12.11.2012

El Camello, episodios VI y VII


VI



Días antes de enviar el disco a imprenta, ya con el master en las manos o mejor dicho en el disco duro, les mandé un mail a Nelson y a Toño sugiriéndoles que sacáramos esta canción de la lista final, les dije que para mí no estaba al nivel de las demás y que lanzar un álbum con nueve temas en vez de diez no era el fin del mundo ni mucho menos. Toño me dijo que el tema estaba en su top tres y Nelson me dijo no hables huevadas o eso fue lo que en verdad quiso decirme. El asunto es que fracasé miserablemente.

Hasta ahora, esta canción me pesa (cada vez menos, es cierto). Recuerdo que cuando nos enviaron la primera prueba del disco, masterizado a la carrera en Nueva York, lo metí de una al iPod y salí a pedalear para escucharlo completo, cumpliendo con lo que llaman el test drive. Y me encantó. Pero este tema me dejó a medias, hay algo ahí que para mí todavía no cuaja del todo y creo saber por qué. Esta canción es nuestro pequeño Frankenstein, fue armada con retazos de otros cuerpos vivos que jamás pudieron valerse por sí mismos y eso, intuyo, me obliga a desconfiar. Lo que me gusta, lo que creo nos salió bien o no tan mal, es que logramos una canción circular, un tema cuya estructura funciona cuando a la vuelta de casi cuatro minutos vuelve a su punto de partida y completa los 360 grados: intro-estrofa-coro-variación-coro-estrofa-intro.   

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VII


Lo recuerdo como si fuera ayer. Estábamos en Guayaquil ensayando en un cuarto del barrio Los Ceibos. Por esos días Nelson peleó con una novia después de años de relación y no podía hablar de otra cosa. Yo dormía en su casa y tenía que aguantarlo, como pana y, obvio, como Pescado. Se había convertido en un ser monotemático y anémico, que trataba de hacer chistes aquí y allá para amortiguar el bajón. Una tarde conectó la guitarra, se puso frente al micrófono y empezó a cantar esta canción de la nada, como si la hubiese tenido guardada, reservada para ese momento.

Musicalmente hablando, no hay mucho más que decir. Yo hice lo que siempre hago, tocar para la rola, para poder escucharla mejor y seguir su camino y sus avisos de curva. Lo primero que se me vino a la cabeza fue un beat country, onda Jhonny Cash pero sobre todo onda Perrosky, esa pequeña gran banda chilena a la que tanto hemos coveriado y plagiado descaradamente. Así resolvimos la primera estrofa y el resto es lo que yo llamo, citando a los Sex Pistols, “la gran estafa del rock and roll”. Buscamos todas las variaciones posibles para una misma melodía y las aplicamos una tras otra de la manera más divertida en que pudimos.

En rigor podríamos decir que la canción es loud-quiet-loud y emparentarla un poco con la filosofía y el método Pixies para salvar la categoría, pero la verdad está más cerca de un tema que serviría de maravilla para abrir o cerrar un espectáculo del buen Tom Jones en Las Vegas (sólo él podría hacerle justicia a un final tan lamparoso). Si todo esto les suena como una broma es porque se trataba de eso, hacer una canción-cágate-de-risa-un-chane con poderes terapéuticos o, si lo prefieren, una sanación bailable. La tocamos en vivo muy poco después de componerla y causó el efecto Sal de Andrews: lista al instante para actuar al instante.

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4 comentarios:

xaviermacias dijo...

Broder Pescado, donde encuentro el disco en Guayaquil ???

Juan Fernando Andrade dijo...

bro

ponte en contacto con Cristian o Pablo Ramírez, los manes lo venden x allá.

zumo.pablo@gmail.com
zumo.cristian@gmail.com

juan urdiales dijo...

Hermano donde lo encuentro el disco en Cuenca? Saludos

Francesco Sinibaldi dijo...

Como un sabio sabor.

La candidez
de los sueños
aparece silente
como el llanto
del sol cuando
viene la noche:
siento el ardor
donde vive
el pasado.

Francesco Sinibaldi