2.10.2015

Censura (a todos nos pasa)


Como todas las semanas, el sábado pasado me levanté y escribí mi columna cinéfila para El Diario Manabita: el periódico de mi pueblo, el primer medio impreso que publicó algo mío, una empresa para la que no tengo más que palabras de agradecimiento y afecto. Minutos después de enviado el texto, me llegó un mail del editor que, de la manera más amable, me decía, entre otras cosas, lo siguiente: Estimado, no podemos ubicar la columna de Montaje como está planteada. Hay varios conceptos que están reñidos con lo que podemos publicar, por la Ley de Comunicación y el Código Penal. Mil disculpas, pero así es la ley, compañero.

Transcribo a continuación la columna en cuestión:

PREMIOS Y DESENCUENTROS

Hace unos días, sentados a una mesa de La Culata, ese gran restaurante en el centro de Guayaquil, un grupo de cineastas almorzaba mariscos y cervezas. Varios de esos cineastas eran mexicanos (que, dentro de todo lo que se podría ser en esta vida, pues es de las mejores opciones que existen), y en algún momento se puso sobre la mesa el tema Reygadas.

Para quienes no lo conocen, Carlos Reygadas es un abogado mexicano que, de un día para el otro, decidió poner en práctica su verdadera vocación y volcó su vida hacia el cine. Desde entonces, Reygadas es una especie de superhéroe para los cineastas latinoamericanos con pretensiones intelectuales. Me explico: no se trata de un cineasta taquillero ni particularmente popular, es un cineasta de culto, de nicho, un cineasta casi exclusivo para los iluminados y, lo más importante, un mimado de los festivales y los críticos europeos. Y, si me preguntan, es también un chanta, un estafador de la más baja estofa.

En el año 2002, con su primera e insoportable película, “Japón”, Reygadas ganó una mención especial en el festival de Cannes; en el 2005, con su segunda e igualmente insoportable película “Batalla en el cielo”, fue nominado para la Palma de Oro del mismo festival, lo que, para muchos, equivale a ganar un Oscar o muchísimo más; en el 2007, con su tercera y también insoportable película “La luz silenciosa”, fue nuevamente nominado para la Palma de Oro y además ganó el Premio del Jurado; y, como si esos no fueran ya suficientes crímenes perpetrados uno detrás del otro, en el 2012, con su cuarta y más que insoportable película “Post tenebrax lux” (una luz que, por cierto, todavía no le llega), Reygadas consiguió lo que tarde o temprano iba a conseguir: el premio a mejor director del festival de Cannes, una suerte de canonización cinematográfica.

Aquí es donde viene mi furia, este director, mentiroso como él solo (basta con ver cualquiera de sus insoportables películas para saber que es un exhibicionista egocéntrico y malintencionado) y en complicidad con la cinefilia snob y frívola del viejo continente, le ha hecho mucho mal al cine latinoamericano: de pronto, resulta que para que un cineasta latino triunfe o se vuelva “relevante” debe hacer películas como las de Reygadas, unos bodrios incomprensibles e imperdonablemente aburridos que sólo les gustan a los franceses porque allá, parece, la gente disfruta no de ver las películas sino de interpretarlas y encontrarle mensajes ocultos y metáforas rebuscadas y significados metafísicos. Reygadas, entérense, no es un ejemplo a seguir. Reygadas es el enemigo. Y es mejor que lo sepan.

Vamos a ver. Evidentemente, se trata de una columna de OPINIÓN, un juicio personal e intransferible (y no tan chistoso como yo quisiera) que aparece no como colaboración espontánea sino que es parte de un arreglo profesional con un medio de comunicación. Ahora bien, como se trata de una OPINIÓN, no estoy pidiendo que estén de acuerdo conmigo, ni siquiera estoy pidiendo que me lean o que compartan el texto, estoy, valgan la redundancia y la insistencia, OPINANDO.

El arte es subjetivo. Esa es la belleza del arte, ¿no?, la razón por la que ha sobrevivido todos estos siglos, porque es de verdad algo que uno puede escoger y valorar y divinizar sin que sea necesario el apoyo de una mayoría.  

Además, no estoy acusando a Reygadas de nada grave. No estoy diciendo que roba dinero de la caja chica de sus producciones para comprarse funditas de cocaína; no estoy diciendo que abusa sexualmente de las pasantes que trabajan en sus películas ofreciéndoles una velada inolvidable en Cannes; no estoy diciendo que paga sus cuentas filmando pornografía infantil; no estoy diciendo que en sus guiones hay ocultos mensajes subliminales dedicados a perennizar a Peña Nieto en el poder. Tampoco estoy diciendo que sea un mal padre, un mal esposo, un mal amigo o una mala persona. Quién sabe, de pronto es un gran tipo, un gran conversador, uno de esos borrachos adorables que se vuelven más lúcidos y agudos y cultos con cada trago. Tal vez, algún día, lo conozca y me caiga bien y pueda decirle, como me lo han dicho a mí varias veces: loco, la plena que eres un man bacán, pero escribes como la verga.

Tampoco estoy pidiendo que las películas de Reygadas sean incineradas en una hoguera infame en los patios de Ciudad Alfaro o que se le niegue la residencia en México o la visa de turista para los Estados Unidos. Sin embargo, mis pensamientos “están reñidos con lo que podemos publicar, por la Ley de Comunicación y el Código Penal.” ¿Esto significa que puedo ir preso por decir que no me gusta el cine de un director en particular? Y, atención, no es culpa de El Diario, ellos están haciendo lo que el Estado les ha obligado a hacer y nada me torturaría más que pensar que por mi culpa algún inocente pueda salir demandado, enjuiciado, despedido o encarcelado.

Con el tiempo, y creo que esta era la verdadera tesis de mi columna, he aprendido a desconfiar de los laureles. Cada vez que veo que en el afiche de una película ya no caben los laureles que mencionan los premios que ha ganado en distintos festivales, una alarma paranoica y escandalosa se enciende y me desvía hacia otra cinta. De un tiempo a esta parte, y esto es lo que pienso yo, Juan Fernando Andrade (CI 1304820648), la calidad de las películas, de las películas que me gustan a mí, Juan Fernando Andrade (CI 1304820648), es inversamente proporcional a la cantidad de premios que reciben, sobre todo en Europa: con la salvedad de las que ganan “el premio del público”, esa es gente en la que sí se puede confiar. Relatos Salvajes, la gran cinta argentina que ahora está nominada a un Oscar en la categoría “mejor película extranjera”, fue la película favorita del público en los festivales de Biarritz (Francia), Oslo (Noruega), San Sebastián (España), Sarajevo (Bosnia) y Sao Paulo (Brasil).

Es más, ahora que lo pienso, me parece que por ahí salió, en aquella conversación, el tema Reygadas. Yo dije algo así como que cuando una película gana un Oscar sabes, más o menos, a qué atenerte (en el peor de los casos: una estructura convencional, una fórmula repetida, algo cursi pero entretenido), mientras que un filme que se lleva La Palma de Oro en Cannes, El Oso de Oro en Berlín o El León de Oro de Venecia puede ser (ojo, aguas, manos arriba, por si no queda claro digo “puede ser” no “es”) lo mismo una joya del cine que un objeto inútil: infumable, impresentable, intratable. Y una amiga mexicana y muy querida, que dicho sea de paso tiene un Oso de Berlín en su casa (lo que demuestra que de vez en cuando sí premian el talento) me dijo “estás hablando huevadas” Y sí, era lo más probable, pero ni le reventé una cerveza en la cabeza ni le puse un juicio. Nos permitimos contradecirnos. Eso, por si acaso, se llama conversar.

Es como hablar de derecha e izquierda. Sabemos que los políticos de derecha suelen ser unos cabrones-hijos-de-puta-desalmados que sólo buscan enriquecerse ellos primero y enriquecer a sus amigos después y que procuran que sean sus descendientes y los descendientes de sus amigos los dueños de los países que habitan: pero al menos nunca han escondido sus intenciones y hay algo de valor en esa horrorosa honestidad. La izquierda, en cambio, y esto lo pienso y lo digo y lo escribo yo, Juan Fernando Andrade (CI 1304820648), nos ha mentido descaradamente, nos ha decepcionado, ha jugado con nuestros afectos (los últimos que teníamos para la política nacional) y ahora estamos como y donde estamos, en un país donde no se puede decir que un director no te gusta, que te parece un estafador, un chanta, porque quizás, quién sabe, tal vez, te metan preso.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

No era necesario que publiques tu número de cédula, bastaba con tus dos nombres y tus apellidos.
Diana Elisa

LadyV dijo...

Y por fin es la primera vez que estoy totalmente de acuerdo contigo en todo. En absolutamente todo.

Alfredo Cobo dijo...

me he cagado de la risa.buen articulo pana

Anónimo dijo...

Creo que el problema esta en que has escrito el articulo con una passion sobre pasada, extrema, - y mas no con un poco mas de argumento. No tengo idea quien es el director, y lo mas probable es que tengas razón, pero a diferencia de tus otros posts, se te siente aquí como un niño que esta teniendo un berrinche, y por ende, como acusación personal al director.... Si es tu opinion, y me encanta, pero no se siente balanceado como sueles estar....

Juan Fernando Andrade dijo...

A.

gracias por tus palabras. la prisa, que es como suelen escribirse todas las columnas, no es buena consejera.

saludes,


jfa

Martha Mera dijo...

Por fortuna, aún podemos leerte.

¡Salud!.

Juan Fernando Andrade dijo...

muchas gracias, Martha!

Anónimo dijo...

dios nos libre de ventilar nuestra adolescencia