6.13.2016

El triunfo de la voluntad


It keeps you running

- Jackson Browne -

Cuando uno escoge ver un documental que se llama We Are Twisted Fucking Sister! asume un par de cosas: un grupo de pelados de los suburbios gringos se la toma en serio, adopta la estética y el sonido correctos en el momento correcto, trepa en la efervescencia de una década frívola, la pega, la rompe, tienen un hit increíble, alguno o varios de esos manes tienen problemas con el alcohol y las drogas, alguno o varios de esos manes nunca conocieron a sus padres y se entraban a puñetes con los novios de sus madres, alguno o varios de esos manes se casan con una modelo que también es actriz, todos se divorcian, en cierto momento la banda se desintegra o está a punto de, luego vuelven, se desintoxican y graban su mejor disco y cuando parece que vivirán para siempre los 80’s se acaban y ellos terminan tocando en bares donde venden alitas de pollo. Y todo bien: no puede haber demasiadas biopics de rockeros. Pero lo mejor de esta cinta, escrita y dirigida por el casi anónimo Andrew Horn (The Nomi Song), es que los momentos que damos por sentado, esas escenas que podemos adivinar y predecir, nunca llegan. Uno espera ese primer concierto gigante donde tocan We’re Not Gonna Take It para cientos de miles de personas y conquistan el mundo, esa entrevista donde alguien dice queríamos experimentar con nuestro sonido, madurar como músicos, pero la gente sólo quería escuchar la puta We’re Not Gonna Take It, pero esa canción nunca suena.   

We Are Twisted Fucking Sister! ocurre entera antes de la fama. Aunque arranca con un prólogo bastante convencional, la banda en un show emblemático y enseguida un flashback hacia los años de formación, toma un camino poco común que se va revelando a medida que la historia avanza sin avanzar realmente y pensamos bueno, y estos manes, ¿a qué hora es que la van a reventar? Andrew Horn se la juega como los grandes y hace de toda la película un segundo acto que se alarga como una conversación que empieza en la noche y termina en la madrugada. El guitarrista Jay Jay French y el cantante Dee Snider, que dicho sea de paso son abstemios, toman el control del grupo, toman la decisión de ser músicos profesionales y darle con todo. Twisted Sister conquista un circuito nada despreciable de bares en todo el país, forman una base importante de fans e inesperadamente inspirados en Bowie, Lou Reed y The New York Dolls llevan el look glitter al siguiente nivel. Twisted Sister arranca tocando covers de Mott The Hoople pero también de AC/DC y de Zeppelin y sus conciertos están llenos de provincianos que sólo quieren escuchar covers y tomar cerveza. Twisted Sister camufla sus propios temas entre el repertorio y alguien pregunta de quién es esta canción y alguien más responde no sé, pero sí la he escuchado. Tocan para 10 personas y luego para 500 personas y después para 2000 personas y creen que el siguiente paso, el eslabón lógico en la biografía de una banda de rock, es tocar para un millón de personas. Pero no.

La historia de Twisted Sister es también la historia de una maldición. Cada vez que están a punto de conseguir un contrato con una disquera pasa algo terrible: el guitarrista se desmaya y termina en el hospital, el ejecutivo que les ofreció un contrato nunca vuelve a aparecer, el sello que finalmente los graba se declara en bancarrota –literalmente– al día siguiente de haberlos firmado. Mientras tanto, como todos los que se parten el lomo trabajando porque creen que al final de todo ese esfuerzo habrá una recompensa, porque me dijeron que si me sacaba la puta la vida me iba a premiar, Twisted Sister toca seis, siete veces a la semana en esos bares en los que están cansados de tocar y les ordenan a sus fans que los destruyan y sus fans arrancan los excusados del piso y los inodoros de las paredes y los ductos de aire acondicionado del techo. Los fans se llaman Sick Motherfuckers y sí, claro, están un poco enfermos y seguramente más de uno tiene sexo con su madre. En sus mejores noches destruyen afiches de Saturday Night Fever y fotos gigantes de John Travolta. Entonces sabemos que el director también está filmando la historia de los fans porque qué es una banda sin la gente que se aprende sus canciones, nada o menos que nada, un grito que se despliega en el espacio y que luego tiene que recogerse a sí mismo para guardarse en el vacío. Y qué es una persona sin una banda, poco menos que un cuerpo sin alma. La gente quiere que sus bandas triunfen porque alguien tiene que triunfar, chucha, alguien, alguno de nosotros, ellos.

Todo esto sucede más o menos entre 1972 y 1983, más de diez años pensando para qué chucha seguimos tocando para qué chucha seguimos tocando para qué chucha seguimos tocando, y ocurre, también, en dos formatos: los testimonios de los miembros de la banda, que son los primeros en sorprenderse con su propia historia, y toneladas de material de archivo, se nota que Twisted Sister grababa todos sus shows para enviárselos a disqueras multinacionales porque además alquilaban limosinas para que los duros fueran a sus conciertos y hasta hacían shows privados con todo el maquillaje, todas las luces y todo el repertorio para una sola persona si era necesario. Es más, ellos mismos, no la disquera, no los promotores de un concierto, no los publicistas sino ellos mismos, compraban tiempo en el aire a las radios para que pusieran sus canciones. Lo que pasa es que tenían todo en contra: decir que su música era genérica e insegura, que no terminaba de superar el cambio de década y al mismo tiempo se desesperaba por predecir el futuro, es llenarla de halagos, y decir que sus letras eran los diarios de un adolescente que quiere convencerse de que tiene más problemas de los que realmente tiene sería decir que eran como los poemas de Rimbaud. Pero esta no es una historia sobre música ni sobre arte ni mucho menos sobre vanguardia, esta es una variación del viaje del héroe que jamás se les habría ocurrido ensayar a Carl Jung o a Joseph Campbell: los héroes que siguen ahí cuando los demás se han ido, cuando hacer lo que hacen significa una manía grotesca y ridícula, cuando tus amigos han seguido adelante con su vida, han crecido, y tú insistes en ser eso que dijiste que eras cuando eras chiquito. La alegría está en la lucha, dijo Ghandi.

Andrew Horn, el director, entiende que hay mitos que superan a los personajes, que se aprovechan de nosotros para existir porque mal que mal una historia necesita un protagonista, y es así como filma. Sin excesos ni estridencias, algo que debe ser difícil tratándose de una banda que corrió toda su carrera con tacones y delineador. Tampoco hay, y esto es aún más admirable, el deseo morboso de hundir el dedo en la herida y bañar al público en sangre. Muy al contrario, la estética propia del documental es sobria y respetuosa y uno capta desde el principio que quien sea que esté contando esto se lo toma en serio: esta circunstancia une al director con la banda, como si estuviera diciendo para ellos nunca fue una broma. Incluso los testimonios se sienten como las observaciones lúcidas de un grupo de viajeros en el tiempo. Jay Jay French, el guitarrista, es un poco rudo y cabreado y quizás tenga cuentas pendientes con la vida, pero nunca tanto como para producir una mentira porque ni falta que le hace. Mientras que Dee Snider, el cantante, el compositor, practica sus anécdotas con una claridad estructural tan refinada que sólo nos queda pensar que, después de Twisted Sister, pasó una temporada en una escuela de refinación en Suiza. La gran lección aquí sería que una buena historia no requiere mayor intervención, que el verdadero trabajo de un artista es hacerse a un lado de su propio camino y dejar que aquello que lo emocionó pueda encontrarse con los demás.