9.03.2009

Donde van los muertos


Esta historia empieza diez años después del fin de la Primera Guerra Mundial. El protagonista se llama Julien Davenne, quien ha regresado ileso de combate y ahora trabaja como redactor en un humilde periódico, en el que se dedica a escribir sobre los muertos de un pequeño pueblo francés. El talento de Davenne es indiscutible, su jefe quiere trasladarlo a París donde podría ser conocido y hasta famoso. Pero él se niega y cuando el jefe le dice que piensa vender el periódico Julien Davenne le dice: véndame a mí también, como si fuera un mueble de esta oficina, otra máquina de escribir.

Julien Davenne es viudo y no piensa volver a enamorarse porque eso sería una traición imperdonable a su adorada Julie. En cambio, ha construido una habitación verde en su casa donde guarda todas las posesiones materiales de su mujer, y en cuyas paredes cuelgan todos los retratos que en vida se hicieron de ella. Julien está convencido de que hay una forma de traer a los muertos de vuelta a la vida y esa es no olvidarlos jamás, seguir viviendo como si estuvieran a nuestro lado, conservar no solo los recuerdos sino también las rutinas, las costumbres y hasta las formas de darles cariño. Por eso deja de estar en contacto con uno de sus mejores amigos cuando éste, tras la muerte de su mujer, consigue un nuevo amor. Imposible. Inmoral. Julien no está bromeando, cree en lo que dice y ni siquiera considera posible mirar a otra mujer con ojos de hombre. No le interesan nuevas experiencias ni las promesas cristianas de una eternidad compartida. Le interesa escribir sobre los muertos y lo hace como nadie, mejor que nadie, nunca usa dos veces la misma expresión y visita el cementerio a menudo para hablar con Julie y contarle cómo van las cosas.


Cada uno lidia con la muerte como mejor puede. Existen, por ejemplo, la resignación y la indiferencia, seguir con la vida como si nada o cortar con todo como si los que se van, los que se fueron, hubiesen roto con su partida nuestro único lazo funcional con el mundo. Hay muertes de las que uno simplemente no se recupera, que te rajan la cara para que lleves la cicatriz siempre a la vista. Así como hay muertes que más bien te hacen fuerte y te despiertan, te levantan y hacen que te des cuenta del tiempo que pierdes en cada suspiro malgastado. Y hay quienes se van con la muerte cuando la muerte les roba el amor.

La película se llama La chambre verte o The Green Room o The Vanishing Fiancée o La habitación verde, como quieran, como la encuentren. Dirigida por Francois Truffaut, estrenada en 1978 y basada en la novela de The Altar of the Dead de Henry James. Truffaut es Julien Davenne y aunque es algo tieso y frío y distante resulta conmovedor, lleva el delirio en los ojos y se nota que quería hacer esta película en serio, como un sentimiento que se pone en marcha y no como un ensayo intelectual sobre la locura o la desesperación humana. Tal vez le sobren parlamentos (las ganas de meter un libro entero en una película pueden ser incontrolables) y sus líneas de diálogo sean demasiado formales (tal vez de un tiempo acá se habla peor y peor y por eso me sorprende) para la pantalla, pero tiene el discurso claro y eso es suficiente: cuando alguien muere, mucho más si es alguien cercano, alguien a quien se amó con el alma, uno tiene todo el derecho de irse también. Julien termina reconstruyendo una capilla bombardeada en la guerra donde todos los muertos que conoce, o que le inspiran simpatía, tienen su propia vela y esa llama es su manera de seguir viviendo.