10.13.2015

De mujer a hombre (writer’s cut)


A los treinta años había hecho varias de las cosas que había querido hacer antes de cumplir treinta años. Sin mucha estridencia, es cierto, manteniendo un perfil más bien bajo. Como un equipo de media tabla, digamos. Pero ahí estaban esas cosas que había hecho y que podía mirar y contabilizar y luego decir mira todo lo que he hecho, it aint’ nothin’. También había cosas que había sacrificado o perdido: la confianza de mis amigos, la cercanía con mi familia, la posibilidad de estar en una relación sentimental medianamente estable. Quizás por eso me sentía como me sentía: estafado y vacío.

Por esos días, y por recomendación de una ex novia que estudiaba psicología, consulté por primera vez a una psicóloga. La terapia consistía en una regresión bajo un leve estado de hipnosis –si me lo preguntan, jamás me sentí remotamente hipnotizado– en la que yo viajaba por “el camino de mi vida” desde mi edad actual hasta el útero de mi madre. La psicóloga era una mujer tierna que se reía demasiado pero que me ayudó a identificar varios patrones de comportamiento que se repetían en los capítulos de mi biografía y, más importante, a encontrar el origen de esas costumbres: a menudo esos puntos de inflexión están en la infancia o, para ser más precisos, en el final de la infancia y el comienzo de la adolescencia. Hasta ahí, todo bien. El problema es que ante una crisis, me recetaba respirar, meditar, tomar sol, tomar infusiones de valeriana (cuando le contaba que había tomado alguna pastilla para dormir, me regañaba). Y yo siempre he preferido las soluciones más terrenales o, de plano, producidas en serie en algún laboratorio alemán. Lo que me hizo abandonarla, sin embargo, fue que llegado cierto punto me advirtió que las consultas serían en su casa, en un valle a las afueras de Quito. Ella me había dicho, una y mil veces, que no me preocupara por lo material, que las cosas son eso, cosas, y que ninguna posesión valía más que lo que yo tenía dentro de mí: cualquier cosa que esto sea. Pero su casa era gigante, moderna, elegante. Tenía un jardín sin límites, una fuente de agua, una cascada de escalones que conducían a la puerta principal. Tenía un piano de cola en la sala y, junto a la cocina, una piscina temperada cubierta por una carpa de cristal. Desde ese momento empecé a desconfiar y terminé abandonándola de la manera más cobarde: un día dejé de responder sus mensajes de texto y sus mails.  

Meses después, en algún lugar de Centroamérica, en una clínica que en la planta baja tenía una farmacia y un restaurant de comida china de muy mala reputación, encontré otra mujer. Siempre que he pedido que me recomienden algún psiquiatra, me preguntan ¿hombre o mujer?, y yo siempre digo mujer. Fue amor a primera vista. Era alta, bronceada, madura y atractiva; su acento caribeño era, en sí mismo, un tranquilizante bastante efectivo. Esta psiquiatra me parecía mucho más aterrizada y racional que la psicóloga. Estaba de acuerdo conmigo en que la vida podía ser, como dice la Biblia, un valle de lágrimas, y se reía de mis tragedias como si estuviese viendo una serie de televisión. Se reía y me hacía reír y darme cuenta de que después de todo nada era tan grave como yo pensaba. Se reía a carcajadas y sus carcajadas me salpicaban y me calmaban. Como yo, la doctora pensaba que hay mucha gente por ahí que sólo quiere hacerte eso que los españoles llaman una putada; you can hurt someone and not even know it, diría el viejo Bob. Además, siempre estaba de mi lado: digamos que odiábamos a los mismos personajes. Y, lo mejor, creía en la ciencia, en las drogas, en los antidepresivos y en los deliciosos ansiolíticos (sí, aquí también hay algo de placer lisérgico-narcótico). Mi doctora color canela me puso a dieta y me obligó a hacer ejercicios regularmente y encontró la dosis perfecta de medicinas para exorcizarme del insomnio. Mi madre, recuerdo, se refería a ella como esa mujer. Claro, cómo no te va a gustar, si esa mujer está de acuerdo contigo en todo, y todo debe ser culpa mía, ¿no? Claro, cómo no va a querer que sigas con el tratamiento, si esa mujer es la que se queda con la plata. Esa mujer te está mintiendo. Esa mujer te droga. Nuestra relación duró, días más días menos, cuatro meses; dieciséis semanas de amor, comprensión y Rivotril.

Entre las dos, la psicóloga y la psiquiatra, había algo en común, quizás porque las dos eran mujeres y las dos eran madres y tenían activada la sensibilidad al máximo. Y también, claro, porque las mujeres son todopoderosas para bien y para mal. Ambas me hacían sentir que lo que existía entre nosotros no era una frívola y burocrática relación profesional sino una especie de parentesco momentáneo que, como todos, tiene su costo y su recompensa. En ambos consultorios, al principio y al final de cada sesión, habían abrazos largos, abrazos apretados, abrazos amorosos (sí, a lot of mommy issues indeed), y la sensación de haber compartido tu vida con otra persona.

Meses atrás, cuando sentí que necesitaba nuevamente el servicio de asistencia técnica de un profesional, y en contra de mi sagrada costumbre de escoger siempre a una mujer, consulté por primera vez a un psiquiatra: a un hombre. El señor es un tipo serio que apenas y me saluda cuando entro a su consultorio; que empieza todas las sesiones con la misma frase, qué me cuenta, dice, y lo dice como en un suspiro de aburrimiento y fracaso, como si estuviese pensando ¿por qué no me hice dentista?; que no muestra más señales de humanidad que alguna sonrisa accidental; que no se conmueve ante nada; que me echa la culpa de todo; que trabaja bajo los parámetros de eso que Pascal llamaba las razones de la mente y se olvida de eso que el mismo Pascal llamaba las razones del corazón; y que me obliga a tratarlo de usted. Este cambio de sexo ha sido una experiencia traumática: como pasar de un campamento de verano a un cuartel militar. Mi voz ha cambiado y mis gestos se han endurecido tanto como los de mi interlocutor que, dicho sea de paso, habla muy poco, se limita a arrugar la frente y asentir con la cabeza. Ahora salgo de la terapia avergonzado y disminuido, pensando que mis problemas no son problemas de verdad y que en vez de estar quejándome como una niña chiquita lo que tengo que hacer es solucionarlos por mi cuenta, hacerme cargo, man the fuck up! A menudo pienso en abandonarlo y volver a los brazos de una mujer. 

(SoHo)

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un relato que mete al lector en el tema. Excelente.
Felicitaciones. PD. Vale que te sientas muy buen b

D dijo...

been there, done that. Nunca seré fan de los psicólogos, pero psiquiatras <3

Clara Patricia Tamayo dijo...

volver, siempre es la solución.... y blah blah blah

Anónimo dijo...

Muy bueno

Fernando Morán dijo...

Y entonces llegamos a ese dia, que necesitamos todos o al menos la mayoria, una leve pero tranquiluzante terapia, sobre todo si esta es dictada de la boca de una mujer.
Y porque mujer y no hombre? Por eso mismo, por provenir todoa de una. Por sentir su dulzura y su paz.
Gracias brother por este relato. Lo senti muy proximo, y aunque no tengo aun 30, me parecio entender cada palabra que escribiste.

Fernando Morán dijo...
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