8.01.2011

Las cicatrices son elocuentes


La historia del mundo no se cuenta con batallas campales ni explosiones nucleares. Al final del día, la cuentan los sobrevivientes, los hombres y las mujeres cuyas vidas cambiaron para siempre a partir de un hecho particular que los marcó para bien y para mal. Contamos secretos íntimos porque eso es lo que queremos saber, porque eso es lo que somos y eso es lo que ha hecho el colombiano Juan Gabriel Vásquez en su novela El ruido de las cosas al caer, ganadora del Premio Alfaguara 2011.

Uno cree que si se las arregla, si hace bien los números y se junta con la gente adecuada, puede huir y vivir su propia vida, lejos de la tragedia universal: la verdad es que no hay tal. El momento que nos toca nos toca en serio y si no nos fractura nos salpica, nos ensucia. En el libro de Vásquez, dos personajes que se conocen de manera breve y casual terminan siendo la versión en singular de años y años de violencia, narcotráfico y maldad. Uno muere. El otro sobrevive cargando una cicatriz en el estómago y, lo que en un principio parece una pérdida de tiempo, buscando explicaciones en lo que fue la vida del primero. Quiere saber por qué le dispararon, sí, pero lo que necesita saber es por qué disparan, por qué se han disparado tantos proyectiles en Colombia, por qué han tumbado aviones, por qué los cadáveres de la administración Escobar se reproducen, por qué la gente en vez de vencer el miedo tuvo que acostumbrarse a su presencia, por qué en algún momento entre los años ochenta los colombianos parecieron estar de acuerdo en bajar los brazos y rendirse.

El resto es literatura, y de la mejor. Vásquez, miembro de la cada vez más premiada generación B39 (Roncagliolo, Neuman, Ungar), ejerce en este libro un dominio total del oficio: cuenta de a poco pero sin aflojar, siembra para cosechar, escribe a sabiendas de que cada frase tiene una consecuencia que tendrá que afrontar luego, y se hace cargo. Dice que escribe sobre su país para tratar de entenderlo y con El ruido de las cosas al caer el mismo Juan Gabriel Vásquez se convierte en parte de esa historia a ratos inentendible.

(El Comercio, 31/07/11)