11.20.2013

Mircea Cărtărescu es un escritor latinoamericano


Ningún lector habría aceptado que en su mundo pudiera vivir, apretujado en el mismo tranvía, respirando el mismo aire, un hombre cuya vida es la demostración matemática de un orden en el que ya no cree nadie o en el que cree tan solo porque es absurdo.

Esta afirmación, retro al punto de parecer ropa vintage, pertenece al cuento El ruletista, colocado a manera de prólogo en Nostalgia (Impedimenta, España, 2012), la más reciente traducción al castellano de una obra del rumano Mircea Cărtărescu. Y lo primero que produce es una pregunta que hasta hace poco parecía, si no inútil, fuera de circulación: ¿acepta el lector del siglo XXI la literatura fantástica de su propio tiempo?

Por lo menos en Latinoamérica, en sus editoriales y en sus escritores y en sus librerías, las tramas fantásticas se miran como el pasado, un lugar glorioso, sí, pero también gastado, abusado, excluyente, al que muchos se aferran para compensar en algo su flojera y justificar su falta de fe –o sobra de miedo– en el futuro. Por eso cuando aparece un libro como Nostalgia, publicado originalmente en 1993, escrito en rumano y en Bucarest pero que bien podría leerse como una obra latinoamericana escrita entre París y Barcelona muchos años antes, digamos, en 1965, uno no sabe si el pasado volvió o para algunos nunca se fue. Lo cierto es que en manos de Cărtărescu todos los viejos trucos parecen nuevos.

Nostalgia tiene, además del prólogo ruletista que dicho sea de paso le daría orgullo incluso a Borges (jamás lo diría, claro, en una entrevista acaso y hablaría de “uno o dos párrafos afortunados”), el cuento largo El Mendébil, dos novelas cortas, Los gemelos y REM, y otro cuento a manera de epílogo, El arquitecto. Dicho esto, Cărtărescu se refiere a Nostalgia como una novela porque, en teoría, todos sus “capítulos” están contados por el mismo narrador; en REM, por ejemplo, esa teoría se desdobla y aparece un personaje que está escribiendo algo, no se sabe qué, titulado REM. La verdad es su libro y Cărtărescu puede decir lo que quiera, pero para nuestros efectos resulta práctico dividirlo en cuentos y, más práctico aún, enfocarnos en El arquitecto, una puerta de salida por la que se puede entrar y decidir si comprarle o no el cuento al rumano.

El arquitecto se llama Emil Popescu y había llevado una vida tranquila, bosquejada con cautela, hasta que juntó el dinero suficiente para cumplir el sueño que compartía con su esposa Elena: comprarse un Dacia, orgullo de la industria automotriz rumana. Una mañana cualquiera, Popescu presiona el pito del Dacia con su dedo índice y la bocina se vuelve indomable. Cuando va donde un técnico con la intención de cambiarla, descubre que existe una bocina “con seis trompetas niqueladas” capaz de reproducir La Marcha triunfal de Aida, la ópera de Verdi. De ahí en adelante, Popescu se obsesiona con las posibilidades musicales de las bocinas, sumando a la primera otras que traen en sus trompetas La Marsellesa, God Save The Queen de los Sex Pistols o Satisfaction de los Rolling Stones; luego, empeñado en hacer su propia música tocando el Dacia, hace que cambien el tablero por un teclado de órgano y empieza a componer. Es así como el arquitecto se vuelve loco a vista de todos, para luego ser alabado como el músico más importante de nuestra historia y, finalmente, convertirse en Dios. Lo digo en serio, el arquitecto Popescu, en los planos dibujados por Cărtărescu, es el origen de un nuevo universo.

Leyendo El arquitecto, eso de que la realidad supera a la ficción vuelve a ser un relativo punto de vista. En días como los nuestros, absorbidos por el híper-realismo y empeñados en promocionar novelas sobre trata de blancas, cruces de fronteras o narcotráfico, dándoles calidad de “urgentes” o “necesarias”, el cuento, la obra de Mircea Cărtărescu, se lee como una isla independiente, soberana y desconectada, comprometida con la literatura old fashion, con el acto de crear por encima de la representación o la denuncia.

“Los mitos, fantasías, paisajes imaginarios, juegos infantiles, edificios fantásticos, todo lo que escribo está vivo bajo los huesos de mi cráneo, en mi cerebro”, escribió el autor rumano en un correo electrónico dirigido al ABC de España, como parte de una entrevista. Hasta sus respuestas suenan a cuento, a un escritor ficticio inventado por un escritor de verdad, y quizás eso sí se lo deba él a una realidad terrible. Cărtărescu nació en 1956, es decir que habitó sin remedio la dictadura violenta y represiva dirigida por Nicolae Ceaușescu, el líder comunista rumano, y escribió para escapar, cavando túneles en su cabeza por donde correr con libertad. Incluso publicó libros que pasaron antes por una censura estatal y recién ahora respiran tal como fueron concebidos.

Cărtărescu es uno de esos escritores cuya obra no refleja el tiempo que les tocó vivir sino la tierra que les tocó inventar para salvarse de la vida. Quien lea El arquitecto o El ruletista, las piezas más cortas de Nostalgia (cualquiera se merece 30 páginas de oportunidad), sabrá que puede contar entre sus amigos a un hombre de universo realmente infinito, tal vez anticuado –o retro, insisto, que no es lo mismo– y si decide entrar en ese Aleph, tan perseguido por tantos otros escritores, una pequeña advertencia: entre dispuesto a perderse, pues esas novelas cortas, a ratos barrocas y enredadas por el puro gusto de enredarse, orgullosas de su perfil onírico en un siglo en el que lo onírico es mal presagio y hasta ofende, no son  país para lectores viejos sino para aquellos que quieren cosas que no han visto.

En el momento en el que el Sol explotó, arrojando al espacio, bajo la forma de una llamarada púrpura y violeta que brillaba en millones de franjas, materia volátil como el éter, el arquitecto comenzó su lenta migración hacia el centro de la galaxia. Hay algo en las páginas de Nostalgia que produce, en efecto, nostalgia. Una nostalgia latinoamericana que pensabas superada, acaso ajena y abuela, que no sabías que extrañabas. Mircea Cărtărescu te recuerda que un escritor puede inventar el mundo. Y también, si quiere, acabar con él.

(MundoDiners)