11.17.2014

La mamá de Joanna


El primer párrafo de Joanna, uno de los relatos que conforman El final del amor, del español Marcos Giralt Torrente, dice esto: Es curioso que la vida nos ofrezca un número indeterminado de alternativas a cada momento, que constantemente tomemos decisiones que nos modifican, cogiendo unos trenes y desechando otros, y que sin embargo la mayor parte de los adultos, cuando echamos la vista atrás, nos recordemos de niños sustancialmente iguales a como somos hoy.

Es curioso, también, que la vida nos presente un número limitado de alternativas cada vez que descubrimos a un escritor: podemos seguirlo o abandonarlo. Leer sus otros libros, sus columnas en diarios, sus crónicas en revistas; o quedarnos con  aquello que se nos cruzó por el camino y no preguntar nada más al respecto. Parece tonto, pero hay escritores que te marcan con un solo libro y de los cuales prefieres, por si acaso, no averiguar demasiado. De hecho, sueñas y llegas a creer que toda la obra de ese escritor se reduce a un libro, a ese libro que habló contigo.

Me pasó la primera vez que leí Tiempo de vida (2010), quizás el libro más célebre y comentado y duro de MGT. Esa cosa me aplastó. Es un libro autobiográfico y despellejado en que el autor trata –porque no lo consigue del todo y ese, el intento fallido, es parte de la conquista– de hablar sobre su padre, un hombre al que conoció poco y que acaba de morir. En la primera página dice: …tras meses de dudas y fracasar repetidamente en la búsqueda de otra inspiración, por fin asumí que sólo me era posible escribir sobre mi padre. Ya con eso me compró: tenía un tema inevitable, como deberían ser todos los temas.

Leí Tiempo de vida, lo subrayé harto, lo reseñé y se lo presté a gente a la que creí podría servirle (en su mayoría, amigos con hijos pequeños o padres ausentes), pero no seguí leyendo a MGT. ¿Por qué? Por miedo. Tiempo de vida, libre de metáforas y espejismos, libre de artimañas literarias o frases para el bronce, es verdadero, es la verdad; a ratos, incluso, da la impresión de que el autor no soporta lo que está escribiendo o lo que está teniendo que escribir, como si el texto se le quemara entre las manos y, para terminar rápido, sólo hace un recuento de hechos puntuales, un listado factual que puede hacerte llorar. Él mismo lo reconoce cincuenta páginas antes del fin. Así: Las razones por las que se empieza a escribir un libro no son necesariamente las mismas por las que perseveramos cuando está mediado, ni las mismas por las que lo acabamos. Al final uno sólo quiere llegar al final. Ése es mi caso. Sólo quiero llegar al final. El final del libro. El final de mi padre. El final de mi vida con él.     

Ahora bien, ¿a qué le tenía miedo? A que el MGT de Tiempo de vida no fuera el mismo de París, la novela con que ganó el premio Herralde en 1999,  o de cualquiera de sus otros libros. Temía que el MGT que escribió sobre su padre no porque quisiera escribir un libro sino porque no tenía otra alternativa no fuera igual de bueno que el MGT que escribe, por así decirlo, profesionalmente. Aunque se trataba de una intuición, me quedaba claro que un libro como Tiempo de vida no podía –ni debía– escribirse dos veces, y que leer el resto de su obra sería muy posiblemente encontrarme con otro escritor al que no sé si quería conocer. Y así estuve durante años: releyendo de vez en cuando Tiempo de vida, venerándolo en público, pero alejado del resto de MGT. Así estuve hasta la semana pasada, cuando leí El final del amor (2011), el libro de cuentos con el que MGT se libró de la vida de su padre para poder seguir viviendo.

Como sospechaba, el MGT de El final del amor es otro escritor, otra persona, casi un extraño al que me costó reconocer durante las primeras páginas. Es un autor correcto, tan fiel y respetuoso y orgulloso del español que por momentos uno siente que está leyendo un libro que fue escrito en otro siglo: un obrero consciente de su oficio, cuidadoso y calculador. Además, al contrario de Tiempo de vida, donde el autor asume todos los riesgos y se hace cargo de las consecuencias de su honestidad brutal,  El final del amor es uno de esos libros en los que el lector debe hacer parte del trabajo, imaginar, poner palabras en la boca de ciertos personajes y tratar de leer sus emociones porque los cuentos no son especialmente detallistas. Te cuentan cosas, siembran pistas, construyen ideas, pero no resuelven misterios: para eso estás tú.

Y así, sospechando de cada palabra, llegué a Joanna. El narrador es un hombre que recuerda su infancia y el que quizás haya sido su primer amor. El hombre se recuerda como un niño huérfano que vive con su abuela en El Escorial, cerca de Madrid, y se describe de esta manera: No destacaba por nada, ni por mi rebeldía ni por mi inteligencia, si acaso por mi físico, que era espigado, y por mi afición a leer y a estar solo, que, más que afición, era algo a lo que las circunstancias me habían obligado. Sí, hay un-poco-mucho de esa victimización nerd y sobrevaloración de la falta de capacidades sociales de la que se valen casi todos los escritores para justificar e incluso convertir en proeza la soledad. Pero hay, sin duda, una persona detrás de esas líneas.

En El Escorial no pasa mucho. Mejor dicho: en El Escorial no pasa nada hasta que llega Joanna y el narrador se enamora de ella. Joanna llega con su madre y ambas viven en una casa de tres pisos, una casa que, al lado de la modesta vida del narrador, es una especie de palacio mágico y aterrador. Allí adentro pasa algo que no sabemos, algo muy oscuro, algo de lo que Joanna quiere escapar pero no puede porque es tan solo una niña. El narrador, por ejemplo, recuerda esto: Uno de nuestros entretenimientos favoritos era describir las casas que tendríamos en el futuro, cómo nos gustaría que fueran. Pisos de ciudad o quintas campestres, a veces imposibles, que a menudo exigían que cogiéramos lápiz y papel para dibujarlas. Además, cada día elegíamos una del pueblo que destacara por algún  motivo, o que simplemente nos gustara, y jugábamos a imaginarla por dentro. Hasta el más torpe aficionado a la psicología diría que esta obsesión por las casas revelaba la infelicidad de ambos con nuestras respectivas situaciones familiares y nuestro deseo de huida…

El narrador es pobre o casi pobre, vive con su abuela y no tiene amigos, en su caso, la huida es una opción más que lógica; pero la familia de Joanna es burguesía madrileña y ella es una hermosa criatura cosmopolita que habla con un tenue acento francés y se conoce medio mundo. ¿De qué quiere escapar Joanna? De lo que la persigue a todas partes: su madre. La mamá de Joanna, una réplica casi exacta de la propia Joanna, es, por decir lo menos, relajada hasta lo perturbador. El narrador, por ejemplo, recuerda esto: En una ocasión vi por el pasillo su sombra no tan fugaz, de camino al vestidor, con la blusa inexplicablemente abierta y los senos –media luna de la aureola de cada pezón– asomados a cada lado de la abertura; otra vez, una puerta innecesariamente entornada me la mostró de perfil recién salida del baño, con una toalla en la cabeza a modo de turbante y, la que debía cubrir el cuerpo, sujeta entre las manos mientras se secaba con ella una pierna que tenía alzada sobre el asiento del tocador; una tarde, cuando me marchaba, se acercó a despedirme sin falda ni pantalón, vestida de cintura para abajo con unos pantis negros y no de los tupidos; otro día vino de esa misma guisa al cuarto donde estábamos Joanna y yo para decirnos algo, pero esta vez, además, insólitamente desnuda de cintura para arriba, con los antebrazos cruzados cubriendo a duras penas el pecho. La secuencia podría estar en miles de películas francesas.

En lo que podría ser un parentesco voluntario con El vino de la soledad de Irène Némirovsky, pero de una manera más exhibicionista aunque menos frontal, madre e hija son rivales. Así como en la clásica novela –notable, por cierto– de Némirovsky, en el cuento de MGT es la hija quien hace todo lo posible para mostrar enfado cada vez que su madre le dirige la palabra. Esa rivalidad revienta cuando, más adelante en el cuento, llega a El Escorial el hermano mayor de Joanna y queda claro que entre él y su madre hay una comunión sexual: y entonces sólo podemos empezar a imaginar la cantidad de cosas torcidas que habrá visto en su vida la pobre Joanna. No mucho después de que el narrador descubre o más bien adivina el pecado, Joanna y su familia se marchan y no volvemos a tener noticias de ella hasta que un día llega una carta en la que se dirige a él como Mi pequeño. En esa carta le cuenta que está en Tánger, le dice No sé si alguna vez volveré. Depende de mi horrible madre, y, al despedirse, lo hace con estas palabras: Toda la culpa fue mía. Perdóname.

Pensando en la mamá de Joanna, el  narrador recuerda esto: …estaba pletórica, todo su interés, toda su energía, la acaparaba su hijo y simplemente no tenía tiempo para atenciones extra. La madre de Joanna, ahora lo veo, pertenecía a esa estirpe de mujeres que convierten el amor maternal en un yugo y que, para mantenerlo en las distintas etapas vitales de sus hijos, van modificando intuitivamente sus estrategias en pos de un irracional objetivo: que estos nunca se emancipen emocionalmente, que la dependencia que los unió a ellas desde su nacimiento y hasta que empezaron a ser autónomos, se perpetúe en su madurez. Madres hiperprotectoras, madres confidentes, madres cómplices, madres castradoras, madres que aspiran a ser las mejores amigas de sus hijos, madres esposas… La estela es amplia, la máscara con la que se presentan no siempre es igual, la gradación varía. Sin embargo, en todas late un instinto primitivo, algo oscuro, animal, que las conecta con épocas lejanas, prehistóricas, en las que la familia era el grupo y los individuos que ya no eran útiles necesitaban tener alianzas para asegurarse la supervivencia. Y, más adelante, pensando en Joanna, en cómo era y en las cosas que hacía y que él no entendía, el narrador recuerda esto: La paciencia de su madre con ella era tanta, tan buena su predisposición pese a los desplantes, que las invisibles faltas frente a las que Joanna reaccionaba todavía lo parecían más en comparación con la desproporción de su reacción, y, en consecuencia, la necesidad de expiar sus excesos, cuando no el arrepentimiento, alimentaban permanentemente el vínculo, lo incrementaban mediante los pagarés de una deuda que nunca terminaba de ser pagada porque crecía siempre en la misma proporción.    

Hacia el final, el narrador nos pone al día con su vida. Fui a la universidad, e hice una de esas carreras, no reconocidas con ningún título académico, que consisten en pasar por los primeros cursos de varias facultades. Han pasado más de veinte años desde la última vez que vio a Joanna, ahora vive en Madrid, es padre de dos hijas y trabaja en la radio como locutor de un programa que recibe llamadas-denuncias telefónicas de gente con necesidad de desahogarse y que no puede ir al psicólogo. Una noche, atiende la llamada de una chica que habla sobre su padre, y dice esto: Me habló de masajes que su padre le daba de niña, sentado a horcajadas sobre ella, de su pene erecto, presionándole la espalda desnuda, cuando él se echaba hacia delante para frotarle los hombros… Me habló de una hermana menor, por la que llamaba, a la que descubrió sentada desnuda con él en un sofá… El narrador-locutor trata de que esta mujer haga pública la denuncia, pero ella sólo dice: Sé pero no he visto. Discuten por un momento y aunque sabe que debe dar paso a otras llamadas, el tipo insiste con más preguntas hasta que sucede esto: Entonces se remontó a la estrecha relación que su padre mantenía con su propia madre, su abuela, y a su sospecha de que fue esta la que lo había iniciado en las costumbres contra natura que reproducía con sus hijas, y me habló de una hermana de su padre, a la que nunca conoció, que, según le había relatado una vieja tata que aún vivía en Fort-de-France, había consumido la totalidad de su corta vida huyendo de él. Hasta que, a punto de casarse con dieciocho años, horas después de descubrir en la cama de su madre a quien iba ser su marido, había rasgado una sábana de esa misma cama, había atado un extremo a su cuello y otro al balcón y había saltado.

Sin que MGT lo mencione, sabemos que Joanna muere a los dieciocho años, ahorcada, su cuerpo meciéndose de un lado para el otro como un péndulo bajo el balcón de la habitación de su madre; confirmamos que su madre y su hermano se querían de todas las formas y en todas las posiciones; suponemos que su hermano trató de acostarse con ella y que, quizás, lo hizo más de una vez; asumimos que, gracias a los cariños de la mamá de Joanna, ese hermano se ha convertido en un hombre sádico y traumado y salvaje, un cobarde depredador sexual que abusa de sus propias hijas; nos enteramos de que la mamá de Joanna se acostó con quien tal vez era su única manera de escapar y sólo nos queda imaginar con terror qué otras cosas semejantes ocurrieron entre ellas. Sin que MGT lo mencione, vemos a Joanna rasgando la sábana todavía caliente, enrollándola en su cuello, atando el nudo. Vemos a Joanna llorando.