12.03.2012

El sol necesita diversión

 
Juan Rulfo miró el páramo en llamas y dijo: La tumba es una de las obras que liquidarán el pasado. Hablaba de la primera novela de un joven mexicano que firmaba con sus dos nombres pero sin ningún apellido, un chavo que había escrito su debut a los 16 años y había esperado tres más para verse publicado. En realidad el que estaba esperando, quien aún no estaba listo, era el mismísimo México.


En 1964, Nueva Tenochtitlán del Temblor –como diría Fresán– se enteró de la existencia de José Agustín y tuvo que correrse un poco para hacerle espacio a un cuate fresa y marginal al mismo tiempo. Su padre, un piloto que no leía demasiado, lo había llevado varias veces al norte y con eso al rock y al indomable Porsche 550 de James Dean que no en vano se llamaba Little Bastard. Pues bien, este pequeño bastardo se mandó un libro corto y veloz como un auto deportivo que en poco más de 100 páginas ha rendido para los cilindros de varias generaciones.

La tumba, protagonizada por un chico de clase alta que adolece de aburrimiento extremo, estrenó la “literatura de la onda”, esa con la que México se globalizó pasando con whisky sus tacos al pastor. Una novela desesperada que por fortuna salió del in utero antes de tiempo, cargada de buenas intenciones: hacer el amor y leer poesía y escuchar música y emborracharse y hacer el amor otra vez porque, lo sabemos, el amor se puede hacer sin miedo a que se deshaga. O, mejor dicho, vale la pena correr el riesgo.

Y al final de la noche la luz dolorosa del día: la cruda existencial.

Si me hubieran presentado a José Agustín antes mi vida hubiese empezado antes (aunque me late que ya nos conocíamos y la neta le debo mucho). Me alegra saber que lo leen en colegios aztecas y que esos adolescentes tienen en esos libros las palas para enterrar a Peña Nieto: letras, filosofía y música pop.

Para que se vayan enterando, el narrador se llama Gabriel Guía, sospecha que en su cabeza no hay masa encefálica sino un líquido –que suena clic, clic, clic– y su profesor de literatura piensa que plagió un cuento de Chéjov, pero la verdad es que Gabrielito hace casi 50 años escribió uno de los versos más afortunados de la literatura en español: sun you need fun.

(El Comercio, 02/12/12)