2.15.2016

El Síndrome de Fregoli



I wish I was like you
easily amused
  – Kurt Cobain  

Anomalisa, la nueva película del escritor y director Charlie Kaufman, se estrenó a comienzos de septiembre del año pasado en el Festival de Cine de Venecia, donde ganó el Gran Premio del Jurado. Días más tarde se proyectó por primera vez en Norteamérica, en el Festival Internacional de Cine de Toronto, donde ganó el premio de la FIPRESCI (federación internacional de críticos de cine). Después de esa función, hubo un conversatorio en el que un miembro de la audiencia le dijo a Kaufman, La forma cruda en la que su trabajo captura las emociones es algo que se ha perdido en las grandes producciones de Hollywood, ¿es un problema de consumismo?, ¿es el público?, ¿son los productores?, ¿es un problema?

Kaufman respondió con una seguridad que, se nota, es el resultado de quince años escribiendo guiones que se juegan el todo por la nada. Es un problema circular. La gente que hace películas ve cosas que funcionan, continúa haciendo estas cosas porque continúan funcionando y esto se convierte en un ciclo: todo lo demás queda excluido. Y cuando empiezas a hacer películas gigantes que cuestan, no sé, cien millones de dólares o más, tienen que funcionar y tienen que ser convencionales porque nadie va a gastar esa cantidad de dinero sin tener alguna seguridad de que le irá bien. Al mismo tiempo, si haces una película de superhéroes a la que debería irle bien, pero no funciona, no pasa nada, pero si haces una película a la que todo el mundo cree que le irá mal, y te arriesgas, y te va mal, te quedaste sin trabajo, así que todos están asustados. Es una mierda. Es una mierda para el público, es una mierda para los cineastas y es algo desafortunado para la sociedad: la gente está siendo alimentada con cosas que no tienen sustancia. Luego levantó los hombros y arqueó las cejas como si no hubiera nada que hacer al respecto. Pero sí que lo hay. Él lo está haciendo.

En el 2005, cuando escribió el guión bajo el pseudónimo Francis Fregoli, Anomalisa formaba parte del Theatre of the New Ear, proyecto creado por el músico Carter Burwell (compositor ad eternum de los hermanos Coen, Spike Jonze y, todo hay que decirlo, la mente detrás de la banda sonora de la saga Crepúsculo), que montó tres obras en Los Ángeles, Nueva York y Londres en formato radio teatro, es decir, con música en vivo, efectos de sonido hechos a mano y el reparto de actores recitando sus líneas sentados a una mesa, detrás de un micrófono. De hecho, Charlie Kaufman se había prohibido a sí mismo adaptar Anomalisa al cine porque le parecía que la experiencia sólo podía atravesarse entera si se caminaba a oscuras, sintiendo con las orejas, hasta que Duke Johnson, co-director de la cinta, un tipo veinte años menor que él y venido de la televisión como el propio Kaufman, le propuso hacer la película en stop-motion y con marionetas. Entonces, el autor de Adaptation y la en todos sentidos grande y aún incomprendida Synecdoche, New York, vio la oportunidad para aplicar dos de sus principios más radicales. 1) Tomar riesgos es mi trabajo, lo que me siento en la obligación de hacer. 2) Si lo que haces no tiene la posibilidad de fracasar, no estás haciendo nada nuevo. 

Según la Enciclopedia de esquizofrenia y otros trastornos psicóticos (gran título para una serie), el Síndrome de Fregoli es una especie de delirio monotemático. El paciente cree que todas las personas que lo rodean –todas, en cualquier lugar, en cualquier momento– son en realidad una misma: un individuo omnipresente que se disfraza para perseguirte. La enfermedad se trata con medicinas, en su mayoría, antipsicóticos, anticonvulsivos y antidepresivos.

Al comienzo de Anomalisa, Michael Stone, el personaje principal, toma una pastilla blanca mientras el avión al que se embarcó en Los Ángeles se aproxima al aeropuerto de Cincinnati. Luego lee la carta de una persona que lo amó y a quien él abandonó hace más de diez años. La carta no suena en la voz de Michael sino en la voz de otro hombre, y uno piensa que quizás Michael es homosexual pero igual se casó con una mujer y tuvo una familia y ahora, triste y arrepentido, ha vuelto a Cincinnati para recuperar a su verdadero amor o algo así. Pero no. La voz de la carta es la misma voz del tipo que está sentado al lado de Michael en el avión, la misma voz del recepcionista del Hotel Fregoli, la misma voz de la esposa de Michael y la misma voz de su pequeño hijo porque en Anomalisa todo el mundo tiene la misma voz y hasta el mismo rostro.

Bastan unos pocos minutos dentro de la cinta para saber que el planeta Kaufman, por fin, orbita de nuevo alrededor de nuestros ojos.

Michael Stone es el autor del best-seller How May I Help You Help Them?, un manual de negocios para aquellos que trabajan en eso que se conoce como atención al cliente: quienes lo han leído dicen que los consejos de Stone han aumentado la productividad de sus empresas en un 90%. Tratándose de una película de Kaufman, la paradoja es una marca registrada: Michael Stone puede ayudar a los demás pero no puede ayudarse a sí mismo, un cliché que en las manos correctas aparece como un gran descubrimiento neurológico.  Michael es una persona profundamente deprimida, incapaz del asombro, casi muerta. Michael Stone no se soporta y en una de sus escenas más vulnerables –esos momentos Kaufman– pierde la compostura, lo pierde todo, y grita I’m just trying to understand! Aren’t we all?

Lisa, la más fanática de sus groupies, aparece como un rayo de luz, así de brillante, un poco menos efímero: a ella le parece asombroso que Brasil sea el único país de Latinoamérica donde hablan portugués –algo que, dicho sea de paso, debe asombrar a varios estadounidenses– y su canción favorita es Girsl Just Wanna Have Fun, el clásico ochentero de Cindy Lauper, porque es una canción tan buena: quiero ser la que camina bajo el sol, esa línea define perfectamente quién quiero ser. La feliz ingenuidad de Lisa es conmovedora desde el primer momento y llega a su punto más alto cuando ella canta su versión a capela de Girls…, nunca pensé que ese tema pudiera emocionar tanto o, mejor dicho, emocionar de esa manera: estremecer. Lisa, que se siente anormal en este mundo, aún puede encontrar belleza en las cosas que la rodean. 

Michael y Lisa se conocen. Se toman varios tragos en el bar del hotel. La voz de Lisa no es la voz de los demás, es una voz nueva, es la única voz que Michael puede distinguir. La voz de Lisa es la promesa de una vida distinta. Pero Michael sigue siendo Michael, se ha quedado sin sustancia, y aunque lo intenta, vaya que lo intenta, no hay mucho que pueda hacer al respecto.

(El Comercio)