11.14.2011

Luces que se prenden y se apagan

Como todas las novelas que hablan sobre la muerte, La luz difícil del colombiano Tomás González habla en realidad sobre la vida, sobre cómo la vida sólo sirve para una cosa o sólo debería servir para una cosa: ver la belleza del mundo.

David, el personaje principal, es un pintor entrado en años que puede intuir sin rodeos y sin temores la cercanía del final. Ha dejado de tensar los óleos porque está ciego y pasa los días escribiendo sus memorias en letra gigante y redonda, la única que puede leer. Parte con el recuerdo de su hijo Jacobo, quien sufrió un accidente y, tras años de insoportables dolores, eligió tomar el camino de la eutanasia. La familia estuvo a su lado siempre, nadie lo cuestionó y apenas llegaron a decirle que en su decisión había espacio para el arrepentimiento. Jacobo murió, pero esta, aunque no parezca, no es la historia de los que se van sino de los que encuentran razones para quedarse.

David se quedó por Sara, su mujer, porque “encontraba consuelo en su belleza” y porque siendo una Sara fue todas las mujeres de su vida. Se quedó por sus hijos, que son versiones de él y sean quizás lo más cercano a la sobreestimada eternidad. Se quedó por Ángela, la señora que cuida de él en sus años frágiles y lo educa con su sabiduría rural. Se quedó para ver y pintar las formas de la espuma en el agua, para ver y pintar la presencia de los árboles en los parques, para ver y pintar las huellas de cangrejos y caracoles en las playas. David se quedó porque pudo descifrar la razón de sus movimientos, el destino de sus afectos y el peso de su gato Cristóbal al acostarse sobre sus piernas, “pesado como una paca de algodón”. Todo eso le pareció más que suficiente.

La luz difícil es corta, intensa, y en su brevedad se permite el atrevimiento de volver a decir lo que, a estas alturas, suena gastado, ingenuo, turro: lo único que vale la pena es pasar la mayor parte del tiempo con la gente que uno quiere y, con suerte, dedicar el resto a ejercer el oficio de la pasión por lo que uno hace. Y da rabia que siendo tan simple la solución sea tan complicado librarnos del problema.

(El Comercio, 13/11/11)