1.11.2016

La importancia de llamarse Denzel


Anoche, en el Beverly Hilton de Beverly Hills, durante la entrega de los Globos de Oro, se realizaron varios reconocimientos tan merecidos como largamente esperados: el premio a John Hamm que termina de cerrar el interminable capítulo Mad Men, el premio a Sylvester Stallone –deberían darle premios a la gente que lo aplaudió de pie– que sopla y revive las cenizas de Rocky Balboa, ahora convertido en sensei urbano y figura paterna y cuarteada en Creed. Pero el hombre de la noche, mucho más brillante que DiCaprio e Iñárritu juntos, fue el gran, the one and only, Denzel Fucking Washington.

La Asociación de Prensa extranjera en Hollywood, que entrega sus globos dorados desde 1944, estableció en 1953 una especie de “premio a la trayectoria” que bautizó con el nombre de uno de los inventores del negocio tal cual lo conocemos ahora: Cecil B. De Mille, a quien, dicho sea de paso, se le atribuye la teoría de que al público norteamericano sólo le interesan dos cosas, el sexo y el dinero. El primer ganador fue, cómo no, Walt Disney, y desde entonces a esa lista se han sumado nombres clave como Frank Sinatra y  Jodie Foster. Desde hace unas horas, ese lista puso la vara más alta todavía.

El Cecil B. De Mille de este año fue para Denzel Washington. El discurso, emotivo y cómplice, lo dio Tom Hanks, quien dijo lo que ya todos sabemos pero era necesario volver a mencionar, “si el apellido no les dice mucho, el nombre seguro lo hará: Denzel” Necesario, sí, porque pocos artistas logran construir y sostener el tipo de lazo con el público que nos permite llamarlos por su primer nombre con las mismas dosis de admiración y confianza. Robert Redford siempre será Robert Redford, Martin Scorsese siempre será Scorsese, pero Denzel Washington es simplemente Denzel y eso es más de lo que puedo decir de mucha gente.

Dicen que de un tiempo a esta parte, Denzel tiene una clausula inapelable: sólo se involucra en proyectos si aprueba el corte final, es decir, el derecho a decidir qué escenas se van y qué escenas se quedan en cada película. Denzel sabe o intuye lo que esperamos de él, las cosas que le reclamamos y las cosas que jamás le perdonaríamos. Dicen que, por ejemplo, en Man on Fire se negó a que su personaje tuviera un romance con el personaje de la australiana Radha Mitchell –lo que le hubiera dado plusvalía a la trama– porque aquello hubiese roto demasiados corazones afroamericanos y, quién sabe, capaz desataba una segunda guerra civil, esta vez, para esclavizar a los blancos. Dicen que ya sólo hace películas de acción para llenar la taquilla pero yo digo que es uno de los pocos sino el único que provoca la misma efervescencia con un arma en la mano que con un monólogo en la boca (ojo con lo que se viene, The Magnificent Seven, el remake de Los siete samuráis de Kurosawa dirigido por Antoine Fuqua con Denzel al centro). Denzel entra y sale de ese género maldito y mal visto por la puerta grande, maniobra imposible para otros desaparecidos en acción como Liam Neeson o Nicholas Cage.      

Lo obvio y no por eso menos importante es pensar que le dieron el Cecil B. DeMille por películas como Training Day, The Great Debaters (dirigida por), American Gangster, Malcolm X. o Philadelphia. Pero su verdadero aporte a la industria está en sus films “medianos”, como Inside Man o John Q, y sobre todo en sus películas “menores”, en su obra explosiva, en cintas como Déjà Vu, Unstoppable, The Taking of Pelham 1 2 3 o The Equalizer. Películas que serían absolutamente desechables si Denzel no estuviera en ellas, películas jugadas que no le tienen miedo al ridículo, películas emocionantes donde Denzel eleva el plomo a la altura del cine arte de los absurdo, películas moralistas de vaudeville mercenario, películas emparentadas entre sí que bien podrían ser los capítulos por separado de una serie donde el héroe aparece en distintas circunstancias y en distintos lugares y enfrenta distintos enemigos pero es siempre el mismo: un hombre armado y marcado por un pasado triste que hará lo que haya que hacer.

Anoche Denzel volvió a protagonizar una gran escena cuando subió al escenario a recibir el premio acompañado de su familia, una escena cómica y documental que es/fue/será una de las mejores escenas de su carrera. Aunque el momento estaba anunciado, preproducido, cantado, nuestro héroe se puso nervioso (quiero pensar que lo fingió todo para demostrarme que es aún mejor actor de lo que imaginaba), olvidó sus lentes, olvidó su discurso, y habló dándole la espalda al público, mirando a su esposa, que le recordaba lo que no podía olvidar y le daba órdenes como si –clásico– no estuviese hablando con su esposo sino con su hijo y no estuvieran en el Beverly Hilton sino en la cocina. Denzel tembló como si recibiera un premio por primera vez, como si nunca antes hubiese estado frente al público, como si no supiera quién es. Habló como hay que hablar: como si no fuera nadie.