10.15.2013

Soledad


Sí, es verdad, el mexicano Alfonso Cuarón y su película Gravedad han llegado donde ningún otro cineasta que se propusiera filmar el espacio exterior había llegado antes. Sí, Cuarón ha filmado como los dioses algo que sólo ellos, los dioses, podrían haber presenciado en tiempo real. Y también es verdad que las fronteras visuales, los límites entre lo posible y lo imposible, han vuelto a romperse, como pasa cada cierto tiempo en la historia del cine porque esa es precisamente la única manera de conservar el arte con vida: haciendo lo que todos creíamos que no se podía hacer.

Gravedad quizás sea el evento cinematográfico del año, pero eso no sólo tiene que ver con el cine: éste es el momento para que te guste, en el que defenderla y dejarse colonizar por su influencia puede hacerte sonar inteligente y hasta hacerte parecer  una persona que entiende cosas que el resto no. La película tiene su propia leyenda, Cuarón y su hijo Jonás, que colaboró con él en el guión y, dicen, fue el verdadero origen del proyecto, pasaron siete años tratando de levantar una película que parecía, de nuevo, imposible, y que en algún momento se perdió en un hoyo negro y mudo pues su presupuesto aumentó tanto que la Warner Bros. pensó en cancelarla. Estas son, por lo pronto, especulaciones que alimentan el mito, pero funcionan de maravilla. Hay gente que ve Gravedad y llora de la emoción. Gente que se deja llevar por el asombro y se desdobla  en órbita, como cuando eran niños y la realidad sucedía sólo dentro de la pantalla. Gente que encuentra en ese viaje –que sí, es impresionante– una metáfora sobre nuestra adicción a la tecnología y el regreso a los instintos primitivos que tarde o temprano nos veremos obligados a practicar. Y también, aunque somos pocos o muy pocos o casi nadie, estamos los que no pudimos superar la falta de dimensión en los personajes. Desde el principio, desde que George Clooney dispara bromas tontas a quemarropa y hasta el final, hasta que Sandra Bullock se juega la vida usando mantras de autoayuda, queda claro que la cinta sacrifica a sus personajes por lo que considera un bien mayor: ir más lejos y más rápido.
 
Gravedad, evidentemente, no es una película que se hizo para ser contada con palabras. Si alguna vez la imagen fue tan importante como cuando el cine era mudo y todavía no se llamaba cine, es ahora. Ver la tierra como se ve aquí, no gracias a la ciencia sino gracias al cine, conmueve y trastorna. Pero aunque la arrogancia del hombre sea el canal más directo a su perdición, el mundo no sería nada sin su gente: un planeta muerto como tantos otros.

(El Diario)