11.18.2010

New York City


Hace un par de días fui a almorzar con un amigo a un restaurante en Soho, downtown New York. Él es ecuatoriano, lleva viviendo acá un año, o más, y está feliz, sin planes de moverse, con ganas, incluso, de quedarse para siempre. “Nueva York es la única ciudad que te permite ser quien realmente quieres ser”, me dijo. Esa frase, esa afirmación, sigue rebotando entre las paredes de mi cerebro. ¿Cuánto influye la ciudad en la que vives a la persona que eres? ¿Mucho o poco? ¿Todo o nada?

Mi amigo, que es diseñador gráfico de profesión, músico practicante y artista multimedia en ciernes, me decía que lo más importante, la razón para vivir aquí y no en ninguna otra parte del mundo, es el roce con otras personas de la misma onda, estar expuesto al trabajo de otros artistas que, como él (¿cómo todos?), vinieron a NYC para transformarse en la clase de artista que puede vivir del arte, de producir y consumir arte, cosa que en nuestro país, en nuestros países, todavía resulta ser un camino cuesta arriba. Y sí, la verdad es que una ciudad como esta te inspira y te mueve y te acelera pero, sobre todo, te expone, a los mejores conciertos, las mejores películas, el mejor teatro. Mi amigo, por ejemplo, está haciendo un documental sobre la banda venezolana Los Amigos Invisibles, radicada en USA, y fui con él a entrevistar a David Byrne, sí, el mismo, el Psycho Killer de Talking Heads que adoptó a Los Amigos… en su sello de world music. Fuimos a su estudio, repleto de discos, libros y piezas de arte medio freak, y mientras mi amigo hacía su trabajo yo pensaba wow, sí, esto es lo que quiso decir. Only in New York.

Ayer, mientras esperaba a alguien en la puerta del Barnes & Noble de Union Square (cuatro pisos llenos de libros), vi a Paul Auster bajar de un auto negro con su esposa, la escritora Siri Hustvedt. Se prendió un cigarrillo y se acercó a la vitrina de la librería como quien se acerca a un espejo. Yo me acerqué luego y entendí, su rostro estaba en la lista de los events of the week. Resulta que iba a leer partes de Sunset Park, su flamante nueva novela, y a firmar ejemplares. Por supuesto que entré y lo escuché y compré la novela y ahora tengo su autógrafo. Pero, mientras Paul Auster leía capítulos que suceden en Brooklyn, yo miraba alrededor, pensando cuántos de esos, como yo, se creían más o mejores escritores por estar escuchando al autor de La Trilogía de Nueva York en vivo. Cuántos de esos, como yo, se creían más o mejores escritores por tener una moleskine en el bolsillo, del lado del corazón. Cuántos de esos habían ido a ver a Paul Auster para sostenerse, para aguantar un poco más hasta que les llegue el momento, para reafirmar su moral y fortalecerse. Cuántos de esos estaban escribiendo en Nueva York porque si escribes en Nueva York puede que te conviertas en Paul Auster.

Conozco gente que ha descubierto que su vocación, su verdadera vocación es vivir Nueva York. Esa gente prefiere morir peleando aquí a la posibilidad de triunfar en su país de origen, aunque eso signifique perderse en el anonimato de una ciudad donde todos, más o menos, viven intentándolo y, de alguna manera, ganan simplemente por el hecho de vivir aquí y seguirle el ritmo a una ciudad que no espera. Pienso en Shortbus, esa declaración de amor en forma de película que John Cameron Mitchell le dedicó a NYC, en las escenas en las que la gente se ama sin reservas y se mezcla y se funde y, finalmente, se acompaña.

4 comentarios:

Raul Farias dijo...

Quien como tú viejo que va pa New York y conoce a Paul Auster...

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

Que post tan bacan!

Juan Fernando Andrade dijo...

RF,

no lo conocí, d hecho, me puse tan nnervioso q no pude decirle nada, sólo verlo como freak cuando me firmaba el libro!!

E,

estamos para servirle.


saludes

Anónimo dijo...

Si me conmovistes

f.p