Cuando me diagnosticaron hepatitis pensé que me estaban dando buenas noticias. Más allá de los mareos, las náuseas, las alucinaciones gaseosas y el saludable bronceado amarillo que vienen incluidos en la enfermedad, se recomienda atenerse a la ley del mínimo esfuerzo y guardar absoluto reposo. Hacer nada, gran plan.
Viéndolo con optimismo, serían
las vacaciones perfectas. No gastaría ni un centavo en traslados, tendría todo
el tiempo libre del mundo a mi disposición para leer los libros y revistas que
tengo pendientes y ver las películas que compré hace un año y que aún no he
visto; además, mis amigos tomarían turnos para cuidarme, me acompañarían en la
convalecencia, me traerían delicias light
para enfermos gourmet y me tendrían en contacto con el mundo exterior al
que, por otro lado, estaría en todo mi derecho de ignorar.
El verdadero milagro es que
bajaría de peso. Eso fue lo primero que me dijo la amiga que me acompañó a la
consulta médica: vas a quedar flaquito. Lo dijo haciendo un alegre gesto de
aliento, no libre de envidia. Con la hepatitis quedarían atrás décadas enteras de
obesidad moderada, de dietas, de periodos de abstinencia alcohólica, de
intentos fallidos por mantener una rutina de ejercicios: adiós a esas libritas
de más y a esos rollitos indeseables, amiga televidente. Y como si todo eso no
fuese suficiente, no tendría que trabajar. Tenía la excusa perfecta para
detener un tren laboral que me tenía bastante acelerado y comiendo como camionero
de la pura ansiedad.
Un mes después estoy en mi
pueblo, aislado, unplugged, y no
recibo visitas porque nadie tiene tiempo. Traje conmigo todas las temporadas de
Los Sopranos, nunca la había visto y pensé que la despacharía en cuestión de
días, pero no logro pasar de la tercera
temporada. No me mal entiendan, la serie me gusta (en rigor, me gustan más los
personajes que la trama) y creo que cumple con la tradición de las buenas
cintas de gangsters: aunque sabes que
todo lo que esa gente hace está mal, quieres ser como ellos, quieres comer braciole y reventarle la cara a un tipo
con una lata de duraznos en almíbar y tener una amante rusa de 23 años. Lo que
me amarga un poco es que mi único plan del día sea ver Los Soprano. Algo
similar me pasa con los libros, traje más de una docena entre novelas, cuentos,
crónicas y cómics, además de varios números del New Yorker que he conseguido en aeropuertos, pero la lectura avanza
muy lento (por cierto, La trama nupcial, de
Jeffrey Eugenides, está increíble) y ni siquiera he ojeado las revistas. Durante
mucho tiempo soñé con un período como este en el que pudiera leer sin parar durante
horas, el problema es que me deprime un poco que mi único plan de del día sea
leer.
Lo peor es que no he podido
dejar de trabajar. Me levanto pensando que hoy sí le haré caso al médico y me
quedaré quieto y horizontal viendo Los Soprano. Doy vueltas en la cama y trato
de obligarme a seguir durmiendo, pero al rato me invade una culpa enorme al
pensar en todos los asuntos pendientes que se apilan como la basura no recogida
de un barrio de cerdos y, sobre todo, en la gente que pierde tiempo y dinero
por esos retrasos. Todos los días
respondo mails, reviso textos y escribo un par de páginas para librarme de la
culpa, que es peor, es mucho peor,
que la hepatitis.
Y
sí, estoy bajando de peso, pero al tener prohibidos todos los esfuerzos, a
diario veo con impotencia cómo esas libritas de más se convierten en una aguada
y temblorosa bolsa de carne. Como dice el viejo y conocido refrán: ten cuidado
con lo que deseas, porque amanece más temprano.
(SoHo)
4 comentarios:
Me siento totalmente identificada con esto, uno se la vive pensando y planificando todo lo que haría de tener un tiempito libre y al final resulta que no es tan divertido como lo maquinamos!
jajajaja... no sin un poco de envidia, dice!
JF te agradecería mucho que compartieras algunos títulos que te han gustado o que les tengas puesto el ojo. En estos tiempos los "dealers" de libros son escasos y valiosos.
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