m Not There.

It's the best film about an artist I've ever seen: it's meltingly beautiful and it has taken the trouble to engage its subject with love, care, and intelligence. What more do you want? Even if you hate every decision that Haynes has made, you can enjoy it as the best feature-length pop video ever made. Who wouldn't want to wacht Heath Ledger and Charlotte Gainsbourg making love while "I Want You" plays on the soundtrack?

I can telll you little about The Simpsoms Movie because -and I'm not big enough to resist naming names- Mila Douglas, five-year-old best friend of my middle son, was scared of it, and as her parents weren't with her, it was me that had to keep taking her out into the foyer, where she made a miraculous and immediate recovery every time. Scared! Of the Simpsons! I will cheerfully admit that I have failed as a father in pretty much every way bar one: my boys have been trained ruthlessly to wacth whatever I make them wacht. They won't flinch for a second, no matter who is being disemboweled on the screen in front of them. Mila (who is, perhaps not coincidentally, a girl) has, by contrast, clearly been "well brought up," by parents who "care", and who probably "think" about what is "age-appropriate." Yeah, well. What good did that to her on an afternoon excursion with the Hornby family? From what I saw, the movie was as good as, but not better than, three average Simpsons episodes bolted together-an average Simpsons episode being, of course, smarter than an average Flaubert novel. It could well be, though, that I was sitting in the foyer listening to Mila Douglas's views on birthday-party fashion etiquette during the best jokes.

12.11.2008

Semana Van Sant


Vi Milk en una sala de los AMC Theathers que hay en el Aventura Mall de Miami, durante uno de esos viajes de trabajo, en los que pasas más tiempo en aeropuertos y aviones que en el destino final (además, tu moral nerd no te permite disfrutar de Miami Beach sabiendo que puedes estar en el cine o buscando libros en Books & Books, Borders o Barnes & Noble). La sala no estaba llena, pero tampoco vacía. Mientras la historia de Harvey Milk ganaba contundencia, ritmo y drama, señoras que calculo rondando los cincuenta, bien maquilladas y perfumadas, desalojaban el lugar tal vez ofendidas por el contenido de la cinta, o simplemente expulsadas por su propio aburrimiento. El caso es que se fueron y eso es bueno y malo. Bueno, porque si haces una película que le guste a ese tipo de señoras estás haciendo algo mal. Y malo, porque en ese círculo, en esa generación, la intolerancia continua.


El Martes pasado fue Martes Loco en Cinemark: todas las películas a $1,80, uno de mis días favoritos del mes, that time of the month! Por lo general, trato de ver tres películas cada Martes Loco (haya lo que haya, así fue como, por ejemplo, me encontré viendo John Rambo hace unos meses), lo que me ocupa, más o menos y teniendo en cuenta el tiempo muerto entre peli y peli, desde las cuatro de la tarde hasta la media noche. Esos días son casi siempre memorables. El último ML solo pude ver dos, Elizabeth: The Golden Age, que me encantó por su puesta en escena y porque Cate Blanchett es cada día más perfecta, y Paranoid Park, la cinta arte-grunge de Gus Van Sant sobre skaters adolescentes en Portland (donde, by the way, está Powell’s Books, una de las mejores librerías del mundo). Paranoid Park tiene harto de Elephant y de Last Days. Visualmente es impecable, lúcida y delicada, la cámara se mueve como si estuviese bailando ballet con los personajes (gran trabajo de los fotógrafos, el australiano Christopher Doyle y el chino Rain Li). La trama, basada en una novela de Blake Nelson, podría fácilmente enrolarse en la tradición del film noir.


Paranoid Park es un sitio salvaje de rampas y túneles, donde solo los skaters que están dispuestos a dar la vida hacen sus maniobras, tal vez porque no les importa morir. Los que llegan allí, vienen de hogares destruidos, de familias fragmentadas, son los desechos de una sociedad podrida que se perfuma para esconder el hedor. Pero son también rescatables, honestos en su ética y, lo más importante, se cuidan los unos a los otros. Todo esto es sensorial, pues los diálogos son mínimos, la película, muy a lo Van Sant, transmite emociones con imágenes y acciones más que con palabras (lo que algunos llamarán cine de verdad, aunque a mí me gustan los diálogos). A través de un crimen perpetrado accidentalmente por Alex, el personaje principal que va sólo de espectador al Paranoid Park, nos metemos en el mundo skater y en el mundo de los adolescentes: padres divorciados, hermanos menores afectados, novias incomprensibles, amigos que aún no entienden de qué se trata ser amigos y profesores y adultos que sospechan siempre de los menores.


Puede que Paraonid Park no sea apta para todo público sino para la sección cinéfila de ese todo que es el público. En la sala, detrás de mí, voces adolescentes masculinas y femeninas empezaron diciendo “Qué película tan rara, huevón”, para luego pasar a “Esta película es una huevada, huevón” y concluir con el infaltable “Qué verga de película, huevón”. Esto evidencia que, en su mayoría, la gente todavía va al cine sin tener ni puta idea de a lo que va. Seguro vieron el cartel y pensaron “chamos en patineta, de ley es un cague, huevón”, y hasta imaginaron que sobrarían las tetas de la pubertad. Pues no, Paranoid Park es cosa seria y así como Milk, encuentra su gente y se deshace del resto.

12.09.2008

Milk


El 27 de noviembre de 1978, Dan White, miembro del Board of Supervisors (en el Ecuador hablaríamos de concejales) de San Francisco, entró a la alcaldía de la ciudad y asesinó con un arma de fuego al alcalde George Moscone. Luego caminó por los pasillos rumbo a otra oficina que no era la suya. Iba más bien calmo, sereno, hasta saludó a un par de personas que le hicieron con la mano y devolvió cordiales sonrisas. Al llegar al despacho de Harvey Milk, su colega y el primer homosexual declarado en ser electo para un cargo público en los Estados Unidos, hizo lo mismo, apretó el gatillo. Harvey Milk recibió el primer impacto en la palma de su mano derecha. Fueron varios los disparos.

Treinta años más tarde, se estrena Milk, la película en que el director Gus Van Sant cuenta la historia de un truly american hero. Si bien ese poema visual titulado Last Days estuvo dedicado a Kurt Cobain, llamarlo biopic (como se les dice a las películas-biografías) sería exagerar. Milk, en cambio, es una biopic a carta cabal y una muy buena: acertada, ilustrada, combativa y cariñosa. Empieza el día en que Harvey Milk cumple cuarenta años y se hace la pregunta de rigor, ¿qué he hecho con mi vida? Entonces Milk y su pareja (un eficiente James Franco) se mudan a San Francisco y montan un almacén de implementos fotográficos llamado Castro Camera. Pronto, el Castro Camera se convierte en una poderosa célula del movimiento gay. Gente de todas partes llega hasta ahí para vivir abiertamente su sexualidad y, obvio, más de un vecino se molesta con ese pecado.



Para contrarrestar a una sociedad opresora (y eso que la comunidad gay de San Francisco fue siempre sólida), Harvey Milk decide legalizar su lucha y postularse para el Board of Supervisors. En ese momento la historia, tanto como la película, ganan un empuje emocional impresionante. Cuando creemos que nada le puede salir mal al encantador Harvey, nos encontramos que tuvieron que pasar no una ni dos sino tres elecciones para que Milk llegara a tener voz en el corral de los poderosos. Allí dentro, en la selva, hombro a hombro con las bestias de traje y corbata, Harvey peleó para que, por ejemplo, nadie pueda ser echado de su trabajo por irse a la cama con quien le de la gana. Milk incitó a toda una generación a salir del closet porque “si ustedes salen del closet, ellos conocerán a uno de nosotros”, con esto, se refería a familias homofóbicas que muchas veces son parte de la comunidad gay sin saberlo. Otra obra de Milk fue obligar a los dueños de animales a recoger los desechos que sus mascotas dejan en la vía pública.

Harvey Milk es Sean Penn, sin duda, uno de los mejores Sean Penns que he tenido la fortuna de ver en pantalla grande, comparable al Sean Penn de Dead Man Walking, al de The Thin Red Line y al de Sweet And Lowdown. También, comparable al Phillip Seymour Hoffman de Capote.



Acaso esta es la película más “adulta” de Gus Van Sant, la que lo gradúa con honores en la academia de los grandes directores de la historia del cine. Mi única queja, es que hablando en porcentajes, pasamos muy poco tiempo con Dan White (un enérgico Josh Brolin), personaje que fácilmente podría valer otra película. Los abogados de White, alegaron que sufría de una pasajera demencia provocada por el exceso de comida chatarra en su organismo (esto es 100% real, si no me creen, go to google), y su condena fue de escasos dos años. Dan White se suicidó pocos años después de salir de prisión, no pudo consigo mismo, con eso en lo que se había transformado. Dan White era alcohólico y, según una corazonada de Harvey Milk, también era gay. Dan White es un personaje que sigue dando vueltas en mi cabeza, en una mano la botella casi vacía y en la otra un arma caliente.



12.05.2008

Héroes


Se puede nacer en el sitio equivocado y a la hora equivocada. Se puede nacer en un mal lugar y en un peor momento. Se puede nacer dentro de una familia que nada que ver y a la merced de un entorno que nada que ver. Después de todo, se nace sin querer.

Se puede crecer mal, triste, depre, down, pensando que se vive en un agujero negro que no hace sino crecer, como lo hacen los agujeros negros, hacia abajo, crecer en profundidad. Se puede ser tan salado como para rodearse de los amigos equivocados sin caer en cuenta y pensar que esos son los mejores amigos del mundo. Todo esto puede pasar y sin duda pasa mucho más de lo que debería.

Existe una salvación. Si uno escoge los héroes adecuados, los ídolos indicados y los amores platónicos correctos, tiene bastantes probabilidades de sobrevivir.

Lo que sigue es de la novela Héroes, con la que el español Ray Loriga ganó el primer Premio de Novela El Sitio en 1993. El libro está dedicado a Ziggy y un libro que esté dedicado al alter ego marciano de David Bowie no puede estar tan mal.



Conducía un camión lleno de dinamita por la Plaza Roja cuando se dio cuenta de que ya no había nada que hacer allí. Se acordó de la foto de Iggy Pop y David Bowie en Moscú. Trató de encontrarlos pero no dio con ellos. Así que comenzó a angustiarse y se angustió tanto que se despertó.

Estábamos todos bebiendo pero de alguna manera, como casi siempre, yo había perdido el ritmo. Era ingenioso cuando los demás eran entusiastas y entusiasta cuando ya todo el mundo empezaba a ser reflexivo y reflexivo cuando todos querían divertirse y estúpidamente divertido cuando ya todos andaban cansados.

Si alguien se hubiera tomado la molestia de preguntar sabría que siempre he querido ser una estrella de rock and roll.

Él me dijo: todas las carreteras llevan a un sitio mejor, y yo me lo creí.

Una desgracia no disminuye tu porcentaje total de desgracias, eso es algo que inventaron las compañías aéreas para animar a los viajeros después de un accidente.

Todo el mundo tiene una oportunidad y hay que ser muy malo para no acertar nunca en una moneda que solo tiene dos caras.

Puedo tatuarme un dragón en la espalda, pero el día del cumpleaños de quién sea seguiré pensando que de todo lo que nunca he tenido ella es lo que más echo de menos.

No quiero más años de los que pueda manejar con una sola mano.

Quieres saber dónde coño está la banda de Ziggy. Busca una chaqueta roja y los demás darán contigo.
Sé que hablo con mucha soltura de las miserias ajenas y que a veces no parezco nada mejor que un miserable que se excluye, pero, qué coño, todos somos valientes en nuestros cuentos.

También conviene decir que no todas las mujeres joden tan maravillosamente como todas las mujeres se creen que joden, y que su gran palacio-tesoro-agujero del coño puede ser tan aburrido como un campeonato de petanca amañado y que de hecho muchas veces lo es.

Sentirte como Jim Morrison no te convierte en Jim Morrison, pero no sentirte como Jim Morrison te convierte en casi nada. Yo nunca saldría a la calle sin sentirme como Jim Morrison o Dennis Hopper por lo menos.

Odio cuando el grupo deja de tocar y tienes que pensar en lo que harás el resto de tu vida.



Héroes es una novela-diario-testimonio-manifesto escrita en una potente primera persona. Muchos de sus cortos capítulos empiezan con una pregunta, la pregunta de un segundo o un tercero, que sirve para gatillar la lengua imparable del libro. Nunca sabemos cómo se llama el personaje principal ni conoceremos, jamás, los nombres de los amigos a los que se refiere o de esa chica rubia que tanto le gusta (aunque estamos en la obligación de pensar en Ray Loriga y Christina Rosenvinge, la misma de Christina y Los Subterráneos). El narrador habla de su banda, una exitosa banda de rock and roll que ha tocado harto y por todas partes pero, como siempre, puede que se trate de un sueño.

Los héroes son clave. Los héroes no fallan y cuando fallan se hacen mejores porque se convierten en humanos defectuosos como nosotros pero conservan la grandeza de haber sido héroes alguna vez. Los héroes no caducan, es uno el que cambia de causas, de luchas y, por lo tanto, también de héroes. Los héroes mueren siendo héroes aunque los releguemos al olvido y soltemos lágrimas lamparosas viendo la noticia de su muerte en el cable.

Cuando le pregunto a alguien qué música escucha y responde un casual y despreocupado “de todo”, me pongo a temblar. Alguien que escuche de todo, creo, es capaz de todo, de tender trampas mortales y empaquetar mentiras para que la gente las lleve a sus casas y las caliente en el microondas.

No todos somos ni seremos ni podremos ser héroes, pero todos podemos intentarlo. Ya lo dijo Bowie: We can be heroes, just for one day. Y si todos tenemos nuestro día como heroes, sumándonos, habremos vencido.

12.02.2008

No te metas con Stiller.


Desde que se estrenó en Quito, hace pocas semanas, he visto Tropic Thunder tres veces, dos de ellas, sentado en la oscuridad del cine, como corresponde. Ayer le dije esto a alguien, emocionado, y me miró con cara de “¿cómo puedes decir eso en voz alta?” Sí, lo digo, Tropic Thunder es una gran película y está siendo subestimada por quienes, inmersos en su movida densa y profunda y bla-bla-blá, temen verla porque de pronto les gusta y eso, supongo, afectaría su postura anti-Hollywood. Whatever, dude. Ellos se lo pierden.

Haciendo cuentas, números, capto que Hollywood, incluyendo sus alrededores indie, sus aledaños freaks y sus directores de intercambio (sobre todo europeos, asiáticos y latinos) me ha dado muchos más momentos felices que, digamos, Cannes, Venecia o Berlín. Y, en parte, es de ahí de donde viene mi conexión con Tropic Thunder. Cuando era niño, todos los martes (creo) pasaban en Ecuavisa una cosa llamada “Festival de los hombres duros”. Como su nombre lo indica, el espacio estaba dedicado a películas de acción, del tipo Chuck Norris, Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger, con eventuales participaciones de héroes de carretera como Jean-Claude Van Dame y Steven Seagal. Esas películas, sin duda, son parte de mi educación sentimental, parte de mí, yo jugué a ser esos hombres duros. Después de ver Tropic Thunder, siento que Ben Stiller, alguna vez, también se emocionó con el cine de acción, tanto con el comercial como con el intelectual. Queda claro que además de las primeras entregas de Rambo y Terminator (que están en lo más alto del género), Stiller vio, y varias veces, la Chaqueta Metálica de Kubrick, el Apocalipsis Ahora de Coppola y el Pelotón de Oliver Stone. Tropic Thunder es un cariñoso y divertido y bien logrado tributo, una película acaso demasiado masculina y justo por eso, por abusadora y personal, válida en toda su extensión.


Tropic Thunder tiene, además de una visión que critica severamente el star system de donde provienen sus estrellas, un cast de lujo que se luce en cada plano. Ben Stiller es un héroe de acción que trata de romper el estereotipo y vencer su mediocridad. Robert Downey Jr. (pigmentado, tocando el cielo con las manos), uno de esos genios gana Oscars que de tanto actuar han perdido parte de su identidad. Jack Black, el menos afortunado en el guión, es un desordenado actor de comedia, que tiene problemas con las drogas y con la ley. Pero la cosa no para ahí. Sumen a un Steve Coogan gracioso y tan británico como se puede ser. A un Nick Nolte encarnando al viejo sabio, una especie de señor Miyagi malgenio. A un Matthew McConaughey que acaso nos brinda el mejor papel de su carrera post Edtv. Y, por supuesto, cómo no, al mejor Tom Cruise, quizás, desde Magnolia (aunque estuvo muy bien como republicano en Lions for Lambs).


Párrafo aparte para el joven Jay Baruchel (1982), a quien conocimos como el torpe pero perseverante fan de Led Zeppelin en Almost Famous, y luego como el entrañable Danger en Millon Dollar Baby. Baruchel, literalmente, brilla, tiene en su piel al personaje mejor construido, al más creíble y, sobre todo, al más querible, ese con el que uno se queda una vez que salió del cine. Ojalá siga así, para adelante, que sus próximos papeles le traigan nominaciones a ese Oscar lo mismo ridiculizado que canonizado por Tropic Thunder.


Lo que más me gusta de Tropic Thunder es que, muy temprano, pasa de un ingenioso enfrentamiento de egos en el movie business, a un sentido film sobre tipos solitarios que se hacen amigos y, de alguna manera, se encuentran. Tropic Thunder tiene la buena voluntad de recompensar a sus personajes, los pone a prueba y al final los deja llegar a la meta con el último suspiro, y los brazos en alto.

11.27.2008

Lucidez


Durante estos días de discusión, debate, diálogo y amistad, la buena salud de la crónica latinoamericana me ha dejado más que satisfecho, sobre todo porque veo, y siento, un futuro promisorio. Así también, descubro que si uno se dedica a esto, puede tranquilamente ir despidiéndose del cielo.

Lo siguiente es del libro El periodista y el asesino, de la norteamericana Janet Malcolm (1934). La cita viene incluida en el extenso y lúcido “El que enciende la luz”, un ensayo de Chang acerca de la crónica que ojalá se publique pronto en Ecuador.

«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno. Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprender que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección cuando aparece el artículo o el libro. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que ‘el público tiene derecho a saber’; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida».

Espero estar entre los terceros.

11.24.2008

El oficio escogido.


El sábado pasado, estuve con el cronista-escritor-amigo Esteban Michelena. Me invitó a su programa “Los Pastores del Asfalto”, al aire por radio La Luna una vez por semana, cuando el presidente ha concluido su acostumbrada cadena nacional itinerante. El motivo, como no podía ser de otra manera, fue “La fiesta del libro” y el encuentro de cronistas latinoamericanos que viene a justa y necesaria colación. Hablamos de la crónica como género literario-periodístico y, sobre todo, como estilo de vida. Durante los primeros minutos de show (también de nervios y bromas para aligerar el ambiente) recibimos la llamada de otro cronista-amigo-aliado, Francisco Santana, que escribe en El Telégrafo y está encargado de “Demo”, sección dedicada al rock nacional. Pancho me preguntó porqué estando la crónica en su mejor momento internacional, en el Ecuador se la trata tan mal.

Aunque creo que cada vez se la trata mejor (o menos mal), estoy de acuerdo con Santana, el género sufre maltrato a diario, especialmente en los periódicos. Los que publicamos en revistas (puedo hablar de mi experiencia personal, SoHo y Mundo Diners), mal que mal, tenemos tiempo. Tiempo para escoger el tema, para ir al lugar de los hechos, investigar y, lo más importante, convivir con los personajes, escucharlos, ser amigos pasajeros, correr esa milla extra junto a ellos y tratar de llegar vivos a la meta. Ahora bien, hablo de días, semanas en el mejor de los casos, cuando deberían ser meses y, por qué no, años. Quienes laburan en periódicos, me dicen que hay que correr y así, obvio, no puedes pretender mucho. Sería idiota pensar que de una entrevista de cinco minutos van a salir crónicas que peleen el Pulitzer. Creo firmemente, y espero no estar pecando de ingenuo optimismo juvenil, que en nuestro país cada vez hay mejores escritores y cronistas, creo que éste es el momento y que nuestro trabajo es construir el Ecuador-literario-periodístico en el que queremos vivir, levantar muros de letras y pararnos sobre ellos a ver el horizonte. Para esto, hace falta que los editores de periódicos y revistas se sumen al esfuerzo. Ojo, este asunto es clave, sin editores jugando del mismo lado que los cronistas no iremos a ninguna parte. Editar no es fácil y es mucho más emocionante viajar persiguiendo historias. Editar es, tal vez, el trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo, jugársela y apostar porque de pronto, aunque nos quieran decir que tal cosa es imposible, aunque pretendan meternos el dedo, en este país hay gente que disfruta de la lectura, de perderse en la vida privada y pública de otros. El mercado existe, está allá afuera, en los que compran revistas cuando van a Supermaxi. Tal vez no seamos Perú ni Colombia, mucho menos México o Argentina, pero igual somos.



Mañana, a las 15h00 en la sala Jorge Carrera Andrade (2do piso del flamante centro Eugenio Espejo), conversaré con Julio Villanueva Chang sobre este oficio que hemos escogido. Chang quiere hablar sobre la cocina de las historias, tanto en investigación como en reportería, imagino que a eso le sumaremos redacción y, como dice Chang, será algo “entre anecdótico y reflexivo pop”.

Nos vemos allá y ojalá en todos los actos de esta fiesta, haciendo El Aguante.

11.19.2008

El CV de JVC


El CV de Julio Villanueva Chang parece una obra de ficción, imposible que alguien haya y siga haciendo tanto en tan corto tiempo. Lo he leído varias veces y me lo voy echando de a poco, masticando antes de tragar. Da como para sospechar. Por eso, tras restregarme los ojos y confirmar que no se trata de un espejismo o de una artimaña propia del marketing, fui directo a Elogios criminales, su flamante libro de crónicas (Mondadori, México, 2008). Lo tengo en PDF, con todas las molestias que eso conlleva al momento de leer, incluso una vez impreso domésticamente. El libro lo hacen seis perfiles de grandes personajes mundiales y no tan mundiales: Gabriel García Márquez, Juan Diego Flórez (tenor peruano), Ryszard Kapuscinsky (escritor, cronista de las grandes ligas), Apolinar Salcedo (el alcalde ciego de Cali), Werner Herzog (intenso director de cine) y Ferran Adriá (polémico chef español).



Acá la verdad, Chang en acción. Cosas que subrayé de García Márquez va al dentista ¿Qué busca un Premio Nobel de Literatura en un odontólogo de provincia?, primero de los seis elogios.

El Dr. Jaime Gazabón abrió la puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a Gabriel García Márquez tan solo como un astronauta en su sala de espera.

En la mesa de centro, había literatura de consultorio de dentista, unas cuantas revistas para bostezar la espera, y los efectos sedantes de una música de fondo.


Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar a manuscrito la ficha de su historia clínica: “Nombre de del paciente: Gabriel García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para que compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al Dr.? Su fama universal.”

Un cuento es lo que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras aguardas tu cita con él”, dijo John Cheever.

El molar de un genio se ve tan espantoso como el de cualquiera y crea la ilusión de que todos somos iguales bajo las tenazas de un dentista. Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa.

El hombre envejece cuando sus dientes no se reponen. García Márquez lo sabía bien. Perder un diente es también una metáfora de la caída del poder.

Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros.
(Dr. Gazabón)

El último día que lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, recuerda que el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela del juicio. Pero aquella primera tarde de 1991, en su consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una carie y el doctor había decidido operar: le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida, y tiempo después colocó un implante en su lugar. Según él, García Márquez nunca se quejó. Sin embargo, desde esa primera cita hubo una pérdida. En la historia de la literatura, sucede siempre: Homero fue ciego, a Cervantes le fallaba un brazo, García Márquez tenía caries.
- El hilo dental es más importante que el cepillo- me advirtió el Dr. Gazabón.




Mientras sigo avanzando en el libro, el mencionado CV de Julio Villanueva Chang.

Es el editor fundador de la revista Etiqueta Negra. En 1995 obtuvo el Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en la categoría de crónicas. Su perfil «Through The Eyes of a Blind Major» fue parte de un especial sobre Sudamérica publicado por The Virginia Quarterly Review con la asistencia de Etiqueta Negra y que ganó el National Magazine Award de Estados Unidos dedicado a «Mejor revista dedicada a un solo tema». En 1999, publicó Mariposas y murciélagos (Lima, UPC; presentación de Fernando Savater y epílogo de Jon Lee Anderson), una selección de sus crónicas y perfiles aparecidos en el diario El Comercio de Lima, donde fue reportero principal. En 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó en España Un día con Julio Villanueva Chang, resumen de un taller sobre su experiencia de editor y lector. Textos suyos han sido publicados en La Nación y Página 12 (Argentina); Gatopardo, El Malpensante y Soho (Colombia); El País, La Vanguardia y Letra Internacional (España); Reforma y Letras Libres (México); Vogue en español, World Literature Today y The Virginia Quarterly Review (Estados Unidos). Sus crónicas aparecen en las antologías Se habla español (Alfaguara), Un mundo muy raro y otras crónicas de Gatopardo, y Enviados especiales (Aguilar). Desde su fundación en 2007, es columnista dominical del diario Público de España.

Villanueva Chang ha sido expositor en la Harvard’s Nieman Conference on Narrative Journalism y en Yale University. Fue panelista en el Congreso de Periodismo Digital de España y en el Seminario de Editores de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es profesor visitante en el Master de Periodismo de la Universidad de Barcelona-Columbia University, en la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile y en el Master de Edición de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha dado charlas en el Master de Periodismo del diario El Clarín de Buenos Aires y en New York University. Ha dictado talleres en Yale University; en las revistas Gatopardo, Proceso y Expansión de México; en los diarios El Comercio de Lima, El Mercurio de Santiago, El Nacional de Caracas, Público de Guadalajara, La Prensa Gráfica de San Salvador y El Tiempo de Bogotá; en TV Canal 22 de México y Cable Mágico Deportes de Lima. Ha sido editor invitado de la revista Letras Libres, en su edición de Madrid; de la revista Culturas del diario La Vanguardia de Barcelona, y de la revista Soho de Bogotá. En 2007, junto a Joaquín Estefanía y Héctor Feliciano, fue jurado del Premio de Crónicas Planeta-Seix Barral.

Villanueva Chang se graduó en la Universidad Mayor de San Marcos. Su formación periodística la hizo de autodidacta y becario de la Fundación Nuevo Periodismo en talleres con Gabriel García Márquez, Alma Guillermoprieto, Jon Lee Anderson, Tomás Eloy Martínez y Ryszard Kapuscinski, y en el Harvard’s Nieman Seminar for Narrative Editors. Random House Mondadori acaba de publicar Elogios criminales, un libro de sus crónicas y perfiles.

11.18.2008

Tres columnas del cronista Chang.


El próximo martes 25 de noviembre, a las 15h00 en el auditorio Augusto San Miguel de la CCE, estaré en un conversatorio con el peruano Julio Villanueva Chang, fundador de la revista Etiqueta Negra, sin duda, uno de los nuevos íconos del periodismo latinoamericano. Las credenciales de Chang son tantas, y tan diversas, que hará falta otro post para publicar su CV. Por ahora basta decir que es editor y cronista, y uno de los mejores de su generación.

Como adelanto, acá van tres columnas de Chang, todas relacionadas a escritores y, de una forma muy creativa, al oficio de crear, aparecidas en el Diario Público de España.




UN HOMBRE ENCANTADO DE QUE LO INTERRUMPAN

A Italo Calvino no le gustaba escribir siempre en el mismo lugar, pero cuando escribía le encantaba que le interrumpieran. Dos extrañas costumbres para un intelectual introvertido, en una tradición de escritores que se jactan de la disciplina y la soledad del encierro. Sin proponérselo se oponía a una de las máximas que Pascal lanzó en el siglo XVII: «Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos en una habitación». Con esta sentencia, el filósofo y matemático que había descubierto los secretos del triángulo y pensado en fórmulas sobre la creencia de Dios parecería ahora un propagandista del budismo zen y la pereza en tiempos de extrema movilidad digital. Quien inventó la primera máquina calculadora podría incluso parecer precursor de un acto de resistencia que hoy la IBM promueve en sus oficinas: que sus empleados se desconecten por un día del resto del mundo. Cada viernes, ellos tienen licencia para no hacer reuniones ni contestar e-mails y llamadas telefónicas. Algunas empresas lo llaman «espacio en blanco»: se trata de abolir esas prótesis electrónicas que han revolucionado nuestro modo de pensar y trabajar. Es una batalla simbólica contra la adicción a ese lado oscuro de la tecnología que debilita la capacidad de concentración. Una habitación liberada de interrupciones es como un tributo postindustrial a Pascal.

Cuando a Newton lo interrumpió la caída de una manzana y descubrió la ley de la gravedad, se debió más a su paciente atención que a cualquier otro talento. En tiempos de aturdimiento digital, la tecnología está sobre todo al servicio de la distracción. En su libro Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, Maggie Jackson estudia cómo perdemos cada día más posibilidades de pensar en profundidad y de aprender: cada tres minutos un hombre deja de hacer algo para revisar su e-mail, responder su teléfono o subir algún dato a Facebook. Pero no siempre es negativo distraerse. Al explicar el lenguaje de los poetas, Octavio Paz advertía: «Distracción quiere decir atracción por el reverso de este mundo. La voluntad no desaparece; simplemente, cambia de dirección (…) La pasividad de una zona provoca la actividad de la otra y hace posible la victoria de la imaginación frente a las tendencias analíticas». Distraerse puede ser entonces otro modo de estar alerta, la lucidez en el ensimismamiento. A veces, cuando Chejov conversaba con sus amigos, se reía de súbito frente a ellos a pesar de que no habían dicho nada divertido. Al oír alguna anécdota, Chejov empezaba a convertirla en una historia humorística en su mente. Tenía una atención distraída, un oxímoron parecido a un silencio revelador. Como si se reconciliara con esa demanda de quietud y soledad de Pascal, Italo Calvino creía que para escribir no había nada mejor que un cuarto de hotel, anónimo, vacío y abstracto, sin recuerdos que le distraigan. «No me encierro nunca y no me molesta que me hablen», dijo quien nunca quiso usar una máquina de escribir.



EL HOMBRE CORAZÓN DE PLÁSTICO

Luego de haber sido atropellado por el camión de una lavandería, quizás haya sido plástico la última cosa que tocó la piel de Roland Barthes antes de morir. A mediados del siglo XX, en su libro Mitologías, profetizaba la omnipresencia del plástico y bromeaba diciendo que Fenoplasto y Polietileno parecían nombres más propios de un pastor griego. «Al final se inventarán objetos sólo por el placer de usarlo. La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida; una sola las reemplaza a todas: el mundo entero puede ser plastificado». Lanzada una década después de la Segunda Guerra Mundial, aquella sentencia no tenía tono apocalíptico de Nostradamus, sino uno optimista: con su propagación lo artificial –lo postizo– se identificaba con el uso doméstico en lugar del lujo. La moda del plástico, según Barthes, era una evolución del mito de la imitación. Hoy, cincuenta años después de su profecía, los ecologistas militan por la abolición de las bolsas de plástico y esperan que la gente los imite: en su libro El mundo sin nosotros, Alan Weisman dice que «el plástico es la encarnación de nuestro sentimiento de culpa colectivo por arruinar el medio ambiente». Una sustancia que puede competir en inmortalidad con las cucarachas.

Un Nostradamus verde vuelve a azotar nuestra imaginación. Cada bolsa de nylon volando por las calles no es una travesura del viento: terminará depositándose en el océano y los desperdicios de polímero acabarán con sus criaturas, desde ballenas hasta pulgas de mar. Cada minuto, se fabrican cien millones de bolsas de plástico en el mundo, las necesarias para obstruir el alcantarillado de Bangladesh, o para formar parte de un mar de basura del tamaño de un continente. Hace medio siglo que Barthes tiene razón. El plástico es la materia en estado camaleónico y con infinitas posibilidades de envolver al mundo entero hasta asfixiarlo. Basta inspeccionar a tu alrededor: los anteojos que te acomodas para leer esta frase son de plástico, pero también el teléfono que está timbrando, la tarjeta de crédito con deudas, el reloj que prueba que llegas tarde a una cita, la dentadura postiza de tu vecino, el juguete del sobrino que está de cumpleaños, la muñeca inflada que miras por Internet, el interruptor de luz, los calcetines que llevas puestos. Incluso las naves espaciales y las telarañas de la esquina tienen plástico. Sin el vinilo y sin la celulosa no hubiésemos podido disfrutar de discos ni películas que son parte de nuestra educación sentimental. Deberíamos agradecerle sus servicios prestados a la humanidad. Barthes, luego de anunciar que el mundo entero puede ser plastificado, profetiza: «Y también la vida, ya que, según parece, se comienzan a fabricar aortas de plástico». El plástico ha sido siempre un caso del corazón.



UN HOMBRE ATRAPADO EN EL ASCENSOR

Hace unos días, cuando alguien le preguntó cómo podía ser tan productivo, Umberto Eco dijo: «¿Ha oído hablar de los tiempos muertos? En esos dos minutos que tarda en llegar el ascensor, yo trabajo». Otis, la más antigua compañía de elevadores de la Tierra, se jacta de que cada cinco días sus máquinas transportan el equivalente a la población mundial. En las ciudades, las casas desaparecen, los arquitectos piensan en vertical y se prohíbe usar escaleras. ¿Cuánto tiempo de nuestras vidas pasamos a la espera y dentro de un ascensor? Una noche de octubre de 1999, el productor ejecutivo de la revista Business Week Nicholas White salió de su oficina en un rascacielos de Nueva York a fumarse un cigarrillo. Cuando volvía a ella, se quedó atrapado en un ascensor. Era un viernes y nadie lo notó hasta el domingo. Fueron 41 horas allí. Nick Paumgarten cuenta esta historia en The New Yorker y en su página electrónica se ve el encierro de White grabado por una cámara de seguridad del edificio. Alguien ha acelerado el video y le ha puesto música de fondo.

El hombre estuvo casi dos días en el ascensor, pero hoy uno lo ve en una película muda de tres minutos y medio. La música y la aceleración amortiguan el horror del silencio y de la espera. White no llevaba teléfono móvil ni reloj. Tenía tres cigarrillos y su billetera. Después de su rescate, no volvió a trabajar en Business Week. Demandó al fabricante de ascensores y a los responsables del mantenimiento del edificio por veinticinco millones de dólares. Años después llegó a un acuerdo, pero muy lejano a lo que demandaron sus abogados. Se gastó todo su dinero y aún está desempleado. Nicholas White nunca supo por qué se detuvo el ascensor.

Lo que no se ha detenido es la fantasía de qué se puede hacer encerrado allí. «¿Alguna vez lo has hecho en un ascensor?», se repite con un morbo adolescente. No es la única fantasía. En Internet, se anuncia que en octubre de 2031 se inaugurará un ascensor al espacio. Michael Laine, un ex marine que hoy es presidente de LiftPort, una compañía dedicada a buscar dinero para construirlo, trabajó en complicidad con Bradley Edwards, un físico famoso a quien hace unos años la Nasa le pagó más de medio millón de dólares para demostrar que eso era posible. En un principio, el ascensor no llevaría gente. Sólo transportaría carga como satélites. En un planeta donde el clima se ha vuelto loco, el precio de los combustibles se eleva a la estratósfera y el agua desaparece, la conquista del espacio es un negocio más urgente y rentable.

Arthur C. Clarke escribió una novela en la que un ingeniero construye un ascensor anclado en una montaña sagrada. Su viaje vertical acaba en un asteroide en órbita. Nicholas White, aquel hombre que nunca volvió a trabajar tras haber quedado atrapado en un ascensor terrícola, es más digno de una novela de Stephen King. Anclados en la incomodidad y en el miedo de no saber qué hacer frente a un extraño dentro de uno, a casi nadie se le ocurriría publicitar los ascensores como un lugar para pensar. Mientras tanto, Umberto Eco espera que la tardanza del siguiente ascensor lo lleve sin certidumbres hasta su próximo libro.

11.14.2008

Crónica de época.


Uno de los temas de La Fiesta del Libro, acaso EL tema, será la nueva crónica latinoamericana, el viaje de la ficción a la realidad. Sin duda, éste género está creciendo a paso agigantado y en él están algunas de las mejores plumas de la actualidad. Hemos empezado un poco tarde. Cuando Capote y Hemingway escribían en las revistas Life y The New Yorker la historia de sus días en la tierra, nosotros aún vivíamos en Macondo, o en un Buenos Aires donde los vampiros duermen en la estación del subte (de hecho, muchos de nosotros no vivíamos en ninguna parte). Y está bien, toda la onda boom y los años gloriosos del realismo mágico nos han hecho, en parte, lo que somos. Empezamos tarde pero mejor tarde que nunca. Revistas como Gatopardo, Etiqueta Negra y SoHo vienen formando cronistas desde hace algún tiempo y ya se ven los frutos, grandes escritores en busca de la verdad.

Tal vez yo sea la persona menos indicada para hablar de crónica. Lo he dicho muchas veces, me metí en esto por dinero, porque no quería hacer nada que no fuera escribir y necesitaba que alguien me pagara por hacerlo. Nunca pensé, ni de lejos, ni en broma, ser periodista. Según yo, los periodistas eran los que no podían escribir ficción. Pensaba en la ficción como verdad absoluta y en el periodismo como aburridas noticias. Estaba muy equivocado. Ahora que mis días de cronista necesitan un brake, miro hacia atrás usando el review mirror de mi disco duro y no tengo más que amor por la crónica. He viajado, he estado en lugares donde nunca hubiese imaginado estar (algunos en los que nadie, jamás, debería estar), he conocido gente que de otro modo no hubiese siquiera mirado, he visto laboratorios en Alemania y soldados de las FARC en Mataje, un pueblito esmeraldeño separado de Colombia por un río que se puede cruzar nadando. Gracias, totales.

Hace meses, en SoHo Ecuador, se publicó una crónica mía llamada “La gesta de los raidistas de Chone” Apareció editada, versión radio-friendly, digamos. Hoy la cuelgo acá con todas sus partes, writer’s cut, y con su título original. Me interesa porque es un tema que me gustaría discutir en la Fiesta del Libro: la crónica histórica. Todo lo narrado a continuación sucedió entre los días finales de 1939 y las primeras luces de 1940. Los personajes principales murieron hace años. Todo el material que pude obtener vino de hablar con sus hijos, con sus amigos, y de los libros que ellos dejaron para que no se olvidara su gran aventura. Es, entonces, una crónica de época.



Rompiendo la selva: la historia de los raidistas de Chone.

Por Juan Fernando Andrade

Raid (voz inglesa)

1) m. Expedición militar rápida de fuerzas de tierra, mar o aire, realizada para bombardear, para capturar prisioneros o material, etc.
2) Vuelo deportivo a gran distancia.
3) Rally.
4) Acción atrevida o espectacular.


Chone, 6 de diciembre de 1939, 14h00.

Parece que todo el pueblo estuviera aquí, en la Plaza Central, para despedirlos. La masa escandalosa rodea el Chevrolet descapotado modelo 1931, estacionado frente a las autoridades políticas del cantón. La banda de músicos, vestida como demanda la ocasión, sopla con sus vientos obras marciales. Se pide silencio a la concurrencia y el llamado líder de la juventud de Chone, Don Trajano Viteri Medranda, toma la palabra. “Vuestro arrojo y valentía, vuestra audacia y calor de genuinos choneros, os obliga a llegar a la meta o morir en la lucha; que el espíritu de Hernán Cortés os acompañe, y así no podréis regresar sin la victoria. Por Chone, por Manabí y por nuestro querido Ecuador, atrás ni un paso. Vuestra consigna, es avanzar, escalar las cumbres y triunfar. ¿Prometéis cumplir con esta consigna?” Se hace un silencio, sólo se escucha el galope de los agitados corazones. Los caballeros se llenan el pecho de aire y las damas, de los nervios, se llevan las manos a la boca y se paran en puntas de pie. “¡Sí!”, responden los raidistas en coro. La música vuelve, ya no son coplas militares sino canciones populares que la concurrencia no tarda en acompañar a viva voz. El auto arranca, tiene que ir despacio para no atropellar a nadie. La banda persigue los primeros pasos de la máquina hasta el caserío Santa Rita, al extremo norte. Los aventureros se despiden meciendo en el aire sus sombreros Montecristi, claramente marcados con letras rojas: RAID. Nadie va a decirlo, pero muchos lo están pensando: capaz y no vuelven, capaz y esta es la última vez que los vemos con vida. El jefe de la expedición es el único que se atreve a sugerir abiertamente la cercana posibilidad de un destino fatal, uno de nosotros, si los demás desapareciéramos, os contará que llegó. El temor general tiene sus raíces bien afianzadas. Ha llegado el invierno. Sólo Dios sabe si las tormentas que los aguardan ocultas en las nubes, siempre al acecho, no serán las mismas que los sepulten en la fiera selva que se han propuesto conquistar. Los viajeros, conscientes de la historia nacional que los precede, escogieron esta fecha para honrar dos memorables aniversarios: la fundación de la muy noble y muy leal ciudad de San Francisco de Quito, y la batalla naval de Jaramijó, donde bajo el mando del general Alfaro, los liberales combatieron a los conservadores por vez primera.

Los raidistas son cinco, como los dedos de la mano, rozan las tres décadas sobre la faz de la tierra y los unen, más que la odisea que están a punto de vivir, las bisagras imbatibles de la amistad.

Carlos Alberto Aray: Nacido en Medio Mundo, sitio contiguo a la ciudad de Chone. Dedicado a trabajar en una pequeña finca, propiedad de sus padres, donde se mueve entre frutales, cultivos de cacao y de café. Amigo de la guitarra, del canto, del billar y los versos. Conocido en la sociedad por su espíritu aventurero. Jefe y creador de la expedición.

Artemio Aray: Otrora arquero titular de la selección de fútbol de Chone. Ídolo de los aficionados, que acostumbraban sacarlo en hombros del estadio, por mantener invicta a su escuadra durante largas temporadas. Pasó varios años en el oriente ecuatoriano aprendiendo medicina natural. No falta quien lo tache de vulgar curandero y hasta lo acuse de practicar brujería. El hermano menor de Carlos Alberto es el médico a bordo.

Juan de Dios Zambrano:
Hombre de letras. Periodista y poeta. Prestigioso personaje de la bohemia chonera, capaz de de cautivar a cualquiera en conversaciones que se dilatan hasta el amanecer, donde se tocan los más variados tópicos de actualidad, ciencia y política. Será el encargado de llevar la bitácora de esta expedición.

Emilio Hidalgo: Calificado con unanimidad como el mejor violinista de Chone. Nadie sabe cómo aprendió a tocar tan dócil instrumento, mucho menos el artista. Su recio carácter es bien conocido entre sus amistades, que saben que el intérprete puede abandonar un salón si alguien en el público no es de su agrado. Maestro electricista de profesión.

Plutarco Moreira:
Chofer profesional, especialista en montar y desmontar motores de todo tipo. Su trabajo es distinguido en toda la provincia. Son muchas las personas que han sido socorridas por él en carreteras abandonadas y silvestres. Se dice que no hay nada que este barón de las máquinas no pueda arreglar con sus herramientas. Será el encargado del volante. Nuestro piloto.

La misión: demostrarle a quienes administran los poderes públicos de la república del Ecuador, que la carretera Chone – Santo Domingo – Quito, tramo considerado indomable por las vías del progreso, es una empresa posible. Hasta ahora, la única forma de llegar a la capital desde Chone, es viajar a Bahía de Caráquez, desde ahí tomar un barco de vapor que tarda días enteros en llegar a Guayaquil, y entonces subir al ferrocarril.




KM. 32

Pasados los sitios Ricaurte y El Limón, donde los raidistas son recibidos con palpitantes pañuelos blancos, banderas y gritos de aliento, cae el primer aguacero. Son las 18h00 y aunque Plutarco Moreria trata de seguir adelante, el carro se encharca y patina y se ven obligados a detenerse hasta que pase la tormenta. La noche cubre el horizonte en la selva manabita. Orientados por la escasa luz de las luciérnagas, buscan hojas de platanillo, bijao o camacho, y montan una suerte de techo bajo el cual, para combatir el frío, se apretujan los cinco. Quieren fumar, pero los cigarrillos están empapados. Despiertan con el canto de un gallo. Se alegran. No están solos. Avanzan siguiendo la voz del animal y llegan a una pequeña estancia en Chontillal, entre El Limón y Zapallo, propiedad de Don Tiburcio Barreto, donde se les ofrece un desayuno campesino, huevos, queso y verde asado, que devoran guardando los modales.

8 de diciembre.

La lluvia entorpece el camino, lleno de pequeñas lagunas negras que el carro tiene que rodear. Atrás quedó el sitio Zapallo, donde tuvieron que pasar la noche reparando una perforación en el radiador. Ahora tienen que llegar a la parroquia Flavio Alfaro. En una zona denominada Cuello, el carro se atasca en el monte y en el lodo. Cuatro de los raidistas tratan con todas sus fuerzas de empujar el auto, mientras el chofer acelera a más no poder. Inútil es el arrojo. Todo lo que consiguen es llenarse de sudor y fango. Deciden enviar a Juan de Dios por ayuda. El poeta regresa al cabo de pocos minutos, con las manos en alto. Un montubio, que lo ha tomado por cuatrero, le apunta con una escopeta. Los raidistas proceden a identificarse y el montubio, que responde al nombre de Moisés Pazmiño, les ofrece su ayuda. Lo intentan de nuevo y el carro vuelve a la superficie irregular de la montaña.

10 de diciembre.

Tras permanecer dos días en Flavio Alfaro, la última población propiamente dicha en el trayecto hacia Santo Domingo de los Colorados, planeando detalles del viaje, salen rumbo a Chila, pequeña comunidad anterior a El Rosado, la siguiente parada estratégica. Para aligerar la carga, envían a lomo de mula el equipaje y el combustible. Las bestias se adelantan al carro y se dirigen directamente a El Rosado. Por su parte, los raidistas recorren los 17 Km. que los separan de Chila en un lapso de ocho días. Aprovechan la luz del sol para avanzar lo más que pueden y, durante la noche, aseguran el carro amarrándolo a gruesos troncos y buscan posada en las casas de amables familias montubias. Contratan a los auxiliares Romualdo y Félix Zambrano, gente de campo que conoce bien la ley de la selva.

18 de diciembre.

Ya en Chila, Carlos Alberto envía a Juan de Dios de regreso a Chone, en busca de dinero para continuar la expedición. Mientras él y los dos auxiliares inspeccionan a pie la ruta a seguir, Plutarco, Emilio y Artemio matan las horas compartiendo con los campesinos del lugar. A su regreso, ya acabada la tarde, Carlos Alberto encuentra a sus amigos bien enrumbados, cantando, bailando y bebiendo. Se han instalado en una casa, cuyo dueño se vanagloria de ser el mejor bebedor de la región. Carlos Alberto se excusa de la juerga, y a manera de broma y ligera venganza, le dice al anfitrión que sus compañeros se han propuesto emborracharlo para luego burlarse de él públicamente. Mientras el jefe de la expedición y los auxiliares duermen a pierna suelta, el dueño de casa y los otros raidistas bajan las reservas de aguardiente sentados a una mesa. El dueño de casa tiene en una mano el vaso y en la otra su largo y afilado cuchillo, que no soltará hasta que los otros hayan caído desmayados por obra y gracia del licor.



24 de diciembre.

Celebran la Noche Buena en El Rosado, desplegado sobre las cabeceras del Río Grande-Quinindé, cercados por orgullosas palmeras, matas de cady, yucales y caña de azúcar. La casa es de don Pedro Vega, a quien apodan El campeón de la selva, por la ayuda prestada y por su conocimiento total del traicionero monte. Esta noche, se ponen los trajes de gala que pensaban reservar para la llegada a Quito, los mismos trajes que usaron el pasado mes de julio, cuando Chone celebró sus fiestas cívicas y ellos se pasaron la noche festejando en la Plaza Central, de donde salieron hace 19 días. La cena contiene gallina criolla y plátano verde en abundancia. Armados con guitarra y violín, los raidistas agradecen las atenciones con canciones montubias que sirven lo mismo para cantar que para armar el baile. En cierto momento de la velada, Carlos Alberto, Artemio, Emilio y Plutarco, cada uno en un rincón, reciben la visita del fantasma de navidades pasadas. Antes de dormir, Carlos Alberto escribirá en su diario: alguno de nuestros compañeros sintió el dulce amor de una inquietud juvenil, al recibir todo el fuego tropical de unos ojos maravillosos y embrujadores. Nunca sabremos a qué compañero se refiere, tal vez sea mejor así. La mañana del 25, sus nuevos amigos se reúnen para despedirlos. Todos menos don Pedro Vega. Los raidistas lamentan su ausencia, pero no tienen tiempo que perder. Pasarán años hasta que don Pedro Vega confiese que evitó la despedida del puro dolor, para no pensar en los que flotarían sin vida en las aguas del Quinindé.

26 de diciembre.

El opulento río Quinindé emerge de las cordilleras de la parroquia Eloy Alfaro, sus poderosos afluentes lo transforman, kilómetros mediante, en el río Esmeraldas. No les queda otra que navegarlo para llegar a El Piojo, río arriba. Atravesar las riberas tomaría demasiado tiempo y las orillas son demasiado estrechas para el carro. Usando palo de balsa y amarras de bejuco piquigua, empalman tres balsas, una para el carro, una para los víveres y el combustible, y una más para la tripulación. Con buen clima, el tramo fluvial El Rosado-El Piojo puede cubrirse en tres horas. Pero estamos en invierno y los raidistas pasan tres días de extremas dificultades. Avanzando cortas distancias en jornadas interminables. La lluvia no les perdona la insolencia y el caudal del río no hace otra cosa que aumentar. A veces tiritan de frío, empapados por la lluvia. A veces el calor los fríe. Tienen las ropas rasgadas, las ramas los han rasguñado a profundidad y Artemio ha tenido que curarlos ahí, sobre la marcha. No son pocas las gotas de sangre que han caído al agua.

29 de diciembre.

La corriente de El Piojo es más brava que la del Quinindé. Deciden desembarcar el carro y descansar. Plutarco y Emilio cruzan nadando el río, llevan una cuerda atada a la balsa. Carlos Alberto y los dos auxiliares, desde la balsa de la tripulación, aseguran también con cuerdas la dirección del carro flotante. Artemio va junto al vehículo, usando una rama gruesa como palanca, dirigiendo la maniobra. A mitad de camino, la rama de Artemio no resiste la presión de la corriente y se rompe. La balsa se escapa veloz con el carro encima. Los raidistas se tiran al agua para tratar de alcanzarla. Artemio sigue a bordo, junto al vehículo. El cauce se estrecha, aparecen árboles, se forma un túnel perverso. Los fierros de la máquina se enganchan en las ramas enemigas, la balsa da una vuelta de campana y Artemio se lanza al agua para que no lo atraviesen las garras de los árboles. El resto de raidistas se sumerge y pasa por debajo del túnel. Cuando vuelven a respirar, ven la balsa orillándose sobre el lado izquierdo, pero no ven el carro. Artemio nada tras ella, la alcanza, se sube y la amarra a un chíparo. Los otros llegan sin fuerzas, Artemio los ayuda a subir. Los raidistas se tienden sobre la balsa, mudos, ahogados, sin saber muy bien si se salvaron o no. El silencio se prolonga por varios minutos. Carlos Alberto es quien pregunta ¿El carro se perdió o está debajo? Esta noche, ellos duermen sobre la balsa y el carro debajo del agua, todavía junto a ellos, aferrado a los palos de balsa.

31 de diciembre.

Se adentran en la selva, montan un rústico campamento, casan dos guantas y se alimentan. Vuelven al río, a recuperar el auto. Emilio y Plutarco tienen que desarmar la máquina para secar los aparatos, limpiarlos, engrasarlos y volver a ensamblar el esqueleto mecánico. El trabajo es largo y agotador. 1940 los sorprende probando el motor del carro, que enciende a la primera. Abrazos.

3 de enero de 1940.


Se encuentran en las aguas de El Suma. Juan de Dios lleva días enteros buscándolos, preguntando por ellos, escuchando que nadie puede cruzar las aguas del Quinindé en invierno, menos en una balsa. Si no fue la corriente la que acabó con ellos, el Chicharo, un pez gigante, con dos hileras de puntiagudos dientes en la mandíbula inferior y otra en la superior, seguro los devoró sin piedad. Al verlos, Juan de Dios se lanza al agua y nada a su encuentro. La selva oye sus gritos de felicidad y los disparos al aire de una Smith & Wesson calibre 32. El próximo destino es el Sumita, donde Manabí y Pichincha se tocan. Todavía los espera Santo Domingo, allí habrán completado, creen ahora, el tramo más duro del raid.

Santo Domingo de los Colorados.

Entran al pueblo en medio de grandes celebraciones. Piensan que se trata de una fecha importante para los nativos, pero no, el agasajo es para los raidistas y para el primer automóvil que toca tierra de los Colorados. La noticia ha viajado más rápido que sus actores. En el centro de la plaza, la tricolor flamea en la cumbre de una caña guadua tan verde como se puede ser. Banderines y gallardetes engalanan los portales de las residencias. Jóvenes a caballo hacen la calle de honor. Uniformados deportistas desfilan junto al carro. Los raidistas se detienen en el medio de la plaza y reciben los saludos de las más distinguidas damas. Mientras tanto, en la tierra que los vio partir, se piensa que han muerto o que están escondidos en alguna parte, temerosos de volver y reconocer un fracaso miserable. Esa misma tarde, el telégrafo del cantón manabita empieza a recibir en clave morse, saludos y congratulaciones a las autoridades y a la ciudad de Chone, aplaudiendo el arribo victorioso de los raidistas a Santo Domingo. A las 20h00, la única casa con techo de zinc en el pueblo, conocida como La Casa de Teja, albergaba la fiesta. Carlos Alberto a la guitarra, encanta a una muchacha. Emilio le dice a la suya: una cosa es con guitarra y otra con violín. Plutarco ensaya un piropo propio de su oficio: la luz intensa de tus ojos, perfora el parabrisas de mi corazón. Artemio hace lo suyo: eres más fragante que una matita de hierbabuena. Por su parte, Juan de Dios, llegado el momento de hacer memoria, escribirá: nos apretamos más, de repente, en la semipenumbra, floreció el milagro de un beso, robado en la noche cálida y romántica. Al día siguiente recibirán la visita de la prensa quiteña. Antes de abandonar los dominios que tan bien los han recibido, escucharán una pregunta que los hará partirse de la risa. ¿Qué come el carro?



El río Buenasilla.

Despiertan en la hacienda Chiguilpe, propiedad del general Alberto Enríquez Gallo, presidente del Ecuador de 1937 a 1938, quien encandilado por la hazaña, ha decidido acompañarlos junto a sus hombres hasta el peligroso cruce del río Buenasilla. La colina que lleva a la orilla es prácticamente horizontal. Tienen que atar las cuatro esquinas del carro con cabos que a su vez pasan por motones para bajar el vehículo hasta el píe del río. Todo lo que he presenciado es magnífico, pero sigo intrigado, ¿cómo piensan pasar el río?, pregunta el general. El Buenasilla desfila potente entre dos paredes de roca viva, separadas por 7 metros de vacío. Allá, abajo, a 15 metros de donde estacionaron el carro, brama la corriente espumosa. Para qué darle vueltas al asunto, hay que hacer un puente. Con ayuda de los hombres traídos por el general, cortan cuatro troncos de unos 12 metros de longitud, y los tienden entre lado y lado. Levantándolo en peso, colocan el carro en los silvestres rieles. Cada llanta se acomoda entre dos troncos. Plutarco sube, enciende el motor y pregunta ¿Me voy? Carlos Alberto sabe que al dar la orden podría estar enviando a su compañero a una muerte segura, pero estando dónde están, ya no se pueden detener. ¡Largo!, grita el jefe de la expedición. El carro avanza lentamente, cualquier maniobra errante puede ser la última. Los raidistas aguardan sosteniendo la respiración. A la mitad del frágil puente, los troncos comienzan a doblarse, como una hamaca, dirá Carlos Alberto cuando se le pregunten. Un segundo más en esa posición y los troncos se rompen y hasta aquí llegó el famoso raid. Plutarco hunde el pie en el acelerador y sólo una vez que las llantas traseras han tocado tierra firme, cayendo de los troncos, se derrumba sobre el asiento del conductor y levanta los brazos para tocar el triunfo con las manos. Aun falta el paso por la orilla del Tocahi, que mide tres metros, donde levantarán con sus manos el lado derecho del carro y Plutarco conducirá lentamente sobre dos ruedas. Aun falta el paso por el delgado puente Lelia, que palpitará a cada centímetro que recorran las llantas. Pero los raidistas sienten que ya nada, ni nadie, puede detenerlos.

Quito, 28 de enero de 1940.

Lo primero que ven es un grupo de gente junto a un carro alegórico arreglado con flores de todos los colores. Es el comité de bienvenida, conformado en su mayoría por los miembros de la Asociación de Manabitas Residentes en Quito. Los abrazos vienen de todos los flancos. La alegría compartida es inmensa. El carro alegórico prologa la entrada a la parroquia urbana La Magdalena, donde cordones de policías tratan, inútilmente, de controlar a la multitud que se ha volcado a las calles para aclamarlos. ¡Viva Chone! ¡Viva Quito! ¡Viva el Ecuador! Avanzan por la calle Bahía hasta la Avenida 24 de Mayo. Contemplan el monumento a los Héroes Ignotos, sabiendo que no fueron pocos los momentos donde pensaron, presas del pánico, que también ellos serían titanes anónimos. Llegan al Estadium Municipal, donde sucede una mañana deportiva organizada en su honor. El partido de fútbol entre los equipos Gladiador y Gimnástico se interrumpe y el Chevrolet descapotable modelo 1931, el carro de la victoria, se estaciona en la mitad del campo de juego. La lluvia de flores cae desbordada sobre nuestros conquistadores. Más tarde irán al Palacio Municipal, donde en sesión solemne, recibirán de don Gustavo Mortensen sendas medallas de oro, que brillarán sobre sus embarradas y deshilachadas ropas kaki. En el acto de condecoración estarán figuras políticas, diplomáticas y sociales. Luego irán a un banquete en el hotel París, donde la colonia manabita los servirá hasta el cansancio. Los rotarios quiteños organizarán su propio homenaje en el salón Las Palmas del hotel Metropolitano. Mañana será un gran día, el presidente electo, Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río, ofrecerá su apoyo incondicional al proyecto de carretera Chone - Santo Domingo – Quito. Y el encargado del poder, Dr. Andrés F. Córdova les dará audiencia en el Salón Amarrillo del palacio de Carondelet, para anunciarles que otorgará un millón doscientos mil sucres para el inicio de la obra. Los raidistas no saben lo felices que serán en las horas que los esperan. En su mente una imagen que los acompañará por el resto sus días: Chone.