12.19.2011

Alaska en Nueva York


Por Juan Fernando Andrade

Fotos de Catalina Kulczar-Marín

Alice Lizza está desesperada. Es joven, es rubia, es exactamente lo que parece, la conductora de un programa de televisión llamado Alice Nella Città (Alice en la ciudad) que se transmite por la Rete 8, en Italia. Lleva boina, tacos y vive en Roma, pero hoy está en el deli de Journal Square, una estación de trenes en Nueva Jersey, rodeada de gente que come pizza, toma café y lee el periódico, tranqui, sin apuro, al ritmo de un sábado por la mañana.

Mira, dice en su inglés cargado de acento, cuando llegue a Italia voy a editar el video y te lo mostraré, si algo de lo que dices o haces no te gusta, podemos arreglarlo, cortarlo, sacarlo, no problem. Se lo dice a Mike Alaska, el músico que ella quiere convertir en el personaje principal de uno de sus episodios. Mike es alto, más blanco, que el blanco, lleva una chaqueta de cuero azul y cada vez que se mueve los tatuajes que tiene en la nuca y en los dedos se mueven con él. Mira, dice Mike, por una entrevista cobro usualmente cien dólares, si quieres que salga tocando en un video son como otros doscientos, cuando hago un show cobro por minuto, por minuto, como sesenta dólares, eso son sesenta dólares cada sesenta segundos, ¿entiendes?, si voy a darte mi imagen para que la lleves a otro país y te hagas famosa voy a necesitar un contrato y algo de dinero. ¿Por qué no me lo dijiste antes?, pregunta Alice, luego se pone de pie y habla con Nico y Francisca, dos compatriotas suyos que estudian cine en la New York Film Academy y son su equipo técnico en América. Mike pela una banana y destapa un jugo de cereza, desayuna igual que los demás. Yo estoy sentado a su lado, callado, nervioso. Con ganas de más.

Alice regresa a la mesa, tiene cuarenta dólares en su bolsillo y es todo lo que puede pagar, aún no sabe si Rete 8 va a comprar el reportaje. Mike ríe como diciendo no me jodas: no hará nada por menos de doscientos. Incluso les pide a los estudiantes que apaguen las cámaras. No estamos grabando tu performance, estamos en un deli. Igual, no hagan eso ahora, por favor. Alice dice he estado en Nueva York dos meses y ya no tengo dinero, doscientos es demasiado, el equipo está listo para hacerte una entrevista y ellos trabajan gratis, sólo quieren hacer algo bueno. La razón por la que te traje hasta aquí, dice Mike, la razón por la que lo traje a él –me mira por un segundo– hasta aquí es para que documente a esta gente que viene de Europa y me graba y me pone en sus shows y no me ofrece nada, me dicen cuando esto reviente vamos a hacer mucho dinero y luego van al Festival de Sundance y yo no recibo una mierda. Lo de la revista está cool –vuelve a mirarme–, pero si quieren audio y video, eso es otra cosa.

Alice le sube el volumen a su voz, ella y Mike parecen una pareja de novios tratando de arreglar algo que no tiene solución. Quiero hacer un perfil sobre ti, tu arte, tu pasión, en Italia la gente me ruega que la entreviste, probablemente no te importa porque no te interesa la televisión italiana pero… Mike la interrumpe, ¿cuánto te costaría llevarme a Italia?, le pregunta. Lo haría si el canal ya estuviera interesado en ti, en ese caso ellos pagarían todo, pero estás en Nueva York, muy lejos de Italia. Mike Alaska levanta los hombros y sentencia: en el futuro, recuerda que si quieres que alguien haga un show para llevarlo a tu país eso te va a costar. Se hace un silencio y después de un suspiro que termina en el piso manchado del deli Alice dice OK, no me hago rollo, seguro conseguiré otras entrevistas.

Federica y Nico guardan cámaras y micrófonos en gruesos estuches negros y cuando están listos para irse, cuando lo han empacado todo y se han echado un par de mochilas encima, Mike les dice entiéndanme, si trabajamos así siempre vamos a ser artistas menores, pero ya que estamos todos aquí… hagámoslo, ¿te suena bien? Alice Lizza no le cree, lo mira con la boca abierta, a punto, creo, de lanzarle un golpe. Mike se levanta de la silla atornillada al piso, camina hacia la puerta del Deli y me dice los tuve de puntillas, ¿no? Los italianos sacan sus equipos de nuevo. Hoy somos todos parte del mismo show.



C
ruzamos el Kennedy Boulevard, las cámaras encendidas, Mike habla y camina en medio de una rueda de prensa portátil. Nació en Austin, Texas –de ahí la palabra que forman las letras bajo sus nudillos: sureño–, pasó unos años en California y finalmente se instaló en Alaska junto a su familia, el viaje lo hicieron en un bus escolar que la mamá de Mike compró y transformó en casa rodante. En la vereda de enfrente, personas se detienen a mirarnos, pienso en ellos pensando quién es éste y me doy cuenta de que ninguno de quienes lo rodeamos lo sabe a ciencia cierta, después de todo, yo estoy aquí inspirado por un video que vi en YouTube, sin la menor certeza de que esto sea, de hecho, una historia, mucho menos una buena historia.

Llegamos al sitio donde vive, Mike pide que no graben la entrada. El edificio, como todos los de la calle, tiene pocos pisos de altura y una escalera para escapar en caso de incendio. Su casa propiamente dicha es estrecha y parece improvisada, como si un hogar pudiese montarse en cualquier parte. En la pared hay una foto en la que aparecen, abrazados y felices, Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. en blanco y negro, en el piso un viejo equipo de sonido sintonizado en una estación de rock clásico. El resto son muebles que tienen toda la cara de haberle pertenecido a otros dueños y espacios vacíos. Los italianos discuten dónde poner la cámara y yo aprovecho para entrevistar a Mike en privado, me lleva por un corredor húmedo y terminamos en un cuarto caliente atravesado por tuberías aferradas al techo: un sótano. Para descontar algo de la renta que debe pagar todos los meses, Mike es conserje a medio tiempo y ésta es su oficina. Lleva dos meses en Jersey, antes vivía en Manhattan pero la ciudad lo masticó y en vez de tragarlo lo escupió hacia acá. Allá lo arrestaron tres veces por hacer su show en la calle y pasó mucho tiempo durmiendo en techos. ¿En techos? Sí, dormir en un techo es mucho más seguro que dormir en la calle con todos los vagabundos que fuman crack.

Antes de fajarse con Nueva York Mike Alaska vivía en Montreal, Canadá, donde al parecer todo era maravilloso. La gente es amable, dice, no son americanos, es todo lo que puedo decir, no son americanos, gastan el dinero de la manera correcta, su gobierno funciona, no esconde cosas, tienen seguro médico para todo el mundo, seguro dental, y gratis, en Canadá te sientes seguro, como que alguien se hace cargo de ti, aquí te levantas y estás a medio camino de la muerte. La rabia y la tristeza vienen con su parada de hombre duro que usa botas de motociclista y jeans negros.

Vivió en Montreal cinco años pero fue deportado, un día viajó de visita a los Estados Unidos y ya jamás pudo volver, todavía no sabe cómo pasó, un campo de fuerza migratorio que aún no logra entender del todo lo separó de su novia, de sus amigos, de su banda, de su vida. No podía volver a la casa de mis padres y decirles que no lo logré, que no me salió, volveré cuando pueda invitarles una gran cena en un sitio hermoso, sin tener que preocuparme por nada. Tengo que seguir. Imagínate, yo llegué a Times Square –pleno Broadway– , solo, en la quiebra, a tocar en la calle. Te dicen anda a Nueva York, te dicen toca en el subway, te dicen vas a ganar dinero, te dicen vas a ser famoso. ¿Sabes lo que me mantiene?, la gente, la gente que se detiene para verme, los que se la están jugando como yo cada día, los que me dicen tú lo tienes, no aflojes, tú lo tienes.

En Manhattan, pienso, la gente se acompaña sin hablarse ni tocarse demasiado, se hacen los desentendidos, dicen que no les importa pero se respetan porque saben o imaginan o pasan por lo mismo que el otro. No hay lugar para los débiles.



E
l tren que conecta Nueva Jersey con Manhattan se llama PATH y hace una parada en Journal Square. Mike Alaska carga sus cosas en una mochila un poco más grande que su espalda y en una especie de montacargas muy pequeño que arrastra detrás de é﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e arrastra detrás de eupermercado largos. pueden escucharloado él.

Lo primero que hacemos al salir de la estación es caminar calle abajo, desde la 33 hacia Union Square, donde Mike hará su show para las cámaras prestadas de Alice Nella Città. Antes de llegar a nuestro destino final paramos a comer pizza, Mike invita y no acepta que nadie diga o haga lo contrario. Los italianos necesitan enchufar sus aparatos y cargar bateria﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ateriga lo contrario. l estacido largos. pueden escucharloado ías. Mike cumple con las averiguaciones pertinentes, los dueños del local son amables, ayudan a la gente de la televisión y Mike les dice cuando sea famoso les daré cien dólares, se los prometo, no estoy bromeando. Cuando sea famoso. ¿Cuándo pasará eso?, ¿pasará?, ¿todos podemos ser famosos si queremos, si de verdad lo intentamos? No lo sé, tengo mis reparos, pero Mike no tiene dudas al respecto y supongo que esa es la única forma de vivir su vida. Se sienta a mi lado, comemos y, de pronto, sin que yo se lo pregunte, me dice algo grande está a punto de pasar, algo grande, no puedo decirte de qué se trata, pero vas a estar ahí y será la mejor historia que hayas escrito jamás. ¿O sea que yo también seré famoso?, me pregunto. Lo miro, sonrío, quiero decirle que confío en él, que le creo, que, aunque lo más probable es que no volvamos a vernos, sí, ojalá algo grande termine pasando. Mike asiente con la cabeza, seguro, como si pudiese ver el futuro proyectado en las paredes de su cabeza, estaré en un yate en la mitad del océano, con chicas y champán, me dice antes de limpiarse la boca con una servilleta, botar el plato de cartón en el basurero y salir a la vereda para fumar. Alice Lizza lo sigue, aún no ha tenido suficiente –¿qué hace falta para que la vida de una persona merezca ser contada a los demás?– y le pregunta cosas que sólo se escuchan al otro lado del vidrio por donde los observo.

Me quedo con Federica y Nico, hablamos de cine, de proyectos, de gustos, hablamos de nosotros y no de o a través de Mike Alaska. Se hace tarde, tenemos que irnos. Quizás algún día nos veamos en un festival, me dicen, quizás todo esto resulte, nos resulte. Quizás algún día alguien, cualquiera, diga que somos famosos sin que nosotros nos hayamos enterado. La razón que nos trajo hasta este día, hasta esta pizzería donde somos los únicos porque la gente prefiere pedir para llevar, no será la más noble, pero vale, juega, es una razón y todos necesitamos una razón.



L
a primera línea del tren subterráneo de Nueva York, mejor conocido como el subway, se inauguró en 1904. Más de cien años después, el sistema completo recorre casi 1.500 km. y en el operan veintiséis líneas de trenes, cientos de vagones que funcionan las veinticuatro horas y transportan miles, millones de personas todos los días del año. Este es uno de esos días y nosotros somos cuatro entre esos millones buscando la línea L en la estación de Union Square. Está claro que esta parte del mundo le pertenece a Mike Alaska, ni un paso atrás, ni un paso en falso, esta es su casa o por lo menos es obvio que pasa más tiempo aquí que en aquel sótano de Nueva Jersey. Lo seguimos como podemos, aguantando tropezones, miradas, insultos, bajamos un par de escaleras y nos detenemos a un lado del escenario.

Christoph, un saxofonista alemán de veinticuatro años que de tan flaco parece sólo el armador que sostiene su ropa, esta ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽enedel que cuelga su ropa, o cubre, miradas e insultos hayamos enterado. á tocando la clásica melodía de conservatorio, su pelo y su barba son una misma república de pelos que se inclinan cuando alguien deja una moneda en el sombrero que tiene frente a sus pies. Christoph termina con una nota que se prolonga hasta desaparecer. Mike se le acerca, lo saluda con un abrazo, lo felicita, le pide que por favor lo deje tocar una hora en ese lugar, en medio de dos trenes que anuncian su llegada con una corriente de aire frío y un temblor en las rieles. ¿Una hora?, pregunta Cristoph. Una hora, responde Mike, estoy con gente de la televisión italiana, dale.

Mike Alaska desempaca su equipo con cuidado: un platillo, dos tambores, varios accesorios de percusión, un bote de plástico y un par de cajas que parecen jabas de cerveza. Antes de empezar se estira, calienta, pregunta por qué la gente no hace lo mismo antes del sexo y un tipo que pasa a su lado le responde sin siquiera regresar a verlo: arruinaría la onda. Mike se ríe mientras saca un par de billetes de su bolsillo y los lanza a un tarro de plástico que ha colocado frente a él. Si quieren darme un centavo, háganlo, no se avergüencen, todo sirve, le dice a quien alcance a escucharlo. Luego se sienta en una de las cajas, sus rodillas casi a la altura del pecho, y empieza. Mike no viaja por el mundo, no hace tours ni llena estadios, pero al verlo uno sabe que está presenciando un espectáculo. Más que un músico, es un acróbata, capaz hasta sea medio mago. Las baquetas se mueven entre sus dedos y es como si se multiplicaran porque de repente uno ve varias girando de un lado para el otro, golpeando los tambores, ganándole a la velocidad del sonido, uno las ve tocar el piso, rebotar, viajar por el aire hasta el techo y volver y seguir el beat, el pulso marcado por la pandereta que rodea el talón de una de sus botas de motociclista. Uno lo ve y lo escucha y no puede creer lo que está viendo y escuchando. Entonces Mike Alaska lanza una baqueta hacia una columna al pie de las rieles, a metros de distancia, y esa baqueta vuelve a su mano como si todo el tiempo hubiese estado pegada a su muñeca con una telaraña.

El subway tiene sus propias reglas y Mike las conoce de memoria. El subsuelo de la capital del mundo es como un gran festival de música y si alguien llega antes y ocupa tu lugar sigues caminando, te la bancas, hasta encontrar un sitio donde no puedas ni verlo ni escucharlo, no te sientas a su lado y tocas más duro, eso no se hace, eso no es cool. Mike monta por lo menos cuatro shows a la semana y en sus mejores días, dice, toca entre diez y doce horas. Diez, doce horas, son demasiadas para una sola cosa pero cuando es lo único que tienes es lo único que haces, lo no﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽aces, lo lo para una sola cosa semana y en sus mejores due de repente uno ve y único que puedes hacer. A veces, dice, otro músico me dice hey man, hasta cuándo vas a estar en el mismo sitio, le pregunto cómo está y anda mal, tiene hambre y no tiene con qué pagar la renta, le digo que yo no tengo hambre y sí tengo con qué pagar la renta porque toqué en el mismo sitio durante varias horas, lo mantuve, y así puedes hacer hasta cien dólares diarios… vamos, esto es Nueva York, tienes que darle duro.

Nueva York. Darle duro. Mike le da duro. Mike le ha estado dando duro desde hace tiempo. Todos le estamos dando duro y a veces, cuando nos dan duro, más duro, sentimos que no hay chance, que para qué, que mejor dejarlo ahí. Pero seguimos. Algo grande va a pasar. Algo grande le va a pasar a alguien y será la mejor historia que jamás hayas leído.

(Mundo Diners #355, diciembre, 2011)

3 comentarios:

Diego Bömir dijo...

Uno de los mejores post del blog. Excelente!!

Juan Fernando Andrade dijo...

GRACIAS!

By JIJO dijo...

Habia leido la cronica en la revista tremendo complemento el video en tu blog fue la cereza en el pastel, Felicitaciones por tu trabajo¡¡¡¡