11.08.2016

La lucha


La alegría está en la lucha
– Ghandi –

Meses después, en una fiesta, me encuentro con el amigo que me cruzó todos los capítulos de la serie. No nos hemos visto desde esa noche en la que tomamos whisky y él me dijo esto es increíble, lo mejor que he visto en mucho tiempo, en serio, no tienes idea.

¿Ya la viste?, me pregunta.
No le respondo. Me quedo en silencio.
Me acerco y le doy un abrazo porque sólo así puedo decir lo que no puedo decir.

Ese man es un genio, me dice. Y empezamos a conversar y no sabemos cuál es el mejor episodio o el mejor personaje o la mejor escena. Otros amigos que también han visto la serie, unos pocos, se acercan y se agregan a la conversación. Ellos tampoco pueden decidir cuál es el mejor momento. Son demasiados. Escoger una sensación, una línea o uno de los muchos sentimientos que se producen al verla sería traicionar al resto y ninguno de nosotros quiere hacer eso: queremos quedarnos con todo. Están traumados con esa huevada, nos dice alguien que todavía no la ha visto y que probablemente no tenga ganas de verla después de habernos escuchado. Es una broma, pero nadie se ríe. Estamos traumados.

El 4 de febrero de este año, el comediante norteamericano Louis C.K. publicó una carta en su página web. Decía, entre otras cosas, esto: Como algunos de ustedes saben, el sábado pasado lancé una serie en este sitio… la idea detrás de lanzarla en Internet era crear un show de una manera nueva y que les llegara directa e inmediatamente, sin promoción, anuncios, carteles o adelantos de cómo se ve o se siente antes de que ustedes puedan verla por sí mismos. Como escritor, uno siempre tiene una sensación extraña cuando revela la historia, los personajes y el tono, sabes que la audiencia nunca tendrá el beneficio de ver la serie como la escribiste porque saben demasiado antes de verla… postear este show de repente me da la oportunidad de darles la experiencia del descubrimiento… esta es una producción de televisión, cuatro cámaras, dos hermosos sets, una cabina de control con lo mejor del presente estado del arte, un equipo muy talentoso y un elenco que pertenece al salón de la fama. Cada segundo que las cámaras están rodando el dinero me sale del culo y es como la peor diarrea de tu mamá… Básicamente, es la versión hecha a mano y pagada por una sola persona de algo que usualmente haría una corporación gigante. Estamos grabando el segundo episodio ahora mismo.

La serie se llama Horace And Pete y los diez episodios de su primera y única temporada, todos escritos y dirigidos por Louis C.K., se estrenaron entre finales de enero y comienzos de abril en la web de su creador: en teoría, la única forma de verlos es comprándolos online. El primero cuesta $5, el segundo $2, y los restantes $3 cada uno, aunque el portal también te da la opción de adquirir toda la temporada por $31 (no hay descuento, el total es la suma de los valores individuales) y esto último es lo que cualquier persona interesada en ver cómo se doblan y se rompen las esquinas del alma está en la obligación de hacer.

La reacción de la crítica fue unánime: este es el show de televisión más importante de la década. La revista The New Yorker, incluso, publicó un artículo en el que se preguntaba, ¿es televisión?, y The New York Times, además de referirse a la serie como un vigorizante adelanto del futuro de la TV, comparó la trama con los motivos de los que se hacían cargo Arthur Miller y Eugene O’Neill, autores concentrados en la realidad de su propio tiempo, en sus obras de teatro a mediados del siglo pasado. Pero poca gente la ha visto y su creador terminó con saldo en contra.

Después de acabada la serie, Louis C.K. fue invitado al programa de radio de Howard Stern y confesó, sin la menor seña de arrepentimiento, que H&P lo había dejado endeudado con varios millones. También bromeó con orgullo sobre su “bancarrota” en el talk show de Jay Leno. Yo no ahorro el dinero, lo gasto. ¿Para qué sirve el dinero si no es para hacer lo que te da la gana? Ahorrar dinero me parece arrogante porque puedo morirme mañana. Si me muero esta noche mis hijas estarán en la calle mañana por la mañana… Durante esa misma entrevista, refiriéndose al improbable destino inmediato de sus hijas, el comediante soltó una sentencia moral que debe estar entre lo más lúcido que se haya dicho jamás sobre la crianza de los hijos: Criar a tus niños como gente rica es lo peor que puedes hacer, por ellos y por los que estarán en sus vidas. No hay forma de que alguien que haya crecido como millonario no termine siendo un pedazo de mierda como persona.

Me contaste que habías visto el primer capítulo como para ver qué onda, que no sabías de qué iba, de qué se trataba, y que ya no pudiste parar. Te mandaste toda la temporada de una, más de diez horas de ¿televisión? en un solo día. Me quedé toda la noche mirando la pared, pensando qué hacer con mi vida, me dijiste, y te reíste, como nervioso de saber que lo que estabas diciendo era la verdad o no era tan mentira ni tan chistoso. Todo bien. Tienes 19 años, a tu edad hay que sentir cosas. Nosotros, en cambio, nos quedamos pensando que tal vez la vida no cambia, que ya no se pone mejor, que esto es lo que tenemos, todo lo que tenemos, y que es imposible no herir a la gente que más nos quiere.   

Según la revista GQ, experta en moda masculina y en identificar las tendencias que definen la cultura popular de nuestros días, Louis C.K. es, indiscutiblemente, “el rey de la comedia en América”. El actor, escritor, productor y director está por cumplir 50 años y parece que atraviesa y domina la cresta de su mejor momento: de hecho, se refiere a H&P como el punto más alto de su creatividad, al menos por ahora.

Empezó a los 18 haciendo shows de Stand-up comedy en clubes newyorkinos. A esa edad, con suerte, trabajaba quizás una o dos veces a la semana, pero pasaba todas las noches metido en clubes viendo a otros comediantes, absorbiendo, robando y aprendiendo de los demás. Veía a cualquiera, bueno o malo, devoraba comedia, todavía escucho a los comediantes como quien escucha las olas del océano y trata de entenderlo. Consiguió su primer puesto como escritor de planta a comienzos de los 90’s en el Late Night Show de Conan O’Brien. Su trabajo era inventar bromas para el anfitrión, que por esos días se estrenaba en su propio programa tras varias temporadas escribiendo segmentos cómicos en el mítico Saturday Night Live, y que no tardaría en ser una estrella con luz propia. De allí, Louis C.K. pasó al programa del ya consagrado David Letterman, en 1995. Estaba dando los pasos correctos, tenía los amigos adecuados, parecía que su carrera iba en ascenso y que el éxito era inevitable. Pero no.

Los años siguientes en la vida profesional de Louis C.K. fueron irregulares y mantuvieron a su personaje en perfil bajo. Mientras continuaba escribiendo bromas para otros comediantes que tenían sus propios shows de variedades en televisión, peleaba por un lugar para presentar su rutina en escenarios pequeños de Estados Unidos, escribía y dirigía películas para la pantalla chica que han desaparecido de los archivos de la televisión por cable y gastaba su dinero –y el de sus amigos, a los que les pedía préstamos no reembolsables– haciendo cine. En 1998 estrenó Tomorrow Night, su primera película como director, productor y guionista, una comedia negra y algo histérica (digamos que podría ser un capítulo de La dimensión desconocida, pero sin salida), filmada en 16 milímetros y blanco y negro, que tiene toda la estética del cine independiente de la época pero que nadie vio y ahora está disponible en su página web. Pocos años después, por encargo del comediante Chris Rock, que ya era una celebridad, escribió y dirigió otro largometraje, Pootie Tang, estrenada en el 2001. Louis C.K. esperó desesperado el lanzamiento de la cinta para conocer la opinión de alguien en particular, el crítico Roger Ebert, uno de sus ídolos y, según él, la persona que le enseñó a apreciar el cine desde su programa de televisión, donde comentaba los estrenos de cada semana. Supongo que la bendición del crítico sería una especie de aprobación paternal, la confirmación externa que Louis C.K. necesitaba para saber que andaba a tientas por el camino indicado. Pues bien, la reseña de Ebert se publicó el 29 de junio de ese año y no fue nada halagadora. Pootie Tang no es tan mala como inexplicable. ¿Cómo ocurrió este desastre?¿Quién pensó que sería chistosa?¿Quién pensó que estaba terminada?, se preguntaba el crítico, y seguía desarrollando esa línea de pensamiento, El boletín de prensa decía que esta cinta había sido hecha “en el laboratorio de HBO, donde hicieron el Show de Chirs Rock, ganador del Emmy” Debe ser uno de esos laboratorios que huelen a gases de pantano, donde todos los ratones están muertos.

La vi dos veces. ¡¿Dos veces?! ¡¿Entera?! De ley, me emocionó, quiero escribir algo. ¿No te dieron ganas de suicidarte? Un chance, pero también me dieron ganas de escribir, de hacer cosas, el man ha hecho full cosas, ha fracasado un montón, eso es bien bacán del man. El guión es  lo máximo, al final te das cuenta de que lo tenía todo craneado desde el principio. Y los actores, broder, qué pobre hijueputa, qué grande Alan Alda. Alan Alda, Steve Buscemi, Edie Falco, todos están increíbles, pero esa historia, qué horrible, loco, qué familia más horrible. Todas las familias son horribles, ¿no? No, huevón, todas las familias son disfuncionales, pero no todas son así de feas. Igual se quieren. O se aguantan. O tratan de quererse, eso es bastante. No sé, huevón, como que Louie se quería vengar de alguien. No creo, estuve investigando y no parece autobiográfica. Todo lo que uno escribe es autobiográfico, bro. Sí, de ley, y todo es material, como dice Philip Roth, pero el man dice que sólo quería hacer una serie sobre las familias porque uno no puede escapar de su familia, literal.  

John Landgraf, presidente de la cadena FX, ha declarado públicamente que su estrategia de trabajo es la siguiente: invertir poco dinero en mucha creatividad. Para hacer el piloto de Louie, la serie que hizo visible a Louis C.K., Landgraf le ofreció al comediante un presupuesto de 200.000 mil dólares, una cifra más que austera para los estándares de la industria gringa, donde el protagonista de un show en televisión puede llegar a cobrar un millón de dólares por episodio, o más. Louis C.K. aceptó el trato con una condición: ni John Landgraf ni ningún otro ejecutivo de FX estaría involucrado en la producción, no podrían opinar sobre el guión, la elección del elenco o el material grabado, recibirían el producto terminado y con el material en las manos decidirían si continuar o no con el proyecto. Esta vez, el experimento dio resultado: Louie apareció en el 2010 y se mantuvo al aire durante cinco años en los que congregó miles de espectadores y fanáticos. El acuerdo al que llegaron la cadena y el artista se conoce ahora como “El arreglo Louis C.K.”, pero el comediante niega que tal cosa exista. Todo el mundo quiere El arreglo Louis C.K. pero no hay ningún arreglo Louis C.K. No hay nada en papel que diga que ellos [FX] no pueden molestarme. En papel ellos pueden obligarme a hacer lo que ellos quieran, yo sirvo a su antojo y son ellos los que aprueban todo. Pero mientras las cosas vayan bien, nadie se mete. Es un derecho que me he ganado con cada episodio. Si dejo de ser chistoso van a empezar a molestarme.

En el 2010 Louis C.K. tenía 43 años y por fin estaba recibiendo la atención que necesitaba para continuar con su trabajo, siempre en progreso. Es como si hubiese tenido que llegar a ese momento de su vida para poder mirar hacia atrás, tomar distancia, perspectiva, amasar todo lo que le había pasado hasta ese preciso instante y organizar sus primeras impresiones sobre la vida en la tierra.

Louie es una comedia que parte de la auto-ficción, la historia de un comediante que vive en Nueva York y se mantiene como puede mientras trata de criar a sus dos hijas pequeñas después de haberse divorciado: fuera de cámara, Louis C.K tiene dos hijas pequeñas y un divorcio a cuestas. Y Hilarious, el show de Stand-up que lanzó también en el 2010 y que ese año formó parte de la selección oficial del Festival de Cine de Sundance (el único en su especie en lograr algo semejante), es como una tribuna desde donde el comediante, parado sobre los hombros de los 40’s, tambaleando a veces, se burla de y se pelea con todo aquello que no soporta de su país ni de sí mismo. Su rutina es al mismo tiempo una traición a la patria y un manejo maniático de la obsesión amorosa: quisiera poder dejar de quererte, pero no puedo / quisiera ser mejor persona, pero sólo puedo ser esto que soy.   

Este año Louis C.K. se ha presentado en vivo más de cincuenta veces. Ha estado en Nueva York, donde llena el Madison Square Garden, en Chicago y San Francisco, pero también en Budapest, Helsinki, Copenhague, Jerusalén y en la Arena de Wembley, en Londres. Por lo general, los comediantes de su talla llegan a un acuerdo previo con los teatros en los que suelen montar sus espectáculos: los organizadores se comprometen a cancelar una cifra específica –una garantía, digamos– independientemente de la cantidad de público que reciban, y si los ingresos de la taquilla superan la tarifa acordada reparten el monto final en porcentajes entre todos los involucrados. Esta es una práctica común en el showbiz alrededor del mundo, pero Louis C.K. la desobedece, vende las entradas para su shows exclusivamente a través de su página web y, de esta manera, evita el sobreprecio que suele aparecer con los intermediarios. Además, exige que los gastos de promoción de cada show se reduzcan al mínimo para que esa inversión no infle el costo de los boletos.       

Es obvio que después de tantos kilómetros caminando cuesta arriba, Louis C.K. no piensa aflojar ni acomodarse, pero tampoco limitarse a vivir al margen del espectáculo. Hace unos meses volvió a sacar dinero de su propio bolsillo para armar paquetes promocionales en los que venía toda la serie repartida en 3 DVD’s, y se preocupó por hacérselos llegar a los 19.000 –sí, 19.000– miembros de la academia de la TV en Estados Unidos. Los paquetes venían con una leyenda que decía para su consideración, a propósito de la entrega de los premios Emmy, el pasado mes de septiembre, y pretendían postular la serie para al menos cinco categorías, entre ellas mejor serie de drama y mejor actor principal. La academia consideró que de esas sólo valía tomar en cuenta una, mejor actriz invitada (grande, inmensa, todopoderosa Laurie Metcalf llenando la pantalla), pero no le otorgó el premio. Esta ausencia de reconocimiento y farándula legitima la existencia de H&P como lo que es, la maniobra más arriesgada de su creador, la que puso a prueba la flexibilidad de sus articulaciones, no precisamente una obra adelantada a su tiempo sino un reflejo tan fiel de ese tiempo que resulta difícil de aceptar.

Cuando Charlie Ross, el conductor de un programa de entrevistas que lleva transmitiéndose más de 20 años y se especializa en artistas que escapan a cualquier arquetipo, le preguntó a Louis C.K. qué se necesita para ser comediante, él respondió con una mirada al pasado, una leyenda que debería ser inscrita en una placa de mármol y luego colocada en algún parque donde los jóvenes lleguen en peregrinación, desahuciados, buscando un milagro: Vivir la vida para entenderla, pasar mucho tiempo sobre el escenario y no renunciar. Me ha tomado 20 años ser bueno en lo que hago porque el único camino para ser un comediante es el fracaso. Tu peor show no puede ser muy distinto que el mejor, y eso se logra con experiencia.

Y algo más que quizás pertenezca al campo y a la materia sentimental pero que aplica en el escenario desolador que sigue a cualquier tragedia: tienes que saber que puedes estar bien después de haber estado mal.   

Louis C.K. dice haber aprendido la lección más importante de su vida de otro comediante, George Carlin (1937-2008), uno de los mejores de todos los tiempos. La lección es tan simple como suicida, y consiste en abrir cada noche con tu mejor material, con la mejor broma que tengas, la más chistosa, la más ofensiva, la más provocadora, desarmarte desde un principio y construir desde ahí un camino hacia el cierre. Esa es la sensación que tuve luego de ver el primer capítulo de Horace And Pete. ¿Qué puede pasar después de esto? Después de verla por segunda vez, en cambio, la sensación era distinta y la pregunta era otra, ¿y ahora?

El man me cae bien. Es gordito, calvo, pajero y tiene los brazos llenos de pecas, medio freak. Casi siempre se viste igual, jean y camiseta negra, zapatos deportivos. Einstein hacía lo mismo, se ponía la misma ropa todos los días para no gastar tiempo ni desperdiciar energía pensando qué ponerse. Y no. Este man no es un genio, eso es lo más bacán, que no es un genio. Es un man que se ha sacado la puta camellando y ha descubierto un par de huevadas sobre la vida, huevadas tucas. 

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