1.20.2015

Literatura en la obra de Dolly Parton


En 1971, cuando tenía 25 años, la diva country Dolly Parton lanzó Coat of Many Colors, su octavo álbum como solista. El título viene de la Biblia Hebrea, donde se dice que José se cubría el cuerpo con lo que pudo haber sido una túnica o un vestido hecho con retazos de varias telas, o sea, “un abrigo de muchos colores”, que vendría a ser el nombre del disco en español. Parton, que ha escrito más de 3,000 canciones en casi 50 años de carrera, escribió en ese disco por lo menos dos de las historias más retorcidas que he escuchado últimamente.

El country, como el rap, es un género de canciones-relato en primera persona, de letras con argumento narrativo y muchas veces testimonial, autobiográfico, sangriento. (Me gustaría decir lo mismo del rock, pero haciendo números capto que el rock se ha permitido demasiadas licencias poéticas y místicas y anarquistas como para poder decir algo así) En cambio el country, que se relaciona con sociedades rurales, folk y poco sofisticadas por no decir rednecks ignorantes; con hombres que viven en casas rodantes, cazan venados, toman Budweiser y golpean a sus mujeres, se construye con prosa del tipo realismo sucio. Quizás por eso sus letras son, en esencia, chismes. Y, ya lo dijo Truman Capote: toda literatura es chisme.

Coat of Many Colors abre con el tema homónimo, más bien lento, en el que Dolly Parton recuerda una infancia pobre y evangélica en la que, se supone, su madre le cosió un abrigo de muchos colores del que ella estaba orgullosa pero del que sus compañeros de escuela se burlaban. So, with patches on my britches, holes in both my shoes, in my coat of many colors, I hurried off to school. Just to find the others laughing and making fun of me, escribe Parton como quien extiende el brazo y abre la palma de la mano para pedir una moneda. La canción es así, cursi, lastimera y descalifica a la narradora exponiéndola como una pobre víctima del bullyng. Pero si pensamos en el disco como si fuera un libro, una novela en la que un mismo personaje atraviesa varios capítulos, lo que pasa con esa madre y esa hija más adelante es perturbador y hasta justifica la vergüenza ajena de la primera canción.

En Traveling Man, el segundo tema del disco, algo más embalado, esa niña ya es una adolescente y tiene un romance con un hombre mayor, un vendedor puerta-a-puerta que de vez en cuando pasa por su pueblo y, claro, le vende cosas a su madre. En lo que podríamos llamar el segundo acto de la canción, la chica nos habla con orgullo y vanidad de cómo mantiene su aventura sin que su madre (ojo, su madre, no su madre y su padre sino sólo su madre) sospeche. De hecho, la relación con su padre o con una figura paterna no se menciona en ningún momento del disco, el country de Dolly Parton es matriarcal en todo sentido: el único lazo que vale y que importa y que duele es el madre-hija aunque quizás sea la ausencia del padre la que hace que la hija caiga en tantas trampas sentimentales. (¿Dónde está papá?, ¿las abandonó?, ¿está en la mitad del bosque cazando venados y tomando Budweiser con sus amigos? ¿Brokeback Mountain?) Hacia el final de la canción, la protagonista se pone de acuerdo con su amante para huir a escondidas del pueblo. Se citan un sábado, pero el hombre no aparece. ¿Dónde está?, camino hacia quién sabe dónde con la madre de la chica. Y Parton, con más ironía que tristeza, canta: Oh, that traveling man was a two-time lover. He took my love, then he took my mother. De pronto, los personajes más interesantes son la madre y el vendedor, ¿desde hace cuánto se acostaban?, ¿sabía la madre que su amante era también el amante de su hija?, ¿hablaban de ella en la cama?  

Para cuando llegamos a If I Lose My Mind han pasado ya varios años en el disco-libro. En este capítulo, la adolescente de Traveling Man es una mujer joven que se ha casado con un hombre que la decepcionó y vuelve a casa de su madre (ojo, de su madre, no de su padre y su madre sino sólo de su madre) buscando eso que las madres, sean como sean, nunca dejan de ser. Mama, can I be your little girl again?, pregunta Parton y la sensación es clara: estás solo, herido, te sientes como un niño perdido y lo único que quieres es volver a casa y que alguien se haga cargo de ti. El hombre con el que se casó, dice ella, la obligó a ver cómo él amaba a otra mujer y quiso que ella amara a otro hombre, es decir que intentó involucrarla en una orgía de la que ella logró escapar no sabemos cómo. Pero esto no es aterrador ni creo que haya sido escandaloso en 1971. El horror viene con las líneas finales del tema. If I lose my mind, Mama, I wanna be here with you. Have them lock me up and see I have good care… I was afraid of what I’d do if I stayed there. ¿De qué habla Dolly Parton cuando dice que esa chica, su personaje, tiene miedo de perder la razón y le pide a su madre que en caso de volverse loca la encierre en un manicomio donde la traten bien? ¿De qué hubiera sido capaz si se quedaba con ese hombre? ¿De entrar en una orgía perpetua y, de ahí en adelante, convertirse en la esclava sexual y moral de su esposo? ¿Lo habría matado? Ella no lo sabe, pero lo intuye. Ella, que tiene miedo de sí misma porque no sabe hasta dónde podría llegar. Y nosotros nos quedamos pensando en ella, imaginando su vida después de la canción, más allá de la canción. Pensamos en ella y nos preocupamos por ella como si estuviera viva. Eso es literatura.   

(SoHo)