2.23.2015

Duchamp vino de Krypton


En el ala oeste del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) hay una serie de cuadros del artista colombiano Álvaro Barrios. Varios de estos cuadros son secuencias clásicas de cómics clásicos reconstruidas a gran escala y, digamos, intervenidas. En una viñeta gigante, por ejemplo, aparecen Jor-El y su esposa Laura (el nombre ha sido latinizado, en rigor, la mujer se llama Lara) contemplando el inevitable y trágico destino del planeta Krypton. Como se sabe, Jor-El llena las últimas horas de su vida construyendo una nave espacial que salvará a su único hijo del cataclismo que destruirá su tierra y años luz mediante lo depositará en algún lugar rural de Kansas: out there, diría Truman Capote.

Pues bien, en la versión de los hechos que propone Barrios las cosas suceden de esta manera: la nave no es un cohete ni un platillo volador ni un Halcón Milenario sino una rueda de bicicleta atornillada a un banco de madera, es decir, el readymade que inventó a Marcel Duchamp; aunque en las facultades de arte enseñen lo contrario, fueron los readymades los que inventaron a Duchamp y no al revés; pasa, sucede: a veces, es la obra la que inventa al artista. En el último cuadro de esa viñeta gigante, un hombre descrito livianamente como “un automovilista que pasaba por allí casualmente…” pero que se parece mucho a Dick Tracy (el perfil geométrico-cubista, el abrigo largo, la corbata ajustada y la cinta en el sombrero como Humphrey Bogart en una adaptación de Raymond Chandler), recoge en sus brazos a la criatura que viaja en la bici-nave y exclama “¡Santo cielo! ¡Es un niño!” Pero ese niño no es un niño sino un urinario de 1917, el urinario que, por supuesto, fue una pieza clave en la construcción del personaje Marcel Duchamp.

Una señora ve la obra de Barrios y, tras contemplarla largamente, susurra una pregunta al aire que en realidad está dirigida a mí porque yo soy el único que está a su lado y puede escucharla. La señora dice, me dice, “¿y esto qué significará?” Su acento es colombiano, pero no paisa. Acto seguido, la señora le toma una foto al cuadro de Barrios donde Dick Tracy sostiene entre sus manos al urinario de Duchamp y sigue recorriendo la exhibición en su ropa deportiva y en su mirada desorientada y en su boca abierta y en su sensación no asumida de estar perdiendo el tiempo.

En una mesa larga y blanca del MAMM, incrustado en la madera y protegido por una especie de marco, como si fuera otro cuadro en la exhibición, está un iPad en el que se puede ver una entrevista a Álvaro Barrios, nacido en Barranquilla en 1946. Entre otras cosas, Barrios dice que aprendió a dibujar pintando los cómics que veía en el periódico (eso explica su obsesión con Superman y Dick Tracy, motivos recurrentes en su obra con los que, dicho sea de paso, concuerdo plenamente); que nunca le ha gustado el trabajo de Dalí (un hombre valiente, sin duda; jamás había escuchado a un pintor o a un artista de cualquier disciplina hablando de Dalí como algo sobrevalorado); que se siente incapaz de decir qué es el arte (la definición más lúcida y acertada y exacta de qué es el arte sigue siendo la de Marshall McLuhan: Art is anything you can get away with); que la lección más importante que aprendió de Duchamp fue darle primacía a las ideas por encima de las figuras (ojo, alerta, saquen sus lápices y sus cuadernos y sus iPhones y tomen apuntes o tomen fotos de este principio o grábenlo como una nota de voz); y que no se puede ser una persona banal porque no vas a entender nada.

Así como una obra es capaz de inventar a un artista, también es capaz de inventar o intervenir a un espectador, al visitante de un museo. Quizás no lo crea desde cero, quizás no logre resetear del todo su sistema operativo, pero sin duda ilumina rincones abandonados y potencia su personalidad. Es probable. Tan probable como que un día, mientras manejas por una carretera más bien desolada, ya tarde en la noche, caiga a tu lado una bola de fuego y, una vez extintas las llamas, descubras que se trata de una nave espacial y que dentro de ella hay un urinario y digas: ¡Santo cielo! ¡Es un niño!

(SoHo)