3.02.2020

El viejo, el joven, El Faro y el mar


En uno de los mejores capítulos de Los Simpson, de esos que ahora llamamos orgullosamente clásicos y veremos siempre con ojos nuevos, Homero, promesa de no embriagarse mediante, asiste al concurso anual de chile con carne de Springfield y, como la leyenda gastronómica que es, traga sin miedo los chiles de Quetzalzaltenango, cultivados por pacientes psiquiátricos en la selva de Guatemala y distribuidos por el Jefe Górgory. Los chiles le auspician un viaje alucinógeno y existencial que ya se hubieran querido Syd Barrett o Jim Morrison. Mientras tripea, Homero conoce a un coyote (en la versión anglo la voz del animal es el trueno de Johnny Cash), una especie de guía espiritual, que lo convence de buscar a su alma gemela. Hacia el final del episodio, conflicto marital mediante y cargado de tristeza, Homero camina bajo la lluvia hacia un faro elevado sobre los peñascos de Springfield, se emociona y grita, ¡Ah, el cuidador del faro, el hombre más solo en el mundo, él me entenderá!, sólo para descubrir, demasiado pronto, que el faro es operado por E.A.R.L. (en español: Electro Automatizado Robot Luminoso), una computadora. Ese capítulo, que tanto me dejó (las ganas de probar los chiles guatemaltecos, obvio), me hizo pensar en el trabajo de los cuidadores de faros en todo el mundo, y en que sin duda es mejor que sean controlados por máquinas porque una ocupación así (como tantas otras) sería capaz de volver loco a cualquiera. Pero entonces era una suposición, una conclusión acelerada. Ahora estoy completamente seguro.

En El Faro, la segunda película de Robert Eggers (de la primera, The Witch, se habla bastante bien), que partió como diseñador de producción en varios cortos, nada raro al ver el espacio y el poder de la estética en su cinta, sucede justamente eso: dos hombres a cargo de un faro en una isla de Nueva Inglaterra, a finales del siglo XIX, conviven un par de semanas como los únicos habitantes de ese pedazo olvidado del mundo y terminan perdiendo la razón. Ahora bien, es cierto que, por una cuestión de salud y preservación de la especie, la razón debe perderse de vez en cuando, guardarse y olvidarse si queremos lograr ciertas cosas, sobre todo las que creemos que no podemos lograr; pero cuando se extravía por completo, cuando se traspapela entre los planos de las muchas realidades que nos toca sortear, lo que queda es un viaje sin retorno. 

Aunque, pensándolo bien, uno de los hombres, Thomas Wake, el viejo (Willem Dafoe, que cumple como siempre), de voz tan gruesa y tupida como su barba, propias del universo Moby Dick, ya está loco, pero lo sabe y domina su condición como alguien que se ha acostumbrado, no sé, a tomar todos los días su medicina para la presión; y le saca provecho: bebe con entusiasmo, recita poemas de alta mar, respeta supersticiones (nunca mates a una gaviota, es en serio) e impone su autoridad y sabiduría a veces con encanto y a veces con violencia. Es más bien el joven, Thomas Howard (un gran Robert Pattinson, hasta dan ganas de verlo en The Batman pero ya), el cuerpo y la mente del joven, el vehículo sobre el que atravesamos la locura y llegamos a entender sin rastro de dudas que la razón no es algo que se pueda dar por sentado.    

Mientras veía El Faro tuve un flashback, me sentí como en las clases de cine en la universidad, en las que uno descubría películas viejas que lo hacían pasar por eso que Charly García llama la maravillización (“es un nuevo concepto sonoro que se basa en negar que el sonido es izquierda-derecha; el sonido está por todos lados… tiene que ver con que el sonido es mover aire, pero al hacer eso dependés de la acústica del lugar, del rebote. En cambio acá la cosa consiste en lograr la menor adulteración del sonido posible, de la naturaleza a su mesa, señora”.) El Faroes cine en su estado puro, total, cine-cine, del viejo y bueno. Es más, a ratos tuve que hacer un gran esfuerzo para seguir los diálogos porque las imágenes son ganchos que opacan las voces, que dicho sea de paso llevan a cabo conversaciones tan memorables como irracionales como magnéticas. Aunque se la compara con el impresionismo alemán de los 1920’s, a mí me recordó al cine ruso y a Rembrandt (esos rostros afilados que uno puede tocar bajo el riesgo de abrirse la piel con sus ángulos). La fotografía de Jarin Blaschke, compinche de Eggers, cuadrada y de un blanco y negro que asusta y ahoga y compromete, aprieta todo lo que abarca: los planos generales te desesperan porque del horizonte inmenso del mar no se puede escapar; los planos cerrados, sobre todo los rostros en contrapicado, te acercan tanto a los personajes que por un momento llegas a pensar que te harán daño y que pasarás el resto de tus días encerrado en esa isla, con ellos, y que como eres el nuevo te asignarán el trabajo de vaciar las bacinillas; y los planos que comparten los dos Thomas enmarcan un mundo en acelerada decadencia neuronal. Estás en el cine, pero te sientes dentro de un museo, incluso dentro de una pintura, o al centro de una instalación en la que se mezclan el teatro y los mandamientos de Buñuel.   

Dafoe y Pattinson, hombro a hombro y a veces puño a puño o frente contra frente, sostienen el guión como gladiadores. Pasan de completos extraños (Pattinson, acaso consciente de que la locura es contagiosa, hace un esfuerzo notable por guardar distancia, pero es imposible) a pareja disfuncional-pero-unida siempre al borde del crimen pasional. Con el paso de las semanas, Pattinson se va convirtiendo en un Dafoe potenciado por su juventud (un loco joven y con energía es más peligroso que un viejo loco que se cura bebiendo y tirándose pedos cuando duerme), y teme, pero el misterio es demasiado preciado como para detenerse. Ganan confianza, se acercan, no les queda de otra, beben juntos y cantan y bailan como deben cantar y bailar los marineros que se saben flotando sobre la nada y hacia la nada, y se inventan una rutina que de tan masculina se dobla y se parte: las almas, gemelas a la fuerza, se desmiembran. (Las amigas con que fui a verla no dejaban de hablar de El Faro como El Falo, de las escenas de masturbación solitaria como la prueba máxima de desesperación y soledad, de los abrazos ebrios como la presencia inevitable de lo homoerótico entre los hombres).

Cuando terminó la película no podía respirar. Quería volver a verla, ahí, enseguida. O no volver a verla nunca más y quedarme con lo que tenía y tengo ahora entre las manos: el cuerpo de una cinta con las tripas al aire, el alimento de las gaviotas.  


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