7.09.2012

13 años no sirvieron de nada


Cuando cumplí dieciocho años vivía en Nueva York y una de las primeras cosas que hice como mayor de edad fue ir al cine a ver American Pie. Como era de esperarse, la chica de la boletería me pidió una identificación antes de venderme la entrada. Yo tenía la mano lista, a centímetros de la billetera, y había ensayado ese momento en mi cabeza todo el día. La chica tardó varios segundos en localizar mi fecha de nacimiento hasta que dio con ella, me miró y quizás sospechó que se trataba de un documento falso, pero claro, ese no era su problema. Me senté en el medio de la sala, la entrada en la mano y en el corazón la esperanza humilde de ver a muchas mujeres desnudas.

Eso fue hace trece años. Fui al cine solo y vi menos de lo que esperaba. American Pie no era, como me habían prometido, una bisagra generacional en clave de comedia porno que retrataba a los adolescentes de finales del siglo pasado (de hecho, conseguí muchos más desnudos, y harto más interesantes, unos días después, cuando fui al mismo cine a ver Ojos bien cerrados, la última película de Stanley Kubrick, una película de verdad). Recuerdo, eso sí, que la ya ahora clásica secuencia en que Jim (Jason Biggs) se viene antes de tiempo después de ver sin camiseta a Nadia (Shannon Elizabeth), la estudiante de intercambio, se quedó conmigo algún tiempo y sirvió sus propósitos. Fuera de eso, recuerdo poco o más bien he querido olvidar mucho. Los personajes de American Pie eran demasiado buenos o demasiado tontos como para tomarlos en serio, les faltaba maldad, les faltaba rock. Y trece años después les sigue faltando.

Vi El reencuentro en Internet, no es una de esas películas que merezca la ida al cine y el gasto (aunque con mucho canguil y un balde de té helado quizás pase más rápido). Si me hubiesen invitado a esa reunión de colegio estaría aliviado, seguro de que esos personajes no le hacen ninguna falta a mi vida, que estoy mejor sin ellos. La vi sabiendo que sería mala, que no buscaría problemas, que justo cuando tuviera oportunidades de hablar con la verdad, cuando pudiera meterse de cabeza en líos matrimoniales o en esa como pena que te da cuando sientes que ya no tienes nada en común con ese pana al que le decías hermano, la historia me traicionaría, se bajaría los pantalones y haría el ridículo. Es mi culpa, claro, ¿cómo se me ocurre pedirle motivos emocionales al cuarto capítulo de una franquicia? Pensé que eso del reencuentro, que ya estamos grandes, que después de todo. Ahora siento que podríamos encontrarnos en la calle, saludarnos, fingir interés por la vida del otro y luego inventar cualquier excusa para seguir caminando. Cada cual por su lado. 

(El Diario, 08/07/12)