11.21.2016

La sangre de los hermanos (extended writer’s cut)


¿Cuántos clásicos tengo?
¿Cuántos quieres?
– Noel Gallagher –

Eran los dueños del mundo. En agosto de 1996, Oasis, acaso la banda de rock más popular de su generación, ofreció dos conciertos a noche seguida en Knebworth, una aldea al sur de Inglaterra, donde los grandes músicos británicos vienen tocando para largas y anchas y sudadas audiencias desde comienzos de los 70’s. Fue histórico: las entradas se vendieron a través de un sorteo para el que se habían inscrito más de dos millones y medio de personas, y el grupo terminó convocando a un total de 250.000 fans, más público del que habían podido reunir Queen, Pink Floyd o Paul McCartney en años anteriores en el mismo lugar.

Todo lo que pasó esa noche comenzó en realidad y exactamente dos años antes, en agosto de 1994, con el lanzamiento de Definitely Maybe, el primer disco de la banda y dicho sea de paso el álbum debut que más rápido se ha vendido en la historia del Reino Unido. A sólo meses de la muerte de Kurt Cobain, la figura más visible y más sobreexpuesta y más vulnerable del grunge norteamericano (además de su mejor compositor), Inglaterra tomaba por asalto el espacio que el líder de Nirvana había dejado vacío para reclutar a cientos de miles de huérfanos de la tragedia en las filas del recién nacido britpop. Un año después, en 1995, la conquista cobró dimensiones planetarias cuando apareció (What’s the Story) Morning Glory?, el segundo disco, una especie de secuela más sofisticada pero también más amplia, elástica y generosa con el público, que transformó a Oasis en la banda más grande del mundo en cuestión de días: durante su primera semana en las tiendas se vendieron más de 300.000 copias.     

Estas cosas parecen cifras, números, récords impuestos por otros, rotos en su momento por Oasis y luego rotos de nuevo por gente distinta (en el 2003, ya como solista, el cantante Robbie Williams aumentó una noche al récord y llevó 375.000 personas a Knebworth), pero son los capítulos de una historia que, como van las cosas, quizás jamás vuelva a repetirse con ninguna otra banda de rock y que apenas empieza a contarse en Supersonic, un documental dirigido por Mat Whitecross (The Road to Guantánamo y la entrañable Sex & Drugs & Rock & Roll, ¡aguante Ian Dury!) y producido en complot por James Gay-Rees y Asif Kapadia, responsables de Senna y Amy, sin duda dos de los perfiles biográficos mejor logrados del cine de los últimos años.

Como para aumentar la intriga alrededor de un suceso harto esperado por propios y extraños, la película se estrenó en unas pocas salas europeas el pasado mes de octubre y se proyectó for one night only en los cines de Estados Unidos. Y aunque se esté regando por todas partes en diferentes formatos y plataformas, quizá lo más importante, la prueba irrefutable de su impacto en una sociedad privada que ha devenido en secta a veces perseguida, es que nos hayamos puesto a escuchar los discos de Oasis antes de verla y durante días y días después de haberla visto.

Lo que nos pasó hace veinte años fue un trastorno bipolar. Todavía éramos niños cuando empezamos a escuchar Nirvana, amábamos Nirvana y nos guardábamos en sus canciones y gritábamos esas canciones como si supiéramos lo que decían cuando en verdad no lo sabríamos sino hasta mucho después, cuando por fin entendimos por qué esas canciones nos pegaron tan duro. Oasis llegó cuando aún estábamos mareados y confundidos, cuando habíamos entrado a la adolescencia a la fuerza, empujados por un suicidio, y supongo que queríamos ganar y sentirnos bien después de habernos sentido como nos sentíamos.

Nirvana nos hacía preguntarnos si valía la pena vivir.
Oasis nos prometía la vida eterna.  

Ok. Volvamos.
Be Here Now
(el último gran disco de Oasis, ¿no?)

La película merece ciertas advertencias puntuales. 1) Funciona como eso que en el cine de súper héroes se llama “una historia de origen”, es decir que va desde los años en que no eran nadie hasta el momento en que lo fueron todo y allí se detiene, en una suerte de caída dramática y triste en la que los mismos protagonistas reconocen que no podrían haber llegado mucho más lejos de lo lejos que llegaron; el documental no muestra los tramos posteriores y medio decadentes en que los discos ya no fueron tan buenos (aunque los sencillos de esos discos sí que lo fueron), más de una década en la que los fans fuimos comprendiendo al comienzo contra nuestra voluntad pero después con una cómoda y orgullosa resignación que Oasis no sería, como lo prometieron varias profecías, la mejor banda inglesa después de los Beatles; ni se incluyen en la cinta mayores detalles sobre la separación del grupo, anunciada tantas veces y en tantos medios que se había convertido en una broma costumbrista pero que finalmente sucedió en agosto del 2009, a trece años de levantar la copa en Knebworth. 2) Los testimonios que conducen la historia, todos sonando fuera de cámara y varios de ellos tan inesperados como conmovedores y graciosos, lo que le da a la cinta un aire de leyenda imposible o difícil de afrontar, se encargan de contar el chisme –gracias por eso– pero dicen poco sobre el proceso creativo de la banda, parecería que las canciones eran trucos de magia que sucedían por combustión espontánea y no, como se entiende si uno se fija con atención, el resultado de seguir escribiendo y componiendo y ensayando y tocando cuando todo indica que seguir haciéndolo es una locura. 3) Noel y Liam Gallagher, los líderes de la banda, las dos cabezas de la misma criatura indomable, los hermanos que eran igual de famosos por la música que hacían que por las peleas que protagonizaban arriba y abajo del escenario o por la ropa y los peinados que usaban, firman como productores ejecutivos de la película y eso levanta sospechas, es evidente que se cuidaron las espaldas, pero no el frente, y ya con eso hay bastante que ver. 
    
La historia de Noel, guitarrista y compositor, y Liam, cantante, se compara muy pronto con la de Caín y Abel. El documental lo hace con algo de ironía pero no sin razón: casi al comienzo, se escucha a Liam diciendo que por eso, porque él y su hermano se odian, Oasis será la banda más grande del mundo, y casi al final se lo escucha diciendo que aunque ya no tenga relación alguna con su hermano ahí está todo eso que les pasó, que de alguna forma nos pasó a todos y que no hubiera pasado sin el motor de una exitosa y lucrativa rivalidad. Pero claro, en esta versión del pasaje bíblico no hay, gracias a Dios y a todos los santos, nada semejante a un hermano bueno: los dos son malos, los dos hablan y beben y se drogan de más, los dos hacen y dicen cosas que nosotros queríamos hacer y decir pero que nunca nos atrevimos a intentar porque no éramos estrellas de rock y ellos sí. La violenta y capaz ya olvidada arrogancia de los Gallagher era uno de los activos más valiosos de la banda: se anunciaban como la mejor banda sobre la faz de la Tierra, muy por encima de contemporáneos más humildes y musicalmente más arriesgados, comprometidos y maduros como Blur o Pulp (para mayor información ver otro documental, Live Forever, The Rise and Fall of Brit Pop, del 2003), bandas que tras haber pasado la prueba del tiempo resultan más relevantes que Oasis pero nunca han conseguido el estatus de mito.

Y claro, está la dinámica perfecta de los hermanos proyectándose en todos sus fanáticos: queríamos tener el talento, la sensibilidad de Noel, pero el pelo, la ropa, la forma de caminar tan canchera de Liam. Porque en la banda ambos eran uno solo y en los videos y en los escenarios y en esa mirada debajo de las cejas pobladas se notaba que habían compartido el pasado. Ambos coinciden en que su infancia definió su destino: se criaron en el hogar de una familia pobre, en un complejo de viviendas subvencionado por el gobierno británico en el límite urbano-marginal de Manchester, una de las ciudades más pobladas de Inglaterra, huyendo de un padre que arreglaba y dañaba las cosas a golpes, al que ellos amenazaron con asesinar y al que nunca volverían a ver. Tenían todo en contra y en esas condiciones el único camino era vivir como si no hubiera mañana ni pasado mañana, como si fuesen los dueños del mundo.

Oasis fue su venganza.
Y yo diría que ganaron.
Sólo querían escapar. Y escaparon.
Llevándose con ellos a miles de otros prisioneros.
Luego nos tocó crecer.
  
Hay canciones de Oasis que vivirán para siempre.
La eternidad no es un lugar tan grande como parece y sin embargo esas canciones viven ahí.   
       
En 2010, en la ceremonia de entrega de los Brit Awards, los premios más prestigiosos de la industria a ese lado del charco, (What’s the Story) Morning Glory? fue elegido como el álbum más importante de las pasadas tres décadas: se han vendido más de 22 millones de copias hasta la fecha. Liam, que era el único miembro de la banda allí presente, subió a recibir el premio y luego de un breve discurso en el que agradeció a sus compañeros de ese entonces, a todos menos a su hermano, y a sus fans, best fans in the fucking world, live Forever!, lanzó el micrófono al público, se acercó al filo del escenario, se inclinó y le entregó la estatuilla a la primera mano abierta que encontró. Otro clásico de Oasis, parte del plan maestro.   


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(El Comercio)