9.21.2015

¿Quién pagará por Houellebecq?



El año pasado, después del estreno en festivales de L’enlèvement de Michel Houellebeqc (El secuestro de Michel Houellebeqc), el escritor francés dijo que no, no se había preparado ni siquiera un poco para interpretarse a sí mismo en una película y no, tampoco tenía miedo de que el resultado final fuera una caricatura pues ya antes, en sus libros, se había caricaturizado bastante. En todo caso, el que tiene que prepararse es el público: nadie está del todo listo para una cinta como esta.

L’enlèvement de Michel Houellebeqc tiene un momento, por lo menos al principio, de total y absoluta duda. ¿Es una película? ¿Son actores? ¿Es una broma? Es fácil intuir que Guillaume Nicloux, el director, no es un principiante ni mucho menos: aunque al parecer no hayan otras fuentes de luz que las naturales, los encuadres son limpios, cuidados, escogidos, y juntos componen un look bastante definido. Ahora bien, dicho esto, todo lo demás bordea el humor del absurdo y el existencialismo terrenal.

La trama es sorprendentemente simple. Luego de unas pocas secuencias en las que se establece la que podría o no ser la rutina diaria de Houellebeqc, el autor es –fácil y hasta torpemente– secuestrado por tres hermanos gitanos que parecen extras mal pagados en una película de Guy Ritchie. Los secuestradores, entonces, llevan al rehén no a un sótano ni a una fábrica abandonada ni a una cabaña en las afueras de París: lo llevan a casa de sus padres y, con el paso de los días, Michel se vuelve parte de la familia.

En Hollywood esto sería Misery al revés, una versión de Stephen King apta para todo público en la que el Síndrome de Estocolmo serviría para detonar carcajadas. Pero esto, aunque se trate de una de las comedias más graciosas que haya visto últimamente, no es Hollywood. La austeridad de la producción, cercana al documental de bajo presupuesto, cubre la historia de un tono doméstico que resulta tan chistoso como incómodo y hasta peligroso. Hay una escena en la que los gitanos tratan de enseñarle llaves de artes marciales y él –flaco, bajo, con esa cara de bruja y el cigarrillo siempre encendido– maniobra la situación como un Buster Keaton con parálisis facial. Y otra en la que, varias copas mediante, Houellebeqc se pone eufórico y grita que él y sólo él tiene autoridad para hablar de literatura y como la cámara no se mueve parece que esto no es una película y que alguien saldrá herido, herido de verdad; el momento es tan efectivo que a uno le dan ganas de irse a su cuarto hasta que la discusión termine.   

Y hay, en el guión o en la improvisación de Houellebeqc, una broma constante. Como los gitanos se niegan a darle información sobre la gente que los contrató para secuestrarlo, el rehén, cada tanto, insiste en una misma pregunta, ¿quién pagará por mí? Lo dice muy en serio. No concibe la idea de que alguien pague dinero por su libertad: sabe que sus detractores, que no son pocos, quisieran verlo muerto pero que no le pagarían a nadie para que lo asesine, así como sus fanáticos no podrían reunir la cantidad necesaria para tramitar un rescate. Uno de los gitanos le dice, como para que ya no joda más, que el presidente François Hollande hará el desembolso, pero ante una afirmación como esa Houellebeqc sólo se puede reír y aceptar con resignación que estará encerrado quién sabe cuánto tiempo.

El misterio se sostiene hasta el final y es una de esas cosas que nunca sabremos. ¿Quién ordenó secuestrar a Houellebeqc? ¿A quién le pareció que era una buena idea? ¿A quién podría importarle o servirle como pieza política un escritor como él? El mérito de la cinta, su propósito, su razón de ser, es poner en una situación ordinaria (esta palabra, en estas condiciones, funciona casi como antónimo de sí misma) a un artista que de ordinario no tiene nada y, así, obligarlo a lidiar con la realidad. Y sí, es cierto, quizás la película sea mejor o mucho mejor desde los ojos de un escritor o de un fan: sin duda, desde ahí, desde aquí, la cinta gana varios puntos. Pero pocas veces un intelectual ha sido tan divertido. Supongo que es porque no se lo propuso.