9.20.2016

Mi cineasta europeo favorito


Al final de Hollywood Ending, Woody Allen modelo 2002, un director de cine que acaba de rodar una película completamente ciego, sin ver un solo cuadro, se encuentra con la crítica en los periódicos: en los Estados Unidos la cinta es un fracaso y lo acusan de haber perdido no sólo el talento sino también la razón (esto último es, en parte, cierto: la ceguera es psicosomática), pero en Francia es recibida como una obra de arte vanguardista, una especie de profecía que adelanta el futuro del cine mundial. “Aquí soy un vago, pero allá soy un genio”, dice el director. Y luego se muda a París.

El doble sentido de la broma es doblemente efectivo: por un lado nos reímos de los franceses, de lo tan en serio que se toman el cine, de sus críticos y de sus espectadores, porque sólo una moral snob y ególatra como la franchute, adicta a lo incomprensible, podría enorgullecerse de adorar la película de un director ciego; y por otro encontramos una reflexión que tiene harto de documental autobiográfico. Se sabe que desde hace mucho, acaso desde el principio de su carrera, Woody Allen ha sido mejor recibido por el público europeo que por el norteamericano. Debe ser el doblaje, ha dicho el gran Woody más de una vez.

Pero no, no es el doblaje, es algo muy anterior, una marca de nacimiento, casi. Woody Allen, que empezó a escribir chistes de manera profesional a los 16 años, se hizo adulto –y hombre, y cineasta– viendo películas europeas en los cines de su barrio, en Brooklyn, desde finales de los 50’s, y su obra, su voz y su mirada, son una mezcla de esas experiencias (de)formativas y, claro, del arte mayor de los hermanos Marx y Bob Hope. Entre sus películas favoritas de todos los tiempos están Los 400 golpes, de Truffaut; de Fellini; El ladrón de bicicletas, de de Sica, La gran ilusión, de Renoir; y El séptimo sello, de Bergman, este último es su cineasta de cabecera y aunque no parezca el que más y mejor ha plagiado a la hora de escoger los temas que martirizan sus guiones.

En el libro de conversaciones con Eric Lax, uno de sus biógrafos más apasionados y testarudos, Woody Allen repite, una y otra vez, que las películas que más quiere y admira, las que vuelve a ver cada tanto, son dramas europeos, y que si escogió dedicarse a la comedia fue porque no tenía el talento suficiente como para hacer películas “serias”. Esto no es tan cierto. Cintas como Interiors, Stardust Memories, September, Another Woman, Crimes and Misdemeanors, Husbands and Wives, Deconstructing Harry y Match Point, que parecen los consejos de un discípulo de Bergman a un fanático de Fellini, muestran a un cineasta obsesionado con mostrar el lado más frágil de sus personajes, esas esquinas que se doblan y se rompen, donde quedan expuestos a sol y agua el pellejo del alma y los mecanismos del corazón.            

Esas ganas de mirar donde nadie quiere mirar y de decir cosas que preferimos guardar en la oscuridad de nuestro interior hasta que desaparezcan, transgrediendo siempre las costumbres de la narrativa cinematográfica e insistiendo en los mismos discursos película tras película, son una clara herencia del cine europeo: Woody Allen le robó a sus ídolos la capacidad de incomodar a la gente y de hacernos pensar contra nuestra propia voluntad. Su tema es siempre el mismo y viene del amor por las novelas rusas del siglo XIX: ¿qué sentido tiene vivir si la vida misma no tiene ningún sentido? Aquí la respuesta del mismo Woody en Manhattan: Groucho Marx, Willie Mays, el segundo movimiento de la Sinfonía de Júpiter, la grabación de Potato Head Blues de Louie Armstrong, las películas suecas, La educación sentimental, de Flaubert, naturalmente, Marlon Brando, Frank Sinatra, las increíbles manzanas y peras de Cézanne, los cangrejos de Sam Wo’s, la cara de Tracy. Woody Allen ha pasado casi 50 años respondiéndose esta pregunta, no lo ha conseguido, pero vaya que nos ha dado razones para seguir viviendo.

Nada de esto hubiese sucedido sin esas primeras películas que vio de joven y que lo marcaron y enrumbaron su camino. Porque uno no es ni tiene que ser el resultado de aquello que lo rodea ni mucho menos eso de donde vino: uno es, termina siendo, eso adonde va, eso a lo que llegó, eso en lo que se convirtió tratando de convertirse en sí mismo.

(Eurocine 2016 / Ochoymedio)