11.05.2013

El Maestro Lara


En Resonancia, la nueva película de Mateo Herrera, un hombre hace una guitarra. Y eso es todo lo que pasa.

Es en serio: un hombre hace una guitarra, punto. Corte a negro, créditos finales, chao. Lo demás, como corresponde, sucede fuera de la pantalla. Sales del cine con la absoluta certeza de haber presenciado un acontecimiento que no creías posible, el viaje de un héroe que nunca, jamás, ha dudado de su destino ni ha cuestionado su misión en la tierra.

Raúl Lara, protagonista y razón de ser de la cinta, es flaco, tiene el pelo largo y una barba medio adolescente que no lo convence del todo. Usa camisetas viejas y pantalones rotos que revelan sus calzoncillos cuando camina.  Más que un lutier, parece un maestro de artes marciales, de esos que viven aislados en lo alto de una montaña y que, un día cualquiera, interrumpen su meditación para entrenar a un pequeño saltamontes en la práctica del honor. La paz interior se le nota a leguas y a la mitad de la película, cuando lo has visto suficiente tiempo, hasta se te puede pegar.  

Ver al Maestro Lara trabajando te hace pensar que capaz sí existe un plan. Cuando mira la madera, cuando la corta y la dobla y la lija, está diciendo que cada guitarra que hace es de alguna manera la primera y la última: el proceso artesanal, de autor, es aprueba de réplicas. Pero está diciendo, además, que la vida puede tener un propósito después de todo. No hay señal alguna de agotamiento o rutina ni en el más inconsciente de sus movimientos. Al revés. La pasión con que hace lo que hace, una fuerza tranquila y constante, le sirve lo mismo para extraer de una tabla la raíz del sonido que para comer galletas de dulce.  

Que un cineasta más bien punk y de guerrilla como Herrera haya filmado las aventuras de Lara con la quietud de un mantra acústico quiere que decir que sí, la presencia del Maestro altera a quienes lo rodean. Y hay un momento, quizás el mejor, en el que todos somos unos: el hombre que hizo la guitarra la mira y la escucha, sus ojos se vuelven pequeños y sus labios producen una sonrisa contenida, como si le diera vergüenza conmoverse ante su creación.   

(El Comercio)